El presente artículo es una versión larga del que apareció con el mismo título en la revista Letras Libres del mes de abril de 2012

EL POPULISMO NUNCA SE HA IDO…

La categoría “populismo” ha sido adoptada desde hace mucho para describir y caracterizar una amplia gama de experiencias políticas en todo el mundo, pero existe un puñado de países donde su uso ha sido más recurrente y constante. México es uno de ellos. De hecho, el gobierno de Lázaro Cárdenas en los años treinta del siglo pasado —la primera gran experiencia populista en México—, inspiró muchos de los criterios hoy aceptados por la teoría para caracterizar el fenómeno. No es exagerado decir que analizar actores y prácticas populistas prescindiendo de dichos criterios sería arbitrario y poco ortodoxo, incluso en la actualidad. Quizá por ello, el populismo en México, desde el cardenismo hasta las experiencias más cercanas, ha sido objeto de innumerables estudios. Yo mismo ofrecí mi interpretación del tema en un libro relativamente reciente, en el cual adoptaba un modelo de análisis para clasificar las distintas experiencias populistas que hemos tenido en México a lo largo del siglo XX y a principios del XXI.[1] ¿Por qué entonces, volver al asunto? Por una sencilla razón: porque la tentación populista permanece latente en el México actual, aparece y reaparece con nuevos nombres y siglas, guarecida en los proyectos salvadores o redentores de nuevos caudillos, sobre todo en tiempos de desastre y desasosiego, como los actuales. De hecho, el populismo nunca se ha ido.

En lo que sigue retomaré algunos elementos de mi incursión precedente en el tema y actualizaré otros que me permitan no sólo clasificar las distintas experiencias populistas en México sino también evaluarlas por sus resultados concretos, asumiendo que el populismo tiene poco de virtuoso y sí mucho de peligroso por sus excesos retóricos y evidentes implicaciones subversivas antiinstitucionales. Al menos en México, más allá de sus resortes discursivos altamente persuasivos en tiempos de crisis, los costos del populismo han sido muy altos, y lejos de apuntalar el desarrollo, la democracia y la justicia social, los ha inhibido o retardado, pese a constituir sus banderas de lucha. Empero, en descargo del populismo, casi siempre se ha recurrido a él después de gobiernos grises y mediocres en su desempeño. Tal parece que el populismo aparece y reaparece pendularmente, impulsado por experiencias precedentes apagadas o deslucidas, pues bien empleado constituye un poderoso instrumento retórico para reavivar el interés social, reponer las bases de apoyo de los gobernantes y neutralizar las demandas populares. Así sucedió, por ejemplo, con los populismos de Luis Echeverría y José López Portillo, después de la muy desafortunada gestión de Gustavo Díaz Ordaz, o con el populismo de Carlos Salinas de Gortari, posterior al deslucido gobierno de Miguel de la Madrid, o más recientemente, con Vicente Fox, respecto de Ernesto Zedillo.

Para fines de análisis, consideraré en este ensayo cuatro momentos del populismo en México: a) el populismo clásico (Cárdenas), interesado sobre todo en incorporar a las masas al Estado en un esquema autoritario; b) el populismo de los setenta (Echeverría y López Portillo), caracterizado sobre todo por un excesivo gasto público combinado con un fuerte control político; c) el neopopulismo (Salinas de Gortari), caracterizado por una dinámica de inclusión de las masas, pero para la promoción de políticas de ajuste liberal; y d) el populismo de la alternancia (con un Fox más próximo a Salinas de Gortari, por sus resultados, y muy distante de Echeverría y López Portillo, por su discurso) obligado a coexistir con la democracia tanto discursiva como prácticamente.

 

LA SEMÁNTICA POPULISTA

Como un ave fénix, la categoría “populismo” resurge permanentemente en las ciencias sociales para caracterizar ciertas experiencias políticas difíciles de ubicar con las tipologías convencionales de regímenes o formas de gobierno. Hasta cierto punto, constituye el último recurso explicativo cuando todos los demás han fallado. No es casual que la literatura sobre el populismo se haya referido al mismo como un “fantasma” o “espectro” que recorre al mundo, pues alude a una realidad de contornos imprecisos y elusivos a primera vista. Y sin embargo, a fuerza de la costumbre, ha terminado por conquistar su derecho de piso en las ciencias sociales. Si acaso, la diversidad de acepciones producidas sobre el mismo, exige de sus adeptos una toma de partido explícita y precisa sobre cómo ha de entenderse.

En lo personal, para efectos de este ensayo, más que factores institucionales o decisionales, adoptaré una definición del populismo por sus características semánticas, o sea sus atributos discursivos constates, que me permitan decir qué experiencias aparentemente muy asimétricas entre sí son realmente populistas y cuáles son una equívoca aproximación al fenómeno. La mía es pues, una propuesta semántica, es decir, define al populismo por el uso y abuso de ciertos campos de sentido inherentes a las formas discursivas que genera. Así, por ejemplo, considero que sólo puede hablarse propiamente de populismo cuando la experiencia política analizada comparte los siguientes atributos semánticos, independientemente del tipo de régimen en el que se presenta: a) una pulsión simbólicamente construida que coloca al pueblo, gracias a una simbiosis artificial con su líder, por encima de la institucionalidad existente; b) un recurso a disipar las mediaciones institucionales entre el líder y el pueblo, gracias a una supuesta asimilación del primero al segundo; y c) una personalización de la política creada por la ilusión de que el pueblo sólo podría hablar a través de su líder. Huelga decir que cada uno de estos atributos implica una carga antinstitucional más o menos grave dependiendo de cada caso.[2]

Quizá está definición de populismo por sus atributos semánticos no satisfaga a quienes han intentado vestirlo de muchos afeites y adornos. Con todo, creo que el populismo difícilmente puede ser referido en la práctica a partir de una definición más estridente pero al final más distante de sus derivaciones empíricas, como las muchas que se ofertan en la literatura sobre el tema. Es importante considerar igualmente que el populismo, al dar cuenta de realidades muy diferentes y distantes entre sí, no pude definirse como simples formas desviadas o corruptas de la particular ordenación política en la cual enraíza, ya que lo corrosivo de sus formas y lo efímero de sus definiciones, le permiten viajar y asentarse sin gran dificultad en el interior de un régimen tradicional, abierta o soterradamente autoritario, así como en el seno de un régimen declaradamente democrático. Es decir, el tipo de régimen es, en efecto, una condición que nos ayuda a tener un mejor ámbito de entendimiento del fenómeno, pero no una condición sine qua non indispensable para pensarlo o caracterizarlo.

 

HAY DE POPULISMOS A POPULISMOS

La frecuencia con la que la etiqueta de populista aparece y reaparece en México, al menos en su historia reciente, es una razón más que suficiente para analizar puntualmente el fenómeno e intentar caracterizar con rigor las distintas experiencias presuntamente populistas que se han referido antes. En mi opinión, la presencia recurrente del populismo en México, tanto en el viejo régimen autoritario como en la incipiente democracia postautoritaria, se debe sobre todo a la pobre modernización de su sistema político, la cual se refleja en: a) escasa formalización o reglamentación de la institución presidencial, que abre la puerta al voluntarismo del líder; b) una cultura política propicia para el patrimonialismo, el paternalismo y el victimismo; c) un sistema que fomenta la concentración del poder en el vértice; d) una débil secularización social respecto del Estado; e) ausencia de un Estado de derecho democrático y f) escasa aceptación del valor de la ley erga omines.

En general, el populismo en México goza de mala reputación. A excepción del gobierno de Lázaro Cárdenas, los gobiernos populistas del viejo régimen, como los de Luis Echeverría, José López Portillo y Carlos Salinas de Gortari, y aun los del nuevo, como el de Vicente Fox, han sido desastrosos para el país, tanto por sus resultados concretos (crisis económica, endeudamiento, pauperización, inflación, marginación, etcétera) como por haber postergado en su momento la tan necesaria modernización del sistema político mexicano. De hecho, el populismo en México tiene un origen abiertamente autoritario: cuando el Estado ha interpelado al pueblo con un discurso nacionalista, popular o clasista, se ha hecho más para controlar, manipular y tutelar a la sociedad que para aliviar sus necesidades. Huelga decir que el populismo en México siempre ha mantenido un pie en la premodernidad, pues sus motivaciones son organicistas, patrimonialistas, paternalistas y clientelistas.

A la hora de las clasificaciones, no siempre ha habido consenso. Que Cárdenas representa un populismo clásico es inobjetable, pero con el resto no pasa lo mismo. Para los tiempos de Echeverría y López Portillo, el concepto de populismo se había vuelto tan elástico que comenzó a emplearse para referirse a todo tipo de experiencias políticas a condición de que presentara alguno o algunos de los rasgos con los que solía asociarse tradicionalmente, tales como: un apelo directo al “pueblo” por parte del líder con fines de movilización y/o control; una marcada personalización del poder en la figura de un líder carismático; una política basada en criterios asistencialistas de beneficio popular; un discurso nacionalista y desarrollista exacerbado; una excesiva concentración del poder en manos del líder; etcétera. La cuestión se complica aún más cuando, a partir de los noventa, aparecen en escena líderes con rasgos populistas, pero muy alejados en sus convicciones personales a las reivindicaciones de justicia social enarboladas por sus predecesores, como Salinas de Gortari y Fox. Y si esto no bastara, cada una de estas experiencias populistas corresponde a distintos momentos del régimen político mexicano: el pasaje autoritario con Cárdenas, el pasaje semiautoritario con Echeverría y López Portillo; el pasaje semidemocrático con Salinas de Gortari y el pasaje democrático con Fox. En suma, hay de populismos a populismos…

Por lo que respecta al populismo clásico de Cárdenas, que coincide con los de Getulio Vargas en Brasil o Juan Domingo Perón en Argentina, surge en un contexto abiertamente autoritario y con fines autoritarios, por más que algunos analistas quieran ver en él una fuerza fundamental en la democratización del país gracias a la incorporación simbólica y efectiva de amplios sectores populares que se encontraban excluidos tanto política como económicamente.[3] En realidad, el objetivo no era democratizar, sino integrar al país y sentar las bases del Estado nacional. Para lograrlo, Cárdenas articuló con maestría la noción de soberanía nacional con la de soberanía popular, bajo la potente estructuración ideológica del nacionalismo revolucionario, que sería definitivamente enmarcada en la muy famosa política de masas del cardenismo.[4]

En los hechos, el populismo de Cárdenas significó la cancelación de cualquier atisbo de individualismo, por ello, se presentaba como una creación anti-democrática y anti-liberal.[5] De igual modo, cancelaba el mayor número posible de las formas de disenso, por ende, de las diferencias, ya que al suponer que todo está contenido en la masa, nada por afuera de ella puede tener su razón de ser políticamente hablando. Asimismo, se puede decir que esta confección conllevaba una fuerte virulencia lista a la acción, dispuesta a manifestarse como una pura expresión de fuerza política (por ejemplo, es el caso del llamado para pagar los costos de la expropiación petrolera) o de soporte popular en el gobierno (legitimidad). Por último, se le confiere a la masa un carácter de sujeto político pero sin autonomía, corroborando el enorme lastre que llevaría en las décadas siguientes a la sociedad mexicana hacia el letargo y la heteronomía o, dicho en un lenguaje próximo a la vorágine de aquel tiempo, hacia el corporativismo. Así, tenemos que Cárdenas aterrizó o, más bien, materializó como ninguno, el mix ideológico con el cual se había llegado a la Revolución Mexicana y con el cual se había salido de ella, pero acentuándolo y confundiendo más a la propia sociedad que, al esclarecer su horizonte y el mundo del porvenir que aún no sabía interpretar, la despersonalizaba para volverla un objeto de subjetivación pero también de sujeción.

Por último, en el caso de Cárdenas es innegable que concentró en su persona una excesiva personalización del poder que, al final, conllevaría a un culto “autóctono” y peculiar de su figura y sus capacidades de decidir por encima de las reglas impersonales del juego político, aunado a una legitimidad abiertamente carismática y tradicional. De hecho, debemos en buena medida al estilo personal de gobernar de Cárdenas muchos de los elementos que posteriormente caracterizarían al presidencialismo mexicano, entendido como una forma pervertida de gobierno presidencialista.

En muchas interpretaciones del cardenismo suelen obviarse los varios efectos perniciosos de largo plazo que este gobierno tuvo, por concentrarse en los aspectos positivos de corto plazo, como si esto fuera suficiente para exculpar al General de haber optado por un esquema entre bolchevique y fascista para el Estado mexicano, como si no hubieran entonces otras fórmulas posibles a las cuáles echar mano, como la propia democracia.

A diferencia del populismo clásico de Cárdenas, el populismo de los años setenta, que abarcó dos sexenios y dos presidentes sumamente controversiales —Luis Echeverría (1970-1976) y José López Portillo (1976-1982)—, no constituyó un mecanismo centralmente orientado a integrar a las masas populares al sistema político, pues esto se logró y muy bien desde Cárdenas, sino que se caracterizó por una expansión excesiva del gasto público orientada a asegurar el control político. Sin embargo, más allá de esta diferencia de orientación, la resurrección del populismo en los setenta adoptó prácticamente todos los rasgos definitorios de los populismos clásicos o premodernos. De hecho, se puede decir que se trata de populismos clásicos tardíos.

Por lo que respecta a la estrategia discursiva, el populismo de los años setenta mostró una maleabilidad y oportunismo inusitados. El nuevo eje de la retórica oficial, tanto en Echeverría como en López Portillo, fue la “democratización” del sistema político, con lo cual se ofrecía ante todo una respuesta a las exigencias de participación de las clases medias en expansión y que, por su propia condición, habían adquirido mayor capacidad de cuestionamiento al régimen. Pero los años setenta también estuvieron marcados por la Guerra Fría, por un repunte del internacionalismo comunista, por golpes de Estado en América Latina, pretextando la amenaza roja. En el caso de México, los populismos de Echeverría y López Portillo enarbolaron un discurso con tonos claramente proclives al socialismo y explotaron cada oportunidad que tuvieron a su alcance para mostrar su afinidad con las causas de izquierda: apertura de las fronteras al exilio latinoamericano, encuentros permanentes con Fidel Castro, Salvador Allende y otros líderes socialistas, protagonismo de México en la defensa de las banderas políticas del Tercer Mundo, etcétera. En materia ideológica, por último, habría que añadir que tanto Echeverría como López Portillo fueron decididos promotor del nacionalismo, muy en sintonía con las enseñanzas de Cárdenas.

Huelga decir que ambos gobiernos fueron desastrosos para el país, en términos de crisis económica, rezagos sociales y democratización efectiva, por más que Echeverría promovió una presunta “apertura democrática” y López Portillo, una reforma política en 1977, experiencias que más que catalizar la democracia permitieron al régimen autoritario posponerla indefinidamente con paliativos o liberalizaciones políticas parciales y limitadas.[6]

El último tramo del siglo XX vio emerger en varios países de América Latina fórmulas populistas de nuevo cuño (neopopulismos), a medio camino entre el populismo clásico y un populismo de tendencia liberal, tales como Carlos Salinas de Gortari en México, Carlos Menem en Argentina, Fernando Collor de Mello en Brasil, Alberto Fujimori en Perú y Abdalá Bucaram en Ecuador, cuya particularidad fue haber sido promotores del neoliberalismo y la globalización en sus respectivos países. En el otro extremo, también emergieron líderes populistas abiertamente antiliberales, tales como Carlos Palenque y Max Fernández en Bolivia (que como tales son precursores de los populismos contemporáneos o neopopulismos de Hugo Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia), o López Obrador en México, que sin haber llegado a la presidencia mantiene afinidades ideológicas con este tipo de posicionamientos.

A diferencia de los populismos clásicos y tardíos, estos populismos neoliberales se dan en contextos democráticos o en procesos de democratización, lo que les confiere una legitimidad de origen con la que no contaron los primeros. Por otra parte, sin abandonar una retórica populista o “solidarista” con los marginados, tuvieron que suavizar los contenidos nacionalistas y antiimperialistas de otras épocas, pues les tocó ser promotores de la implantación de modelos neoliberales y que a la larga acarrearon en sus respectivos países enormes costos sociales, después de éxitos momentáneos. Otra característica común de estos populismos radica en sus desenlaces, casi siempre envueltos en el escándalo y la reprobación general, pues amén de impulsar modelos económicos que muy pronto se mostraron como excluyentes para amplios sectores de población y en consecuencia poco prometedores para solucionar los enormes rezagos acumulados, representaron en la mayoría de los casos graves retrocesos en lo que a conquistas democráticas se refiere. Así, por ejemplo, Salinas de Gortari en México supo aprovechar muy bien la legitimidad que le reportaron los éxitos iniciales de su Programa de Solidaridad como la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, pero a costa de reposicionar en el país prácticas y estilos claramente autoritarios que trabajosamente habían comenzado a desandarse en los años precedentes. No deja de ser interesante cómo en América Latina el peso de la tradición terminó imponiéndose en una época que precisamente miraba hacia una nueva era de mundialización económica y liberalización de mercados, con el consiguiente adelgazamiento de los Estados sociales que de manera tan ostensible se edificaron en todos nuestros países. Es decir, la premodernidad de nuestros sistemas políticos pudo más que los impulsos modernizadores; los resabios autoritarios, más que los avances democráticos, condenando nuevamente a nuestros países a la debacle política y económica.

El gobierno de Vicente Fox compartió con el de Salinas de Gortari su talante liberal, con la diferencia de que el primero se da en el contexto de una democratización efectiva del régimen político mexicano. Para comenzar, hay que decir que el sexenio de Fox inició con fuertes expectativas de distintos sectores sociales y políticos, generadas por el llamado “bono democrático de la alternancia”. Es innegable, por ejemplo, el aumento del pluralismo político, junto a las expectativas generadas en torno a un presidente (cuya figura es muy peculiar en la política mexicana), así como la “normalización” del mecanismo electoral, que son algunas expresiones sintomáticas del grado de avance en dirección democrática del país. No obstante, a pesar del terreno ganado, el contexto político mexicano era entonces y sigue siendo ahora el de una insipiente democracia que día con día se esfuerza por no perder los logros, antes que asegurarlos o profundizarlos en el ámbito institucional, espacio que permitiría reflejar toda la congruencia de democratizar realmente el andamiaje neoautoritario que expresan en modo intermitente las instituciones públicas.

De hecho, a pesar de encarnar la alternancia democrática gracias a su oferta de cambio y renovación ampliamente respaldada, Fox dejó grandes pasivos a su paso, pero sobre todo no pudo o no quiso apuntalar la recién conquistada democracia mediante una reforma integral del Estado, lo cual debilitó la construcción de una adecuada governanza democrática en un contexto de pluralismo inédito.

El componente retórico populista de Fox puede establecerse en la negociación y las polémicas que encabezó desde la tribuna mediática, convirtiéndolo en uno de los primeros casos en el país de un político de imagen, que supo interpretar muy bien las potencialidades de los medios de comunicación en la actual situación. Su apuesta como gobierno de la alternancia, independientemente de sus pobres resultados, estuvo supeditado en tres puntos para cuidar su imagen frente a la opinión pública: a) su cercanía con la gente; b) su tolerancia para aceptar errores y críticas; y c) la percepción media ciudadana convencida de su honradez.[7] Precisamente por ello, es un caso que puede definirse como un populismo que discursivamente expresa una extraña mezcla de antipolítica recubierta con un fuerte y legítimo caparazón de democracia.

Finalmente, Fox encarna un tipo de legitimidad de corte carismático, gracias al cual contribuyó a cambiar la rigidez de las formas y las prácticas políticas tradicionales de nuestro país, incluyendo como parte de su personalidad (y de aquí su éxito) algunos rasgos extraordinarios a los ojos del público, al punto de volverse si bien no un traductor de las necesidades sociales, sí un certero interlocutor de la sociedad (por las maneras de hablar y presentarse en público), constituyendo una auténtica escenificación de la política.

 

LA TESIS DEL PÉNDULO

Según la tesis del péndulo que aventuraba al inicio, “El populismo resurge después de períodos más o menos largos de gobiernos grises y muy impopulares… De ahí que se pueda hablar de una espiral de muerte y resurrección del populismo; o sea que las tentaciones populistas resurgen cuando la impopularidad y mediocridad de las autoridades precedentes toca fondo, y viceversa, la discreción en la forma de gobernar se impone cuando las autoridades precedentes abusaron de una retórica populista que terminó agotándose en el ánimo de la sociedad.”[8]

Si esta tesis es válida, México se encontraría hoy nuevamente en la antesala de un gobierno populista, pues ni duda cabe que el actual sexenio de Felipe Calderón no sólo ha sido incapaz de conectar con la sociedad sino que es percibido por muchos como el principal responsable de la actual debacle que padece el país. Sin embargo, no basta que haya un terreno fértil para el populismo, también se requiere un nuevo caudillo que lo encarne y reposicione, un líder que concite los apoyos necesarios que lo catapulten al poder por la vía electoral. Ese caudillo existe, se llama Andrés Manuel López Obrador, pero a diferencia de seis años, ya no cuenta con el arrastre de entonces. Hoy las tendencias lo colocan en un lejano tercer lugar entre los candidatos que aspiran a la presidencia. Quizá el populismo de López Obrador ha sido más una etiqueta para desacreditarlo que una realidad, a juzgar incluso por su desempeño como Jefe de Gobierno del Distrito Federal, muy alejado del estereotipo populista. No se puede descartar tampoco que la explotación de lo popular en la retórica de López Obrador, que sin duda existe, sea más una estrategia para llegar al poder que un canon para actuar en caso de lograrlo. Quizá nunca lo sepamos. Una cosa es cierta, de todos los candidatos a la presidencia, sólo López Obrador califica hoy como líder populista. Josefina Vázquez Mota, la candidata de Acción Nacional, está en las antípodas de López Obrador, y Enrique Peña Nieto, el abanderado del Revolucionario Institucional, sólo ha capitalizado el malestar hacia el partido en el gobierno, con lugares comunes e insustanciales.

En esa perspectiva, en caso de ganar cualquiera de estos últimos la presidencia, el péndulo se mantendrá por tiempo indefinido en el otro extremo del populismo, ya sea en el improductivo continuismo calderonista, que poco abona al optimismo, o en el reposicionamiento del otrora “partido oficial”, que como tal no se ha desentendido del todo de sus viejos y antidemocráticos estilos de gobernar. Por todo ello, quizá estemos frente a una paradoja. Tan grande es hoy el malestar social hacia la clase política en general, tan evidente el desencanto por las promesas incumplidas por parte de los gobiernos de la alternancia, tan dramática la parálisis nacional inducida por una casta política cínica y corrupta que ha secuestrado al país y que gobierna en el vacío…, que quizá lo que México necesite hoy más que nunca es precisamente una gran sacudida, un vuelco que reposicione a la sociedad como principio y fin del quehacer gubernamental, un terremoto que estremezca a la política institucional por lo mucho que ha dejado de hacer, restituyéndole algo de decoro y legitimidad, un estremecimiento que reconcilie a la sociedad con sus representantes, confrontando lo que haya que confrontar de una muy extraviada institucionalidad democrática… ¿Una sacudida populista? Tal vez.

 


[1] C. Cansino e I. Covarrubias, En el nombre del pueblo. Muerte y resurrección del populismo en México, México, Cepcom, 2006.

[2] Una perspectiva de este tipo puede encontrarse en G. Olivera, “Revisitando el síntoma del ‘populismo’”, Metapolítica, México, vol. 9, núm. 44, noviembre-diciembre de 2005, pp. 52 y ss.

[3] Véase, por ejemplo, F. Freidenberg, La tentación populista. Una vía al poder en América Latina, Madrid, Síntesis, 2007 y E. Laclau, La razón populista, Buenos Aires, FCE, 2005.

[4] Véase A. Córdova, La política de masas del cardenismo, México, ERA, 1974.

[5] E. Krauze, La presidencia imperial. Ascenso y caída del sistema político mexicano (1940-1996), México, Tusquets, 1997, p. 25. Véase también J.A. Aguilar Rivera, “El liberalismo cuesta arriba, 1920-1950”, Metapolítica, México, vol. 7, núm. 32, noviembre-diciembre de 2003, p. 36.

[6] Véase C. Cansino, La transición mexicana. 1977-2000, México, Cepcom, 2000.

[7] J. A. Aguilar Rivera, “Fox y el estilo personal de gobernar”, en S. Schmidt (coord.), La nueva crisis de México, México, Aguilar, 2003, p. 149.

[8] C. Cansino e I. Covarrubias, cit., pp. 9-10.

“Sólo el caos ilumina el orden”

Ilya Prigogine

 

 

Instrucciones de uso

Muchos creen que la política profesional es una actividad para iniciados, por cuanto la mayoría de lo que acontece en sus entrañas, como negociaciones, pactos, intrigas, rupturas, etcétera, es inaccesible o invisible para los ciudadanos. Digamos que el gran teatro político esconde para los espectadores muchos secretos, y sólo alcanzamos a ver lo que los propios actores políticos quieren que veamos de ellos. Sin embargo, en algunas ocasiones, entre acto y acto, se asoman casualmente algunas imágenes o detalles que modifican de golpe nuestra perspectiva inicial. Se trata de situaciones inesperadas que bien miradas e interpretadas pueden esclarecer lo que antes parecía confuso o fragmentario, son como las piezas faltantes de un rompecabezas que sólo al colocarlas en su lugar le dan sentido a la figura hasta entonces incomprensible y confusa.

Sirva esta imagen para ilustrar lo que aquí sostendré sobre la campaña electoral en curso en México. Hasta hace poco lo que todos veíamos era una contienda normal y sin grandes sobresaltos en la que uno de los candidatos presidenciales había logrado colocarse muy por encima de sus adversarios en las preferencias electorales, y donde estos últimos hacían esfuerzos denodados por remontar sus posiciones de arranque. Sin embargo, había algunos hechos aislados que parecían no tener mucho sentido y que por lo mismo se perdían en la vorágine de noticias y declaraciones. Así, por ejemplo, puestos como interrogantes, ¿quién filtró a los medios una conversación telefónica privada de la candidata de Acción Nacional, Josefina Vázquez Mota, con la que claramente se dañaría su imagen?; ¿por qué Vázquez Mota parece desprotegida por sus propios correligionarios, con un equipo de campaña ineficaz y poco profesional?; ¿por qué se ha deteriorado visiblemente la salud de Vázquez Mota? Y en el caso del candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, ¿por qué aparece tan relajado en su campaña, pese a estar tan abajo en las encuestas?, ¿por qué mantiene su infecundo e intrascendente discurso de la “reconciliación amorosa”, cuando la lógica sugiere que debería retomar cuanto antes los contenidos contestatarios y radicales que lo catapultaron hace seis años?

La pieza que faltaba

A primera vista, estas interrogantes pueden parecer irrelevantes y no tener conexión entre sí. Pero un hecho circunstancial nos obliga a reconsiderarlas y redimensionarlas en una perspectiva distinta. Me refiero al fallecimiento hace unos días del expresidente Miguel de la Madrid, y todo lo que este acontecimiento movió entre la clase política.

En primer lugar, llama la atención que los medios de comunicación más importantes e influyentes del país, ya sean electrónicos como escritos, se hayan sumado unánimemente a los reconocimientos públicos que ensalzaban la trayectoria y el legado del personaje. Así, por ejemplo, la idea que deslizaron, apostando a la desmemoria nacional, es que a De la Madrid le tocó gobernar en un tiempo lleno de complicaciones y adversidades, y que pese a ello lo hizo de manera ejemplar, con valentía y patriotismo. Obviamente, eso es insostenible a menos que se violente a conveniencia la historia. Más aún, no hubo un solo artículo editorial en la prensa nacional lo suficientemente crítico que retratara verazmente la triste realidad de aquel sexenio tan deplorable y nefasto para los mexicanos. Lejos de ello, los articulistas más dóciles a la línea de sus respectivos diarios optaron por eximir al personaje de sus desatinos con argumentos tendenciosos y baladíes. Este es el caso de Ricardo Alemán quien escribió en Excélsior que “El PRI tiene en De la Madrid un símbolo poderoso para apuntalar su victoria”; o de la sentida despedida, en El Universal, de Ricardo Raphael a su tío, “Un hombre limpio y honesto que sirvió con coraje a la patria”; o de Sergio Sarmiento en Reforma, para quien “De la Madrid sólo heredó la irresponsabilidad de sus antecesor en el cargo”; o López Dóriga en Milenio, quien consideró injustas muchas de las acusaciones que se prodigan a De la Madrid; o Mauricio Merino, quien en el colmo del paroxismo afirmó en El Universal que “De la Madrid ha sido el mejor presidente de México”; o el propio Carlos Marín, Director de Milenio, quien para quedar bien con toda la “familia revolucionaria”, no sólo justificó por razones de salud las acusaciones infundadas de De la Madrid hacia Carlos Salinas de Gortari en recordada entrevista concedida a Carmen Aristegui, sino que reivindicó el legado del propio Salinas de Gortari.

Y aún así, es fácil comprender que los medios de comunicación, en función de sus propias apuestas para el futuro, prefieran quedar bien con el o los candidatos que consideran más seguros con tal de no comprometer los financiamientos y canonjías oficiales. Más específicamente, en plena campaña electoral, criticar a De la Madrid implicaba criticar a Peña Nieto, por sus filiaciones priistas, y de paso ganarse innecesariamente el desaire de éste. Bien explotado por sus adversarios, De la Madrid representaría precisamente, todo lo nefasto que Peña Nieto encarna.

Rompecabezas resuelto

Pero si el comportamiento de los medios frente a este acontecimiento tiene sentido por los muchos intereses en juego, que llevan a la sumisión o la lambisconería de los mismos hacia el probable próximo inquilino de Los Pinos, alimentando un juego de simulaciones y engaños lo suficientemente sutil como para no evidenciar sus preferencias y perder credibilidad por ello, el comportamiento de actores políticos clave frente al mismo acontecimiento resulta mucho más difícil de desentrañar, como el hecho de que el presidente de la República, Felipe Calderón, se sumara inexplicablemente al cortejo de elogios hacia De la Madrid, al grado de interrumpir una reunión en el extranjero con mandatarios de Norteamérica, y precipitar su viaje de regreso para estar presente en los funerales. Es inexplicable, porque De la Madrid representa todo lo que el panista Calderón combatió en su juventud como opositor al viejo régimen priista: el autoritarismo, la corrupción, la simulación, la demagogia, el encubrimiento… La pregunta clave aquí es: ¿por qué Calderón se sumó a los elogios a De la Madrid, traicionando sus propias convicciones y biografía, aún a sabiendas de que criticar al expresidente y asociarlo con Peña Nieto podía ser capitalizado por la candidata de su partido, desesperada por remontar su desventaja? Obviamente, esta interrogante está conectada con las otras apuntadas arriba, y su adecuada respuesta nos permitirá completar el rompecabezas del actual proceso electoral.

Sostener que Calderón actuó como lo hizo en razón de su investidura de Jefe de Estado es francamente ridículo, sobre todo porque el presidente no se limitó a hacer una guardia de honor y expresar sus condolencias por el deceso, sino que optó por elogiar públicamente la trayectoria de De la Madrid, aún en contra de sus convicciones de otro tiempo: “Un mexicano ejemplar, creador de instituciones e incansable luchador contra la corrupción”. Tampoco resulta convincente el análisis de quienes sostienen, como Ciro Gómez Leyva en Milenio, que “Calderón prefirió la reconciliación sobre el rencor en un acto de gran calado republicano y democrático”. No convence porque “reconciliar” sólo puede significar en este contexto redimir al autoritarismo de antaño y mancillar la memoria de varias generaciones de panistas que lucharon contra el viejo régimen. De hecho, ningún panista de cepa le siguió el juego a Calderón. Y mucho menos creíble resulta la versión de José Carreño Carlón en El Universal según la cual el presidente quiso simplemente “mandar un mensaje de civilidad para sentar las bases de un armisticio que tanta falta hará después de la elección”. No es creíble porque la reconciliación no ha sido una prioridad de Calderón en todo su sexenio. La explicación hay que buscarla pues, en otra parte.

No hace mucho, 22 mil mexicanos interpusieron una demanda ante la Corte Penal Internacional de la Haya contra el presidente Calderón por crímenes de lesa humanidad. Como era de esperarse, la prensa y los medios cerraron filas entonces con Calderón y criticaron acremente esta iniciativa por “insustancial”, “ridícula” e “infundada”. Hasta el momento, la demanda no ha prosperado y la Corte no se ha pronunciado, pero el hecho reveló intempestivamente a Calderón un escenario trágico más que factible de su propio futuro una vez que abandone Los Pinos. No viene al caso discutir aquí la mayor o menor consistencia o pertinencia de la demanda contra Calderón, pero es un hecho que millones de mexicanos se sienten agraviados por la guerra al narcotráfico emprendida por el presidente, que sólo ha dejado a su paso muerte, violencia y luto; una guerra fallida llena de mentiras y engaños, como el número de muertos reportados oficialmente (40 mil) que contrasta visiblemente con la cifra aportada hace poco por el Departamento de Seguridad de Estados Unidos (150 mil), y que para muchos ha sido más un exterminio indiscriminado que un combate entre el Estado y el crimen organizado. Pero es indudable que Calderón no puede tomar a la ligera las muchas señales de malestar que sus malas decisiones han generado y que hacen que su sexenio sea percibido por millones como funesto y criminal.

En esa perspectiva poco halagüeña, a Calderón no le quedan muchas opciones a no ser que pacte con su sucesor en el cargo inmunidad y protección a cambio de respaldo electoral. Es muy probable a estas alturas que ese pacto ya se haya sellado, y que el affaire De la Madrid haya sido una muestra clara de la voluntad y el compromiso asumido por Calderón. Obviamente, me refiero a un pacto secreto entre Calderón y Peña Nieto, a quien seguramente Calderón, a partir de sus propias encuestas, ya considera su sucesor en el cargo. Hay momentos en la biografía de los líderes en que las convicciones pasan a segundo término para privilegiar pragmáticamente los intereses personales. Calderón terminará su sexenio desacreditado y muy cuestionado, pero por la vía de un pacto con el PRI y Peña Nieto habrá logrado, cuando menos, la inmunidad necesaria para su retiro. ¿Descabellado? Para nada. Si alguien ha mostrado ser pragmático y astuto es precisamente Calderón, un político lo suficientemente hábil y perverso para torcer las cosas a su conveniencia.

Con esta pieza se completa el rompecabezas, y lo que antes aparecía caótico se aclara. Es evidente que Vázquez Mota ha comenzado a padecer en carne propia la traición de Calderón y con ella la de muchos panistas en los que antes confiaba. Hoy es investigada y espiada por el propio gobierno que dice respaldarla, sin apoyo suficiente del PAN para armar un equipo mínimamente competitivo en la actual contienda. No es casual que Vázquez Mota comience a decaer en su estado de salud, por más que ella lo desmienta con valentía y coraje. No es casual tampoco que el candidato de las izquierdas mantenga una campaña bastante relajada y de bajo perfil, con banderas deslavadas e insustanciales. Lo más probable es que también López Obrador se sabe derrotado y ha pactado con los ganadores un retiro digno y tranquilo en “La Chingada”, su apacible quinta en el sureste mexicano. Y finalmente, tampoco es casual que todos los medios de comunicación hayan cerrado filas con el PRI y su candidato. Si alguien tiene clara la película son precisamente los dueños de los medios. De ahí que sólo hay que dejarse llevar tranquilamente por la corriente para llegar a feliz puerto sin sacrificar credibilidad o imagen. Para ello están sus pseudoperiodistas con complejo de estrellas, auténticas comparsas del poder y la mezquindad, y las encuestadoras, auténticas prostitutas que se venden sin reparo al mejor postor.

 Atando cabos

De ser correcto el razonamiento, estaremos atestiguando un hecho insólito en la historia de las transiciones en todo el mundo: una “regresión pactada”, o sea un acuerdo cupular que posibilita el regreso pacífico y ordenado del PRI al poder (mediante la fórmula de una “alternancia de regreso”) por convenir así al presidente en funciones (adquirir de su sucesor el respaldo suficiente para blindarse ante eventuales demandas en su contra). Obviamente, el pacto estaría legitimado por un proceso electoral democrático que definirá a los ganadores y a los perdedores, pero sesgado de origen, y en esa medida violentado o manipulado, por acuerdos entre las elites políticas. Quizá la regresión no aplique al régimen en su conjunto, pues reeditar el autoritarismo de antaño sería a estas alturas poco rentable en términos de legitimidad para la clase política en su conjunto, pero si se estaría volviendo a una situación claramente regresiva en que las elecciones no se resuelven en las urnas sino discrecionalmente en los corrillos del poder. Huelga decir que este desenlace es insólito para cualquier transición, pues las involuciones de la democracia al autoritarismo suelen tener como detonante rupturas y crisis, no ocurren de manera pacífica y mucho menos pactada. Pero si nuestra transición ha sido sui generis por qué no habría de serlo nuestra inminente regresión al priismo, disfrazada de democracia.

Ojalá se tratara simplemente de una especulación descabellada, pues aceptarla sería tanto como reconocer una vez más que los ciudadanos sólo somos testigos pasivos de intrigas palaciegas, que la democracia sólo existe para legitimar los juegos de poder más allá del poder, que al menos en estas elecciones todo está cocinado y lo que hagamos o dejemos de hacer los ciudadanos es irrelevante. Y sin embargo, siempre cabe una alternativa. Quizá llegó la hora de pensar seriamente la anulación del voto o la abstención, para mostrar al menos que cada vez somos más los ciudadanos inconformes con las componendas de los poderosos. Que sepan de una vez los gobernantes que gobernarán en el vacío, para una minoría crédula, porque cada vez somos más quienes los despreciamos.

 

 

Reproduzco aquí el prólogo del libro que con este titulo comenzará a circular en marzo. Es un balance desapacionado del panismo en el poder, 2000-2012

 

El presente libro constituye una suerte de ruptura en mi trayectoria intelectual, pero sobre todo en mis convicciones y expectativas personales acerca de mi país. Hace apenas cinco o seis años simplemente no me visualizaba escribiendo un ensayo tan crítico como éste sobre los pobres resultados alcanzados durante doce años por el Partido Acción Nacional (PAN) al frente del gobierno federal. Hubiera preferido que este libro no llegara, pues eso hubiera significado que el desastre del que se da cuenta en él nunca ocurrió. Pero hoy los hechos ya no se pueden encubrir ni matizar, y están en espera de ser explicados con objetividad. En principio, mi tesis es que el PAN no supo gobernar ni leer adecuadamente el momento político en que le tocó ser protagonista, y si bien es cierto que los dos gobiernos emanados del PAN a partir del año 2000 —el de Vicente Fox Quezada y el de Felipe Calderón Hinojosa— no son los únicos responsables de la ruina del país, sí son los principales.

Pero decía que este libro representa un parteaguas en mis convicciones personales. Me explico. Durante años fui un crítico implacable del viejo régimen, por su condición autoritaria y las muchas simulaciones y engaños que la clase política gobernante y el otrora “partido oficial”, el inefable PRI (Partido Revolucionario Institucional), fabricaron para perpetuarse en el poder, incluida la supuesta apertura política del régimen en dirección democrática inaugurada en 1977. Prueba de ello son mis libros: Construir la democracia. Límites y perspectivas de la transición democrática en México (1994), Después del PRI. Las elecciones de 1977 y los escenarios de la transición en México (1997). En estos libros e innumerables ensayos y artículos pugné por una auténtica democratización del régimen y por una acuerdo incluyente y amplio para refundar al Estado mexicano sobre bases realmente democráticas, o sea para construir un genuino Estado de derecho. Posteriormente, en vísperas de la alternancia del 2000, que para fines prácticos representa el fin de la transición mexicana y del régimen priista así como el inicio de la instauración de un nuevo régimen postautoritario, publiqué un libro en el que además de examinar el largo proceso que nos condujo a ese momento crucial fijaba las tareas para el futuro en la perspectiva de sentar las nuevas reglas y el nuevo andamiaje institucional para el país. El libro se llamó simplemente: La transición mexicana: 1977-2000 (2000). En él no sólo anticipaba el desenlace que todos constatamos, sino que dejaba ver un gran entusiasmo por lo que se avecinaba. Posteriormente, una vez concretada la alternancia en el poder, me sumé a los esfuerzos de muchos mexicanos para reformar al Estado, en especial participé activamente en la Comisión de Estudios para la Reforma del Estado (CERE), cuyos trabajos se resumen en el volumen colectivo: Comisión de Estudios para la Reforma del Estado. Conclusiones y propuestas (2004). La conclusión lógica de estos esfuerzos no podía ser más que insistir en la necesidad de una nueva Constitución para el país o de una reforma integral a la misma, como única vía para concretar el cambio que se había dado en las urnas y encaminar los destinos nacionales hacia un horizonte genuinamente democrático. Cabe señalar que la CERE propuso reformas al 98 por ciento de los artículos de nuestra Carta Magna. En lo personal, mis convicciones sobre esta cuestión quedaron plasmadas en el libro: El desafío democrático. La transformación del Estado en el México postautoritario (2004). Pero todos estos esfuerzos renovadores quedaron muy pronto relegados de la agenda y el interés de la clase política y con ello se fue diluyendo la posibilidad de edificar una nueva normatividad e institucionalidad más congruente con las exigencias y las necesidades de una democracia. Lejos de ello, se mantuvieron intactas las reglas del viejo régimen autoritario con las consecuencias que todos conocemos: parálisis decisionales, afirmación de la partidocracia, desencanto prematuro con la democracia, resurgimiento de prácticas discrecionales, abusos de autoridad, incompetencia para gobernar,  etcétera. Y sin embargo, ante la perspectiva de que un candidato de corte populista se apoderara del gobierno y terminara por aniquilar la maltrecha y frágil institucionalidad democrática que nos habíamos dado, publiqué en vísperas de las elecciones presidenciales de 2006 un libro para desalentar esa opción y seguir apostando por la vía institucional: En el nombre del pueblo. Muerte y resurrección del populismo en México (2006). En la misma línea de inquietudes, apareció un año después mi libro: Por una democracia de calidad. México después de la alternancia (2007). Pero la ilusión democrática que mantuve desde los tiempos de la alternancia se fue convirtiendo paulatinamente en desencanto y molestia conforme la clase política en general, y los gobiernos panistas en particular, se fueron desentendiendo de sus preceptos hasta conducirnos al desastre en el que hoy nos encontramos. Así, ya con este tono menos entusiasta y más pesimista, publiqué los libros: El evangelio de la transición y otras quimeras del presente mexicano (2009) y Política para ciudadanos. Cartografía del presente mexicano (2009), que como tales constituyen los antecedentes directos de este nuevo libro que hoy presento con el propósito de evaluar los saldos del panismo en el poder.

No he querido hacer este recuento de mi trayectoria intelectual para aburrir a los amables lectores sino para mostrar con hechos que el tono crítico del presente libro no es producto de una posición que haya mantenido a ultranza en contra del PAN y los gobiernos panistas, sino que resulta simplemente de la exigencia de explicar con objetividad las razones que llevaron al país a la ruina en la que estamos inmersos. Como muchos mexicanos saludé con entusiasmo y esperanza la llegada del PAN al poder, y como muchos también hoy no puedo más que declararme engañado y traicionado por su falta de visión y compromiso con la nación. Como muchos mexicanos, yo voté por el PAN y por el cambio en el 2000, y como muchos también, frente a la perspectiva de ser gobernados por un populista recalcitrante, refrendé mi voto al PAN en 2006. No tengo problema alguno en reconocerlo, pues además lo hice público en su momento en mis colaboraciones periodísticas en El Universal (“Fox a pesar de Fox”, en el 2000, y “la hora del ciudadano” en el 2006). Más aún, frente a las muchas críticas que el foxismo y el calderonismo fueron alimentando a su paso por el “círculo rojo”, mantuve una posición prudente y cautelosa sin dejar de señalar lo que a mi juicio eran errores graves en su desempeño. Debo confesar incluso que nunca creí que pudiera existir un gobierno peor que el de Fox, pero me equivoqué.

Por lo demás, los saldos del desastre nacional son visibles para todos. A nivel económico, la crisis mundial del capitalismo tomó a México por sorpresa, ahondando dramáticamente los problemas y rezagos ya acumulados. Durante doce años de panismo, la economía no ha podido remontar sus niveles negativos, y hoy estamos a casi diez puntos bajo cero acumulados de crecimiento interno. El desempleo, por su parte, registra cifras históricas, y que han llevado a multiplicar el trabajo informal y la pérdida del poder adquisitivo de los mexicanos. En estas circunstancias, sólo los grandes consorcios y trasnacionales han podido sobrevivir no sin dificultades al deterioro económico generalizado, condenando al quiebre y la desaparición a miles de pequeñas y medianas empresas. En cuanto a las industrias estratégicas del Estado, como Petróleos Mexicanos (PEMEX), las cifras indican que su debacle comenzó con el PAN en el poder. Nadie se explica la razón de ello, considerando que nunca en la historia de la paraestatal, el país había dispuesto de tantos recursos excedentes por la venta del petróleo en una coyuntura internacional particularmente favorable en lo que a los precios del crudo se refiere. Lo mismo puede decirse del sector industrial en general, que a falta de una política responsable los últimos gobiernos, ha conocido sus peores niveles en los años recientes. Y así también, el campo, la ganadería, la manufactura, etcétera, sectores cada vez más olvidados por las autoridades y que sobreviven de milagro. En términos sociales, el deterioro es dramático. La pobreza y la marginalidad han alcanzado niveles similares a los de países africanos, y la descomposición social nos condena cada vez más a vivir bajo la zozobra, secuestrados por la delincuencia y el crimen organizado. México dejó hace tiempo de ser un país seguro y vivible. Asimismo, los signos de la crisis y la ineptitud gubernamental se muestran con crudeza en la educación pública, la salud, la procuración de justicia, la seguridad pública, etcétera, donde las cuentas sólo pueden hacerse en negativo, fracaso tras fracaso. Pero si las crisis económica y social son escandalosas, la crisis política es todavía peor. La ilusión democrática de los tiempos de la alternancia simplemente quedó pulverizada por una casta política insensible, ambiciosa e inescrupulosa, incapaz de anteponer los intereses de la nación a sus intereses de grupo o de partido. Hoy no sólo se ha ahondado el malestar hacia los políticos profesionales sino que los ciudadanos no encontramos por ninguna parte algo parecido a un proyecto de nación para el futuro, que nos permita albergar algún optimismo, antes bien nos encontramos en la total indigencia. Además, el PAN en el poder ha reeditado y consentido prácticas que debieron quedarse en el pasado autoritario y que hoy sólo exhiben a una clase política cada vez más cínica e incongruente: corrupción incontenible, impunidad, abusos de autoridad, negligencia, demagogia, disputas mezquinas, componendas, cruzadas moralinas, etcétera. Y los gobiernos panistas no sólo fueron incapaces de impulsar y promover auténticas reformas estructurales que le dieran viabilidad al país, como las reformas energética, laboral y fiscal, sino que se desentendieron muy pronto de la reforma del Estado, que como tal era indispensable para apuntalar la democracia y dotarla de nuevos contenidos y valores opuestos a los autoritarios que se construyeron durante el viejo régimen. En suma, el PAN en el poder nos queda a deber a todos los mexicanos. El problema es que el desastre al que nos ha condenado es de tal magnitud que resarcir o revertir el daño se antoja imposible en muchos, pero muchos, años.

Por todo ello, afirmar que México está en ruinas, como reza el título del presente libro, no es un juicio de valor sino un juicio de hecho. Con la expresión sólo pretendo levantar acta de una realidad imposible de ocultar, independientemente de nuestras simpatías o antipatías partidistas o políticas. De hecho, al examinar críticamente los saldos del desastre del panismo en el poder no pretendo bajo ninguna circunstancia minimizar o subestimar la responsabilidad de los demás actores políticos en dicho desenlace, ni sobrevalorar o exaltar indirectamente los supuestos logros del pasado antes de la alternancia. Por lo que respecta al primer aspecto, es indudable que la debacle tiene muchos padres. Más aún, ningún actor político o partido o autoridad ha estado a la altura del desafío abierto con la alternancia del poder. Ninguno sin excepción supo leer adecuadamente la importancia histórica del momento y actuar en consecuencia. Lejos de ello, fueron más las tentativas por parte de los adversarios del PAN para golpear, desacreditar y exhibir a los gobiernos panistas en sus incompetencias e incongruencias, que por sumar esfuerzos por el bien de la patria. Además, desde el momento que el pluralismo es una nueva realidad en todo el país, por lo que todos los partidos comparten funciones de gobierno, ya sea a nivel estatal o local, y todos se reparten las posiciones en los congresos estatales, los logros o los fracasos no tienen exclusividad. Y sin embargo, el principal responsable de la debacle no puede ser más que los gobiernos federales emanados del PAN en la medida que les corresponde a ellos por mandato directo encabezar y dirigir los destinos nacionales. En cuanto al segundo aspecto, es muy común desacreditar una gestión o una autoridad para sacar raja de ello. Pienso, por ejemplo, en el libro del expresidente Carlos Salinas de Gortari La década perdida (2008), que al criticar acremente a los gobiernos de sus sucesores en el cargo, los de Ernesto Zedillo y Fox, su propio gobierno quedaba muy bien parado. Obviamente, dicho por Salinas de Gortari, uno de los mandatarios más cuestionados y odiados de la historia moderna del país, el ardid no sólo resultaba tendencioso sino ridículo. Para nada me he propuesto en este libro algo parecido. Por el contrario, criticar los gobiernos del PAN no pretende exaltar a los precedentes gobiernos del PRI, por mera contrastación. Lejos de ello, creo que muy poco, si no es que nada, hay de rescatable del viejo régimen. Mi posición al respecto, por lo demás, la he fijado en innumerables libros y ensayos. Más aún, mi tesis es que mientras el PRI depredó inmisericordemente al país durante siete décadas, el PAN lo arruinó estúpidamente en una. Una tesis, ciertamente, nada optimista para nuestra generación, pero necesaria si aspiramos todavía a cambiar una historia de agravios y desatinos que hoy nos condena trágicamente al naufragio.

Sólo me resta hacer algunas precisiones sobre el contenido del presente libro. En primer lugar, aunque decidí dividirlo de manera muy convencional, o sea según los grandes temas de la agenda nacional (como Economía, Política, Educación, etcétera), el lector no encontrará un tratamiento convencional de cada aspecto, o sea con estadísticas y descripciones monográficas de los avances y retrocesos alcanzados en cada rubro. Lejos de ello, propongo una mirada de autor de uno o más aspectos vinculados con cada tema, a partir de mis propias obsesiones e inquietudes intelectuales. Así, por ejemplo, en el capítulo de Economía, más que un recuento de cifras y datos para documentar el derrumbe de la economía, lo que ofrezco es una reflexión sobre la manera errática y burda como el gobierno de Calderón decidió encarar la crisis mundial del capitalismo, para de ahí extrapolar algunas consideraciones más generales sobre la gestión panista en su conjunto; en el capítulo de justicia, por su parte, más que una panorámica de los muchos déficit y problemáticas que subsisten en la materia, ya sea en la procuración de justicia o en la defensa de los derechos humanos o en la transparencia, me concentro en la justicia electoral, un aspecto con frecuencia desdeñado por los especialistas, pero igualmente importante para evaluar el tema de la justicia bajo los gobiernos panistas; y así por el estilo procedo con el resto de los temas. En virtud de ello, segunda precisión, cada capítulo es independiente y responde a sus propias inquietudes. Sin embargo, sólo visto en conjunto, el lector encontrará las claves necesarias para evaluar la difícil situación que vive el país. Finalmente, dado que el presente libro aparece antes de completarse el segundo gobierno panista, quizá algunas de sus tesis pudieran resultar prematuras. La prudencia sugiere esperar antes de emitir un juicio definitivo. Sin embargo, he optado deliberadamente por adelantar mis conclusiones movido por cuando menos dos razones: a) no vislumbro en el horizonte cercano nada extraordinario que pudiera alterar radicalmente el derrotero del actual gobierno, más bien anticipo una espiral de cada vez mayor ingobernabilidad e inestabilidad; y b) los intelectuales casi siempre reflexionamos sobre nuestra realidad y nuestro tiempo con la esperanza no confesa de poder incidir o influir positivamente en el rumbo de los acontecimientos. El presente estudio no es la excepción. Más que un afán destructivo, lo que me motivó a escribirlo es pensar que puede contribuir de algún modo a modificar las cosas si es que el diagnóstico se valora positivamente. En ese sentido, nada sería más satisfactorio para mí que en los próximos meses ocurriera algo inesperadamente favorable para el país, aunque ello me obligue a corregir o atemperar el pesimismo y la dureza de mis actuales consideraciones sobre el panismo en el poder.

No dudo que las tesis de este libro puedan ser reivindicadas por los adversarios del PAN para capitalizarlo a su favor en futuras contiendas electorales. Lamentablemente, no está en mis manos impedirlo, aunque mi objetivo, como ya externé, está muy lejos de ello. En todo caso, es indudable que el PAN tuvo en sus manos una oportunidad excepcional para cambiar la historia del país y convertirse en el artífice de una nación más democrática, justa y próspera, pero la desperdició por incompetencia y falta de visión. Quizá es tiempo de depositar los destinos de la nación en una fuerza política alternativa, siempre y cuando se comprometa a trabajar en tensión creativa y permanente con la sociedad. El problema es que, por más que busco, no encuentro esa opción por ninguna parte.

En la competencia o carrera por hacerse de un nombre en el diminuto medio intelectual mexicano se da por sentado que es imprescindible publicar artículos en las revistas culturales más conocidas o de mayor circulación en el país. Sin embargo, cualquiera sabe que dichas revistas, amén de escasas, están controladas por grupos o feudos intelectuales cerrados e impermeables, lo que las hace inaccesibles o inalcanzables para la mayoría de los autores, independientemente de sus talentos y buenos oficios. Hasta cierto punto es normal que así sea, pues todos los proyectos culturales son ante todo iniciativas de particulares que están en todo su derecho de imprimir a los mismos su propio sesgo o preferencias. Toca pues, a los interesados esforzarse para congraciarse con ellos y ver cristalizados sus sueños de escribir en sus páginas. El problema es que ello no puede (o no debería) hacerse al margen de ciertas consideraciones de orden profesional, ideológico y hasta moral, si es que nos queda a los escritores algo de integridad y honestidad o le damos algún valor a las convicciones o a la congruencia.

¿De qué revistas estamos hablando? Por increíble que parezca, no más de cinco. En primer lugar están las revistas culturales más famosas: Nexos, Letras libres y Este País; después incluirá a Proceso, el semanario político-periodístico de mayor circulación; y finalmente a la Revista de la Universidad de México, que aunque carezca de los tirajes o el impacto de aquéllas, sigue siendo un referente cultural del país. Después le sigue una lista interminable de revistas de todo tipo francamente irrelevantes. Algunas pueden incluso tener muchos lectores, como Contenido, Impacto o Selecciones, pero no pasa nada con ellas. Otras pretenden hacerle la competencia a Proceso pero siempre fracasan, como Vértigo, Milenio Semanal, Cambio, Siempre!, entre muchas otras. Finalmente están todas aquellas que se mueven entre la academia y la cultura y que simplemente no tienen ningún impacto, como Crítica, Tierra Adentro, La Tempestad, Foraing Affairs en español, etcétera. Es decir que la agenda cultural en nuestro país está definida por tan sólo cinco revistas (o grupos intelectuales), una verdadera pena considerando que somos un país de 120 millones de habitantes o la heterogeneidad de nuestra sociedad. No es este el lugar para desentrañar las razones de esta pasmosa concentración de la cultura en México. Sólo me interesa el dato como un punto de partida para responder a la interrogante que me he colocado al inicio.

Queda claro que si la cultura en México pasa por cinco revistas, publicar en alguna de ellas constituye un escaparate invaluable para cualquier autor, sea académico o escritor. El simple hecho de figurar en sus páginas catapulta a un autor y lo convierte en parte de las élites intelectuales del país. De ahí que sea altamente valorado figurar en ellas. En esa lógica, pocos se cuestionan la ideología de esas revistas, los desvaríos de su pasado, la autoridad moral o intelectual de sus directivos, la congruencia de sus contenidos, los propósitos de la misma o su contribución real a la cultura del país. Lo importante para la mayoría de los autores es publicar en ellas sin ningún reparo, lo cual también es lógico, considerando que son pocas las opciones para trascender. No está dicho que un autor no pueda proyectarse sin escribir en ellas, pues el talento, cuando es genuino, siempre se abre paso, pero sí que el camino para lograrlo es más arduo y azaroso, amén de que muchas veces se queda truncado por falta de oportunidades.

Ante el peso de las circunstancias, poner reparos a la posibilidad de publicar en estas revistas no sólo resulta ocioso en el medio intelectual, sino hasta obsoleto, pues a estas alturas sólo un “desubicado” como yo apelaría a criterios de orden moral o de congruencia para negarse a publicar en alguna de ellas. Claro está que esto no aplica a todas o aplica con distinta magnitud. No es lo mismo, por ejemplo, publicar en Nexos que en la Revista de la Universidad de México. De hecho, como veremos, mis principales reservas están precisamente con Nexos.

Cada una de las revistas mencionadas tiene una historia pública y otra igualmente conocida pero soterrada. Algunas tienen un historial de décadas y otras se posicionaron más recientemente, algunas abrazan abiertamente una ideología explícita y otras se conciben como más plurales, algunas han sufrido muchas metamorfosis y otras han permanecido fieles a su idea germinal, pero todas ellas han sabido mantenerse y adaptarse a los desafíos de su tiempo y entre todas monopolizan buena parte del quehacer cultural del país, ya sea definiendo la agenda cultural o concentrando en sus manos los canales de acceso y promoción de autores y escritores. Como ya se dijo, estas revistas funcionan como auténticos cotos de poder intelectual y contrariamente a lo que pudiera pensarse no debaten entre ellas, pues prefieren evitar una confrontación que las vulnere o desgaste innecesariamente; es decir, estas revistas son culpables en buena medida de que el debate intelectual y la crítica no sean prácticas apreciadas o cultivadas en el medio.

Con todo, haciendo un somero balance de ellas, le reconozco méritos a la revista Letras Libres, por mantener viva una tradición de pensamiento liberal en México, ofreciendo siempre contenidos de calidad, pese a su elitismo exacerbado y blindado o las inconsistencias de su director, el historiador Enrique Krauze, muchas veces señalado por sus vínculos muy convenientes con el poder político o desacreditado por sus colegas por ser un carnicero de la historia. De la revista Este País habría que resaltar su tesón para mantenerse, pese a permanecer en la cuerda floja en varias ocasiones. Más allá de estos imponderables, Este País ha sido fiel a su idea de monitorear el país con análisis y datos duros. Si acaso le cuestionaría su incapacidad para renovarse y oxigenar a su cartera de consejeros y colaboradores, que son los autores y escritores de siempre que figuran en todos lados. De la excelente Revista de la Universidad de México sólo objetaría su incapacidad para salir a la calle y conquistar al gran público, por permanecer atrapada en esquemas francamente rebasados y muy acartonados de lo cultural, aunque sería un despropósito no reconocer que en sus páginas siempre ha habido espacio para todas las corrientes y opiniones. La revista Proceso, por su parte, se cuece aparte. Es tan cerrada y elitista como las demás, pero ofrece información que no se encuentra en ningún otro lado, aunque siempre con ese tono amarillista que la caracteriza. Si acaso percibo que el espíritu crítico y propositivo que le imprimió su fundador Julio Scherer se ha venido relajando en los últimos años, al admitir en sus páginas a intelectuales muy mediáticos pero insustanciales como Denise Dresser. En cuanto a la revista Nexos, el pretexto de estas notas, amerita un comentario más puntual.

La revista Nexos apareció en 1978 bajo los impulsos del historiador Enrique Florescano, a los que se sumaron después otros intelectuales como Carlos Pereyra y Héctor Aguilar Camín. En esos años, la ideología marxista o de izquierda predominaba en los ámbitos académicos y culturales, y Nexos no fue la excepción. Desde la Academia, el filósofo marxista Pereyra había aglutinado a un grupo de discípulos jóvenes y entusiastas que hicieron sus pininos en la revista. Sin embargo, conforme la influencia de Nexos crecía sus integrantes vieron la posibilidad de convertirse en un grupo intelectual con proyección política. En esa perspectiva, la crítica independiente al autoritarismo del viejo régimen cultivada durante sus primeros años de existencia, fue desdibujándose paulatinamente hasta convertir a Nexos, a fines de los ochenta, en un híbrido donde al tiempo que se elogiaba al presidente Salinas de Gortari se empleaba un tono pseudocrítico en los artículos. De hecho, una vez fallecido Pereyra en 1989, quien fue el reservorio moral e ideológico del proyecto, la revista fue dominada por Aguilar Camín, quien no dudó en convertirla en un apéndice del gobierno de Salinas de Gortari a cambio de grandes apoyos y prebendas oficiales. Son éstos los años en que Nexos dio el salto de calidad que le faltaba para posicionarse en el mercado, aunque el costo fue sacrificar su independencia y credibilidad.

Obviamente, Nexos trató de ocultar o matizar a toda costa su fructífero maridaje con Salinas de Gortari por dos vías: hacia dentro del grupo, haciendo creer a sus miembros que este acercamiento con el gobierno era tan sólo estratégico para poder apuntalar al colectivo y proyectarlo en el futuro a posiciones de poder que le permitieran llevar adelante sus genuinas convicciones políticas o ideológicas; y hacia fuera, manteniendo un tono lo suficientemente crítico como para tratar de despistar a los lectores que trabajosamente había conquistado hasta entonces. Huelga decir que ambas tentativas fracasaron. Por una parte, la idea de contribuir a la “transformación” del país desde dentro, o sea colaborando con el régimen, muy pronto se derrumbó, no sólo porque el de Salinas de Gortari fue el gobierno más antidemocrático de todos, sino porque al final del sexenio la prensa filtró la información de los millonarios pagos que recibió Aguilar Camín por los favores prestados al presidente. Por la otra, muchos lectores le dieron la espalda a la revista a la luz de los escándalos referidos. En esta historia, los intelectuales de Nexos estaban tan enlodados que limpiar su imagen resultaba inútil. Por eso, prefirieron jugar a la desmemoria, sin necesidad de romper el vínculo con las autoridades que tan buenos dividendos económicos les había permitido. Asimismo, para neutralizar en parte el descrédito, la revista le dio más juego a las generaciones emergentes bajo la premisa de que había llegado la hora de un recambio generacional. Así, a fines de los noventa, a los nombres de José Woldenberg, Trejo Delarbre, Rolando Cordera, Luis Salazar, se sumaron los de Ricardo Becerra, Jorge Javier Romero, José Antonio Aguilar, entre otros, para oxigenar la revista. Pero esto ha sido sólo aparente, pues Aguilar Camín nunca ha perdido el control de la misma, al grado que hoy ocupa nuevamente la dirección. Huelga decir que gracias a Nexos, Aguilar Camín se ha convertido en un auténtico mandarín de la cultura, un cacique cultural antediluviano, oportunista y cínico, que detenta un enorme poder e influencia en el medio, pese a la consabida mediocridad de su obra intelectual. Si en los ochenta y noventa, Aguilar Camín se equivocó al creer que podía cruzar el pantano sin ensuciarse las alas, supo después regresar por sus fueros. Para ello, amplió el consejo editorial, lo hizo más plural, y por esa vía renovó su sequito de incondicionales y arrastrados, al tiempo que lograba para sí su condición de intocable, según las viejas reglas serviles del elogio a cambio de promoción y proyección.

En suma, Nexos representa mejor que ninguna otra revista toda la podredumbre del medio cultural en México, con sus privilegios y lealtades, con sus prebendas y glorificaciones, con sus oscuridades y vanidades. No dudo que para muchos autores esto es pecata minuta, con tal de figurar en sus páginas y proyectar sus carreras, pero para otros —espero no ser el único—, sería convalidar la podredumbre que representa, hacerle el juego hipócritamente a sus inflados mandarines, traicionar valores como la congruencia y la integridad, y volverse cómplice de la parálisis intelectual que alimentan. Que algunas veces, muy pocas por cierto, esta revista haya ofrecido contenidos y autores originales y novedosos, no alcanza para redimirla de sus excesos y poquedad. Por todo ello, amén de que ellos nunca me invitarían, yo nunca escribiría en Nexos. Prefiero permanecer en los márgenes, pero con independencia, que en los reflectores, pero arrastrado y servil.

 

 

Primicia del libro de C. Cansino, Caja sin Pandora. La clausura del saber en la Universidad (México, Debate, en prensa, cap. 3)*

 
La presión trepadora desemboca en el ascenso de los mediocres […]. Se supone que el darwinismo ferozmente competitivo debería entronizar a los excelentes, no a los incompetentes. Pero las carreras trepadoras están llenas de pruebas supuestamente objetivas cuyos resultados no se miden tan fácilmente […]. Evaluar a una persona para un puesto o premio, evaluar la importancia de una obra, no puede ser exacto. Si, para evitar la discusión, todo se reduce a mediciones mecánicas, el resultado es absurdo. El candidato con más puntos puede ser un mediocre […]. La competencia trepadora no siempre favorece al más competente en esto o en aquello, sino al más competente en competir, acomodarse, administrar sus relaciones públicas, modelarse a sí mismo como producto deseable, pasar exámenes, ganar puntos, descarrilar a los competidores, seducir o presionar a los jurados, conseguir el micrófono y los reflectores, hacerse popular […]. La selección natural en el trepadero favorece el ascenso de una nueva especie darwiniana: el mediocris habilis.

Gabriel Zaid[1]

 I

Nunca las ciencias sociales y las humanidades en México[2] habían producido más obras, más libros, más artículos y más investigaciones de todo tipo como en la actualidad; nunca como ahora las editoriales universitarias le habían dado tanto espacio en sus acervos a la producción proveniente de las ciencias sociales y las humanidades; nunca como ahora habían existido tantos apoyos y recursos estatales para que los investigadores en estas áreas pudieran divulgar sus obras… y nunca como ahora se había publicado tanta chatarra como la que se atreve a publicar la inmensa mayoría de los científicos sociales y humanistas mexicanos, aunque nadie lo reconozca. En efecto, la producción de libros y artículos especializados en ciencias sociales y humanidades parece en la actualidad incontenible, pero muy poco de lo mucho que se publica, si acaso un modesto uno o dos por ciento, es digno de ser publicado, muy poco posee los mínimos indispensables de calidad y rigor como para ir a la imprenta, y muy poco califica como investigación especializada o como contribución original al avance del conocimiento en las ciencias sociales y las humanidades. Lejos de ello, las librerías universitarias y no universitarias están atestadas de libros y revistas especializadas que a nadie le interesan y que nadie compra, a no ser sus autores, libros insulsos y grises cuya única función es garantizar la promoción de sus autores como investigadores en el escalafón de sus respectivas universidades o en alguno de los diversos programas de estímulos a la investigación científica creados al cobijo del Estado, como el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) o el Programa de Mejoramiento del Profesorado (PROMEP).

Como académico con muchos años de experiencia, he podido constatar con tristeza el terrible deterioro que han mostrado las ciencias sociales y las humanidades en el país. A estas alturas he visto de todo: libros colectivos integrados con las versiones estenográficas de las ponencias de un coloquio o seminario; libros de investigadores que sus propios autores se encargan de desaparecer del mercado por vergüenza de lo malos que son; refritos de un libro o un artículo al que su autor sólo le cambia el título o algún capítulo; libros y revistas especializadas ilegibles, plagados de faltas de ortografía, publicados sin el menor respeto por las reglas del estilo y la redacción; libros colectivos de varios artículos sin un eje temático definido que justifique su integración en el mismo volumen; libros y libros que sólo valen por el papel en que están impresos, una vergüenza para todas las editoriales universitarias y muchas no universitarias que con tal de hacer negocio con los investigadores ávidos de publicar le ponen su sello a auténticas baratijas. En ningún caso aplica mejor que en éste la sentencia de que la cantidad arruina la calidad. La actual inflación de libros y artículos especializados en ciencias sociales y humanidades es directamente proporcional a la contracción de las ideas y la ética científica o intelectual. Quizá en el pasado había también pocos trabajos rescatables en las imprentas universitarias, pues los criterios para publicar en ellas, salvo raras excepciones, han sido casi siempre extraacadémicos (relaciones de los investigadores con los directivos universitarios, influencias, palancas, padrinazgos intelectuales, etcétera),[3] pero la abrumadora abundancia de bazofia académica que se publica en la actualidad ha eclipsado los excesos y displicencias que pudieron haberse cometido en otros tiempos. Hoy cualquier investigador puede publicar un libro o artículo en la casa editorial o en las revistas especializadas de su universidad o de otras universidades, con o sin influencias en su medio, con tal de que disponga de los recursos para publicarlo gracias al apoyo otorgado por el Estado, a través del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) o el PROMEP, con la consabida leyenda: “Este trabajo es parte de las actividades realizadas por el Cuerpo Académico tal y se publica con el respaldo de la partida tal…” En suma, nunca como ahora las ciencias sociales y las humanidades en México habían estado peor, tan visiblemente huérfanas de talento y calidad, sin una competencia sana que se traduzca en un real avance científico o humanístico, absolutamente desacreditadas como sus propios cultivadores, auténticos buscadores de “puntos” para promoverse en un medio cada vez más poblado y mediocre y donde todos hacen lo mismo para asegurar su porvenir y seguir viviendo de la academia. Todo ello sin mencionar que las ciencias sociales en general acusan una grave crisis producto de sus propias contradicciones y limitaciones para ofrecer con los métodos existentes saberes realmente científicos.[4] Y por si fuera poco, tampoco es un secreto para nadie que los títulos universitarios se han devaluado enormemente porque cada vez se otorgan de manera más discrecional, flexible y arbitraria, ya sea porque se ha suprimido como requisito la elaboración de tesis o porque los programas educativos, sobre todo los de posgrado, conceden los títulos sin ton ni son con tal de demostrar que cumplen con lo que se ha dado en llamar “eficiencia terminal”, que es un requisito para que dichos programas puedan seguir usufructuando recursos del CONACYT. En efecto, hoy cualquiera puede obtener un Doctorado, basta cursar los créditos respectivos y presentar una monografía o una tesina.

Pero, ¿cómo se ha llegado a esta situación de indefensión en las ciencias sociales y las humanidades en México?, ¿qué explica esta suerte de “chatarrización” sin precedentes en la producción científico social y humanística?, ¿por qué se ha dejado crecer sin control ni medida la mediocridad y la deshonestidad académica en las escuelas y facultades de ciencias sociales y de humanidades en el país? En mi opinión, como trataré de explicar en este ensayo, la respuesta hay que buscarla en el propio sistema de recompensas diseñado y puesto en marcha por el Estado mexicano para estimular la investigación científica y humanística, una política en el campo del desarrollo científico mal concebida e instrumentada que en los últimos treinta años en lugar de promover la investigación de excelencia ha propiciado la sobreproducción, pero de libros y artículos inútiles e insustanciales. Estamos pues, en presencia de una paradoja: la estrategia estatal para estimular la investigación científica, no obstante los recursos destinados al efecto (por lo demás siempre insuficientes), en lugar de lograr su cometido, lo ha inhibido por completo, generando todo tipo de simulaciones y perversiones en lo que a la investigación en ciencias sociales y las humanidades se refiere, una situación por lo demás muy cómoda para los miles de investigadores en estos campos del conocimiento, que con el tiempo han aprendido muy bien a sustituir la investigación seria, esforzada, profesional y de largo aliento, por rollos y maquinazos rústicos y aburridos, un juego perverso al que todos se acomodan y que nadie cuestiona porque siempre será más fácil vivir de la mediocridad que de la exigencia.

Por lo que concierne a este ensayo, me referiré exclusivamente a las ciencias sociales y a las humanidades en México, pues la problemática de las ciencias exactas, igualmente sumidas en el abandono y el retraso en nuestras universidades, es de otro tipo. En este caso, la producción científica tiene sus propias reglas y los resultados de investigación alcanzados sólo cuentan si se publican en las revistas especializadas con reconocimiento internacional en cada disciplina. Aquí la producción no puede ser por definición abundante sino selectiva. Ningún resultado de investigación en el campo de la neurofisiología en México, por poner un ejemplo cualquiera, tendrá valor científico si no aparece publicado en The Journal of Neurophysiology, la revista más reconocida mundialmente en el campo. Todo lo que un neurofisiólogo publique en otro lado no será más que divulgación científica, no investigación original. El problema aquí es que los investigadores en ciencias exactas en países subdesarrollados como el nuestro simplemente no pueden competir con sus pares en los países desarrollados, que les llevan años luz de ventaja. Dicho en otras palabras, los países pobres no producen Premios Nobel en ciencias duras, salvo quizá alguna muy rara excepción. Y pese a que no podemos meter en el mismo saco a las ciencias sociales y a las ciencias exactas, también estas últimas han sido víctimas a su modo del modelo de desarrollo científico estatal, pues los físicos, los biólogos, los químicos y demás científicos duros de nuestro país también han debido subirse al tren de la “puntitis”, publicando a diestra y siniestra, haciendo pasar por investigación científica lo que en realidad es, por las razones apuntadas, mera divulgación de la ciencia, lo cual no deja de ser un derrotero poco estimulante para un investigador científicamente correcto. Obviamente, los mejores talentos, los más honestos, pasarán a engrosar las filas de los cerebros fugados, o sea migrarán a las universidades estadounidenses o europeas. Un desenlace igualmente paradójico de un programa estatal de promoción científica que se propone precisamente retener en el país a nuestros cerebros. Por lo demás, no es casual que en el programa estatal de estímulos a los investigadores del país, el SNI, los investigadores de ciencias sociales y humanidades casi doblen en número a los de las ciencias exactas. Prueba más que evidente de la inflación irracional de las primeras y de la penuria estructural de las segundas.

 II

Hay una realidad que ya no puede ocultarse o minimizarse so riesgo de seguir alimentando un engaño con graves consecuencias para el desarrollo científico en el país. El sistema estatal de promoción de la ciencia en México no sólo ha sido insuficiente sino también contraproducente en relación con sus propios objetivos. Tal y como está concebido, promueve más la mediocridad que la excelencia, más la simulación que la honestidad, más la fuga de cerebros que su retención en el país. La situación ha llegado a niveles tan alarmantes que si no se corrige la estrategia cuanto antes la ciencia y la tecnología nacionales en lugar de coadyuvar al desarrollo de nuestro país serán un reflejo más del desastre y la ruina que hoy padecemos en todos los ámbitos. Para empezar, las estrategias y los programas oficiales de desarrollo científico deben distinguir de manera neta entre las ciencias sociales y las humanidades, por una parte, y las ciencias exactas, por la otra. Los criterios para calificar las aportaciones de los investigadores de unas y otras no pueden ser asimilados. De hecho, colocarlas en el mismo saco es uno de los peores errores cometidos por el SNI y que explica en buena medida los resultados descritos antes.

No voy a entrar aquí a discutir el carácter de cientificidad de las ciencias sociales ni cuál de ellas se ha aproximado o se ha alejado más en los hechos del canon de cientificidad dominante. Para mis fines me basta apuntar que las ciencias sociales en general no han alcanzado aún la “normalidad” que sí han conquistado las ciencias exactas,[5] lo cual se traduce en una pluralidad de paradigmas, enfoques y corrientes en disputa en el seno de cada disciplina social, donde lo que es metodológicamente correcto para algunos es incorrecto para otros. Todo ello se ha traducido en una producción incontenible de investigaciones y obras, sin contar con un rasero compartido por todos para medir su pertinencia metodológica y heurística, por no decir científica. Y con todo, hay obras en el campo de las ciencias sociales que trascienden y otras con las que no pasa nada, lo cual depende del rigor y la seriedad con la que fueron producidas o de la originalidad de sus planteamientos, independientemente del paradigma o la corriente en la que se mueven sus autores. Con ello quiero destacar el hecho de que una política institucional eficaz de promoción de las ciencias sociales lo que debe apoyar, estimular y calificar es la calidad y nunca la cantidad. De nada sirve publicar cinco libros y diez artículos al año si con ellos no pasa absolutamente nada, si no aportan nada relevante para la comunidad de pares. Lo mismo vale para las obras en el campo de las humanidades. Ahora bien, la calidad de una obra de ciencias sociales, por la pluralidad teórica que les es inherente, no puede establecerse en apego a un único criterio de cientificidad con el que comulgan los responsables de calificarla, pues sería un proceso a todos luces arbitrario. Lejos de ello, el mejor criterio es establecer con objetividad si la obra en cuestión ha sido influyente en su campo, si ha sido apreciada por sus pares tanto nacionales como en otros países, si se ha discutido con profusión, si ha sido premiada, si se ha publicado en una editorial seria, de preferencia no universitaria, si ha circulado abundantemente tanto en el país como en el extranjero, si se ha reseñado, si se ha traducido a otros idiomas, etcétera. Aunado a ello, dado que las ciencias sociales atienden o se proponen atender cuestiones que atañen directa o indirectamente a las sociedades actuales, debe ponderarse si las obras en cuestión han traspasado los muros de la universidad y han interesado a un público no lego, lo cual es una virtud que los científicos sociales deberían cultivar más de lo que lo hacen ahora, o sea escribir sus obras de manera clara, fluida y amena. En suma, lo que debe calificarse más que otra cosa es si la obra de un investigador se discute, o sea genera debate, modifica percepciones sobre los asuntos abordados, genera opinión pública, trasciende socialmente, algo muy distinto que en el caso de las ciencias exactas, donde lo que se califica es exclusivamente la contribución científica. Más específicamente, en las ciencias sociales y las humanidades la calidad de una obra no puede establecerse exclusivamente por su mayor o menor apego a los paradigmas científicos dominantes o de moda, lo cual siempre será arbitrario y subjetivo, sino por su mayor o menor trascendencia tanto para los pares como para la sociedad. De algún modo la obra escrita de los científicos sociales y los humanistas puede equipararse a la de los artistas, es decir, una obra es exitosa si logra colocarse en el gusto del público. Lo mismo vale para una canción, una novela, una obra de teatro o un libro especializado. En las ciencias sociales y las humanidades no caben o no deberían caber argumentos en defensa de un elitismo intelectual mal entendido, como decir que la ciencia es sólo para iniciados, por lo que sus cultivadores no deben preocuparse por trascender socialmente. Si los grandes científicos sociales, como Habermas, Adorno, Sartori, Dahl, Easton, Benjamin, Hirschman, Sen, y tantos otros, alcanzaron notoriedad mundial no es porque escribieron para públicos cautivos sino para públicos más amplios, no es exclusivamente por el rigor científico de sus obras sino por la originalidad y repercusión de sus ideas y planteamientos. Se puede ser más o menos riguroso en el empleo de los métodos de búsqueda de conocimientos, pero al final lo que crea escuela y discípulos son las propuestas y soluciones, la claridad argumentativa y la congruencia de los autores. Es el público en general, más que los iniciados, los que conceden y quitan autoridad intelectual y moral a los académicos, una lección nada despreciable para los investigadores empeñados en instalarse en su torre de marfil sin conexión con el mundo real, enclaustrados en sus cubículos como monjas, refugiados en sus elucubraciones hiperespecializadas que a nadie interesan. La ciencia social es social o no es, y las humanidades son humanas o no son.

Por otra parte, debe calificarse la congruencia de una obra, pues hacer pasar un trabajo como científico sin serlo en realidad es una simulación inaceptable. No basta con citar autores, plantear una hipótesis o presentar un marco teórico para que una obra sea científica. De hecho, este es un mal muy frecuente entre los científicos sociales obligados a barnizar sus obras de cientificidad aunque no hayan conducido ninguna investigación empírica rigurosa. Es mejor establecer claramente si una obra es un ensayo, lo cual no le resta mérito alguno, en lugar de revestirla de una cientificidad que no posee. Por lo demás, si lo que los investigadores presentan son resultados de investigaciones científicas empíricas, lo que deberá calificarse es la pertinencia en el empleo de los métodos y la formulación de las hipótesis, la congruencia con la que se mueven en el paradigma teórico de su elección. Pero aun en este caso no puede subestimarse la trascendencia de la obra más allá de los pocos expertos que además de ellos trabajan el tema investigado. Si en las ciencias exactas la especialización ha sido una condición sine qua non para el avance científico, en las ciencias sociales puede conducir a la irrelevancia y la parcialidad, cuestiones muy destacadas por quienes han analizado la crisis actual de las ciencias sociales.[6]

En esta misma línea, publicar artículos en revistas especializadas no debe ser un factor determinante a la hora de calificar la producción de los científicos sociales y los humanistas, no al menos como en el caso de los investigadores de las ciencias exactas, donde una publicación en el Journal más reconocido de su especialidad vale más que cien libros. En las ciencias sociales, por el contrario, los artículos publicados en revistas especializadas no trascienden como los libros, en parte porque tienen una circulación restringida o porque no se consumen más que por los propios especialistas. De hecho, en la mayoría de los casos, las revistas especializadas, por más reconocimiento que tengan, sólo sirven para abultar los curricula de los investigadores y para que estos obtengan puntos para su promoción, pues su receptividad es limitada y prácticamente no se discuten. Además, las revistas especializadas en México, sobre todo las que tienen reconocimiento oficial en el padrón de revistas científicas del CONACYT, se han convertido en auténticos feudos o cotos de poder académico donde siempre publican los mismos autores mediante criterios más de lealtad o de identificación de grupo que de calidad o de rigor.[7] La discrecionalidad con la que se integran los contenidos de estas revistas es tal que nadie confía en sus supuestos niveles de exigencia, como la existencia de arbitrajes neutrales o su cacareada inclusión en los índices internacionales de revistas científicas. Más aún, dada la poca o nula repercusión que tienen, a veces resulta más fructífero para los investigadores publicar sus artículos en revistas no especializadas pero de amplia circulación, revistas totalmente demonizadas o descalificadas por los puristas de la ciencia, quienes se refieren a ellas como publicaciones no académicas y de divulgación. Claro está que si lo que contara realmente es, como debe ser en las ciencias sociales y las humanidades, la repercusión social del trabajo de los investigadores, publicar en estas revistas tan estigmatizadas resulta más gratificante que hacerlo en las elitistas que nadie lee. En virtud de ello, esta diferenciación excluyente y discriminatoria entre artículos publicados en revistas especializadas y los publicados en revistas no especializadas pero masivas no se sostiene a la hora de calificar las publicaciones de los investigadores, sobre todo en las ciencias sociales y las humanidades, pues con frecuencia tiene más mérito publicar en las segundas en lugar de las primeras.[8] Obviamente, eso no significa que publicar artículos en las mejores revistas internacionales especializadas, o sea en revistas no mexicanas inmunes a las perversiones de nuestra maltrecha y contaminada academia, no tenga su mérito. De hecho, dichas revistas —un puñado en cada disciplina social o humanística— tienen niveles de exigencia tan altos que publicar en ellas es un auténtico triunfo y una garantía de que el trabajo publicado en sus páginas es original y valioso. Pero siendo realistas, un científico social sólo podrá publicar, si bien le va, uno o quizá dos artículos al año en revistas especializadas tan prestigiosas. Por lo que, de nuevo, es la calidad y no la cantidad lo que cuenta. Además, la inflación de revistas especializadas no es exclusiva de nuestro país. En todas partes existen revistas igualmente irrelevantes e intrascendentes como las nuestras. Saber discernir entre las revistas de excelencia y las mediocres debe ser pues, el criterio para calificar los artículos que ahí aparecen.

Llegados a este punto es posible hacer una primera recomendación para calificar los productos de investigación en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, y de paso revertir la tendencia dominante de publicación indiscriminada de libros y artículos chatarra. En su evaluación periódica ante el SNI o el PROMEP el investigador podrá reportar cuantas obras quiera pero deberá seleccionar sólo una (libro o artículo) con la que quiera ser evaluado, la que considere fue más influyente en su campo o la más rigurosa y seria producida durante el tiempo en revisión o la que recibió algún o algunos premios o reconocimientos. De entrada, quedan descartados las compilaciones de libros colectivos o los artículos publicados en libros colectivos, pues casi siempre se trata de volúmenes que no aportan nada destinados a inflar el curriculum de sus autores. Es más, ironizando un poco, quien presente obras de este tipo para demostrar su producción científica, debería ser expulsado en automático del SNI. Lo mismo vale para libros o volúmenes colectivos publicados con el auspicio del CONACYT o el PROMEP mediante recursos destinados a los así llamados “Cuerpos Académicos” (CA), una autentica aberración de la que hay que desconfiar, pues esta figura de pésimo gusto, como veremos más adelante, sólo ha alentado la formación de redes de investigadores cuyo único objetivo es publicar cuantas cosas se les ocurra a sus integrantes con el objetivo de promoverse en los escalafones establecidos. Aquí la calidad de las obras es lo que menos cuenta. De igual modo, habrá que reprobar todas las obras que se sometan a evaluación publicadas por imprentas universitarias, tanto públicas como privadas, o que sean publicadas por sellos comerciales en coedición con una universidad, pues si alguien ha alentado la mediocridad en la producción científica y humanística son precisamente las editoriales universitarias.[9] El desprestigio de las imprentas universitarias es tal que sólo con una medida drástica como ésta se puede revertir esta tendencia y obligarlas a ser más responsables y exigentes a la hora de publicar las obras de sus investigadores. Lo mismo vale para todas las tesis que se convierten en libros, pues salvo escasas excepciones, se trata de investigaciones elaboradas para cubrir un requisito formal, no de obras cuyo fin es el avance científico per se. Finalmente, habrá que reprobar también todos los libros que presenten los investigadores publicados en editoriales apócrifas que publican por pedido y a cuenta de los propios autores, pues estas obras, no pasan ningún control. De hecho, cada vez es más frecuente que los académicos publiquen por esta vía sus obras, o sea en ediciones que ellos mismos pagan, y que obliguen a sus alumnos a comprarlos para recuperar la inversión que hicieron. A estos académicos oportunistas y vividores habría que expulsarlos de por vida del SNI. La lista de editoriales fantasma de este tipo es inmensa, pero cualquiera puede identificarlas sin dificultad.[10] En suma, publicar libros de investigación no puede ser una prerrogativa exclusiva de los propios investigadores capaces de allegarse de recursos por los canales institucionales que hoy existen, sino un desafío, pues las editoriales comerciales serias y responsables también se verían obligadas a publicar sólo aquellos trabajos que conjugan calidad y novedad, o sea que sean originales y económicamente rentables, que despierten el interés del público en general y tengan mercado.[11]

Con este criterio de evaluación se desalienta entonces, la dinámica dominante de publicar por publicar para dar paso a la publicación exclusivamente de trabajos de calidad. Además, facilita la tarea de los evaluadores, quienes deberán concentrarse en una sola obra de cada investigador y no en cientos de publicaciones que nunca podrán leer a profundidad. Sería recomendable, asimismo, que el investigador evaluado se entreviste con el comité que lo evalúa para hablar personalmente de la obra que presentó y responda a las inquietudes que surjan, siempre y cuando, como veremos más adelante, se depuren las reglas de integración de dichos comités, los cuales están atravesados en la actualidad por todo tipo de suspicacias. Asimismo, por esta vía se revaloraría el trabajo científico y se depuraría el SNI de académicos oportunistas e inescrupulosos. A la larga, sólo los investigadores cuya obra trascienda y alcance reconocimiento nacional e internacional tendrían cabida en los programas oficiales de estímulos, lo que obligaría a los mismos a colocarse metas más exigentes que las que hoy tienen, a ser más competitivos, y a ser más selectivos a la hora de escoger donde publicar sus obras. No hay que olvidar que el sistema educativo, en general, y el subsistema científico, en particular, son por definición selectivos. Sólo los más capaces, los que demuestren suficiencia y calidad, pueden aspirar a permanecer en él. Suponer lo contrario sólo alienta la mediocridad y la irrelevancia que hoy nos ahoga.

III

En todo caso, lo que los sistemas de estímulos a los investigadores deben premiar o castigar periódicamente es ante todo la calidad de la investigación, o sea la obra escrita. Todo lo demás que hoy se considera consustancial al trabajo académico sólo puede ponderarse de manera complementaria y opcional, como asesorar tesis, coordinar equipos de investigación, impartir conferencias, organizar simposia y seminarios, formar redes de investigadores, pertenecer a CA, asistir a congresos, etcétera. De hecho, al igual que la displicencia con la que se aceptan obras chatarra en las evaluaciones de los investigadores, considerar estos aspectos secundarios a la hora de calificar el trabajo de los investigadores ha conducido a todo tipo de perversiones y simulaciones insostenibles, o sea que ha contribuido al profundo deterioro que hoy acusan las ciencias sociales y las humanidades en México. Para entendernos, pondré a continuación algunos ejemplos.

No cabe duda que asesorar una tesis es una gran responsabilidad para cualquier investigador, de una buena asesoría depende muchas veces que el producto del tesista sea relevante para la disciplina y se generen sinergias de trabajo en el futuro. Sin embargo, esta mística de la asesoría profesional de tesis se ha perdido por completo en los años recientes. Contaminada por las exigencias de la eficiencia terminal, la gran mayoría de los programas de posgrado promueven la titulación expedita sobre la calidad de las tesis. La consigna es titular a cuantos pasantes se pueda sin reparar en el rigor y la originalidad de las tesis presentadas. Así, me ha tocado ver académicos que dirigen semestralmente treinta tesis de posgrado y que todos se titulan con ellas en menos de un año, he visto tesis verdaderamente ilegibles, plagadas de errores de contenido y de estilo pero que alcanzaron honores, he visto tesis de doctorado tan elementales que una monografía escolar de preparatoria resulta infinitamente superior, he visto tesis que constituyen auténticos plagios de otras obras o tesis, y que son aprobadas sin el menor rubor, he visto como los coordinadores de un posgrado les sugieren a los egresados rezagados de su programa que contraten los servicios de un despacho profesional que se ocupa precisamente de ¡hacer tesis! por módicas sumas, mismos que han proliferado de manera incontrolada en todo el país. En casos extremos, cuando la permanencia de un posgrado en el Programa Nacional de Posgrado (PNP) del CONACYT depende de la eficiencia terminal, he visto titulaciones masivas de toda una generación con auténticas monografías escolares, he visto situaciones en las que el propio posgrado le otorga al estudiante becas muy cuantiosas con tal de que termine su tesis en tres meses, he visto como un jurado se traslada al lugar de residencia del tesista con tal de que haga su examen profesional, no importando lo lejos que se encuentre y lo oneroso que pueda resultar para la institución. Obviamente, en estas circunstancias, dirigir tesis ya no puede ser un criterio de evaluación valido para los investigadores, y dirigir muchas tesis al año debe ser más bien un motivo de desconfianza, una razón contundente para dudar de la responsabilidad y seriedad de los investigadores que lo hacen. Lo mismo vale para la participación de los investigadores como jurados en exámenes profesionales, pues lo único que demuestra es que los investigadores que acumulan exámenes de grado mantienen muy buenas relaciones con los grupos de poder que mesen la cuna en su institución.

Tal parece que el criterio prevaleciente para que un tesista elija a su director de tesis es que le asegure que se va a titular rápido y con el menor esfuerzo, una práctica que no sólo devalúa el trabajo de investigación sino que permite a muchos académicos crear auténticas redes clientelares y erigirse en caciques dentro de su universidad. Yo conozco a muchos. La recomendación aquí no puede ser otra más que las asesorías de tesis ya no tengan el peso que ahora tienen a la hora de evaluar a los investigadores. Si acaso, el investigador podrá presentar físicamente y de manera opcional una sola de las tesis que haya asesorado en el periodo a ser evaluado, aquella que considere más seria y original. Y si alguien reporta más de diez tesis asesoradas, para decirlo con un dejo de ironía, deberá ser expulsado de inmediato del SNI o del PROMEP por irresponsable. Por esta vía, se recuperaría la mística de las asesorías de tesis y nunca más se privilegiaría la cantidad de asesorías por sobre la calidad de las mismas. Por su parte, el CONACYT debe revisar seriamente sus criterios para mantener a los Programas de Posgrado dentro de sus programas de excelencia, pues hoy resulta evidente que la socorrida eficiencia terminal ha terminado por matar la investigación de alto nivel.

Formar o coordinar equipos de investigación tampoco puede ser un criterio relevante para evaluar a los investigadores en los campos de las ciencias sociales y las humanidades. Si lo que realmente cuenta son los resultados de la investigación, vale igual o más el trabajo de un investigador a título individual que el de un equipo. Es más, son tantos los engaños que ha conllevado la política de promoción de redes de investigación y de CA que el trabajo en solitario resulta casi siempre más honesto y valioso. Me resulta curioso, por ejemplo, ver a mis colegas angustiados en constituirse en CA, una invención de PROMEP tan absurda como inútil, para solicitar apoyos y recursos para publicar libros, organizar reuniones académicas y financiar sus viajes, y así aceitar el círculo perverso de los estímulos y los puntos. Lo paradójico de estos programas es que convierten a los académicos más en gestores que en investigadores. De hecho, son tantas las horas productivas que implica llenar formas, presentar reportes, hacer proyectos, justificar gastos, solicitar facturas, etcétera, para cumplir con las exigencias formales de estos programas, que a los investigadores les queda muy poco tiempo para investigar. A la larga, lo que termina premiándose son las habilidades de gestión de los investigadores más que sus productos de investigación, que por obvias razones serán casi siempre mediocres. Por lo demás, pertenecer a CA es lo peor que podía pasarle a los investigadores que se toman en serio su trabajo, pues ahora, para mendigar recursos, tienen que hacer de todo menos investigar, llámese asistir a congresos y seminarios, publicar libros colectivos al vapor, crear e integrarse a redes interinstitucionales, participar en comisiones de todo tipo, etcétera. Además, la terminología empleada es tan confusa como absurda (“CA en formación”, “CA en consolidación”, “CA consolidados”, “investigadores con perfil deseable” etcétera), todo diseñado para que no se realice investigación seria y de largo aliento, pues lo que importa es abultar la lista de productos del grupo para consolidarlo y seguir publicando bagatelas y hacer turismo académico con recursos del erario. Además, si a ello sumamos las interminables torturas burocráticas que los investigadores tienen que sortear cotidianamente en sus propias universidades para cumplir con los requisitos para obtener estímulos y allegarse de recursos, parece que todo está diseñado para inhibir lo único que debería contar, o sea la investigación.

Obviamente, no tengo nada contra las investigaciones colectivas. Con frecuencia son la única vía para emprender estudios multidisciplinarios complejos y ambiciosos que de otra manera no sería posible realizar. Pero por lo general, éstas son escasas por onerosas y engorrosas. De hecho, los únicos libros colectivos que deberían publicarse son los que resultan de investigaciones colectivas, donde todos los investigadores involucrados no hacen sino seguir un guión de investigación común, perfectamente definido en sus premisas y objetivos. Por todo ello, al final del día, es entendible porque los estudios que logran trascender son casi siempre trabajos de autor más que trabajos colectivos, razón más que lógica para relevar como criterio de evaluación, salvo a solicitud del investigador, la formación o coordinación de equipos de investigación. Ya es hora de desnudar las inconsistencias y contradicciones de un sistema que por la vía del otorgamiento de recursos premia más la capacidad de los investigadores de formar equipos que la de realizar investigación.

Una reflexión similar vale para criterios de evaluación como impartir conferencias, organizar simposia y seminarios y asistir a congresos. En los hechos, más allá de fomentar el turismo académico y asegurar la formación de redes y grupos de investigación y toda esa parafernalia inútil, la gran mayoría de las reuniones de académicos en eventos de todo tipo no sirve para nada. Hoy cualquier investigador puede organizar un evento y proveerse de ponencias para coordinar un libro, hoy cualquiera puede hacerse invitar a un seminario a cambio de ofrecer lo mismo a su anfitrión, hoy se hacen eventos de todo tipo con auditorios vacíos y audiencias cautivas de estudiantes a los que no les interesa estar ahí. Como académico he visto las cosas más ridículas y bochornosas que se puedan imaginar con respecto a estas reuniones. He visto congresos masivos donde para leer una ponencia te dan cinco minutos y además tienes que pagar 500 dólares, he visto coloquios donde los únicos asistentes son los ponentes, he visto ponentes que repiten la misma ponencia en decenas de reuniones, he visto seminarios donde no se permite la interacción con el auditorio, he visto soliloquios que nadie entiende, he visto ponentes cuyos planteamientos son destrozados por los asistentes, he visto conferencias magistrales en las que el público se sale a la mitad, he visto ponentes que no saben articular una sola idea, y he visto otros capaces de leer su ponencia por más de una hora sin ningún respeto por el público. Por todo ello, reportar cincuenta participaciones al año en reuniones académicas no significa nada, a no ser que constatar que el investigador en cuestión ha invertido mucho tiempo para viajar y poco para investigar seriamente. Lamentablemente, los sistemas actuales de estímulos académicos convierten a los investigadores en coleccionistas de constancias de participación en reuniones de todo tipo, y en acumuladores de millas gratis en las aerolíneas de su preferencia. La recomendación aquí es que los investigadores presenten para ser evaluados a lo sumo tres constancias de participación en reuniones académicas, las más serias y relevantes, aquellas donde el investigador no sólo pudo exponer en profundidad sus ideas ante un público considerable, sino que eventualmente fue remunerado para hacerlo, pues es un indicador adicional de reconocimiento profesional.

Además de los criterios de evaluación examinados, suelen ponderarse otros que de tan ridículos ni siquiera viene al caso revisarlos en detalle. Pienso, por ejemplo, en los puntos que da a un investigador haber ocupado una dirección o una coordinación o cualquier otro puesto burocrático dentro de la universidad, algo totalmente incompatible con lo que se busca calificar, o sea la investigación. Huelga decir que el trabajo burocrático mata al investigador, amén de que el ascenso en las estructuras de poder universitarias no se rige por criterios de excelencia académica sino de lealtades y componendas entre grupos de poder académicos. Es más, si el sistema de estímulos a la investigación fuera racional y congruente, en lugar de premiar a los investigadores-burócratas se debería suspender de forma automática cualquier tipo de apoyo a la investigación o de estímulos a aquellos investigadores que ingresan a la burocracia universitaria en cualquier nivel. Más aún, contrariamente a la lógica imperante, por cada cargo burocrático que haya ocupado un investigador en su trayectoria profesional habría que restarle puntos o se podría establecer una fórmula según la cual un investigador sólo podrá integrarse o reintegrarse al SNI cuando haya dejado la burocracia y cuando su trayectoria como académico sea mayor en años que su trayectoria como burócrata.

Otro criterio de evaluación absurdo son los premios o reconocimientos obtenidos por los investigadores. Obviamente, no me refiero a los premios obtenidos en concurso por obras escritas, sino a los premios y distinciones que otorgan discrecionalmente las universidades u otras dependencias públicas nacionales y que generan todo tipo de suspicacias, como premios al mérito o a la trayectoria, pues es consabido que casi siempre lo que se premian son lealtades de grupo más que la calidad de una obra. Lo mismo vale para muchas cátedras patrimoniales, creadas a modo para alimentar la hoguera de las vanidades y las sociedades de mutuo elogio, sin criterios de excelencia explícitos. Para nadie es un secreto que la meritocracia no es la regla en nuestras universidades, sino las lealtades y componendas entre grupos de poder facciosos. Y si de ser objetivos se trata, también es cierto que muchos de los concursos de obras escritas suelen estar viciados de origen y son concedidos discrecionalmente, lo cual también obliga a los evaluadores a discriminar muy bien el valor real de los premios reportados.

Finalmente, uno de los criterios de evaluación más absurdos es reportar periódicamente las citas o referencias que se hacen a las publicaciones de un investigador. Es absurdo, pensando en las ciencias sociales, porque si de por sí, como ya vimos, publicar artículos en revistas especializadas en México está contaminado por criterios extraacadémicos, como participar de o simpatizar con los grupos cerrados que controlan dichas publicaciones, estos mismos enclaves se encargan de filtrar o censurar cuanto articulo les llegue que cite a autores con los que no comulgan. A final de cuentas, lo que tenemos es una casa de citas selecta donde sólo entran los amigos, un club exclusivo que se reserva el derecho de admisión. En menor proporción, lo mismo ocurre con las revistas internacionales, a excepción de un puñado de ellas cuyo prestigio y posicionamiento en distintas disciplinas sociales les impide reproducir esquemas de selección de contenidos tan rupestres. Obviamente, esto no aplica en las ciencias exactas, donde las citas suelen ser un parámetro infalible para medir la relevancia de una contribución científica, aunque en este caso lo que cuenta no es la cantidad de citas sino la calidad de las mismas, pues por lo general los avances en un campo son tan especializados que sólo interesan a un puñado de investigadores que trabajan los mismos temas en unas cuantas universidades dispersas en el mundo. En efecto, sólo la ciencia supone una acumulación de saberes sobre la base de las investigaciones realizadas, por lo que cada nuevo descubrimiento se conecta con los descubrimientos precedentes, de ahí que los científicos puros sólo citan aquello que representó un avance previo y sin el cual el nuevo descubrimiento simplemente no hubiera tenido lugar. Algo muy distinto que las ciencias sociales, tan heterogéneas en sus paradigmas y tan flexibles en su entendimiento de lo científico, que todo se vale.

 IV

Nada de lo aquí expuesto tendría alguna viabilidad si no se modifican simultáneamente varias características estructurales y de concepción de los programas de estímulos a los académicos e investigadores, como el SNI y el PROMEP. En el caso del SNI, un programa creado en el seno del CONACYT hace treinta años para apoyar económicamente a los investigadores en una época en que se habían depreciado abruptamente los salarios en las universidades, así como para impulsar la investigación de excelencia, el principal problema es la opacidad con la que las comisiones evalúan a los investigadores y deciden mantenerlos o ascenderlos en el escalafón vigente por niveles, lo cual genera todo tipo de injusticias y molestias. El problema es estructural porque tal y como está diseñada la composición de las comisiones, sus integrantes adquieren enormes facultades y prerrogativas, se erigen en feudos cerrados y casi siempre toman sus decisiones de manera discrecional y arbitraria. Basta que en la comisión de un área de conocimiento participe un colega con el cual el investigador que deberá ser evaluado no mantiene una buena relación para que se obstaculice permanentemente su promoción en el sistema. En lo personal conozco cientos de casos de este tipo, absolutamente sorprendentes, considerando la trayectoria impecable de los perjudicados. Yo mismo he sido un damnificado recurrente de este proceso. Y si bien las comisiones se integran por elección de planillas por parte de la propia comunidad de investigadores, los puestos son disputados casi siempre por las elites del SNI (los pertenecientes al nivel III), auténticos mandarines de la academia, para seguir manteniendo o para incrementar sus privilegios e influencia en el medio. Es por ello que en cada evaluación siempre hay fallos absurdos, como ascensos de investigadores que no tienen los méritos suficientes ni siquiera para estar en el sistema, pero que ocupan cargos de dirección en alguna universidad o son amigos de algún miembro de la comisión respectiva, o el mantenimiento de otros en su mismo nivel aunque su obra cuente con reconocimiento internacional o tengan méritos infinitamente superiores a los que ostentan sus pares encargados de evaluarlos. Ridículo e injusto. Además, hasta la fecha no conozco un solo investigador que después de impugnar el fallo de su evaluación haya sido rectificado por las comisiones revisoras. Los argumentos para no hacerlo suelen ser verdaderamente insólitos: desde el “Usted tiene suficientes méritos para ascender, pero si lo hacemos, como es usted tan joven, se devaluarían los reconocimientos del sistema”, hasta los clásicos “Usted cuenta con libros y artículos muy importantes, pero sería recomendable que diversificara las publicaciones periódicas especializadas donde suele publicarlas” o “Usted cuenta con una destacada trayectoria, pero nunca ha dirigido un posgrado ni ha ocupado un cargo en su universidad”. Todos argumentos tan vacíos como contradictorios con lo único que debe reconocerse, la calidad de la investigación. Por todo ello se impone un cambio drástico en la composición de las comisiones. La propuesta es que se integren no por votación sino por insaculación de entre todos los miembros del SNI en cada área (sin distinciones del nivel en el que se encuentren), y que las comisiones se renueven en cada evaluación. Además, considerando las propuestas precedentes que teóricamente facilitan la tarea de evaluación (como la presentación de una sola obra por investigador), sería recomendable que la comisión entreviste personalmente a cada investigador y que en su presencia emita su dictamen. El contacto cara a cara entre pares puede coadyuvar a revertir la opacidad y la discrecionalidad que hoy predominan, considerando sobre todo que en cada disciplina todos los investigadores se conocen. Para el efecto, los criterios a considerar en la evaluación deben cambiar tal y como lo sugerí en los parágrafos precedentes. Un procedimiento similar puede instrumentarse para todas las demás comisiones del SNI, pues también generan mucha inconformidad, sobre todo aquellas responsables de evaluar las solicitudes de apoyo para proyectos de investigación o las que determinan la concesión de becas para estudiar en el extranjero, uno de los rubros más injustos de todos por su alta discrecionalidad. Quizá este procedimiento resulte un poco más oneroso que el vigente, por cuanto habría que movilizar cada año a los investigadores integrantes de comisiones responsables de evaluar a sus pares, pero a la larga se ganaría en confianza y transparencia.

La problemática del PROMEP es totalmente distinta. Como política federal de apoyo a los académicos de excelencia constituye un programa muy loable, pero ha contribuido sin proponérselo a lo que aquí he llamado la “chatarrización” de la ciencia. Además de que ser beneficiario del PROMEP en alguno de sus programas resulta para los investigadores absolutamente tortuoso y engorroso, por la cantidad de documentos que hay que recopilar y entregar periódicamente, ha creado una figura insostenible que ha metido a los investigadores en una dinámica muy absorbente y a la larga poco fructífera en términos de asegurar investigaciones de calidad: el trabajo en equipo mediante redes de investigación o CA. Tal pareciera, según esta concepción, que sólo el trabajo en equipo es relevante y que quien trabaja a título individual es un desadaptado. No viene al caso siquiera comentar una filosofía tan obtusa, pues las grandes obras de todos los tiempos en ciencias sociales y humanidades han sido producidas en solitario. Pero como la academia paga tan mal en México, la gran mayoría de mis colegas investigadores no ha podido sustraerse a los cánones impuestos por el PROMEP, y ahora colaboran en flamantes CA. Al igual que el SNI, este programa de estímulos también contempla niveles para los CA (algo así como “en formación”, “en consolidación” y “consolidados”), pero a diferencia del SNI, los que evalúan el desempeño de los CA y deciden su nivel no son investigadores, o sea pares, sino burócratas de la Secretaría de Educación Pública (SEP), con lo cual los fallos se toman exclusivamente en función de la cantidad de trabajo reportada por cada CA. En esta lógica, poco importa que los artículos o libros publicados sean mediocres, como los que resultan de juntar ponencias de un coloquio (de hecho, se exhorta a los investigadores a que publiquen libros colectivos de este tipo en los que colaboren como autores todos los integrantes del CA), poco importa que sus integrantes organicen o asistan a seminarios y congresos que a nadie interesan, poco importa que realicen investigaciones intrascendentes, poco importa que con sus productos no pase nada relevante en la disciplina en la que se mueven. Con tal que los investigadores trabajen en equipo y presenten muchas constancias o publicaciones que den fe de dicha colaboración, los CA asegurarán su permanencia o promoción en el programa y dispondrán de cada vez más recursos para hacer las mismas cosas inútiles e intrascendentes. Un círculo vicioso que sólo alimenta la mediocridad. En suma, el PROMEP tiene una concepción del quehacer científico viciada de origen. De ahí que mejorar el programa resulta mucho más difícil que en el caso del SNI. Se requiere una cirugía mayor que modifique radicalmente la filosofía del programa. Para empezar, en las ciencias sociales y las humanidades el trabajo en equipo no es garantía de nada. Excluir del programa a los investigadores solitarios es arbitrario e injustificado. En segundo lugar, fomentar la acumulación de constancias y publicaciones es lo peor que se puede hacer al quehacer investigativo serio y responsable. De hecho, la puntitis mata a la investigación de calidad. En tercer lugar, al meter a los investigadores en una búsqueda obsesiva de constancias y papelitos para ser merecedores de apoyos económicos, el PROMEP, en lugar de dignificar el trabajo académico, lo envilece o degrada.

  V

Si los programas oficiales de apoyo a los investigadores y de promoción de la investigación son responsables indirectos de la ruina de la investigación de calidad, el cuadro se completa con la situación endémica que atraviesan en general las instituciones de educación superior del país, sobre todo las públicas, pues es sabido que las privadas, salvo honrosas excepciones, sólo se ocupan de la educación y relegan la investigación.

En México, nuestro largo tránsito de un sistema autoritario de partido hegemónico a un sistema plural y competitivo, no se ha traducido en cambios que nos permitan vislumbrar una espiral virtuosa de progreso y desarrollo sostenido. Por lo general, lo que vemos es estancamiento y desinterés por parte de las autoridades para enfrentar los problemas acumulados. Este es el caso de la educación pública, en general, y de la educación superior, en particular. Las universidades públicas, salvo muy contadas excepciones, siguen pesando en sus entidades más por lo que representan que por los fines superiores que deben perseguir, o sea, son cotos de poder e influencia para los grupos y mafias locales, centros de disputas entre caciques y líderes, trampolín de camarillas políticas, zonas de incertidumbre económicamente muy rentables, en las que la educación y la investigación de excelencia son lo que menos importa, a no ser para que las burocracias universitarias justifiquen su permanencia en el poder con cifras infladas y maquilladas. Asimismo, se trata de instituciones retrogradas donde predominan las mafias cerradas, se castigan las insolencias, se compran lealtades, donde las autoridades no tienen que responder por sus acciones, lo que fomenta el dispendio y el desvío incontrolado de recursos; aquí la transparencia es una palabra vacía, una treta en manos de contadores astutos.

Por otra parte, las universidades públicas han pervertido sus funciones sustantivas. Desde este punto de vista, constituyen instituciones endémicas. El conocimiento ya no se produce en sus aulas y laboratorios. En su seno, la academia y la ciencia no le interesan a nadie. Los premios y promociones se otorgan casi siempre con criterios extraacadémicos; se apoyan investigaciones mediocres por las mismas razones, se publican revistas y libros que nadie lee y que sus autores sólo usan para promoverse en los escalafones de estímulos, para inmediatamente después esconderlos en sus cajones por vergüenza de que alguien los lea. Finalmente, pese a que en algunas universidades públicas existe el sufragio universal como mecanismo para elegir a la máxima autoridad universitaria, todo mundo sabe que lo menos que hay en estas instituciones es democracia, sino una simulación burda en la que son las propias mafias universitarias y políticas las que postulan a los contendientes que han de disputarse la rectoría, y después manipulan las elecciones a su conveniencia. De hecho, la democracia universitaria, ahí donde sobrevive, recuerda las prácticas fraudulentas más vergonzosas del otrora partidazo oficial durante la fase más cínica de nuestra dictadura perfecta.

La gran mayoría de las universidades públicas del país sólo pueden proyectarse mediante   la mentira y el engaño, pues cualquiera que las frecuenta conoce perfectamente sus enormes carencias; son instituciones donde la corrupción recorre todos sus vasos linfáticos, donde se compran auditorías y certificaciones a modo, donde se venden calificaciones y exámenes indiscriminadamente; donde la democracia sólo se utiliza retóricamente, pues en la práctica no hay nada que la sustente. Diariamente se destapa una cloaca de podredumbre donde quedan exhibidos rectores y funcionarios universitarios, como el reciente y escandaloso caso del rector de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), Enrique Agüera Ibáñez, señalado por mantener vínculos con el narcotráfico y por enriquecimiento inexplicable. Por todo ello, edificar universidades a la altura de las exigencias y necesidades de nuestro país parece una tarea imposible. Hay que desmotarlas por completo y volverlas a armar. Eliminar sus zonas de impunidad y sus abusos de autoridad, sus zonas de corrupción y opacidad, sus zonas de conformidad y mediocridad. La tarea es sin duda inmensa y arriesgada, pues tocar intereses tan enquistados en su seno podría desatar tempestades y represalias.

En este recuento de desastres, las universidades de más prestigio, como la UNAM, y los centros de investigación de élite, como el Centro de Investigaciones y Docencia Económicas (CIDE), El Colegio de México (COLMEX), la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y las demás pertenecientes al sistema SEP-CONACYT, tampoco salen bien libradas, pese a recibir los mayores subsidios y canonjías del Estado. La problemática aquí es distinta a la del resto de las instituciones públicas de educación superior, pero igualmente dramática. En el caso de la UNAM resulta inverosímil, por no decir ridículo, sobre todo para su muy vasta comunidad de estudiantes y académicos, colocarla como una de las mejores cien universidades del mundo, según una lista muy curiosa elaborada anualmente por un diario londinense. Es inverosímil porque si hay una institución de educación superior en México metastasiada sin remedio esa es precisamente la UNAM. Víctima de la masificación que alimentó durante décadas, la UNAM dejó hace mucho de ser una institución de calidad en la realización de sus tareas sustantivas. Botín de múltiples grupos de poder ha dilapidado irracionalmente sus recursos, sin planeación ni visión de futuro, al grado de que hoy, salvo pequeños reductos en su interior, como algunos cuantos institutos de investigación, ha dejado de ser competitiva en la enseñanza y en la investigación de alto nivel. Sus egresados son estigmatizados en el mercado laboral y relegados frente a la competencia proveniente de otras universidades, sobre todo privadas, como el Tecnológico de Monterrey (ITESM), el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la Iberoamericana (UIA). En lo personal, trabajé veinte años en la UNAM y cada vez que regreso a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de mi alma mater me duele constatar el estado de abandono en que se encuentra, la mediocridad de su planta docente, la ruindad de sus instalaciones, la ausencia de debate o la sobreideologización del mismo, la irrelevancia de sus publicaciones, el burocratismo que la asfixia, la persistencia de los grupos de poder de siempre y la incompetencia de sus directivos. Una situación que se repite en prácticamente todas las facultades y escuelas que la componen.

Por su parte, el conjunto de instituciones supuestamente de vanguardia dentro del sistema educativo, las pertenecientes al sistema SEP-CONACYT, y que monopolizan los mayores presupuestos federales otorgados en educación e investigación, también terminaron sucumbiendo a los caprichos de mafias oportunistas y ambiciosas. Además, al ser las instituciones consentidas del sistema de educación superior, sus investigadores, programas de enseñanza, revistas y proyectos de investigación suelen ser evaluados y aprobados por fast track, o sea de manera expedita y rápida, por consigna, independientemente de su calidad y relevancia. Algo muy distinto a lo que acontece con el resto de las instituciones de educación superior, donde las evaluaciones de sus investigadores y proyectos por parte del CONACYT o la SEP suelen ser implacables. Más aún, casi siempre las comisiones evaluadoras suelen integrarse por académicos provenientes de las instituciones de elite, lo cual contribuye lógicamente a incrementar la brecha entre éstas y todas las demás. Asimismo, las publicaciones de estas instituciones (libros y revistas), al contar con suficientes recursos para ser promocionadas, suelen estar infladas artificialmente, pues basta hurgar un poco en ellas para ver que son tan irrelevantes e intrascendentes como la mayoría de las que se publican en las universidades públicas y privadas. De hecho, los investigadores realmente destacados adscritos a estas instituciones, un puñado en cada una, no necesitan el espaldarazo de su universidad o centro de investigación, para publicar. Por honestidad intelectual, lo hacen por fuera y sin el patrocinio de su institución, pues sólo cuando una obra es excepcional no requiere el sello institucional para salir a la luz.

No obstante, la principal debilidad de estas instituciones supuestamente de punta hay que buscarla en otra parte: al erigirse en las instituciones educativas de excelencia se han convertido en cotos cerrados, endogámicos y elitistas que prefieren interactuar con sus pares en los países hegemónicos que con sus pares locales, bajo la premisa a todas luces falsa de que todo lo que provenga de Estados Unidos es digno de imitación. Estas instituciones disponen pues, de amplios recursos, pero suelen abrazar paradigmas y enfoques supuestamente de vanguardia pero que no tienen mayor repercusión en el país. Por esta vía, sus investigadores se legitiman pero no hacen sino vender espejitos a los incautos. El resultado, decíamos, es la importación acrítica de los vicios de la academia estadounidense, como el fetichismo con los métodos formales y estadísticos, la especialización en temas cada vez más irrelevantes y que nada tienen que ver con los grandes problemas nacionales, la descalificación por sistema de todo lo que no cumple con sus propios estándares metodológicos. Es obvio que su afán imitador les impide reconocer las desventajas de proceder así. Copiar patrones no es, necesariamente, una buena idea. Por el contrario, como señala el politólogo estadounidense Philippe Schmitter para el caso de la ciencia política, en las periferias la estrategia más exitosa no es la simple imitación sino la especialización en aquello que se hace mejor, “especialmente cuando la comunidad de politólogos es relativamente pequeña y por lo tanto sus productos de ‘nicho’ no amenazan el status o la tajada de mercado del productor hegemónico”.[12] O como diría el politólogo José Antonio Aguilar Rivera: “Hallarse en los márgenes debería significar una mayor oportunidad para la innovación, la experimentación y la diversidad. La tiranía del mercado no siempre es positiva. Sin embargo, en los enclaves lo que reina es un espíritu de conformidad. Imitar es lo que proporciona status. El problema es que al proceder de esta manera corremos el riesgo de adoptar, como criterios infalibles, meras modas teóricas provincianas que pueden resultar irrelevantes al final del día”.[13] En algunos casos, este juego de espejos ha llevado a situaciones ridículas, como exigir a los investigadores que laboran en estos institutos de elite, sobre todo a los más nobeles, a publicar una cuota anual de artículos en un conjunto de revistas especializadas nacionales y extranjeras escogidas previamente y supuestamente afines a los cánones metodológicos y científicos o a las modas teóricas importadas que buscan impulsar por imitación, y a prescindir de publicar en cualquier otra revista que no esté contemplada en la lista. Para esta academia de oropel, poco importa que lo que se publique en esas revistas especializadas tan apreciadas por ellos no lo lea absolutamente nadie. Otra razón para desconfiar de la supuesta excelencia de la que se ufanan estas instituciones. 

Pero las simulaciones no terminan ahí. En un país donde muchos se dejan deslumbrar por la grandeza de su vecino del Norte, estos investigadores sociales supuestamente “duros” saben explotar muy bien sus credenciales académicas y sus escarceos con la academia estadounidense para encumbrase en la administración pública o el gobierno, ya sea como asesores, consejeros electorales o funcionarios, con lo que abandonan en la práctica el quehacer científico. Huelga decir que si este es el destino natural de los científicos sociales puros en México, la ciencia social no sólo pervierte su objetivo primario, o sea contribuir al entendimiento de los fenómenos sociales mediante la investigación especializada, sino que se convierte en una mera “técnica” al servicio del poder. No es que la ciencia social no pueda tener aplicaciones prácticas o deba precaverse de tenerlas, ya sea en la administración pública o en la política profesional, el problema es que se instrumentalice a conveniencia para que ciertos investigadores se erijan en los “expertos” por moverse, precisamente, en las corrientes o paradigmas supuestamente más avanzadas de la ciencia social. Pero este último tema da para otro ensayo.

VI

No me cabe duda que las consideraciones y recomendaciones que he ventilado en este ensayo resulten incómodas para la mayoría de mis colegas y que por lo mismo tengan poca o nula viabilidad. En un medio que como el académico está tan acostumbrado a vivir de la medianía y la autocomplacencia siempre será preferible acomodarse a lo que hay que impulsar grandes transformaciones. Reconocer que las ciencias sociales y las humanidades están moribundas en México no resulta muy gratificante para quienes viven o sobreviven de ellas. Y sin embargo, sólo con medidas drásticas como las que he sugerido aquí u otras similares se puede aspirar a revertir la creciente simulación y deshonestidad que hoy prevalece en la academia mexicana. A grandes males, grandes remedios.

Para concluir, quisiera resumir en tres las paradojas que en mi opinión describen muy bien el estado de indefensión en que se encuentra la ciencia en México y que al mismo tiempo explican por qué resulta tan difícil revertir su deterioro:

1.  La estrategia estatal para estimular la investigación científica en lugar de lograr su cometido lo ha inhibido por completo, generando todo tipo de simulaciones y perversiones en lo que a la investigación se refiere, una situación por lo demás muy cómoda para los miles de investigadores, que con el tiempo han aprendido muy bien a sustituir la investigación seria, esforzada, profesional y de largo aliento, por rollos insustanciales, un juego perverso al que todos se acomodan y que nadie cuestiona porque siempre será más fácil vivir de la mediocridad que de la exigencia.

2. En ese sentido, el principal obstáculo para emprender una trasformación radical del actual sistema de recompensas a la investigación que tan dañino ha resultado al desarrollo científico no proviene de las propias estructuras burocráticas creadas al efecto, sino de las decenas de miles de investigadores generados por el mismo sistema y que han terminado por creerse indispensables para el avance científico nacional. La lógica que lleva a un investigador a abrazar esa conclusión es muy sencilla: “si el sistema me apoya para publicar cuanta estupidez se me ocurra es que mis estupideces son geniales, luego entonces yo soy un gran investigador”. Lo peor es que intentar criticar y exhibir la mediocridad de las investigaciones que se producen en el país te convierte en automático en un desadaptado, un amargado y un presuntuoso, y te condena al ostracismo de por vida por parte de tus colegas. De ahí que aspirar a que se revalore el quehacer científico en un medio tan contaminado por la mediocridad es una batalla en el desierto.

3. Hoy cualquiera en México puede ser investigador, con tal de que desarrolle el hábito de juntar papelitos y escribir todo lo que se le ocurra, o sea que la profesión más noble e ilustre del mundo, la investigación científica, por cuanto requiere de sus practicantes una gran dedicación, una vasta formación y preparación, mucha vocación y sacrificio, y una gran honestidad intelectual, se ha vuelto en México una de las más prostituidas e indignas. Digamos que una mala política de promoción científica terminó produciendo sus propios parásitos, los cuales se alimentan de la podredumbre del sistema. Seamos claros, con nuevas reglas de apoyo a la investigación, reglas más racionales y exigentes, más transparentes y menos contaminadas, sólo sobreviviría un pequeño porcentaje de las decenas de miles de investigadores que hoy avergüenzan y devalúan la profesión.


* Ponencia presentada en el I Congreso de los Miembros del Sistema Nacional de Investigadores, Querétaro, Qro., 5-8 de mayo de 2010. Cabe señalar que esta ponencia fue suprimida misteriosamente del portal del CONACYT donde se reproducen todos los trabajos del Congreso. El autor es Catedrático-investigador de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (todavía).

[1] Gabriel Zaid, El secreto de la fama, México, Lumen, 2010, pp. 136-137.

[2] Para efectos de este ensayo me referiré exclusivamente a las ciencias sociales y las humanidades, aunque varias de sus conclusiones y recomendaciones apliquen también para las ciencias exactas o duras.

[3] El caso de nuestra máxima casa de estudios, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es en este sentido paradigmático. Desde hace años, su editorial publica más libros que cualquier otra en México, incluidas las comerciales, pero ninguna ha publicado más chatarra que ella, auténticos bodrios producto del influyentismo y la corrupción que la han asfixiado desde siempre. La existencia en su acervo de colecciones muy valiosas, no alcanza para eximir a la UNAM de sus excesos por el dispendio de recursos que ha supuesto la publicación indiscriminada de miles de obras de ínfima calidad. Huelga decir que las bodegas de la editorial universitaria están repletas de libros inútiles que terminan regalándose o vendiéndose por kilo. Y si esto ocurre con la UNAM, ya se pueden imaginar lo que pasa con el resto de las universidades públicas del país. Así, por ejemplo, ningún académico honesto puede vanagloriarse de publicar en las editoriales de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), la Universidad de Guadalajara (UdeG), la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG) o la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), por mencionar algunas de las más desacreditadas. Peor aún, si lo hace bajo el sello editorial o el patrocinio de instituciones gubernamentales federales, estatales o paraestatales, como el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CONACULTA), el Instituto Federal Electoral (IFE), el Gobierno de la Ciudad de México o el Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI), y muchas otras, pues todo mundo sabe que los libros publicados así responden a criterios muy alejados a los académicos, tales como justificar presupuestos, impulsar las carreras de investigadores que son parientes o amigos de funcionarios influyentes, etcétera. De ahí que todas estas publicaciones, las publicadas en editoriales universitarias y las publicadas con los auspicios de instituciones políticas no deberían calificar en las evaluaciones del SNI o el PROMEP, sino restarles puntos a sus autores.

[4] Al respecto, véase mi libro: C. Cansino, La muerte de la ciencia política, Buenos Aires, Sudamericana, 2008. 

[5] Dicho esto con la terminología y la orientación introducidas por Thomas S. Kuhn en su famoso ensayo: La estructura de la revolución científica (México, FCE, 1968).

[6] Véase, por ejemplo, C. Lefort, Ensayos sobre lo político, Guadalajara, UdeG, 1988; A. Maestre, La escritura de la política, México, Cepcom, 2000; R. Chartier, El mundo como representación, Barcelona, Gedisa, 1992; G. Balandier, El desorden. La teoría del caos y las ciencias sociales. Elogio de la fecundidad del movimiento, Barcelona, Gedisa, 1997.

[7] En este caso se encuentran revistas muy cuestionadas por los investigadores como Política y Gobierno, Revista Mexicana de Sociología, Perfiles Latinoamericanos, Foro Internacional, Estudios Sociológicos,  entre muchas otras.

[8] Claro está que, dentro de las no especializadas o de divulgación, hay de revistas a revistas. Para empezar, las revistas de este tipo (algunos las llaman “culturales”) de circulación masiva son escasas en México, y dentro de éstas muy pocas son rescatables. Las más conocidas como Nexos o Letras Libres son expresiones o derivaciones de grupos intelectuales cerrados y poderosos que en su tiempo se convirtieron en ideólogos del viejo régimen priista a cambio de todo tipo de privilegios, y que alguna vez acariciaron la idea de hegemonizar la agenda cultural del país. En estas revistas también se practica el exclusivismo y la discriminación de todos los que no participen o simpaticen del clan, por lo que hay que vender el alma al diablo para publicar en ellas. No sorprende entonces que los académicos que colaboran en ellas regularmente pertenezcan a los grupos más poderosos dentro del sistema de educación superior, las mafias académicas que por esta vía establecen intercambios de influencias y beneficios con los grupos intelectuales. Por ello, publicar en estas revistas, en lugar de honrar a los científicos sociales los desacredita, a no ser que aspiren a los reflectores, sacrificando la independencia intelectual. En segundo lugar, hay otro conjunto de revistas de buena circulación más autónomas y menos pretenciosas, si acaso una docena de ellas, como Este País, Istor, Metapolítica, Etcétera y Tierra Adentro, que son cuidadosas en la selección de sus contenidos, plurales y abiertas a diversas corrientes, por lo que publicar en ellas constituye una opción digna para los investigadores. Y luego un montón de revistas de buena circulación pero patrocinadas o financiadas por partidos políticos y grupos de poder, donde publicar desacredita por completo a los investigadores, tales como Examen, Vértigo, Memoria, Bien Común. Otra opción interesante e igualmente digna para los investigadores son algunos suplementos de diarios de circulación nacional o algunos semanarios.

[9] Las coediciones entre universidades y editoriales comerciales de dudosa seriedad se ha convertido en un negocio muy rentable para estas últimas. Los casos más conocidos son los de Plaza y Valdés, Porrúa Hermanos y Miguel Ángel Porrúa, en cuyos acervos es posible encontrar toneladas de chatarra supuestamente científica.

[10] Yo conozco varias, cuyos acervos dan pena ajena, tales como: “Tlamelahua”, “Ariete”, “Soriano”, “Eon”, “Arieli”, “Zenzontle”, “Lunarena” entre muchas otras.

[11] Me temo, sin embargo, que en el caso de las editoriales más conocidas en México suelen existir, más allá de la calidad de las obras sometidas a dictamen, varias aduanas infranqueables para quienes aspiran a publicar en ellas. En algunos casos, como en el Fondo de Cultura Económica (FCE), los comités editoriales están monopolizados por los mismos investigadores de elite que integran los comités dictaminadores del SNI, por lo que casi siempre reproducen aquí las mismas prácticas excluyentes y clientelares que emplean allá. En otros casos, como en la Editorial Siglo XXI, la regla no escrita es presentar obras afines a la línea ideológica que promueve la firma, de tal manera que quedan excluidas a priori todas las propuestas que no comulguen con una cierta tradición de pensamiento socialdemócrata. Finalmente, está el caso de editoriales como Cal y Arena o Clío, donde la condición para publicar es simpatizar o participar del clan o mafia intelectual que las creó, el grupo Nexos y el grupo Vuelta, respectivamente, lo cual no es muy gratificante para quien valora positivamente su independencia intelectual. Ante este panorama desolador, una alternativa más digna para los investigadores es intentar colocar sus obras en editoriales menos contaminadas por los intereses de grupos y facciones intelectuales locales, y más abiertas a las propuestas de todo tipo, como las pertenecientes a las conocidas firmas internacionales Random House Mondadori, Santillana, Planeta, Grupo Editorial Patria, McGraw-Hill, o en editoriales locales igualmente conocidas y más plurales, como Océano, Trillas, Gedisa, entre otras. Asimismo, pueden explorar el mercado editorial de otros países.

[12] P. Schmitter, “Seven (Disputable) Theses Concerning the Future of ‘Transatlanticised’ or ‘Globalised’ Political Science”, European Political Science, vol. 1, núm. 2, 2002, pp. 23-40.

[13] J.A. Aguilar Rivera, “El enclave y el incendio”, Nexos, México, núm. 373, enero, 2009, pp. 79-82.

 

 

 

[Comentario al libro de Sara Sefchovich, Librería Profética, Puebla, Pue., 26 de noviembre de 2011]

La Academia puede ofrecer a sus cultivadores grandes sinsabores pero también grandes satisfacciones. Ahora tengo una gran satisfacción por compartir esta mesa con una escritora que admiro mucho, Sara Sefchovich, y por haber sido invitado por ella a comentar su libro más reciente ¿Son mejores las mujeres? (México, Paidós/Debate Feminista, 2011). Obviamente, se trata de un libro sobre el feminismo o los feminismos, un tema en el que Sara brilla desde hace muchos años.

 En primer lugar, debo admitir que soy un outsider en esta temática, y no por una cuestión de “género”, sino simplemente porque no ha sido una de mis inquietudes intelectuales. Con todo, como “observador comprometido”, a la Raymond Aron, creo que algo puedo aportar a la discusión del mismo, no sin antes señalar que considero a Sara una de las pensadoras más agudas y sugerentes que ha dado este país. La sigo con fidelidad, ya sea en sus libros o colaboraciones periodísticas, pues hay mucho que aprender de ella. Podría referir, por ejemplo, lo bien que me la pasé leyendo La suerte de la consorte o País de mentiras, dos obras admirables e imprescindibles para quien quiera entender mejor nuestro país.

Pero aquí estamos para hablar de las mujeres y del movimiento que desde hace décadas hizo de los rezagos de las mujeres una fuente de luchas y reivindicaciones: el feminismo. No tengo que decir que ¿Son mejores las mujeres? es un libro esclarecedor, sugerente y provocativo, pues son las marcas de la casa, o sea de Sara, pero sí diré que los interesados en estos temas podrán encontrar en esta obra una visión muy crítica de los logros y los pasivos de las reivindicaciones feministas, así como una visión autocrítica del propio movimiento feminista, de sus convicciones, contradicciones y derroteros. En cada página sale a relucir una Sara que duda de todo, que desconfía de credos y dogmas, que interroga a las perspectivas ortodoxas, y que, incluso, incomoda a sus colegas con la simple duda, con el cuestionamiento de los fundamentos del movimiento feminista. Y lo curioso es que Sara habla desde el único lugar posible para desandar los nudos ideológicos del feminismo: desde la mera experiencia, desde lo cotidiano, desde la cultura, desde la sociedad. Las grandes preguntas sobre las mujeres, sobre sus sueños y anhelos, sobre sus miedos y temores… están en la calle, en la casa, en las redes sociales… No se requieren grandes elaboraciones teóricas para entenderlo. Esa es, a mi juicio, la principal virtud de este libro: no hay en él la pedantería de la pose académica, sino sólo el deseo genuino de entender mejor, de no quedarse con lo que dicen los teóricos, de contar una historia…

¿Por dónde empezar la crítica? Empecemos por el título: con él, Sara logra una paradoja, con una pregunta esencialista, incluso retórica (¿son mejores las mujeres?), muestra las contradicciones del esencialismo, pues es obvio que las mujeres no son esencialmente mejores o peores que los hombres, sino simplemente diferentes. Y sin embargo, este tipo de esencialismo ha resultado largamente atractivo para ciertas feministas, que sin asomo de duda afirman que las mujeres son superiores por muchas razones, como el poder embarazarse, la maternidad, el tener que compaginar el trabajo doméstico con actividades profesionales…, sin darse cuenta que pensar así nos instala en una suerte de “mujerismo” o “hembrismo” igual de perverso que el machismo o la tan socorrida idea de lo patriarcal…

Y es precisamente a partir de aquí que Sara empieza a tejer su argumento. La lucha de las mujeres no puede desembocar en un esencialismo porque de ser así se desdibuja el feminismo, pierde su razón de ser. El mujerismo es algo así como un síntoma de una enfermedad que acusa el feminismo. Y aquí también empiezan mis preguntas, con el mejor ánimo de enriquecer el debate…

1. Si bien el mujerismo se torna conservador en la práctica, y contradice los principios libertarios del feminismo, ¿acaso el “mujerismo” no es una hija del propio feminismo, una hija bastarda si se quiere, pero nacida de los propios excesos del feminismo? Yo recuerdo que en una época del feminismo, muy dogmatica, se pensaba incluso en la necesidad de construir una “epistemología feminista”, una “antropología feminista”, una “sociología feminista” (como si la ciencia tuviera género)… ¿Acaso no estaban las feministas de entonces contribuyendo al esencialismo con ese tipo de despropósitos?

2. Que el mujerismo (por sus implicaciones esencialistas) sea un síntoma de una enfermedad del feminismo es obvio, pero ¿será el peor de sus síntomas? En un intento de autocrítica del feminismo, creo que las feministas deberían ponderar otros síntomas igualmente preocupantes. Veamos algunos aspectos:

a) ¿Se puede hablar todavía de feminismo? ¿No será mejor hablar de feminismos, considerando que no hay en el seno de este movimiento un eje que homogeneicé las posiciones, las cuales muchas veces son contradictorias entre sí? Y no hablo de las así llamadas “olas” del feminismo, sino de los tipos de feminismo: feminismo de la igualdad, feminismo de la diferencia, feminismo postcolonialista (Benhabib), ciberfeminismo, feminismo marxista, feminismo libertario, la visión queer del feminismo, el posfeminismo…? Sin excluir a las propias feministas que sostienen que hay que hacer un alto en el feminismo (Take a Break from Feminism) como Janet Halley.

b) ¿Hasta dónde se quedó atrapado el feminismo —dicho de manera general— en una concepción de género dicotómica tradicional, hombre-mujer, misma que la propia realidad se encargó de rebasar? Ciertamente, como dice Sara, ya no se puede hablar hoy de la mujer, sino de las mujeres, reconociendo las radicales diferencias que podemos encontrar entre ellas, pero ¿qué significa hoy exactamente ser mujer? ¿Se puede definir? Van unos ejemplos: ¿dónde entra esa persona que teniendo pene se implanta senos porque tiene cierta afección por ellos?, ¿dónde queda esa mujer que se inyecta hormonas masculinas y en las noches se trasviste de mujer porque siente admiración por los travestis?, ¿dónde entra ese hombre transgénero que para efectos prácticos es toda una mujer?… En fin, podría citar decenas de ejemplos más, pero con estos creo que queda claro que quizá llegó el tiempo de repensar seriamente la noción de género. Y me pregunto, ¿no tendrán razón quienes piensan que el género no es una condición sino un modo de vida, y que la performatividad (Judit Botler) hace al género y no al revés? Hoy se habla de una realidad postgénero, pero las feministas no se han percatado de ello, por lo que su discurso aparece un tanto viejo y acartonado.

c)  Por las razones anteriores, ¿no será también que el discurso del feminismo ya no conecta con las nuevas generaciones, que muchas mujeres no hacen click con sus reclamos o incluso se mueven hacia los esencialismos? ¿No le faltará al feminismo actualizarse en clave de los cambios generacionales…? ¿Hasta dónde responde realmente a las nuevas inquietudes de las mujeres jóvenes portadoras de nuevos estilos y formas de estar en el mundo y de conectarse con los demás, tanto sexuales, reproductivas, morales, políticas…?

d)  Al parecer el feminismo se volvió demasiado académico, se perdió en discusiones muy elaboradas, mientras la realidad de las mujeres mutaba hacia derroteros insospechados, lo que generó desencuentros entre la teoría feminista y el mundo simbólico de la cotidianeidad de las mujeres. ¿No será que al volverse tan académico el discurso del feminismo terminó convirtiéndose en un monopolio cada vez más distante de la calle, un monólogo sin público?

e) Asimismo, por ese monopolio real del “saber” feminista, el feminismo no ha sabido convivir con las nuevas expresiones teóricas, sexuales, tecnológicas… que también impactan a las mujeres en su cotidianeidad, como las teorías queer, las teorías cyber, entre muchas otras.

En fin, muchas interrogantes se quedan en el camino, pero no quiero robar más tiempo a la intervención de la autora. Sólo una cosa más. No puede hablarse hoy de feminismo y de las mujeres en México sin denunciar la feroz cruzada conservadora y retrógrada que está imponiéndose en todo el país para no despenalizar el aborto. Si a las mujeres se les prohíbe decidir sobre sus propios cuerpos, pierden las mujeres, pierde el feminismo, pierde México. Hoy más que nunca las mujeres, las feministas, necesitan retomar esas luchas, esos déficits terribles en sus derechos más elementales. Para eso se necesitan mejores elementos que los del pasado, más claridad y autocrítica. Ahí radica, precisamente, la importancia del libro de Sara. Su lectura es imprescindible para apuntalar la causa. Enhorabuena.

Sólo desde la pedantería intelectual alguien puede afirmar que ha escrito un libro que “le abrirá los ojos a los mexicanos”. Pues bien, ese es el caso del libro más reciente de Denise Dresser, intitulado El país de uno. Reflexiones para entender y cambiar a México (México, Aguilar, 2011). Ojalá fuera sólo una estrategia de ventas, pero no lo es. Dresser realmente se cree una iluminada capaz de aclararnos el brumoso paisaje mexicano, inaccesible, según la autora, para la mayoría. Sin embargo, a poco andar el lector descubre que el de Dresser no sólo es un ensayo que no aclara nada, sino que termina violentando los hechos que examina con tal de seguir un script preestablecido por ella misma desde el inicio. El resultado es una obra de simplificaciones vulgares, desvaríos explicativos y violencias argumentativas.

Es comprensible que cuando un país entra en desgracia, como el México actual, los intelectuales busquen explicaciones de su postración y planteen soluciones para salir del atolladero. El problema es que muchos de ellos, más allá de sus buenos deseos, se convierten en parte del problema, en cómplices de la tragedia, por cuanto reproducen una visión que se levanta sobre premisas falsas y hasta peligrosas que sólo alimentan la impotencia y la frustración. Ese es el caso del libro de Dresser, que se suma al de otros igualmente superficiales e imprecisos publicados en los últimos 2 o 3 años, como el de Jorge G. Castañeda (Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos), Carlos Elizondo Meyer Serra (Por eso estamos como estamos), Agustín Basave (Mexicanidad y esquizofrenia), entre otros.

Lo que emparenta a esta literatura es una obsesión por descargar en los “mexicanos” todas las desgracias que nos aquejan, ya sea por razones culturales muy arraigadas, como el conformismo, la apatía, el desinterés…, o simplemente usando sustantivos generalizadores que ocultan y engañan, como “México”, “los mexicanos”, “la sociedad”… Decir, por ejemplo, que “Los mexicanos estamos mal porque no hemos hecho las tareas que exige la modernización…” es culpar a una entelequia, es decir, es no culpar a nadie, pues cuando “todos” somos responsables, nadie lo es; al socializarse las culpas con un “nosotros” abstracto, todo queda en el aire. La tesis de toda esta literatura puede resumirse en la siguiente frase: México es un desastre, permanece atrasado, sigue inmerso en la corrupción y la impunidad, con enormes rezagos sociales y económicos, con una democracia hecha trizas, huérfano de un verdadero Estado de derecho, con un Estado rebasado por los poderes fácticos, inmerso en la violencia y la inseguridad… Y si esto es así es porque los mexicanos lo hemos tolerado… Nuestros males endémicos son el espejo de una sociedad instalada en la indolencia, la permisividad y la dejadez. Obviamente, el argumento es altamente persuasivo, pues nadie pondría en duda que nuestras desgracias son ante todo nuestras y de nadie más, o sea de una sociedad mexicana supuestamente disfuncional que arrastra taras desde el momento mismo de su fundación nacional. Sin embargo, aunque es fácil caer en sus redes, no deja de ser una falacia y un ardid bastante conveniente para sacar de foco los problemas y eclipsar las responsabilidades. Por eso, quizá los diagnósticos críticos que se hagan de la problemática actual del país en este conjunto de libros sean más o menos acertados, pero las conclusiones y las propuestas para enfrentarlos terminan siendo paralizantes o asépticas. Ese es, precisamente, el caso de la obra de Dresser que nos ocupa. Veamos

El guión del libro de Dresser transita entre el ser —o sea su diagnóstico del atolladero nacional— y el deber ser —o sea sus sugerencias y recomendaciones para salir del mismo—. Desde el Prólogo se anuncia este derrotero: “El pesimismo, el fracaso, el desencanto y el silencio infectan a México”. Por eso es “Imperativo que los mexicanos evalúen a su país y a sí mismos con más honestidad. Sin las anteojeras de los mitos y los intereses y los lugares comunes que buscan minimizar los problemas… En México mostramos una peligrosa inclinación por ordenar superficialmente la realidad en vez de buscar su transformación profunda… Somos una nación que no logra encarar sus problemas con la suficiente franqueza”. Nada más insubstancial que recurrir hasta la reiteración al “nosotros”, a “los mexicanos”, a “la nación”, a “México” para construir un discurso que se pretende explicativo, pero que no logra desmarcarse en absoluto de los discursos políticos que Dresser tanto crítica. Si el recurso a la idea abstracta y genérica de la nación por parte de un político es demagogia, en un académico es insensatez.

Pero hay un peligro más grave aún en el itinerario propuesto por Dresser: la descalificación o estigmatización a priori de un pueblo o una comunidad para justificar una búsqueda intelectual, la suya, que no es otra que la de “iluminar” a los ciegos, la de prepararlos para la batalla que les restituirá su dignidad perdida. En efecto, la imagen no podía ser más elocuente: “los mexicanos — piensa Dresser— nos quedamos siempre en la superficie, rechazamos la profundidad, preferimos mirar a otra parte, y en esa deshonestidad cobarde nos volvemos cómplices de la barbarie que nos agobia”. Cuánto desprecio a la sociedad encierra esta afirmación, pero sobre todo, cuánta ignorancia. Para empezar, no hay un solo México ni los mexicanos somos un conglomerado monolítico y cerrado. En segundo lugar, decir que los mexicanos minimizamos los problemas es no entender a los mexicanos, es un cliché con el cual los intelectuales se autoerigen como los depositarios de la verdad y el saber superior. Dresser observa desde su torre de marfil y desde ahí pontifica, sin más contacto con los mexicanos que sus libros y periódicos, y sin más referentes que los paisajes de lo popular que observa desde la ventana de su auto reluciente.

Pero las descalificaciones simplistas salpican cada página, en una cadena de clichés que avergonzaría a los mismísimos maestros de la mexicanidad, como Alfonso Reyes, Samuel Ramos, José Gaos y Octavio Paz: “los mexicanos reverenciamos al status quo, lo que nos convierte en espectadores pasivos”, “somos fatalistas, resignados y conformistas”, “la falta de un gobierno competente está en el corazón de nuestra historia”… Se nota a leguas que la politóloga Dresser, marcada por su formación anglosajona, ignora esa literatura tan profusa como inquietante sobre la identidad de lo mexicano. Ignora, por ejemplo, a Reyes, quien afirmó con sabiduría que nuestro estoicismo no es conformismo sino un acto callado de libertad frente a la represión y el sometimiento. Por ello, Dresser comete el mismo error de muchos otros estudiosos de querer leer a México con criterios importados, con raseros ajenos a nuestra idiosincrasia y nuestro ser, dando por resultado contrastaciones inútiles. Por esa vía, por ejemplo, sólo cabe lamentar que los mexicanos no seamos tan emprendedores como los estadounidenses, o tan trabajadores como los japoneses. Ni cómo explicarle a Dresser que los mexicanos simplemente no somos y nunca seremos como los estadounidenses ni como los japoneses… Y con ello no pretendo defender una idea idílica o purista de la mexicanidad para justificar o edulcorar nuestros males endémicos, sino simplemente advertir las inconsistencias de proceder como lo hace Dresser.

Desde el Prólogo, Dresser afirma que los mexicanos hemos sido dejados, somnolientos, conformistas, apáticos, resignados, recipientes vacíos, “ciudadanos vasija”.  Por eso, hemos creado un país estancado, atrasado, sin movilidad social, un país de migrantes. Y de ahí, Dresser pasa a su credo (declaración de fe) que no es otro que “volver a México un país de ciudadanos”, “vivir en la indignación y la inconformidad”, pues si los ciudadanos no despiertan, seguiremos en el atraso. Me pregunto si en verdad Dresser no se ha dado cuenta que su argumento en lugar de mover a una transformación social, a una mayor concientización, reproduce la misma lógica ocultadora y negadora de lo social propia de los discursos políticos que ella supuestamente condena. En efecto, decir que en México no hay ciudadanos, o que los mexicanos estamos aletargados, no sólo no le hace justicia a los hechos, sino que legitima indirectamente los excesos y las incompetencias de los gobernantes. Es el discurso mediante el cual una casta política inescrupulosa y cínica se exime de sus responsabilidades, es la retórica que transfiere a la sociedad los males que la agobian, el ardid perfecto de una élite política que se afirma en sus privilegios, negando a la sociedad. Por eso, el “credo” de Dresser en lugar de ser contestatario o emancipador,  es el que mejor le va a los gobernantes; en lugar de exhibirlos, los cura en salud. Por esa vía, Dresser se vuelve cómplice de lo que critica; un derrotero, por lo demás, muy frecuentado por intelectuales o pseudointelectuales supuestamente críticos, pero que al final del día le hacen el caldo gordo a los políticos, hombres y mujeres de ideas que sólo saben acomodarse a todo, y que han hecho de la crítica un modus vivendi muy rentable. Si los políticos profesionales niegan de facto a la sociedad cada vez que abusan de sus cargos, o actúan impunemente, o violan las leyes a su conveniencia…, o sea actúan a espaldas de la sociedad, los intelectuales también lo hacen cada vez que conciben a la sociedad como apática, ignorante, dejada, conformista. Así como el político justifica sus incompetencias en la supuesta dejadez de la sociedad, los intelectuales justifican su vocación crítica e iluminadora, en la supuesta acriticidad e ignorancia de la sociedad, en un juego de afirmación/negación bastante conveniente para las elites, políticas e intelectuales.

El problema es que muchos de estos pseudointelectuales llegan a ser tan persuasivos, sobre todo cuando gozan de fama mediática, que siempre hay incautos que compran sus argumentos sin chistar, y hasta terminan concibiéndose a sí mismos como parte del problema que aqueja a la nación. Pero la realidad es muy distinta. Si México ha conquistado en tiempos recientes avances democráticos se debe única y exclusivamente a la propia sociedad, si México dejó atrás setenta años de dictadura perfecta fue gracias a sus ciudadanos, si hoy tenemos más derechos y garantías que antes es porque los ciudadanos decidimos luchar por ellos. En México, los ciudadanos hemos tenido que abrirnos paso en nuestras aspiraciones y reivindicaciones con todo en contra, con una casta política corrupta e ineficaz, con poderes fácticos que rebasan al Estado, con partidos instalados en la mezquindad de sus privilegios, con elites políticas e intelectuales que nos siguen “invisibilizando”… Y no se trata de anteponer un discurso idealista de la sociedad frente a la presunta maldad del Estado, sino simplemente de levantar acta de una realidad sistemáticamente negada y ocultada por pseudocríticos mediáticos como Dresser, y que ahí está esperando ser interpretada convenientemente, sin las anteojeras pedantes de académicos de cubículo ni la labia adornada de líderes mediáticos oportunistas, sino desde la experiencia, desde la vida, desde la cotidianidad. Quien no entiende que debajo de esa aparente apatía y conformismo de un pueblo masacrado y doblegado perennemente anida incólume un hambre de justicia, paz y prosperidad, no entiende nada. Quien no entiende que los mexicanos hemos tenido que abrirnos paso trabajosamente con todo en contra, sometidos por siglos de privilegios, oligarquías, castas, partidocracias, populismos, dictaduras… y que aún así no nos han doblegado, no entiende nada. Quien no entiende que las conquistas, grandes o pequeñas, alcanzadas en México han sido exclusivamente conquistas de una sociedad avasallada pero también inconforme, no entiende nada. Quien no entiende que vivir en México, en un país secuestrado por una casta política cínica y voraz, ocupado por poderes fácticos monopólicos, en un país sumido en la violencia, la inseguridad y el saqueo por parte de las élites, convierte a sus ciudadanos en auténticos héroes, héroes por vivir y trabajar honradamente, por migrar para mejorar sus condiciones de vida, por votar apostando por un futuro de paz y leyes…, simplemente no entiende nada… 

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos puede hacerlo cómplice o responsable de su tragedia. Dresser lo hace y eso la pinta de cuerpo entero. No es casual que en su elenco personal de héroes nacionales coloque a políticos trepadores como Javier Corral, a magistrados que en un mes cobran lo que gana toda la nómina de una maquila, como José Ramón Cossío, a ambientalistas en mustang como Andrés Lajous, a periodistas de cabina que navegan con la bandera de críticos para lucrar mejor como Carmen Aristegui, a intelectuales acomodaticios como Sergio Aguayo o Jesús Silva Herzog… Obviamente, en su lista de héroes no hay espacio para los tarahumaras, para la señora que vende tamales para completar el gasto, para los obreros que burlan su infortunio jugando futbol los domingos en canchas de piedras y vidrios, para los feligreses que caminan durante días para arrodillarse ante la Virgen de Guadalupe, para los empleados que sólo llegan a dormir a sus casas dormitorio de sus ciudades dormitorio, después de atravesar durante horas las urbes; a las mujeres y hombres que todos los días se juegan la vida cada vez que salen a sus trabajos o escuelas; para activistas caídos en su lucha por justicia, como Nepomuceno y Maricela…  Para ellos sólo hay el dedo flamígero de la paladina de la justicia, la condena despiadada de la nueva redentora nacional.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que ese pueblo está infectado de pesimismo, de inmovilismo, por lo que sólo sabe victimizarse. Lo que para Dresser es pesimismo y victimización en realidad es coraje, frustración, dolor, por constatar diariamente como los poderosos saquean al país, como actúan impunemente, como tuercen la ley a su conveniencia, como las élites nos mienten y se enriquecen a nuestras costillas. Dresser sostiene que a ese pueblo le falta indignación, siendo que los mexicanos estamos instalados desde hace mucho en la indignación, vivimos en la indignación, comemos indignación… es ya un estado de ánimo permanente. Francamente, no sé que más tiene que hacer este pueblo vapuleado para ser digno a los ojos de esta moderna Torquemada de las Lomas, si sólo vivir y sobrevivir en México es un triunfo diario.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, no puede entender que los mexicanos no queremos más violencia, sino vivir en un país en paz y con justicia; no queremos abusos e impunidad, sino leyes y derechos; no queremos gobernantes corruptos, sino representantes honestos y responsables; no queremos revoluciones ni guerras civiles, sino instituciones y elecciones; no queremos autoritarismos ni dictaduras, sino democracia y libertades; no queremos rezagos sociales y económicos, sino prosperidad y equidad… Y todos los días luchamos por ello, trabajamos para ello. Que no lo hagamos con los cánones que Dresser considera dignos no significa que seamos apáticos o resignados. Los ciudadanos hacemos lo que podemos hacer y lo hacemos con coraje, valentía y esperanza. Pedirle más a una sociedad que como la nuestra, en su gran mayoría, trabaja honestamente, soportando salarios de hambre, lleva a sus hijos a escuelas donde la educación es lo que menos importa, paga impuestos todos los días al consumir bienes básicos, soporta el abandono de gobernantes y partidos que sólo miran por su beneficio, critica todos los días el cinismo y la corrupción de sus gobernantes…  es francamente un despropósito de intelectuales engañabobos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que a los mexicanos somos conformistas, que nos falta participación y ser ciudadanos. Ridículo, en pocos países como México hay tantas marchas y manifestaciones de protesta, tantas huelgas y plantones, tantas movilizaciones de solidaridad con las víctimas de desastres, tanta afluencia a las urnas, tanta discusión en las calles, tanta indignación… Además, los ciudadanos en México somos más ciudadanos que los de muchos otros países, porque aquí nadie nos ha regalado nada, aquí hemos tenido que luchar denodadamente por nuestros derechos, por ser escuchados y tomados en cuenta. Pero Dresser solo ve a “mexicanos [que] les sobra conformismo y les falta descontento”, y como “los ciudadanos conformistas engendran políticos mediocres”, no nos queda más que flagelarnos por nuestra postración. No cabe duda, Dresser vive en un país que no es el de uno, o sea el de la inmensa mayoría de los mexicanos, sino que vive en el México de unos cuantos, de aquellos privilegiados que solazan sus conciencias trepadoras culpando al resto de la pobreza y la marginación, de los abusos y la negligencia de las autoridades, del atraso y el estancamiento…  Allá ellos y su mala conciencia. ¡Fuera máscaras!

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que los mexicanos vivimos en un país que sentimos ajeno, porque nos ha sido robado por las elites y los dictadores. Cierto, a México se lo han apropiado siempre las elites y los dictadores, pero nunca nos ha sido ajeno. A veces lo abandonamos, cuando la necesidad nos lleva a migrar, pero lo llevamos a todas partes y en todas partes lo reproducimos, con un orgullo y una nostalgia que jamás entenderán los anglosajones. Quizá no anhelemos las frivolidades de Dresser, como “las enchiladas del Sanborns, el cine de Cuarón, los libros de Poniatowska, la casa de Luis Barragán…”, pero sí a la familia, a los vecinos, a la tierra y a los volcanes…

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar ilusamente que “Un día habrá un diputado que suba a la tribuna y exija algo en nombre de la gente que lo ha elegido… Y entonces México será otro”. Depositar las soluciones en el origen de los problemas no sólo es insensato sino tendencioso. No Sra. Dresser, los mexicanos creemos en fantasmas y leyendas, pero no somos estúpidos. No se engañe y no engañe a sus lectores.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle el permanecer atrapada en “ideas muertas”, ideas tan arraigadas en nuestra cultura política como lozas de granito imposibles de remover, “ideas atávicas que nos convierte en un país de masoquistas”, como la defensa patriótica sobre nuestros recursos naturales (principalmente el petróleo), la defensa de los monopolios públicos o privados, la idea de que la educación más que mejorarla hay que ampliarla, o suponer que México no está preparado para reformas democráticas, como la reelección legislativa o las candidaturas independientes… Para empezar, el elenco de lo que Dresser llama “ideas muertas” es ridículo y arbitrario, y muy pocos coincidirían con él. En segundo lugar, si perviven ideas atávicas como éstas eso sólo ocurre en el seno de las propias elites políticas, económicas e intelectuales por resultarles rentables o convenientes. No son lastres que comparta la sociedad o que aniden en sus imaginarios como dogmas inquebrantables. Si alguien en México ha exhibido un espíritu de renovación y cambio ha sido precisamente la sociedad mexicana, que en ese sentido camina años luz muy por delante de sus elites.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle que vea todo lo podrido que lo rodea como algo normal, como rutinario; que perciba la violencia y el saqueo como inevitables; que vuelva normal lo que es anormal en otras partes; que se resigne a vivir en la inseguridad y los secuestros. Basta Sra. Dresser. No confunda miedo con cobardía, no confunda precaución con ceguera, no confunda silencio con rutina. La inmensa mayoría de los mexicanos no tenemos blindaje integrado y por eso debemos seguir bregando, hacer de la necesidad virtud. Vivir en la zozobra permanente, amenazados, sometidos, secuestrados… no es aceptar la inexorabilidad de nuestra tragedia, es sólo adaptarse a las circunstancias para seguir viviendo, para proteger a nuestros hijos, para evitar desafiar a la suerte en una calle oscura… No Sra. Dresser, aquí no hay nada de normalidad, sólo cautela e indignación, protesta cotidiana para que la autoridad haga su trabajo y termine de una buena vez con la espiral de violencia que padecemos. No se atribuya la exclusiva de reclamos que son de todos, que viven en todos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede reprocharle que no sea genuinamente multicultural, que acepte dócilmente la discriminación y la marginación, o incluso que alimente en su seno la discriminación y la marginación de manera hipócrita, pues no acepta su propia condición racista y xenófoba. No  Sra. Dresser, no nos mida con sus criterios anglosajones. Dese una vuelta el domingo por la Basílica para que vea en persona una auténtica sociedad multicultural, multiétnica y multirracial, algo simplemente imposible de ver en un país como Estados Unidos donde existen todas las razas pero no se tocan, no se mezclan, no conviven. El multiculturalismo como categoría y obsesión de intelectuales liberals sólo podía surgir en sociedades fragmentadas, divididas, guéticas, como la estadounidense. Es una categoría simplemente insustancial para sociedades mestizas como la mexicana, pero eso es algo que usted no ve ni entiende. Nuestro mestizaje generó otros fantasmas culturales, cierto, pero no el del aislamiento o la incomunicación entre razas, porque el multiculturalismo lo llevamos en la piel. Ese problema lo resolvimos hace quinientos años.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede pensar que los ciudadanos no reaccionan contra los abusos porque “estamos mal educados y no sabemos lo importante que es la educación”. No Sra. Dresser, que la educación en México sea un desastre no significa que los mexicanos la despreciemos o no le demos valor. Usted simplemente ignora las historias cotidianas de sacrificio y esfuerzo de millones de familias mexicanas para que sus niños y jóvenes vayan a la escuela y a la universidad, para que completen sus estudios, aún sabiendo que la educación dejó hace mucho de ser un medio de ascenso social, destinando recursos a ese propósito, pese a que son escasos… 

Basta, podría seguir con esta crítica ad nauseam, pues cada página del libro de Dresser está plagada de errores e imprecisiones. Con lo dicho, creo que el lector se habrá dado cuenta que Dresser no conoce el país de uno, lo boceta con colores llamativos pero sin idea de lo que está pintando. El resultado es un bodegón de principiante, una naturaleza más muerta que su Avatar de redentora que sólo los incautos le compran, un retrato deforme de una realidad que la autora simplemente no entiende, salpicada arbitrariamente de frases y citas forzadas de escritores y académicos que en lugar de aclarar las cosas las emborronan sin remedio. 

Pero si las premisas del libro son endebles, el edificio tampoco se sostiene, empezando por el diagnóstico que sobre nuestro país realiza la autora. Desafío a cualquier lector medianamente informado sobre la realidad mexicana a que me señale al menos un aspecto que ignorara y del cual se haya enterado gracias a la lectura de este libro. Seguramente no hay nada. Veamos.

Que en México hay un “andamiaje de privilegios que aprisiona la economía y la vuelve ineficiente”, no sólo lo sabemos, sino que lo sufrimos todos los días; que en México las elites políticas y económicas actúan para su beneficio y por eso no introducen cambios, como las reformas estructurales, también lo sabemos; que el gobierno funciona como “distribución del botín”, no es nada nuevo; que los legisladores disponen de recursos exorbitantes e injustificados, también; que los partidos sólo actúan para su beneficio, es algo tan sabido que la sociedad los califica con 1.5 de 10 puntos posibles de confianza; que la economía está concentrada en unos cuantos monopolios y que las autoridades no hacen nada para generar mayor competencia, lo lamentamos todos los días… En fin, para qué seguir con tanta nimiedad.

Y si el análisis de Dresser sobre los males del país es insustancial y fatuo, sus críticas a partidos, políticos, líderes sindicales y empresarios con nombres y apellidos raya en el lugar común, una lista de agravios impunes que guardamos los mexicanos en el baúl y que Dresser simplemente desempolva para alimentar con ellos su falsa imagen de crítica implacable de los corruptos, de salvadora nacional. Si al menos sus críticas fueran imparciales o equitativas, pero son todo lo contrario, sesgadas y tendenciosas, propias de alguien que tensa sus juicios hasta donde no representen un riesgo para ella, para su propio juego político, interesado en frenar a toda costa el retorno al poder del PRI (y en particular de Enrique Peña Nieto) o la llegada del PRD (y en particular de Andrés Manuel López Obrador), pues mientras sean oposición su crítica no la compromete sino que la hace aparecer como implacable. Muy distinta es la crítica al PAN y a los dos gobiernos emanados de él, saturados de incompetencias pero que cuentan en su descargo con el hecho de que heredaron un país destrozado muy difícil de recomponer en tan poco tiempo. Lo cual no deja de ser una falacia. Obviamente, cuando la crítica está sesgada o manoseada de origen deja de ser crítica para convertirse en panfleto, en pasquín, que es precisamente lo que hace Dresser.

“Gracias al PRI —señala Dresser— el narcotráfico se infiltra en el Estado y se enquista allí… Fox y Calderón no son responsables del problema”. No Sra. Dresser, tan responsable es el PRI por haber alentado y protegido este negocio durante décadas, como Felipe Calderón por incendiar al país con una guerra fallida, antes que proponer soluciones drásticas, como la legalización de las drogas; una guerra de mentiras ¿A quién quiere engañar? Hoy el país, además de estar sometido por el crimen organizado, está inmerso en una espiral de violencia que simplemente no debió generarse.

Por lo demás, no hay nada en su recuento de daños del PRI que se desconozca: el charrismo sindical de Gamboa Pascoe, la prepotencia de Beatriz Paredes, los excesos de López Portillo, el enriquecimiento ilícito de los Salinas de Gortari, el cinismo del profesor Hank, la corrupción de Elba Esther Gordillo, Roberto Madrazo, Ulises Ruiz, los escándalos de Arturo Montiel y Mario Marín, las mentiras de Peña Nieto… En suma, el PRI del clientelismo, de los abusos de autoridad, de las mafias, del saqueo indiscriminado de recursos, de la corrupción desmedida, del Pemexgate, de la impunidad, de los sobornos, de la cooptación silenciosa de intelectuales, de la represión, de la matanza del 68, de las camarillas… Por Dios, ¿en verdad no tiene nada mejor Sra. Dresser? Le recuerdo que la sociedad mexicana rescindió al PRI en las urnas en 2000 precisamente por esa lista de atropellos. Ni al caso remover escombros. ¿Cuánto malestar e insatisfacción debe haber con los gobiernos del PAN que hoy se asoma desafiante la posibilidad del retorno del PRI?, ¿cuánta desesperación y frustración debe haber en nuestra sociedad que muchos piensan que ese pasado ominoso era menos cruel que nuestro presente truncado? Ese es el dato duro realmente significativo para los tiempos que vienen: el PAN no supo leer el momento histórico que le tocó vivir, no estuvo a la altura de los desafíos de los nuevos tiempos, arruinó al país estúpidamente, traicionó a un pueblo que creyó en su promesa de cambio y renovación. Aquí no caben las justificaciones. Decir que “el gran error del PAN fue creer que podrían practicar mejor el juego diseñado por el PRI, en vez de cambiar sus reglas” suena muy complaciente. En realidad, el PAN sí podía cambiar esas reglas, prometió a la nación hacerlo, tenía todo para hacerlo, pero muy pronto se dio cuenta que mantenerlas intactas era muy rentable para hacer lo mismo que hizo el PRI durante décadas: mentir, robar, ocultar, engañar…

Y para seguir con las necedades, ¿a qué viene a estas alturas enjuiciar a la “famiglia Salinas” y al “Don Corleone” de la política mexicana? Si alguien sabe que Carlos Salinas de Gortari fue un déspota, un tirano, un mafioso, un político perverso y despreciable, somos los mexicanos. Cierto, nunca pagó por sus crímenes, pero la sociedad ya lo juzgó y lo condenó hace tiempo. Ese veredicto es parte de nuestra historia y nadie nos lo puede arrebatar. ¿A quién quiere impresionar Sra. Dresser? ¿En qué momento trasformó su complacencia con el desempeño de Salinas, sus adulaciones al entonces presidente (tal y como lo expone sin rubor en su ensayo de 1993 “Neopopulist Solutions to Neoliberal Problems: Mexico’s National Solidarity Program”) en odio y dardos envenenados? Usted, Sra. Dresser, como sus colegas mercenarios, intelectuales repetidores de la cochambre que sólo saben acomodarse a lo que hay, también ha jugado convenientemente. ¿A quién quiere engañar? Por lo visto, la congruencia no ha sido precisamente una de sus virtudes. Por lo demás, sólo a usted se le ocurriría citar profusamente a Héctor Aguilar Camín, el ideólogo de Salinas, el más arrastrado de los intelectuales de este país, para diseccionar las intenciones ocultas de ¡Salinas! Eso ya no es incongruencia, sino insensatez.

¿Y qué decir de los juicios de Dresser a la clase empresarial, a los oligopolios, a Televisa y a Carlos Slim? Nada, pues no hay nada nuevo en ellos, nada que no se sepa. Pero como la Sra. Dresser reproduce en su libro la crítica que le hizo a Slim en un artículo que le valió el Premio Nacional de Periodismo, me permito reproducir aquí también el comentario que escribí sobre el mismo: “Me acuerdo que cuando leí este artículo en su momento no daba crédito a tanta ‘mala leche’ y perversidad. Quienes lo leyeron se acordarán que Dresser ‘regañaba’ en este artículo al empresario, a quien calificaba de voraz e inescrupuloso, ambicioso y monopólico, insensible y antipatriota, incongruente y mentiroso, colocándose ella, supuestamente, en los zapatos de los ciudadanos, de los agraviados, de los damnificados por la avaricia del hombre más rico del mundo, de los pobres y de las víctimas de la desigualdad y la injusticia social. El artículo de Dresser seduce al gentío más sensiblero porque es el típico discurso que busca solazar de algún modo las conciencias intranquilas y golpeadas por la crisis de millones de mexicanos, buscando un culpable de nuestros males y escupiéndole en la cara todo lo despreciable e insultante que nos resultan él, su riqueza y su éxito como empresario. Como tal, Dresser emplea una vieja estrategia política, consistente en identificar a un enemigo para justificar ciertas acciones y legitimar una posición, da lo mismo que el enemigo sean los judíos, la madre patria, los inmigrantes, los herejes, el imperio, el neoliberalismo o la burguesía, lo importante es exhibirlo y denostarlo hasta generar el deseo colectivo de acabar con él. En este caso, Dresser escogió a Slim, y todo el mundo se identificó de inmediato con el linchamiento público del empresario, como si con ello pudiéramos salvar nuestras almas atormentadas. Por esta vía, además, si bien los agraviados nos curamos en salud fugazmente, no hacemos más que descargar en el enemigo de turno nuestras propias frustraciones y miserias, pues siempre será más cómodo culpar a los demás de nuestras desgracias que reconocer nuestra propia responsabilidad en las mismas. Y no es que no haya nada que reprocharle a Slim, pero de ahí a convertirlo en el principal culpable de nuestra postración nacional es un despropósito a todas luces tendencioso e injustificado. No me sorprende que una periodista sin escrúpulos recurra a estrategias tan perversas y subliminales para ganar lectores y fans, pues el medio se alimenta de ese y otros males, como el ‘amarillismo’, el ‘estrellismo’ y el ‘chayotismo’, pero que los profesionales del periodismo responsables de evaluar el trabajo de sus pares premien este tipo de trabajos tan insustanciales y huecos sólo causa perplejidad. ¿Realmente no se dieron cuenta de lo que estaban premiando? Si el panfleto de Dresser contra Slim fue el mejor artículo del año, entonces nuestro periodismo está para llorar. Por lo demás, que un artículo de opinión sea muy comentado y difundido mediáticamente, como el de Dresser, no significa per se que tenga calidad. Sería bueno entonces, que el Consejo aclarara lo que está premiando: impacto o calidad. Además, si alguien carece por completo de autoridad moral para linchar a los empresarios y a los monopolios es precisamente Dresser, quien ha vivido cómodamente desde hace años trabajando para la clase empresarial, dictando conferencias y cursos muy jugosos a las principales corporaciones empresariales y de hombres de negocios, en contubernio con Televisa y otros monopolios, gracias a lo cual se ha convertido en la ‘intelectual’ mejor pagada de México. Pero la congruencia no es una virtud bien cultivada por nuestros hombres y mujeres de ideas.”

Pero si de simplificaciones se trata, nada hay más simple (y ridículo) que achacar a lo que Dresser llama “Los diez mandamientos del político mexicano” las razones de la “disfuncionalidad” de nuestra democracia: “1. Amarás el hueso sobre todas las cosas… 2. Tomarás el nombre de la democracia en vano… 3. Santificarás las fiestas patrias con puentes vacacionales… 4. Honrarás a los líderes de tu partido…” Disculpará el lector que no siga, pero ya me indigeste de tanta gansada. Y se supone que esta es la parte irónica del libro…ja…ja…ja…

Pero lo peor está al final: las recomendaciones de la ciudadana Dresser para cambiar el país: una auténtica lista de obviedades propia de Perogrullo: ser irreverente frente al poder, concebir al voto como un derecho esencial, estar informados sobre el acontecer nacional, hacer marcaje personal a los diputados, apoyar las reformas, denunciar que la guerra al narco no ha funcionado, denunciar los monopolios, recoger la basura afuera de mi casa, conectarme a las redes sociales… ¿Y para esto tanta tinta? No me cabe la menor duda. El de Dresser es el peor panfleto que he leído en los últimos años. No rescato de él ni una sola coma.

No sé en qué momento Dresser se metamorfoseó en la emisaria de las causas populares, en la redentora de los pobres y los excluidos, en la vocera de los ciudadanos, y tampoco sé si realmente ella se lo cree, pero me queda claro que si hay alguien a quien no le va ese papel es precisamente a ella. Desde el relumbrón de sus trajes de diseñador y la eterna inmutabilidad de su peinado, desde su voz impostada y sus manoteos estudiados, clamar por justicia para los menesterosos resulta tan frívolo como cómico. Tampoco sé cómo la periodista compagina su nuevo rol de Viridiana de las Lomas con sus múltiples y muy rentables “asesorías” a políticos, funcionarios, dependencias públicas y partidos políticos, todo lo cual no hace sino exhibirla de cuerpo entero, comenzando por su poco aprecio por la independencia intelectual. Por todo ello, pero sobre todo por sus escasas contribuciones y el bajo perfil de las mismas, no deja de sorprenderme la creciente influencia y penetración que Dresser ha venido alcanzado en los medios. En realidad, como académica no ha hecho nada relevante (o mejor, no ha hecho nada), a no ser que sumar varias denuncias de plagio por parte de diversos colegas; más allá de sus artículos periodísticos y sus compilaciones de entrevistas a mujeres, no cuenta con obra intelectual alguna. Que ha sido hábil para posicionarse en los medios nadie lo pone en duda, pero que haya llegado a los sets con un trabajo intelectual mediocre y precario, tampoco. Son quizá los resabios de nuestro provincialismo, pues con lo que tiene Dresser nunca hubiera destacado en su país de origen, Estados Unidos, ni como periodista, ni como intelectual, ni como académica, pero aquí en México la premiamos y encumbramos.

En 1998, el conocido politólogo italiano Giovanni Sartori publicó un libro que cambió para siempre nuestra manera de entender la TV y su impacto en los seres humanos, en especial en la política y la democracia. El libro se llama Homo Videns. La sociedad teledirigida, y su tesis central sostiene que la TV llegó muy temprano a la humanidad y se ha vuelto contra ella, no sólo porque marca una involución biológica del Homo Sapiens al Homo Videns, sino porque alimenta y reproduce la ignorancia y la apatía de una sociedad, lo cual es aprovechado por los políticos profesionales para manipularla de acuerdo a sus propios intereses. A esto Sartori lo llamó “videopolítica” o “teledemocracia”. La involución de la que habla Sartori es resultado de la exposición permanente de ya varias generaciones de televidentes al bombardeo indiscriminado de imágenes. Por esa vía, el ser humano se ahorra la tarea de la abstracción pues las imágenes lo hacen por él, con lo cual ve disminuida su capacidad de raciocinio y pensamiento lógico, operadas gracias a la sinapsis. Si la escritura y la lectura permitieron el máximo desarrollo de las facultades del Homo Sapiens, la recepción pasiva de imágenes lo involucionan sin remedio. Como era de esperarse, el libro de Sartori generó todo tipo de reacciones. Pero independientemente de las críticas o las adhesiones que concitó, la verdad es que sus tesis han comenzado a ser obsoletas, sobre todo por la irrupción de nuevas tecnologías de la información que cambian radicalmente los referentes de la comunicación humana en las sociedades actuales. Me refiero a las redes sociales, y en particular a Twitter, que ha venido a constituirse en la moderna ágora de deliberación y confrontación de ideas y opiniones, en la nueva plaza pública virtual. Como he sostenido en mi ensayo “Hoy la democracia se juega en Twitter” (consultar en este mismo blog), esta red social restituye a los ciudadanos su centralidad política largamente escamoteada por los políticos profesionales, todo lo cual estimula a la democracia representativa. Y junto con Twitter ha emergido el Homo Twitter, que como tal está a la espera de ser teorizado de manera persuasiva, pues al igual que el Homo Videns sartoriano, es indudable que Twitter marca un parteaguas evolutivo de la mayor trascendencia para la humanidad. Hacia ahí quieren caminar precisamente, las siguientes diez tesis sobre esta nueva etapa evolutiva del ser humano. Bienvenida pues, la era del Homo Twitter.

1. El Homo Twitter no es un ser humano chiflando sino, en sentido metafórico, un pájaro que se cree ser humano. Esta metáfora vuelve a la acción de tuitear el centro de Twitter y al tuitero el producto de sus tweets. El Homo Twitter existe por sus tweets, por el sonido de sus chiflidos, y no al revés. Por eso el Homo Twitter puede ser anónimo o no, el resultado siempre es el mismo. Lo que importa es el tweet, la arquitectura del tweet, su mayor o menor capacidad de conectar con los demás. Al igual que un ave es reconocida inmediatamente por otras aves por sus chiflidos, el Homo Twitter tuitea para ser escuchado por los demás, quiere ser reconocido, quiere pertenecer a una comunidad, sabe que sólo existe por los demás, por sus chiflidos. El silencio es la muerte del Homo Twitter

2. El Homo Videns mató al Homo Sapiens y el Homo Twitter mató al Homo Videns, o mejor, la imagen sucumbió al tweet. Cuando parecía que el Homo Sapiens no tenía salvación, que sucumbiría arrollado por el Homo Videns, generando una involución lenta pero irreversible en la capacidad de abstracción y raciocinio de la especie humana, llegó el Homo Twitter, y con él la posibilidad de nuevos desarrollos evolutivos. El Homo Twitter no es la salvación o la reposición del Homo Sapiens, moribundo por el efecto adormecedor del bombardeo indiscriminado de imágenes; es simplemente un nuevo estadío en la cadena evolutiva, un estadío diferente a todos los precedentes. Sólo el tiempo dirá en que magnitud marcará a la especie humana. Por lo pronto, el Homo Twitter es síntesis de su tiempo, no renuncia a las imágenes con las que ha crecido pero tampoco a la palabra escrita (talón de Aquiles del Homo Videns), entiende la comunicación como la emisión de mensajes breves y concisos, pero al mismo tiempo persuasivos, apoyados con tweetpics, tweetcams y links virtuales que obligan a ampliar la mirada, en un ir y venir permanente entre lo abstracto y lo concreto, entre lo implícito y lo explícito. Por eso, el tweet es imagen, pero es mucho más que imagen, es imagen con un pié de imagen, o mejor, es un pié de imagen acompañado de imágenes. Si en la evolución humana el Homo Sapiens alcanzó sus máximas facultades con la lectura y la escritura, el Homo Twitter lo logra en su tentativa de ser elocuente en la brevedad, en el esfuerzo de la síntesis. Ahora es la concisión lo que determina al ser humano, la economía del lenguaje, la ligereza del tweet. Como el Homo Videns, el Homo Twitter también es seducido por el canto de las sirenas de las imágenes, ya no puede abstraerse de sus encantos, su contagio es generacional, pero a diferencia del Homo Videns, el Homo Twitter no renuncia a la interacción, se niega a ser una esponja receptora pasiva de imágenes, por lo que reacciona a todos los estímulos que recibe. Opina, critica, convalida, rechaza, repudia…

3. El Homo Twitter subvierte la cultura del video y restituye la cultura de la escritura, pero breve y críptica. La cultura de la imagen propalada por el cine y la TV imprimió su sello al siglo XX. Y no obstante que la industria del libro creció como nunca antes, cada vez se lee menos. La lectura es altamente valorada por la sociedad, pero cada vez menos frecuentada. Como la cultura de la imagen, también la literatura terminó por ser efímera, un componente más de las imágenes que los individuos desean proyectar de sí mismos. Muchas veces cuenta más saber de qué se trata un libro someramente para aparentar tener cierta cultura, que leer el libro, al fin que nadie lo ha leído. La industria editorial crea autores famosos para vender obras no para que sean leídas. Hoy se escribe más para alimentar egos y aceitar la industria que para formar lectores o generar debates intelectuales. A su modo, la masificación de las computadoras y de internet ha permitido que la sociedad disponga de montañas de información como nunca antes en la historia, pero también ha contribuido a la lectura críptica, cortada, intermitente, superficial. Hoy más que leer, los seres humanos navegan, viajan por internet, saltando de un tema a otro. La cultura del videoclip (100 imágenes por minuto) inhibió en las últimas generaciones la capacidad de la concentración, de la comprensión, de la dedicación a la lectura. De ahí que la navegación les viene bien, pues con ella siempre se está en movimiento, al ritmo del perenne click del mouse, acumulando información sin decodificar. Si en la era digital, la lectura se volvió navegación, la escritura se volvió algo accesorio, un vehículo para googlear, para chatear, para hacer trabajos escolares mediante copy paste. Y justo cuando todo parecía perdido, la aparición de las redes sociales restituyó cierto valor a la escritura, a la palabra escrita para comunicar y conectar con los demás. Facebook primero, y luego Twitter, reposicionaron a la escritura en una generación que la desdeñaba. Si las redes sociales proveen un sentido de pertenencia a un grupo o una comunidad es gracias a la palabra escrita, y la escritura ordena las ideas y las opiniones para que tengan sentido para los demás. Pero la escritura nunca volverá a ser lo que alguna vez fue. La era digital nos acostumbró a los mensajes breves y concisos. Sólo la brevedad asegura receptores. El Homo Twitter lo asimiló rápidamente e incluso le puso un límite a la escritura: 140 caracteres por tweet, bajo la premisa de que no hay una sola idea o pensamiento que no pueda ser expresada correctamente dentro de esos límites.

4. Si el Homo Videns es incapaz de abstraer conceptos, el Homo Twitter es incapaz de abstraer rollos, piensa en corto. Si la cultura de la imagen inhibió en los seres humanos la capacidad de abstracción, pues la imagen no exige del espectador ningún esfuerzo mental de deconstrucción, la cultura digital inhibió en los seres humanos la capacidad de concentración y comprensión frente a textos demasiado largos y complejos. De algún modo, ambos aspectos han contribuido a transformar las posibilidades y el potencial del pensamiento humano. El Homo Twitter, heredero de ambas tendencias, ha dejado las honduras del pensamiento a los iniciados, y prefiere moverse en la superficie, en el pensamiento en corto, inmediato, directo, sin florituras ni barroquismos, ahí se siente seguro; en la simplicidad encuentra su zona de confort. Si la comunicación es posible para el Homo Twitter es porque no exige grandes elaboraciones, el pensar en corto es lo suyo.

5. Si para el Homo Videns la imagen es expresión metafórica, para el Homo Twitter el tweet es metáfora de la expresión. Si en el Homo Videns el pensamiento permanece adormecido, sometido a la tiranía de las imágenes, metáfora cruel de su propia existencia, en el Homo Twitter expresarse se ha vuelto una metáfora. En efecto, el Homo Twitter no habla, tuitea; no escribe, tuitea; no lee, sólo escucha los chiflidos de los demás Homo Twitter. Por efecto de Twitter, la expresión humana se ha vuelto la acción de tuitear. La palabra escrita ha sucumbido al tweet. Las opiniones y las ideas se vuelven expresiones del tweet. Pero el tweet es intangible, efímero, ligero, volátil, sólo vive en la evanescencia. Fuera de Twitter lo que se escucha es ruido, dentro de Twitter, es un silbido queriendo trascender.

6. Si la palabra escrita representa evolución y la imagen, involución, el tweet es revolución a 140 caracteres por minuto. En la era del Homo Twitter todo es breve y acelerado, no hay lugar para rollos ni tiempo para fárragos. En ese sentido, el Homo Twitter es la expresión más evolucionada del Homo Digital, o sea un sujeto conectado virtualmente con el mundo, a la velocidad de los dedos y del mouse. El Homo Twitter es la materialización de un tiempo, el nuestro, que se percibe veloz, raudo, vertiginoso. Al acercarnos el mundo a una computadora, la era digital nos instaló en la fugacidad de la vida, en la conciencia de que el tiempo vuela y nunca será suficiente para nada. Es el tiempo de las metrópolis, acelerado, apresurado, que nos arrolla sin remedio. Hoy hay que correr para llegar, robarle horas al sueño para estar, conjugar actividades para que nos alcance el día. Hoy todo es fast, y entre más fast, mejor. El Homo Twitter se sabe prisionero del tiempo y se revela tuiteando. Si el tiempo (o mejor, la ausencia de tiempo) anula, somete, presiona, borra, Twitter libera, aunque sea transitoriamente; es la catarsis efímera de una generación tan vertiginosa como el videoclip. Tuiteo luego existo.   

7. Con el Homo Videns el Homo Twitter comparte lo lúdico, pero de manera creativa no pasiva. Si el Homo Videns se regodea husmeando en la vida privada de ilustres desconocidos, según la exitosa fórmula de los Reality shows, el Homo Videns también disfruta de escudriñar en los tweets ajenos, en los TL (timelines) y los Avatar de otros tuiteros. Pero a diferencia del Homo Videns, el Homo Twitter no sólo es espectador, sino también protagonista de un Reality (un Reality virtual, por contradictorio que parezca); o sea que el tuitero no solo observa a los demás tuiteros, sino que se sabe observado, es más, quiere ser observado; a su modo es un exhibicionista, un hedonista incorregible. En la retroalimentación con otros tuiteros, el Homo Twitter no sólo encuentra su lugar, sino también placer; no sólo un sentido de pertenencia a algo, sino un espacio lúdico, sumamente adictivo. De ahí que el Homo Twitter se vea obligado a perfeccionar sus tweets, pues entre más creativos sean, más observado será, tendrá más seguidores, imagen equivalente a los fans de la farándula. De hecho, en Twitter también hay Tuitstars, la expresión más revolucionada del Homo Twitter.

8. Si el Homo Videns es manipulable, el Homo Twitter es un manipulador en potencia, pues el tweet es persuasión. Un tweet que nadie lee es un tweet que nunca existió. Para trascender, un tweet tiene que seducir, persuadir, convencer, motivar… Sólo así destacará de entre millones de tweets que nacen y mueren cada segundo. Un tweet se sabe efímero, por lo que busca afanosamente desafiar su destino; quiere brillar en el mundo de los RT (retweets) y los Favs (favoritos) y así alargar su existencia lo más posible. Por eso, si el Homo Videns era un receptor pasivo de imágenes y se dejaba manipular por ellas al encender el televisor, el Homo Twitter se vuelve un manipulador en potencia. Lo suyo es persuadir con sus chiflidos, para que los demás repitan su tonada, se la aprendan, la reproduzcan, la recomienden… Si un tweet nace para ser escuchado, el Homo Twitter necesita muchos escuchadores, y entre más mejor. Precisamente por ello, el Homo Twitter aprende pronto que tuitear no es suficiente, que cualquiera puede hacerlo, por lo que hay que hacerlo bonito, para atraer a otros tuiteros. Quizá por eso, el Homo Twitter se vuelve exigente, no perdona los tweets salpicados de faltas ortográficas, los tweets ilegibles o incomprensibles. Quién lo iba a decir, el Homo Twitter ha revalorado el idioma, cualquiera que éste sea; exige respeto a las reglas gramaticales y censura los deslices.     

9 El Homo Twitter sólo se realiza en el espacio público, con-los-demás; es la nueva encarnación del zoon Politikon. Si Twitter es la nueva ágora virtual, el espacio público donde se construye cotidianamente la ciudadanía y se definen los valores sociales, el Homo Twitter es la nueva representación del sujeto político, del ciudadano que opina de los asuntos públicos y que en conjunto con los demás Homo Twitter redefine y llena de contenido los valores que han de regir en la sociedad. El Homo Twitter nos recuerda que la democracia no puede edificarse en el vacío, sino en contacto permanente con la sociedad. Si la representatividad fue la fórmula que permitió que la democracia como forma de gobierno se concretara en sociedades complejas como las modernas, Twitter es el vehículo moderno que restituye a la sociedad su centralidad y protagonismo frente a los déficits de representatividad que acusaba desde hace tiempo. Los políticos profesionales se han dado cuenta por la irrupción de la sociedad en Twitter, que ya no pueden apropiarse arbitrariamente de la política, pues la política está hoy más que nunca en todas partes. En suma, el Homo Twitter reivindica al ciudadano, visibiliza a la sociedad frente a la sordina consuetudinaria de los políticos profesionales.

10. El Homo Twitter es la síntesis virtuosa del Homo Ludens (lo lúdico) y el zoon Politikon (la acción en libertad). Para el Homo Twitter todo es politizable, a condición de que sea debatible; sabe que su opinión es parte de un tribunal plural y heterogéneo, pero que a final de cuentas refleja mejor que cualquier otro espacio público el sentir de una comunidad, sus anhelos, sus deseos, sus congojas y frustraciones… El Homo Twitter hace política, busca incidir en la opinión pública, busca marcar tendencias con sus opiniones, con sus HT, porque sabe que sus opiniones cuentan, que Twitter se ha convertido en el mejor espejo de lo social. El Homo Twitter pudo haber definido sus convicciones en múltiples ámbitos sociales, incluidos las propias redes sociales, pero sólo en Twitter encuentra el lugar idóneo para proyectarlas, para socializarlas de regreso a un universo simbólico donde pueden alcanzar resonancia. Si debatir con-los-demás en condiciones de paridad, o sea de manera incluyente y abierta, es la naturaleza de la política, el Homo Twitter es la expresión moderna (virtual y digital) del zoom Politikon. Con la novedad de que tuitear es mucho más lúdico que vociferar o manotear para hacerse escuchar; y a la larga también es más democrático y efectivo.

*Este ensayo fue aprobado para su publicación en la revista IUS de febrero

 

 

El presente texto es una primicia del libro: C. Cansino, Los #DecálogosHeréticos de @cesarcansino (México, Océano, 2012)

No es una conjetura ni una ocurrencia, es simplemente la ponderación de un hecho que está esperando por explicaciones persuasivas. Que las redes sociales se han convertido en el espacio público por excelencia del siglo XXI, en la moderna ágora de deliberación y confrontación de ideas y opiniones, es una realidad incontrovertible. ¿Pero esta condición es suficiente para postular que la democracia en el futuro se jugará de manera decisiva en las redes sociales? Mi respuesta es un sí rotundo y definitivo. Veamos por qué.

1. Quien conoce mi obra sabe que desde hace mucho tiempo he defendido una concepción de la democracia que la percibe no sólo como una forma de gobierno sino como una forma de vida, una forma de sociedad. Este ajuste respecto de las concepciones dominantes nace de la necesidad de (re)colocar a los ciudadanos en el centro de la vida pública, de restituirles su condición de sujetos políticos, sustraída por los políticos profesionales, quienes se arrogan para sí ese monopolio. De hecho, mi tentativa teórica en innumerables libros y ensayos ha sido concebir a la política como el lugar decisivo de la existencia humana, y al espacio público como el lugar de encuentro de los ciudadanos en condiciones mínimas de igualdad y libertad, el espacio natural donde los individuos transparentan (en el sentido de hacer públicos) sus deseos y anhelos, sus frustraciones y congojas, y por esta vía instituyen con sus opiniones y percepciones los valores que han de regir al todo social, incluidos a los políticos profesionales.[1] Según esta concepción, nada preexiste al momento del encuentro de ciudadanos libres, el momento político por antonomasia, sino que es ahí, en el intercambio dialógico incluyente y abierto, donde se llenan de contenido los valores vinculantes, sin más guión que la propia indeterminación; o sea, ahí donde se encuentran individuos radicalmente diferentes (como los que integran a cualquier sociedad plural) pueden generarse consensos, pero también acrecentarse las diferencias. Huelga decir que para esta concepción, todo es politizable, a condición de que sea debatible. En suma, según esta noción, los verdaderos sujetos de la política son los ciudadanos desde el momento que externan sus opiniones y fijan sus posiciones sobre todo aquello que les preocupa e inquieta en su entorno cotidiano.

2. Lejos de lo que pudiera pensarse, esta forma de vivir la democracia siempre ha existido en las democracias realmente existentes, desde el momento que sólo este tipo de gobierno puede asegurar condiciones mínimas de igualdad ante la ley y de libertad a los ciudadanos, lo cual resulta indispensables para la expresión espontánea y respetuosa de las ideas. Sin embargo, también es verdad que la esfera del poder institucional suele ser ocupado por gobernantes y representantes que lejos de gobernar en tensión creativa con la sociedad lo hacen en el vacío, generándose un corto circuito entre ellos y la sociedad. La crisis de las democracias representativas contemporáneas tiene su estro en este hecho cada vez más evidente. Desde cierta tradición teórica, el fenómeno ha sido explicado como una colonización de la sociedad por los sistemas instrumentales del poder y el dinero que todo lo avasallan a su paso.[2] Otros autores, por su parte, ven en el elitismo de la política profesional, en cualquiera de sus manifestaciones posibles —como la oligarquía o la partidocracia—, el impedimento para que la sociedad sea considerada de manera más incluyente por quienes toman las decisiones en su nombre en una democracia representativa.[3] Pero independientemente de las explicaciones, lo interesante es señalar que no obstante los factores reales del poder que merman el impacto de la sociedad en la democracia, confinándola casi siempre a legitimar a los políticos profesionales y a los partidos mediante el sufragio, las sociedades nunca han dejado de expresarse, o sea que siempre, en mayor o menor medida, han condicionado el ejercicio del poder, necesitado siempre de legitimidad para conducirse. Es lo que algunos teóricos han denominado la capacidad instituyente de la sociedad desde sus imaginarios colectivos, o sea todo aquello que de manera simbólica construyen las sociedades desde su tradición, su historia, sus percepciones, sus temores y su interacción con otras sociedades.[4] Con lo que queda mejor ilustrado mi entendimiento de la democracia como un modo de vida. El impacto de esa capacidad o su intensidad pueden variar de una democracia a otra, pero siempre permanece in nuce, ya sea como acción o reacción, a pesar de lo que muchos políticos profesionales quisieran.

3. Entonces, si la democracia ha de ser concebida cabalmente como el gobierno del pueblo, como una moderna república (res-pública), y en ese sentido como una forma de sociedad y no sólo de representación política, la idea de espacio público-político resulta crucial. Sin embargo, por muchas razones, la concepción clásica del ágora o la plaza pública fue minada en la modernidad no sólo en la práctica sino incluso semánticamente. Así, lo “público” terminó asociándose con el Estado, o mejor, con el ejercicio del poder, y lo “privado”, con todo aquello que atañe a lo social, incluidas sus preferencias políticas, amén de los consabidos ámbitos de lo familiar, lo mercantil o lo religioso.[5] La inversión conceptual está tan introyectada culturalmente que muchos ciudadanos la asumen a pie juntillas, al grado de concebirse a sí mismos como “apolíticos”, para desmarcarse de los políticos profesionales, los cuales son percibidos casi siempre como una raza aparte de egoístas y cínicos. Sin embargo, con la caída del Estado benefactor hace cuatro décadas (que asumía como suyo el deber de procurar bienes y servicios a la sociedad), y con la crisis de la democracia representativa (que se expresa en un malestar creciente de los ciudadanos al sentirnos cada vez menos representados por nuestros gobernantes), las democracias modernas han visto un proceso gradual de activación social que ha venido a restituirle a la sociedad un rol mucho más destacado que al que estaba confinado en el pasado inmediato.[6] Sin duda, en ese proceso jugaron un papel decisivo las sociedades en los países comunistas en los años noventa del siglo pasado, que decidieron asaltar las plazas y las calles para demandar las libertades que les negaron sus dictaduras durante décadas. La caída del Muro de Berlín es por ello el símbolo inequívoco no sólo del derrumbe de los regímenes comunistas sino también del resurgimiento de la sociedad en clave postotalitaria. De ahí en adelante, las sociedades en las democracias viejas y nuevas se han venido activando y movilizando con distintas intensidades y modalidades, recuperando para sí un protagonismo político que los inquilinos del poder les habían sustraído arbitrariamente.[7] Incluso antes del crucial 1989, muchas democracias occidentales experimentaron grandes movilizaciones sociales por reivindicaciones de todo tipo hasta entonces ignoradas o pospuestas en los andamiajes normativos de sus naciones, como los derechos de las mujeres, de los homosexuales, de los jóvenes, o por cuestiones ecológicas, entre muchas otras causas. Posteriormente, las sociedades comenzaron a agruparse en organizaciones no gubernamentales (ONG’s) para tomar en sus manos la defensa de derechos de todo tipo insuficientemente garantizados por sus Estados o para impulsar proyectos e iniciativas que consideraban necesarios, pero que olímpicamente habían sido desentendidos o ignorados por las autoridades. Al tiempo que este proceso avanzaba en todas partes, aportando una energía social inédita a los ámbitos de decisión vinculantes, y acotando por esa vía al poder ocupado por partidos y gobernantes, emerge un nuevo ingrediente que viene a complementar e incluso a modificar radicalmente el espacio público-político tal y como se conoció hasta entonces: las así llamadas redes sociales.

4. Por efecto de la irrupción de las sociedades democráticas en los asuntos públicos, mediante la deliberación colectiva de todo aquello que les atañe, o incluso mediante la gestión de bienes colectivos, lo público dejó de ser competencia exclusiva de lo estatal. De hecho, en las democracias modernas cada vez más lo político está contenido en lo social, y las sociedades son cada vez más protagonistas de su historia. Sin embargo, poner las cosas en esos términos ha tenido que enfrentar fuertes resistencias por parte de los enfoques teóricos dominantes en las ciencias sociales y las humanidades, casadas con preconcepciones institucionalistas o estatalistas que le conceden poco espacio o impacto a la cuestión social. Justo por esas resistencias he tenido que decretar sin miramientos la muerte de la ciencia política en un libro al mismo tiempo premiado y denostado por mis pares intelectuales.[8] Para esas perspectivas cerradas y dogmáticas en el plano empírico, una concepción alternativa como la que he resumido aquí resultaba no sólo incómoda sino incluso “radical”. Puesto en esos términos, su alegato no deja de ser curioso porque en su perspectiva lo radical no es otra cosa que lo que en realidad es consustancial a la democracia y que le había sido negado teóricamente, o sea volver a colocar a la sociedad en el centro de lo público-político. ¿Puede haber algo más básico y elemental que eso? Claro que no, pero las rigideces de los paradigmas cientificistas dominantes les impiden a sus partidarios ver lo evidente. Ciertamente, una perspectiva como la mía tiene un componente de radicalidad que asusta a los científicos porque rompe todos sus esquemas y certidumbres: la indeterminación de la democracia. En efecto, concebir a la democracia no sólo como una forma de gobierno sino también como una forma de vida implica asumir sin reservas la total indeterminación de la democracia, desde el instante en que se acepta que nada preexiste al momento de encuentro de individuos libres y radicalmente diferentes, o sea que sólo en el espacio público-político se definen y redefinen permanentemente los valores y los contenidos de esos valores que han de articular al todo social. Siguiendo con esta lógica, debemos aceptar que las sociedades no siempre elijen lo mejor para ellas sino con frecuencia optan por retrocesos en sus propias libertades y conquistas. Se trata de un elemento de incerteza al que no se puede renunciar si es que realmente nos asumimos como demócratas o si se prefiere como “demócratas radicales”. Cabe recordar que pretender mantener lo social bajo control, en el marco de un guión preconcebido, es un rasgo propio de mentalidades totalitarias. De hecho, como bien nos enseñó la más grande filósofa de todos los tiempos, Hannah Arendt, la única manera de entender a cabalidad la democracia es concibiéndola como el justo opuesto del totalitarismo.[9] Ahora bien, adscribirse a esa concepción alternativa de la democracia exige abandonar las perspectivas deterministas, institucionalistas o formalistas largamente dominantes en las ciencias sociales, incapaces de aprehender la dimensión simbólica de la democracia, que no es otra cosa que lo que las sociedades quieren, sus anhelos, sus deseos, sus aspiraciones… Y eso no se registra con sondeos cuantitativos sino simplemente con la experiencia, con la ocupación simbólica, como lo hace cualquier ciudadano, de la calle, la plaza pública y de cualquier otro espacio de interacción social. Obviamente, pensar lo público-político en la actualidad no puede hacerse sin considerar a las nuevas redes sociales, la moderna ágora virtual de la democracia.

5. A veces me pregunto qué hubieran pensado los precursores intelectuales de esta manera alternativa de concebir la democracia, como Castoriadis, Lefort y la propia Arendt, si les hubiera tocado en vida ver y participar de las redes sociales que hoy han irrumpido masivamente en nuestras sociedades. Creo que todos verían cristalizadas en ellas sus principales tesis sobre la democracia como forma de vida. Y es que de algún modo las redes sociales restituyen a los ciudadanos una centralidad simbólica que les había sido escamoteada en la práctica cotidiana de las democracias realmente existentes. Como es sabido, lo que distingue a las democracias de los modernos de las democracias de los antiguos es la representación.[10] Si en la antigüedad griega los ciudadanos podían dirimir directamente los asuntos de la polis, la complejidad de las sociedades modernas exigía incorporar mecanismos indirectos de representación para encausar la voluntad de los ciudadanos. Los jacobinos se dieron cuenta muy pronto que la voluntad general nacida caóticamente de la Asamblea podía conducir a una nueva tiranía, tan cruel y voraz como la de los monarcas absolutos que se intentaba derrocar, la tiranía de las mayorías. Por eso, después de la malograda experiencia revolucionaria francesa, los primeros experimentos exitosos de democracia —la inglesa y la estadounidense—, tuvieron como eje la idea moderna de la representatividad. Una fórmula que permitió al mismo tiempo preservar las ideas ilustradas de la soberanía del pueblo y la supremacía de los derechos individuales, y conferir a la sociedad una forma de estructuración política legítima y promisoria. Sin embargo, la representación consintió la afirmación de élites partidistas que con el paso del tiempo terminaron monopolizando el quehacer político, relegando nuevamente a la sociedad a roles accesorios, como la legitimación mediante el sufragio de las propias élites. Por ello, si las democracias modernas estás en crisis es porque los ciudadanos nos sentimos cada vez menos representados por nuestros representantes, o sea es una crisis de representación, caracterizada por un alejamiento o incluso un corto circuito entre representantes y representados.[11] Pero como suele suceder, el malestar social se ha abierto paso frente a la ignominia. Primero fueron los movimientos sociales, luego la sociedad volcándose en las plazas públicas, luego organizándose en ONG’s, y ahora ocupando las redes sociales, gracias a la masificación de las nuevas tecnologías de la información. En esta perspectiva, las redes sociales constituyen la nueva ágora, el lugar donde se construye cotidianamente la ciudadanía y se definen los valores sociales. Las redes sociales nos recuerdan que la democracia no puede edificarse en el vacío, sino en contacto permanente con la sociedad. Si la representatividad fue la fórmula que permitió que la democracia como forma de gobierno se concretara en sociedades complejas como las modernas, las redes sociales son el vehículo moderno que restituye a la sociedad su centralidad y protagonismo frente a los déficits de representatividad que acusaba desde hace tiempo. Además, no podía ser de otra manera, pues si las sociedades modernas se han vuelto cada vez más complejas, es decir más pobladas, plurales, activas y heterogéneas, sus formas de expresión no podían limitarse a lo local, sino que para trascender debían irrumpir en el mundo complejo y global de las comunicaciones que sólo las redes sociales pueden ofrecer. Por eso, si en algún lugar se juega hoy la democracia, entendida como el espacio público donde los ciudadanos deliberan desde su radical diferencia sobre todos los asuntos que les atañen, es en las redes sociales, un puente poderoso que pone en contacto en tiempo real a millones de individuos. Huelga decir que la comunicación que fluye en las redes sociales es abierta y libre, pues es un espacio ocupado por los propios usuarios sin más condicionante o límite que su propia capacidad de expresarse. Y no es que las redes sociales vayan a ocupar el lugar que hoy ocupa la representación política, sino que la complementa, la estimula, por cuanto sus mensajes y contenidos ya no pueden ser ignorados por los gobernantes so riesgo de ser exhibidos y enjuiciados públicamente en estos modernos tribunales virtuales. De hecho, los políticos profesionales están cada vez más preocupados por el impacto de las redes sociales, se saben vigilados, observados, y finalmente intuyen que ya no pueden gobernar a espaldas de la ciudadanía. Muchos quieren entrar en las redes sociales, congraciarse con sus usuarios, ser populares, pero no saben cómo hacerlo, pues los usuarios de las redes no se dejan engañar fácilmente, la crítica puede ser implacable. De algún modo, las redes sociales llenan de contenido esa idea clásica de que el poder está en vilo, me refiero al poder ocupado por los políticos profesionales, pues su permanencia o caída depende siempre de una sociedad cada vez más crítica, informada y participativa.[12] Los políticos profesionales se han dado cuenta por la irrupción de la sociedad en las redes sociales, que ya no pueden apropiarse arbitrariamente de la política, pues la política está hoy más que nunca en todas partes. En suma, las redes sociales reivindican al ciudadano, lo visibilizan frente a la sordina consuetudinaria de los políticos profesionales.

6. ¿Por qué este rol que hoy desempeñan las redes sociales no lo realizaron antes otros medios de comunicación, como la radio y la TV? La pregunta tiene sentido, pues mucho antes que llegaran las redes sociales lo hicieron los medios electrónicos, mismos que nunca pudieron convertirse en un foro auténtico de y para los ciudadanos, pese a que muy pronto invadieron todos los hogares. Ciertamente, tanto los medios tradicionales (la prensa, la radio y la TV), como las redes sociales (Twitter, Facebook y otras), son medios de comunicación, pero sería un error meterlos en el mismo saco. La primera diferencia es que los medios tradicionales siempre han sido ajenos a la sociedad, siempre han respondido a los intereses de sus dueños, por lo que la comunicación que emiten es unidireccional, vertical, del medio al receptor, sin posibilidad alguna de interacción o diálogo con la sociedad. La TV y la radio pueden tener públicos cautivos y hasta fieles seguidores o incluso teléfonos en el estudio para retroalimentarse de sus audiencias, pero su razón de ser es comunicar desde los particulares intereses y valores que representan y buscan preservar. Por su parte, las redes sociales surgieron en Internet con la idea de conectar simultáneamente a miles de personas de manera horizontal, desde sus propios intereses y necesidades, sin mayor límite que su creatividad. En ese sentido, aunque Twitter o Facebook tienen dueños y sus acciones cotizan en la bolsa, su éxito reside precisamente en la libertad que aseguran a sus usuarios para comunicarse entre sí, al grado de que son los propios usuarios los que terminan ocupando las redes sociales desde sus propios intereses. Desde cierta perspectiva, si los medios tradicionales se convirtieron en el cuarto poder en la era moderna, dada su enorme penetración social y capacidad de influencia; las redes sociales se han convertido repentinamente en un quinto poder, un poder detentado por la ciudadanía por el simple hecho de ejercer ahí de manera directa y masiva su derecho a expresarse, a opinar de todo aquello que le inquieta. Por eso, si hay un lugar donde hoy se materializa la así llamada “acción comunicativa” que alguna vez vislumbró el filósofo Habermas, o sea la comunicación no interesada, horizontal, dialógica entre pares y libre del dominio de los sistemas instrumentales, ese es precisamente el que hoy ocupan las redes sociales,[13] aunque aún están en espera de mayores y mejores teorizaciones como las que han concitado durante décadas los medios tradicionales, sobre todo con respecto a su relación con la política y la democracia. Pero la tarea no es fácil. Ni siquiera tratándose de los medios tradicionales existe todavía consenso sobre la manera que impactan o influyen en la democracia. Para unos, los apocalípticos, como Giovanni Sartori, la TV llegó muy temprano a la humanidad y se ha vuelto contra ella, no sólo porque marca una involución biológica del homo sapiens al homo videns, sino porque alimentan la ignorancia y la apatía de una sociedad, lo cual es aprovechado por los políticos para manipularla de acuerdo a sus propios intereses.[14] Para otros, algunos posmodernos y culturalistas, como Gianni Vattimo, la TV amplió el espectro de la mirada de los ciudadanos, por lo que acercó a los políticos a la sociedad, los volvió más humanos y en consecuencia susceptibles de crítica y juicio, amén de que ofreció a los espectadores nuevos referentes provenientes de otras realidades lo que les permitió, por simple contrastación, reconocer los límites y deficiencias de la suya.[15] Como quiera que sea, las preocupaciones intelectuales de lo que hoy se conoce como “videopolítica” o “teledemocracia” no son las de las redes sociales. Más aún, estos debates se volverán obsoletos conforme las redes sociales se vayan imponiendo en el gusto y el interés de las sociedades contemporáneas. No digo que los medios tradicionales desaparecerán o dejarán de tener súbitamente el impacto que hoy tienen, pero sí es un hecho que las redes sociales, por sus características intrínsecas asociadas a la libre expresión de las ideas, terminarán impactando y hasta colonizando a los medios tradicionales. De hecho ya lo hacen, con frecuencia éstos aluden a lo que se dice en Twitter o Facebook para tener una idea más precisa de lo que interesa y preocupa a la sociedad, y saben que permanecer al margen de las redes sociales los aislará sin remedio. No olvidemos además, que lo que se dice en los medios tradicionales también es motivo de deliberación pública para las propias redes sociales. Por ello, si hay una problemática a dilucidar asociada con el extraordinario avance de las redes sociales en las democracias modernas, no es si éstas “manipulan” o “desinforman” o no lo hacen, como se discute a propósito de los medios tradicionales, sino hasta qué punto podrán desarrollarse como espejos de la sociedad, como tribunales de la política institucional, antes que los poderes fácticos busquen minimizar su impacto mediante regulaciones y controles de todo tipo. De ese tamaño es el desafío que las redes sociales han abierto casi silenciosamente para los intereses de los poderosos, así como los riesgos que entraña su inusitado crecimiento.

7. Llegados a este punto, conviene precisar que no todas las redes sociales existentes en la supercarretera de la información están dotadas de las características necesarias para convertirse en lo que aquí he llamado el lugar decisivo de la democracia. Ante todo, tienen que ser populares, pues de lo que se trata es de propiciar la interacción abierta y plural de miles de usuarios en tiempo real. En la actualidad, las únicas dos redes sociales que cumplen este requisito son Twitter y Facebook, y al parecer ninguna otra de las muchas que existen en internet parece amenazar su hegemonía. Ahora bien, no obstante que Facebook llegó primero, ha venido perdiendo adeptos frente al rápido crecimiento de Twitter, y creo no exagerar al decir que sólo es cuestión de tiempo para que Twitter desplace definitivamente a Facebook y se convierta en la red social más popular a nivel mundial. Huelga decir que esta tendencia se debe ante todo a las características intrínsecas de Twitter y de las que adolece Facebook, y que además lo aproximan más a la idea de espacio público que aquí he defendido. En efecto, Facebook nació como un medio para poner en contacto a amigos y conocidos, y en buena medida así se ha mantenido, en cambio Twitter nació para poner en contacto a individuos entre sí simplemente porque resulta interesante o enriquecedor tenerlos como interlocutores. Además, la fórmula de los 140 caracteres por tweet posibilitó la interacción ágil, dinámica y abierta de todos con todos, materializando la idea de un ágora donde todos pueden opinar y ser escuchados. Asimismo, tener la posibilidad de participar de los TT (trending topics o temas que marcan tendencia) y debatir de todo aquello que preocupa a la sociedad en tiempo real, generando una suerte de termómetro de los intereses sociales, abona al potencial de Twitter respecto de otras redes sociales. Por estas y muchas otras virtudes es que sostengo que la democracia se jugará cada vez más en Twitter. De hecho, el potencial de Twitter ha quedado ya de manifiesto en las múltiples expresiones de indignación que tuvieron lugar en varias partes del mundo a lo largo de 2011, ya sea convocando a movilizaciones o simplemente repudiando a los tiranos y presionando para derrocarlos. Si Twitter ha contribuido a todo ello, imagínense lo que puede hacer en una elección, exhibiendo las contradicciones de los candidatos, reprobando sus dichos y acciones, o elogiando la sensatez y la capacidad de otros. Se podrá objetar que las redes sociales siguen siendo irrelevantes frente a las poderosas audiencias que aún conservan los medios tradicionales, o que los usuarios de Twitter son todavía un porcentaje muy reducido de la población de un país, lo cual es hasta cierto punto cierto, pero los grandes cambios ocurren cuando hay una masa crítica capaz de impulsarlos, y hoy esa masa crítica reside invariablemente en Twitter.

8. Sin embargo, en un mundo de intereses tan poderosos, las redes sociales pueden ser víctimas de su propio éxito. No es descabellado suponer que tarde o temprano alguien buscará neutralizar su impacto, mediante regulaciones y controles legales de todo tipo, con lo que perderán la frescura y la independencia que hoy disfrutan. De hecho, al estar inmersas en el mercado, ya existen en Twitter mecanismos velados de censura para modificar los TT por dañar la imagen de un político o un partido. La lógica es simple, si un TT puede comprarse por parte de firmas comerciales para promocionar productos y servicios, también pueden ser comprados por los políticos para los mismos propósitos. Asimismo, si los TT pueden comprarse es lógico que también haya interesados en erogar dinero para que algunos temas desaparezcan del TT cuando afectan a alguien. Este tipo de censura ya se ha desplegado en Twitter, que no por ser una red social ocupada libremente por los usuarios, deja de ser un negocio multimillonario. Sin duda, este tipo de cuestiones minan la credibilidad de Twitter, pero es un riesgo inminente que, paradójicamente, toca a los propios usuarios denunciar, exhibir y hasta castigar con su eventual abandono en casos extremos, lo que amenazaría la propia rentabilidad comercial de Twitter. Además de estas prácticas, han emergido otras igualmente dañinas, como la compra indiscriminada de seguidores virtuales por parte sobre todo de políticos profesionales para mostrarse con ello muy populares, o la creación de bots o réplicas mediante las cuales esos mismos políticos reproducen mensajes de apoyo para sí mismos o críticas a sus adversarios, en un juego perverso de simulaciones que contamina la comunicación en Twitter. Como quiera que sea, parece que los propios usuarios de esta red social han creado sus propias vacunas para denunciar y exhibir este tipo de conductas. De lo que se desprende que el potencial de las redes sociales como espacios genuinos de deliberación pública depende en buena medida de la responsabilidad con la que se muevan en ellos sus propios usuarios. En esa perspectiva, y dicho a título personal, soy partidario de que los usuarios de Twitter lo hagan con sus nombres y apellidos verdaderos y no de manera anónima, o sea con nombres ficticios o seudónimos, pues en esa medida las opiniones ganan en credibilidad, y el debate se vuelve más transparente y democrático.

9. Suele pensarse que el primero en utilizar a su favor el potencial de algo desconocido hasta entonces marcará una tendencia o un patrón. Sin duda ese fue el caso de la campaña presidencial de Barack Obama, quien supo aprovechar las redes sociales, en particular Facebook, para ganar la presidencia de Estados Unidos en 2008. El caso de Obama ha motivado múltiples estudios y libros al grado de considerarlo un paradigma de éxito de lo que hoy se conoce como “cibercampaña”.[16] Ninguna campaña antes de ésta fue capaz de aglutinar por internet a tantos simpatizantes, recaudar tanto dinero para la propia campaña, y mantener un contacto tan directo y permanente con los votantes, elementos todos que sin duda redituaron en el contundente triunfo de Obama. Sin embargo, se equivocan rotundamente quienes creen ver en esta experiencia el modelo a seguir para desarrollar campañas exitosas en la nueva era de la información. Y esto es así por una simple razón, las redes sociales cambian tan vertiginosamente como las propias tecnologías informáticas. Hoy, por ejemplo, a diferencia de la campaña de Obama, más que apoyarse en Facebook para conectar con sus simpatizantes, un candidato en campaña deberá hacerlo por Twitter si es que realmente quiere trascender. Ello se debe a que Twitter ha desplazado a Facebook en lo que al debate de los asuntos públicos se refiere, y ofrece de inmediato, gracias a los TT que genera permanentemente, un barómetro que mide el impacto de los contendientes. Empero, no hay nada más difícil para un político en campaña que conquistar a los tuiteros, que suelen ser críticos y perspicaces, y que saben o intuyen que sus opiniones trascienden a la sociedad en su conjunto y pueden cambiar el rumbo de una elección, sobre todo en el contexto de comicios con amplios márgenes de indecisos, debido a una pobre oferta política o partidista. Una cosa es cierta, las elecciones en el futuro se jugarán cada vez más en Twitter y cada vez menos en los medios tradicionales o en los mítines o plazas públicas.

10. Hay muchas razones para anticipar que éste será precisamente el caso de las elecciones que tendrán lugar en México para elegir presidente de la República el 1 de julio de 2012. He aquí las más importantes: a) prevalece una amplia franja de indecisos (según cálculos de alrededor del 50 por ciento) del electorado y de ellos un buen porcentaje son tuiteros en busca de definición; b) el 70 por ciento de los indecisos son jóvenes, como el 90 por ciento de los tuiteros, y el voto joven siempre ha sido decisivo en las elecciones en México en la era postautoritaria; c) un buen porcentaje de los tuiteros constituye lo que se conoce como la “masa crítica” de una sociedad, capaz de impulsar y estimular los cambios que el país requiere, amén de que han hecho de Twitter su medio natural de expresión y deliberación pública; d) a diferencia de las elecciones en el pasado inmediato, ahora los medios tradicionales jugarán un papel secundario, pues la nueva ley electoral les prohíbe hacer cualquier tipo de proselitismo durante las campañas, mientras que TW permanece todavía libre de controles y regulaciones, o sea sólo pertenece a quien lo habita; e) al ser un espacio público abierto y horizontal, la moderna ágora de deliberación ciudadana, Twitter constituye el espejo más veraz de las percepciones sociales; nadie puede abstraerse de lo que ahí se defina, ni los políticos, ni los partidos ni los propios medios tradicionales; f) ni los políticos que con dinero manipulan los TT podrán imponer su voluntad sobre la de millones de tuiteros; pues éstos han creado sus propios mecanismos para exhibir a los tramposos; g) sólo en Twitter se exhibirán sin censura los claroscuros de los candidatos, sus defectos y virtudes, cuestión que sin duda influirá en las preferencias electorales; h) Twitter se ha convertido en el medio de socialización política más influyente, muy por encima de Facebook, sobre todo entre la población joven y universitaria; i) los medios tradicionales no pueden permanecer indiferentes a Twitter so riesgo de mostrarse parciales y perder credibilidad; y j) lo que se dice en Twitter impacta cada vez más a la sociedad e incluso empieza a colonizar a otros medios de comunicación tradicionales, los cuales ya se dieron cuenta que permanecer al margen de Twitter es condenarse al aislamiento y el olvido.[17]


[1] Véase en particular C. Cansino, La revuelta silenciosa. Democracia, espacio público y ciudadanía en América Latina, México, BUA, 2010.

[2] Véase en particular J. Habermas, Teoría de la acción comunicativa, 2 vols., Madrid, Taurus, 1987 y J. Habermas, Facticidad y validez. Sobre el derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso, Madrid, Trotta, 1998.

[3] Véase, por ejemplo, U. Rödel, G. Frankenberg y H. Dubiel, Die demokratische Frage, Frankfurt, Suhrkamp Verlag, 1989.

[4] C. Castoriadis, La institución imaginaria de la sociedad, Madrid, Tusquets, 1980.

[5] Para mayores elementos sobre este particular remito a C. Cansino, “Estado”, voz para el Léxico de la Política (eds. L. Baca, J. Bokser, I. H. Cisneros, et. al.), México, UNAM/FLACSO/FCE, pp. 222-229.

[6] Véase sobre este tema P. Rossanvalon, La nueva cuestión social: repensar el Estado providencia, Buenos Aires, Manantial, 1998

[7] Véase al respecto, C. Cansino y S. Pineda (coords.), La modernidad exhausta. Posiciones sobre nuestro tiempo veinte años después de la caída del Muro de Berlín, México, UACJ, 2012.

[8] C. Cansino, La muerte de la ciencia política, Buenos Aires, Debate, 2008.

[9] H. Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Madrid, Taurus, 1974.

[10] La cuestión fue puesta en esos términos por G. Sartori, Democratic Theory, Michigan, Wayne State University Press, 1965.

[11] Al respecto véase C. Cansino, “La crisis de la democracia representativa y la moderna cuestión social”, Revista de la Universidad de México, México, UNAM, núms. 588-589, enero-febrero de 2000, pp. 45-47.

[12] Véase al respecto, C. Lefort, La invención de la democracia, México, FCE, 1990 y A. Maestre, El poder en vilo, Madrid, Tecnos, 1994.

[13] J. Habermas, La teoría de la…, cit.

[14] G. Sartori, Homo Videns. La sociedad teledirigida, Madrid, Taurus, 1997.

[15] G. Vattimo, “Pero el Apocalipsis no llegará por los mass-media”, Topodrilo, México, UAM-Iztapalapa, núm. 3, julio de 1988, pp. 23-25

[16] Véase, por ejemplo, R. Harfoush, Yes we did. Cómo construimos la marca Obama a través de las redes sociales, Madrid, Gestión, 2010.

[17] Los datos aquí reproducidos fueron obtenidos de diversas páginas y blogs especializadas en el comportamiento de Twitter, como eduarea.wordpress.com o estwitter.com

Primicia del libro: C. Cansino, La nueva democracia en América, México, Océano, 2011 (Cap. 2)

 

 

 

Primicia del libro: C. Cansino, La nueva democracia en América, México, Océano, 2011 (Cap. 2)

Casi siempre los grandes cambios en la historia son más bien lentos e imperceptibles en el corto plazo. Sin embargo, algunos hechos, debido a su impacto y sonoridad, se revelan inmediatamente como parteaguas históricos. Este es el caso tanto del fatídico 11-S (los ataques terroristas a Estados Unidos del 11 de septiembre de 2001) como del 4-N (las elecciones estadounidenses del 4 de noviembre de 2008), que marcan un antes y un después para la humanidad, en muchos órdenes de la vida social. Ambos acontecimientos, uno trágico y otro feliz, tienen en común que ocurrieron en el país más poderoso del mundo, Estados Unidos, y cada uno, a su modo, ofrece lecciones capitales para todo el planeta.

La importancia de ambos acontecimientos está fuera de toda duda. Generaron cambios tan trascendentes que sólo con el tiempo los podremos valorar en su justa dimensión. Por lo que respecta al 11-S, modificó para siempre la visión geopolítica y estratégica dominante sobre los aliados y los adversarios. De manera dramática, después de un impasse de poco más de una década a raíz de la distensión del bloque comunista, Occidente tuvo que reconocer de golpe el potencial destructivo del terrorismo islámico como nueva amenaza a su estabilidad.

Por su parte, Washington cambió su estrategia de política exterior y sus prioridades militares hacia lo que se ha dado en llamar la “guerra preventiva”: atacar antes de ser atacado, y en cuyo nombre desplegó una ofensiva bélica contra Irak. Además, la reacción militar inmediata de Estados Unidos contra el terrorismo y sus aliados —en un inicio contra el régimen talibán en Afganistán—, dejó ver el verdadero tamaño del imperio. Asimismo, en mayor o menor medida, todas las potencias occidentales sin excepción, han debido reforzar sus sistemas de seguridad así como canalizar mayores recursos en defensa militar.

Por otra parte, el 11-S ha alterado muchos patrones de comportamiento y ha estimulado nuevas actitudes. Así, por ejemplo, sobre todo en el caso de los estadounidenses, se apoderó de ellos una sensación de vulnerabilidad, con todo tipo de reacciones paranoicas y de temor. Paralelamente, sobre todo en Europa, resurgieron con nueva fuerza los sentimientos xenófobos, belicistas y antisemitas, tal y como lo sugiere el repunte electoral de importantes partidos y candidatos ultraconservadores. En el otro extremo, debido al “éxito” del 11-S para el terrorismo fundamentalista o al constatar los terroristas el daño que podían infligir al mundo para alcanzar sus objetivos, han surgido nuevos grupos organizados similares al que finalmente se adjudicó el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. Asimismo, se incrementó considerablemente la ambigüedad de la relación entre Occidente y el mundo musulmán, con la consecuencia inevitable del recrudecimiento del conflicto palestino-israelí.

Por último, a nivel de las mentalidades, o sea de los modos de pensar y de estar en el mundo, también presenciamos grandes cambios. Obviamente, el 11-S no sólo vulneró radicalmente muchas certidumbres del pasado en todo el planeta, sino que generó aquí y allá distintas reacciones, muchas veces contradictorias, con respecto a las implicaciones y las consecuencias del propio acontecimiento y que terminaron imponiéndose como imaginarios colectivos sobre el fundamentalismo, el terrorismo y el imperio.

En muchos países, por ejemplo, la condena inicial a los actos terroristas se metamorfoseó rápidamente en un repudió más o menos explícito al gigante herido, al imperio del Norte, que, según esta percepción, por fin experimentaba en carne propia las consecuencias de su desmedida e inescrupulosa ambición, de su prepotencia con el resto del mundo. Es decir, predominó el resentimiento histórico hacia el imperio, con lo que se perdió de vista la dimensión real de la tragedia: el terrorismo no tiene nacionalidad, ni rostro, ni piedad, ni justificación; sus víctimas somos todos, todas las razas, todos los credos, todos los géneros, en una palabra, la especie humana toda. Hablar desde el resentimiento es creer que la violencia no nos toca, que no puede tocarnos, siendo que el terrorismo ya nos ha trastornado a todos sin distinción.

Ciertamente, el conflicto iniciado con los actos terroristas del 11-S nos ha excedido a todos. La dimensión del acontecimiento nos rebasó sin remedio. De ahí que muchos han titubeado entre asumir un pacifismo irreductible o reconocer la dimensión conflictiva, bélica, de la política en circunstancias de excepción. Sin embargo, si ya el terrorismo es la negación misma de la política (la cual no es otra cosa que diálogo y mutuo reconocimiento entre individuos iguales ante la ley y radicalmente diferentes en todo lo demás), una guerra santa es una invitación a la locura, a desandar siglos de luchas en favor de la libertad de conciencia, para sucumbir de nuevo ante el pensamiento único. De ahí que Occidente no podía más que actuar, reaccionar, repeler.

Pero si el gobierno de George Bush parecía decidido a no modificar un ápice sus convicciones sobre la manera de enfrentar la crisis provocada por el 11-S y que llevaron a Estados Unidos a iniciar una nueva guerra en Oriente Medio, los estadounidenses decidieron reinventarse como nación en las históricas elecciones del 4-N, empezando por la concepción dominante hasta entonces de seguridad nacional. Decidieron, por ejemplo, dejar atrás dos siglos de prejuicios étnicos y discriminaciones raciales al elegir por primera vez a un presidente afroamericano, el demócrata Barack Obama, con lo que mantener obstinadamente posiciones racistas en Estados Unidos se vuelve a partir de ahora insustancial, algo simplemente contradictorio con el ser americano cristalizado en las urnas; decidieron también reconciliarse con la democracia y resignificarla en sus contenidos y posibilidades; pero sobre todo, decidieron aventurarse en el camino de la esperanza ofertado por el candidato demócrata, un camino quizá más arriesgado e incierto que el de la simple y llana seguridad nacional de los años traumáticos, pero mucho más promisorio y reconfortante para el espíritu de un pueblo acostumbrado a sobreponerse a los infortunios. Pero en el ínterin, como ya se dijo, el agravio islámico llevó a Estados Unidos a iniciar una guerra cruenta en Oriente Medio, una guerra que polarizó a todas las naciones y los gobiernos del planeta, y cuyos resortes y manifestaciones aún están en espera de dilucidarse con rigor.

LA POLÍTICA DE LA FUERZA
¿Cómo repensar el fenómeno de la guerra a raíz de los actos terroristas del 11-S en Estados Unidos? ¿Qué novedades introduce este hecho y su secuela bélica en Afganistán e Irak? ¿Cómo aproximarnos intelectualmente a tales innovaciones? Mi tesis en este capítulo es que todas las interpretaciones elaboradas hasta entonces para pensar la guerra, incluidas las posteriores a 1989, han quedado hoy rebasadas; es decir, el conflicto iniciado con el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York ha sido tan desconcertante y excepcional que nos ha tomado a todos por sorpresa y sin suficientes categorías o sin categorías adecuadas para intentar dar cuenta del mismo. De ahí la necesidad de repensar la guerra, el terrorismo y el fundamentalismo con nuevos contenidos.

Huelga decir que el 11-S replantea de manera dramática para el mundo la conjunción entre civilización y barbarie que acontecimientos como el holocausto perpetrado por los nazis o los Gulag soviéticos o las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki inauguraron para el siglo pasado. En aquellas experiencias, la barbarie del campo de concentración y el genocidio perpetrado sobre personas inocentes se conjuntó con los avances técnicos y científicos al servicio del exterminio. Ahora, con la experiencia del 11-S, la relación entre barbarie y civilización es todavía más cruda, o ¿puede haber acaso algo más retrógrado que matar (y matarse) en nombre de Dios en pleno siglo XXI o escenificar una guerra manifiestamente desproporcionada entre el país más poderoso del mundo y uno de los más débiles (me refiero a Afganistán), independientemente de la validez o no de los argumentos esgrimidos por los protagonistas para justificar su acción?

Apenas una década antes de estos hechos, en 1989, otro acontecimiento crucial modificó para siempre nuestra percepción del mundo y exigió para el intelecto un cambio radical de paradigmas. Con la caída del Muro de Berlín se instaló entonces un “nuevo orden mundial” y, por ende, la necesidad de pensar con nuevos contenidos el tema de la paz y la seguridad internacionales. Así, por ejemplo, había que mandar a retiro para siempre las nociones de “Guerra Fría” o de “bipolaridad” que tan socorridas fueron para interpretar la realidad planetaria desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Desde ese año crucial, muchos especialistas e intelectuales en general procedieron a repensar el tema de la guerra con nuevos elementos. Posteriormente, acontecimientos como la Guerra del Golfo (la primera) y el conflicto de la ex Yugoslavia mostraron que las viejas categorías para pensar la guerra ya no servían más para dar cuenta de la complejidad de estos nuevos conflictos que introducían variables inéditas. Es así que en diversas latitudes se produjeron numerosos trabajos e interpretaciones que comenzaron a pensar seriamente el fenómeno de la guerra en el marco de un mundo que había dejado ya de ser bipolar. Desde entonces se imponía la necesidad de revalorar aspectos tales como el fundamentalismo religioso, el clivaje étnico, el terrorismo, etcétera.

Pese a su valor intrínseco, todas estas interpretaciones sobre la guerra posteriores a 1989 se tornaron otra vez insustanciales después del 11-S, pues nunca había ocurrido algo semejante, independientemente de que el terrorismo había tenido múltiples expresiones en el pasado. Obviamente, para ilustrar esta tesis se impone una revisión de dicha literatura que tuvo como referente sobre todo a las guerras del Golfo y el Kosovo. En particular, pasaré revista a las tesis de Michael Walzer sobre la “guerra justa”, de Samuel Huntington sobre el “choque de civilizaciones”, de Norberto Bobbio sobre el “tercero ausente” y de Hans Magnus Enzensberg sobre el “derecho de injerencia”. Claro está que al considerar primordialmente estas contribuciones tan cercanas en el tiempo, a lo sumo quince años, no intento subestimar las contribuciones más añejas y que hoy son consideradas clásicas sobre el tema, como las de Carl von Clausewitz, Raymond Aron, Hannah Arendt, Ernst Jünger, Maurice Merleau-Ponty, Walter Benjamin y muchos más, y que sin duda también habría que revisitar a la luz de los acontecimientos del 11-S. Paso seguido, intentaré mostrar los aspectos inéditos que el 11-S introduce y que vuelven hasta cierto punto inactuales todas estas propuestas explicativas.

VARIACIONES SOBRE UN MISMO TEMA
El primer autor que me interesa comentar es Walzer (2000 y 2001), conocido representante de la filosofía política estadounidense, quien ha publicado diversos trabajos a propósito de la Guerra del Golfo. A partir de una reflexión sobre la guerra de Vietnam, contra la cual él militó, pero analizando igualmente la operación estadounidense (“causa justa”) en Panamá, la “guerra de los seis días” y la intervención militar en el Golfo, Walzer se pregunta: ¿existe una “realidad moral de la guerra”?, ¿puede haber una guerra justa?

Contrario a la tradición clásica, que va de Tucídides a Hobbes, y más contemporáneamente del pacifismo de los años treinta a la anti-OTAN de 1999, Walzer responde afirmativamente: la guerra es una actividad que supone el ejercicio del juicio moral, no es ajena a la ética, no está más allá del bien y el mal. En ese sentido, sí es posible determinar, de los campos en conflicto, cuál sostiene una guerra justa (en el entendido de que no pueden existir guerras justas en los dos extremos). Es justa una guerra —concluye Walzer— cuando se trata de defender un país o un territorio que ha sido arbitrariamente invadido por un agresor.

La densa obra de Walzer se opone entonces a un doble discurso. Por una parte se enfrenta a los ultrarrealistas para los cuales, en situaciones de guerra, no existe ninguna regla moral y todo se reduce a estrategia. Por otra parte, critica a los utopistas o a los pacifistas, que con su purismo ideológico rechazan la vía de las armas en cualquier circunstancia. Para el filósofo estadounidense, por el contrario, temas como los de la soberanía y la integridad territorial sí justifican en algunas circunstancias la vía de las armas. Queda claro que Walzer no se rige por un legalismo puro. Por el contrario, para él, proteger a las poblaciones desplazadas o masacradas puede ser un imperativo más grande que el de respetar las fronteras en cuyos límites actúan las dictaduras.

Sin duda que la interpretación de Walzer nos permite apreciar mejor y hasta juzgar en el terreno ético los conflictos armados de la nueva era. En particular, Walzer fue muy crítico de la guerra de Vietnam, pero se mostró favorable a la Guerra del Golfo y partidario de la intervención en el Kosovo.

Pero volviendo al 11-S y sus secuelas, encuentro la interpretación de Walzer sobre la guerra muy pertinente, sobre todo si nuestro interés fuera exclusivamente analizar y valorar este nuevo conflicto en el ámbito de lo ético. Sin embargo, contrariamente a las prioridades de este autor, me parece que una de las novedades que introduce el 11-S, como veremos en su momento, es que obliga a quien reflexiona sobre sus implicaciones a asumir una posición más política que ética. Además, esta nueva querella introduce elementos que Walzer, por obvias razones, no pudo considerar y que hoy saltan con una enorme carga simbólica: el fundamentalismo religioso, el choque de civilizaciones, el terrorismo más brutal, la guerra bacteriológica, etcétera. De ahí que habrá que buscar otros referentes además de Walzer para avanzar en la dirección que nos hemos propuesto.

En 1996, después del colapso del comunismo, el controvertido politólogo estadounidense Huntington publicó un libro que para muchos fue premonitorio de lo que está ocurriendo hoy a raíz de los actos terroristas en Estados Unidos. El libro se llama The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order y despertó desde su aparición una gran polémica y hoy adquiere una renovada actualidad. Con todo, el libro cometía varios excesos y hacía grandes generalizaciones que en lugar de iluminar los actuales acontecimientos podrían oscurecerlos.

Según Huntington, el fin del conflicto ideológico Este-Oeste después de 1989 favorece el resurgimiento de las identidades culturales, susceptibles de impulsar o estimular guerras por el dominio cultural y religioso. Más allá de la guerra entre Estados-nación (siglo XIX) o entre ideologías (siglo XX), llegó la hora de un conflicto entre civilizaciones; civilizaciones que se oponen, a partir de realidades históricas muy diferentes, y de tensiones lingüísticas y religiosas de todo tipo: occidental, confuciana, japonesa, islámica, hindú, eslava-ortodoxa, latinoamericana, africana. De paso, Huntington anuncia el declive de Occidente, temática que por lo demás no es nueva, y suscita un vivo debate en razón de que el politólogo estadounidense piensa a las civilizaciones con un excesivo determinismo histórico, casi eterno, y porque ignora igualmente las tendencias centrípetas del mundo contemporáneo (mundialización e interdependencia que cruzan a los Estados entre sí).

Huntington tiene el mérito de señalar la solidaridad profunda de las culturas que forman una civilización. Pero, por las exigencias de su demostración, ha ignorado la importancia, el espesor y la intensidad del conflicto, que lejos de oponer a las civilizaciones entre sí, las atraviesa a cada una de lado a lado. De ahí que Huntington se queda corto y no nos permite reconocer la especificidad del conflicto iniciado a partir del 11-S, que es también un conflicto entre la tradición y la modernidad, entre el arraigo y la errancia, entre la fe y la libertad. Por otra parte, así como es plausible concebir un choque entre ideologías o entre naciones, así también es difícil imaginar un choque entre entidades tan ambiguas, tan privadas de unidad y de contorno, y tan poco estructuradas como las civilizaciones, aunque habrá que reconocer al menos que el 11-S y sus secuelas sí han obligado a definir al mundo entre Occidente, por una parte, y no Occidente, por la otra, al menos esa parte de Oriente que se reconoce en el Islam. Pero incluso aquí, las generalizaciones son excesivas.

Cabe recordar que el fundamentalismo religioso nos ha hecho reparar a todos en los muchos matices, concepciones y maneras de ser que atraviesan al propio mundo islámico.

En suma, el culturalismo de Huntington es una explicación estrecha recibida con agrado por los expertos de la mundialización y la globalización para explicar sus fracasos: la culpa la tiene la cultura, la religión, madre de la cultura. Sin embargo, el encuentro siempre complejo de cultura, economía y política no nos permite aceptar tan dócilmente nociones de fronteras culturales de choque de civilizaciones. Hay que reconocer que la realidad es más compleja de todo lo que podemos aceptar. Nuestro esfuerzo teórico debe trabajar las conexiones (que no las fronteras) entre los tres campos: cultura, política, economía. Además, el concepto de identidad cultural o civilización es falsamente claro.

Una tercera reflexión sobre la guerra a partir de 1989 tiene que ver con lo que se ha llamado el “derecho de injerencia”. En este punto son destacables las contribuciones del filósofo alemán Enzensberg (1997), quien sostiene que nada puede justificar la injerencia de un país en otro. Para Enzensberg, no puede haber un criterio universal de justicia: “La moral es el refugio del eurocentrismo. Es tiempo de reconocer los fantasmas de una moral omnipotente”. De ahí que el pensador alemán critique las intervenciones de Estados Unidos en Somalia o de los europeos en Kosovo. Podemos reconocer que este argumento tiene razón en un punto: no existe un único criterio para definir qué es justo con respecto a un conflicto o una guerra. Con todo, mientras no exista un organismo multinacional capaz de definir y negociar en condiciones equitativas y eficaces una política planetaria o estrategias frente a situaciones de excepción habrá que reconocer también —más con Walzer que con Enzensberg— el derecho de las naciones a defenderse frente a la arbitrariedad de otras o de intervenir cuando ha sido vulnerada su integridad.

En este último punto resulta particularmente ilustrativo el filósofo italiano Bobbio (1998), quien ha escrito numerosos trabajos sobre lo que él llama el “tercero ausente”; es decir, un organismo multinacional facultado por un derecho internacional perfectamente establecido y acordado en sus contenidos capaz de dirimir controversias internacionales con estricto apego a la legalidad. Bobbio ha mostrado que todas las instancias que se han creado para el efecto han sido francamente insuficientes para cumplir eficazmente con este propósito. De ahí que cualquier justificación de la guerra en términos de justa o injusta se torna insustancial a la luz de un derecho internacional y un tercero hasta el momento ausentes. Parece que Bobbio da en el clavo al subrayar la importancia del derecho internacional para preservar la paz y la seguridad planetarias. Sin embargo, su propuesta no es nueva y sólo evidencia el largo trecho que aún hay que caminar para acercarnos a un orden internacional o macronacional donde prospere la concordia entre las naciones. Pero poco nos ayuda para pensar aquí y ahora un conflicto que como el iniciado el 11-S nos ha arrebatado a todos la tranquilidad.

LAS OTRAS INTERPRETACIONES
Hasta esta parte intenté mostrar que prácticamente todas las interpretaciones elaboradas para pensar las guerras posteriores a 1989, tales como las guerras del Golfo o la del Kosovo, han quedado hoy, después del 11-S, rebasadas. En lo que sigue intentaré mostrar los elementos de novedad que introduce el conflicto iniciado con los terribles actos terroristas en Nueva York y El Pentágono que vuelven inactuales todas estas interpretaciones. Vuelvo pues a la pregunta inicial: ¿cómo repensar el fenómeno de la guerra a raíz de los actos terroristas del 11-S? Comenzaría señalando, a contrario, cómo no debe pensarse la guerra si es que pretendemos hoy decir algo sensato sobre la misma.

Los artilugios del resentimiento
Sin duda, el impacto espectacular de aquellos aviones en las Torres Gemelas de Nueva York sacudió nuestras conciencias de por vida. De golpe tuvimos que reconocer la fragilidad de nuestras seguridades, la ambigüedad de nuestra condición humana, las propensiones a la violencia, el peso todavía vigente de las ideologías, los extremos de la sinrazón. Muchas torres se derrumbaron aquel día, pero sobre todo los sueños de un futuro donde la tolerancia y el respeto a la vida humana terminarían por imponerse. Ya nada es igual. El nuevo siglo quedó despojado muy temprano de ese ideal. Y si con ello no bastara, no pasó mucho tiempo para que la condena inicial a los actos terroristas se trasformara en un repudió por parte de muchos pueblos y naciones hacia Estados Unidos que, según esta percepción, por fin experimentaba en carne propia las consecuencias de su prepotencia y enseñoramiento con el mundo. ¡Qué locura!, ¡qué insensatez!

Sin duda hay muchas razones históricas, económicas y culturales que explican el resentimiento de muchos pueblos del mundo hacia Estados Unidos. Sólo así puede entenderse porque en muchas partes se pasó casi inmediatamente del asombro y el repudio a la violencia terrorista a la fustigación del imperio: “Estados Unidos es el imperio del mal y sólo está recibiendo lo que ha dado durante años”, “En nombre de la libertad y la democracia, Estados Unidos ha cometido los peores atropellos en contra de los pueblos del mundo” y un interminable etcétera de disparates. De hecho, cada pueblo que hoy asoma un dejo de satisfacción con la desgracia estadounidense, aunque lo encubra retóricamente para no quedar exhibido como intolerante, podrá apelar a su propio recuento de los daños en su relación con Estados Unidos para justificar su posición.

Sin embargo, más allá de las razones de todo tipo que explican un comportamiento o un posicionamiento de este tipo, quiero llamar la atención sobre el hecho de que mirar un acontecimiento desde el resentimiento, es decir, con la mediación del rencor, es la mejor manera de no verlo o de no querer verlo tal cual es. Mirar desde el resentimiento es no mirar, pues el resentimiento sólo saca a la luz lo peor de nosotros mismos, nuestras propias frustraciones, para proyectarlas sobre un otro siempre peor o que se desea peor. Mirar desde el resentimiento es como pretender curarnos en salud, pero al hacerlo nos negamos a nosotros mismos.

Nadie lo ha expresado mejor que María Zambrano, la mejor filósofa en lengua española de todos los tiempos, quien publicó sobre el tema del resentimiento un libro maravilloso, La agonía de Europa (1945), cuando este continente entró en desgracia durante la Segunda Guerra Mundial. Cambie el lector en la siguiente cita de este libro “Europa” por “Estados Unidos” y seguramente entenderá mejor lo que estoy tratando de decir: “Todo desastre permite manifestarse a las gentes en su cruda realidad; es el medio de revelación más exacto de cuantos se conocen: Sobre todo para los bajos fondos de la conciencia, que en circunstancias normales viven ocultos. Así, el resentimiento. Ante la caída de algo que se ha mantenido victorioso durante siglos, el acumulado rencor se desata, sale a la luz sin máscara. Es su hora. Es la hora de la satisfacción de todas las impotencias. Es, también, la hora de los recién llegados. Y al resentimiento incumbe la primera parte de la acción destructora que sólo después las armas consolidan. Europa, como toda realidad histórica victoriosa y resplandeciente, ha tenido la virtud de producir solapados enemigos, de engendrar el rencor en las obscuras cavernas en que se cría. Hoy, este rencor se junta y extiende con tremendo ímpetu negativo; corroe, deshace, borra, va convirtiendo al mundo en un vacío espacio desolado. [...] lo terrible del rencor es su esencial apostasía; el que se resuelva siempre, ciego, contra aquello que podría salvarle. La criatura resentida destruye lo único a que podría asirse, se alza en contra de sus principios, que no por odiados dejan de ser también suyos; de ser lo que podrían sostener al desesperado espíritu.”

En suma, siguiendo las lecciones de Zambrano, hablar desde el resentimiento histórico nos impide ver. Cargamos de humo y escombros lo que debería ser inobjetable: el terrorismo no tiene nacionalidad, ni rostro, ni piedad, ni justificación; sus víctimas somos todos. Ciertamente, la guerra sólo puede anticipar muerte y destrucción. Al igual que el terrorismo, la guerra es condenable. En el recuento de los daños, no existen guerras justas, ni guerras santas. La guerra, por más justificación que tenga, sólo deja luto y dolor a su paso. Y sin embargo, hoy no puede negarse la dimensión hobbesiana de la política so riesgo de sucumbir a manos de quienes atentan contra nuestra libertad. No nos confundamos, habría que enfatizar, el terrorismo no es un engaño, es una triste realidad que habrá que enfrentar enérgicamente. Quien anteponga “razones” a este hecho, quien insista en mirar las cosas desde el resentimiento, se niega a ver los acontecimientos en toda su crudeza. Con ello no justifico la guerra, sólo apelo a la sensibilidad.

La teoría de la sospecha
Mirar con el prisma del rencor es como no mirar, es perder de vista lo obvio, para vestirlo con nuestras propias frustraciones e impotencias. Por esta vía es fácil concluir que los atentados terroristas del 11-S sólo podían ocurrir en Estados Unidos, cuya historia de soberbias y prepotencias lo condenan al repudio generalizado. Pero al pensar así perdemos de vista lo básico: el atentado terrorista fue un atentado contra Occidente, y en ese sentido contra los valores que nos constituyen culturalmente, como la libertad, la igualdad y la tolerancia, así como contra la dignidad humana y los derechos humanos. De ahí precisamente la ironía del rencor: al condenar al otro, al congratularnos hipócritamente por su desgracia, nos negamos a nosotros mismos, negamos los propios principios que nos dan sentido e identidad. Por eso, el resentimiento saca a la luz lo peor de nosotros mismos, la bazofia, la podredumbre humana. Pero esta no es la única lectura miope que ha prosperado a raíz del conflicto del 11-S. A continuación quisiera comentar otras dos que me parecen sumamente peligrosas: la teoría de la conspiración y la teoría del relativismo cultural.

Hasta la fecha, varios años después del atentado, siguen escuchándose por ahí voces que sostienen que no puede descartarse que Estados Unidos, o mejor algún sector políticamente influyente en este país, haya planeado cuidadosamente el atentado con algún objetivo premeditado. Hay quien viste esta interpretación con expresiones más o menos rimbombantes, pero a la larga, retóricas, tales como el “síndrome sacrificial”, que lleva a los imperios en decadencia a sacrificar vidas humanas o a orquestar situaciones límite con el objetivo de buscar un enemigo en quien descargar su furia, y por esta vía repotenciar la economía (una economía de guerra) o revitalizar la simbología en torno a la grandeza del imperio. Obviamente, por esta vía se pueden decir todos los disparates que se quieran; se puede decir, por ejemplo, en el colmo de la insensatez, que fueron las Torres Gemelas las que embistieron a los aviones y no al revés como todo el mundo cree. Especular siempre será más fácil que pensar, pues a la larga no se tiene que demostrar nada, basta atar algunos cabos para afirmar cualquier cosa. Mas cuando a un charlatán se le pide que revele sus fuentes no tiene más remedio que descubrir su engaño.

Pero las teorías de la conspiración no sólo no se sostienen por especulativas sino por sus propios contenidos. Todas ellas se alimentan de una profunda sospecha que les hace dudar de las verdaderas intenciones de cualquier acción. Creen que la perversidad humana es el motor oculto de la historia y que basta escarbar un poco en cualquier hecho para encontrar sus señales. Obviamente, por este camino no hay posibilidad de diálogo, ni de pensamiento, ni de acción. El mundo es una gran conspiración donde los poderosos mueven los hilos a su conveniencia, por lo que los individuos somos sus cautivos. Nada pues, tiene sentido, o mejor, nosotros, la gente común y corriente, no podemos pretender darle sentido a un guión escrito por otros. Vivimos en una gran “matrix” donde hacemos como si vivimos pero en realidad no existimos. Me parece que posiciones de este tipo sólo pueden ser abrazadas por quienes tienen un profundo desprecio por el ciudadano, por la deliberación pública, en suma, por la política, entendida como la posibilidad real de los ciudadanos libres de definir con los demás nuestro presente y nuestro entorno. Las teorías de la conspiración y de la sospecha infinita son por ello teorías antidemocráticas que sólo conducen a defender un individualismo privatista y contemplativo, un individuo refugiado en lo privado, como protegiéndose de un mundo perverso que sólo puede vivirse trágicamente. En suma, una versión más del totalitarismo que da la espalda al individualismo democrático, es decir, a la deliberación pública, a la interacción comunicativa entre individuos iguales (ante la ley) y radicalmente diferentes (en todo lo demás).

El relativismo cultural
Quisiera referirme, por último, a otro tipo de interpretaciones sobre el tema en cuestión y que en buena medida es hermana de las anteriores —o al menos comparte con ellas la antipatía hacia Estados Unidos—. Me refiero al relativismo cultural.

Desde hace ya varios años un concepto ha inundado a las ciencias sociales, el de “multiculturalismo”. En realidad, este concepto surge en la filosofía política anglosajona, en el marco de las teorías comunitaristas, y de ahí ha sido exportado a todas partes. Con esta noción quiere llamarse la atención sobre el crisol de culturas que hoy están presentes en muchos Estados-nación como consecuencia de la globalización y los flujos de migración mundiales. Obviamente, el asunto suscita un sinnúmero de interrogantes a las que la filosofía política, sobre todo en Estados Unidos y Canadá, ha tratado de dar respuesta. Así, por ejemplo, salta inmediatamente el problema de la convivencia multiétnica o el de la alteridad, o sea el reconocimiento del otro o de los otros en sus usos y costumbres particulares, sobre todo de minorías étnicas, en circunstancias en las que estas usanzas entran en contradicción con el techo normativo que define la condición de ciudadanía en una nación. Por esta vía, sobre todo en las múltiples traducciones del tema del multiculturalismo a otras latitudes más allá de sus fronteras de origen, se ha llegado a defender una suerte de relativismo cultural, en mi opinión muy peligroso, según el cual cada cultura es distinta y tiene su propio valor, por lo que bajo ninguna circunstancia se deben cuestionar sus principios articuladores.

Y es aquí donde el multiculturalismo se liga con el tema de la guerra. Algunos críticos de la intervención militar estadounidense y de sus aliados en Afganistán como consecuencia de los actos terroristas que se imputaron a un grupo protegido y alentado por los talibán en ese país, no necesariamente basan su cuestionamiento en un pacifismo irreductible, lo cual hasta cierto punto sería loable, sino en un relativismo cultural absurdo según el cual se ha orquestado en Occidente toda una campaña mediática para desprestigiar las costumbres y las tradiciones del pueblo afgano bajo el régimen talibán. Por este camino se ha llegado incluso a sostener que si Occidente cuestiona el fundamentalismo islámico por atentar contra los derechos humanos o la dignidad humana, Occidente cae invariablemente en lo mismo que critica, es decir, en otro fundamentalismo igualmente peligroso, un fundamentalismo que no acepta la diferencia cultural y sólo reconoce como universalmente válidos sus propios principios articuladores.

Obviamente, por esta vía no hay nada que hacer, es una invitación al inmovilismo. Cualquiera que critique, por citar un ejemplo, la violación de los derechos más elementales de las mujeres en Afganistán o en el mundo islámico (como la obliteración de la que son objeto o el sometimiento que padecen), termina siendo un intolerante, amén de poner en evidencia su excesiva exposición a los medios que han terminado por dictarle irremediablemente lo que debe pensar y creer. No voy a profundizar aquí en el desprecio implícito que este tipo de posiciones tiene hacia los ciudadanos y hacia su capacidad de elección, es decir, de acción política. Me concentraré más bien en un aspecto que me parece sumamente delicado en cualquier discurso relativista: su trasfondo totalitario. Por fortuna, contamos con el excelente libro que sobre el multiculturalismo publicó no hace mucho el conocido politólogo italiano Giovanni Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros (2001), y que nos ofrece algunas claves al respecto.

Sartori nos muestra que lo político tiene que ver ante todo con la experiencia política concreta, con el sentido, o sinsentido, de la polis (sociedad política), con la calidad de la vida ciudadana, con la excelencia de sus habitantes. Por eso, en la experiencia política, hecho e idea son inseparables. No están, por un lado, las ideas y, por otro, los hechos, la vida. La idea está contaminada de experiencia, de vida, y, los hechos, cargados de sentido o sinsentido políticos. El hecho político, el acontecimiento, nos lanza hacia la idea que nos descubre a la sociedad política en su generalidad, en sus principios. Esa idea puede estar en activo, puede contener un principio eficaz de vida, de perfección, de excelencia, pero puede que no. Es posible que los hechos nos lancen al vacío: allí donde no podemos discriminar entre lo bueno y lo malo, lo peor y lo mejor, porque, sencillamente, todo vale. Pero, como argumenta Sartori, si todo vale, nada vale. Lo valioso deja de serlo al instante. De ese relativismo radical se nutre el multiculturalismo.

Este es uno de los problemas capitales de nuestro tiempo, por no decir el problema capital. El trabajo del pensamiento político debería de dirigirse a idear una forma de vida en común, es decir, una ciudad no desgarrada por el dogma relativista. Una ciudad que se reconozca, pues, en la búsqueda de la excelencia; una ciudad que destierre la mediocridad, en favor del trabajo de la inteligencia; el victimismo, en favor de la superación personal; y el estancamiento y autodestrucción, en favor de un horizonte de perfeccionamiento abierto a todos los individuos. Este es el empeño de Sartori.

¿Cuál es entonces la solución multiculturalista? Muy sencilla. Cuanto peor le vaya a la solidaridad democrática, esto es, a la solidaridad basada en una sociedad de individuos libres, mejor le irá a la solidaridad étnica, esto es, a la solidaridad basada en la raza y la religión. No olvidemos que el multiculturalismo es un programa ideológico, cuyo mejor hallazgo es que los problemas de convivencia entre individuos de orígenes culturales diversos, se resuelve concediendo a todos los agraviados por la historia, y a sus culturas de origen, la carta de plena ciudadanía. Sartori nos advierte: si estamos dispuestos a abandonar la tolerancia democrática por la intolerancia multiculturalista, el pluralismo democrático por el totalitarismo multiculturalista, el Estado de derecho y la ley igual para todos por el arbitrio de la tradición o el mandamiento religioso; en una palabra, si estamos dispuestos a abandonar la libertad por la “servidumbre de la etnia”, tendremos que mudarnos de barrio y, quizá, de sociedad.

EN CONTRA DEL PENSAMIENTO ÚNICO
En el apartado anterior expuse lo que a mi juicio eran las peores maneras para acercarnos a un acontecimiento tan complejo como el 11-S, visiones todas que a la larga entorpecen el pensamiento y nos impiden aprehender el hecho en su singularidad. Se trata de lecturas fáciles o viscerales que por desgracia han prosperado entre muchos: el resentimiento hacia el imperio herido, las teorías de la sospecha o de la conspiración y las interpretaciones culturalistas que postulan un relativismo cultural. Para concluir, quisiera exponer ahora lo que a mi juicio podrían ser algunas claves para repensar la guerra en la actualidad.

En primer lugar, habría que subrayar que los atentados terroristas representan un golpe contra todo el mundo que valora la dignidad humana y los derechos humanos. Si Occidente es esa parte del planeta que ha albergado preferentemente esos valores, entonces se ha atentado primordialmente contra Occidente, aunque hoy la aspiración de alcanzar cada vez mayores espacios de libertad y de participación es prácticamente universal, incluso en muchas sociedades islámicas.

En segundo lugar, los actos terroristas del 11-S marcaron el inicio de esta nueva guerra que hoy nos involucra a todos. Fueron los terroristas islámicos y los gobiernos que los protegen, quienes declararon la guerra al mundo, no Estados Unidos y sus aliados en el momento de atacar a Afganistán o Irak. Que la respuesta bélica por parte de Occidente haya sido la más adecuada o eficaz, sólo el tiempo se encargará de determinarlo. Para muchos observadores no era prudente ni estratégicamente adecuado hacer una guerra convencional, es decir, militar, contra un enemigo no convencional, en este caso el terrorismo internacional. Por esta vía, se insistía, es más fácil que los ejércitos aliados se debiliten y desgasten a que alcancen en tiempos razonables sus objetivos concretos. Otros hubieran preferido una estrategia de inteligencia y de presiones y sobornos internacionales, como las que realiza sistemáticamente Estados Unidos en todo el mundo, antes que enfrascarse en un conflicto bélico. Pero independientemente de la estrategia más adecuada para responder al ataque terrorista, una cosa es cierta: el mundo occidental no podía quedarse cruzado de brazos y colocarse a merced de los intolerantes. De ahí que de golpe Occidente tuvo que reconsiderar la dimensión hobbesiana de la política, antes que doblegarse al enemigo.

Más precisamente, a este conflicto hay que verlo sobre todo en su dimensión política, más que llevarlo al terreno de los absolutos morales: un conjunto de terroristas apoyados por gobiernos totalitarios y a partir de una interpretación fundamentalista de los libros sagrados del Corán, decide atacar Occidente en nombre de Alá y decretar el inicio de una guerra santa (Yihad) contra sus enemigos occidentales, empezando por Estados Unidos, el más malo y perverso de todos. Obviamente, en nombre de Dios se pueden cometer los peores atropellos y locuras. No hay escrúpulos ni reservas. De ahí que Occidente no podía más que reaccionar con la misma intensidad a la agresión.

Desde este punto de vista, por último, no se puede descalificar la contraofensiva estadounidense y sus aliados en Afganistán e Irak con argumentos tan endebles del tipo: “aquí se enfrentan dos posiciones fundamentalistas igualmente perversas y extremas: el fundamentalismo islámico y el fundamentalismo norteamericano; uno basado en una interpretación particular de los libros sagrados islámicos, y otro en un concepto de libertad que es convertido en categoría de valor universal”. Lecturas de este tipo me parecen simplemente absurdas. Por mi parte, como un individuo que cree en la democracia y el respeto a los derechos humanos, no estoy dispuesto a que se equiparen mis convicciones con las que profesa un fundamentalista islámico. A favor del “fundamentalismo” occidental habría que argumentar, precisamente, que no posee fundamentos, es decir, que por la vía de los hechos nuestras sociedades están permanentemente revisándose y reinventándose, pues no hay valores dados de una vez y para siempre. En las sociedades democráticas los valores se definen y redefinen continuamente en los espacios públicos, incluido el valor de la libertad. Prueba de ello, como veremos más adelante, son los comicios del 4-N, mediante los cuales Estados Unidos decidió reinventarse como nación. Por todo ello, para fijar una primera posición, prefiero este “fundamentalismo” occidental propio de sociedades democrático-liberales a aquel otro que me dicta lo que debo creer y pensar, propio de sociedades teocráticas. La diferencia es clara: vivir contra los dogmas o vivir de y para los dogmas.

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La fragilidad del orden deseado
La guerra al narco y otras mentiras
En el nombre del pueblo
Por una democracia de calidad
El desafío democrático

LIBROS EN PRENSA
Caja sin pandora
El excepcionalismo mexicano
México en ruinas
Al fondo y a la izquierda
La transición mexicana (10 vols.)
Dos ensayos sobre el mexicano
La modernidad exhausta
La nueva democracia en América
Decálogos Heréticos

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