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En la competencia o carrera por hacerse de un nombre en el diminuto medio intelectual mexicano se da por sentado que es imprescindible publicar artículos en las revistas culturales más conocidas o de mayor circulación en el país. Sin embargo, cualquiera sabe que dichas revistas, amén de escasas, están controladas por grupos o feudos intelectuales cerrados e impermeables, lo que las hace inaccesibles o inalcanzables para la mayoría de los autores, independientemente de sus talentos y buenos oficios. Hasta cierto punto es normal que así sea, pues todos los proyectos culturales son ante todo iniciativas de particulares que están en todo su derecho de imprimir a los mismos su propio sesgo o preferencias. Toca pues, a los interesados esforzarse para congraciarse con ellos y ver cristalizados sus sueños de escribir en sus páginas. El problema es que ello no puede (o no debería) hacerse al margen de ciertas consideraciones de orden profesional, ideológico y hasta moral, si es que nos queda a los escritores algo de integridad y honestidad o le damos algún valor a las convicciones o a la congruencia.

¿De qué revistas estamos hablando? Por increíble que parezca, no más de cinco. En primer lugar están las revistas culturales más famosas: Nexos, Letras libres y Este País; después incluirá a Proceso, el semanario político-periodístico de mayor circulación; y finalmente a la Revista de la Universidad de México, que aunque carezca de los tirajes o el impacto de aquéllas, sigue siendo un referente cultural del país. Después le sigue una lista interminable de revistas de todo tipo francamente irrelevantes. Algunas pueden incluso tener muchos lectores, como Contenido, Impacto o Selecciones, pero no pasa nada con ellas. Otras pretenden hacerle la competencia a Proceso pero siempre fracasan, como Vértigo, Milenio Semanal, Cambio, Siempre!, entre muchas otras. Finalmente están todas aquellas que se mueven entre la academia y la cultura y que simplemente no tienen ningún impacto, como Crítica, Tierra Adentro, La Tempestad, Foraing Affairs en español, etcétera. Es decir que la agenda cultural en nuestro país está definida por tan sólo cinco revistas (o grupos intelectuales), una verdadera pena considerando que somos un país de 120 millones de habitantes o la heterogeneidad de nuestra sociedad. No es este el lugar para desentrañar las razones de esta pasmosa concentración de la cultura en México. Sólo me interesa el dato como un punto de partida para responder a la interrogante que me he colocado al inicio.

Queda claro que si la cultura en México pasa por cinco revistas, publicar en alguna de ellas constituye un escaparate invaluable para cualquier autor, sea académico o escritor. El simple hecho de figurar en sus páginas catapulta a un autor y lo convierte en parte de las élites intelectuales del país. De ahí que sea altamente valorado figurar en ellas. En esa lógica, pocos se cuestionan la ideología de esas revistas, los desvaríos de su pasado, la autoridad moral o intelectual de sus directivos, la congruencia de sus contenidos, los propósitos de la misma o su contribución real a la cultura del país. Lo importante para la mayoría de los autores es publicar en ellas sin ningún reparo, lo cual también es lógico, considerando que son pocas las opciones para trascender. No está dicho que un autor no pueda proyectarse sin escribir en ellas, pues el talento, cuando es genuino, siempre se abre paso, pero sí que el camino para lograrlo es más arduo y azaroso, amén de que muchas veces se queda truncado por falta de oportunidades.

Ante el peso de las circunstancias, poner reparos a la posibilidad de publicar en estas revistas no sólo resulta ocioso en el medio intelectual, sino hasta obsoleto, pues a estas alturas sólo un “desubicado” como yo apelaría a criterios de orden moral o de congruencia para negarse a publicar en alguna de ellas. Claro está que esto no aplica a todas o aplica con distinta magnitud. No es lo mismo, por ejemplo, publicar en Nexos que en la Revista de la Universidad de México. De hecho, como veremos, mis principales reservas están precisamente con Nexos.

Cada una de las revistas mencionadas tiene una historia pública y otra igualmente conocida pero soterrada. Algunas tienen un historial de décadas y otras se posicionaron más recientemente, algunas abrazan abiertamente una ideología explícita y otras se conciben como más plurales, algunas han sufrido muchas metamorfosis y otras han permanecido fieles a su idea germinal, pero todas ellas han sabido mantenerse y adaptarse a los desafíos de su tiempo y entre todas monopolizan buena parte del quehacer cultural del país, ya sea definiendo la agenda cultural o concentrando en sus manos los canales de acceso y promoción de autores y escritores. Como ya se dijo, estas revistas funcionan como auténticos cotos de poder intelectual y contrariamente a lo que pudiera pensarse no debaten entre ellas, pues prefieren evitar una confrontación que las vulnere o desgaste innecesariamente; es decir, estas revistas son culpables en buena medida de que el debate intelectual y la crítica no sean prácticas apreciadas o cultivadas en el medio.

Con todo, haciendo un somero balance de ellas, le reconozco méritos a la revista Letras Libres, por mantener viva una tradición de pensamiento liberal en México, ofreciendo siempre contenidos de calidad, pese a su elitismo exacerbado y blindado o las inconsistencias de su director, el historiador Enrique Krauze, muchas veces señalado por sus vínculos muy convenientes con el poder político o desacreditado por sus colegas por ser un carnicero de la historia. De la revista Este País habría que resaltar su tesón para mantenerse, pese a permanecer en la cuerda floja en varias ocasiones. Más allá de estos imponderables, Este País ha sido fiel a su idea de monitorear el país con análisis y datos duros. Si acaso le cuestionaría su incapacidad para renovarse y oxigenar a su cartera de consejeros y colaboradores, que son los autores y escritores de siempre que figuran en todos lados. De la excelente Revista de la Universidad de México sólo objetaría su incapacidad para salir a la calle y conquistar al gran público, por permanecer atrapada en esquemas francamente rebasados y muy acartonados de lo cultural, aunque sería un despropósito no reconocer que en sus páginas siempre ha habido espacio para todas las corrientes y opiniones. La revista Proceso, por su parte, se cuece aparte. Es tan cerrada y elitista como las demás, pero ofrece información que no se encuentra en ningún otro lado, aunque siempre con ese tono amarillista que la caracteriza. Si acaso percibo que el espíritu crítico y propositivo que le imprimió su fundador Julio Scherer se ha venido relajando en los últimos años, al admitir en sus páginas a intelectuales muy mediáticos pero insustanciales como Denise Dresser. En cuanto a la revista Nexos, el pretexto de estas notas, amerita un comentario más puntual.

La revista Nexos apareció en 1978 bajo los impulsos del historiador Enrique Florescano, a los que se sumaron después otros intelectuales como Carlos Pereyra y Héctor Aguilar Camín. En esos años, la ideología marxista o de izquierda predominaba en los ámbitos académicos y culturales, y Nexos no fue la excepción. Desde la Academia, el filósofo marxista Pereyra había aglutinado a un grupo de discípulos jóvenes y entusiastas que hicieron sus pininos en la revista. Sin embargo, conforme la influencia de Nexos crecía sus integrantes vieron la posibilidad de convertirse en un grupo intelectual con proyección política. En esa perspectiva, la crítica independiente al autoritarismo del viejo régimen cultivada durante sus primeros años de existencia, fue desdibujándose paulatinamente hasta convertir a Nexos, a fines de los ochenta, en un híbrido donde al tiempo que se elogiaba al presidente Salinas de Gortari se empleaba un tono pseudocrítico en los artículos. De hecho, una vez fallecido Pereyra en 1989, quien fue el reservorio moral e ideológico del proyecto, la revista fue dominada por Aguilar Camín, quien no dudó en convertirla en un apéndice del gobierno de Salinas de Gortari a cambio de grandes apoyos y prebendas oficiales. Son éstos los años en que Nexos dio el salto de calidad que le faltaba para posicionarse en el mercado, aunque el costo fue sacrificar su independencia y credibilidad.

Obviamente, Nexos trató de ocultar o matizar a toda costa su fructífero maridaje con Salinas de Gortari por dos vías: hacia dentro del grupo, haciendo creer a sus miembros que este acercamiento con el gobierno era tan sólo estratégico para poder apuntalar al colectivo y proyectarlo en el futuro a posiciones de poder que le permitieran llevar adelante sus genuinas convicciones políticas o ideológicas; y hacia fuera, manteniendo un tono lo suficientemente crítico como para tratar de despistar a los lectores que trabajosamente había conquistado hasta entonces. Huelga decir que ambas tentativas fracasaron. Por una parte, la idea de contribuir a la “transformación” del país desde dentro, o sea colaborando con el régimen, muy pronto se derrumbó, no sólo porque el de Salinas de Gortari fue el gobierno más antidemocrático de todos, sino porque al final del sexenio la prensa filtró la información de los millonarios pagos que recibió Aguilar Camín por los favores prestados al presidente. Por la otra, muchos lectores le dieron la espalda a la revista a la luz de los escándalos referidos. En esta historia, los intelectuales de Nexos estaban tan enlodados que limpiar su imagen resultaba inútil. Por eso, prefirieron jugar a la desmemoria, sin necesidad de romper el vínculo con las autoridades que tan buenos dividendos económicos les había permitido. Asimismo, para neutralizar en parte el descrédito, la revista le dio más juego a las generaciones emergentes bajo la premisa de que había llegado la hora de un recambio generacional. Así, a fines de los noventa, a los nombres de José Woldenberg, Trejo Delarbre, Rolando Cordera, Luis Salazar, se sumaron los de Ricardo Becerra, Jorge Javier Romero, José Antonio Aguilar, entre otros, para oxigenar la revista. Pero esto ha sido sólo aparente, pues Aguilar Camín nunca ha perdido el control de la misma, al grado que hoy ocupa nuevamente la dirección. Huelga decir que gracias a Nexos, Aguilar Camín se ha convertido en un auténtico mandarín de la cultura, un cacique cultural antediluviano, oportunista y cínico, que detenta un enorme poder e influencia en el medio, pese a la consabida mediocridad de su obra intelectual. Si en los ochenta y noventa, Aguilar Camín se equivocó al creer que podía cruzar el pantano sin ensuciarse las alas, supo después regresar por sus fueros. Para ello, amplió el consejo editorial, lo hizo más plural, y por esa vía renovó su sequito de incondicionales y arrastrados, al tiempo que lograba para sí su condición de intocable, según las viejas reglas serviles del elogio a cambio de promoción y proyección.

En suma, Nexos representa mejor que ninguna otra revista toda la podredumbre del medio cultural en México, con sus privilegios y lealtades, con sus prebendas y glorificaciones, con sus oscuridades y vanidades. No dudo que para muchos autores esto es pecata minuta, con tal de figurar en sus páginas y proyectar sus carreras, pero para otros —espero no ser el único—, sería convalidar la podredumbre que representa, hacerle el juego hipócritamente a sus inflados mandarines, traicionar valores como la congruencia y la integridad, y volverse cómplice de la parálisis intelectual que alimentan. Que algunas veces, muy pocas por cierto, esta revista haya ofrecido contenidos y autores originales y novedosos, no alcanza para redimirla de sus excesos y poquedad. Por todo ello, amén de que ellos nunca me invitarían, yo nunca escribiría en Nexos. Prefiero permanecer en los márgenes, pero con independencia, que en los reflectores, pero arrastrado y servil.

 

 

Primicia del libro de C. Cansino, Caja sin Pandora. La clausura del saber en la Universidad (México, Debate, en prensa, cap. 3)*

 
La presión trepadora desemboca en el ascenso de los mediocres […]. Se supone que el darwinismo ferozmente competitivo debería entronizar a los excelentes, no a los incompetentes. Pero las carreras trepadoras están llenas de pruebas supuestamente objetivas cuyos resultados no se miden tan fácilmente […]. Evaluar a una persona para un puesto o premio, evaluar la importancia de una obra, no puede ser exacto. Si, para evitar la discusión, todo se reduce a mediciones mecánicas, el resultado es absurdo. El candidato con más puntos puede ser un mediocre […]. La competencia trepadora no siempre favorece al más competente en esto o en aquello, sino al más competente en competir, acomodarse, administrar sus relaciones públicas, modelarse a sí mismo como producto deseable, pasar exámenes, ganar puntos, descarrilar a los competidores, seducir o presionar a los jurados, conseguir el micrófono y los reflectores, hacerse popular […]. La selección natural en el trepadero favorece el ascenso de una nueva especie darwiniana: el mediocris habilis.

Gabriel Zaid[1]

 I

Nunca las ciencias sociales y las humanidades en México[2] habían producido más obras, más libros, más artículos y más investigaciones de todo tipo como en la actualidad; nunca como ahora las editoriales universitarias le habían dado tanto espacio en sus acervos a la producción proveniente de las ciencias sociales y las humanidades; nunca como ahora habían existido tantos apoyos y recursos estatales para que los investigadores en estas áreas pudieran divulgar sus obras… y nunca como ahora se había publicado tanta chatarra como la que se atreve a publicar la inmensa mayoría de los científicos sociales y humanistas mexicanos, aunque nadie lo reconozca. En efecto, la producción de libros y artículos especializados en ciencias sociales y humanidades parece en la actualidad incontenible, pero muy poco de lo mucho que se publica, si acaso un modesto uno o dos por ciento, es digno de ser publicado, muy poco posee los mínimos indispensables de calidad y rigor como para ir a la imprenta, y muy poco califica como investigación especializada o como contribución original al avance del conocimiento en las ciencias sociales y las humanidades. Lejos de ello, las librerías universitarias y no universitarias están atestadas de libros y revistas especializadas que a nadie le interesan y que nadie compra, a no ser sus autores, libros insulsos y grises cuya única función es garantizar la promoción de sus autores como investigadores en el escalafón de sus respectivas universidades o en alguno de los diversos programas de estímulos a la investigación científica creados al cobijo del Estado, como el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) o el Programa de Mejoramiento del Profesorado (PROMEP).

Como académico con muchos años de experiencia, he podido constatar con tristeza el terrible deterioro que han mostrado las ciencias sociales y las humanidades en el país. A estas alturas he visto de todo: libros colectivos integrados con las versiones estenográficas de las ponencias de un coloquio o seminario; libros de investigadores que sus propios autores se encargan de desaparecer del mercado por vergüenza de lo malos que son; refritos de un libro o un artículo al que su autor sólo le cambia el título o algún capítulo; libros y revistas especializadas ilegibles, plagados de faltas de ortografía, publicados sin el menor respeto por las reglas del estilo y la redacción; libros colectivos de varios artículos sin un eje temático definido que justifique su integración en el mismo volumen; libros y libros que sólo valen por el papel en que están impresos, una vergüenza para todas las editoriales universitarias y muchas no universitarias que con tal de hacer negocio con los investigadores ávidos de publicar le ponen su sello a auténticas baratijas. En ningún caso aplica mejor que en éste la sentencia de que la cantidad arruina la calidad. La actual inflación de libros y artículos especializados en ciencias sociales y humanidades es directamente proporcional a la contracción de las ideas y la ética científica o intelectual. Quizá en el pasado había también pocos trabajos rescatables en las imprentas universitarias, pues los criterios para publicar en ellas, salvo raras excepciones, han sido casi siempre extraacadémicos (relaciones de los investigadores con los directivos universitarios, influencias, palancas, padrinazgos intelectuales, etcétera),[3] pero la abrumadora abundancia de bazofia académica que se publica en la actualidad ha eclipsado los excesos y displicencias que pudieron haberse cometido en otros tiempos. Hoy cualquier investigador puede publicar un libro o artículo en la casa editorial o en las revistas especializadas de su universidad o de otras universidades, con o sin influencias en su medio, con tal de que disponga de los recursos para publicarlo gracias al apoyo otorgado por el Estado, a través del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) o el PROMEP, con la consabida leyenda: “Este trabajo es parte de las actividades realizadas por el Cuerpo Académico tal y se publica con el respaldo de la partida tal…” En suma, nunca como ahora las ciencias sociales y las humanidades en México habían estado peor, tan visiblemente huérfanas de talento y calidad, sin una competencia sana que se traduzca en un real avance científico o humanístico, absolutamente desacreditadas como sus propios cultivadores, auténticos buscadores de “puntos” para promoverse en un medio cada vez más poblado y mediocre y donde todos hacen lo mismo para asegurar su porvenir y seguir viviendo de la academia. Todo ello sin mencionar que las ciencias sociales en general acusan una grave crisis producto de sus propias contradicciones y limitaciones para ofrecer con los métodos existentes saberes realmente científicos.[4] Y por si fuera poco, tampoco es un secreto para nadie que los títulos universitarios se han devaluado enormemente porque cada vez se otorgan de manera más discrecional, flexible y arbitraria, ya sea porque se ha suprimido como requisito la elaboración de tesis o porque los programas educativos, sobre todo los de posgrado, conceden los títulos sin ton ni son con tal de demostrar que cumplen con lo que se ha dado en llamar “eficiencia terminal”, que es un requisito para que dichos programas puedan seguir usufructuando recursos del CONACYT. En efecto, hoy cualquiera puede obtener un Doctorado, basta cursar los créditos respectivos y presentar una monografía o una tesina.

Pero, ¿cómo se ha llegado a esta situación de indefensión en las ciencias sociales y las humanidades en México?, ¿qué explica esta suerte de “chatarrización” sin precedentes en la producción científico social y humanística?, ¿por qué se ha dejado crecer sin control ni medida la mediocridad y la deshonestidad académica en las escuelas y facultades de ciencias sociales y de humanidades en el país? En mi opinión, como trataré de explicar en este ensayo, la respuesta hay que buscarla en el propio sistema de recompensas diseñado y puesto en marcha por el Estado mexicano para estimular la investigación científica y humanística, una política en el campo del desarrollo científico mal concebida e instrumentada que en los últimos treinta años en lugar de promover la investigación de excelencia ha propiciado la sobreproducción, pero de libros y artículos inútiles e insustanciales. Estamos pues, en presencia de una paradoja: la estrategia estatal para estimular la investigación científica, no obstante los recursos destinados al efecto (por lo demás siempre insuficientes), en lugar de lograr su cometido, lo ha inhibido por completo, generando todo tipo de simulaciones y perversiones en lo que a la investigación en ciencias sociales y las humanidades se refiere, una situación por lo demás muy cómoda para los miles de investigadores en estos campos del conocimiento, que con el tiempo han aprendido muy bien a sustituir la investigación seria, esforzada, profesional y de largo aliento, por rollos y maquinazos rústicos y aburridos, un juego perverso al que todos se acomodan y que nadie cuestiona porque siempre será más fácil vivir de la mediocridad que de la exigencia.

Por lo que concierne a este ensayo, me referiré exclusivamente a las ciencias sociales y a las humanidades en México, pues la problemática de las ciencias exactas, igualmente sumidas en el abandono y el retraso en nuestras universidades, es de otro tipo. En este caso, la producción científica tiene sus propias reglas y los resultados de investigación alcanzados sólo cuentan si se publican en las revistas especializadas con reconocimiento internacional en cada disciplina. Aquí la producción no puede ser por definición abundante sino selectiva. Ningún resultado de investigación en el campo de la neurofisiología en México, por poner un ejemplo cualquiera, tendrá valor científico si no aparece publicado en The Journal of Neurophysiology, la revista más reconocida mundialmente en el campo. Todo lo que un neurofisiólogo publique en otro lado no será más que divulgación científica, no investigación original. El problema aquí es que los investigadores en ciencias exactas en países subdesarrollados como el nuestro simplemente no pueden competir con sus pares en los países desarrollados, que les llevan años luz de ventaja. Dicho en otras palabras, los países pobres no producen Premios Nobel en ciencias duras, salvo quizá alguna muy rara excepción. Y pese a que no podemos meter en el mismo saco a las ciencias sociales y a las ciencias exactas, también estas últimas han sido víctimas a su modo del modelo de desarrollo científico estatal, pues los físicos, los biólogos, los químicos y demás científicos duros de nuestro país también han debido subirse al tren de la “puntitis”, publicando a diestra y siniestra, haciendo pasar por investigación científica lo que en realidad es, por las razones apuntadas, mera divulgación de la ciencia, lo cual no deja de ser un derrotero poco estimulante para un investigador científicamente correcto. Obviamente, los mejores talentos, los más honestos, pasarán a engrosar las filas de los cerebros fugados, o sea migrarán a las universidades estadounidenses o europeas. Un desenlace igualmente paradójico de un programa estatal de promoción científica que se propone precisamente retener en el país a nuestros cerebros. Por lo demás, no es casual que en el programa estatal de estímulos a los investigadores del país, el SNI, los investigadores de ciencias sociales y humanidades casi doblen en número a los de las ciencias exactas. Prueba más que evidente de la inflación irracional de las primeras y de la penuria estructural de las segundas.

 II

Hay una realidad que ya no puede ocultarse o minimizarse so riesgo de seguir alimentando un engaño con graves consecuencias para el desarrollo científico en el país. El sistema estatal de promoción de la ciencia en México no sólo ha sido insuficiente sino también contraproducente en relación con sus propios objetivos. Tal y como está concebido, promueve más la mediocridad que la excelencia, más la simulación que la honestidad, más la fuga de cerebros que su retención en el país. La situación ha llegado a niveles tan alarmantes que si no se corrige la estrategia cuanto antes la ciencia y la tecnología nacionales en lugar de coadyuvar al desarrollo de nuestro país serán un reflejo más del desastre y la ruina que hoy padecemos en todos los ámbitos. Para empezar, las estrategias y los programas oficiales de desarrollo científico deben distinguir de manera neta entre las ciencias sociales y las humanidades, por una parte, y las ciencias exactas, por la otra. Los criterios para calificar las aportaciones de los investigadores de unas y otras no pueden ser asimilados. De hecho, colocarlas en el mismo saco es uno de los peores errores cometidos por el SNI y que explica en buena medida los resultados descritos antes.

No voy a entrar aquí a discutir el carácter de cientificidad de las ciencias sociales ni cuál de ellas se ha aproximado o se ha alejado más en los hechos del canon de cientificidad dominante. Para mis fines me basta apuntar que las ciencias sociales en general no han alcanzado aún la “normalidad” que sí han conquistado las ciencias exactas,[5] lo cual se traduce en una pluralidad de paradigmas, enfoques y corrientes en disputa en el seno de cada disciplina social, donde lo que es metodológicamente correcto para algunos es incorrecto para otros. Todo ello se ha traducido en una producción incontenible de investigaciones y obras, sin contar con un rasero compartido por todos para medir su pertinencia metodológica y heurística, por no decir científica. Y con todo, hay obras en el campo de las ciencias sociales que trascienden y otras con las que no pasa nada, lo cual depende del rigor y la seriedad con la que fueron producidas o de la originalidad de sus planteamientos, independientemente del paradigma o la corriente en la que se mueven sus autores. Con ello quiero destacar el hecho de que una política institucional eficaz de promoción de las ciencias sociales lo que debe apoyar, estimular y calificar es la calidad y nunca la cantidad. De nada sirve publicar cinco libros y diez artículos al año si con ellos no pasa absolutamente nada, si no aportan nada relevante para la comunidad de pares. Lo mismo vale para las obras en el campo de las humanidades. Ahora bien, la calidad de una obra de ciencias sociales, por la pluralidad teórica que les es inherente, no puede establecerse en apego a un único criterio de cientificidad con el que comulgan los responsables de calificarla, pues sería un proceso a todos luces arbitrario. Lejos de ello, el mejor criterio es establecer con objetividad si la obra en cuestión ha sido influyente en su campo, si ha sido apreciada por sus pares tanto nacionales como en otros países, si se ha discutido con profusión, si ha sido premiada, si se ha publicado en una editorial seria, de preferencia no universitaria, si ha circulado abundantemente tanto en el país como en el extranjero, si se ha reseñado, si se ha traducido a otros idiomas, etcétera. Aunado a ello, dado que las ciencias sociales atienden o se proponen atender cuestiones que atañen directa o indirectamente a las sociedades actuales, debe ponderarse si las obras en cuestión han traspasado los muros de la universidad y han interesado a un público no lego, lo cual es una virtud que los científicos sociales deberían cultivar más de lo que lo hacen ahora, o sea escribir sus obras de manera clara, fluida y amena. En suma, lo que debe calificarse más que otra cosa es si la obra de un investigador se discute, o sea genera debate, modifica percepciones sobre los asuntos abordados, genera opinión pública, trasciende socialmente, algo muy distinto que en el caso de las ciencias exactas, donde lo que se califica es exclusivamente la contribución científica. Más específicamente, en las ciencias sociales y las humanidades la calidad de una obra no puede establecerse exclusivamente por su mayor o menor apego a los paradigmas científicos dominantes o de moda, lo cual siempre será arbitrario y subjetivo, sino por su mayor o menor trascendencia tanto para los pares como para la sociedad. De algún modo la obra escrita de los científicos sociales y los humanistas puede equipararse a la de los artistas, es decir, una obra es exitosa si logra colocarse en el gusto del público. Lo mismo vale para una canción, una novela, una obra de teatro o un libro especializado. En las ciencias sociales y las humanidades no caben o no deberían caber argumentos en defensa de un elitismo intelectual mal entendido, como decir que la ciencia es sólo para iniciados, por lo que sus cultivadores no deben preocuparse por trascender socialmente. Si los grandes científicos sociales, como Habermas, Adorno, Sartori, Dahl, Easton, Benjamin, Hirschman, Sen, y tantos otros, alcanzaron notoriedad mundial no es porque escribieron para públicos cautivos sino para públicos más amplios, no es exclusivamente por el rigor científico de sus obras sino por la originalidad y repercusión de sus ideas y planteamientos. Se puede ser más o menos riguroso en el empleo de los métodos de búsqueda de conocimientos, pero al final lo que crea escuela y discípulos son las propuestas y soluciones, la claridad argumentativa y la congruencia de los autores. Es el público en general, más que los iniciados, los que conceden y quitan autoridad intelectual y moral a los académicos, una lección nada despreciable para los investigadores empeñados en instalarse en su torre de marfil sin conexión con el mundo real, enclaustrados en sus cubículos como monjas, refugiados en sus elucubraciones hiperespecializadas que a nadie interesan. La ciencia social es social o no es, y las humanidades son humanas o no son.

Por otra parte, debe calificarse la congruencia de una obra, pues hacer pasar un trabajo como científico sin serlo en realidad es una simulación inaceptable. No basta con citar autores, plantear una hipótesis o presentar un marco teórico para que una obra sea científica. De hecho, este es un mal muy frecuente entre los científicos sociales obligados a barnizar sus obras de cientificidad aunque no hayan conducido ninguna investigación empírica rigurosa. Es mejor establecer claramente si una obra es un ensayo, lo cual no le resta mérito alguno, en lugar de revestirla de una cientificidad que no posee. Por lo demás, si lo que los investigadores presentan son resultados de investigaciones científicas empíricas, lo que deberá calificarse es la pertinencia en el empleo de los métodos y la formulación de las hipótesis, la congruencia con la que se mueven en el paradigma teórico de su elección. Pero aun en este caso no puede subestimarse la trascendencia de la obra más allá de los pocos expertos que además de ellos trabajan el tema investigado. Si en las ciencias exactas la especialización ha sido una condición sine qua non para el avance científico, en las ciencias sociales puede conducir a la irrelevancia y la parcialidad, cuestiones muy destacadas por quienes han analizado la crisis actual de las ciencias sociales.[6]

En esta misma línea, publicar artículos en revistas especializadas no debe ser un factor determinante a la hora de calificar la producción de los científicos sociales y los humanistas, no al menos como en el caso de los investigadores de las ciencias exactas, donde una publicación en el Journal más reconocido de su especialidad vale más que cien libros. En las ciencias sociales, por el contrario, los artículos publicados en revistas especializadas no trascienden como los libros, en parte porque tienen una circulación restringida o porque no se consumen más que por los propios especialistas. De hecho, en la mayoría de los casos, las revistas especializadas, por más reconocimiento que tengan, sólo sirven para abultar los curricula de los investigadores y para que estos obtengan puntos para su promoción, pues su receptividad es limitada y prácticamente no se discuten. Además, las revistas especializadas en México, sobre todo las que tienen reconocimiento oficial en el padrón de revistas científicas del CONACYT, se han convertido en auténticos feudos o cotos de poder académico donde siempre publican los mismos autores mediante criterios más de lealtad o de identificación de grupo que de calidad o de rigor.[7] La discrecionalidad con la que se integran los contenidos de estas revistas es tal que nadie confía en sus supuestos niveles de exigencia, como la existencia de arbitrajes neutrales o su cacareada inclusión en los índices internacionales de revistas científicas. Más aún, dada la poca o nula repercusión que tienen, a veces resulta más fructífero para los investigadores publicar sus artículos en revistas no especializadas pero de amplia circulación, revistas totalmente demonizadas o descalificadas por los puristas de la ciencia, quienes se refieren a ellas como publicaciones no académicas y de divulgación. Claro está que si lo que contara realmente es, como debe ser en las ciencias sociales y las humanidades, la repercusión social del trabajo de los investigadores, publicar en estas revistas tan estigmatizadas resulta más gratificante que hacerlo en las elitistas que nadie lee. En virtud de ello, esta diferenciación excluyente y discriminatoria entre artículos publicados en revistas especializadas y los publicados en revistas no especializadas pero masivas no se sostiene a la hora de calificar las publicaciones de los investigadores, sobre todo en las ciencias sociales y las humanidades, pues con frecuencia tiene más mérito publicar en las segundas en lugar de las primeras.[8] Obviamente, eso no significa que publicar artículos en las mejores revistas internacionales especializadas, o sea en revistas no mexicanas inmunes a las perversiones de nuestra maltrecha y contaminada academia, no tenga su mérito. De hecho, dichas revistas —un puñado en cada disciplina social o humanística— tienen niveles de exigencia tan altos que publicar en ellas es un auténtico triunfo y una garantía de que el trabajo publicado en sus páginas es original y valioso. Pero siendo realistas, un científico social sólo podrá publicar, si bien le va, uno o quizá dos artículos al año en revistas especializadas tan prestigiosas. Por lo que, de nuevo, es la calidad y no la cantidad lo que cuenta. Además, la inflación de revistas especializadas no es exclusiva de nuestro país. En todas partes existen revistas igualmente irrelevantes e intrascendentes como las nuestras. Saber discernir entre las revistas de excelencia y las mediocres debe ser pues, el criterio para calificar los artículos que ahí aparecen.

Llegados a este punto es posible hacer una primera recomendación para calificar los productos de investigación en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, y de paso revertir la tendencia dominante de publicación indiscriminada de libros y artículos chatarra. En su evaluación periódica ante el SNI o el PROMEP el investigador podrá reportar cuantas obras quiera pero deberá seleccionar sólo una (libro o artículo) con la que quiera ser evaluado, la que considere fue más influyente en su campo o la más rigurosa y seria producida durante el tiempo en revisión o la que recibió algún o algunos premios o reconocimientos. De entrada, quedan descartados las compilaciones de libros colectivos o los artículos publicados en libros colectivos, pues casi siempre se trata de volúmenes que no aportan nada destinados a inflar el curriculum de sus autores. Es más, ironizando un poco, quien presente obras de este tipo para demostrar su producción científica, debería ser expulsado en automático del SNI. Lo mismo vale para libros o volúmenes colectivos publicados con el auspicio del CONACYT o el PROMEP mediante recursos destinados a los así llamados “Cuerpos Académicos” (CA), una autentica aberración de la que hay que desconfiar, pues esta figura de pésimo gusto, como veremos más adelante, sólo ha alentado la formación de redes de investigadores cuyo único objetivo es publicar cuantas cosas se les ocurra a sus integrantes con el objetivo de promoverse en los escalafones establecidos. Aquí la calidad de las obras es lo que menos cuenta. De igual modo, habrá que reprobar todas las obras que se sometan a evaluación publicadas por imprentas universitarias, tanto públicas como privadas, o que sean publicadas por sellos comerciales en coedición con una universidad, pues si alguien ha alentado la mediocridad en la producción científica y humanística son precisamente las editoriales universitarias.[9] El desprestigio de las imprentas universitarias es tal que sólo con una medida drástica como ésta se puede revertir esta tendencia y obligarlas a ser más responsables y exigentes a la hora de publicar las obras de sus investigadores. Lo mismo vale para todas las tesis que se convierten en libros, pues salvo escasas excepciones, se trata de investigaciones elaboradas para cubrir un requisito formal, no de obras cuyo fin es el avance científico per se. Finalmente, habrá que reprobar también todos los libros que presenten los investigadores publicados en editoriales apócrifas que publican por pedido y a cuenta de los propios autores, pues estas obras, no pasan ningún control. De hecho, cada vez es más frecuente que los académicos publiquen por esta vía sus obras, o sea en ediciones que ellos mismos pagan, y que obliguen a sus alumnos a comprarlos para recuperar la inversión que hicieron. A estos académicos oportunistas y vividores habría que expulsarlos de por vida del SNI. La lista de editoriales fantasma de este tipo es inmensa, pero cualquiera puede identificarlas sin dificultad.[10] En suma, publicar libros de investigación no puede ser una prerrogativa exclusiva de los propios investigadores capaces de allegarse de recursos por los canales institucionales que hoy existen, sino un desafío, pues las editoriales comerciales serias y responsables también se verían obligadas a publicar sólo aquellos trabajos que conjugan calidad y novedad, o sea que sean originales y económicamente rentables, que despierten el interés del público en general y tengan mercado.[11]

Con este criterio de evaluación se desalienta entonces, la dinámica dominante de publicar por publicar para dar paso a la publicación exclusivamente de trabajos de calidad. Además, facilita la tarea de los evaluadores, quienes deberán concentrarse en una sola obra de cada investigador y no en cientos de publicaciones que nunca podrán leer a profundidad. Sería recomendable, asimismo, que el investigador evaluado se entreviste con el comité que lo evalúa para hablar personalmente de la obra que presentó y responda a las inquietudes que surjan, siempre y cuando, como veremos más adelante, se depuren las reglas de integración de dichos comités, los cuales están atravesados en la actualidad por todo tipo de suspicacias. Asimismo, por esta vía se revaloraría el trabajo científico y se depuraría el SNI de académicos oportunistas e inescrupulosos. A la larga, sólo los investigadores cuya obra trascienda y alcance reconocimiento nacional e internacional tendrían cabida en los programas oficiales de estímulos, lo que obligaría a los mismos a colocarse metas más exigentes que las que hoy tienen, a ser más competitivos, y a ser más selectivos a la hora de escoger donde publicar sus obras. No hay que olvidar que el sistema educativo, en general, y el subsistema científico, en particular, son por definición selectivos. Sólo los más capaces, los que demuestren suficiencia y calidad, pueden aspirar a permanecer en él. Suponer lo contrario sólo alienta la mediocridad y la irrelevancia que hoy nos ahoga.

III

En todo caso, lo que los sistemas de estímulos a los investigadores deben premiar o castigar periódicamente es ante todo la calidad de la investigación, o sea la obra escrita. Todo lo demás que hoy se considera consustancial al trabajo académico sólo puede ponderarse de manera complementaria y opcional, como asesorar tesis, coordinar equipos de investigación, impartir conferencias, organizar simposia y seminarios, formar redes de investigadores, pertenecer a CA, asistir a congresos, etcétera. De hecho, al igual que la displicencia con la que se aceptan obras chatarra en las evaluaciones de los investigadores, considerar estos aspectos secundarios a la hora de calificar el trabajo de los investigadores ha conducido a todo tipo de perversiones y simulaciones insostenibles, o sea que ha contribuido al profundo deterioro que hoy acusan las ciencias sociales y las humanidades en México. Para entendernos, pondré a continuación algunos ejemplos.

No cabe duda que asesorar una tesis es una gran responsabilidad para cualquier investigador, de una buena asesoría depende muchas veces que el producto del tesista sea relevante para la disciplina y se generen sinergias de trabajo en el futuro. Sin embargo, esta mística de la asesoría profesional de tesis se ha perdido por completo en los años recientes. Contaminada por las exigencias de la eficiencia terminal, la gran mayoría de los programas de posgrado promueven la titulación expedita sobre la calidad de las tesis. La consigna es titular a cuantos pasantes se pueda sin reparar en el rigor y la originalidad de las tesis presentadas. Así, me ha tocado ver académicos que dirigen semestralmente treinta tesis de posgrado y que todos se titulan con ellas en menos de un año, he visto tesis verdaderamente ilegibles, plagadas de errores de contenido y de estilo pero que alcanzaron honores, he visto tesis de doctorado tan elementales que una monografía escolar de preparatoria resulta infinitamente superior, he visto tesis que constituyen auténticos plagios de otras obras o tesis, y que son aprobadas sin el menor rubor, he visto como los coordinadores de un posgrado les sugieren a los egresados rezagados de su programa que contraten los servicios de un despacho profesional que se ocupa precisamente de ¡hacer tesis! por módicas sumas, mismos que han proliferado de manera incontrolada en todo el país. En casos extremos, cuando la permanencia de un posgrado en el Programa Nacional de Posgrado (PNP) del CONACYT depende de la eficiencia terminal, he visto titulaciones masivas de toda una generación con auténticas monografías escolares, he visto situaciones en las que el propio posgrado le otorga al estudiante becas muy cuantiosas con tal de que termine su tesis en tres meses, he visto como un jurado se traslada al lugar de residencia del tesista con tal de que haga su examen profesional, no importando lo lejos que se encuentre y lo oneroso que pueda resultar para la institución. Obviamente, en estas circunstancias, dirigir tesis ya no puede ser un criterio de evaluación valido para los investigadores, y dirigir muchas tesis al año debe ser más bien un motivo de desconfianza, una razón contundente para dudar de la responsabilidad y seriedad de los investigadores que lo hacen. Lo mismo vale para la participación de los investigadores como jurados en exámenes profesionales, pues lo único que demuestra es que los investigadores que acumulan exámenes de grado mantienen muy buenas relaciones con los grupos de poder que mesen la cuna en su institución.

Tal parece que el criterio prevaleciente para que un tesista elija a su director de tesis es que le asegure que se va a titular rápido y con el menor esfuerzo, una práctica que no sólo devalúa el trabajo de investigación sino que permite a muchos académicos crear auténticas redes clientelares y erigirse en caciques dentro de su universidad. Yo conozco a muchos. La recomendación aquí no puede ser otra más que las asesorías de tesis ya no tengan el peso que ahora tienen a la hora de evaluar a los investigadores. Si acaso, el investigador podrá presentar físicamente y de manera opcional una sola de las tesis que haya asesorado en el periodo a ser evaluado, aquella que considere más seria y original. Y si alguien reporta más de diez tesis asesoradas, para decirlo con un dejo de ironía, deberá ser expulsado de inmediato del SNI o del PROMEP por irresponsable. Por esta vía, se recuperaría la mística de las asesorías de tesis y nunca más se privilegiaría la cantidad de asesorías por sobre la calidad de las mismas. Por su parte, el CONACYT debe revisar seriamente sus criterios para mantener a los Programas de Posgrado dentro de sus programas de excelencia, pues hoy resulta evidente que la socorrida eficiencia terminal ha terminado por matar la investigación de alto nivel.

Formar o coordinar equipos de investigación tampoco puede ser un criterio relevante para evaluar a los investigadores en los campos de las ciencias sociales y las humanidades. Si lo que realmente cuenta son los resultados de la investigación, vale igual o más el trabajo de un investigador a título individual que el de un equipo. Es más, son tantos los engaños que ha conllevado la política de promoción de redes de investigación y de CA que el trabajo en solitario resulta casi siempre más honesto y valioso. Me resulta curioso, por ejemplo, ver a mis colegas angustiados en constituirse en CA, una invención de PROMEP tan absurda como inútil, para solicitar apoyos y recursos para publicar libros, organizar reuniones académicas y financiar sus viajes, y así aceitar el círculo perverso de los estímulos y los puntos. Lo paradójico de estos programas es que convierten a los académicos más en gestores que en investigadores. De hecho, son tantas las horas productivas que implica llenar formas, presentar reportes, hacer proyectos, justificar gastos, solicitar facturas, etcétera, para cumplir con las exigencias formales de estos programas, que a los investigadores les queda muy poco tiempo para investigar. A la larga, lo que termina premiándose son las habilidades de gestión de los investigadores más que sus productos de investigación, que por obvias razones serán casi siempre mediocres. Por lo demás, pertenecer a CA es lo peor que podía pasarle a los investigadores que se toman en serio su trabajo, pues ahora, para mendigar recursos, tienen que hacer de todo menos investigar, llámese asistir a congresos y seminarios, publicar libros colectivos al vapor, crear e integrarse a redes interinstitucionales, participar en comisiones de todo tipo, etcétera. Además, la terminología empleada es tan confusa como absurda (“CA en formación”, “CA en consolidación”, “CA consolidados”, “investigadores con perfil deseable” etcétera), todo diseñado para que no se realice investigación seria y de largo aliento, pues lo que importa es abultar la lista de productos del grupo para consolidarlo y seguir publicando bagatelas y hacer turismo académico con recursos del erario. Además, si a ello sumamos las interminables torturas burocráticas que los investigadores tienen que sortear cotidianamente en sus propias universidades para cumplir con los requisitos para obtener estímulos y allegarse de recursos, parece que todo está diseñado para inhibir lo único que debería contar, o sea la investigación.

Obviamente, no tengo nada contra las investigaciones colectivas. Con frecuencia son la única vía para emprender estudios multidisciplinarios complejos y ambiciosos que de otra manera no sería posible realizar. Pero por lo general, éstas son escasas por onerosas y engorrosas. De hecho, los únicos libros colectivos que deberían publicarse son los que resultan de investigaciones colectivas, donde todos los investigadores involucrados no hacen sino seguir un guión de investigación común, perfectamente definido en sus premisas y objetivos. Por todo ello, al final del día, es entendible porque los estudios que logran trascender son casi siempre trabajos de autor más que trabajos colectivos, razón más que lógica para relevar como criterio de evaluación, salvo a solicitud del investigador, la formación o coordinación de equipos de investigación. Ya es hora de desnudar las inconsistencias y contradicciones de un sistema que por la vía del otorgamiento de recursos premia más la capacidad de los investigadores de formar equipos que la de realizar investigación.

Una reflexión similar vale para criterios de evaluación como impartir conferencias, organizar simposia y seminarios y asistir a congresos. En los hechos, más allá de fomentar el turismo académico y asegurar la formación de redes y grupos de investigación y toda esa parafernalia inútil, la gran mayoría de las reuniones de académicos en eventos de todo tipo no sirve para nada. Hoy cualquier investigador puede organizar un evento y proveerse de ponencias para coordinar un libro, hoy cualquiera puede hacerse invitar a un seminario a cambio de ofrecer lo mismo a su anfitrión, hoy se hacen eventos de todo tipo con auditorios vacíos y audiencias cautivas de estudiantes a los que no les interesa estar ahí. Como académico he visto las cosas más ridículas y bochornosas que se puedan imaginar con respecto a estas reuniones. He visto congresos masivos donde para leer una ponencia te dan cinco minutos y además tienes que pagar 500 dólares, he visto coloquios donde los únicos asistentes son los ponentes, he visto ponentes que repiten la misma ponencia en decenas de reuniones, he visto seminarios donde no se permite la interacción con el auditorio, he visto soliloquios que nadie entiende, he visto ponentes cuyos planteamientos son destrozados por los asistentes, he visto conferencias magistrales en las que el público se sale a la mitad, he visto ponentes que no saben articular una sola idea, y he visto otros capaces de leer su ponencia por más de una hora sin ningún respeto por el público. Por todo ello, reportar cincuenta participaciones al año en reuniones académicas no significa nada, a no ser que constatar que el investigador en cuestión ha invertido mucho tiempo para viajar y poco para investigar seriamente. Lamentablemente, los sistemas actuales de estímulos académicos convierten a los investigadores en coleccionistas de constancias de participación en reuniones de todo tipo, y en acumuladores de millas gratis en las aerolíneas de su preferencia. La recomendación aquí es que los investigadores presenten para ser evaluados a lo sumo tres constancias de participación en reuniones académicas, las más serias y relevantes, aquellas donde el investigador no sólo pudo exponer en profundidad sus ideas ante un público considerable, sino que eventualmente fue remunerado para hacerlo, pues es un indicador adicional de reconocimiento profesional.

Además de los criterios de evaluación examinados, suelen ponderarse otros que de tan ridículos ni siquiera viene al caso revisarlos en detalle. Pienso, por ejemplo, en los puntos que da a un investigador haber ocupado una dirección o una coordinación o cualquier otro puesto burocrático dentro de la universidad, algo totalmente incompatible con lo que se busca calificar, o sea la investigación. Huelga decir que el trabajo burocrático mata al investigador, amén de que el ascenso en las estructuras de poder universitarias no se rige por criterios de excelencia académica sino de lealtades y componendas entre grupos de poder académicos. Es más, si el sistema de estímulos a la investigación fuera racional y congruente, en lugar de premiar a los investigadores-burócratas se debería suspender de forma automática cualquier tipo de apoyo a la investigación o de estímulos a aquellos investigadores que ingresan a la burocracia universitaria en cualquier nivel. Más aún, contrariamente a la lógica imperante, por cada cargo burocrático que haya ocupado un investigador en su trayectoria profesional habría que restarle puntos o se podría establecer una fórmula según la cual un investigador sólo podrá integrarse o reintegrarse al SNI cuando haya dejado la burocracia y cuando su trayectoria como académico sea mayor en años que su trayectoria como burócrata.

Otro criterio de evaluación absurdo son los premios o reconocimientos obtenidos por los investigadores. Obviamente, no me refiero a los premios obtenidos en concurso por obras escritas, sino a los premios y distinciones que otorgan discrecionalmente las universidades u otras dependencias públicas nacionales y que generan todo tipo de suspicacias, como premios al mérito o a la trayectoria, pues es consabido que casi siempre lo que se premian son lealtades de grupo más que la calidad de una obra. Lo mismo vale para muchas cátedras patrimoniales, creadas a modo para alimentar la hoguera de las vanidades y las sociedades de mutuo elogio, sin criterios de excelencia explícitos. Para nadie es un secreto que la meritocracia no es la regla en nuestras universidades, sino las lealtades y componendas entre grupos de poder facciosos. Y si de ser objetivos se trata, también es cierto que muchos de los concursos de obras escritas suelen estar viciados de origen y son concedidos discrecionalmente, lo cual también obliga a los evaluadores a discriminar muy bien el valor real de los premios reportados.

Finalmente, uno de los criterios de evaluación más absurdos es reportar periódicamente las citas o referencias que se hacen a las publicaciones de un investigador. Es absurdo, pensando en las ciencias sociales, porque si de por sí, como ya vimos, publicar artículos en revistas especializadas en México está contaminado por criterios extraacadémicos, como participar de o simpatizar con los grupos cerrados que controlan dichas publicaciones, estos mismos enclaves se encargan de filtrar o censurar cuanto articulo les llegue que cite a autores con los que no comulgan. A final de cuentas, lo que tenemos es una casa de citas selecta donde sólo entran los amigos, un club exclusivo que se reserva el derecho de admisión. En menor proporción, lo mismo ocurre con las revistas internacionales, a excepción de un puñado de ellas cuyo prestigio y posicionamiento en distintas disciplinas sociales les impide reproducir esquemas de selección de contenidos tan rupestres. Obviamente, esto no aplica en las ciencias exactas, donde las citas suelen ser un parámetro infalible para medir la relevancia de una contribución científica, aunque en este caso lo que cuenta no es la cantidad de citas sino la calidad de las mismas, pues por lo general los avances en un campo son tan especializados que sólo interesan a un puñado de investigadores que trabajan los mismos temas en unas cuantas universidades dispersas en el mundo. En efecto, sólo la ciencia supone una acumulación de saberes sobre la base de las investigaciones realizadas, por lo que cada nuevo descubrimiento se conecta con los descubrimientos precedentes, de ahí que los científicos puros sólo citan aquello que representó un avance previo y sin el cual el nuevo descubrimiento simplemente no hubiera tenido lugar. Algo muy distinto que las ciencias sociales, tan heterogéneas en sus paradigmas y tan flexibles en su entendimiento de lo científico, que todo se vale.

 IV

Nada de lo aquí expuesto tendría alguna viabilidad si no se modifican simultáneamente varias características estructurales y de concepción de los programas de estímulos a los académicos e investigadores, como el SNI y el PROMEP. En el caso del SNI, un programa creado en el seno del CONACYT hace treinta años para apoyar económicamente a los investigadores en una época en que se habían depreciado abruptamente los salarios en las universidades, así como para impulsar la investigación de excelencia, el principal problema es la opacidad con la que las comisiones evalúan a los investigadores y deciden mantenerlos o ascenderlos en el escalafón vigente por niveles, lo cual genera todo tipo de injusticias y molestias. El problema es estructural porque tal y como está diseñada la composición de las comisiones, sus integrantes adquieren enormes facultades y prerrogativas, se erigen en feudos cerrados y casi siempre toman sus decisiones de manera discrecional y arbitraria. Basta que en la comisión de un área de conocimiento participe un colega con el cual el investigador que deberá ser evaluado no mantiene una buena relación para que se obstaculice permanentemente su promoción en el sistema. En lo personal conozco cientos de casos de este tipo, absolutamente sorprendentes, considerando la trayectoria impecable de los perjudicados. Yo mismo he sido un damnificado recurrente de este proceso. Y si bien las comisiones se integran por elección de planillas por parte de la propia comunidad de investigadores, los puestos son disputados casi siempre por las elites del SNI (los pertenecientes al nivel III), auténticos mandarines de la academia, para seguir manteniendo o para incrementar sus privilegios e influencia en el medio. Es por ello que en cada evaluación siempre hay fallos absurdos, como ascensos de investigadores que no tienen los méritos suficientes ni siquiera para estar en el sistema, pero que ocupan cargos de dirección en alguna universidad o son amigos de algún miembro de la comisión respectiva, o el mantenimiento de otros en su mismo nivel aunque su obra cuente con reconocimiento internacional o tengan méritos infinitamente superiores a los que ostentan sus pares encargados de evaluarlos. Ridículo e injusto. Además, hasta la fecha no conozco un solo investigador que después de impugnar el fallo de su evaluación haya sido rectificado por las comisiones revisoras. Los argumentos para no hacerlo suelen ser verdaderamente insólitos: desde el “Usted tiene suficientes méritos para ascender, pero si lo hacemos, como es usted tan joven, se devaluarían los reconocimientos del sistema”, hasta los clásicos “Usted cuenta con libros y artículos muy importantes, pero sería recomendable que diversificara las publicaciones periódicas especializadas donde suele publicarlas” o “Usted cuenta con una destacada trayectoria, pero nunca ha dirigido un posgrado ni ha ocupado un cargo en su universidad”. Todos argumentos tan vacíos como contradictorios con lo único que debe reconocerse, la calidad de la investigación. Por todo ello se impone un cambio drástico en la composición de las comisiones. La propuesta es que se integren no por votación sino por insaculación de entre todos los miembros del SNI en cada área (sin distinciones del nivel en el que se encuentren), y que las comisiones se renueven en cada evaluación. Además, considerando las propuestas precedentes que teóricamente facilitan la tarea de evaluación (como la presentación de una sola obra por investigador), sería recomendable que la comisión entreviste personalmente a cada investigador y que en su presencia emita su dictamen. El contacto cara a cara entre pares puede coadyuvar a revertir la opacidad y la discrecionalidad que hoy predominan, considerando sobre todo que en cada disciplina todos los investigadores se conocen. Para el efecto, los criterios a considerar en la evaluación deben cambiar tal y como lo sugerí en los parágrafos precedentes. Un procedimiento similar puede instrumentarse para todas las demás comisiones del SNI, pues también generan mucha inconformidad, sobre todo aquellas responsables de evaluar las solicitudes de apoyo para proyectos de investigación o las que determinan la concesión de becas para estudiar en el extranjero, uno de los rubros más injustos de todos por su alta discrecionalidad. Quizá este procedimiento resulte un poco más oneroso que el vigente, por cuanto habría que movilizar cada año a los investigadores integrantes de comisiones responsables de evaluar a sus pares, pero a la larga se ganaría en confianza y transparencia.

La problemática del PROMEP es totalmente distinta. Como política federal de apoyo a los académicos de excelencia constituye un programa muy loable, pero ha contribuido sin proponérselo a lo que aquí he llamado la “chatarrización” de la ciencia. Además de que ser beneficiario del PROMEP en alguno de sus programas resulta para los investigadores absolutamente tortuoso y engorroso, por la cantidad de documentos que hay que recopilar y entregar periódicamente, ha creado una figura insostenible que ha metido a los investigadores en una dinámica muy absorbente y a la larga poco fructífera en términos de asegurar investigaciones de calidad: el trabajo en equipo mediante redes de investigación o CA. Tal pareciera, según esta concepción, que sólo el trabajo en equipo es relevante y que quien trabaja a título individual es un desadaptado. No viene al caso siquiera comentar una filosofía tan obtusa, pues las grandes obras de todos los tiempos en ciencias sociales y humanidades han sido producidas en solitario. Pero como la academia paga tan mal en México, la gran mayoría de mis colegas investigadores no ha podido sustraerse a los cánones impuestos por el PROMEP, y ahora colaboran en flamantes CA. Al igual que el SNI, este programa de estímulos también contempla niveles para los CA (algo así como “en formación”, “en consolidación” y “consolidados”), pero a diferencia del SNI, los que evalúan el desempeño de los CA y deciden su nivel no son investigadores, o sea pares, sino burócratas de la Secretaría de Educación Pública (SEP), con lo cual los fallos se toman exclusivamente en función de la cantidad de trabajo reportada por cada CA. En esta lógica, poco importa que los artículos o libros publicados sean mediocres, como los que resultan de juntar ponencias de un coloquio (de hecho, se exhorta a los investigadores a que publiquen libros colectivos de este tipo en los que colaboren como autores todos los integrantes del CA), poco importa que sus integrantes organicen o asistan a seminarios y congresos que a nadie interesan, poco importa que realicen investigaciones intrascendentes, poco importa que con sus productos no pase nada relevante en la disciplina en la que se mueven. Con tal que los investigadores trabajen en equipo y presenten muchas constancias o publicaciones que den fe de dicha colaboración, los CA asegurarán su permanencia o promoción en el programa y dispondrán de cada vez más recursos para hacer las mismas cosas inútiles e intrascendentes. Un círculo vicioso que sólo alimenta la mediocridad. En suma, el PROMEP tiene una concepción del quehacer científico viciada de origen. De ahí que mejorar el programa resulta mucho más difícil que en el caso del SNI. Se requiere una cirugía mayor que modifique radicalmente la filosofía del programa. Para empezar, en las ciencias sociales y las humanidades el trabajo en equipo no es garantía de nada. Excluir del programa a los investigadores solitarios es arbitrario e injustificado. En segundo lugar, fomentar la acumulación de constancias y publicaciones es lo peor que se puede hacer al quehacer investigativo serio y responsable. De hecho, la puntitis mata a la investigación de calidad. En tercer lugar, al meter a los investigadores en una búsqueda obsesiva de constancias y papelitos para ser merecedores de apoyos económicos, el PROMEP, en lugar de dignificar el trabajo académico, lo envilece o degrada.

  V

Si los programas oficiales de apoyo a los investigadores y de promoción de la investigación son responsables indirectos de la ruina de la investigación de calidad, el cuadro se completa con la situación endémica que atraviesan en general las instituciones de educación superior del país, sobre todo las públicas, pues es sabido que las privadas, salvo honrosas excepciones, sólo se ocupan de la educación y relegan la investigación.

En México, nuestro largo tránsito de un sistema autoritario de partido hegemónico a un sistema plural y competitivo, no se ha traducido en cambios que nos permitan vislumbrar una espiral virtuosa de progreso y desarrollo sostenido. Por lo general, lo que vemos es estancamiento y desinterés por parte de las autoridades para enfrentar los problemas acumulados. Este es el caso de la educación pública, en general, y de la educación superior, en particular. Las universidades públicas, salvo muy contadas excepciones, siguen pesando en sus entidades más por lo que representan que por los fines superiores que deben perseguir, o sea, son cotos de poder e influencia para los grupos y mafias locales, centros de disputas entre caciques y líderes, trampolín de camarillas políticas, zonas de incertidumbre económicamente muy rentables, en las que la educación y la investigación de excelencia son lo que menos importa, a no ser para que las burocracias universitarias justifiquen su permanencia en el poder con cifras infladas y maquilladas. Asimismo, se trata de instituciones retrogradas donde predominan las mafias cerradas, se castigan las insolencias, se compran lealtades, donde las autoridades no tienen que responder por sus acciones, lo que fomenta el dispendio y el desvío incontrolado de recursos; aquí la transparencia es una palabra vacía, una treta en manos de contadores astutos.

Por otra parte, las universidades públicas han pervertido sus funciones sustantivas. Desde este punto de vista, constituyen instituciones endémicas. El conocimiento ya no se produce en sus aulas y laboratorios. En su seno, la academia y la ciencia no le interesan a nadie. Los premios y promociones se otorgan casi siempre con criterios extraacadémicos; se apoyan investigaciones mediocres por las mismas razones, se publican revistas y libros que nadie lee y que sus autores sólo usan para promoverse en los escalafones de estímulos, para inmediatamente después esconderlos en sus cajones por vergüenza de que alguien los lea. Finalmente, pese a que en algunas universidades públicas existe el sufragio universal como mecanismo para elegir a la máxima autoridad universitaria, todo mundo sabe que lo menos que hay en estas instituciones es democracia, sino una simulación burda en la que son las propias mafias universitarias y políticas las que postulan a los contendientes que han de disputarse la rectoría, y después manipulan las elecciones a su conveniencia. De hecho, la democracia universitaria, ahí donde sobrevive, recuerda las prácticas fraudulentas más vergonzosas del otrora partidazo oficial durante la fase más cínica de nuestra dictadura perfecta.

La gran mayoría de las universidades públicas del país sólo pueden proyectarse mediante   la mentira y el engaño, pues cualquiera que las frecuenta conoce perfectamente sus enormes carencias; son instituciones donde la corrupción recorre todos sus vasos linfáticos, donde se compran auditorías y certificaciones a modo, donde se venden calificaciones y exámenes indiscriminadamente; donde la democracia sólo se utiliza retóricamente, pues en la práctica no hay nada que la sustente. Diariamente se destapa una cloaca de podredumbre donde quedan exhibidos rectores y funcionarios universitarios, como el reciente y escandaloso caso del rector de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), Enrique Agüera Ibáñez, señalado por mantener vínculos con el narcotráfico y por enriquecimiento inexplicable. Por todo ello, edificar universidades a la altura de las exigencias y necesidades de nuestro país parece una tarea imposible. Hay que desmotarlas por completo y volverlas a armar. Eliminar sus zonas de impunidad y sus abusos de autoridad, sus zonas de corrupción y opacidad, sus zonas de conformidad y mediocridad. La tarea es sin duda inmensa y arriesgada, pues tocar intereses tan enquistados en su seno podría desatar tempestades y represalias.

En este recuento de desastres, las universidades de más prestigio, como la UNAM, y los centros de investigación de élite, como el Centro de Investigaciones y Docencia Económicas (CIDE), El Colegio de México (COLMEX), la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y las demás pertenecientes al sistema SEP-CONACYT, tampoco salen bien libradas, pese a recibir los mayores subsidios y canonjías del Estado. La problemática aquí es distinta a la del resto de las instituciones públicas de educación superior, pero igualmente dramática. En el caso de la UNAM resulta inverosímil, por no decir ridículo, sobre todo para su muy vasta comunidad de estudiantes y académicos, colocarla como una de las mejores cien universidades del mundo, según una lista muy curiosa elaborada anualmente por un diario londinense. Es inverosímil porque si hay una institución de educación superior en México metastasiada sin remedio esa es precisamente la UNAM. Víctima de la masificación que alimentó durante décadas, la UNAM dejó hace mucho de ser una institución de calidad en la realización de sus tareas sustantivas. Botín de múltiples grupos de poder ha dilapidado irracionalmente sus recursos, sin planeación ni visión de futuro, al grado de que hoy, salvo pequeños reductos en su interior, como algunos cuantos institutos de investigación, ha dejado de ser competitiva en la enseñanza y en la investigación de alto nivel. Sus egresados son estigmatizados en el mercado laboral y relegados frente a la competencia proveniente de otras universidades, sobre todo privadas, como el Tecnológico de Monterrey (ITESM), el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la Iberoamericana (UIA). En lo personal, trabajé veinte años en la UNAM y cada vez que regreso a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de mi alma mater me duele constatar el estado de abandono en que se encuentra, la mediocridad de su planta docente, la ruindad de sus instalaciones, la ausencia de debate o la sobreideologización del mismo, la irrelevancia de sus publicaciones, el burocratismo que la asfixia, la persistencia de los grupos de poder de siempre y la incompetencia de sus directivos. Una situación que se repite en prácticamente todas las facultades y escuelas que la componen.

Por su parte, el conjunto de instituciones supuestamente de vanguardia dentro del sistema educativo, las pertenecientes al sistema SEP-CONACYT, y que monopolizan los mayores presupuestos federales otorgados en educación e investigación, también terminaron sucumbiendo a los caprichos de mafias oportunistas y ambiciosas. Además, al ser las instituciones consentidas del sistema de educación superior, sus investigadores, programas de enseñanza, revistas y proyectos de investigación suelen ser evaluados y aprobados por fast track, o sea de manera expedita y rápida, por consigna, independientemente de su calidad y relevancia. Algo muy distinto a lo que acontece con el resto de las instituciones de educación superior, donde las evaluaciones de sus investigadores y proyectos por parte del CONACYT o la SEP suelen ser implacables. Más aún, casi siempre las comisiones evaluadoras suelen integrarse por académicos provenientes de las instituciones de elite, lo cual contribuye lógicamente a incrementar la brecha entre éstas y todas las demás. Asimismo, las publicaciones de estas instituciones (libros y revistas), al contar con suficientes recursos para ser promocionadas, suelen estar infladas artificialmente, pues basta hurgar un poco en ellas para ver que son tan irrelevantes e intrascendentes como la mayoría de las que se publican en las universidades públicas y privadas. De hecho, los investigadores realmente destacados adscritos a estas instituciones, un puñado en cada una, no necesitan el espaldarazo de su universidad o centro de investigación, para publicar. Por honestidad intelectual, lo hacen por fuera y sin el patrocinio de su institución, pues sólo cuando una obra es excepcional no requiere el sello institucional para salir a la luz.

No obstante, la principal debilidad de estas instituciones supuestamente de punta hay que buscarla en otra parte: al erigirse en las instituciones educativas de excelencia se han convertido en cotos cerrados, endogámicos y elitistas que prefieren interactuar con sus pares en los países hegemónicos que con sus pares locales, bajo la premisa a todas luces falsa de que todo lo que provenga de Estados Unidos es digno de imitación. Estas instituciones disponen pues, de amplios recursos, pero suelen abrazar paradigmas y enfoques supuestamente de vanguardia pero que no tienen mayor repercusión en el país. Por esta vía, sus investigadores se legitiman pero no hacen sino vender espejitos a los incautos. El resultado, decíamos, es la importación acrítica de los vicios de la academia estadounidense, como el fetichismo con los métodos formales y estadísticos, la especialización en temas cada vez más irrelevantes y que nada tienen que ver con los grandes problemas nacionales, la descalificación por sistema de todo lo que no cumple con sus propios estándares metodológicos. Es obvio que su afán imitador les impide reconocer las desventajas de proceder así. Copiar patrones no es, necesariamente, una buena idea. Por el contrario, como señala el politólogo estadounidense Philippe Schmitter para el caso de la ciencia política, en las periferias la estrategia más exitosa no es la simple imitación sino la especialización en aquello que se hace mejor, “especialmente cuando la comunidad de politólogos es relativamente pequeña y por lo tanto sus productos de ‘nicho’ no amenazan el status o la tajada de mercado del productor hegemónico”.[12] O como diría el politólogo José Antonio Aguilar Rivera: “Hallarse en los márgenes debería significar una mayor oportunidad para la innovación, la experimentación y la diversidad. La tiranía del mercado no siempre es positiva. Sin embargo, en los enclaves lo que reina es un espíritu de conformidad. Imitar es lo que proporciona status. El problema es que al proceder de esta manera corremos el riesgo de adoptar, como criterios infalibles, meras modas teóricas provincianas que pueden resultar irrelevantes al final del día”.[13] En algunos casos, este juego de espejos ha llevado a situaciones ridículas, como exigir a los investigadores que laboran en estos institutos de elite, sobre todo a los más nobeles, a publicar una cuota anual de artículos en un conjunto de revistas especializadas nacionales y extranjeras escogidas previamente y supuestamente afines a los cánones metodológicos y científicos o a las modas teóricas importadas que buscan impulsar por imitación, y a prescindir de publicar en cualquier otra revista que no esté contemplada en la lista. Para esta academia de oropel, poco importa que lo que se publique en esas revistas especializadas tan apreciadas por ellos no lo lea absolutamente nadie. Otra razón para desconfiar de la supuesta excelencia de la que se ufanan estas instituciones. 

Pero las simulaciones no terminan ahí. En un país donde muchos se dejan deslumbrar por la grandeza de su vecino del Norte, estos investigadores sociales supuestamente “duros” saben explotar muy bien sus credenciales académicas y sus escarceos con la academia estadounidense para encumbrase en la administración pública o el gobierno, ya sea como asesores, consejeros electorales o funcionarios, con lo que abandonan en la práctica el quehacer científico. Huelga decir que si este es el destino natural de los científicos sociales puros en México, la ciencia social no sólo pervierte su objetivo primario, o sea contribuir al entendimiento de los fenómenos sociales mediante la investigación especializada, sino que se convierte en una mera “técnica” al servicio del poder. No es que la ciencia social no pueda tener aplicaciones prácticas o deba precaverse de tenerlas, ya sea en la administración pública o en la política profesional, el problema es que se instrumentalice a conveniencia para que ciertos investigadores se erijan en los “expertos” por moverse, precisamente, en las corrientes o paradigmas supuestamente más avanzadas de la ciencia social. Pero este último tema da para otro ensayo.

VI

No me cabe duda que las consideraciones y recomendaciones que he ventilado en este ensayo resulten incómodas para la mayoría de mis colegas y que por lo mismo tengan poca o nula viabilidad. En un medio que como el académico está tan acostumbrado a vivir de la medianía y la autocomplacencia siempre será preferible acomodarse a lo que hay que impulsar grandes transformaciones. Reconocer que las ciencias sociales y las humanidades están moribundas en México no resulta muy gratificante para quienes viven o sobreviven de ellas. Y sin embargo, sólo con medidas drásticas como las que he sugerido aquí u otras similares se puede aspirar a revertir la creciente simulación y deshonestidad que hoy prevalece en la academia mexicana. A grandes males, grandes remedios.

Para concluir, quisiera resumir en tres las paradojas que en mi opinión describen muy bien el estado de indefensión en que se encuentra la ciencia en México y que al mismo tiempo explican por qué resulta tan difícil revertir su deterioro:

1.  La estrategia estatal para estimular la investigación científica en lugar de lograr su cometido lo ha inhibido por completo, generando todo tipo de simulaciones y perversiones en lo que a la investigación se refiere, una situación por lo demás muy cómoda para los miles de investigadores, que con el tiempo han aprendido muy bien a sustituir la investigación seria, esforzada, profesional y de largo aliento, por rollos insustanciales, un juego perverso al que todos se acomodan y que nadie cuestiona porque siempre será más fácil vivir de la mediocridad que de la exigencia.

2. En ese sentido, el principal obstáculo para emprender una trasformación radical del actual sistema de recompensas a la investigación que tan dañino ha resultado al desarrollo científico no proviene de las propias estructuras burocráticas creadas al efecto, sino de las decenas de miles de investigadores generados por el mismo sistema y que han terminado por creerse indispensables para el avance científico nacional. La lógica que lleva a un investigador a abrazar esa conclusión es muy sencilla: “si el sistema me apoya para publicar cuanta estupidez se me ocurra es que mis estupideces son geniales, luego entonces yo soy un gran investigador”. Lo peor es que intentar criticar y exhibir la mediocridad de las investigaciones que se producen en el país te convierte en automático en un desadaptado, un amargado y un presuntuoso, y te condena al ostracismo de por vida por parte de tus colegas. De ahí que aspirar a que se revalore el quehacer científico en un medio tan contaminado por la mediocridad es una batalla en el desierto.

3. Hoy cualquiera en México puede ser investigador, con tal de que desarrolle el hábito de juntar papelitos y escribir todo lo que se le ocurra, o sea que la profesión más noble e ilustre del mundo, la investigación científica, por cuanto requiere de sus practicantes una gran dedicación, una vasta formación y preparación, mucha vocación y sacrificio, y una gran honestidad intelectual, se ha vuelto en México una de las más prostituidas e indignas. Digamos que una mala política de promoción científica terminó produciendo sus propios parásitos, los cuales se alimentan de la podredumbre del sistema. Seamos claros, con nuevas reglas de apoyo a la investigación, reglas más racionales y exigentes, más transparentes y menos contaminadas, sólo sobreviviría un pequeño porcentaje de las decenas de miles de investigadores que hoy avergüenzan y devalúan la profesión.


* Ponencia presentada en el I Congreso de los Miembros del Sistema Nacional de Investigadores, Querétaro, Qro., 5-8 de mayo de 2010. Cabe señalar que esta ponencia fue suprimida misteriosamente del portal del CONACYT donde se reproducen todos los trabajos del Congreso. El autor es Catedrático-investigador de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (todavía).

[1] Gabriel Zaid, El secreto de la fama, México, Lumen, 2010, pp. 136-137.

[2] Para efectos de este ensayo me referiré exclusivamente a las ciencias sociales y las humanidades, aunque varias de sus conclusiones y recomendaciones apliquen también para las ciencias exactas o duras.

[3] El caso de nuestra máxima casa de estudios, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es en este sentido paradigmático. Desde hace años, su editorial publica más libros que cualquier otra en México, incluidas las comerciales, pero ninguna ha publicado más chatarra que ella, auténticos bodrios producto del influyentismo y la corrupción que la han asfixiado desde siempre. La existencia en su acervo de colecciones muy valiosas, no alcanza para eximir a la UNAM de sus excesos por el dispendio de recursos que ha supuesto la publicación indiscriminada de miles de obras de ínfima calidad. Huelga decir que las bodegas de la editorial universitaria están repletas de libros inútiles que terminan regalándose o vendiéndose por kilo. Y si esto ocurre con la UNAM, ya se pueden imaginar lo que pasa con el resto de las universidades públicas del país. Así, por ejemplo, ningún académico honesto puede vanagloriarse de publicar en las editoriales de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), la Universidad de Guadalajara (UdeG), la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG) o la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), por mencionar algunas de las más desacreditadas. Peor aún, si lo hace bajo el sello editorial o el patrocinio de instituciones gubernamentales federales, estatales o paraestatales, como el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CONACULTA), el Instituto Federal Electoral (IFE), el Gobierno de la Ciudad de México o el Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI), y muchas otras, pues todo mundo sabe que los libros publicados así responden a criterios muy alejados a los académicos, tales como justificar presupuestos, impulsar las carreras de investigadores que son parientes o amigos de funcionarios influyentes, etcétera. De ahí que todas estas publicaciones, las publicadas en editoriales universitarias y las publicadas con los auspicios de instituciones políticas no deberían calificar en las evaluaciones del SNI o el PROMEP, sino restarles puntos a sus autores.

[4] Al respecto, véase mi libro: C. Cansino, La muerte de la ciencia política, Buenos Aires, Sudamericana, 2008. 

[5] Dicho esto con la terminología y la orientación introducidas por Thomas S. Kuhn en su famoso ensayo: La estructura de la revolución científica (México, FCE, 1968).

[6] Véase, por ejemplo, C. Lefort, Ensayos sobre lo político, Guadalajara, UdeG, 1988; A. Maestre, La escritura de la política, México, Cepcom, 2000; R. Chartier, El mundo como representación, Barcelona, Gedisa, 1992; G. Balandier, El desorden. La teoría del caos y las ciencias sociales. Elogio de la fecundidad del movimiento, Barcelona, Gedisa, 1997.

[7] En este caso se encuentran revistas muy cuestionadas por los investigadores como Política y Gobierno, Revista Mexicana de Sociología, Perfiles Latinoamericanos, Foro Internacional, Estudios Sociológicos,  entre muchas otras.

[8] Claro está que, dentro de las no especializadas o de divulgación, hay de revistas a revistas. Para empezar, las revistas de este tipo (algunos las llaman “culturales”) de circulación masiva son escasas en México, y dentro de éstas muy pocas son rescatables. Las más conocidas como Nexos o Letras Libres son expresiones o derivaciones de grupos intelectuales cerrados y poderosos que en su tiempo se convirtieron en ideólogos del viejo régimen priista a cambio de todo tipo de privilegios, y que alguna vez acariciaron la idea de hegemonizar la agenda cultural del país. En estas revistas también se practica el exclusivismo y la discriminación de todos los que no participen o simpaticen del clan, por lo que hay que vender el alma al diablo para publicar en ellas. No sorprende entonces que los académicos que colaboran en ellas regularmente pertenezcan a los grupos más poderosos dentro del sistema de educación superior, las mafias académicas que por esta vía establecen intercambios de influencias y beneficios con los grupos intelectuales. Por ello, publicar en estas revistas, en lugar de honrar a los científicos sociales los desacredita, a no ser que aspiren a los reflectores, sacrificando la independencia intelectual. En segundo lugar, hay otro conjunto de revistas de buena circulación más autónomas y menos pretenciosas, si acaso una docena de ellas, como Este País, Istor, Metapolítica, Etcétera y Tierra Adentro, que son cuidadosas en la selección de sus contenidos, plurales y abiertas a diversas corrientes, por lo que publicar en ellas constituye una opción digna para los investigadores. Y luego un montón de revistas de buena circulación pero patrocinadas o financiadas por partidos políticos y grupos de poder, donde publicar desacredita por completo a los investigadores, tales como Examen, Vértigo, Memoria, Bien Común. Otra opción interesante e igualmente digna para los investigadores son algunos suplementos de diarios de circulación nacional o algunos semanarios.

[9] Las coediciones entre universidades y editoriales comerciales de dudosa seriedad se ha convertido en un negocio muy rentable para estas últimas. Los casos más conocidos son los de Plaza y Valdés, Porrúa Hermanos y Miguel Ángel Porrúa, en cuyos acervos es posible encontrar toneladas de chatarra supuestamente científica.

[10] Yo conozco varias, cuyos acervos dan pena ajena, tales como: “Tlamelahua”, “Ariete”, “Soriano”, “Eon”, “Arieli”, “Zenzontle”, “Lunarena” entre muchas otras.

[11] Me temo, sin embargo, que en el caso de las editoriales más conocidas en México suelen existir, más allá de la calidad de las obras sometidas a dictamen, varias aduanas infranqueables para quienes aspiran a publicar en ellas. En algunos casos, como en el Fondo de Cultura Económica (FCE), los comités editoriales están monopolizados por los mismos investigadores de elite que integran los comités dictaminadores del SNI, por lo que casi siempre reproducen aquí las mismas prácticas excluyentes y clientelares que emplean allá. En otros casos, como en la Editorial Siglo XXI, la regla no escrita es presentar obras afines a la línea ideológica que promueve la firma, de tal manera que quedan excluidas a priori todas las propuestas que no comulguen con una cierta tradición de pensamiento socialdemócrata. Finalmente, está el caso de editoriales como Cal y Arena o Clío, donde la condición para publicar es simpatizar o participar del clan o mafia intelectual que las creó, el grupo Nexos y el grupo Vuelta, respectivamente, lo cual no es muy gratificante para quien valora positivamente su independencia intelectual. Ante este panorama desolador, una alternativa más digna para los investigadores es intentar colocar sus obras en editoriales menos contaminadas por los intereses de grupos y facciones intelectuales locales, y más abiertas a las propuestas de todo tipo, como las pertenecientes a las conocidas firmas internacionales Random House Mondadori, Santillana, Planeta, Grupo Editorial Patria, McGraw-Hill, o en editoriales locales igualmente conocidas y más plurales, como Océano, Trillas, Gedisa, entre otras. Asimismo, pueden explorar el mercado editorial de otros países.

[12] P. Schmitter, “Seven (Disputable) Theses Concerning the Future of ‘Transatlanticised’ or ‘Globalised’ Political Science”, European Political Science, vol. 1, núm. 2, 2002, pp. 23-40.

[13] J.A. Aguilar Rivera, “El enclave y el incendio”, Nexos, México, núm. 373, enero, 2009, pp. 79-82.

 

Tomado del libro: C. Cansino, El evangelio de la transición, México, Debate, 2009

1. Los intelectuales ante el poder

Durante mucho tiempo en nuestro país, la inteligencia y el poder jugaron a aparecer como rivales o como realidades enfrentadas irremediablemente. En muchas ocasiones tal juego de apariencias sirvió no sólo a los intereses de gestión y autopreservación anidados en los circuitos y capillas que nutren ambas esferas, sino que también ocultó eficazmente los frecuentes acuerdos, transacciones e incluso complicidades que se establecían entre estos dos ámbitos a través de una compleja red de apoyos y vasos comunicantes sobre la que se construyó buena parte del edificio de la cultura nacional durante el siglo XX.

El paso de los sexenios conoció a la par los esplendores de la colaboración del intelecto y el talento creador en las tareas de edificación cultural y de la crítica a la homogeneidad monolítica de tal construcción. La dinámica pendular generada por esta y otras contradicciones características de la intrincada relación entre la cultura, el ágora y el poder propició por años una serie de espejismos, compartidos tanto por los actores de esa relación —las elites intelectuales y políticas— como por un público cada vez menos conforme con el tradicional rol de espectador al que los mandarines de la cultura y los burócratas estatales por igual lo quisieron reducir.

Pero tras dichos espejismos, propios de todo ámbito de representación de lo político —el ágora incluida—, que contribuyeron tanto a la legitimación del recientemente fenecido orden secular mexicano como de los principados y cotos detentados por los pontífices culturales, se escondió por años un hecho crucial: que el movimiento pendular señalado, valorado por lo general sólo por los posicionamientos extremos a que daba lugar, era posible porque dichos extremos —y el péndulo mismo de la cultura— pendían en último término del mismo hilo, esto es, de la relación (abierta o soterrada, confesa o no) con el poder constituido, que administraba y repartía prebendas y castigos, abría o cerraba canales de financiamiento, apoyaba o asfixiaba instituciones según criterios de eficacia y funcionalidad a los que intelectuales, creadores y claustros generadores de cultura tenían que adecuarse so pena de enfrentar el desierto de la marginalidad o la obsolescencia, cuando no la franca y abierta persecución.

Así, hemos vivido en México acostumbrados al secuestro del ágora no sólo bajo la égida protectora del ogro filantrópico, sino perpetrado también —más voluntaria que involuntariamente— y en buena medida por aquellos que se decían sus defensores, cuyas batallas por la hegemonía cultural disfrazadas de cruzadas por la “pureza” intelectual, ocultaron durante años una perniciosa regla no escrita: la de practicar la indiferencia y el ninguneo mutuos, escamoteando así la crítica y empobreciendo de hecho el nivel del debate intelectual en México.

El objetivo de este ensayo es reconocer los contenidos y las implicaciones de las principales concepciones que los intelectuales mexicanos más influyentes en el mundo de las ideas construyeron o simplemente abrazaron con respecto a su relación con el poder político a lo largo del siglo XX. Más específicamente, se tratará de identificar las principales posiciones ideológicas que definieron las formas dominantes de relación de los intelectuales con el Estado así como el peso o influencia real que tuvieron cada una de estas representaciones dependiendo de las circunstancias políticas imperantes en el país. En sintonía con ello, se examinarán las tensiones morales que se originaron entre cultura y poder así como la congruencia o no en casos concretos entre representación del intelectual y práctica real. Finalmente, se establecerán las consecuencias que tuvieron tanto para el mundo de las ideas como para el orden político en México el que ciertas representaciones del intelectual hayan imperado sobre otras.

Hay buenas razones para proponerse una búsqueda como la planteada. Así por ejemplo, constituye una manera distinta y complementaria de otras de reconstruir la historia del siglo XX mexicano, a través de sus hombres de ideas y sus vinculaciones con el poder. Asimismo, de este examen pueden extraerse lecciones interesantes sobre el papel desempeñado por los intelectuales mexicanos en las distintas etapas de vida del régimen político posrevolucionario. Así, se pueden establecer tendencias entre determinadas representaciones dominantes del intelectual y los momentos de avance y retroceso en materia de libertades y derechos democráticos en el país. Finalmente, el problema de los intelectuales y su relación con el poder es, sin duda, una de las temáticas clave que nos permite iluminar algunos de los más importantes problemas por los que transitan las sociedades contemporáneas, pues dicha relación nos remite a la discusión acerca de la democracia.

2. Representaciones del intelectual

No existe una sola manera de concebir la relación de los intelectuales con el poder. Por el contrario, existen tantas concepciones como intelectuales que en algún momento incursionaron en esas honduras del pensamiento; es decir, existen múltiples representaciones, incluso antagónicas, sobre el quehacer intelectual y en particular sobre el deber ser de los intelectuales con respecto al poder político. Obviamente, no hay posiciones objetivas o ingenuas sobre el asunto. La mayoría de las veces, los argumentos esgrimidos por los propios intelectuales han buscado justificar una trayectoria —la suya—, o simplemente abrevan de una concepción preexistente en la que creen encontrar el sustento teórico más congruente con su propio quehacer político. Como quiera que sea, se trata de un asunto polémico y que, por obvias razones, interpela constantemente a los intelectuales. En ocasiones, la integración de los hombres de ideas al Estado provoca en ellos una suerte de tensión moral, sobre todo en el contexto de regímenes autoritarios, pues asumen que su inserción en el poder conlleva, se quiera o no, un costo en términos de credibilidad. En otros casos, el rechazo moral a un determinado estado de cosas conduce a algunos intelectuales a adoptar posiciones políticas de carácter disidente o abiertamente contestatarias o revolucionarias. Para otros, participar de los asuntos públicos en algún ámbito del aparato gubernamental es una suerte de misión moral o de compromiso ético para con la nación, sobre todo en los momentos decisivos de génesis y conformación de un nuevo régimen político, que por este hecho de carácter simbólico renueva las esperanzas colectivas de avanzar hacia algo mejor respecto de lo que existe. Finalmente, están los que defienden rabiosamente su independencia intelectual aún a costa de ser excluidos o marginados del mundo cultural por no ceñirse a las reglas no escritas impuestas por la corriente política dominante.

Como quiera que sea, la inteligencia y el poder político siempre han estado emparentados, relacionándose en forma conflictiva e inestable a lo largo de la historia humana. Se trata de una relación marcada por la fascinación, la suspicacia y una suerte de amor-odio recíprocos. Y en este diapasón la toma de posición acerca del quehacer intelectual es también una justificación de lo que los intelectuales son y/o aspiran a ser.

De ahí que he optado por emplear en este ensayo la noción de “representación” para referirme no sólo a una capacidad o facultad para representar, encarnar o articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y a favor de un público, sino también una construcción mental que impele a la acción, a actuar en sintonía con ciertos criterios. De hecho, las representaciones intelectuales son la actividad misma, dependiente de un tipo de toma de conciencia que puede ser escéptica, comprometida, irreverente, etcétera.[1]

No es éste el lugar para discutir en detalle la abundante literatura que sobre el tema de las relaciones entre los intelectuales y el poder se ha producido desde hace mucho tiempo. Baste con mencionar que las posiciones dominantes sobre el particular han mutado constantemente desde que se acuñara el concepto de “intelectual” en Francia, en 1898, en ocasión del affaire Dreyfus. Se debe pues al escritor Émile Zola un primer exhorto para que los hombres de ideas preocupados por la justicia y la verdad adoptaran una actitud crítica e intentaran cambiar la actitud incrédula y desinformada de los ciudadanos, en este caso frente a un hecho cruel que vulneraba los principios más elementales de la convivencia y la igualdad de derechos.[2] Tiempo después, en 1927, en su famoso libro La trahison des clercs, Julien Benda acusa a los intelectuales de abandonarse a las pasiones políticas, perdiendo de vista lo universal: se han vuelto “egoístas y desinteresados” de las grandes causas universales, como la justicia o la humanidad, y han abandonado toda primicia moral. En virtud de ello, Benda hace un exhorto a los intelectuales para que recuperen un sentido moral a la altura de su papel en la sociedad como formadores de opinión.[3] Posteriormente, en el período entreguerras, la emergencia del socialismo y el nacionalsocialismo dividió a los intelectuales europeos y de otras latitudes: socialistas y antisocialistas, fascistas y antifascistas. Sin embargo, algo los unificaba: la condición de “intelectual orgánico” o comprometido teórica y prácticamente con una determinada causa o ideología, y que nadie caracterizó mejor que el italiano Antonio Gramsci.[4] De hecho, la idea del intelectual crítico a la Zola o moralista a la Benda es sustituido por esta nueva representación. Del bando fascista resonaron las voces de intelectuales orgánicos como Carl Schmitt, Oswald Spengler, Ernst Jünger y Martin Heidegger, mientras que del bando socialista destacaron Georg Lukács, Ernest Bloch, Max Adler y el propio Gramsci. Pero como suele suceder, cuando los excesos solapados por ambos bandos quedaron al descubierto —el holocausto nazi y los gulags estalinistas— se produjo una desbandada de los intelectuales hacia otras posiciones. En el seno del marxismo se presentaron largos debates sobre el papel de los intelectuales, y la figura del intelectual comprometido comenzó a tener muchos detractores (como Cornelius Castoriadis, Albert Camus y Claude Lefort) y uno que otro defensor a ultranza (como Jean-Paul Sartre). Como haya sido, empezó entonces a cobrar fuerza una representación distinta, menos aferrada a las ideologías y más comprometida con la verdad y la honestidad. Aquí destaca con luz propia Raymond Aron, quien reivindica para el intelectual un sentido crítico, no ideologizado ni dogmatizado, comprometido solamente con la búsqueda de la verdad.[5] Y de aquí a decretar la muerte de los intelectuales sólo había un paso. La puntilla la quisieron dar con un éxito relativo los partidarios del posmodernismo (Francois Lyotard, Jacques Derrida, Gianni Vattimo): si el intelectual es un producto de la Ilustración y ésta ha sucumbido junto con la modernidad, entonces ya no hay espacio para el intelectual portador de verdades universales.[6] Ya antes, Michel Foucault había despreciado a los “intelectuales-oráculos” —una suerte de sacerdotes modernos capaces de iluminar el destino de la humanidad—, para reivindicar a un intelectual secularizado y todo menos profético.[7] Por esta misma línea se van derrumbando otras certezas acerca del papel de los intelectuales. Así, por ejemplo, Pierre Nora sostiene que más que incitar a la acción, los intelectuales deben interesarse con modestia por hacer más inteligible el mundo en que vivimos: si la famosa onceava tesis marxista de Fauerbach sostenía que lo imparte no es interpretar el mundo sino transformarlo, ahora el verdadero desafío para los intelectuales consiste en explicar al mundo por encima de cualquier otra cosa.[8] Pierre Bourdieu, por su parte, desnuda a los intelectuales y les atribuye una estrategia individual perfectamente calculada cuyo principal finalidad es defender sus intereses, que no son otros que conquistar bienes —materiales o simbólicos—, ya sea consciente o inconscientemente.[9] Asimismo, Alvin W. Gouldner concluye que los intelectuales se han convertido en una nueva clase de especialistas cada vez más distante del gran público y que sólo se comunican entre sí;[10] mientras que Russell Jacoby se refiere a los intelectuales independientes como una generación perdida, pues lo que hay en la actualidad es un grupo de “técnicos del aula”, ininteligibles, alquilados por alguna comisión, deseosos de agradar a diversos patrones y agencias, ufanos de sus credenciales académicas y de una autoridad social que no promueve el debate sino que se limita a establecer reputaciones y a intimidar a los inexpertos.[11] En la misma línea, Richard A. Posner demuestra empíricamente que el intelectual público ha declinado en los últimos años, incluso en términos estrictamente mercantiles: el impacto que alcanza, los libros que vende, la aceptación que recibe, etcétera.[12] Finalmente, Paul Johnson ha puesto de relieve el enorme escepticismo que en la actualidad producen los intelectuales en los públicos a los que se dirigen: “parece generalizarse la creencia de que los intelectuales no son más sabios como mentores ni más respetables como modelos que los hechiceros o sacerdotes de antaño”.[13] Pero el haber llegado a este punto muerto no es responsabilidad más que de los propios intelectuales. La soberbia, la incongruencia o la hipocresía que ha caracterizado a muchos de ellos ha terminado por devaluarlos a los ojos de todos. Y sin embargo, como diría Bourdieu, “si no hay intelectuales, no habrá defensores de las grandes causas”.

Pero si hemos de hablar de un deber ser de los intelectuales en relación con la política que sirva de parámetro para evaluar las diversas representaciones que los propios intelectuales se han hecho y se hacen sobre su actividad, me quedo con la definición de intelectual aportada por el poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid: “el escritor, artista o científico que opina en cosas de interés público con autoridad moral entre las elites”, y que forma parte de “algo así como la inteligencia pública de la sociedad civil”. Así, destacan al menos dos elementos: en primer término, que la intervención de los intelectuales en los asuntos públicos es totalmente independiente del poder político, e incluso contradice posturas y decisiones de éste; en segundo término, que en virtud de que la intervención del intelectual no se da en calidad de especialista, sino de ciudadano, la recepción de su discurso y opiniones no está mediada por un halo de “autoridad intelectual”. Esto es, no son los títulos o reconocimientos —por los que la mayoría de los intelectuales combaten con feroz discreción— otorgados (generalmente) por el poder los que le otorgan autoridad a su discurso, sino la recepción de ese discurso por parte de un público informado, quien por otra parte, es el que concede o niega la calidad de intelectual a alguien.[14]

Cabe señalar que el mundo de los políticos no es ajeno al mundo intelectual o, si se quiere, la política no es algo extraño a los intelectuales. Existen entre ambos un sinnúmero de vasos comunicantes. Pero la política que hacen los intelectuales no debe confundirse con la que realizan los políticos. Para empezar, no hay autoridad intelectual sin independencia respecto del poder. Ser un intelectual disidente y/o militante en un partido de oposición no cambia las cosas. El verdadero poder del intelectual es el de las ideas. La del intelectual es una práctica política distinta a la partidista. La crítica al poder despótico de los gobernantes sólo es creíble desde la independencia y, sobre todo, desde la libertad de quien la ejerce.[15]

En mi opinión, el compromiso de los intelectuales es con la verdad pública, donde quiera que ésta se encuentre. Su herramienta es la crítica, que como tal no es buena o mala, sino correcta o incorrectamente justificada o fundamentada. El intelectual no es un individuo apolítico; hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento sino la simple palabra escrita o hablada, que no es poca cosa. La crítica del poder o el poder de la crítica de los intelectuales radica en su autonomía moral y económica, es decir, en el ejercicio de su libertad. El compromiso del político de oficio, por el contrario, es con el poder, donde quiera que éste se encuentre. No busca entenderlo o cambiarlo sino justificarlo. Su herramienta es la lealtad, que no es buena o mala, simplemente es y punto.

En este juego de espejos, el intelectual no puede quedar subordinado a la lógica de la política partidaria o gubernamental sin traicionarse a sí mismo. Su lealtad no es con el príncipe, sea cual fuere su color u origen, sino con las ideas y el debate públicos.

3. Intelectuales y poder en el México del siglo XX

El tema de la relación entre los intelectuales y el poder en México ha sido objeto de innumerables estudios,[16] polémicas y discusiones: ¿amor u odio?, ¿cercanía o lejanía?, ¿lealtad o independencia? Sin embargo, sólo ahora, después de la caída del viejo régimen priista, es posible aproximarse a este tema con la distancia necesaria como para establecer algunas tendencias que marcaron esta relación durante el siglo XX.

Atendiendo a la definición de intelectual propuesta por Zaid a la que nos referimos antes, ¿qué se puede decir de los intelectuales en México durante el siglo XX?, ¿qué tanto se aproximan o se alejan de sus criterios de valor? Lo primero que hay que decir es que la independencia con respecto al poder no ha sido un valor cultivado por la mayoría de ellos, por más que pretendan aparentar lo contrario. Además, casi siempre han tratado de imponer al público ilustrado del país (antes de esperar a ser reconocidos) su autoridad como especialistas. Por esta vía muchos de ellos se han convertido en auténticos mandarines culturales que medran con el capital intelectual, dictan reglas, protegen a su grey e, incluso, castigan a los “rebeldes” y fustigan a los adversarios. No obstante, como veremos a continuación, muchas de nuestras glorias intelectuales han recurrido a diversas fórmulas retóricas para justificar sus propios devaneos con el poder sin fenecer en el intento.[17]

La historia política de México durante el siglo XX es una de grandes contrastes y transformaciones, de avances y retrocesos. En este período encontramos todas las manifestaciones o etapas posibles de evolución política características de los Estados-nación modernos, desde el fin de una dictadura personalista hasta una transición democrática, pasando por una muy larga y violenta revolución social, y la instauración, consolidación y decadencia de un régimen autoritario de partido único. En ese sentido, es lógico que en el ámbito intelectual también emergieran durante todo este período representaciones o concepciones igualmente diversas y hasta contrastantes sobre el papel de los intelectuales en relación con el poder político, desde las que defienden su incursión en las tareas sustantivas del Estado hasta los que reivindican su plena independencia respecto del mismo.

Si bien en algún momento en la vida política del siglo XX, más específicamente, en el ocaso del porfiriato, durante la Revolución y en los albores del régimen posrevolucionario, prosperó entre los intelectuales un interés y una vocación hasta cierto punto legítimas de integrarse a las labores del Estado por el bien de la nación, ya sea creando instituciones, sobre todo culturales, o generando programas de todo tipo para promover la educación y la cultura en el país, hubo un momento, conforme el régimen político posrevolucionario fue institucionalizándose y afinando sus rasgos autoritarios dominantes, en el que la colaboración con el poder sólo podía hacerse desde una tensión moral o una contradicción imposible de evadir, salvo renunciando a la calidad de intelectual o participando de un juego de simulaciones. (De hecho, muchos intelectuales desencantados de su paso por las entrañas del poder volvieron a los libros o pasaron a la confrontación activa). Sin embargo, frente a la disyuntiva de los intelectuales de colaborar con un Estado autoritario de corte paternalista para mantener ciertos privilegios y hasta su propia promoción y permanencia en el medio o mantener su independencia respecto del Estado, aun a riesgo de ser condenados al ostracismo o hasta perseguidos por no plegarse a las reglas del sistema, terminó imponiéndose para la mayoría de los intelectuales una autorrepresentación de su papel en la sociedad bastante “conveniente” como para no salir raspados en el intento ni confrontados con sus propios fantasmas. Se trata, en suma, de una concepción del trabajo intelectual que no está reñida ni contrapuesta al trabajo político y partidista, a condición de que este encuentro, argumentarán los partidarios de esta concepción, sea creativo y coadyuve a la afirmación de cada vez mayores espacios de libertad y democracia. Para esta posición, poco importa el tema de la mayor o menor independencia intelectual. Por el contrario, se citan y exaltan con frecuencia las experiencias de muchos hombres de ideas que optaron en su momento por colaborar en la creación de instituciones culturales y del propio Estado nacional.

Hasta aquí, el balance resulta terrible: la seducción por el poder ha llevado a la mayoría de los intelectuales mexicanos a sucumbir ante él. La existencia de un puñado de intelectuales a lo largo del siglo XX que han elegido el camino menos rentable y protagónico de la independencia y la crítica al poder —como Zaid, Roger Bartra o Lorenzo Meyer—, no marca una tendencia. Más frecuente ha sido el de los intelectuales cuya fascinación por el poder los llevó a colaborar con el mismo de manera servil —desde Martín Luis Guzmán y Jaime Torres Bodet hasta Héctor Aguilar Camín y el grupo Nexos, pasando por Luis Spota, Jaime Sabines, Jesús Reyes Heroles, Ricardo Garibay y Agustín Yánez—, o incluso el de los intelectuales que han optado por mantenerse en un complejo equilibrio entre la crítica al poder y la connivencia con el mismo a veces con la finalidad de poder emprender su actividad con una cierta dosis de libertad. Ahí están, por ejemplo, un Alfonso Reyes o un José Vasconcelos, en su momento colaboradores del poder pero también críticos del mismo, y, por ello, precursores de las transformaciones revolucionarias de principio de siglo, aunque tampoco comulgaban con la ideología de la Revolución Mexicana. Lo mismo puede decirse de Daniel Cosío Villegas, quien después de colaborar con el poder desde diversos cargos públicos se volvió el crítico más incisivo del mismo. Este es el caso también de Jorge Cuesta, quizá el crítico más agudo del callismo y el cardenismo, lo que le valió la persecución y el denuesto. Y que decir de Manuel Gómez Morin o Vicente Lombardo Toledano, quienes también colaboraron con el poder pero que decidieron en algún momento enfrentarlo mediante la creación de dos partidos de oposición, el Partido Acción Nacional y el Partido Popular, respectivamente. Ahí quedan también las posiciones ambivalentes de José Revueltas y Octavio Paz, uno intelectual radical de izquierda y otro liberal demócrata, pero que también se movieron entre la crítica al poder y la connivencia con el mismo, aunque el desenlace de sus carreras y sus vidas fue diametralmente opuesto. En tiempos más recientes, la inteligencia pareció moverse a conveniencia entre la crítica y la disidencia o la incorporación al gobierno. Ahí quedan las trayectorias igualmente ambivalentes de intelectuales como Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Enrique Krauze o Elena Poniatowska.

No es difícil inferir las intenciones implícitas en estas concepciones largamente dominantes en el México posrevolucionario. Sin embargo, lo realmente significativo es establecer las consecuencias de que en el mundo intelectual haya campeado precisamente esta representación en lugar de otras posibles. El hecho es que terminó imponiéndose en México un juego de simulaciones en el medio intelectual producto de una larga cooptación silenciosa que orilló a la mayoría de los intelectuales a trabajar bajo la tutela del Príncipe. La consecuencia más visible de ello ha sido el estancamiento de este sector, lo cual se manifiesta de muchas maneras: la libertad de pensamiento no ha sido algo apreciado por los intelectuales, los debates de ideas no interesan a nadie y nunca se han fomentado, la promoción de los intelectuales se debe más a compromisos y lealtades con los mandarines de la cultura y los políticos de turno que a las virtudes y méritos exhibidos. Por otra parte, la cultura en general y el debate intelectual han sido monopolizados por el Estado y por un grupo muy estrecho de intelectuales que han sabido jugar muy bien con las reglas corporativas y clientelistas del sistema. El peso de la tradición en este aspecto es tan fuerte que ni el reciente cambio de régimen en México ha podido alterar todavía sus efectos corrosivos. De hecho, la mayoría de los intelectuales no ha estado a la altura de los cambios y el ágora sigue estando secuestrada por los mismos grupos de ayer al tiempo de que se conservan incólumes las mismas reglas corporativas y clientelistas.

4. Nuevas representaciones

El medio intelectual mexicano ha sido más bien refractario a ser confrontado en sus debilidades y flaquezas. Por eso, cuando alguien osa hacerlo lo más seguro es que enfrente la descalificación a ultranza o la indiferencia de sus colegas. No es un secreto que en nuestro país no se tolera el disenso, más aún suele asociarse a asuntos de índole personal o privado. En lugar de la confrontación, el medio intelectual mexicano ha afirmado un sistema que hace de la mediocridad virtud, y donde cualquiera que alza la voz para disentir con sus colegas es odiado y denostado.

Es por ello que la libertad de pensamiento no es algo apreciado por los intelectuales mexicanos. Por el contrario, los debates intelectuales no interesan a nadie. Los intelectuales, salvo honrosas excepciones, más que relacionarse por sus afinidades teóricas con respecto a las principales corrientes o escuelas de pensamiento, lo hacen por criterios de amistad o para aspirar a merecer los favores y prebendas que conceden los mandarines de la cultura y el poder. Éstos a su vez, erigidos en tribunales, monopolizan y controlan a su conveniencia la producción y la divulgación de las ideas en México o censuran o descalifican con lujo inquisitorial a quienes no comparten sus opiniones.

En ese sentido, en un país donde la cultura estuvo largamente monopolizada por una caterva de ideólogos del sistema priista y donde han prevalecido tradicionalmente las formas más abyectas de cooptación silenciosa, no hay nada más difícil que el pensamiento libre. A los intelectuales independientes, por no alinearse a la visión dominante, siempre les ha tocado en respuesta la marginación y el aislamiento. El dogmatismo no duda en estigmatizar a quienes todavía creen en la fuerza de las ideas. Ciertamente, la academia paga mal en México y ello ha obligado a la mayoría de los intelectuales a acomodarse a lo que venga. El problema está en que tales intelectuales no asuman responsablemente los costos de su inserción en los ámbitos políticos y culturales oficiales, es decir, la pérdida inevitable de autonomía y, por consiguiente, de credibilidad y autoridad intelectual.

Los ejemplos al respecto son innumerables, hasta dar lugar a un abanico muy variado de representaciones de los intelectuales en México en el último cuarto del siglo XX, cuyo común denominador es la simulación. En primer lugar están los intelectuales cuyas afinidades electivas los llevó a convertirse en ideólogos del viejo régimen y a coquetear con los poderosos. Sin embargo, al tiempo que obtenían canonjías de todo tipo por los favores prestados a los detentadores del poder político, se esforzaban por mostrarse ante la opinión pública como intelectuales independientes y librepensadores. Este tipo de intelectual, en realidad, representaba dos papeles al mismo tiempo: por una parte era un intelectual servil a los gobernantes en turno y por la otra se presentaba socialmente como un intelectual independiente no contaminado por el poder. ¿Paradoja? No. Cinismo e hipocresía. La premisa de acción de estos intelectuales se alimentaba de un profundo desprecio por la sociedad, pues suponen que sus interlocutores son fácilmente manipulables y se van a tragan sin chistar todo lo que les vendan. Quizá el ejemplo prototípico de este tipo de intelectual lo constituye el poderoso grupo Nexos y en particular el conocido historiador Aguilar Camín, ambos ampliamente reconocidos por sus vínculos con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Hoy el grupo Nexos y el propio Aguilar Camín hacen esfuerzos denodados por sacudirse el estigma de ideólogos de Salinas de Gortari. Quizá lo logren, pero la sociedad no se deja engañar tan fácilmente como ellos suponían. El hecho es que Aguilar Camín constituye uno de los casos más notables de cacicazgo cultural en los años recientes. Como ha señalado Alfredo Echegollen, Aguilar Camín “representa el epítome del intelectual que dejó de serlo, porque pasó no de los libros al renombre, sino de los libros al poder (Zaid dixit), y de ahí a la ignominia”.[18] Además de Aguilar Camín, otros intelectuales muy señalados por apoyar en su momento al gobierno de Luis Echeverría fueron Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes. Algo similar puede decirse de intelectuales como Federico Reyes Heroles y Jesús Silva Herzog-Márquez, convertidos en auténticos aduladores de Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo.

Una segunda representación reciente del intelectual en México es la de aquellos que pasaron de las aulas universitarias o los medios intelectuales a ocupar cargos en la administración pública o a desempeñarse como asesores de funcionarios en distintos niveles, pero sin asumir públicamente los costos de su inserción. Son pocas las excepciones de aquellos intelectuales que al asumir este tipo de responsabilidades decidieron hacer un intervalo prudente en los espacios en los que venían desempeñándose —universidades y medios de comunicación—, para ser consecuentes con sus nuevas responsabilidades y compromisos. Por el contrario, la mayoría de los intelectuales que entran en esta categoría siguen desempeñándose en ambas esferas como si no se tocaran y como si nadie se percatara de su incongruencia. Estos intelectuales no se hacen problemas sobre su ambivalencia electiva, no tienen resentimientos de ningún tipo, son más bien oportunistas y venden su pluma al mejor postor. Algunos de ellos gustan ser llamados eufemísticamente como “consultores”. Por esta razón quizá convenga la expresión “intelectuales que se acomodan a lo que venga” para calificar a este subtipo de intelectuales. No tendría que dar ejemplos de esta representación de intelectual, pues están en todas partes (basta sintonizar la radio para escuchar sus voces impostadas; abrir los periódicos para leer sus artículos vacíos; encender la televisión para toparse con sus debates maquillados y tímidos), sin embargo, para entendernos, ahí van algunos nombres: María Amparo Casar, Jorge Alcocer o Carlos Elizondo Meyer-Serra.

Pero suponer que la pertenencia a las instituciones políticas no condiciona la práctica de los intelectuales parece en el mejor de los casos una ingenuidad. Nadie lo expresó mejor que el maestro Cosío Villegas: “El buen éxito de esta empresa… (la del buen intelectual mexicano), exige mucho más trabajar fuera que dentro del gobierno. De aquí concluiría que lejos de echar desde luego sus cartas, debiera rehusarse a participar en un juego político cuya primera ‘regla de caballeros’ es renunciar a ser intelectual, o sea, pensar por sí mismo, heterodoxamente si es necesario.”[19]

Otra representación del intelectual muy común en los tiempos recientes es la de aquellos que disfrazan o maquillan sus preferencias políticas o vínculos partidistas a conveniencia de las circunstancias. Cuando se presentan como “analistas políticos” nunca hacen explícita su militancia o sus simpatías partidistas, pues saben que hacerlo les restaría objetividad y credibilidad. He conocido a pocos intelectuales militantes que al escribir un artículo o comentar un acontecimiento en algún medio de comunicación hagan explícita sus afinidades políticas. Por el contrario, la mayoría de los intelectuales que entran en esta categoría alternan a su conveniencia su doble vida: la del militante y la del analista político, como si la primera no contaminara a la segunda. ¿Creadores de opinión? No, intelectuales sin escrúpulos y dignidad. Mediocres que no arriesgan nada.

Pero si de intelectuales que no arriesgan nada se trata, la academia ha generado otra categoría de científicos aparentemente neutrales pero que en los hechos le vienen muy bien al sistema político: los intelectuales apolíticos. Quienes en nuestro país mantienen esta perorata comienzan, siguiendo a sus patrones extranjeros, con declaraciones retóricas del tipo: nadie tiene muy claro que es en efecto el sistema democrático. Se eluden así los problemas substanciales por imposibilidad de comprender la razón política moderna. Para estos intelectuales, no cabe posibilidad de legitimación política y, por supuesto, moral. Todo proceso de fundación política es ilegítimo porque está basado, según estos de(s)constructores del vacío, en un “golpe de fuerza”. Lamentablemente, la academia en nuestro país, tan proclive a confundir repetición con creación intelectiva, y algún despistado con complejo de culto por escribir en los suplementos de cultura, seguirán bombardeándonos con estas estupideces.

A este tipo de intelectuales no comprometidos políticamente cabría recordarles una frase de Voltaire: “Es en la práctica donde el hombre debe probar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. La discusión sobre la realidad o irrealidad del pensamiento, aislada de la práctica, es puramente escolástica”.[20]

Mención aparte merecen los intelectuales mediáticos. Aquellos que han llegado a ocupar posiciones de privilegio en los medios como comentaristas, conductores o productores. Al igual que en los demás casos, estos intelectuales se presentan como independientes, pero todo mundo sabe que en México hasta hace poco no había otra manera de escalar posiciones en los medios más que estableciendo compromisos políticos y lealtades con los poderosos o con los dueños de los medios. Obviamente, por esta vía, el pensamiento libre también se vuelve una simulación. Al respecto son conocidos los vínculos entre los intelectuales del grupo Vuelta y Televisa en una época en la que la televisora se declaró abiertamente priista.

He dejado para el final una representación del intelectual mucho más reciente en el tiempo. Se trata de intelectuales que descubrieron que la autonomía intelectual podía ser un recurso muy rentable para su propia promoción personal y hasta política. Se trata de una simulación porque la supuesta “autonomía intelectual” que reivindicaban era en realidad una moneda de cambio para proyectarse políticamente, era un medio para obtener ciertos fines y no un fin en sí mismo. En esta categoría podrían entrar perfectamente algunos ex consejeros electorales del Instituto Federal Electoral (IFE) que después de desempeñarse como ciudadanos “comprometidos” con la democracia, es decir, con imparcialidad, decidieron catapultarse al gobierno en distintos niveles como funcionarios públicos. En consecuencia, descubrimos que su pretendida autonomía sí tenía partido. En esta lógica, debemos aceptar que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tenía razón en su momento cuando criticó la falta de imparcialidad con la que dichos consejeros se desempeñaron. No voy a repetir lo que ya he dicho en varias ocasiones sobre la supuesta independencia de los consejeros electorales del IFE. Baste recordar que todos ellos fueron designados mediante un sistema de cuotas donde cada partido proponía a sus candidatos, lo cual sugiere que cada uno de los consejeros electorales propuestos mantenía alguna relación más o menos directa con alguno de los partidos participantes al grado de haber sido favorecido por él. La relación puede ser de muchos tipos, desde haber sido en algún momento asesores de un partido, haber dirigido o ser miembro de alguna fundación de un partido, haber hecho trabajos para un partido y por ello haber percibido ingresos de un partido, mantener relaciones estrechas con los dirigentes de un partido o simplemente mantener un discurso afín al de un partido, aunque éste se vista con los ropajes de la objetividad y la neutralidad que sólo la academia pueden ofrecer. En cualquiera de estos casos, quedó en entredicho la supuesta independencia de los integrantes del Consejo General del IFE.[21]

Lo más preocupante de este diagnóstico es que muchas veces ni los propios intelectuales mexicanos son conscientes de la simulación que representan. Es como si los usos y las costumbres predominantes se asumieran como naturales, es decir, inevitables, por lo que tales patrones de comportamiento terminan reproduciéndose una y otra vez.

Durante décadas la clase ilustrada del país creció a la sombra del poder. Científicos, periodistas y escritores estuvieron condenados a trabajar bajo la tutela del príncipe so riesgo de ser orillados al anonimato o el ostracismo. El Estado paternalista cubría bajo su manto protector a los creadores intelectuales, quienes por vía de los hechos se convertían en ideólogos del gobernante en turno. Este matrimonio perverso se mantuvo intacto hasta que ambas partes decidieron romper los lazos “afectivos”. La crisis de legitimación del Estado mexicano provocó la ruptura entre los intelectuales y el poder. 1968 fue un año paradigmático al respecto. A partir de entonces, la luna de miel entre políticos e intelectuales derivó en una guerra de baja intensidad que empezó a cobrar sus primeras víctimas. Periódicos y revistas, periodistas e intelectuales fueron testigos de este naufragio. Pero muy pronto, los puentes se volvieron a establecer y, con ellos, numerosos intentos de cooptación y mediatización salieron a la luz pública. Parecía que nuevamente la inteligencia se disputaba la exclusividad de los favores del Político con mayúsculas.

Sin embargo, la espectacularidad de los hechos, la sonoridad de los actores, la profundidad de las heridas y los rencores abiertos, y el escándalo por los favores ofrecidos o recibidos acabaron por desviar la atención sobre el meollo del asunto: ¿cuál debe ser la relación entre los intelectuales y el poder?

Lamentablemente, muy pocos intelectuales en México se han tomado seriamente la independencia respecto del poder y menos aún han estado comprometidos intelectualmente con la creación de espacios políticos abiertos a todos los ciudadanos, espacios sin propietarios específicos, espacios potencialmente de todos y materialmente de nadie. Porque, díganme por favor, ¡cuántos en el actual México podrán decir eso y, sobre todo, demostrar con seriedad, con pruebas y no con “reconstrucciones” ad hoc que estaban contra el PRI!, ¡cuántos intelectuales resistirán la prueba!, ¡cuántos serán los que en el inmediato futuro exhibirán pruebas de autonomía e independencia!

 5. Tres variaciones sobre un mismo tema

 En mi elenco personal de intelectuales mexicanos del siglo XX al menos tres ocupan un lugar destacado como cultivadores explícitos de una cierta concepción del quehacer intelectual con la que me identifico plenamente, más allá de la congruencia o la fidelidad que estos mismos intelectuales pudieron haber tenido en la práctica para con la misma. Me refiero a Cosío Villegas, Paz y Zaid.

Cosío Villegas fue quizá el intelectual más polémico y comentado de su época. Sus obras críticas sobre el régimen posrevolucionario alcanzaron una gran difusión y repercusión en su momento, así como la animadversión de muchos pares intelectuales y personalidades políticas. Fue fundador de importantes instituciones culturales, como el Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica, por lo que colaboró necesariamente con varios gobiernos, pero en sus principales obras dejó constancia de su capacidad crítica como historiador y observador de su presente. Además, Cosío Villegas consideraba que la primera tarea del intelectual que asumía responsabilidades en un gobierno era renunciar a ser intelectual, aunque también sabía que era mucho pedir a sus pares que preferían vivir de la simulación antes que renunciar a los privilegios que supone ser considerado un hombre de letras independiente.

En la mayoría de sus trabajos, como el célebre ensayo “La crisis de México” de 1947,[22] sorprende su tono combativo y por momentos hasta ácido. En unas apretadas páginas, Cosío Villegas discurre filosamente, pero con autoridad, sobre la enfermedad del país en esos aciagos años de extravíos revolucionarios y promesas modernizadoras.

Lo primero que llama la atención de este ensayo y de muchas otras obras de Cosío Villegas es su crudeza y valentía.[23] Tal pareciera que su autor estaba empeñado en no dejar piedra sobre piedra, no importando las consecuencias adversas que su crítica incisiva al régimen pudieran acarrearle en lo personal. En realidad, ningún intelectual mexicano ha sido más congruente que Cosío Villegas en el ejercicio de la crítica independiente. ¡Cuán distante del ejemplo de este hombre están, salvo muy contadas excepciones, los intelectuales mexicanos de hoy! Son éstos los mismos que apuntalaron hasta el final al régimen priista, aún después de que los ciudadanos ya habíamos decidido rescindirlo por la vía de las urnas.

La segunda cuestión que llama la atención del trabajo de Cosío Villegas es lo acertado de su crítica. Hoy es fácil decirlo, porque la distancia transcurrida desde entonces nos permite darle la razón, pero en aquel momento alentó muchas discusiones y cuestionamientos por parte de sus contemporáneos. ¿En qué acertó Cosío Villegas? En que el régimen posrevolucionario, en la práctica, había abandonado sin remedio, ya sea por ineptitud, por insensibilidad o por irresponsabilidad, los principios ideológicos que le daban sustento y legitimidad de origen. En su lugar, las prácticas políticas se contaminaron de pragmatismo y corrupción, al grado de que se perdió por completo la brújula. En esas circunstancias, las metas de la Revolución Mexicana terminaron agotándose y el régimen posrevolucionario entró en una crisis política y moral, de credibilidad y de identidad, que se antojaba desde entonces muy difícil de revertir.

Y justo en este momento, una vez que Cosío Villegas ha bocetado magistralmente las características de la crisis del México de su tiempo, alista la espada para lo que viene, o sea, para la política: “[...] el país está en una crisis política y moral de grave trascendencia, y si no se la reconoce y admite, y si no se hace el mejor de los esfuerzos, para remediarla, México caminará a la deriva, perdiendo un tiempo que un país tan retrasado en su evolución no puede perder, o se hundirá para no rehacerse quizás con una personalidad propia.”[24]

He aquí al escritor que sabe perfectamente que el único compromiso posible de los intelectuales libres es con la verdad pública, que se asume como un individuo político; que hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento sino la simple palabra escrita o hablada.

Pero Cosío Villegas era también conciente de las dificultades de superar la crisis, aunque no por ello había que cruzarse de brazos. Por el contrario, desde el momento mismo en que se ocupa de estos temas está incidiendo ya, o intentando incidir, en el curso de los acontecimientos: “Quizá no valga la pena especular sobre milagros, pero, si no se reafirman los principios, sino que simplemente se los escamotea; si no se depuran los hombres, sino que simplemente se les adorna con vestidos o títulos, entonces no habrá en México autorregeneración, y, en consecuencia, la regeneración vendrá de fuera y el país perdería mucho de su existencia nacional y a un plazo no muy largo.”[25]

En suma, Cosío Villegas nos ofrece varias claves de lectura tan vigentes entonces como ahora; a saber: a) los ordenamientos políticos mantienen un vínculo estrecho y permanente con los principios e ideales que le dieron origen o le dan sustento, por lo que desentenderse de ellos siempre tiene un costo en términos de legitimidad e identidad y, en casos extremos, puede conducir a su virtual colapso o sustitución por un ordenamiento distinto; b) por más sólidos que sean los principios articuladores de un régimen político, el poder siempre está en vilo, pues también depende de los valores y las expectativas que se definen y redefinen permanentemente en la sociedad; y c) la congruencia entre el discurso del poder y el ejercicio del poder es más importante de lo que suele creerse, por lo que subestimarla siempre tiene costos políticos.

Por lo que se refiere a Paz, el más universal de nuestros intelectuales, el tema de la relación entre inteligencia y poder fue constantemente considerado en su obra ensayística.[26] Defender el valor de la crítica y la independencia fue casi una obsesión en Paz. Vale recordar al respecto su renuncia a la embajada de la India luego de los penosos acontecimientos ocurridos el 2 de octubre de 1968 en la plaza de Tlatelolco; su dimisión del periódico Excélsior después del golpe de mano dado a Julio Scherer y su equipo por el entonces presidente Echeverría; la fundación de la revista Vuelta en 1976.

Para Paz, la política no puede quedar en manos de tiranos o demagogos. Los primeros conducen a gulags, los segundos a “ogros filantrópicos”. La polis, recuerda el Nobel de Literatura, es obra de ciudadanos libres e ilustrados, de individuos antes que masas. Por eso, su simpatía hacia la doctrina liberal y democrática, y su sospecha hacia cualquier discurso organicista que en nombre del paraíso sólo ofrecía el infierno terrenal. Paz asumió en algún momento la crítica del PRI y de su Estado; del dogmatismo e intolerancia de cierta izquierda, y del conservadurismo de la derecha. Sus críticas no siempre fueron bien recibidas. Incluso en momentos fueron abiertamente condenadas. Pero más allá de lo anecdótico, su filo agudo y polémico queda como un valuarte intelectual de nuestro tiempo, como una lectura redonda y dialógica de los actores y los sucesos del siglo pasado.

Sin embargo, Paz se convirtió en el cacique cultural más influyente de la segunda mitad del siglo XX, lo cual supone haberse acogido al poder para obtener de él protección y todo tipo de canonjías. Paz lo sabía y se resignó sin sobresaltos a mantener una relación necesaria y muy conveniente con los poderosos, quizá más para poder trabajar con libertad que por otra cosa. Sin embargo, si alguien fue fiel a sus pasiones y convicciones ese fue precisamente Paz.

Pero si de congruencia intelectual se trata hay que voltear a mirar a Zaid, el más agudo de los críticos culturales en el país. Para él lo que cuenta no es el autor sino lo que escribe, no es el escritor sino sus libros. Todavía más, lo verdaderamente importante es la lectura, es decir, el lector. Cada lector se imagina a su modo a los autores que lee, y en el caso de Zaid incluso más, pues muy pocos lo conocen físicamente. Zaid eligió ocultar su imagen para que hablara su obra, pero el poeta nunca renunció a la Ciudad, es decir, al espacio público, al debate de las ideas, al diálogo permanente con sus habitantes y sus fantasmas.[27]

Nadie como Zaid ha desnudado con su crítica cultural las mediocridades y falsedades de las instituciones oficiales y no oficiales encargadas de promover y preservar la cultura. Nadie como él ha criticado con ironía y autoridad las ambiciones trepadoras de la clase intelectual en su carrera desenfrenada por la fama y el poder. Pero al denunciar las contradicciones del poder de los libros, Zaid lo hizo desde la congruencia, es decir, desde el lugar de los de “afuera”, desde la zona pública de la sociedad, desde la opinión pública independiente, en últimas, desde la Ciudad. Y aquí lo que cuenta es la conversación inteligente y amena, el diálogo de unos lectores con otros, la vida pública que pasa por la imprenta, no la parafernalia de la academia o la universidad, de los intelectuales mercenarios y arrogantes, con sus circunloquios y ceremonias, sus vanidades y banalidades, sus torres de marfil y de Babel.

Zaid es también la contrafigura vital de una resistencia, la del poeta que desobedece el mandato del sabio, se niega a abandonar la ciudad y promueve en ella el nacimiento de una práctica (la poesía) que no está privada del elemento imaginario y una suerte de teoría que no exige el poder como derecho suyo ni rehuye la realidad. Entre el vivir y el pensar, Zaid deja sabiamente la puerta abierta.

Las lecciones que Zaid nos ha brindado a quienes creemos en la congruencia intelectual son invaluables. Nos ha enseñado a defender rabiosamente la independencia intelectual, a rechazar los dogmas, a creer firmemente en la verdad pública tejida entre todos, a reivindicar el ensayo como medio para conectar con nuestra tradición humanista y nuestro presente, con el orgullo de pensar y escribir en español, a salir de la academia para entrar a la calle, a la plaza pública, el lugar de la política, la verdadera política, la política de los deseos y los sueños, de los imaginarios colectivos y las realidades cotidianas que se transparentan mediante la palabra escrita o hablada.

Zaid encuentra su verdadero rostro al ser reconocido como inspirador cultural de varias generaciones de hombres y mujeres de letras, periodistas, académicos, investigadores, polemistas, etcétera, y precisamente por esta virtud, Zaid es en la actualidad el pensador crítico más importante y original en México.

6. Una reflexión final

De acuerdo con lo planteado hasta aquí, salvo contadas excepciones, la codicia ha sido la constante de nuestra intelectualidad, pero a la hora de justificar sus proximidades con el poder, sus contubernios para obtener beneficios del Príncipe, sus discursos deslavados para apoyar a tal o cual político o sus silencios cómplices ante los atropellos de un régimen autoritario como el que padecimos durante décadas, todos ellos estilan ironía y un profundo desprecio por sus denostadores. Siempre encuentran las palabras justas para adornar sus acciones y con extrema habilidad escapan a las críticas o las emplean en su beneficio. Los ejemplos son tantos y tan terroríficos que harían palidecer a cualquiera, pero no a los intelectuales mexicanos, artífices del disfraz, maestros del engaño, cínicos sin escrúpulos, mercenarios de la pluma. Obviamente, optar por criticar y desafiar a los mandarines de la cultura en nuestro país conduce al aislamiento y el ostracismo, un precio que hemos debido pagar todos los que nos negamos a seguir las reglas no escritas del medio intelectual, su lambisconería y zalamería, su hipocresía y falsedad; un derrotero complicado para todos los que preferimos darle algún valor al principio de la independencia intelectual antes que prostituir la pluma y la conciencia.

Ahí quedan los devaneos de Fuentes con el presidente Echeverría, las contradicciones de Paz, las mentiras de Aguilar Camín y el grupo Nexos, el cinismo de Jaime Sabines, Ricardo Garibay y Agustín Yánez, las “buenas intenciones” de Conaculta, las transas de los concursos literarios, los plagios de la Poniatowska, los guiños de Monsiváis a los poderosos y un interminable etcétera de corruptelas y ambiciones. Por fortuna, aunque se podrían contar con los dedos de una sola mano, algunos intelectuales han optado por la congruencia. Este es el caso de Zaid, siempre Zaid, hoy por hoy el único intelectual merecedor de ese calificativo, como en su momento lo fue Cosío Villegas. Pero el cuadro general de la inteligencia mexicana resulta muy poco estimulante. No está demás denunciar y exigir que se limpie la cochambre y la podredumbre del medio intelectual y de las instituciones culturales del país, pues con lo que hay —mentiras y simulaciones, conveniencias y favoritismos, compadrazgos y padrinazgos, feudos y codicias— no puede haber un debate serio y responsable de las ideas, una interlocución madura entre los intelectuales, un compromiso real con la verdad pública.

Durante el siglo XX, México ha exhibido una suerte de dualidad entre el mundo de los políticos y el mundo de las ideas. En el primero, los políticos detentan el poder terrenal de manera discrecional y casi siempre a espaldas de la sociedad civil, mientras que en el segundo, el poder de los intelectuales no radica en un ámbito terrenal sino en cuestiones más bien cercanas al espíritu, esto es, en la identificación de sus miembros con la Razón, la inteligencia, la verdad, etcétera. Ambos universos conocen y asumen la existencia del otro tomando sus respectivas distancias, creando fronteras para evitar que individuos no pertenecientes a su identidad soberana asuman posiciones de poder y, sobre todo, desdeñando de una u otra forma a aquellos que se identifican única y plenamente con el otro. Pero aquí hay una suerte de paradoja que no justifica pero sí explica esta compleja relación: sólo deslindándose tajantemente del poder, y más de un poder autoritario como el que caracterizó a nuestro país, los escritores podían adquirir la legitimidad y la credibilidad hacia su trabajo intelectual, y al mismo tiempo sólo acercándose al poder podían obtener los beneficios económicos y de promoción que requerían para proseguir su tarea. De ahí que la mayoría de los escritores en México optó por aproximarse al Príncipe, convirtiéndose en sus ideólogos o simplemente apoyándolo en situaciones límite, al tiempo que se presentaban en público como pensadores independientes y no contaminados por las garras del poder político. La consecuencia fue un juego de simulaciones y de cooptación silenciosa, mutuamente conveniente para los miembros de ambos mundos, pero que a la larga infectó a los escritores de cinismo e hipocresía, vanidad y codicia.

Sin embargo, los escritores siempre fueron confrontados por otros escritores que cuestionaban la moralidad y la autoridad de quienes se dejaban seducir por el canto de las sirenas del poder. De ahí que nuestra intelectualidad haya producido periódicamente un sinnúmeros de artículos y debates públicos sobre el papel de los intelectuales y sobre la independencia intelectual, para justificar sus devaneos o para deslindarse de cualquier sospecha en su contra por más que fueran consabidos sus favores al Príncipe. Ahí quedan, para citar algunos ejemplos recientes, las posiciones contradictorias que generó entre los escritores el alzamiento armado del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas el primer minuto de 1994, y sobre todo la aparición en la escena pública de un guerrillero escritor, con pipa y rifle, que sedujo a muchos, pero que propició ácidas críticas por parte de la mayoría de los escritores. Y que decir de los juegos de poder del sexenio de Salinas, cuya necesidad de apoyos y legitimidad lo llevó a coquetear con los intelectuales de moda, a lo que estos respondieron con agrado y servilismo. Son los años en que los dos grupos intelectuales más visibles del país, Nexos y Vuelta, se sentían lo suficientemente fuertes y maduros como para disputarse entre sí la hegemonía del proyecto cultural del país. De ahí que Salinas supo jugar con ambos a cambio de privilegios y beneficios, mientras que éstos entraron en una disputa llena de engaños y mentiras, escenificando una de las experiencias más deplorables del mundo de las letras, de la cual salieron totalmente raspados en su credibilidad escritores como Aguilar Camín y Enrique Krauze. Algo similar puede decirse, por último, de las opiniones de los escritores con motivo de la alternancia del 2000 y su significado para la transición democrática. Aquí salen a relucir los subterfugios y las contradicciones de un discurso aparentemente partidario de la democratización por parte de quienes apuntalaron al régimen autoritario durante décadas, por lo que fueron más bien cómplices del régimen autoritario y responsables indirectos de que la democratización haya tardado tanto tiempo en prosperar.[28]

Concluyo con una nota optimista. El hecho de que el tema de los intelectuales y sus relaciones con el poder en México esté siendo analizado cada vez más de manera crítica y valiente por múltiples estudiosos sobre todo jóvenes,[29] sugiere que algo está cambiando, que los feudos construidos por los mandarines de la cultura de antaño comienzan a desplomarse, y que muy pronto entenderemos por fin que el único valor del pensamiento radica en su independencia sin simulaciones y su compromiso con la verdad. Sólo desde este mirador resulta creíble la crítica al poder de los gobernantes.

Criticar el discurso o la acción de la clase gobernante no significa, en principio, estar apoyando a otro grupo político y menos aún pertenecer o estar a merced de las consignas de otra camarilla. Criticar dialógicamente y controlar el poder de los gobernantes no es sino otra forma, aunque fundamental para un demócrata, de hacer política democrática, o sea, de contribuir a formar y conformar un “imaginario social”, un espíritu público, sin el cual la vida de los hombres quedaría reducida a la lucha animal por la mera sobrevivencia. Algo similar puede decirse de la crítica y la confrontación de ideas entre pares y colegas. El disenso, cuando está bien fundamentado, hace prosperar el conocimiento.


[1] Una búsqueda similar puede encontrarse en: E. Said, Representaciones del intelectual, Madrid, Paidós, 1996.

[2] El famoso “J’áccuse” de Zola puede leerse en: Yo acuso, Madrid, El Viejo Topo, 1998.

[3] J. Benda La trahison des clercs, París, Grasset, 1927.

[4] A. Gramsci, Gli intellectuali e l’organizzatione della cultura, Turín, Einaudi, 1949.

[5] R. Aron, L’opium des intellectuels, París, Calmann-Lévy, 1955.

[6] J. F. Lyotard, “Tombeau de l’intellectuel”, Le Monde, París, 8 de octubre de 1983.

[7] M. Foucault, Power/Knowledge. Selected Interviews and Other Writtings, 1972-1977, Hemet Hempstead, Harcester Press, 1981.

[8] P. Nora, “Que peuvent les intellectuels?”, Le Débat, París, núm. 1, mayo de 1980.

[9] P. Bourdieu, Homo academicus, París, Minuit, 1984.

[10] A. W. Gouldner, The Future of Intellectuals and the Rise of the New Class, Londres, The Macmillan Press, 1979.

[11] R. Jacoby, The Last Intellectuals: American Culture in the Age of Academe, Nueva York, Basic Books, 1987.

[12] R. Posner, Public Intellectuals. A Study of Decline, Harvard, Harvard University Press, 2003.

[13] P. Johnson, Intelectualls, Nueva Cork, Haspers and Row, 1988.

[14] G. Zaid, “Intelectuales”, Vuelta, México, núm. 168, noviembre de 1990, pp. 21-23.

[15] Muchos intelectuales en distintas épocas y contextos han defendido teóricamente este tipo de posiciones. Véase, por ejemplo, C. Wrigtt Mills, Power, Politics, and People, Nueva York, Ballantine, 1963; I. Berlin, Russian Thinkers, Londres, Penguin, 1980; N. Bobbio, Politica e cultura, Turín, Einaudi, 1955.

[16] Entre otros estudios, recomendamos los siguientes: J. A. Aguilar Rivera, La sombra de Ulises: ensayos sobre intelectuales mexicanos y norteamericanos, México, cide/M. A. Porrúa, 1998; R. Bartra, La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición postmexicana, México, Océano, 1999; R. Bartra, Oficio mexicano, México, Grijalbo, 1993; R. A. Camp, Los intelectuales y el Estado en el México del siglo xx, México, fce, 1995; P. Jiménez Trejo y A. Toledo, Creación y poder: Nueve retratos de intelectuales, México, Joaquín Mortiz, 1994; E. Krauze, Caudillos culturales en la Revolución Mexicana, México, Siglo xxi, 1976; X. Rodríguez Ledesma, Escritores y poder en México. La dualidad republicana, 1968-1994, México, upn, 2002; M. Tenorio-Trillo, De cómo ignorar, México, cide/fce, 2000; A. Villegas, Autognosis: el pensamiento mexicano en el siglo XX, México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1985; G. Zaid, De los libros al poder, México, Océano, 1998.

[17] El concepto de “mandarín” fue utilizado originalmente por Max Weber en sus estudios sobre la clase intelectual de los grandes funcionarios civiles o militares en el imperio chino. Su equivalente más cercano a nuestra idiosincrasia mexicana sería el de “cacique cultural”.

[18] A. Echegollen, “Las cuitas de Ícaro”, Bucareli 8, México, 12 de febrero de 2006, pp. 12-13.

[19] D. Cosío Villegas, Imprenta y vida pública, México, FCE, 1985.

[20] Voltaire, Opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Alfaguara, 1978, p. 99.

[21] Véase por ejemplo, el capítulo 9 del presente volumen: “Claroscuros de una reforma”.

[22] D. Cossío Villegas, “La crisis de México”, Cuadernos Americanos, México, núm. 32, marzo-abril de 1947, pp. 29-51.

[23] Véase, por ejemplo, D. Cosío Villegas, El estilo personal de gobernar, México, J. Mortiz, 1974; D. Cosío Villegas, El sistema político mexicano. Las posibilidades de cambio, México, J. Mortiz, 1972; D. Cosío Villegas, Memorias, México, J. Mortiz, 1976.

[24] D. Cosío Villegas, “La crisis…”, cit., p. 47.

[25] Idem.

[26] Véase, por ejemplo, O. Paz, El laberinto de la soledad, México, FCE, 1984; O. Paz, El ogro filantrópico. Historia y política, 1971-1978, México, Joaquín Mortiz, 1979; O. Paz, Posdata, México, Siglo XXI, 1983; O. Paz, Tiempo nublado, México, Seix Barral, 1983.

[27] Véase, por ejemplo, G. Zaid, De los libros al poder, México, Grijalbo, 1988.

[28] Véase el capítulo 2 de este volumen: “El evangelio de la transición”.

[29] Véase, por ejemplo, J. A. Aguilar Rivera, La sombra de…, cit.; X. Rodríguez Ledesma, El poder frente a las letras. Vicisitudes republicanas (1994-2001), México, UPN, 2003; J. Ibarguengoitia, Ideas en venta, México, Joaquín Mortiz, 1997; V. Roura, Codicia e intelectualidad, México, Lectorum, 2004; E. Serna, Las caricaturas me hacen llorar, México, Joaquín Mortiz, 1996; M. Tenorio-Trillo, De cómo ignorar, México, cide/fce, 2000. J. Volpi, “El fin de la conjura”, Letras Libres, vol. 2, núm. 22, octubre de 2000, pp. 56-60; C. Cansino, “La crítica del poder o el poder de la crítica”, Bucareli 8, México, 12 de febrero de 2001, pp. 8-11.

I
Esto de la independencia intelectual ha terminado por ser en México motivo de mofa y burla entre los intelectuales y los académicos, algo tan escasamente apreciado o cultivado por los creadores intelectuales que parece una broma, un asunto de ilusos o trasnochados y que como tal ha dejado de tener cualquier importancia o valor en la actualidad, suponiendo que algún día lo tuvo. La corriente dominante al respecto es tan abrumadora que a veces me pregunto si no vivo en el error al seguir defendiendo rabiosamente mi independencia intelectual, a sabiendas de que mi intransigencia con ello me cierra permanentemente muchas posibilidades económicas y me aleja de todo tipo de prebendas y mecenas. Hoy en día, lo más cómodo y rentable para quienes trabajamos con las ideas, o sea escribimos libros, impartimos conferencias, damos clases y publicamos artículos y ensayos en publicaciones especializadas o de divulgación, es ofertar nuestros “servicios profesionales” al mejor postor, sea un partido político, un candidato, una dependencia pública, un organismo electoral, un congreso, un funcionario, un diputado, un gobierno, una paraestatal, etcétera. A estas alturas, nadie se cuestiona si con ello se pierde credibilidad como intelectual, pues todo el mundo lo hace. Más aún, en un medio profesional tan acostumbrado a emplearse con los poderosos —ya sea como asesores, consultores, promotores, ideólogos o mercadólogos—, reivindicar la independencia intelectual de cualquier tipo de contacto con el poder, por considerar que es un principio ético inherente al trabajo intelectual, resulta una tarea inútil y hasta frívola. Así, por ejemplo, pretender explicar a mis colegas que el único compromiso plausible de los intelectuales es con las ideas, para lo cual se requiere plena independencia del poder, ha terminado por ser una necedad, pues por lo general ninguno se hace problemas con ello, simplemente se acomodan a lo que pueden, convencidos de que su contacto con el poder (o de plano el convertirse en intelectuales orgánicos) no les resta credibilidad, no los inhibe o compromete a la hora de opinar, ni les resta méritos, cosa que sólo puede creerse desde el autoengaño y la mutua complacencia, o sea donde todos actúan igual y nadie cuestiona ni crítica a nadie.

Quizá en el viejo régimen priista existía entre los intelectuales algún tipo de resquemor o prurito al respecto por cuanto su cercanía con el Príncipe los volvía cómplices voluntarios o involuntarios de un régimen autoritario, motivo por el cual, los más cautelosos, trataban de ocultar en público lo que hacían en privado para el poder, en un juego de simulaciones que tarde o temprano terminaba por descubrirse. Pero ahora que vivimos en democracia, ese tipo de sutilezas simplemente ha desaparecido. Es como si la democracia purificara a los intelectuales y hasta los alentara a relacionarse con el partido o el político de su preferencia, pues colaborar con el poder ya no tiene la carga negativa que tuvo en la era autoritaria. Obviamente, en esas circunstancias, ya nada hay de valor en la independencia intelectual. Lo que hoy se admira y envidia, aunque no se reconozca abiertamente, es más bien la capacidad de los intelectuales para colocarse con los poderosos y obtener de ellos todo tipo de apoyos, o sea entre más un intelectual es capaz de conseguir del poder más hábil y respetado es por sus pares, sin importar que sus ideas están ahora determinadas o condicionadas por su jefe o patrón de turno. Podría hacerse una analogía con el machismo, entre más mujeres conquista un hombre, más respetado y envidiado es por sus amigos, sin importar que el macho engañe a su esposa y a todas las demás mujeres con las que anda. De ahí que insistir con Gabriel Zaid que los intelectuales también hacen política, pero apartidista, alejada del poder, con la fuerza de las ideas y la crítica, sin más compromiso que con la verdad, resulta en la actualidad una ociosidad, una ocurrencia ridícula.

Sobre el reconocimiento social que ha adquirido entre los intelectuales el emplearse como asesores o consultores o ideólogos, permítaseme narrar una experiencia personal. No hace mucho rechacé un salario bastante considerable para asesorar a un magistrado del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF). Cuando se enteraron mis amigos que había resistido la oferta fiel a mis principios de independencia intelectual, de “pendejo” no me bajaron. Luego me enteré, por boca del mismo magistrado, que en el TEPJF trabajaban como asesores prácticamente todos los intelectuales más conocidos del país (no viene al caso nombrarlos, pero son precisamente los que los lectores más perspicaces tienen en mente), y entendí porque nadie había criticado o cuestionado seriamente hasta ahora la labor de esta institución, presa de múltiples inconsistencias, desatinos y excesos, empezando por el millonario salario que perciben los magistrados, sólo comparable a lo que gana un Cristiano Ronaldo o un Kaká. Y esto de las asesorías se repite en todas las dependencias gubernamentales. Hay intelectuales o académicos que asesoran a diez o más instituciones simultáneamente, con lo que sus ingresos personales también se acercan a los de aquellos futbolistas. Obviamente, con tales percepciones la independencia intelectual resulta algo irrisorio.

II
Cuando una nueva manera de pensar o actuar se vuelve común o rutinaria, incluso las palabras otrora referenciales se vacían de los significados que alguna vez tuvieron, se convierten en cascarones huecos que cada quien llena a su conveniencia. Tal es el caso de la expresión “independencia intelectual”, que ha terminado por ser todo y nada al mismo tiempo, al grado de que con frecuencia se emplea para justificar precisamente lo contrario que la acepción original postulaba, algo así como una carta de presentación de la que se ufanan algunos intelectuales para ¡emplearse con algún partido o dependencia pública! o una condición pasajera que hay que sobrellevar con dignidad en las épocas de vacas flacas, o sea cuando no se tiene ningún contrato o chamba con algún político o funcionario. Por ello, conviene hacer algunas precisiones necesarias a la luz de las nuevas connotaciones que la expresión suscita en la actualidad.

1. La independencia intelectual no es una cuestión de grado: no se puede ser poco independiente o ligeramente independiente o muy independiente, simplemente se es independiente o no se es, igual que no se puede estar poco embarazada o ligeramente embarazada o muy embarazada. La independencia intelectual es más bien una condición según la cual los intelectuales no venden bajo ninguna circunstancia su trabajo ni sus ideas a ningún político, funcionario, partido o dependencia pública, ni como asesores o ideólogos o consultores o mercadólogos. Para el efecto, no cabe argumentar que apoyar a un candidato en su campaña compromete menos la independencia intelectual que asesorar a un político en funciones. Ambas son actividades que condicionan las opiniones públicas del intelectual. Tampoco cabe sostener que una consultoría poco remunerada es menos comprometedora que una muy bien pagada, pues la independencia intelectual no es una cuestión de tarifas sino de principios. Quien se toma en serio su trabajo como intelectual, o sea quien no le pone precio a sus ideas ni traiciona su libre albedrio para expresarlas, resistirá siempre el canto de las sirenas de los poderosos. Por lo demás, es sabido que el que paga exige, comenzando por la lealtad o el apoyo de sus empleados, o sea que les solicita una suerte de complicidad no declarada que mata la independencia del intelectual. Por desgracia, muchos intelectuales o académicos ocultan denodadamente sus múltiples asesorías para partidos y políticos, y actúan como si ello no vulnerara sus posiciones públicas ni su congruencia, pero cuando uno escucha o lee sus opiniones deslavadas y timoratas se percata inmediatamente que su pluma tiene mordaza, que aplican la edulcoración para no generar suspicacias en sus patrones o poner en riesgo sus chambas. Quizá por eso es tan difícil encontrar en los medios en general y en la prensa escrita en particular críticas agudas y audaces por parte de los intelectuales, críticas y posicionamientos que por lo demás coincidan de manera natural con lo que la gente común y corriente observa y piensa todos los días respecto de sus autoridades y gobernantes. Si antes, en el viejo régimen, los intelectuales eran por esta vía cómplices del autoritarismo, ahora, en la nueva democracia, son cómplices de la mediocridad, la voracidad y el cinismo de la casta política. Los políticos profesionales, por su parte, saben muy bien que es mejor tener de su lado a los intelectuales que tenerlos en contra, y éstos difícilmente rechazarán —para parafrasear a Álvaro Obregón— un “cañonazo” de muchos miles de pesos. Quienes así procedan podrán insistir que son intelectuales, pero no que son independientes, si acaso —para utilizar la conocida expresión de Antonio Gramsci— “intelectuales orgánicos”.

2. la independencia intelectual no es algo circunstancial o temporal: no se puede decir que antes fui independiente y ahora ya no lo soy, pero mañana lo volveré a ser. El intelectual que alguna vez vendió sus ideas y se autocensuró por ello no tendrá reparo en volverlo a hacer, pero aún en el caso de que un buen día decidiera nunca más emplearse por un político o un partido, difícilmente podrá sacudirse el estigma de haber sido leal o servil en algún momento a algún poderoso. Ciertamente, en el viejo régimen, permanecer independiente era una opción poco rentable para los intelectuales, pues el sistema se encargaba de marginar y aislar a quienes se resistían a ser cooptados, pero en el nuevo régimen democrático la servidumbre de los intelectuales a los poderosos es voluntaria y hasta socialmente aceptada, pero aún así suponer que colaborar con un gobernante o un funcionario no compromete la independencia de los intelectuales es una falacia. Por eso, acomodarse al mejor postor y manejar las lealtades políticas a conveniencia de los intelectuales no puede hacerse como quien se cambia de calcetines, sino que algo siempre permanece en ellos de sus veleidades y debilidades del pasado, así sea el recuerdo de sus pares. Para quienes, en casos extremos, se desempeñaron un tiempo como políticos profesionales, líderes de partido o funcionarios, y después decidieron dedicarse a la academia y cultivar las ideas, sus vínculos políticos del pasado siempre los acompañarán por más que pretendan desenfadarse de ellos para ostentarse como librepensadores. Lo más sano para ellos es asumir públicamente los costos de su inserción orgánica en el poder antes que tejer todo tipo de justificaciones sobre su supuesta nueva condición de independencia intelectual, sobre todo si en el pasado militaron activamente en un partido. Como quiera que sea, nunca podrán remover los escombros del pasado y será inevitable leer sus libros y ensayos en función de lo que defendieron en su momento como políticos profesionales o líderes partidistas. Por el contrario, si el camino es inverso, o sea de la academia al poder, los intelectuales deberán asumir también el costo de su inserción, o sea —como decía Daniel Cosío Villegas— renunciar a ser intelectuales. Aquí entran todo tipo de cargos públicos, desde dependencias gubernamentales hasta el servicio exterior de carrera, pasando por paraestatales como el Instituto Federal Electoral o el Instituto Federal de Acceso a la Información o el Poder Legislativo. Huelga decir que los intelectuales y académicos que se emplean en este tipo de instituciones, ya sea como agregados culturales, consejeros electorales, consejeros ciudadanos, etcétera, lo hacen más por sus vínculos y buenas relaciones con algún partido o político que por sus méritos profesionales, o sea mediante designaciones disfrazadas de transparencia y equidad. Sirvan estas consideraciones como enseñanza para los jóvenes que inician sus carreras en la academia y/o el mundo cultural. A la larga todo abona a su credibilidad y prestigio si es que realmente aspiran a proyectarse como intelectuales genuinos; todo desliz o devaneo con el poder los perseguirá a lo largo de su trayectoria.

3. La independencia intelectual no supone para los intelectuales renunciar a hacer política pero sí a vender su pluma y sus ideas a los políticos profesionales. Desde la independencia, un intelectual puede opinar sobre todo lo que le preocupa sin más límite que su conciencia y sus convicciones; puede incluso hacer públicas sus afinidades ideológicas o partidistas, pero cuando cobra por asesorar a políticos profesionales o para apoyar a un partido o un candidato a algún cargo de representación popular o busca deliberadamente un beneficio personal con ello, sus ideas no sólo pierden autonomía sino también credibilidad, de algún modo se vuelve él mismo un político profesional pues vive de la política. Lejos de ello, las armas de los intelectuales independientes son la crítica, la denuncia y la razón, sin más compromiso que con la verdad; es una forma de hacer política en la medida que, por ejemplo, busca influir en la opinión pública y propiciar un debate que desafíe a los poderosos cuando éstos se extralimitan en sus funciones, abusan de sus cargos o actúan a espaldas de la ciudadanía o por encima de la ley. Ahora bien, no todo contacto o relación con el poder vuelve a los intelectuales en comparsas. No es lo mismo, por ejemplo, cobrar por dar una asesoría o una consultoría, que es una forma eufemística para decir que un intelectual vende sus opiniones a un funcionario o un político a cambio de ciertas lealtades, que hacerlo por dar una conferencia contratada por alguna dependencia pública o un partido. En el primer caso se establece un vínculo profesional que en mayor o menor medida condiciona las opiniones públicas del intelectual si es que pretende mantener la chamba, en el segundo se le contrata ocasionalmente para opinar libremente sobre un tema sin ningún tipo de recomendación o reconvención por parte del contratante. Si acaso, cuando las ideas del conferencista no caen bien o resultan incomodas para los anfitriones, lo más seguro es que éstos no volverán a invitarlo.

4. La independencia intelectual no se pierde en automático por trabajar en algunos sectores del Estado o en algunos medios ideológicamente cercanos a un partido o a una autoridad. Hay quien sostiene, por ejemplo, que desde el momento que un creador intelectual se contrata como profesor por una universidad pública, o sea del Estado, pierde autonomía intelectual, o si trabaja para un medio de comunicación que recibe patrocinios gubernamentales, también la pierde. A lo que hay que aclarar que no es lo mismo contratarse por el Estado que hacerlo por un gobierno o una empresa privada. En el primer caso, las universidades públicas ciertamente reciben subsidios del Estado, pues es una obligación de éste canalizar recursos para la educación y la investigación sin más interés que cumplir con sus responsabilidades constitucionales en materia social. La educación en sí misma no es botín de intereses políticos o partidistas, amén de que las universidades públicas gozan de plena autonomía para desarrollar sus actividades. De ahí que trabajar en ellas no tiene nada que ver con la independencia intelectual de sus cuadros académicos. Algo muy distinto que contratarse por el gobierno en cualquiera de sus niveles o poderes, pues aquí sí los intelectuales mantienen un vínculo profesional con autoridades y funcionarios emanados de una fuerza partidista con una orientación ideológica y/o intereses políticos más o menos definidos en sus contenidos. Pero si trabajar en una universidad pública no incide directamente en la independencia intelectual, tomar partido o participar de un grupo de poder dentro de la misma, como los muchos grupos mafiosos y caciquiles que subsisten en el seno de la gran mayoría de ellas, sí vulnera la independencia intelectual pues condiciona las posiciones públicas de los intelectuales en los asuntos internos de la universidad. En cuanto a trabajar en los medios de comunicación, cualquiera sabe que siguen siendo presa fácil de todo tipo de condicionamientos políticos por cuanto la gran mayoría de ellos depende prácticamente de los patrocinios oficiales para sobrevivir. Y sin embargo, existen algunos medios, muy pocos por cierto, que están plenamente comprometidos con la libertad de expresión. De ahí que un intelectual que aprecia su independencia puede colaborar en ellos siempre y cuando sus opiniones no sean censuradas o tergiversadas por sus directivos, cuyo principal objetivo es conservar el presupuesto oficial. Por lo demás, trabajar en un medio de comunicación coloca a los intelectuales en posición franca para ser sobornados, o sea “contactados” para decir ciertas cosas que convienen a los políticos profesionales. Huelga decir que en estos casos, “chayote” mata no sólo la independencia intelectual, sino al propio intelectual, aunque muchos intelectuales mediáticos se las ingenian para allegarse este tipo de “prestaciones” sin fallecer en el intento.

5. La independencia intelectual no es un medio para obtener ciertos fines sino una cuestión de principios. Suponer que mantenerse al margen del poder es una práctica rentable es un error. Si la academia paga mal, la independencia paga peor. De ahí que la inmensa mayoría de los intelectuales termina acomodándose donde puede sin importar que con ello se conviertan en mercenarios al servicio de un político o un gobierno. Y sin embargo, pésele a quien le pese, lo único que confiere credibilidad a un intelectual es mantenerse al margen del poder. Por esta vía, quizá no se tanga acceso a los reflectores y a los grandes negocios, pero es la única manera de ser congruente con una actividad noble, pero que sus propios cultivadores han terminado por desprestigiar y prostituir. Por ellos, precisamente, ser intelectual ha dejado de tener una estimación social; para los demás, ser intelectual es sinónimo de ser un oportunista o un mercenario, un trepador que se vende al mejor postor, un cómplice del cinismo y la mediocridad de la casta política a la que le sirve con lealtad. Y sin embargo, dejar en claro las cosas no lleva a ningún lado. Lo que yo pueda decir sobre la independencia intelectual no cambiará nada, a no ser que mis colegas me consideren un bicho raro, un iluso sin remedio.

III
Por todo ello, la independencia intelectual es también una elección entre la congruencia que supone el quehacer intelectual y la degradación de nuestro oficio. En lo personal, al final del día, prefiero que mis interlocutores opinen que mis libros y ensayos son insustanciales o irrelevantes a que digan que soy un intelectual vendido. Más vale pobre, pero honrado. Más vale navegar a contracorriente que subirse al barco de la conveniencia. Más vale el ostracismo que la incongruencia. Algo que por lo demás prácticamente ninguno de mis colegas puede decir de sí mismos sin faltar a la verdad, aunque la estulticia lleve a alguno a creerse “ligeramente” independiente.

El Premio Nacional de Periodismo fue creado en 1971 con el objetivo de reconocer la labor de los profesionales de la comunicación. De ese año hasta 2001, el Premio fue convocado y otorgado por la Presidencia de la República, lo cual motivó siempre muchas suspicacias y cuestionamientos, considerando la naturaleza autoritaria del viejo régimen. Y sin embargo, quizá por la necesidad de mostrarse plural y tolerante ante la sociedad y “comprometido” con la libertad de expresión, la clase gobernante priista reconoció con el Premio la labor y la trayectoria de muchos periodistas independientes y muy críticos del sistema, como Lorenzo Meyer, Manuel Buendía, Rogelio Naranjo, Magú, Rius, Jesús Blanco Ornelas, Julio Scherer y el que esto escribe. Pero igualmente se premiaron a las plumas más serviles y mercenarias del régimen, tales como Héctor Aguilar Camín, Raúl Trejo Delarbre, José Gutiérrez Vivó, Jacobo Zabludovsky, Joaquín López Dóriga, José Carreño Carlón, Ricardo Rocha, María Luisa Mendoza, Luis Spota, José Pagés Llergo, entre muchos más. Por todo ello, no dejaba de ser políticamente incorrecto que la concesión del Premio recayera en manos de la Presidencia de la República, motivo por el cual, en 2001, se resolvió transferir su entrega y organización a un Consejo Ciudadano, integrado sobre todo por periodistas. La idea fue saludada con beneplácito por el gremio y contó con todo el apoyo oficial para echarla andar. Pero lo que fue una decisión sana y correcta en su momento ha venido contaminándose con el tiempo de nuevos vicios y desatinos, los cuales comienzan a minar gravemente la credibilidad y honorabilidad del Consejo responsable de designar a los premiados.

En particular, varios de los fallos tomados en ocasión de la última edición del Premio y que fueron anunciados recientemente causan, por decir lo menos, una gran perplejidad, misma que se acrecienta si se consideran los propios argumentos esgrimidos por el Consejo para justificar sus decisiones. Para empezar, quizá para atraer los reflectores, el Consejo se ha inclinado por premiar a figuras mediáticas muy conocidas, lo cual, como es sabido, no significa que sean buenos periodistas, si acaso buenos publirrelacionistas para mantenerse visibles. Para entendernos, no todo lo que brilla es oro y mucho menos lo que aparece en la TV, pues de lo contrario no tendríamos más remedio que decir que los “periodistas” que debaten cada semana en el infumable programa “Tercer Grado” de Televisa son grandes profesionales de la comunicación, cuando lo único que hacen es exhibir sus patologías ególatras y sus muchas miserias intelectuales (por cierto, este programa fue premiado en 2008). Puedo entender que buena parte de la sociedad se deje seducir por esos sujetos, pues carece de otros referentes que anteponer y sólo consume la chatarra mediática, pero que los miembros del Consejo responsables de reconocer el talento periodístico también se vayan con la finta es un insulto a la inteligencia. Me queda claro que el Consejo se ha amafiado y ha dejado entrar en su seno intereses muy poderosos, con lo que el Premio no sólo se pervierte sino que se devalúa.

Así, por ejemplo, pongamos el caso de dos de los premiados en la edición de este año, Denise Dresser y Carmen Aristegui, y veamos algunas omisiones injustificadas. La conocida periodista Dresser fue premiada en el género artículo de opinión por su trabajo “Carta abierta a Carlos Slim”. Me acuerdo que cuando leí este artículo en su momento no daba crédito a tanta “mala leche” y perversidad. Quienes lo leyeron se acordarán que Dresser “regañaba” en este artículo al empresario, a quien calificaba de voraz e inescrupuloso, ambicioso y monopólico, insensible y antipatriota, incongruente y mentiroso, colocándose ella, supuestamente, en los zapatos de los ciudadanos, de los agraviados, de los damnificados por la avaricia del hombre más rico del mundo, de los pobres y de las víctimas de la desigualdad y la injusticia social. El artículo de Dresser seduce al gentío más sensiblero porque es el típico discurso que busca solazar de algún modo las conciencias intranquilas y golpeadas por la crisis de millones de mexicanos, buscando un culpable de nuestros males y escupiéndole en la cara todo lo despreciable e insultante que nos resultan él, su riqueza y su éxito como empresario. Como tal, Dresser emplea una vieja estrategia política, consistente en identificar a un enemigo para justificar ciertas acciones y legitimar una posición, da lo mismo que el enemigo sean los judíos, la madre patria, los inmigrantes, los herejes, el imperio, el neoliberalismo o la burguesía, lo importante es exhibirlo y denostarlo hasta generar el deseo colectivo de acabar con él. En este caso, Dresser escogió a Slim, y todo el mundo se identificó de inmediato con el linchamiento público del empresario, como si con ello pudiéramos salvar nuestras almas atormentadas. Por esta vía, además, si bien los agraviados nos curamos en salud fugazmente, no hacemos más que descargar en el enemigo de turno nuestras propias frustraciones y miserias, pues siempre será más cómodo culpar a los demás de nuestras desgracias que reconocer nuestra propia responsabilidad en las mismas. Y no es que no haya nada que reprocharle a Slim, pero de ahí a convertirlo en el principal culpable de nuestra postración nacional es un despropósito a todas luces tendencioso e injustificado. No me sorprende que una periodista sin escrúpulos recurra a estrategias tan perversas y subliminales para ganar lectores y fans, pues el medio se alimenta de ese y otros males, como el “amarillismo”, el “estrellismo” y el “chayotismo”, pero que los profesionales del periodismo responsables de evaluar el trabajo de sus pares premien este tipo de trabajos tan insustanciales y huecos sólo causa perplejidad. ¿Realmente no se dieron cuenta de lo que estaban premiando? Si el panfleto de Dresser contra Slim fue el mejor artículo del año, entonces nuestro periodismo está para llorar. Por lo demás, que un artículo de opinión sea muy comentado y difundido mediáticamente, como el de Dresser, no significa per se que tenga calidad. Sería bueno entonces, que el Consejo aclarara lo que está premiando: impacto o calidad. Además, si alguien carece por completo de autoridad moral para linchar a los empresarios y a los monopolios es precisamente Dresser, quien ha vivido cómodamente desde hace años trabajando para la clase empresarial, dictando conferencias y cursos muy jugosos a las principales corporaciones empresariales y de hombres de negocios, en contubernio con Televisa y otros monopolios, gracias a lo cual se ha convertido en la “intelectual” mejor pagada de México. Pero la congruencia no es una virtud bien cultivada por nuestros hombres y mujeres de ideas. Además, el Consejo responsable de otorgar el Premio descuidó y enlodó las formas de manera innecesaria, pues el presidente del mismo, un empresario de los medios muy exitoso, Ramón Alberto Garza, tiene en la Dresser a su columnista de opinión estelar (y seguramente mejor pagada) en su conocido informativo “Reporte Índigo”.

No sé en qué momento Dresser se metamorfoseó en la emisaria de las causas populares, en la redentora de los pobres y los excluidos, en la vocera de los ciudadanos, y tampoco sé si realmente ella se lo cree, pero me queda claro que si hay alguien a quien no le va ese papel es precisamente a ella. Desde el relumbrón de sus trajes de diseñador y la eterna inmutabilidad de su peinado, desde su voz impostada y sus manoteos estudiados, clamar por justicia para los menesterosos resulta tan frívolo como cómico. Tampoco sé cómo la periodista compagina su nuevo rol de Viridiana de las Lomas con sus múltiples y muy rentables “asesorías” a políticos, funcionarios, dependencias públicas y partidos políticos, todo lo cual no hace sino exhibirla de cuerpo entero, comenzando por su poco aprecio por la independencia intelectual. Por todo ello, pero sobre todo por sus escasas contribuciones y el bajo perfil de las mismas, no deja de sorprenderme la creciente influencia y penetración que Dresser ha venido alcanzado en los medios. En realidad, como académica no ha hecho nada relevante (o mejor, no ha hecho nada), a no ser que sumar varias denuncias de plagio por parte de diversos colegas; más allá de sus artículos periodísticos y sus compilaciones de entrevistas a mujeres, no cuenta con obra intelectual alguna. Que ha sido hábil para posicionarse en los medios nadie lo pone en duda, pero que haya llegado a los sets con un trabajo intelectual mediocre y precario, tampoco. Son quizá los resabios de nuestro provincialismo, pues con lo que tiene Dresser nunca hubiera destacado en su país de origen, Estados Unidos, ni como periodista, ni como intelectual, ni como académica, pero aquí en México la premiamos y encumbramos.

Pero si el caso de Dresser es patético el de Carmen Aristegui raya en el delirio. En esta ocasión, la superestrella de las noticias fue premiada en el género entrevista por aquella muy comentada que le realizó al expresidente Miguel de la Madrid. En dicha entrevista, De la Madrid sostuvo que Salinas fue un corrupto y mantuvo vínculos con el narcotráfico, lo que generó un escándalo, al grado de que De la Madrid tuvo que desdecirse después aduciendo problemas de senilidad. La pregunta aquí es: ¿qué está premiando el Consejo al premiar precisamente esta entrevista: la habilidad de la periodista para realizar una entrevista muy difícil de concretar, la calidad de las preguntas y la novedad de las respuestas, la repercusión en la opinión pública de lo que se dice en la entrevista o la capacidad de la entrevistadora para meter en problemas a su entrevistado? Para empezar, la entrevista ganadora no aporta nada a no ser exhibir al personaje entrevistado muy incomodo y nervioso con las preguntas. Ciertamente, éstas fueron muy críticas, pero no puede ser de otra manera si se tiene enfrente a un personaje tan gris y corrupto como De la Madrid. Por lo demás, el entrevistado no dijo nada que la sociedad no supiera o intuyera, como los vínculos de Salinas con el narcotráfico. Fuera de ello, la entrevista no escarba en los intricados sótanos de uno de los gobiernos más infaustos y mediocres del viejo régimen. Eso sí hubiera sido noticia. ¿Entonces? Es obvio que la nueva mafia del Premio de Periodismo le está dando a Aristegui un premio de consolación después de que fracasó en su pedestre estrategia para convertir su despido de la W Radio en un acto de censura e intolerancia mediática. Asunto que comenté profusamente en un artículo muy polémico (“Paranoia”, El Universal, 18 de enero de 2008). Por lo demás, para nadie son un secreto los vínculos muy convenientes y rentables que Aristegui ha mantenido con distintos poderosos políticos, económicos y mediáticos, en diversas etapas de su trayectoria. La suya es la típica carrera de una oportunista que ha sabido mantener hacia su público una imagen de independencia, pluralidad y crítica, pero que a poco hurgar se resquebraja por completo.

Mas los verdaderos damnificados de las decisiones tomadas por el Consejo del Premio de Periodismo son sobre todo los auténticos periodistas, todos aquellos que sin los reflectores de la Dresser y la Aristegui desarrollan todos los días un trabajo serio y profesional y que con gran ilusión y candor lo someten al fallo del Consejo. Este año, por citar un ejemplo entre muchos que podría referir, en el género de reportaje se premió uno sobre el campo y la corrupción agraria en Guanajuato. Dicho reportaje no es malo, pero tampoco tiene el alcance ni la relevancia de una serie de reportajes que sobre la porosidad de las fronteras estadounidense y mexicana en el tráfico de drogas y armas realizó el periodista de El Universal Ignacio Medina. Es una pena que este trabajo no haya sido premiado, no sólo por su calidad incuestionable sino porque mostró al mundo una realidad ignorada por la mayoría y que modifica radicalmente la percepción que se tenía sobre un tema tan actual y preocupante como el narcotráfico. Huelga decir que dicho reportaje estuvo en su momento en boca de todos.

Si en el pasado el periodismo mexicano estuvo atrapado por los controles, la intimidación y la cooptación silenciosa ejercida por los gobiernos autoritarios, ahora está amenazado por los poderes fácticos y la impunidad. Como se sabe, ocupamos el nada honroso primer lugar mundial en periodistas asesinados. Y si bien ahora los periodistas ya no tenemos como censor de nuestras ideas a un régimen para el cual la crítica era considerada muchas veces una insolencia, ahora, en la nueva realidad democrática, tampoco tenemos garantías ni seguridades para ejercer nuestro trabajo. Pero más ruin que todo resulta que el Consejo Ciudadano responsable de premiar y estimular el periodismo nacional haya terminado igual de amafiado que los Comités evaluadores de la era autoritaria, ejerciendo un mandarinato discrecional y arbitrario a espaldas de los verdaderos periodistas y de la ciudadanía, la cual sólo porta de nombre. Estoy consciente que la presente crítica no tendrá ninguna repercusión entre los nuevos mandarines mediáticos ni coadyuvará a sanear los mecanismos hoy viciados del Premio de Periodismo, lo cual no hace más que corroborar que si bien gozamos de libertad de expresión, el peso de los intereses y poderes facticos es cada vez más avasallante. Moraleja: si usted es periodista pero no tiene arrastre mediático o influencias en el Consejo o contactos en los monopolios de la comunicación, no pierda su tiempo enviando sus obras al Premio Nacional de Periodismo. Nunca ganará.

Jorge Volpi no engaña a nadie: sus consideraciones sobre América Latina, en su nuevo libro El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el siglo XXI (ganador del flamante Premio de Ensayo Debate-Casa de América), son tan “intempestivas” como reza su título, o sea —de acuerdo con la Real Academia de la Lengua— provisionales, tentativas, superficiales, o bien improcedentes, desacertadas, extemporáneas. Se trata de un ensayo repleto de afirmaciones deshilvanadas, fragmentarias y reiterativas sobre esta parte del planeta llamada América Latina, ciertamente ocurrentes y graciosas, pero sin reflexión ni análisis, sin profundidad ni sustancia. Un libro, en suma, plano, enclenque, lleno de obviedades y lugares comunes; ameno y fácil de leer, sí, pero que no aporta nada; el libro de un escritor que maneja la pluma con oficio y que tiene el mérito de vestir bien sus opiniones y anécdotas personales, pero que a poco andar se revelan tan triviales como vacías; un libro escrito para ganar premios, o sea para vender, para entretener al gentío que se deja seducir por espejitos, por la mercadotecnia y el glamur de la fama, no para iluminar o enriquecer la comprensión de un tópico, mediante nuevas tesis o ideas capaces de dislocar lo que ya se sabe del mismo o que simplemente desafíen o desconcierten al intelecto; un libro, finalmente, escrito para ignorantes de América Latina (no para los naturales de estas tierras), o sea para gente de otros países en otros continentes que desean conocer mejor, de una sentada, algo que en principio les resulta exótico e incomprensible, distante y folklórico, como es América Latina. Y si no, juzgue el lector los “descubrimientos” de Volpi que detallo a continuación.

Según Volpi, América Latina no existe sino es en la mente burda y generalizadora de los europeos, pues en los hechos los países de esta región son muy diversos entre sí y sólo comparten el idioma, la religión y su origen colonial —y, por supuesto, en clave contemporánea, la música, las telenovelas y el chapulín colorado—. ¿Así o más simple? Para que meterse en honduras.

No toda la literatura que se hace en América Latina —prosigue Volpi— es realismo mágico, como nos ha hecho creer una falsa visión dominante impuesta por editores y empresarios culturales locales y extranjeros. Claro, Volpi acierta, también se produce literatura muy superficial, con pretensiones cosmopolitas no confesas, o ensayos frívolos para engañar a incautos, o hasta best sellers para masas consumistas de la cochambre.

Pero lo mejor está por llegar, o sea las consideraciones volpianas sobre la democracia. Según nuestro autor, con la democratización de América Latina, difícil y azarosa, han perdido protagonismo los tiranos y guerrilleros de otros tiempos, motivo de grandes relatos y materia del realismo mágico que tantos adeptos alcanzó en todas partes, y con ello la región ha dejado de ser atractiva para el mundo, dejamos de ser visibles para los demás, y nos volvemos aburridos y rutinarios. Salta a la vista en esta afirmación la manía de Volpi de definirnos en función del otro o de los otros, donde no hay lugar para un “nosotros”. Por lo demás, es buena una dosis de realismo —no mágico— para descubrir que los latinoamericanos no valemos nada, a no ser por los clichés de exportación que en nuestro nombre se han producido.

Pero la cadena de lugares comunes no se detiene: las transiciones a la democracia en América Latina —sostiene Volpi— no han podido conjurar las inercias autoritarias del pasado, ni las injusticias ni las ambiciones desmedidas de sus castas políticas, todo lo cual produce desencanto e indiferencia, caldo de cultivo idóneo para el resurgimiento omnipresente del populismo en la región. Tan obvia es esta opinión como inobjetable, el problema es que esconde un profundo desprecio por los ciudadanos y por la propia democracia: a los primeros se les desprecia, por ser siempre, supuestamente, dóciles y serviles, carne de cañón de los caudillos políticos; y a la segunda, por ser, supuestamente, un mero instrumento de los poderosos; cuestiones ambas que no hacen justicia a los hechos, pues buena parte de nuestras sociedades, pese a todo, han alcanzado un dinamismo y protagonismo impensables hace apenas unos cuantos años.

Pero si la afirmación anterior resultaba obvia, la siguiente no tiene desperdicio: la democracia llegó finalmente a esta región, pero he ahí que esta forma de gobierno, cuya finalidad es “acotar el caos, limitar los caprichos de los gobernantes y tornar el futuro más o menos predecible”, nos ha hecho insulsos y sin atractivo para los demás. Ni al caso evidenciar lo obtuso de esta opinión, con la que Volpi exhibe no sólo ignorancia sobre el valor y el significado de la democracia en América Latina, sino también desprecio por la misma. Para empezar, la democracia ha sido, con todo y sus promesas no cumplidas, una conquista que ha costado muchas vidas y enormes esfuerzos, y para concluir, Volpi confunde democracia con totalitarismo, pues “acotar el caos” o imponer el orden es un objetivo explícito y un valor de las tiranías, no de las democracias. Lo mismo puede decirse sobre su idea de “volver más predecible el futuro”: la democracia es exactamente lo contario, abrir el futuro a la indeterminación; pues sólo el totalitarismo aspira a controlarlo y determinarlo. Unas lecciones de teoría política no le vendrían mal al erudito Volpi.

Y qué me dicen de esta otra “consideración”: América Latina perfeccionó la “democracia imaginaria”, una democracia quimérica o de papel, donde se violan las leyes, se monopoliza el poder por caudillos y partidos, se secuestra la voluntad de los ciudadanos, se abusa del poder, no se respetan los derechos humanos, se excluye del bienestar a las mayorías y sólo se privilegia a las élites… Todo está perfecto, a no ser que este elenco de características de nuestras democracias han sido repetidas y “consideradas” hasta la saciedad durante décadas tanto por la literatura como por los estudios especializados sobre la región: los adjetivos pueden variar de un autor a otro, pero la descripción es la misma: “democracias de fachada” (Samuel Finer); “democracias excluyentes” (González Casanova), “democracias delegativas” (Guillermo O’Donnell), etc., etc. Si acaso le concedo originalidad a Volpi cuando señala que los latinoamericanos siempre hemos depositado muchas expectativas en la democracia, tan es así que cuando esta forma de gobierno logra materializarse para después quedar atrapada, casi inmediatamente, en las mismas inercias autoritarias, centralistas, excluyentes de siempre, vuelve a generar un ciclo interminable de decepción y re-mitificación de sus valores.

Pero la lista de equívocos continúa: “una auténtica democracia no sólo deberá regular la competencia entre los partidos, sino la vida interna de éstos, así como los mecanismos que emplean para elegir a sus candidatos”, cuestión ausente en América Latina. Por lo visto Volpi simplemente desconoce la literatura politológica, un asunto irrelevante para un opinador de todo y especialista en nada, pues hace más de 20 años el politólogo Adam Przeworski demostró que las democracias más avanzadas del mundo exhiben una curiosa paradoja: la eficacia de la democracia electoral se levanta sobre la ausencia de democracia interna de los partidos, y nadie se alarma por ello.

En verdad que no tiene caso seguir. La lista de obviedades, equivocaciones y afirmaciones banales es interminable. No cabe duda que Volpi ganará muchas regalías por este libro, no importa que no aporte nada a la discusión y la comprensión de América Latina. Todo lo cual no hace sino confirmar mis sospechas sobre los concursos literarios, diseñados más para que las editoriales consigan las exclusivas de autores taquilleros, que para promover debates de altura y enriquecer el nivel intelectual de los lectores. De hecho, sólo desde la ingenuidad más rampante se puede creer en la supuesta neutralidad o imparcialidad de los concursos literarios, pues prácticamente todos (salvo, quizá, alguna honrosa excepción que desconozco) están maleados de origen, y sus convocantes son auténticos alquimistas de la simulación y la propaganda (sobre todo los concursos españoles, cuya poderosa industria editorial mese la cuna de prácticamente todo lo que se produce y consume en Iberoamérica).

Sólo así se explica que los ganadores de siempre también sean los jurados de siempre de los concursos de siempre, alimentando la influencia y el poder de los grupos intelectuales sectarios y cerrados de siempre. Así, por ejemplo, el propio Volpi fue jurado un año antes del mismo premio (Casa de América) que obtuvo un año después. ¿Insólito? No, lógico. Tan lógico como que entre todos los miembros del grupito de escritores al que Volpi pertenece (no más de seis), la así bautizada por ellos mismos “Generación del Crack”, se han llevado más de 30 premios los últimos años, como si en México e Hispanoamérica no existiera más talento que el suyo. Lo peor del caso es que el ascenso vertiginoso (y la creciente influencia) de este grupo de escritores en el mundo de las letras termina inundando el mercado de auténticas baratijas y frivolidades como muchas de las que ellos mismos producen, como el caso más reciente del ensayo de Ignacio Padilla, miembro fundador del clan (y ahora mafia) del crack, intitulado La vida íntima de los encendedores (flamante Premio de Ensayo Málaga 2009), una auténtica tomadura de pelo, tan falsamente erudita como banal (y nada original, para quien conoce un poco de literatura europea de las últimas décadas), igual a las que nos tiene acostumbrados el propio Volpi de los últimos libros (como su infumable y muy cuestionado por plagio México. Lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su Patria). Y es que la literatura en manos de oportunistas y mercadólogos termina siendo similar a la producción de chorizos, uno tras otro.

Quizá algunos de los libros que los hicieron famosos tengan aportes literarios muy loables (como la novela del propio Volpi En busca de Klingsor, cuya calidad nunca pudo ser igualada en sus novelas subsecuentes El fin de la locura y No será la tierra), pero cuando la producción industrial (para el mercado de masas) sustituye a la artesanal (más pausada, intima y cuidada), los resultados son desastrosos en lo que a calidad y profundidad se refiere, por más que esos mismos productos sigan recibiendo premios y reconocimientos, más para aceitar la industria y potenciar el negocio, que para reconocer honestamente el talento. Pero esto no es nuevo, siempre ha sido así. Lo único que cambia en cada generación son los protagonistas y, gracias a la globalización del arte y la cultura, los alcances e impacto de esos mismos protagonistas más allá de sus fronteras de origen. Ahora llegó el tiempo de los crack (como antes fue el de los Contemporáneos, el de la Generación Beatnik, el de los realistas mágicos o el de los Vuelta), un grupito de niños bien, nacidos todos en el mítico 68, educados en buenas universidades, y que en los hechos decidió caminar hacia la otra orilla que la generación de sus padres: desmarcarse por completo de las obsesiones y utopías sesenteras, remplazar las ideologías por el esteticismo, el compromiso social por la vanidad, el latinoamericanismo por el cosmopolitismo, el realismo mágico por quién sabe qué cosa, el amor y paz por la fama y los reflectores, la crítica por el hedonismo, la congruencia por el oportunismo, la profundidad por la superficialidad, la hondura por la frivolidad. Prueba de ello, son sus propias trayectorias profesionales, en las que nada es cuestionable o motivo de tacha (pues la congruencia moral o la independencia intelectual son, para todos ellos, sólo clichés propios de resentidos sociales o envidiosos), siempre y cuando sus chambas alimenten su ego, su fama o su cuenta bancaria, o simplemente les produzcan placer, como ser secretario de cultura del inefable “gober precioso”, o hundir una universidad siendo rector de la misma, o ser director del canal estatal 22, o ser agregado cultural de las codiciadas embajadas mexicanas en París y Madrid, sin pasar por el engorroso examen del servicio exterior de carrera.

No sé si alguna revista o suplemento se atreverá a publicar la presente reseña, pues el mundillo cultural en México y en todas partes es antropófago, se alimenta de sus propias excrecencias. Es un mundillo tan cerrado y oportunista que prefiere vivir en la mugre antes que limpiar su casa; una caja de resonancia de los egos literarios más que un espacio honesto y constructivo de la crítica. A quien denuncia la podredumbre y la simulación sólo le espera la marginación y el ostracismo. El coto cultural es tan impermeable que enfrentarlo es una ociosidad. Se trata de una industria diseñada para fabricar oropel o, parafraseando a Gabriel Zaid, para “producir baratijas que nadie lee”. El culto a la personalidad es el camino directo a la fama de los escritores y al abandono de su obra. Instalado en el pináculo del “éxito”, un autor será más lo que se dice de él que la lectura de sus obras, aunque el gentío las compren para sentirse culto y a la moda. Y en ese momento de gloria de un autor, la industria cultural nos puede ensartar cualquier cosa, aunque no valga nada. La gente termina comprando un nombre más que una obra. Para ello, los mercachifles de la industria cultural se pintan solos, son los maestros de la propaganda y la artimaña. Ahí tenemos, por ejemplo, a Carlos Fuentes, un consagrado, dándole la bendición al nuevo libro de Volpi durante su presentación en la FIL de Guadalajara. La honestidad es lo que menos cuenta aquí, pues si contara Fuentes simplemente se hubiera negado a comentar un libro tan malo. Lejos de ello, el escritor a quien se debe la tristemente célebre frase: “Echeverría o el fascismo”, presta (vende) su nombre y prestigio para montar una comedia de farsas y egos. Lo mismo puede decirse del ensayista Christopher Domínguez Michel que al comentar el libro de Volpi ha destacado “el humor, la sensatez, la prudencia y la honradez de este joven hombre de ideas”. Basta pues, la bendición de un arzobispo para que todos lo secunden, y frente a la pontificación cualquier crítica se torna insustancial, un ejercicio de resentidos y envidiosos. Mejor ser políticamente correctos que el exilio de las letras, mejor repetir la cochambre que ponerse en la mirilla de los mandarines culturales, mejor la autocensura que la verdad. Allá ellos y su mala conciencia.

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