Tomado del libro: C. Cansino, El evangelio de la transición, México, Debate, 2009

1. Los intelectuales ante el poder

Durante mucho tiempo en nuestro país, la inteligencia y el poder jugaron a aparecer como rivales o como realidades enfrentadas irremediablemente. En muchas ocasiones tal juego de apariencias sirvió no sólo a los intereses de gestión y autopreservación anidados en los circuitos y capillas que nutren ambas esferas, sino que también ocultó eficazmente los frecuentes acuerdos, transacciones e incluso complicidades que se establecían entre estos dos ámbitos a través de una compleja red de apoyos y vasos comunicantes sobre la que se construyó buena parte del edificio de la cultura nacional durante el siglo XX.

El paso de los sexenios conoció a la par los esplendores de la colaboración del intelecto y el talento creador en las tareas de edificación cultural y de la crítica a la homogeneidad monolítica de tal construcción. La dinámica pendular generada por esta y otras contradicciones características de la intrincada relación entre la cultura, el ágora y el poder propició por años una serie de espejismos, compartidos tanto por los actores de esa relación —las elites intelectuales y políticas— como por un público cada vez menos conforme con el tradicional rol de espectador al que los mandarines de la cultura y los burócratas estatales por igual lo quisieron reducir.

Pero tras dichos espejismos, propios de todo ámbito de representación de lo político —el ágora incluida—, que contribuyeron tanto a la legitimación del recientemente fenecido orden secular mexicano como de los principados y cotos detentados por los pontífices culturales, se escondió por años un hecho crucial: que el movimiento pendular señalado, valorado por lo general sólo por los posicionamientos extremos a que daba lugar, era posible porque dichos extremos —y el péndulo mismo de la cultura— pendían en último término del mismo hilo, esto es, de la relación (abierta o soterrada, confesa o no) con el poder constituido, que administraba y repartía prebendas y castigos, abría o cerraba canales de financiamiento, apoyaba o asfixiaba instituciones según criterios de eficacia y funcionalidad a los que intelectuales, creadores y claustros generadores de cultura tenían que adecuarse so pena de enfrentar el desierto de la marginalidad o la obsolescencia, cuando no la franca y abierta persecución.

Así, hemos vivido en México acostumbrados al secuestro del ágora no sólo bajo la égida protectora del ogro filantrópico, sino perpetrado también —más voluntaria que involuntariamente— y en buena medida por aquellos que se decían sus defensores, cuyas batallas por la hegemonía cultural disfrazadas de cruzadas por la “pureza” intelectual, ocultaron durante años una perniciosa regla no escrita: la de practicar la indiferencia y el ninguneo mutuos, escamoteando así la crítica y empobreciendo de hecho el nivel del debate intelectual en México.

El objetivo de este ensayo es reconocer los contenidos y las implicaciones de las principales concepciones que los intelectuales mexicanos más influyentes en el mundo de las ideas construyeron o simplemente abrazaron con respecto a su relación con el poder político a lo largo del siglo XX. Más específicamente, se tratará de identificar las principales posiciones ideológicas que definieron las formas dominantes de relación de los intelectuales con el Estado así como el peso o influencia real que tuvieron cada una de estas representaciones dependiendo de las circunstancias políticas imperantes en el país. En sintonía con ello, se examinarán las tensiones morales que se originaron entre cultura y poder así como la congruencia o no en casos concretos entre representación del intelectual y práctica real. Finalmente, se establecerán las consecuencias que tuvieron tanto para el mundo de las ideas como para el orden político en México el que ciertas representaciones del intelectual hayan imperado sobre otras.

Hay buenas razones para proponerse una búsqueda como la planteada. Así por ejemplo, constituye una manera distinta y complementaria de otras de reconstruir la historia del siglo XX mexicano, a través de sus hombres de ideas y sus vinculaciones con el poder. Asimismo, de este examen pueden extraerse lecciones interesantes sobre el papel desempeñado por los intelectuales mexicanos en las distintas etapas de vida del régimen político posrevolucionario. Así, se pueden establecer tendencias entre determinadas representaciones dominantes del intelectual y los momentos de avance y retroceso en materia de libertades y derechos democráticos en el país. Finalmente, el problema de los intelectuales y su relación con el poder es, sin duda, una de las temáticas clave que nos permite iluminar algunos de los más importantes problemas por los que transitan las sociedades contemporáneas, pues dicha relación nos remite a la discusión acerca de la democracia.

2. Representaciones del intelectual

No existe una sola manera de concebir la relación de los intelectuales con el poder. Por el contrario, existen tantas concepciones como intelectuales que en algún momento incursionaron en esas honduras del pensamiento; es decir, existen múltiples representaciones, incluso antagónicas, sobre el quehacer intelectual y en particular sobre el deber ser de los intelectuales con respecto al poder político. Obviamente, no hay posiciones objetivas o ingenuas sobre el asunto. La mayoría de las veces, los argumentos esgrimidos por los propios intelectuales han buscado justificar una trayectoria —la suya—, o simplemente abrevan de una concepción preexistente en la que creen encontrar el sustento teórico más congruente con su propio quehacer político. Como quiera que sea, se trata de un asunto polémico y que, por obvias razones, interpela constantemente a los intelectuales. En ocasiones, la integración de los hombres de ideas al Estado provoca en ellos una suerte de tensión moral, sobre todo en el contexto de regímenes autoritarios, pues asumen que su inserción en el poder conlleva, se quiera o no, un costo en términos de credibilidad. En otros casos, el rechazo moral a un determinado estado de cosas conduce a algunos intelectuales a adoptar posiciones políticas de carácter disidente o abiertamente contestatarias o revolucionarias. Para otros, participar de los asuntos públicos en algún ámbito del aparato gubernamental es una suerte de misión moral o de compromiso ético para con la nación, sobre todo en los momentos decisivos de génesis y conformación de un nuevo régimen político, que por este hecho de carácter simbólico renueva las esperanzas colectivas de avanzar hacia algo mejor respecto de lo que existe. Finalmente, están los que defienden rabiosamente su independencia intelectual aún a costa de ser excluidos o marginados del mundo cultural por no ceñirse a las reglas no escritas impuestas por la corriente política dominante.

Como quiera que sea, la inteligencia y el poder político siempre han estado emparentados, relacionándose en forma conflictiva e inestable a lo largo de la historia humana. Se trata de una relación marcada por la fascinación, la suspicacia y una suerte de amor-odio recíprocos. Y en este diapasón la toma de posición acerca del quehacer intelectual es también una justificación de lo que los intelectuales son y/o aspiran a ser.

De ahí que he optado por emplear en este ensayo la noción de “representación” para referirme no sólo a una capacidad o facultad para representar, encarnar o articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y a favor de un público, sino también una construcción mental que impele a la acción, a actuar en sintonía con ciertos criterios. De hecho, las representaciones intelectuales son la actividad misma, dependiente de un tipo de toma de conciencia que puede ser escéptica, comprometida, irreverente, etcétera.[1]

No es éste el lugar para discutir en detalle la abundante literatura que sobre el tema de las relaciones entre los intelectuales y el poder se ha producido desde hace mucho tiempo. Baste con mencionar que las posiciones dominantes sobre el particular han mutado constantemente desde que se acuñara el concepto de “intelectual” en Francia, en 1898, en ocasión del affaire Dreyfus. Se debe pues al escritor Émile Zola un primer exhorto para que los hombres de ideas preocupados por la justicia y la verdad adoptaran una actitud crítica e intentaran cambiar la actitud incrédula y desinformada de los ciudadanos, en este caso frente a un hecho cruel que vulneraba los principios más elementales de la convivencia y la igualdad de derechos.[2] Tiempo después, en 1927, en su famoso libro La trahison des clercs, Julien Benda acusa a los intelectuales de abandonarse a las pasiones políticas, perdiendo de vista lo universal: se han vuelto “egoístas y desinteresados” de las grandes causas universales, como la justicia o la humanidad, y han abandonado toda primicia moral. En virtud de ello, Benda hace un exhorto a los intelectuales para que recuperen un sentido moral a la altura de su papel en la sociedad como formadores de opinión.[3] Posteriormente, en el período entreguerras, la emergencia del socialismo y el nacionalsocialismo dividió a los intelectuales europeos y de otras latitudes: socialistas y antisocialistas, fascistas y antifascistas. Sin embargo, algo los unificaba: la condición de “intelectual orgánico” o comprometido teórica y prácticamente con una determinada causa o ideología, y que nadie caracterizó mejor que el italiano Antonio Gramsci.[4] De hecho, la idea del intelectual crítico a la Zola o moralista a la Benda es sustituido por esta nueva representación. Del bando fascista resonaron las voces de intelectuales orgánicos como Carl Schmitt, Oswald Spengler, Ernst Jünger y Martin Heidegger, mientras que del bando socialista destacaron Georg Lukács, Ernest Bloch, Max Adler y el propio Gramsci. Pero como suele suceder, cuando los excesos solapados por ambos bandos quedaron al descubierto —el holocausto nazi y los gulags estalinistas— se produjo una desbandada de los intelectuales hacia otras posiciones. En el seno del marxismo se presentaron largos debates sobre el papel de los intelectuales, y la figura del intelectual comprometido comenzó a tener muchos detractores (como Cornelius Castoriadis, Albert Camus y Claude Lefort) y uno que otro defensor a ultranza (como Jean-Paul Sartre). Como haya sido, empezó entonces a cobrar fuerza una representación distinta, menos aferrada a las ideologías y más comprometida con la verdad y la honestidad. Aquí destaca con luz propia Raymond Aron, quien reivindica para el intelectual un sentido crítico, no ideologizado ni dogmatizado, comprometido solamente con la búsqueda de la verdad.[5] Y de aquí a decretar la muerte de los intelectuales sólo había un paso. La puntilla la quisieron dar con un éxito relativo los partidarios del posmodernismo (Francois Lyotard, Jacques Derrida, Gianni Vattimo): si el intelectual es un producto de la Ilustración y ésta ha sucumbido junto con la modernidad, entonces ya no hay espacio para el intelectual portador de verdades universales.[6] Ya antes, Michel Foucault había despreciado a los “intelectuales-oráculos” —una suerte de sacerdotes modernos capaces de iluminar el destino de la humanidad—, para reivindicar a un intelectual secularizado y todo menos profético.[7] Por esta misma línea se van derrumbando otras certezas acerca del papel de los intelectuales. Así, por ejemplo, Pierre Nora sostiene que más que incitar a la acción, los intelectuales deben interesarse con modestia por hacer más inteligible el mundo en que vivimos: si la famosa onceava tesis marxista de Fauerbach sostenía que lo imparte no es interpretar el mundo sino transformarlo, ahora el verdadero desafío para los intelectuales consiste en explicar al mundo por encima de cualquier otra cosa.[8] Pierre Bourdieu, por su parte, desnuda a los intelectuales y les atribuye una estrategia individual perfectamente calculada cuyo principal finalidad es defender sus intereses, que no son otros que conquistar bienes —materiales o simbólicos—, ya sea consciente o inconscientemente.[9] Asimismo, Alvin W. Gouldner concluye que los intelectuales se han convertido en una nueva clase de especialistas cada vez más distante del gran público y que sólo se comunican entre sí;[10] mientras que Russell Jacoby se refiere a los intelectuales independientes como una generación perdida, pues lo que hay en la actualidad es un grupo de “técnicos del aula”, ininteligibles, alquilados por alguna comisión, deseosos de agradar a diversos patrones y agencias, ufanos de sus credenciales académicas y de una autoridad social que no promueve el debate sino que se limita a establecer reputaciones y a intimidar a los inexpertos.[11] En la misma línea, Richard A. Posner demuestra empíricamente que el intelectual público ha declinado en los últimos años, incluso en términos estrictamente mercantiles: el impacto que alcanza, los libros que vende, la aceptación que recibe, etcétera.[12] Finalmente, Paul Johnson ha puesto de relieve el enorme escepticismo que en la actualidad producen los intelectuales en los públicos a los que se dirigen: “parece generalizarse la creencia de que los intelectuales no son más sabios como mentores ni más respetables como modelos que los hechiceros o sacerdotes de antaño”.[13] Pero el haber llegado a este punto muerto no es responsabilidad más que de los propios intelectuales. La soberbia, la incongruencia o la hipocresía que ha caracterizado a muchos de ellos ha terminado por devaluarlos a los ojos de todos. Y sin embargo, como diría Bourdieu, “si no hay intelectuales, no habrá defensores de las grandes causas”.

Pero si hemos de hablar de un deber ser de los intelectuales en relación con la política que sirva de parámetro para evaluar las diversas representaciones que los propios intelectuales se han hecho y se hacen sobre su actividad, me quedo con la definición de intelectual aportada por el poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid: “el escritor, artista o científico que opina en cosas de interés público con autoridad moral entre las elites”, y que forma parte de “algo así como la inteligencia pública de la sociedad civil”. Así, destacan al menos dos elementos: en primer término, que la intervención de los intelectuales en los asuntos públicos es totalmente independiente del poder político, e incluso contradice posturas y decisiones de éste; en segundo término, que en virtud de que la intervención del intelectual no se da en calidad de especialista, sino de ciudadano, la recepción de su discurso y opiniones no está mediada por un halo de “autoridad intelectual”. Esto es, no son los títulos o reconocimientos —por los que la mayoría de los intelectuales combaten con feroz discreción— otorgados (generalmente) por el poder los que le otorgan autoridad a su discurso, sino la recepción de ese discurso por parte de un público informado, quien por otra parte, es el que concede o niega la calidad de intelectual a alguien.[14]

Cabe señalar que el mundo de los políticos no es ajeno al mundo intelectual o, si se quiere, la política no es algo extraño a los intelectuales. Existen entre ambos un sinnúmero de vasos comunicantes. Pero la política que hacen los intelectuales no debe confundirse con la que realizan los políticos. Para empezar, no hay autoridad intelectual sin independencia respecto del poder. Ser un intelectual disidente y/o militante en un partido de oposición no cambia las cosas. El verdadero poder del intelectual es el de las ideas. La del intelectual es una práctica política distinta a la partidista. La crítica al poder despótico de los gobernantes sólo es creíble desde la independencia y, sobre todo, desde la libertad de quien la ejerce.[15]

En mi opinión, el compromiso de los intelectuales es con la verdad pública, donde quiera que ésta se encuentre. Su herramienta es la crítica, que como tal no es buena o mala, sino correcta o incorrectamente justificada o fundamentada. El intelectual no es un individuo apolítico; hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento sino la simple palabra escrita o hablada, que no es poca cosa. La crítica del poder o el poder de la crítica de los intelectuales radica en su autonomía moral y económica, es decir, en el ejercicio de su libertad. El compromiso del político de oficio, por el contrario, es con el poder, donde quiera que éste se encuentre. No busca entenderlo o cambiarlo sino justificarlo. Su herramienta es la lealtad, que no es buena o mala, simplemente es y punto.

En este juego de espejos, el intelectual no puede quedar subordinado a la lógica de la política partidaria o gubernamental sin traicionarse a sí mismo. Su lealtad no es con el príncipe, sea cual fuere su color u origen, sino con las ideas y el debate públicos.

3. Intelectuales y poder en el México del siglo XX

El tema de la relación entre los intelectuales y el poder en México ha sido objeto de innumerables estudios,[16] polémicas y discusiones: ¿amor u odio?, ¿cercanía o lejanía?, ¿lealtad o independencia? Sin embargo, sólo ahora, después de la caída del viejo régimen priista, es posible aproximarse a este tema con la distancia necesaria como para establecer algunas tendencias que marcaron esta relación durante el siglo XX.

Atendiendo a la definición de intelectual propuesta por Zaid a la que nos referimos antes, ¿qué se puede decir de los intelectuales en México durante el siglo XX?, ¿qué tanto se aproximan o se alejan de sus criterios de valor? Lo primero que hay que decir es que la independencia con respecto al poder no ha sido un valor cultivado por la mayoría de ellos, por más que pretendan aparentar lo contrario. Además, casi siempre han tratado de imponer al público ilustrado del país (antes de esperar a ser reconocidos) su autoridad como especialistas. Por esta vía muchos de ellos se han convertido en auténticos mandarines culturales que medran con el capital intelectual, dictan reglas, protegen a su grey e, incluso, castigan a los “rebeldes” y fustigan a los adversarios. No obstante, como veremos a continuación, muchas de nuestras glorias intelectuales han recurrido a diversas fórmulas retóricas para justificar sus propios devaneos con el poder sin fenecer en el intento.[17]

La historia política de México durante el siglo XX es una de grandes contrastes y transformaciones, de avances y retrocesos. En este período encontramos todas las manifestaciones o etapas posibles de evolución política características de los Estados-nación modernos, desde el fin de una dictadura personalista hasta una transición democrática, pasando por una muy larga y violenta revolución social, y la instauración, consolidación y decadencia de un régimen autoritario de partido único. En ese sentido, es lógico que en el ámbito intelectual también emergieran durante todo este período representaciones o concepciones igualmente diversas y hasta contrastantes sobre el papel de los intelectuales en relación con el poder político, desde las que defienden su incursión en las tareas sustantivas del Estado hasta los que reivindican su plena independencia respecto del mismo.

Si bien en algún momento en la vida política del siglo XX, más específicamente, en el ocaso del porfiriato, durante la Revolución y en los albores del régimen posrevolucionario, prosperó entre los intelectuales un interés y una vocación hasta cierto punto legítimas de integrarse a las labores del Estado por el bien de la nación, ya sea creando instituciones, sobre todo culturales, o generando programas de todo tipo para promover la educación y la cultura en el país, hubo un momento, conforme el régimen político posrevolucionario fue institucionalizándose y afinando sus rasgos autoritarios dominantes, en el que la colaboración con el poder sólo podía hacerse desde una tensión moral o una contradicción imposible de evadir, salvo renunciando a la calidad de intelectual o participando de un juego de simulaciones. (De hecho, muchos intelectuales desencantados de su paso por las entrañas del poder volvieron a los libros o pasaron a la confrontación activa). Sin embargo, frente a la disyuntiva de los intelectuales de colaborar con un Estado autoritario de corte paternalista para mantener ciertos privilegios y hasta su propia promoción y permanencia en el medio o mantener su independencia respecto del Estado, aun a riesgo de ser condenados al ostracismo o hasta perseguidos por no plegarse a las reglas del sistema, terminó imponiéndose para la mayoría de los intelectuales una autorrepresentación de su papel en la sociedad bastante “conveniente” como para no salir raspados en el intento ni confrontados con sus propios fantasmas. Se trata, en suma, de una concepción del trabajo intelectual que no está reñida ni contrapuesta al trabajo político y partidista, a condición de que este encuentro, argumentarán los partidarios de esta concepción, sea creativo y coadyuve a la afirmación de cada vez mayores espacios de libertad y democracia. Para esta posición, poco importa el tema de la mayor o menor independencia intelectual. Por el contrario, se citan y exaltan con frecuencia las experiencias de muchos hombres de ideas que optaron en su momento por colaborar en la creación de instituciones culturales y del propio Estado nacional.

Hasta aquí, el balance resulta terrible: la seducción por el poder ha llevado a la mayoría de los intelectuales mexicanos a sucumbir ante él. La existencia de un puñado de intelectuales a lo largo del siglo XX que han elegido el camino menos rentable y protagónico de la independencia y la crítica al poder —como Zaid, Roger Bartra o Lorenzo Meyer—, no marca una tendencia. Más frecuente ha sido el de los intelectuales cuya fascinación por el poder los llevó a colaborar con el mismo de manera servil —desde Martín Luis Guzmán y Jaime Torres Bodet hasta Héctor Aguilar Camín y el grupo Nexos, pasando por Luis Spota, Jaime Sabines, Jesús Reyes Heroles, Ricardo Garibay y Agustín Yánez—, o incluso el de los intelectuales que han optado por mantenerse en un complejo equilibrio entre la crítica al poder y la connivencia con el mismo a veces con la finalidad de poder emprender su actividad con una cierta dosis de libertad. Ahí están, por ejemplo, un Alfonso Reyes o un José Vasconcelos, en su momento colaboradores del poder pero también críticos del mismo, y, por ello, precursores de las transformaciones revolucionarias de principio de siglo, aunque tampoco comulgaban con la ideología de la Revolución Mexicana. Lo mismo puede decirse de Daniel Cosío Villegas, quien después de colaborar con el poder desde diversos cargos públicos se volvió el crítico más incisivo del mismo. Este es el caso también de Jorge Cuesta, quizá el crítico más agudo del callismo y el cardenismo, lo que le valió la persecución y el denuesto. Y que decir de Manuel Gómez Morin o Vicente Lombardo Toledano, quienes también colaboraron con el poder pero que decidieron en algún momento enfrentarlo mediante la creación de dos partidos de oposición, el Partido Acción Nacional y el Partido Popular, respectivamente. Ahí quedan también las posiciones ambivalentes de José Revueltas y Octavio Paz, uno intelectual radical de izquierda y otro liberal demócrata, pero que también se movieron entre la crítica al poder y la connivencia con el mismo, aunque el desenlace de sus carreras y sus vidas fue diametralmente opuesto. En tiempos más recientes, la inteligencia pareció moverse a conveniencia entre la crítica y la disidencia o la incorporación al gobierno. Ahí quedan las trayectorias igualmente ambivalentes de intelectuales como Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Enrique Krauze o Elena Poniatowska.

No es difícil inferir las intenciones implícitas en estas concepciones largamente dominantes en el México posrevolucionario. Sin embargo, lo realmente significativo es establecer las consecuencias de que en el mundo intelectual haya campeado precisamente esta representación en lugar de otras posibles. El hecho es que terminó imponiéndose en México un juego de simulaciones en el medio intelectual producto de una larga cooptación silenciosa que orilló a la mayoría de los intelectuales a trabajar bajo la tutela del Príncipe. La consecuencia más visible de ello ha sido el estancamiento de este sector, lo cual se manifiesta de muchas maneras: la libertad de pensamiento no ha sido algo apreciado por los intelectuales, los debates de ideas no interesan a nadie y nunca se han fomentado, la promoción de los intelectuales se debe más a compromisos y lealtades con los mandarines de la cultura y los políticos de turno que a las virtudes y méritos exhibidos. Por otra parte, la cultura en general y el debate intelectual han sido monopolizados por el Estado y por un grupo muy estrecho de intelectuales que han sabido jugar muy bien con las reglas corporativas y clientelistas del sistema. El peso de la tradición en este aspecto es tan fuerte que ni el reciente cambio de régimen en México ha podido alterar todavía sus efectos corrosivos. De hecho, la mayoría de los intelectuales no ha estado a la altura de los cambios y el ágora sigue estando secuestrada por los mismos grupos de ayer al tiempo de que se conservan incólumes las mismas reglas corporativas y clientelistas.

4. Nuevas representaciones

El medio intelectual mexicano ha sido más bien refractario a ser confrontado en sus debilidades y flaquezas. Por eso, cuando alguien osa hacerlo lo más seguro es que enfrente la descalificación a ultranza o la indiferencia de sus colegas. No es un secreto que en nuestro país no se tolera el disenso, más aún suele asociarse a asuntos de índole personal o privado. En lugar de la confrontación, el medio intelectual mexicano ha afirmado un sistema que hace de la mediocridad virtud, y donde cualquiera que alza la voz para disentir con sus colegas es odiado y denostado.

Es por ello que la libertad de pensamiento no es algo apreciado por los intelectuales mexicanos. Por el contrario, los debates intelectuales no interesan a nadie. Los intelectuales, salvo honrosas excepciones, más que relacionarse por sus afinidades teóricas con respecto a las principales corrientes o escuelas de pensamiento, lo hacen por criterios de amistad o para aspirar a merecer los favores y prebendas que conceden los mandarines de la cultura y el poder. Éstos a su vez, erigidos en tribunales, monopolizan y controlan a su conveniencia la producción y la divulgación de las ideas en México o censuran o descalifican con lujo inquisitorial a quienes no comparten sus opiniones.

En ese sentido, en un país donde la cultura estuvo largamente monopolizada por una caterva de ideólogos del sistema priista y donde han prevalecido tradicionalmente las formas más abyectas de cooptación silenciosa, no hay nada más difícil que el pensamiento libre. A los intelectuales independientes, por no alinearse a la visión dominante, siempre les ha tocado en respuesta la marginación y el aislamiento. El dogmatismo no duda en estigmatizar a quienes todavía creen en la fuerza de las ideas. Ciertamente, la academia paga mal en México y ello ha obligado a la mayoría de los intelectuales a acomodarse a lo que venga. El problema está en que tales intelectuales no asuman responsablemente los costos de su inserción en los ámbitos políticos y culturales oficiales, es decir, la pérdida inevitable de autonomía y, por consiguiente, de credibilidad y autoridad intelectual.

Los ejemplos al respecto son innumerables, hasta dar lugar a un abanico muy variado de representaciones de los intelectuales en México en el último cuarto del siglo XX, cuyo común denominador es la simulación. En primer lugar están los intelectuales cuyas afinidades electivas los llevó a convertirse en ideólogos del viejo régimen y a coquetear con los poderosos. Sin embargo, al tiempo que obtenían canonjías de todo tipo por los favores prestados a los detentadores del poder político, se esforzaban por mostrarse ante la opinión pública como intelectuales independientes y librepensadores. Este tipo de intelectual, en realidad, representaba dos papeles al mismo tiempo: por una parte era un intelectual servil a los gobernantes en turno y por la otra se presentaba socialmente como un intelectual independiente no contaminado por el poder. ¿Paradoja? No. Cinismo e hipocresía. La premisa de acción de estos intelectuales se alimentaba de un profundo desprecio por la sociedad, pues suponen que sus interlocutores son fácilmente manipulables y se van a tragan sin chistar todo lo que les vendan. Quizá el ejemplo prototípico de este tipo de intelectual lo constituye el poderoso grupo Nexos y en particular el conocido historiador Aguilar Camín, ambos ampliamente reconocidos por sus vínculos con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Hoy el grupo Nexos y el propio Aguilar Camín hacen esfuerzos denodados por sacudirse el estigma de ideólogos de Salinas de Gortari. Quizá lo logren, pero la sociedad no se deja engañar tan fácilmente como ellos suponían. El hecho es que Aguilar Camín constituye uno de los casos más notables de cacicazgo cultural en los años recientes. Como ha señalado Alfredo Echegollen, Aguilar Camín “representa el epítome del intelectual que dejó de serlo, porque pasó no de los libros al renombre, sino de los libros al poder (Zaid dixit), y de ahí a la ignominia”.[18] Además de Aguilar Camín, otros intelectuales muy señalados por apoyar en su momento al gobierno de Luis Echeverría fueron Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes. Algo similar puede decirse de intelectuales como Federico Reyes Heroles y Jesús Silva Herzog-Márquez, convertidos en auténticos aduladores de Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo.

Una segunda representación reciente del intelectual en México es la de aquellos que pasaron de las aulas universitarias o los medios intelectuales a ocupar cargos en la administración pública o a desempeñarse como asesores de funcionarios en distintos niveles, pero sin asumir públicamente los costos de su inserción. Son pocas las excepciones de aquellos intelectuales que al asumir este tipo de responsabilidades decidieron hacer un intervalo prudente en los espacios en los que venían desempeñándose —universidades y medios de comunicación—, para ser consecuentes con sus nuevas responsabilidades y compromisos. Por el contrario, la mayoría de los intelectuales que entran en esta categoría siguen desempeñándose en ambas esferas como si no se tocaran y como si nadie se percatara de su incongruencia. Estos intelectuales no se hacen problemas sobre su ambivalencia electiva, no tienen resentimientos de ningún tipo, son más bien oportunistas y venden su pluma al mejor postor. Algunos de ellos gustan ser llamados eufemísticamente como “consultores”. Por esta razón quizá convenga la expresión “intelectuales que se acomodan a lo que venga” para calificar a este subtipo de intelectuales. No tendría que dar ejemplos de esta representación de intelectual, pues están en todas partes (basta sintonizar la radio para escuchar sus voces impostadas; abrir los periódicos para leer sus artículos vacíos; encender la televisión para toparse con sus debates maquillados y tímidos), sin embargo, para entendernos, ahí van algunos nombres: María Amparo Casar, Jorge Alcocer o Carlos Elizondo Meyer-Serra.

Pero suponer que la pertenencia a las instituciones políticas no condiciona la práctica de los intelectuales parece en el mejor de los casos una ingenuidad. Nadie lo expresó mejor que el maestro Cosío Villegas: “El buen éxito de esta empresa… (la del buen intelectual mexicano), exige mucho más trabajar fuera que dentro del gobierno. De aquí concluiría que lejos de echar desde luego sus cartas, debiera rehusarse a participar en un juego político cuya primera ‘regla de caballeros’ es renunciar a ser intelectual, o sea, pensar por sí mismo, heterodoxamente si es necesario.”[19]

Otra representación del intelectual muy común en los tiempos recientes es la de aquellos que disfrazan o maquillan sus preferencias políticas o vínculos partidistas a conveniencia de las circunstancias. Cuando se presentan como “analistas políticos” nunca hacen explícita su militancia o sus simpatías partidistas, pues saben que hacerlo les restaría objetividad y credibilidad. He conocido a pocos intelectuales militantes que al escribir un artículo o comentar un acontecimiento en algún medio de comunicación hagan explícita sus afinidades políticas. Por el contrario, la mayoría de los intelectuales que entran en esta categoría alternan a su conveniencia su doble vida: la del militante y la del analista político, como si la primera no contaminara a la segunda. ¿Creadores de opinión? No, intelectuales sin escrúpulos y dignidad. Mediocres que no arriesgan nada.

Pero si de intelectuales que no arriesgan nada se trata, la academia ha generado otra categoría de científicos aparentemente neutrales pero que en los hechos le vienen muy bien al sistema político: los intelectuales apolíticos. Quienes en nuestro país mantienen esta perorata comienzan, siguiendo a sus patrones extranjeros, con declaraciones retóricas del tipo: nadie tiene muy claro que es en efecto el sistema democrático. Se eluden así los problemas substanciales por imposibilidad de comprender la razón política moderna. Para estos intelectuales, no cabe posibilidad de legitimación política y, por supuesto, moral. Todo proceso de fundación política es ilegítimo porque está basado, según estos de(s)constructores del vacío, en un “golpe de fuerza”. Lamentablemente, la academia en nuestro país, tan proclive a confundir repetición con creación intelectiva, y algún despistado con complejo de culto por escribir en los suplementos de cultura, seguirán bombardeándonos con estas estupideces.

A este tipo de intelectuales no comprometidos políticamente cabría recordarles una frase de Voltaire: “Es en la práctica donde el hombre debe probar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. La discusión sobre la realidad o irrealidad del pensamiento, aislada de la práctica, es puramente escolástica”.[20]

Mención aparte merecen los intelectuales mediáticos. Aquellos que han llegado a ocupar posiciones de privilegio en los medios como comentaristas, conductores o productores. Al igual que en los demás casos, estos intelectuales se presentan como independientes, pero todo mundo sabe que en México hasta hace poco no había otra manera de escalar posiciones en los medios más que estableciendo compromisos políticos y lealtades con los poderosos o con los dueños de los medios. Obviamente, por esta vía, el pensamiento libre también se vuelve una simulación. Al respecto son conocidos los vínculos entre los intelectuales del grupo Vuelta y Televisa en una época en la que la televisora se declaró abiertamente priista.

He dejado para el final una representación del intelectual mucho más reciente en el tiempo. Se trata de intelectuales que descubrieron que la autonomía intelectual podía ser un recurso muy rentable para su propia promoción personal y hasta política. Se trata de una simulación porque la supuesta “autonomía intelectual” que reivindicaban era en realidad una moneda de cambio para proyectarse políticamente, era un medio para obtener ciertos fines y no un fin en sí mismo. En esta categoría podrían entrar perfectamente algunos ex consejeros electorales del Instituto Federal Electoral (IFE) que después de desempeñarse como ciudadanos “comprometidos” con la democracia, es decir, con imparcialidad, decidieron catapultarse al gobierno en distintos niveles como funcionarios públicos. En consecuencia, descubrimos que su pretendida autonomía sí tenía partido. En esta lógica, debemos aceptar que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tenía razón en su momento cuando criticó la falta de imparcialidad con la que dichos consejeros se desempeñaron. No voy a repetir lo que ya he dicho en varias ocasiones sobre la supuesta independencia de los consejeros electorales del IFE. Baste recordar que todos ellos fueron designados mediante un sistema de cuotas donde cada partido proponía a sus candidatos, lo cual sugiere que cada uno de los consejeros electorales propuestos mantenía alguna relación más o menos directa con alguno de los partidos participantes al grado de haber sido favorecido por él. La relación puede ser de muchos tipos, desde haber sido en algún momento asesores de un partido, haber dirigido o ser miembro de alguna fundación de un partido, haber hecho trabajos para un partido y por ello haber percibido ingresos de un partido, mantener relaciones estrechas con los dirigentes de un partido o simplemente mantener un discurso afín al de un partido, aunque éste se vista con los ropajes de la objetividad y la neutralidad que sólo la academia pueden ofrecer. En cualquiera de estos casos, quedó en entredicho la supuesta independencia de los integrantes del Consejo General del IFE.[21]

Lo más preocupante de este diagnóstico es que muchas veces ni los propios intelectuales mexicanos son conscientes de la simulación que representan. Es como si los usos y las costumbres predominantes se asumieran como naturales, es decir, inevitables, por lo que tales patrones de comportamiento terminan reproduciéndose una y otra vez.

Durante décadas la clase ilustrada del país creció a la sombra del poder. Científicos, periodistas y escritores estuvieron condenados a trabajar bajo la tutela del príncipe so riesgo de ser orillados al anonimato o el ostracismo. El Estado paternalista cubría bajo su manto protector a los creadores intelectuales, quienes por vía de los hechos se convertían en ideólogos del gobernante en turno. Este matrimonio perverso se mantuvo intacto hasta que ambas partes decidieron romper los lazos “afectivos”. La crisis de legitimación del Estado mexicano provocó la ruptura entre los intelectuales y el poder. 1968 fue un año paradigmático al respecto. A partir de entonces, la luna de miel entre políticos e intelectuales derivó en una guerra de baja intensidad que empezó a cobrar sus primeras víctimas. Periódicos y revistas, periodistas e intelectuales fueron testigos de este naufragio. Pero muy pronto, los puentes se volvieron a establecer y, con ellos, numerosos intentos de cooptación y mediatización salieron a la luz pública. Parecía que nuevamente la inteligencia se disputaba la exclusividad de los favores del Político con mayúsculas.

Sin embargo, la espectacularidad de los hechos, la sonoridad de los actores, la profundidad de las heridas y los rencores abiertos, y el escándalo por los favores ofrecidos o recibidos acabaron por desviar la atención sobre el meollo del asunto: ¿cuál debe ser la relación entre los intelectuales y el poder?

Lamentablemente, muy pocos intelectuales en México se han tomado seriamente la independencia respecto del poder y menos aún han estado comprometidos intelectualmente con la creación de espacios políticos abiertos a todos los ciudadanos, espacios sin propietarios específicos, espacios potencialmente de todos y materialmente de nadie. Porque, díganme por favor, ¡cuántos en el actual México podrán decir eso y, sobre todo, demostrar con seriedad, con pruebas y no con “reconstrucciones” ad hoc que estaban contra el PRI!, ¡cuántos intelectuales resistirán la prueba!, ¡cuántos serán los que en el inmediato futuro exhibirán pruebas de autonomía e independencia!

 5. Tres variaciones sobre un mismo tema

 En mi elenco personal de intelectuales mexicanos del siglo XX al menos tres ocupan un lugar destacado como cultivadores explícitos de una cierta concepción del quehacer intelectual con la que me identifico plenamente, más allá de la congruencia o la fidelidad que estos mismos intelectuales pudieron haber tenido en la práctica para con la misma. Me refiero a Cosío Villegas, Paz y Zaid.

Cosío Villegas fue quizá el intelectual más polémico y comentado de su época. Sus obras críticas sobre el régimen posrevolucionario alcanzaron una gran difusión y repercusión en su momento, así como la animadversión de muchos pares intelectuales y personalidades políticas. Fue fundador de importantes instituciones culturales, como el Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica, por lo que colaboró necesariamente con varios gobiernos, pero en sus principales obras dejó constancia de su capacidad crítica como historiador y observador de su presente. Además, Cosío Villegas consideraba que la primera tarea del intelectual que asumía responsabilidades en un gobierno era renunciar a ser intelectual, aunque también sabía que era mucho pedir a sus pares que preferían vivir de la simulación antes que renunciar a los privilegios que supone ser considerado un hombre de letras independiente.

En la mayoría de sus trabajos, como el célebre ensayo “La crisis de México” de 1947,[22] sorprende su tono combativo y por momentos hasta ácido. En unas apretadas páginas, Cosío Villegas discurre filosamente, pero con autoridad, sobre la enfermedad del país en esos aciagos años de extravíos revolucionarios y promesas modernizadoras.

Lo primero que llama la atención de este ensayo y de muchas otras obras de Cosío Villegas es su crudeza y valentía.[23] Tal pareciera que su autor estaba empeñado en no dejar piedra sobre piedra, no importando las consecuencias adversas que su crítica incisiva al régimen pudieran acarrearle en lo personal. En realidad, ningún intelectual mexicano ha sido más congruente que Cosío Villegas en el ejercicio de la crítica independiente. ¡Cuán distante del ejemplo de este hombre están, salvo muy contadas excepciones, los intelectuales mexicanos de hoy! Son éstos los mismos que apuntalaron hasta el final al régimen priista, aún después de que los ciudadanos ya habíamos decidido rescindirlo por la vía de las urnas.

La segunda cuestión que llama la atención del trabajo de Cosío Villegas es lo acertado de su crítica. Hoy es fácil decirlo, porque la distancia transcurrida desde entonces nos permite darle la razón, pero en aquel momento alentó muchas discusiones y cuestionamientos por parte de sus contemporáneos. ¿En qué acertó Cosío Villegas? En que el régimen posrevolucionario, en la práctica, había abandonado sin remedio, ya sea por ineptitud, por insensibilidad o por irresponsabilidad, los principios ideológicos que le daban sustento y legitimidad de origen. En su lugar, las prácticas políticas se contaminaron de pragmatismo y corrupción, al grado de que se perdió por completo la brújula. En esas circunstancias, las metas de la Revolución Mexicana terminaron agotándose y el régimen posrevolucionario entró en una crisis política y moral, de credibilidad y de identidad, que se antojaba desde entonces muy difícil de revertir.

Y justo en este momento, una vez que Cosío Villegas ha bocetado magistralmente las características de la crisis del México de su tiempo, alista la espada para lo que viene, o sea, para la política: “[…] el país está en una crisis política y moral de grave trascendencia, y si no se la reconoce y admite, y si no se hace el mejor de los esfuerzos, para remediarla, México caminará a la deriva, perdiendo un tiempo que un país tan retrasado en su evolución no puede perder, o se hundirá para no rehacerse quizás con una personalidad propia.”[24]

He aquí al escritor que sabe perfectamente que el único compromiso posible de los intelectuales libres es con la verdad pública, que se asume como un individuo político; que hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento sino la simple palabra escrita o hablada.

Pero Cosío Villegas era también conciente de las dificultades de superar la crisis, aunque no por ello había que cruzarse de brazos. Por el contrario, desde el momento mismo en que se ocupa de estos temas está incidiendo ya, o intentando incidir, en el curso de los acontecimientos: “Quizá no valga la pena especular sobre milagros, pero, si no se reafirman los principios, sino que simplemente se los escamotea; si no se depuran los hombres, sino que simplemente se les adorna con vestidos o títulos, entonces no habrá en México autorregeneración, y, en consecuencia, la regeneración vendrá de fuera y el país perdería mucho de su existencia nacional y a un plazo no muy largo.”[25]

En suma, Cosío Villegas nos ofrece varias claves de lectura tan vigentes entonces como ahora; a saber: a) los ordenamientos políticos mantienen un vínculo estrecho y permanente con los principios e ideales que le dieron origen o le dan sustento, por lo que desentenderse de ellos siempre tiene un costo en términos de legitimidad e identidad y, en casos extremos, puede conducir a su virtual colapso o sustitución por un ordenamiento distinto; b) por más sólidos que sean los principios articuladores de un régimen político, el poder siempre está en vilo, pues también depende de los valores y las expectativas que se definen y redefinen permanentemente en la sociedad; y c) la congruencia entre el discurso del poder y el ejercicio del poder es más importante de lo que suele creerse, por lo que subestimarla siempre tiene costos políticos.

Por lo que se refiere a Paz, el más universal de nuestros intelectuales, el tema de la relación entre inteligencia y poder fue constantemente considerado en su obra ensayística.[26] Defender el valor de la crítica y la independencia fue casi una obsesión en Paz. Vale recordar al respecto su renuncia a la embajada de la India luego de los penosos acontecimientos ocurridos el 2 de octubre de 1968 en la plaza de Tlatelolco; su dimisión del periódico Excélsior después del golpe de mano dado a Julio Scherer y su equipo por el entonces presidente Echeverría; la fundación de la revista Vuelta en 1976.

Para Paz, la política no puede quedar en manos de tiranos o demagogos. Los primeros conducen a gulags, los segundos a “ogros filantrópicos”. La polis, recuerda el Nobel de Literatura, es obra de ciudadanos libres e ilustrados, de individuos antes que masas. Por eso, su simpatía hacia la doctrina liberal y democrática, y su sospecha hacia cualquier discurso organicista que en nombre del paraíso sólo ofrecía el infierno terrenal. Paz asumió en algún momento la crítica del PRI y de su Estado; del dogmatismo e intolerancia de cierta izquierda, y del conservadurismo de la derecha. Sus críticas no siempre fueron bien recibidas. Incluso en momentos fueron abiertamente condenadas. Pero más allá de lo anecdótico, su filo agudo y polémico queda como un valuarte intelectual de nuestro tiempo, como una lectura redonda y dialógica de los actores y los sucesos del siglo pasado.

Sin embargo, Paz se convirtió en el cacique cultural más influyente de la segunda mitad del siglo XX, lo cual supone haberse acogido al poder para obtener de él protección y todo tipo de canonjías. Paz lo sabía y se resignó sin sobresaltos a mantener una relación necesaria y muy conveniente con los poderosos, quizá más para poder trabajar con libertad que por otra cosa. Sin embargo, si alguien fue fiel a sus pasiones y convicciones ese fue precisamente Paz.

Pero si de congruencia intelectual se trata hay que voltear a mirar a Zaid, el más agudo de los críticos culturales en el país. Para él lo que cuenta no es el autor sino lo que escribe, no es el escritor sino sus libros. Todavía más, lo verdaderamente importante es la lectura, es decir, el lector. Cada lector se imagina a su modo a los autores que lee, y en el caso de Zaid incluso más, pues muy pocos lo conocen físicamente. Zaid eligió ocultar su imagen para que hablara su obra, pero el poeta nunca renunció a la Ciudad, es decir, al espacio público, al debate de las ideas, al diálogo permanente con sus habitantes y sus fantasmas.[27]

Nadie como Zaid ha desnudado con su crítica cultural las mediocridades y falsedades de las instituciones oficiales y no oficiales encargadas de promover y preservar la cultura. Nadie como él ha criticado con ironía y autoridad las ambiciones trepadoras de la clase intelectual en su carrera desenfrenada por la fama y el poder. Pero al denunciar las contradicciones del poder de los libros, Zaid lo hizo desde la congruencia, es decir, desde el lugar de los de “afuera”, desde la zona pública de la sociedad, desde la opinión pública independiente, en últimas, desde la Ciudad. Y aquí lo que cuenta es la conversación inteligente y amena, el diálogo de unos lectores con otros, la vida pública que pasa por la imprenta, no la parafernalia de la academia o la universidad, de los intelectuales mercenarios y arrogantes, con sus circunloquios y ceremonias, sus vanidades y banalidades, sus torres de marfil y de Babel.

Zaid es también la contrafigura vital de una resistencia, la del poeta que desobedece el mandato del sabio, se niega a abandonar la ciudad y promueve en ella el nacimiento de una práctica (la poesía) que no está privada del elemento imaginario y una suerte de teoría que no exige el poder como derecho suyo ni rehuye la realidad. Entre el vivir y el pensar, Zaid deja sabiamente la puerta abierta.

Las lecciones que Zaid nos ha brindado a quienes creemos en la congruencia intelectual son invaluables. Nos ha enseñado a defender rabiosamente la independencia intelectual, a rechazar los dogmas, a creer firmemente en la verdad pública tejida entre todos, a reivindicar el ensayo como medio para conectar con nuestra tradición humanista y nuestro presente, con el orgullo de pensar y escribir en español, a salir de la academia para entrar a la calle, a la plaza pública, el lugar de la política, la verdadera política, la política de los deseos y los sueños, de los imaginarios colectivos y las realidades cotidianas que se transparentan mediante la palabra escrita o hablada.

Zaid encuentra su verdadero rostro al ser reconocido como inspirador cultural de varias generaciones de hombres y mujeres de letras, periodistas, académicos, investigadores, polemistas, etcétera, y precisamente por esta virtud, Zaid es en la actualidad el pensador crítico más importante y original en México.

6. Una reflexión final

De acuerdo con lo planteado hasta aquí, salvo contadas excepciones, la codicia ha sido la constante de nuestra intelectualidad, pero a la hora de justificar sus proximidades con el poder, sus contubernios para obtener beneficios del Príncipe, sus discursos deslavados para apoyar a tal o cual político o sus silencios cómplices ante los atropellos de un régimen autoritario como el que padecimos durante décadas, todos ellos estilan ironía y un profundo desprecio por sus denostadores. Siempre encuentran las palabras justas para adornar sus acciones y con extrema habilidad escapan a las críticas o las emplean en su beneficio. Los ejemplos son tantos y tan terroríficos que harían palidecer a cualquiera, pero no a los intelectuales mexicanos, artífices del disfraz, maestros del engaño, cínicos sin escrúpulos, mercenarios de la pluma. Obviamente, optar por criticar y desafiar a los mandarines de la cultura en nuestro país conduce al aislamiento y el ostracismo, un precio que hemos debido pagar todos los que nos negamos a seguir las reglas no escritas del medio intelectual, su lambisconería y zalamería, su hipocresía y falsedad; un derrotero complicado para todos los que preferimos darle algún valor al principio de la independencia intelectual antes que prostituir la pluma y la conciencia.

Ahí quedan los devaneos de Fuentes con el presidente Echeverría, las contradicciones de Paz, las mentiras de Aguilar Camín y el grupo Nexos, el cinismo de Jaime Sabines, Ricardo Garibay y Agustín Yánez, las “buenas intenciones” de Conaculta, las transas de los concursos literarios, los plagios de la Poniatowska, los guiños de Monsiváis a los poderosos y un interminable etcétera de corruptelas y ambiciones. Por fortuna, aunque se podrían contar con los dedos de una sola mano, algunos intelectuales han optado por la congruencia. Este es el caso de Zaid, siempre Zaid, hoy por hoy el único intelectual merecedor de ese calificativo, como en su momento lo fue Cosío Villegas. Pero el cuadro general de la inteligencia mexicana resulta muy poco estimulante. No está demás denunciar y exigir que se limpie la cochambre y la podredumbre del medio intelectual y de las instituciones culturales del país, pues con lo que hay —mentiras y simulaciones, conveniencias y favoritismos, compadrazgos y padrinazgos, feudos y codicias— no puede haber un debate serio y responsable de las ideas, una interlocución madura entre los intelectuales, un compromiso real con la verdad pública.

Durante el siglo XX, México ha exhibido una suerte de dualidad entre el mundo de los políticos y el mundo de las ideas. En el primero, los políticos detentan el poder terrenal de manera discrecional y casi siempre a espaldas de la sociedad civil, mientras que en el segundo, el poder de los intelectuales no radica en un ámbito terrenal sino en cuestiones más bien cercanas al espíritu, esto es, en la identificación de sus miembros con la Razón, la inteligencia, la verdad, etcétera. Ambos universos conocen y asumen la existencia del otro tomando sus respectivas distancias, creando fronteras para evitar que individuos no pertenecientes a su identidad soberana asuman posiciones de poder y, sobre todo, desdeñando de una u otra forma a aquellos que se identifican única y plenamente con el otro. Pero aquí hay una suerte de paradoja que no justifica pero sí explica esta compleja relación: sólo deslindándose tajantemente del poder, y más de un poder autoritario como el que caracterizó a nuestro país, los escritores podían adquirir la legitimidad y la credibilidad hacia su trabajo intelectual, y al mismo tiempo sólo acercándose al poder podían obtener los beneficios económicos y de promoción que requerían para proseguir su tarea. De ahí que la mayoría de los escritores en México optó por aproximarse al Príncipe, convirtiéndose en sus ideólogos o simplemente apoyándolo en situaciones límite, al tiempo que se presentaban en público como pensadores independientes y no contaminados por las garras del poder político. La consecuencia fue un juego de simulaciones y de cooptación silenciosa, mutuamente conveniente para los miembros de ambos mundos, pero que a la larga infectó a los escritores de cinismo e hipocresía, vanidad y codicia.

Sin embargo, los escritores siempre fueron confrontados por otros escritores que cuestionaban la moralidad y la autoridad de quienes se dejaban seducir por el canto de las sirenas del poder. De ahí que nuestra intelectualidad haya producido periódicamente un sinnúmeros de artículos y debates públicos sobre el papel de los intelectuales y sobre la independencia intelectual, para justificar sus devaneos o para deslindarse de cualquier sospecha en su contra por más que fueran consabidos sus favores al Príncipe. Ahí quedan, para citar algunos ejemplos recientes, las posiciones contradictorias que generó entre los escritores el alzamiento armado del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas el primer minuto de 1994, y sobre todo la aparición en la escena pública de un guerrillero escritor, con pipa y rifle, que sedujo a muchos, pero que propició ácidas críticas por parte de la mayoría de los escritores. Y que decir de los juegos de poder del sexenio de Salinas, cuya necesidad de apoyos y legitimidad lo llevó a coquetear con los intelectuales de moda, a lo que estos respondieron con agrado y servilismo. Son los años en que los dos grupos intelectuales más visibles del país, Nexos y Vuelta, se sentían lo suficientemente fuertes y maduros como para disputarse entre sí la hegemonía del proyecto cultural del país. De ahí que Salinas supo jugar con ambos a cambio de privilegios y beneficios, mientras que éstos entraron en una disputa llena de engaños y mentiras, escenificando una de las experiencias más deplorables del mundo de las letras, de la cual salieron totalmente raspados en su credibilidad escritores como Aguilar Camín y Enrique Krauze. Algo similar puede decirse, por último, de las opiniones de los escritores con motivo de la alternancia del 2000 y su significado para la transición democrática. Aquí salen a relucir los subterfugios y las contradicciones de un discurso aparentemente partidario de la democratización por parte de quienes apuntalaron al régimen autoritario durante décadas, por lo que fueron más bien cómplices del régimen autoritario y responsables indirectos de que la democratización haya tardado tanto tiempo en prosperar.[28]

Concluyo con una nota optimista. El hecho de que el tema de los intelectuales y sus relaciones con el poder en México esté siendo analizado cada vez más de manera crítica y valiente por múltiples estudiosos sobre todo jóvenes,[29] sugiere que algo está cambiando, que los feudos construidos por los mandarines de la cultura de antaño comienzan a desplomarse, y que muy pronto entenderemos por fin que el único valor del pensamiento radica en su independencia sin simulaciones y su compromiso con la verdad. Sólo desde este mirador resulta creíble la crítica al poder de los gobernantes.

Criticar el discurso o la acción de la clase gobernante no significa, en principio, estar apoyando a otro grupo político y menos aún pertenecer o estar a merced de las consignas de otra camarilla. Criticar dialógicamente y controlar el poder de los gobernantes no es sino otra forma, aunque fundamental para un demócrata, de hacer política democrática, o sea, de contribuir a formar y conformar un “imaginario social”, un espíritu público, sin el cual la vida de los hombres quedaría reducida a la lucha animal por la mera sobrevivencia. Algo similar puede decirse de la crítica y la confrontación de ideas entre pares y colegas. El disenso, cuando está bien fundamentado, hace prosperar el conocimiento.


[1] Una búsqueda similar puede encontrarse en: E. Said, Representaciones del intelectual, Madrid, Paidós, 1996.

[2] El famoso “J’áccuse” de Zola puede leerse en: Yo acuso, Madrid, El Viejo Topo, 1998.

[3] J. Benda La trahison des clercs, París, Grasset, 1927.

[4] A. Gramsci, Gli intellectuali e l’organizzatione della cultura, Turín, Einaudi, 1949.

[5] R. Aron, L’opium des intellectuels, París, Calmann-Lévy, 1955.

[6] J. F. Lyotard, “Tombeau de l’intellectuel”, Le Monde, París, 8 de octubre de 1983.

[7] M. Foucault, Power/Knowledge. Selected Interviews and Other Writtings, 1972-1977, Hemet Hempstead, Harcester Press, 1981.

[8] P. Nora, “Que peuvent les intellectuels?”, Le Débat, París, núm. 1, mayo de 1980.

[9] P. Bourdieu, Homo academicus, París, Minuit, 1984.

[10] A. W. Gouldner, The Future of Intellectuals and the Rise of the New Class, Londres, The Macmillan Press, 1979.

[11] R. Jacoby, The Last Intellectuals: American Culture in the Age of Academe, Nueva York, Basic Books, 1987.

[12] R. Posner, Public Intellectuals. A Study of Decline, Harvard, Harvard University Press, 2003.

[13] P. Johnson, Intelectualls, Nueva Cork, Haspers and Row, 1988.

[14] G. Zaid, “Intelectuales”, Vuelta, México, núm. 168, noviembre de 1990, pp. 21-23.

[15] Muchos intelectuales en distintas épocas y contextos han defendido teóricamente este tipo de posiciones. Véase, por ejemplo, C. Wrigtt Mills, Power, Politics, and People, Nueva York, Ballantine, 1963; I. Berlin, Russian Thinkers, Londres, Penguin, 1980; N. Bobbio, Politica e cultura, Turín, Einaudi, 1955.

[16] Entre otros estudios, recomendamos los siguientes: J. A. Aguilar Rivera, La sombra de Ulises: ensayos sobre intelectuales mexicanos y norteamericanos, México, cide/M. A. Porrúa, 1998; R. Bartra, La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición postmexicana, México, Océano, 1999; R. Bartra, Oficio mexicano, México, Grijalbo, 1993; R. A. Camp, Los intelectuales y el Estado en el México del siglo xx, México, fce, 1995; P. Jiménez Trejo y A. Toledo, Creación y poder: Nueve retratos de intelectuales, México, Joaquín Mortiz, 1994; E. Krauze, Caudillos culturales en la Revolución Mexicana, México, Siglo xxi, 1976; X. Rodríguez Ledesma, Escritores y poder en México. La dualidad republicana, 1968-1994, México, upn, 2002; M. Tenorio-Trillo, De cómo ignorar, México, cide/fce, 2000; A. Villegas, Autognosis: el pensamiento mexicano en el siglo XX, México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1985; G. Zaid, De los libros al poder, México, Océano, 1998.

[17] El concepto de “mandarín” fue utilizado originalmente por Max Weber en sus estudios sobre la clase intelectual de los grandes funcionarios civiles o militares en el imperio chino. Su equivalente más cercano a nuestra idiosincrasia mexicana sería el de “cacique cultural”.

[18] A. Echegollen, “Las cuitas de Ícaro”, Bucareli 8, México, 12 de febrero de 2006, pp. 12-13.

[19] D. Cosío Villegas, Imprenta y vida pública, México, FCE, 1985.

[20] Voltaire, Opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Alfaguara, 1978, p. 99.

[21] Véase por ejemplo, el capítulo 9 del presente volumen: “Claroscuros de una reforma”.

[22] D. Cossío Villegas, “La crisis de México”, Cuadernos Americanos, México, núm. 32, marzo-abril de 1947, pp. 29-51.

[23] Véase, por ejemplo, D. Cosío Villegas, El estilo personal de gobernar, México, J. Mortiz, 1974; D. Cosío Villegas, El sistema político mexicano. Las posibilidades de cambio, México, J. Mortiz, 1972; D. Cosío Villegas, Memorias, México, J. Mortiz, 1976.

[24] D. Cosío Villegas, “La crisis…”, cit., p. 47.

[25] Idem.

[26] Véase, por ejemplo, O. Paz, El laberinto de la soledad, México, FCE, 1984; O. Paz, El ogro filantrópico. Historia y política, 1971-1978, México, Joaquín Mortiz, 1979; O. Paz, Posdata, México, Siglo XXI, 1983; O. Paz, Tiempo nublado, México, Seix Barral, 1983.

[27] Véase, por ejemplo, G. Zaid, De los libros al poder, México, Grijalbo, 1988.

[28] Véase el capítulo 2 de este volumen: “El evangelio de la transición”.

[29] Véase, por ejemplo, J. A. Aguilar Rivera, La sombra de…, cit.; X. Rodríguez Ledesma, El poder frente a las letras. Vicisitudes republicanas (1994-2001), México, UPN, 2003; J. Ibarguengoitia, Ideas en venta, México, Joaquín Mortiz, 1997; V. Roura, Codicia e intelectualidad, México, Lectorum, 2004; E. Serna, Las caricaturas me hacen llorar, México, Joaquín Mortiz, 1996; M. Tenorio-Trillo, De cómo ignorar, México, cide/fce, 2000. J. Volpi, “El fin de la conjura”, Letras Libres, vol. 2, núm. 22, octubre de 2000, pp. 56-60; C. Cansino, “La crítica del poder o el poder de la crítica”, Bucareli 8, México, 12 de febrero de 2001, pp. 8-11.

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