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Confieso que cuando leí el título del libro más reciente de John Ackerman, El mito de la transición democráticaNuevas coordenadas para la transformación del régimen mexicano (México, Planeta, 2015), me sedujo de inmediato. Pensé entonces en las tesis de otros analistas que también han buscado desmitificar la supuesta transición mexicana, como Lorenzo Meyer en su libro Nuestra tragedia persistente. La democracia autoritaria en México, o Jo Tuckman en su México, democracia interrumpida, o incluso mi propia tentativa en El evangelio de la transición (autores y obras que por lo demás brillan por su ausencia en dicho trabajo). Más aún, el título de Ackerman es de esos que a más de un analista nos hubiera gustado emplear en alguno de nuestros libros sobre el tema. Sin embargo, a poco andar en la lectura del libro de Ackerman, el lector se percata sin remedio de que se trata de un nuevo panfleto —como si no hubiera suficientes— a favor de Andrés Manuel López Obrador, un pasquín sin análisis ni reflexión seria, un libelo propagandístico sin pies ni cabeza igual de frívolo, superficial y tendencioso que los análisis de otros autores que Ackerman deplora sin mencionar —en un signo de prudencia del autor que contrasta con el tono envalentonado de sus afirmaciones— por ser unos “viles manipuladores y serviles” del “Estado corrupto mexicano”. Es una lástima que el politólogo Ackerman no entienda que no se puede pretender desmitificar un mito desde otro mito, por más persuasivo que éste sea, pues el resultado no puede ser otro que un panegírico. En ese sentido, lo mejor hubiera sido que Ackerman titulara su libro como: “Manifiesto para derrocar al mal gobierno y colocar en su lugar al nuevo salvador de la patria”, así, al menos, el lector sabría a qué atenerse antes de desembolsar su lana para comprarlo (sobre todo los más desprotegidos que tanto azuza Ackerman, que tendrían que gastar tres días de salario mínimo para comer propaganda mesiánica).

Por momentos el libro de Ackerman me recuerda por su tono radical y encendido a algunos trabajos de viejos marxistas mexicanos en los años sesenta y setenta del siglo pasado que buscaban afanosamente develar los resortes autoritarios, nacionalistas y oligárquicos del Estado posrevolucionario, pero reconociéndole en todo momento, por paradójico que parezca, el mérito de haber enarbolado la etérea justicia social como uno de sus postulados fundacionales, aunque en la práctica ello no pasara de ser pura propaganda. Pienso, por ejemplo, en Adolfo Gilly, Pablo González Casanova, Arnaldo Córdova, Carlos Pereyra y, un poco antes, José Revueltas, entre muchos otros. Sin embargo, a diferencia de estos autores, en el libro de Ackerman no hay teoría (ni marxista ni de cualquier otra) ni análisis, sólo un recuento de hechos deshilvanados y frases incendiarias que le permiten al autor justificar la necesidad de un nuevo alzamiento popular en contra de los malosos, o sea: el “neoliberalismo autoritario del Estado mexicano corrupto, impopular y entreguista a los Estados Unidos” (sic). Al menos, los viejos marxistas habían leído apasionadamente a Marx, Lenin, Trotsky, Gramsci, Mao…, y los citaban con profusión para argumentar a favor de sus interpretaciones de la realidad y sus convicciones políticas. Pienso por ejemplo en el famoso libro de José Revueltas, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, aplaudido por propios y extraños no tanto por su análisis demasiado tendencioso del comunismo en México sino por su dominio incuestionable del pensamiento marxista, un auténtico deleite para los que en esa época gustaban de los debates teóricos de izquierda. Lejos de ello, Ackerman aparece en su libro como un advenedizo del marxismo, alguien que se dice de izquierda pero que no conoce ni cita a sus padres y cultivadores intelectuales, alguien que sólo repite de oídas lo que otros le han contado, un marxista de ocasión, lo que lo convierte en un pseudocrítico del establishment igual de tendencioso y superficial que los que lo defienden a ultranza y que él dice criticar. En suma, quien se aproxime a las páginas del libro de Ackerman solo encontrará en ellas propaganda subversiva, un ejemplo fehaciente del pensamiento simple, del infantilismo de izquierda más ramplón y obtuso y que por lo visto se niega a morir: capitalista malo/proletario bueno; derecha mala/izquierda buena; gobierno malo/pueblo bueno… La verdad, se necesita mucho más que un manifiesto insustancial como éste para mover a las conciencias hacia un cambio de actitud a favor de una transformación del país en todos los órdenes, como pretende Ackerman, por más necesaria y trascendental que sea ésta en el actual momento nacional de excesos autoritarios, crisis política, desvaríos socioeconómicos y tumbos gubernamentales.

La ausencia de teoría y reflexión en el libro de Ackerman lo lleva a defender de principio a fin ideas francamente insustanciales, por superficiales e imprecisas. Por ello, para no extenderme demasiado, sólo concentraré mi crítica en dos o tres ideas centrales del autor. Comencemos con la tesis que da título al libro: el mito de la transición democrática. Según Ackerman, con el regreso del PRI al poder en el 2012 y la llegada de Enrique Peña Nieto a la presidencia “se ha consolidado el sistema corrupto de autoritarismo neoliberal en el poder”, vigente desde la fundación del PRI. Por ello, más que transición a la democracia lo que tuvimos fue “la infiltración de la lógica priista en toda la oposición”, incluida la que llegó al poder en el 2000, o sea el PAN, y más recientemente el PRD al decidir sus dirigentes firmar con el PRI y el PAN las “contrarreformas entreguistas y antipopulares de Peña Nieto”. Por eso, prosigue Ackerman, el regreso del PRI al poder en el 2012 fue un “desenlace natural” de este proceso. Además, afirma el autor sin chistar —aunque no presente ninguna prueba de ello—, existió un pacto secreto entre Carlos Salinas de Gortari, el PRI, el PAN y Vicente Fox para perpetuar al régimen priista, incluso sin el PRI. Muestra de ello es que los respectivos gabinetes de los panistas Fox y Felipe Calderón estaban llenos de priistas, ergo el PRI y el PAN son iguales, o sea son el PRIAN (“PRIANRD”, si añadimos al PRD en la misma mafia, corrige más adelante el autor). La verdad no se si tenga caso siquiera criticar argumentos tan obtusos como estos. En fin…

Habría que destacar primero que si el PAN en el poder no satisfizo a nadie, pues, entre otras cosas, no estuvo a la altura del desafío que representaba la alternancia después de setenta años de dictadura priista y evadió encabezar la realización de un pacto nacional que definiera para el país un nuevo ordenamiento institucional democrático que hiciera tabla rasa del viejo régimen autoritario, o sea una nueva Constitución, no es razón suficiente para descalificar en automático la alternancia. En los hechos, la alternancia existió y no se puede invalidar por el hecho de que el partido que sustituyó al PRI en el poder fuera un partido de derecha y no uno de izquierda, como sugiere en algún lugar Ackerman, con más vísceras que sesos. Si acaso, se puede descalificar al PAN por, una vez en el poder, haberse acomodado convenientemente a la normatividad vigente de naturaleza autoritaria (naturaleza definida no tanto por el espíritu liberal y social de la Constitución del 17 sino por las más de 400 reformas que sufrió ésta durante setenta años para asegurar la reproducción en el poder de la clase gobernante) sin intentar transformarla un ápice, pero no a la alternancia en sí misma, que como tal marca un punto de inflexión incuestionable entre el viejo régimen priista y un nuevo régimen democrático in nuce. El problema está en que el PAN en el poder y los gobiernos emanados de ese partido no quisieron o no pudieron construir el nuevo régimen, auspiciando en su lugar la afirmación de un híbrido institucional y normativo a medio camino entre el autoritarismo y la democracia, un ordenamiento que hereda muchas de las lógicas autoritarias del viejo régimen, pues nunca se intentó derogarlas mediante una nueva Constitución, y prácticas electorales más competitivas y plurales que en alguna medida permiten la alternancia entre distintas fuerzas políticas, aunque ni siquiera los comicios en nuestro país han conquistado la credibilidad y la autenticidad mínimas como para considerarlos legítimos y correctos, cuestión esta última que habrá que concederle a Ackerman (…y a cincuenta millones de mexicanos que piensan lo mismo). Por otra parte, cuestionar al PAN en el poder, como lo hace el autor, por seguir las políticas “entreguistas” propias del neoliberalismo autoritario a favor de los intereses de una pequeña elite económica y política, según los criterios instrumentados desde los tiempos de Salinas de Gortari, es un despropósito, pues el PAN es un partido de derecha al que no se le puede pedir lo contrario sin traicionarse a sí mismo, pese a la doctrina social católica que profesó en sus orígenes remotos.

En suma, caracterizar el momento político que vive el país después de la alternancia del 2000 y del retorno del PRI al poder en el 2012 exige mucho más que intuiciones y ocurrencias, sobre todo si se emplean las categorías provenientes de la literatura sobre transiciones a la democracia, la cual el autor simplemente ignora o pasa por alto. Como he dicho en otras partes, se puede o no estar de acuerdo con dicha literatura especializada (yo en lo personal difiero en muchas cosas), pero si se van a emplear sus categorías con fines de análisis se debe hacer correctamente, o sea con rigor y objetividad, para evitar violencias interpretativas o caracterizaciones interesadas y a modo, como la que ensaya el propio Ackerman en su libro.

No es este el lugar para desarrollar una caracterización exhaustiva del caso mexicano con las exigencias que impone la teoría de las transiciones. Baste señalar que todos los que recurren a la misma concluyen que la alternancia del 2000 en México marcó el fin de la “transición democrática” y el inicio de la “instauración democrática”, o sea la etapa de destitución autoritaria y de discusión y aprobación de una nueva normatividad (generalmente una nueva Constitución) acorde con las exigencias y la necesidades de un nuevo ordenamiento de naturaleza democrática. Sin embargo, por muchas razones en las que no me detendré aquí, la instauración no prosperó, posponiéndose indefinidamente la construcción de una auténtica democracia e instalando al país, como ya dijimos, a medio camino entre el autoritarismo y la democracia. Prueba de ello es que ni las elecciones, que fueron el eje que definió los tiempos y el ritmo de la transición democrática en el país, o sea todas las reformas electorales desde 1977 al 2000, han conquistado la legitimidad y la autenticidad que exige cualquier democracia electoral. Obviamente, en este contexto de incertidumbres y dudas, de resabios autoritarios e impulsos democráticos que no logran despuntar, el regreso del PRI al poder no hace sino alimentar más dudas. Al respecto, todo parece indicar que al regresar el PRI al poder sin haberse instaurado una nueva normatividad claramente democrática, el país se aproxima más a una peligrosa regresión autoritaria que a la posibilidad de retomar el camino sinuoso y hasta ahora inconcluso de una instauración democrática.

En suma, por estos desenlaces, la teoría de las transiciones podría concederle a Ackerman que la transición ha sido un mito. Sin embargo, en honor a la precisión, lo que no se ha concretado en México no es la transición en sí misma sino la construcción de la democracia después de la alternancia. Más específicamente, lo que no prosperó en México a diferencia de todas las transiciones exitosas en el mundo fue el pacto entre todos los actores —tanto los del viejo régimen como los emergentes—, que diera lugar a una reforma integral de la Constitución, o sea a una nueva normatividad democrática en sustitución de la normatividad autoritaria precedente. En lugar de ello, es fácil inferir que el regreso del PRI al poder nos acerca más al autoritarismo que a la democracia, aunque en estricto sentido ello no sea un derrotero definitivo. Obviamente, en ese escenario, estaremos atestiguando no el mito de la transición, pues ésta sí existió, sino una “instauración democrática fallida”, o sea una instauración que al no concretarse coloca al país en la antesala de una regresión autoritaria o incluso de una restauración autoritaria, en caso de que volviéramos en unos cuantos años al esquema de partido hegemónico del siglo pasado.

Por otra parte, afirmar que con Peña Nieto “se ha consolidado el sistema corrupto de autoritarismo neoliberal en el poder”, es inexacto. En efecto, si algo caracteriza el presente mexicano es que nada está consolidado, mucho menos el actual régimen político, que experimenta una de las peores crisis de su historia, a juzgar por el débil apoyo que conserva el actual titular del ejecutivo y el repudio que concita el gobierno en su conjunto por sus muchas inconsistencias y excesos. Si algún día el así llamado por Ackerman “régimen autoritario neoliberal” se consolidó en México, fue precisamente durante el gobierno de Salinas de Gortari, que a pesar de impulsar políticas claramente neoliberales y excluyentes para las mayorías llegó a tener una gran legitimidad y respaldo popular, al menos hasta la irrupción del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) en el escenario nacional y el tristemente célebre “error de diciembre”. Ackerman debería saber que hablar de “consolidación” supone para un gobierno o un régimen o un líder apoyo popular (legitimidad) y estabilidad por más impopulares y arbitrarias que sean sus políticas económicas y sociales, o por más autoritario que sea en los hechos, pero eso es mucho pedir a un analista de ocurrencias.

Finalmente, decir que más que transición a la democracia lo que tuvimos fue “la infiltración de la lógica priista en toda la oposición” también es incorrecto, pues el PRI se sostuvo durante décadas con oposiciones leales y sistémicas, y sólo empezó a modificar sus patrones de competencia cuando una parte de la oposición pasó a ser desleal y antisistémica. Que en los hechos la mayoría de los partidos haya optado en los tiempos recientes por abandonar sus propias estrategias y convicciones ideológicas particulares para reproducir en su lugar patrones similares a los del PRI, se debe más al pragmatismo de los partidos obligados a sobrevivir en condiciones de competencia imperfecta e inequitativa que a un proceso de mimetismo orquestado deliberadamente por el PRI. Lo que sí es cierto es que en ausencia de una reforma integral a la Constitución en clave democrática pareciera que los rasgos autoritarios del pasado se recondujeron por todos los vasos linfáticos del nuevo régimen, en perjuicio de los impulsos democráticos renovadores de la era de la alternancia.

Otros argumentos esgrimidos por Ackerman en favor de su tesis sobre el mito de la transición son los siguientes: el retorno del PRI al poder fue un “resultado natural” dada la ausencia de una verdadera transición; hoy las “contrarreformas estructurales, la corrupción, la violencia, la represión, los crímenes de Estado han ratificado el carácter fantasioso de la supuesta transición”; en lugar de democratización el poder se ha “concentrado en una elite reducida”; como mito, “la transición desmoviliza a la sociedad y cancela la posibilidad de imaginar una transformación real del país”; hoy “nadie puede comprobar que los ciudadanos tienen más poder que antes de la transición”, ergo no hay transición; los poderes fácticos y las instituciones electorales siguen obstaculizando la llegada al poder de un “verdadero” candidato de oposición.

La tentación de reaccionar a cada una de estas afirmaciones tan hueras como imprecisas es muy fuerte, pero me limitaré a unos cuantos cuestionamientos breves. Ackerman no se puede colocar del lado de los ciudadanos como pretende si no es capaz de concederles algún protagonismo, más allá de azuzarlos a la rebelión. Me explico. Si el retorno del PRI era inevitable, entonces, en la lógica de Ackerman, los ciudadanos no tuvieron nada que ver en ello, ni siquiera los millones de votantes que expresaron en las urnas su malestar hacia el PAN por los dos sexenios de pesadilla que este partido nos obsequió. La pregunta aquí no es si estaba escrito o no el retorno del PRI al poder por la vía de las elecciones, con todo y sus imperfecciones e inconsistencias, sino de qué tamaño habrá sido el malestar hacia el PAN (y las desconfianzas hacia el candidato del PRD, López Obrador) que la inmensa mayoría de los mexicanos prefirió reposicionar al PRI en el poder pese a haberlo mandado a retiro 12 años antes, cansados todos de tanta corrupción y demagogia.

Que hoy el gobierno de Peña Nieto sea un fracaso en todos los órdenes y una gran desilusión para muchos no tiene que ver necesariamente con la ausencia de transición, como sostiene Ackerman, sino principalmente con la incompetencia del personaje y de su gobierno. No hay que olvidar que ningún gobierno desea para sí una espiral de descalificaciones que amenace su continuidad o lo conduzca a endurecimientos riesgosos con tal de perpetuarse en el poder. Estos desenlaces no forman parte de un guión preestablecido de ningún gobierno supuestamente legítimo para exhibir deliberadamente su verdadero rostro autoritario oculto por las simulaciones del poder. Lejos de ello, sólo constituye un despropósito de un gobernante que, como Peña Nieto, ha sido incapaz de jugar siquiera el viejo juego de las apariencias democráticas y progresistas que de manera tan conveniente practicaron todos los gobernantes priistas que lo antecedieron en el trono.

La concentración del poder en México ha sido antes y después de la alternancia del 2000 igual de excesiva, o sea que no tiene nada que ver con la ausencia o no de transición sino con los privilegios de los que han gozado las elites económicas que monopolizan la riqueza desde hace siglos, favorecidos por el Estado y en detrimento de las mayorías.

Para fines prácticos o políticos quizá es mejor hablar de un discurso dominante sobre la transición, articulado por muchos intelectuales y comentaristas mediáticos por convenir a sus interés y gozar así de ciertos privilegios, que de un “mito de la transición”, pues no basta con desmitificar una idea dominante para conquistar adeptos a una causa sino que es necesario dar la batalla en el terreno teórico, desnudando las inconsistencias de los discursos dominantes y construyendo una interpretación alternativa bien argumentada y fundamentada como para persuadir a los interesados.

Es indudable que existen todavía en México muchos déficit en materia de derechos humanos y garantías individuales y muchos abusos de autoridad como para afirmar que ya hemos alcanzado en el país los requisitos mínimos de un auténtico Estado de derecho, como vociferan las autoridades. Sin embargo, tampoco considero que se puedan descalificar a ultranza los pocos pero no por ello irrelevantes avances alcanzados en la materia, pese a los muchos obstáculos e inercias autoritarias que aún persisten en todos los órdenes. Pongo un ejemplo concreto. Hace cincuenta años José Revueltas fue encarcelado con lujo de violencia por escribir libros contra el régimen publicados en pequeñas editoriales clandestinas, hoy Ackerman puede escribir libros contra el régimen, publicados por emporios editoriales trasnacionales, y nadie lo va a encarcelar por ello. Es más, hasta será reconocido por su trabajo, como ocurrió con el Premio Nacional de Periodismo, otorgado por sus artículos en Proceso, una publicación que ha subsistido pese a sus ácidas críticas a todos y a todo, pese a incurrir en los mismos excesos que crítica, como el haber censurado y despedido arbitraria e injustificadamente de sus páginas a la reconocida periodista Sanjuana Martínez. ¡Qué lejos está Proceso de lo que fue con Julio Scherer!, hoy sólo queda un panfleto amarillista igual de corrupto y tendencioso que todo lo que toca. Ciertamente, en México se sigue censurando en los medios sometidos al Estado a las voces críticas e incomodas, pero que también lo hagan los medios supuestamente progresistas e independientes como Proceso ya es una locura. Obviamente, Ackerman no entra en la lista negra, pues sus artículos suelen moverse dentro de lo políticamente correcto. Ejemplo de ello son algunas afirmaciones de Ackerman en el libro que comentamos aquí sobre lo que él llama “comentaristas mediáticos manipuladores”. Al respecto, Ackerman es implacable: “la mayor parte de los analistas toman el camino fácil de esconderse detrás del silencio cómplice, las buenas maneras y la neutralidad conformista, son hipócritas y se agachan frente a los intereses de la oligarquía y participan plenamente del autoritarismo mediático”. Esto suena muy bien y yo mismo lo firmaría sin chistar. El problema es que Ackerman avienta la granada a ver a quién le cae, pero se cuida de no decir nombres, pues sabe que a la postre una osadía de ese tamaño lo condenaría al ostracismo y el olvido, dado el enorme poder e influencia que tienen las mafias mediáticas e intelectuales en el país. ¿Cobardía? No, simple oportunismo, algo que, al igual que el servilismo o el silencio que critica, también empaña la credibilidad de los intelectuales y opinadores mediáticos.

No cabe duda que junto a los intelectuales vendidos del sistema, o sea los intelectuales mediáticos que vemos todos los días repitiendo las mismas sandeces, que utilizan todo tipo de argucias para legitimar y edulcorar los excesos y los abusos del poder (tipo Leo Zuckermann, Héctor Aguilar Camín, Federico Reyes Heroles y cientos más) existe otra categoría de intelectuales que puede ser igual o más rentable económica y mediáticamente que la de los intelectuales orgánicos. Me refiero a los intelectuales pseudocríticos del régimen, que supuestamente se colocan del lado de las grandes causas sociales, y se conciben como los auténticos exhibidores y denunciantes de la podredumbre del sistema, y como los paladines de la justicia. Obviamente, desde el momento que estos intelectuales asumen esta posición de manera interesada, ya sea para preparar o apuntalar el ascenso de un líder o un partido de oposición con los que simpatizan, o simplemente para ganarse un espacio en algunos medios explotando con más habilidad que convencimiento en sus artículos y alocuciones todo lo que a la mayoría de la gente le molesta e indigna, se trata de intelectuales igual de oportunistas y mercenarios que los otros. En otras palabras, la crítica y la incorrección política se han vuelto rentables para algunos intelectuales, pues gracias a ellas éstos se presentan ante la sociedad como irreverentes con los poderosos y sensibles a las causas ciudadanas, con lo que se ganan las simpatías de quienes los ven y escuchan. Pero cuando la crítica política no va acompañada de congruencia e independencia se vuelve una mera mercancía para atraer incautos. Por eso, se trata de intelectuales pseudocríticos o de fachada, pues su presunta incorrección política es sólo un afeite, y su supuesta afinidad con los ciudadanos en realidad encubre un profundo desprecio hacia los mismos, al querer imponerles sus propias verdades. Cabe señalar que en México, sólo un puñado de intelectuales le da valor a la congruencia y la independencia intelectual. Obviamente, entre ellos no está Ackerman. Nada que ver con las decenas de periodistas asesinados en México desde hace varios años, verdaderos críticos de la corrupción y la podredumbre de los gobernantes y la delincuencia organizada, víctimas de la cerrazón autoritaria del régimen, por más que Ackerman los exalte en su libro y pretenda ponerse de su lado.

Es más, quizá el propio Ackerman constituye hoy, junto con intelectuales como Denise Dresser y Sergio Aguayo, entre otros muchos, el mejor prototipo en México para ensayar una tipología de los intelectuales pseudocríticos. Veamos. Un pseudocrítico es un intelectual que: 1) critica todo lo que sea rentable criticar, que no es otra cosa que lo que muchas personas indignadas quisieran escuchar, pero más para ganar seguidores y alimentar su estatus de crítico que por convicción; 2) es dócil con los medios en los que participa y no cuestiona la calidad moral de los mismos, para seguir figurando en ellos; 3) se codea con los mandarines de la cultura y los medios pero no polemiza con ellos, para seguir mereciendo su interlocución; 4) publica en cuanta revista o diario se le ocurra, sin importar su calidad moral, congruencia o trayectoria; 5) en momentos cruciales, rehuye confrontarse con sus colegas para no arriesgar su propia promoción; 6) asiste a todas las invitaciones muy lucrativas que le hacen los mismos partidos y políticos que suele criticar y figura como “asesor” en todas las dependencias públicas posibles, cobrando cuantiosos honorarios; 7) utiliza las redes sociales para promover su obra y alimentar su avatar más que para debatir seriamente con sus seguidores; 8) al igual que los intelectuales del sistema, el pseudocrítico se dice independiente, pero en realidad apoya abierta o soterradamente a ciertos políticos y partidos con los que simpatiza o para los que de plano trabaja; 9) es políticamente correcto con líderes de opinión con rating, sin importar cuán corruptos o embusteros sean; y 10) entra al juego de los elogios mutuos con sus pares más influyentes, pero nunca debate con sus críticos, a los cuales simplemente ignora.

En suma, aunque dicen moverse en diferentes pistas, de los Ackerman a los Zuckermann sólo hay un paso. De hecho, son más las cosas que emparentan a ambos tipos de intelectuales que lo que los separa; a saber: 1) son cínicos, pues navegan con la bandera de intelectuales independientes, pero en realidad mantienen compromisos ya sea con un gobierno, un gobernante, un partido, un gobernador, un líder político, etcétera; 2) son mediáticos y tienen en los medios en los que trabajan su principal fuente de ingresos, por lo que mantienen compromisos de lealtad con los mismos y de prudencia de acuerdo a los intereses de los dueños de dichos medios; 3) siguen las reglas de la corrección política, pues entre ellos no se ven ni se tocan, o sea evitan cualquier tipo de confrontación o debate, a no ser que estén preparados con antelación; 4) suavizan o endurecen el tono de sus afirmaciones o críticas de acuerdo a las circunstancias, pues verse siempre demasiado condescendientes o intransigentes puede restarles credibilidad; 5) suelen percibir ingresos muy rentables como asesores o consultores de diversas dependencias públicas, actividad que para ellos es sólo —lo cual es ridículo desde cualquier punto de vista— un trabajo profesional que no interfiere con sus convicciones políticas ni con el ejercicio de su libertad de expresión; 6) esconden un profundo desprecio por la sociedad, pues creen que ésta es fácilmente manipulable y que pueden engañarla, ya sea endilgándole las mentiras oficiales o guardando silencios cómplices o desviando su atención hacia temas irrelevantes o de plano engatusándola hacia los fines o propósitos que ellos persiguen; 7) suelen dominar la escena intelectual del país, pero no porque hayan realizado grandes contribuciones científicas o humanísticas ni escrito grandes libros o ensayos, sino solo porque fueron hábiles para ascender en el “trepadero” nacional, o sea, fueron lambiscones, agachados y prudentes con las mafias intelectuales; 8) suelen tener un pie en la academia, ámbito en el que son percibidos con desdén, como oportunistas y arribistas, como académicos mediocres sin estatura moral e intelectual, aunque ellos gustan de exhibir en público sus credenciales académicas a la menor provocación; 9) debido a su fama mediática creen merecer honorarios muy altos cuando se les contrata para impartir conferencias, sin darse cuenta que entre más altos sean éstos más bajo es el nivel cultural de sus audiencias, que sólo consumen lo que ven y oyen en los medios, aunque sea pura chatarra; y 10) el quehacer intelectual es para ellos sólo un medio para ascender en sus posiciones y estatus, o sea que sus supuestas causas sociales y políticas son francamente irrelevantes o secundarias por más que se presenten como sus principales portavoces.

Muy lejos está pues Ackerman del prototipo de intelectual independiente y congruente que, para entendernos, resumo a continuación, inspirado en intelectuales como Gabriel Zaid y Lorenzo Meyer. Un intelectual independiente es aquel que: 1) no sucumbe ante las tentaciones del poder ni se deja seducir por los poderosos; 2) no vende su pluma a los gobernantes ni a los partidos, ni cobra como asesor en el sector público; 3) crítica la acción o el discurso de los gobernantes sin estar apoyando directa o indirectamente a otros grupos o líderes políticos; 4) hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento; 5) sólo se compromete con la verdad pública, donde quiera que ésta se encuentre; 6) sabe que la crítica al poder de los gobernantes sólo es creíble desde la autonomía y la libertad; 7) sabe que su poder radica en las ideas y que trabajar para el poder es sacrificar su libertad; 8) no trabaja en medios vendidos al sistema y que limitan la libertad de expresión de sus colaboradores; 9) prefiere trabajar en los márgenes antes que tolerar que sus opiniones sean censuradas en medios influyentes, pero timoratos y oportunistas; 10) es políticamente incorrecto y combate sin ambages a las mafias intelectuales y mediáticas. Obviamente, lo contrario vale para los intelectuales orgánicos del régimen.

Pero volviendo a la prudencia que exhibe Ackerman al criticar a los “intelectuales vendidos” sin mencionarlos, esta actitud se entiende mejor cuando vemos en su libro los muchos elogios que prohíja a sus santos redentores, como Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis. ¿Acaso Ackerman no conoce el triste y vergonzoso papel que cumplieron estos dos “intelectuales de izquierda” para apuntalar al régimen autoritario en tiempos de Echeverría, cuando éste era fuertemente cuestionado por sus propensiones represoras? Lo cual nos lleva a una segunda interrogante: ¿Acaso la batalla de Ackerman contra el autoritarismo mexicano tiene algunas excepciones? Todo indica que sí. De hecho, además de elogiar a intelectuales oportunistas como Fuentes y Monsiváis, Ackerman rinde culto a Lázaro Cárdenas por su gesta nacionalizadora y sus políticas socialistas, algo que sería imperdonable no hacer entre intelectuales y activistas de izquierda, aunque ello los lleve a minimizar o de plano eclipsar otras “contribuciones” del general que nos han metido en muchos entuertos, como el haber adoptado para México un régimen totalitario que es la síntesis perfecta del régimen estalinista y el régimen fascista italiano, y que tanto admiraba Cárdenas. ¿Acaso el general no tuvo otros referentes menos totalitarios, como algunas democracias europeas o incluso la de su vecino del norte, a la hora de edificar el sistema político mexicano? Quizá nos hubiéramos ahorrado muchos problemas, pero sobre todo mucha tinta de quienes se dicen críticos del autoritarismo pero con excepciones.

Para no extenderme más, quisiera referirme por último a una serie de afirmaciones de Ackerman demasiado optimistas pero poco realistas sobre el destino de la patria y a otras ideas sueltas igualmente inverosímiles. Según Ackerman, México juega un papel similar al de España durante la Guerra Civil, pues al igual que la derrota de la república española condujo a una nueva ola fascista en el mundo, la derrota de la democracia en México puede apuntalar el neoliberalismo autoritario global y el fascismo internacional. En caso contrario, si los mexicanos se movilizan para impulsar las transformaciones que el país requiere, obviamente de la mano de un líder popular genuino y legítimo (¿quién será?), México se habrá convertido en la vanguardia mundial del cambio popular y genuinamente democrático, igual que lo fue con la Revolución mexicana, la Constitución del 17, la expropiación petrolera de Cárdenas o la irrupción de los zapatistas en el escenario nacional. Está bien pensar en grande, pero no podríamos primero limpiar un poco la casa antes de aspirar a limpiar todo el barrio. No es con promesas de humo como avanzan las revoluciones. Además, seguir pensando el enfrentamiento contra el “autoritarismo neoliberal e imperialista” en términos de una lucha de hegemonías, una dominante y otras popular contestaría de izquierda, es una violencia interpretativa que no refleja la creciente complejidad de las sociedades actuales. Hoy lo que tenemos en todas partes son sociedades heterogéneas, diversas, plurales… cuyos integrantes no pueden ser homologados en sus intereses y fines, como aspiran los redentores altermundistas. Hoy las verdaderas revueltas son ciudadanas y se dan todos los días en los espacios públicos, y pasan por reconocer la radical diferencia de los individuos y la propia indeterminación de la democracia. Lo contrario sería permanecer en las fronteras del pensamiento único, de las verdades impuestas, o sea del totalitarismo, aunque esté disfrazado de progresismo o mesianismo. Pero esto es algo simplemente inaceptable para los activistas de izquierda, propensos siempre a convertirse en la “vanguardia del proletariado”, o de los “más desposeídos y desprotegidos”, para usar una expresión del propio Ackerman.

Pero la perspectiva redentora y mesiánica de Ackerman no podía ser otra desde el momento que coloca como ejemplos mundiales de lucha contra los embates del autoritarismo neoliberal y el imperialismo yanqui a los gobiernos “populares y progresistas” de Venezuela, Bolivia, Argentina, Ecuador, Brasil… La pregunta aquí es inevitable: ¿acaso Ackerman no se ha dado cuenta que dichos gobiernos no son ejemplo de nada para el mundo, que se están cayendo a pedazos, víctimas de la corrupción y la voracidad de sus gobernantes, gobiernos que tienen sumidas a sus naciones en condiciones económicas oprobiosas, sin mencionar que se han convertido muchos de ellos en auténticas tiranías represoras y personalistas? ¿Acaso Ackerman no se ha dado cuenta que es precisamente por tiranos populistas como Hugo Chávez, Rafael Correa o Evo Morales que muchos mexicanos le tienen pavor a López Obrador, por un simple ejercicio de contrastación? Es indudable que el análisis de Ackerman requiere más seriedad y mejores argumentos si aspira a ser persuasivo, incluso a la hora de apuntalar las virtudes de su gran tlatoani.

Muchas cosas se me quedan en el tintero, como la propensión de Ackerman a demonizar al neoliberalismo y culparlo de todos nuestros males recurriendo solo a descalificaciones viscerales; o su defensa airada de la Constitución del 17 por sus contenidos sociales, sin advertir, aunque sea someramente, sus muchas inconsistencias, contradicciones y ambigüedades; sus elogios desmedidos a supuestos movimientos sociales que en lo los hechos han sido francamente retrógrados en sus demandas; su confianza no fundamentada en la “tendencia libertaria y rebelde” del pueblo mexicano; sus elogios desproporcionados a la izquierda y sus causas en contraste con una derecha que “ha perdido la brújula”, entre muchos otros temas que ni siquiera vale la pena comentar.

Al final de su libro Ackerman invita a los mexicanos a luchar por una democracia verdadera y apoyar a una oposición verdadera y a un líder verdadero. Obviamente, se refiere a una democracia con justicia social, a un movimiento popular y participativo como el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y a un líder nacionalista como López Obrador… Si esta es la brillante conclusión de Ackerman, me parece que la podía escribir en la primera página y saber a que atenernos sus lectores desde el principio. Lamentablemente, por libelos como este, independientemente de sus posiciones ideológicas, los analistas políticos en México están tan desacreditados que nadie los lee. Mejor así, pues casi todos estilan lugares comunes, descripciones superficiales y afirmaciones tendenciosas.

Hasta ahora he mantenido una buena relación con Ackerman. Espero que después de que lea la presente reseña, en caso de que lo haga, las cosas no cambien entre nosotros. La persona, o sea John, merece todo mi respeto, pero las ideas están para ser criticadas. Pecata minuta.

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