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En la competencia o carrera por hacerse de un nombre en el diminuto medio intelectual mexicano se da por sentado que es imprescindible publicar artículos en las revistas culturales más conocidas o de mayor circulación en el país. Sin embargo, cualquiera sabe que dichas revistas, amén de escasas, están controladas por grupos o feudos intelectuales cerrados e impermeables, lo que las hace inaccesibles o inalcanzables para la mayoría de los autores, independientemente de sus talentos y buenos oficios. Hasta cierto punto es normal que así sea, pues todos los proyectos culturales son ante todo iniciativas de particulares que están en todo su derecho de imprimir a los mismos su propio sesgo o preferencias. Toca pues, a los interesados esforzarse para congraciarse con ellos y ver cristalizados sus sueños de escribir en sus páginas. El problema es que ello no puede (o no debería) hacerse al margen de ciertas consideraciones de orden profesional, ideológico y hasta moral, si es que nos queda a los escritores algo de integridad y honestidad o le damos algún valor a las convicciones o a la congruencia.

¿De qué revistas estamos hablando? Por increíble que parezca, no más de cinco. En primer lugar están las revistas culturales más famosas: Nexos, Letras libres y Este País; después incluirá a Proceso, el semanario político-periodístico de mayor circulación; y finalmente a la Revista de la Universidad de México, que aunque carezca de los tirajes o el impacto de aquéllas, sigue siendo un referente cultural del país. Después le sigue una lista interminable de revistas de todo tipo francamente irrelevantes. Algunas pueden incluso tener muchos lectores, como Contenido, Impacto o Selecciones, pero no pasa nada con ellas. Otras pretenden hacerle la competencia a Proceso pero siempre fracasan, como Vértigo, Milenio Semanal, Cambio, Siempre!, entre muchas otras. Finalmente están todas aquellas que se mueven entre la academia y la cultura y que simplemente no tienen ningún impacto, como Crítica, Tierra Adentro, La Tempestad, Foraing Affairs en español, etcétera. Es decir que la agenda cultural en nuestro país está definida por tan sólo cinco revistas (o grupos intelectuales), una verdadera pena considerando que somos un país de 120 millones de habitantes o la heterogeneidad de nuestra sociedad. No es este el lugar para desentrañar las razones de esta pasmosa concentración de la cultura en México. Sólo me interesa el dato como un punto de partida para responder a la interrogante que me he colocado al inicio.

Queda claro que si la cultura en México pasa por cinco revistas, publicar en alguna de ellas constituye un escaparate invaluable para cualquier autor, sea académico o escritor. El simple hecho de figurar en sus páginas catapulta a un autor y lo convierte en parte de las élites intelectuales del país. De ahí que sea altamente valorado figurar en ellas. En esa lógica, pocos se cuestionan la ideología de esas revistas, los desvaríos de su pasado, la autoridad moral o intelectual de sus directivos, la congruencia de sus contenidos, los propósitos de la misma o su contribución real a la cultura del país. Lo importante para la mayoría de los autores es publicar en ellas sin ningún reparo, lo cual también es lógico, considerando que son pocas las opciones para trascender. No está dicho que un autor no pueda proyectarse sin escribir en ellas, pues el talento, cuando es genuino, siempre se abre paso, pero sí que el camino para lograrlo es más arduo y azaroso, amén de que muchas veces se queda truncado por falta de oportunidades.

Ante el peso de las circunstancias, poner reparos a la posibilidad de publicar en estas revistas no sólo resulta ocioso en el medio intelectual, sino hasta obsoleto, pues a estas alturas sólo un “desubicado” como yo apelaría a criterios de orden moral o de congruencia para negarse a publicar en alguna de ellas. Claro está que esto no aplica a todas o aplica con distinta magnitud. No es lo mismo, por ejemplo, publicar en Nexos que en la Revista de la Universidad de México. De hecho, como veremos, mis principales reservas están precisamente con Nexos.

Cada una de las revistas mencionadas tiene una historia pública y otra igualmente conocida pero soterrada. Algunas tienen un historial de décadas y otras se posicionaron más recientemente, algunas abrazan abiertamente una ideología explícita y otras se conciben como más plurales, algunas han sufrido muchas metamorfosis y otras han permanecido fieles a su idea germinal, pero todas ellas han sabido mantenerse y adaptarse a los desafíos de su tiempo y entre todas monopolizan buena parte del quehacer cultural del país, ya sea definiendo la agenda cultural o concentrando en sus manos los canales de acceso y promoción de autores y escritores. Como ya se dijo, estas revistas funcionan como auténticos cotos de poder intelectual y contrariamente a lo que pudiera pensarse no debaten entre ellas, pues prefieren evitar una confrontación que las vulnere o desgaste innecesariamente; es decir, estas revistas son culpables en buena medida de que el debate intelectual y la crítica no sean prácticas apreciadas o cultivadas en el medio.

Con todo, haciendo un somero balance de ellas, le reconozco méritos a la revista Letras Libres, por mantener viva una tradición de pensamiento liberal en México, ofreciendo siempre contenidos de calidad, pese a su elitismo exacerbado y blindado o las inconsistencias de su director, el historiador Enrique Krauze, muchas veces señalado por sus vínculos muy convenientes con el poder político o desacreditado por sus colegas por ser un carnicero de la historia. De la revista Este País habría que resaltar su tesón para mantenerse, pese a permanecer en la cuerda floja en varias ocasiones. Más allá de estos imponderables, Este País ha sido fiel a su idea de monitorear el país con análisis y datos duros. Si acaso le cuestionaría su incapacidad para renovarse y oxigenar a su cartera de consejeros y colaboradores, que son los autores y escritores de siempre que figuran en todos lados. De la excelente Revista de la Universidad de México sólo objetaría su incapacidad para salir a la calle y conquistar al gran público, por permanecer atrapada en esquemas francamente rebasados y muy acartonados de lo cultural, aunque sería un despropósito no reconocer que en sus páginas siempre ha habido espacio para todas las corrientes y opiniones. La revista Proceso, por su parte, se cuece aparte. Es tan cerrada y elitista como las demás, pero ofrece información que no se encuentra en ningún otro lado, aunque siempre con ese tono amarillista que la caracteriza. Si acaso percibo que el espíritu crítico y propositivo que le imprimió su fundador Julio Scherer se ha venido relajando en los últimos años, al admitir en sus páginas a intelectuales muy mediáticos pero insustanciales como Denise Dresser. En cuanto a la revista Nexos, el pretexto de estas notas, amerita un comentario más puntual.

La revista Nexos apareció en 1978 bajo los impulsos del historiador Enrique Florescano, a los que se sumaron después otros intelectuales como Carlos Pereyra y Héctor Aguilar Camín. En esos años, la ideología marxista o de izquierda predominaba en los ámbitos académicos y culturales, y Nexos no fue la excepción. Desde la Academia, el filósofo marxista Pereyra había aglutinado a un grupo de discípulos jóvenes y entusiastas que hicieron sus pininos en la revista. Sin embargo, conforme la influencia de Nexos crecía sus integrantes vieron la posibilidad de convertirse en un grupo intelectual con proyección política. En esa perspectiva, la crítica independiente al autoritarismo del viejo régimen cultivada durante sus primeros años de existencia, fue desdibujándose paulatinamente hasta convertir a Nexos, a fines de los ochenta, en un híbrido donde al tiempo que se elogiaba al presidente Salinas de Gortari se empleaba un tono pseudocrítico en los artículos. De hecho, una vez fallecido Pereyra en 1989, quien fue el reservorio moral e ideológico del proyecto, la revista fue dominada por Aguilar Camín, quien no dudó en convertirla en un apéndice del gobierno de Salinas de Gortari a cambio de grandes apoyos y prebendas oficiales. Son éstos los años en que Nexos dio el salto de calidad que le faltaba para posicionarse en el mercado, aunque el costo fue sacrificar su independencia y credibilidad.

Obviamente, Nexos trató de ocultar o matizar a toda costa su fructífero maridaje con Salinas de Gortari por dos vías: hacia dentro del grupo, haciendo creer a sus miembros que este acercamiento con el gobierno era tan sólo estratégico para poder apuntalar al colectivo y proyectarlo en el futuro a posiciones de poder que le permitieran llevar adelante sus genuinas convicciones políticas o ideológicas; y hacia fuera, manteniendo un tono lo suficientemente crítico como para tratar de despistar a los lectores que trabajosamente había conquistado hasta entonces. Huelga decir que ambas tentativas fracasaron. Por una parte, la idea de contribuir a la “transformación” del país desde dentro, o sea colaborando con el régimen, muy pronto se derrumbó, no sólo porque el de Salinas de Gortari fue el gobierno más antidemocrático de todos, sino porque al final del sexenio la prensa filtró la información de los millonarios pagos que recibió Aguilar Camín por los favores prestados al presidente. Por la otra, muchos lectores le dieron la espalda a la revista a la luz de los escándalos referidos. En esta historia, los intelectuales de Nexos estaban tan enlodados que limpiar su imagen resultaba inútil. Por eso, prefirieron jugar a la desmemoria, sin necesidad de romper el vínculo con las autoridades que tan buenos dividendos económicos les había permitido. Asimismo, para neutralizar en parte el descrédito, la revista le dio más juego a las generaciones emergentes bajo la premisa de que había llegado la hora de un recambio generacional. Así, a fines de los noventa, a los nombres de José Woldenberg, Trejo Delarbre, Rolando Cordera, Luis Salazar, se sumaron los de Ricardo Becerra, Jorge Javier Romero, José Antonio Aguilar, entre otros, para oxigenar la revista. Pero esto ha sido sólo aparente, pues Aguilar Camín nunca ha perdido el control de la misma, al grado que hoy ocupa nuevamente la dirección. Huelga decir que gracias a Nexos, Aguilar Camín se ha convertido en un auténtico mandarín de la cultura, un cacique cultural antediluviano, oportunista y cínico, que detenta un enorme poder e influencia en el medio, pese a la consabida mediocridad de su obra intelectual. Si en los ochenta y noventa, Aguilar Camín se equivocó al creer que podía cruzar el pantano sin ensuciarse las alas, supo después regresar por sus fueros. Para ello, amplió el consejo editorial, lo hizo más plural, y por esa vía renovó su sequito de incondicionales y arrastrados, al tiempo que lograba para sí su condición de intocable, según las viejas reglas serviles del elogio a cambio de promoción y proyección.

En suma, Nexos representa mejor que ninguna otra revista toda la podredumbre del medio cultural en México, con sus privilegios y lealtades, con sus prebendas y glorificaciones, con sus oscuridades y vanidades. No dudo que para muchos autores esto es pecata minuta, con tal de figurar en sus páginas y proyectar sus carreras, pero para otros —espero no ser el único—, sería convalidar la podredumbre que representa, hacerle el juego hipócritamente a sus inflados mandarines, traicionar valores como la congruencia y la integridad, y volverse cómplice de la parálisis intelectual que alimentan. Que algunas veces, muy pocas por cierto, esta revista haya ofrecido contenidos y autores originales y novedosos, no alcanza para redimirla de sus excesos y poquedad. Por todo ello, amén de que ellos nunca me invitarían, yo nunca escribiría en Nexos. Prefiero permanecer en los márgenes, pero con independencia, que en los reflectores, pero arrastrado y servil.

El Premio Nacional de Periodismo fue creado en 1971 con el objetivo de reconocer la labor de los profesionales de la comunicación. De ese año hasta 2001, el Premio fue convocado y otorgado por la Presidencia de la República, lo cual motivó siempre muchas suspicacias y cuestionamientos, considerando la naturaleza autoritaria del viejo régimen. Y sin embargo, quizá por la necesidad de mostrarse plural y tolerante ante la sociedad y “comprometido” con la libertad de expresión, la clase gobernante priista reconoció con el Premio la labor y la trayectoria de muchos periodistas independientes y muy críticos del sistema, como Lorenzo Meyer, Manuel Buendía, Rogelio Naranjo, Magú, Rius, Jesús Blanco Ornelas, Julio Scherer y el que esto escribe. Pero igualmente se premiaron a las plumas más serviles y mercenarias del régimen, tales como Héctor Aguilar Camín, Raúl Trejo Delarbre, José Gutiérrez Vivó, Jacobo Zabludovsky, Joaquín López Dóriga, José Carreño Carlón, Ricardo Rocha, María Luisa Mendoza, Luis Spota, José Pagés Llergo, entre muchos más. Por todo ello, no dejaba de ser políticamente incorrecto que la concesión del Premio recayera en manos de la Presidencia de la República, motivo por el cual, en 2001, se resolvió transferir su entrega y organización a un Consejo Ciudadano, integrado sobre todo por periodistas. La idea fue saludada con beneplácito por el gremio y contó con todo el apoyo oficial para echarla andar. Pero lo que fue una decisión sana y correcta en su momento ha venido contaminándose con el tiempo de nuevos vicios y desatinos, los cuales comienzan a minar gravemente la credibilidad y honorabilidad del Consejo responsable de designar a los premiados.

En particular, varios de los fallos tomados en ocasión de la última edición del Premio y que fueron anunciados recientemente causan, por decir lo menos, una gran perplejidad, misma que se acrecienta si se consideran los propios argumentos esgrimidos por el Consejo para justificar sus decisiones. Para empezar, quizá para atraer los reflectores, el Consejo se ha inclinado por premiar a figuras mediáticas muy conocidas, lo cual, como es sabido, no significa que sean buenos periodistas, si acaso buenos publirrelacionistas para mantenerse visibles. Para entendernos, no todo lo que brilla es oro y mucho menos lo que aparece en la TV, pues de lo contrario no tendríamos más remedio que decir que los “periodistas” que debaten cada semana en el infumable programa “Tercer Grado” de Televisa son grandes profesionales de la comunicación, cuando lo único que hacen es exhibir sus patologías ególatras y sus muchas miserias intelectuales (por cierto, este programa fue premiado en 2008). Puedo entender que buena parte de la sociedad se deje seducir por esos sujetos, pues carece de otros referentes que anteponer y sólo consume la chatarra mediática, pero que los miembros del Consejo responsables de reconocer el talento periodístico también se vayan con la finta es un insulto a la inteligencia. Me queda claro que el Consejo se ha amafiado y ha dejado entrar en su seno intereses muy poderosos, con lo que el Premio no sólo se pervierte sino que se devalúa.

Así, por ejemplo, pongamos el caso de dos de los premiados en la edición de este año, Denise Dresser y Carmen Aristegui, y veamos algunas omisiones injustificadas. La conocida periodista Dresser fue premiada en el género artículo de opinión por su trabajo “Carta abierta a Carlos Slim”. Me acuerdo que cuando leí este artículo en su momento no daba crédito a tanta “mala leche” y perversidad. Quienes lo leyeron se acordarán que Dresser “regañaba” en este artículo al empresario, a quien calificaba de voraz e inescrupuloso, ambicioso y monopólico, insensible y antipatriota, incongruente y mentiroso, colocándose ella, supuestamente, en los zapatos de los ciudadanos, de los agraviados, de los damnificados por la avaricia del hombre más rico del mundo, de los pobres y de las víctimas de la desigualdad y la injusticia social. El artículo de Dresser seduce al gentío más sensiblero porque es el típico discurso que busca solazar de algún modo las conciencias intranquilas y golpeadas por la crisis de millones de mexicanos, buscando un culpable de nuestros males y escupiéndole en la cara todo lo despreciable e insultante que nos resultan él, su riqueza y su éxito como empresario. Como tal, Dresser emplea una vieja estrategia política, consistente en identificar a un enemigo para justificar ciertas acciones y legitimar una posición, da lo mismo que el enemigo sean los judíos, la madre patria, los inmigrantes, los herejes, el imperio, el neoliberalismo o la burguesía, lo importante es exhibirlo y denostarlo hasta generar el deseo colectivo de acabar con él. En este caso, Dresser escogió a Slim, y todo el mundo se identificó de inmediato con el linchamiento público del empresario, como si con ello pudiéramos salvar nuestras almas atormentadas. Por esta vía, además, si bien los agraviados nos curamos en salud fugazmente, no hacemos más que descargar en el enemigo de turno nuestras propias frustraciones y miserias, pues siempre será más cómodo culpar a los demás de nuestras desgracias que reconocer nuestra propia responsabilidad en las mismas. Y no es que no haya nada que reprocharle a Slim, pero de ahí a convertirlo en el principal culpable de nuestra postración nacional es un despropósito a todas luces tendencioso e injustificado. No me sorprende que una periodista sin escrúpulos recurra a estrategias tan perversas y subliminales para ganar lectores y fans, pues el medio se alimenta de ese y otros males, como el “amarillismo”, el “estrellismo” y el “chayotismo”, pero que los profesionales del periodismo responsables de evaluar el trabajo de sus pares premien este tipo de trabajos tan insustanciales y huecos sólo causa perplejidad. ¿Realmente no se dieron cuenta de lo que estaban premiando? Si el panfleto de Dresser contra Slim fue el mejor artículo del año, entonces nuestro periodismo está para llorar. Por lo demás, que un artículo de opinión sea muy comentado y difundido mediáticamente, como el de Dresser, no significa per se que tenga calidad. Sería bueno entonces, que el Consejo aclarara lo que está premiando: impacto o calidad. Además, si alguien carece por completo de autoridad moral para linchar a los empresarios y a los monopolios es precisamente Dresser, quien ha vivido cómodamente desde hace años trabajando para la clase empresarial, dictando conferencias y cursos muy jugosos a las principales corporaciones empresariales y de hombres de negocios, en contubernio con Televisa y otros monopolios, gracias a lo cual se ha convertido en la “intelectual” mejor pagada de México. Pero la congruencia no es una virtud bien cultivada por nuestros hombres y mujeres de ideas. Además, el Consejo responsable de otorgar el Premio descuidó y enlodó las formas de manera innecesaria, pues el presidente del mismo, un empresario de los medios muy exitoso, Ramón Alberto Garza, tiene en la Dresser a su columnista de opinión estelar (y seguramente mejor pagada) en su conocido informativo “Reporte Índigo”.

No sé en qué momento Dresser se metamorfoseó en la emisaria de las causas populares, en la redentora de los pobres y los excluidos, en la vocera de los ciudadanos, y tampoco sé si realmente ella se lo cree, pero me queda claro que si hay alguien a quien no le va ese papel es precisamente a ella. Desde el relumbrón de sus trajes de diseñador y la eterna inmutabilidad de su peinado, desde su voz impostada y sus manoteos estudiados, clamar por justicia para los menesterosos resulta tan frívolo como cómico. Tampoco sé cómo la periodista compagina su nuevo rol de Viridiana de las Lomas con sus múltiples y muy rentables “asesorías” a políticos, funcionarios, dependencias públicas y partidos políticos, todo lo cual no hace sino exhibirla de cuerpo entero, comenzando por su poco aprecio por la independencia intelectual. Por todo ello, pero sobre todo por sus escasas contribuciones y el bajo perfil de las mismas, no deja de sorprenderme la creciente influencia y penetración que Dresser ha venido alcanzado en los medios. En realidad, como académica no ha hecho nada relevante (o mejor, no ha hecho nada), a no ser que sumar varias denuncias de plagio por parte de diversos colegas; más allá de sus artículos periodísticos y sus compilaciones de entrevistas a mujeres, no cuenta con obra intelectual alguna. Que ha sido hábil para posicionarse en los medios nadie lo pone en duda, pero que haya llegado a los sets con un trabajo intelectual mediocre y precario, tampoco. Son quizá los resabios de nuestro provincialismo, pues con lo que tiene Dresser nunca hubiera destacado en su país de origen, Estados Unidos, ni como periodista, ni como intelectual, ni como académica, pero aquí en México la premiamos y encumbramos.

Pero si el caso de Dresser es patético el de Carmen Aristegui raya en el delirio. En esta ocasión, la superestrella de las noticias fue premiada en el género entrevista por aquella muy comentada que le realizó al expresidente Miguel de la Madrid. En dicha entrevista, De la Madrid sostuvo que Salinas fue un corrupto y mantuvo vínculos con el narcotráfico, lo que generó un escándalo, al grado de que De la Madrid tuvo que desdecirse después aduciendo problemas de senilidad. La pregunta aquí es: ¿qué está premiando el Consejo al premiar precisamente esta entrevista: la habilidad de la periodista para realizar una entrevista muy difícil de concretar, la calidad de las preguntas y la novedad de las respuestas, la repercusión en la opinión pública de lo que se dice en la entrevista o la capacidad de la entrevistadora para meter en problemas a su entrevistado? Para empezar, la entrevista ganadora no aporta nada a no ser exhibir al personaje entrevistado muy incomodo y nervioso con las preguntas. Ciertamente, éstas fueron muy críticas, pero no puede ser de otra manera si se tiene enfrente a un personaje tan gris y corrupto como De la Madrid. Por lo demás, el entrevistado no dijo nada que la sociedad no supiera o intuyera, como los vínculos de Salinas con el narcotráfico. Fuera de ello, la entrevista no escarba en los intricados sótanos de uno de los gobiernos más infaustos y mediocres del viejo régimen. Eso sí hubiera sido noticia. ¿Entonces? Es obvio que la nueva mafia del Premio de Periodismo le está dando a Aristegui un premio de consolación después de que fracasó en su pedestre estrategia para convertir su despido de la W Radio en un acto de censura e intolerancia mediática. Asunto que comenté profusamente en un artículo muy polémico (“Paranoia”, El Universal, 18 de enero de 2008). Por lo demás, para nadie son un secreto los vínculos muy convenientes y rentables que Aristegui ha mantenido con distintos poderosos políticos, económicos y mediáticos, en diversas etapas de su trayectoria. La suya es la típica carrera de una oportunista que ha sabido mantener hacia su público una imagen de independencia, pluralidad y crítica, pero que a poco hurgar se resquebraja por completo.

Mas los verdaderos damnificados de las decisiones tomadas por el Consejo del Premio de Periodismo son sobre todo los auténticos periodistas, todos aquellos que sin los reflectores de la Dresser y la Aristegui desarrollan todos los días un trabajo serio y profesional y que con gran ilusión y candor lo someten al fallo del Consejo. Este año, por citar un ejemplo entre muchos que podría referir, en el género de reportaje se premió uno sobre el campo y la corrupción agraria en Guanajuato. Dicho reportaje no es malo, pero tampoco tiene el alcance ni la relevancia de una serie de reportajes que sobre la porosidad de las fronteras estadounidense y mexicana en el tráfico de drogas y armas realizó el periodista de El Universal Ignacio Medina. Es una pena que este trabajo no haya sido premiado, no sólo por su calidad incuestionable sino porque mostró al mundo una realidad ignorada por la mayoría y que modifica radicalmente la percepción que se tenía sobre un tema tan actual y preocupante como el narcotráfico. Huelga decir que dicho reportaje estuvo en su momento en boca de todos.

Si en el pasado el periodismo mexicano estuvo atrapado por los controles, la intimidación y la cooptación silenciosa ejercida por los gobiernos autoritarios, ahora está amenazado por los poderes fácticos y la impunidad. Como se sabe, ocupamos el nada honroso primer lugar mundial en periodistas asesinados. Y si bien ahora los periodistas ya no tenemos como censor de nuestras ideas a un régimen para el cual la crítica era considerada muchas veces una insolencia, ahora, en la nueva realidad democrática, tampoco tenemos garantías ni seguridades para ejercer nuestro trabajo. Pero más ruin que todo resulta que el Consejo Ciudadano responsable de premiar y estimular el periodismo nacional haya terminado igual de amafiado que los Comités evaluadores de la era autoritaria, ejerciendo un mandarinato discrecional y arbitrario a espaldas de los verdaderos periodistas y de la ciudadanía, la cual sólo porta de nombre. Estoy consciente que la presente crítica no tendrá ninguna repercusión entre los nuevos mandarines mediáticos ni coadyuvará a sanear los mecanismos hoy viciados del Premio de Periodismo, lo cual no hace más que corroborar que si bien gozamos de libertad de expresión, el peso de los intereses y poderes facticos es cada vez más avasallante. Moraleja: si usted es periodista pero no tiene arrastre mediático o influencias en el Consejo o contactos en los monopolios de la comunicación, no pierda su tiempo enviando sus obras al Premio Nacional de Periodismo. Nunca ganará.

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