You are currently browsing the category archive for the ‘Libros hechizos’ category.

images-2

Confieso que cuando leí el título del libro más reciente de John Ackerman, El mito de la transición democráticaNuevas coordenadas para la transformación del régimen mexicano (México, Planeta, 2015), me sedujo de inmediato. Pensé entonces en las tesis de otros analistas que también han buscado desmitificar la supuesta transición mexicana, como Lorenzo Meyer en su libro Nuestra tragedia persistente. La democracia autoritaria en México, o Jo Tuckman en su México, democracia interrumpida, o incluso mi propia tentativa en El evangelio de la transición (autores y obras que por lo demás brillan por su ausencia en dicho trabajo). Más aún, el título de Ackerman es de esos que a más de un analista nos hubiera gustado emplear en alguno de nuestros libros sobre el tema. Sin embargo, a poco andar en la lectura del libro de Ackerman, el lector se percata sin remedio de que se trata de un nuevo panfleto —como si no hubiera suficientes— a favor de Andrés Manuel López Obrador, un pasquín sin análisis ni reflexión seria, un libelo propagandístico sin pies ni cabeza igual de frívolo, superficial y tendencioso que los análisis de otros autores que Ackerman deplora sin mencionar —en un signo de prudencia del autor que contrasta con el tono envalentonado de sus afirmaciones— por ser unos “viles manipuladores y serviles” del “Estado corrupto mexicano”. Es una lástima que el politólogo Ackerman no entienda que no se puede pretender desmitificar un mito desde otro mito, por más persuasivo que éste sea, pues el resultado no puede ser otro que un panegírico. En ese sentido, lo mejor hubiera sido que Ackerman titulara su libro como: “Manifiesto para derrocar al mal gobierno y colocar en su lugar al nuevo salvador de la patria”, así, al menos, el lector sabría a qué atenerse antes de desembolsar su lana para comprarlo (sobre todo los más desprotegidos que tanto azuza Ackerman, que tendrían que gastar tres días de salario mínimo para comer propaganda mesiánica).

Por momentos el libro de Ackerman me recuerda por su tono radical y encendido a algunos trabajos de viejos marxistas mexicanos en los años sesenta y setenta del siglo pasado que buscaban afanosamente develar los resortes autoritarios, nacionalistas y oligárquicos del Estado posrevolucionario, pero reconociéndole en todo momento, por paradójico que parezca, el mérito de haber enarbolado la etérea justicia social como uno de sus postulados fundacionales, aunque en la práctica ello no pasara de ser pura propaganda. Pienso, por ejemplo, en Adolfo Gilly, Pablo González Casanova, Arnaldo Córdova, Carlos Pereyra y, un poco antes, José Revueltas, entre muchos otros. Sin embargo, a diferencia de estos autores, en el libro de Ackerman no hay teoría (ni marxista ni de cualquier otra) ni análisis, sólo un recuento de hechos deshilvanados y frases incendiarias que le permiten al autor justificar la necesidad de un nuevo alzamiento popular en contra de los malosos, o sea: el “neoliberalismo autoritario del Estado mexicano corrupto, impopular y entreguista a los Estados Unidos” (sic). Al menos, los viejos marxistas habían leído apasionadamente a Marx, Lenin, Trotsky, Gramsci, Mao…, y los citaban con profusión para argumentar a favor de sus interpretaciones de la realidad y sus convicciones políticas. Pienso por ejemplo en el famoso libro de José Revueltas, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, aplaudido por propios y extraños no tanto por su análisis demasiado tendencioso del comunismo en México sino por su dominio incuestionable del pensamiento marxista, un auténtico deleite para los que en esa época gustaban de los debates teóricos de izquierda. Lejos de ello, Ackerman aparece en su libro como un advenedizo del marxismo, alguien que se dice de izquierda pero que no conoce ni cita a sus padres y cultivadores intelectuales, alguien que sólo repite de oídas lo que otros le han contado, un marxista de ocasión, lo que lo convierte en un pseudocrítico del establishment igual de tendencioso y superficial que los que lo defienden a ultranza y que él dice criticar. En suma, quien se aproxime a las páginas del libro de Ackerman solo encontrará en ellas propaganda subversiva, un ejemplo fehaciente del pensamiento simple, del infantilismo de izquierda más ramplón y obtuso y que por lo visto se niega a morir: capitalista malo/proletario bueno; derecha mala/izquierda buena; gobierno malo/pueblo bueno… La verdad, se necesita mucho más que un manifiesto insustancial como éste para mover a las conciencias hacia un cambio de actitud a favor de una transformación del país en todos los órdenes, como pretende Ackerman, por más necesaria y trascendental que sea ésta en el actual momento nacional de excesos autoritarios, crisis política, desvaríos socioeconómicos y tumbos gubernamentales.

La ausencia de teoría y reflexión en el libro de Ackerman lo lleva a defender de principio a fin ideas francamente insustanciales, por superficiales e imprecisas. Por ello, para no extenderme demasiado, sólo concentraré mi crítica en dos o tres ideas centrales del autor. Comencemos con la tesis que da título al libro: el mito de la transición democrática. Según Ackerman, con el regreso del PRI al poder en el 2012 y la llegada de Enrique Peña Nieto a la presidencia “se ha consolidado el sistema corrupto de autoritarismo neoliberal en el poder”, vigente desde la fundación del PRI. Por ello, más que transición a la democracia lo que tuvimos fue “la infiltración de la lógica priista en toda la oposición”, incluida la que llegó al poder en el 2000, o sea el PAN, y más recientemente el PRD al decidir sus dirigentes firmar con el PRI y el PAN las “contrarreformas entreguistas y antipopulares de Peña Nieto”. Por eso, prosigue Ackerman, el regreso del PRI al poder en el 2012 fue un “desenlace natural” de este proceso. Además, afirma el autor sin chistar —aunque no presente ninguna prueba de ello—, existió un pacto secreto entre Carlos Salinas de Gortari, el PRI, el PAN y Vicente Fox para perpetuar al régimen priista, incluso sin el PRI. Muestra de ello es que los respectivos gabinetes de los panistas Fox y Felipe Calderón estaban llenos de priistas, ergo el PRI y el PAN son iguales, o sea son el PRIAN (“PRIANRD”, si añadimos al PRD en la misma mafia, corrige más adelante el autor). La verdad no se si tenga caso siquiera criticar argumentos tan obtusos como estos. En fin…

Habría que destacar primero que si el PAN en el poder no satisfizo a nadie, pues, entre otras cosas, no estuvo a la altura del desafío que representaba la alternancia después de setenta años de dictadura priista y evadió encabezar la realización de un pacto nacional que definiera para el país un nuevo ordenamiento institucional democrático que hiciera tabla rasa del viejo régimen autoritario, o sea una nueva Constitución, no es razón suficiente para descalificar en automático la alternancia. En los hechos, la alternancia existió y no se puede invalidar por el hecho de que el partido que sustituyó al PRI en el poder fuera un partido de derecha y no uno de izquierda, como sugiere en algún lugar Ackerman, con más vísceras que sesos. Si acaso, se puede descalificar al PAN por, una vez en el poder, haberse acomodado convenientemente a la normatividad vigente de naturaleza autoritaria (naturaleza definida no tanto por el espíritu liberal y social de la Constitución del 17 sino por las más de 400 reformas que sufrió ésta durante setenta años para asegurar la reproducción en el poder de la clase gobernante) sin intentar transformarla un ápice, pero no a la alternancia en sí misma, que como tal marca un punto de inflexión incuestionable entre el viejo régimen priista y un nuevo régimen democrático in nuce. El problema está en que el PAN en el poder y los gobiernos emanados de ese partido no quisieron o no pudieron construir el nuevo régimen, auspiciando en su lugar la afirmación de un híbrido institucional y normativo a medio camino entre el autoritarismo y la democracia, un ordenamiento que hereda muchas de las lógicas autoritarias del viejo régimen, pues nunca se intentó derogarlas mediante una nueva Constitución, y prácticas electorales más competitivas y plurales que en alguna medida permiten la alternancia entre distintas fuerzas políticas, aunque ni siquiera los comicios en nuestro país han conquistado la credibilidad y la autenticidad mínimas como para considerarlos legítimos y correctos, cuestión esta última que habrá que concederle a Ackerman (…y a cincuenta millones de mexicanos que piensan lo mismo). Por otra parte, cuestionar al PAN en el poder, como lo hace el autor, por seguir las políticas “entreguistas” propias del neoliberalismo autoritario a favor de los intereses de una pequeña elite económica y política, según los criterios instrumentados desde los tiempos de Salinas de Gortari, es un despropósito, pues el PAN es un partido de derecha al que no se le puede pedir lo contrario sin traicionarse a sí mismo, pese a la doctrina social católica que profesó en sus orígenes remotos.

En suma, caracterizar el momento político que vive el país después de la alternancia del 2000 y del retorno del PRI al poder en el 2012 exige mucho más que intuiciones y ocurrencias, sobre todo si se emplean las categorías provenientes de la literatura sobre transiciones a la democracia, la cual el autor simplemente ignora o pasa por alto. Como he dicho en otras partes, se puede o no estar de acuerdo con dicha literatura especializada (yo en lo personal difiero en muchas cosas), pero si se van a emplear sus categorías con fines de análisis se debe hacer correctamente, o sea con rigor y objetividad, para evitar violencias interpretativas o caracterizaciones interesadas y a modo, como la que ensaya el propio Ackerman en su libro.

No es este el lugar para desarrollar una caracterización exhaustiva del caso mexicano con las exigencias que impone la teoría de las transiciones. Baste señalar que todos los que recurren a la misma concluyen que la alternancia del 2000 en México marcó el fin de la “transición democrática” y el inicio de la “instauración democrática”, o sea la etapa de destitución autoritaria y de discusión y aprobación de una nueva normatividad (generalmente una nueva Constitución) acorde con las exigencias y la necesidades de un nuevo ordenamiento de naturaleza democrática. Sin embargo, por muchas razones en las que no me detendré aquí, la instauración no prosperó, posponiéndose indefinidamente la construcción de una auténtica democracia e instalando al país, como ya dijimos, a medio camino entre el autoritarismo y la democracia. Prueba de ello es que ni las elecciones, que fueron el eje que definió los tiempos y el ritmo de la transición democrática en el país, o sea todas las reformas electorales desde 1977 al 2000, han conquistado la legitimidad y la autenticidad que exige cualquier democracia electoral. Obviamente, en este contexto de incertidumbres y dudas, de resabios autoritarios e impulsos democráticos que no logran despuntar, el regreso del PRI al poder no hace sino alimentar más dudas. Al respecto, todo parece indicar que al regresar el PRI al poder sin haberse instaurado una nueva normatividad claramente democrática, el país se aproxima más a una peligrosa regresión autoritaria que a la posibilidad de retomar el camino sinuoso y hasta ahora inconcluso de una instauración democrática.

En suma, por estos desenlaces, la teoría de las transiciones podría concederle a Ackerman que la transición ha sido un mito. Sin embargo, en honor a la precisión, lo que no se ha concretado en México no es la transición en sí misma sino la construcción de la democracia después de la alternancia. Más específicamente, lo que no prosperó en México a diferencia de todas las transiciones exitosas en el mundo fue el pacto entre todos los actores —tanto los del viejo régimen como los emergentes—, que diera lugar a una reforma integral de la Constitución, o sea a una nueva normatividad democrática en sustitución de la normatividad autoritaria precedente. En lugar de ello, es fácil inferir que el regreso del PRI al poder nos acerca más al autoritarismo que a la democracia, aunque en estricto sentido ello no sea un derrotero definitivo. Obviamente, en ese escenario, estaremos atestiguando no el mito de la transición, pues ésta sí existió, sino una “instauración democrática fallida”, o sea una instauración que al no concretarse coloca al país en la antesala de una regresión autoritaria o incluso de una restauración autoritaria, en caso de que volviéramos en unos cuantos años al esquema de partido hegemónico del siglo pasado.

Por otra parte, afirmar que con Peña Nieto “se ha consolidado el sistema corrupto de autoritarismo neoliberal en el poder”, es inexacto. En efecto, si algo caracteriza el presente mexicano es que nada está consolidado, mucho menos el actual régimen político, que experimenta una de las peores crisis de su historia, a juzgar por el débil apoyo que conserva el actual titular del ejecutivo y el repudio que concita el gobierno en su conjunto por sus muchas inconsistencias y excesos. Si algún día el así llamado por Ackerman “régimen autoritario neoliberal” se consolidó en México, fue precisamente durante el gobierno de Salinas de Gortari, que a pesar de impulsar políticas claramente neoliberales y excluyentes para las mayorías llegó a tener una gran legitimidad y respaldo popular, al menos hasta la irrupción del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) en el escenario nacional y el tristemente célebre “error de diciembre”. Ackerman debería saber que hablar de “consolidación” supone para un gobierno o un régimen o un líder apoyo popular (legitimidad) y estabilidad por más impopulares y arbitrarias que sean sus políticas económicas y sociales, o por más autoritario que sea en los hechos, pero eso es mucho pedir a un analista de ocurrencias.

Finalmente, decir que más que transición a la democracia lo que tuvimos fue “la infiltración de la lógica priista en toda la oposición” también es incorrecto, pues el PRI se sostuvo durante décadas con oposiciones leales y sistémicas, y sólo empezó a modificar sus patrones de competencia cuando una parte de la oposición pasó a ser desleal y antisistémica. Que en los hechos la mayoría de los partidos haya optado en los tiempos recientes por abandonar sus propias estrategias y convicciones ideológicas particulares para reproducir en su lugar patrones similares a los del PRI, se debe más al pragmatismo de los partidos obligados a sobrevivir en condiciones de competencia imperfecta e inequitativa que a un proceso de mimetismo orquestado deliberadamente por el PRI. Lo que sí es cierto es que en ausencia de una reforma integral a la Constitución en clave democrática pareciera que los rasgos autoritarios del pasado se recondujeron por todos los vasos linfáticos del nuevo régimen, en perjuicio de los impulsos democráticos renovadores de la era de la alternancia.

Otros argumentos esgrimidos por Ackerman en favor de su tesis sobre el mito de la transición son los siguientes: el retorno del PRI al poder fue un “resultado natural” dada la ausencia de una verdadera transición; hoy las “contrarreformas estructurales, la corrupción, la violencia, la represión, los crímenes de Estado han ratificado el carácter fantasioso de la supuesta transición”; en lugar de democratización el poder se ha “concentrado en una elite reducida”; como mito, “la transición desmoviliza a la sociedad y cancela la posibilidad de imaginar una transformación real del país”; hoy “nadie puede comprobar que los ciudadanos tienen más poder que antes de la transición”, ergo no hay transición; los poderes fácticos y las instituciones electorales siguen obstaculizando la llegada al poder de un “verdadero” candidato de oposición.

La tentación de reaccionar a cada una de estas afirmaciones tan hueras como imprecisas es muy fuerte, pero me limitaré a unos cuantos cuestionamientos breves. Ackerman no se puede colocar del lado de los ciudadanos como pretende si no es capaz de concederles algún protagonismo, más allá de azuzarlos a la rebelión. Me explico. Si el retorno del PRI era inevitable, entonces, en la lógica de Ackerman, los ciudadanos no tuvieron nada que ver en ello, ni siquiera los millones de votantes que expresaron en las urnas su malestar hacia el PAN por los dos sexenios de pesadilla que este partido nos obsequió. La pregunta aquí no es si estaba escrito o no el retorno del PRI al poder por la vía de las elecciones, con todo y sus imperfecciones e inconsistencias, sino de qué tamaño habrá sido el malestar hacia el PAN (y las desconfianzas hacia el candidato del PRD, López Obrador) que la inmensa mayoría de los mexicanos prefirió reposicionar al PRI en el poder pese a haberlo mandado a retiro 12 años antes, cansados todos de tanta corrupción y demagogia.

Que hoy el gobierno de Peña Nieto sea un fracaso en todos los órdenes y una gran desilusión para muchos no tiene que ver necesariamente con la ausencia de transición, como sostiene Ackerman, sino principalmente con la incompetencia del personaje y de su gobierno. No hay que olvidar que ningún gobierno desea para sí una espiral de descalificaciones que amenace su continuidad o lo conduzca a endurecimientos riesgosos con tal de perpetuarse en el poder. Estos desenlaces no forman parte de un guión preestablecido de ningún gobierno supuestamente legítimo para exhibir deliberadamente su verdadero rostro autoritario oculto por las simulaciones del poder. Lejos de ello, sólo constituye un despropósito de un gobernante que, como Peña Nieto, ha sido incapaz de jugar siquiera el viejo juego de las apariencias democráticas y progresistas que de manera tan conveniente practicaron todos los gobernantes priistas que lo antecedieron en el trono.

La concentración del poder en México ha sido antes y después de la alternancia del 2000 igual de excesiva, o sea que no tiene nada que ver con la ausencia o no de transición sino con los privilegios de los que han gozado las elites económicas que monopolizan la riqueza desde hace siglos, favorecidos por el Estado y en detrimento de las mayorías.

Para fines prácticos o políticos quizá es mejor hablar de un discurso dominante sobre la transición, articulado por muchos intelectuales y comentaristas mediáticos por convenir a sus interés y gozar así de ciertos privilegios, que de un “mito de la transición”, pues no basta con desmitificar una idea dominante para conquistar adeptos a una causa sino que es necesario dar la batalla en el terreno teórico, desnudando las inconsistencias de los discursos dominantes y construyendo una interpretación alternativa bien argumentada y fundamentada como para persuadir a los interesados.

Es indudable que existen todavía en México muchos déficit en materia de derechos humanos y garantías individuales y muchos abusos de autoridad como para afirmar que ya hemos alcanzado en el país los requisitos mínimos de un auténtico Estado de derecho, como vociferan las autoridades. Sin embargo, tampoco considero que se puedan descalificar a ultranza los pocos pero no por ello irrelevantes avances alcanzados en la materia, pese a los muchos obstáculos e inercias autoritarias que aún persisten en todos los órdenes. Pongo un ejemplo concreto. Hace cincuenta años José Revueltas fue encarcelado con lujo de violencia por escribir libros contra el régimen publicados en pequeñas editoriales clandestinas, hoy Ackerman puede escribir libros contra el régimen, publicados por emporios editoriales trasnacionales, y nadie lo va a encarcelar por ello. Es más, hasta será reconocido por su trabajo, como ocurrió con el Premio Nacional de Periodismo, otorgado por sus artículos en Proceso, una publicación que ha subsistido pese a sus ácidas críticas a todos y a todo, pese a incurrir en los mismos excesos que crítica, como el haber censurado y despedido arbitraria e injustificadamente de sus páginas a la reconocida periodista Sanjuana Martínez. ¡Qué lejos está Proceso de lo que fue con Julio Scherer!, hoy sólo queda un panfleto amarillista igual de corrupto y tendencioso que todo lo que toca. Ciertamente, en México se sigue censurando en los medios sometidos al Estado a las voces críticas e incomodas, pero que también lo hagan los medios supuestamente progresistas e independientes como Proceso ya es una locura. Obviamente, Ackerman no entra en la lista negra, pues sus artículos suelen moverse dentro de lo políticamente correcto. Ejemplo de ello son algunas afirmaciones de Ackerman en el libro que comentamos aquí sobre lo que él llama “comentaristas mediáticos manipuladores”. Al respecto, Ackerman es implacable: “la mayor parte de los analistas toman el camino fácil de esconderse detrás del silencio cómplice, las buenas maneras y la neutralidad conformista, son hipócritas y se agachan frente a los intereses de la oligarquía y participan plenamente del autoritarismo mediático”. Esto suena muy bien y yo mismo lo firmaría sin chistar. El problema es que Ackerman avienta la granada a ver a quién le cae, pero se cuida de no decir nombres, pues sabe que a la postre una osadía de ese tamaño lo condenaría al ostracismo y el olvido, dado el enorme poder e influencia que tienen las mafias mediáticas e intelectuales en el país. ¿Cobardía? No, simple oportunismo, algo que, al igual que el servilismo o el silencio que critica, también empaña la credibilidad de los intelectuales y opinadores mediáticos.

No cabe duda que junto a los intelectuales vendidos del sistema, o sea los intelectuales mediáticos que vemos todos los días repitiendo las mismas sandeces, que utilizan todo tipo de argucias para legitimar y edulcorar los excesos y los abusos del poder (tipo Leo Zuckermann, Héctor Aguilar Camín, Federico Reyes Heroles y cientos más) existe otra categoría de intelectuales que puede ser igual o más rentable económica y mediáticamente que la de los intelectuales orgánicos. Me refiero a los intelectuales pseudocríticos del régimen, que supuestamente se colocan del lado de las grandes causas sociales, y se conciben como los auténticos exhibidores y denunciantes de la podredumbre del sistema, y como los paladines de la justicia. Obviamente, desde el momento que estos intelectuales asumen esta posición de manera interesada, ya sea para preparar o apuntalar el ascenso de un líder o un partido de oposición con los que simpatizan, o simplemente para ganarse un espacio en algunos medios explotando con más habilidad que convencimiento en sus artículos y alocuciones todo lo que a la mayoría de la gente le molesta e indigna, se trata de intelectuales igual de oportunistas y mercenarios que los otros. En otras palabras, la crítica y la incorrección política se han vuelto rentables para algunos intelectuales, pues gracias a ellas éstos se presentan ante la sociedad como irreverentes con los poderosos y sensibles a las causas ciudadanas, con lo que se ganan las simpatías de quienes los ven y escuchan. Pero cuando la crítica política no va acompañada de congruencia e independencia se vuelve una mera mercancía para atraer incautos. Por eso, se trata de intelectuales pseudocríticos o de fachada, pues su presunta incorrección política es sólo un afeite, y su supuesta afinidad con los ciudadanos en realidad encubre un profundo desprecio hacia los mismos, al querer imponerles sus propias verdades. Cabe señalar que en México, sólo un puñado de intelectuales le da valor a la congruencia y la independencia intelectual. Obviamente, entre ellos no está Ackerman. Nada que ver con las decenas de periodistas asesinados en México desde hace varios años, verdaderos críticos de la corrupción y la podredumbre de los gobernantes y la delincuencia organizada, víctimas de la cerrazón autoritaria del régimen, por más que Ackerman los exalte en su libro y pretenda ponerse de su lado.

Es más, quizá el propio Ackerman constituye hoy, junto con intelectuales como Denise Dresser y Sergio Aguayo, entre otros muchos, el mejor prototipo en México para ensayar una tipología de los intelectuales pseudocríticos. Veamos. Un pseudocrítico es un intelectual que: 1) critica todo lo que sea rentable criticar, que no es otra cosa que lo que muchas personas indignadas quisieran escuchar, pero más para ganar seguidores y alimentar su estatus de crítico que por convicción; 2) es dócil con los medios en los que participa y no cuestiona la calidad moral de los mismos, para seguir figurando en ellos; 3) se codea con los mandarines de la cultura y los medios pero no polemiza con ellos, para seguir mereciendo su interlocución; 4) publica en cuanta revista o diario se le ocurra, sin importar su calidad moral, congruencia o trayectoria; 5) en momentos cruciales, rehuye confrontarse con sus colegas para no arriesgar su propia promoción; 6) asiste a todas las invitaciones muy lucrativas que le hacen los mismos partidos y políticos que suele criticar y figura como “asesor” en todas las dependencias públicas posibles, cobrando cuantiosos honorarios; 7) utiliza las redes sociales para promover su obra y alimentar su avatar más que para debatir seriamente con sus seguidores; 8) al igual que los intelectuales del sistema, el pseudocrítico se dice independiente, pero en realidad apoya abierta o soterradamente a ciertos políticos y partidos con los que simpatiza o para los que de plano trabaja; 9) es políticamente correcto con líderes de opinión con rating, sin importar cuán corruptos o embusteros sean; y 10) entra al juego de los elogios mutuos con sus pares más influyentes, pero nunca debate con sus críticos, a los cuales simplemente ignora.

En suma, aunque dicen moverse en diferentes pistas, de los Ackerman a los Zuckermann sólo hay un paso. De hecho, son más las cosas que emparentan a ambos tipos de intelectuales que lo que los separa; a saber: 1) son cínicos, pues navegan con la bandera de intelectuales independientes, pero en realidad mantienen compromisos ya sea con un gobierno, un gobernante, un partido, un gobernador, un líder político, etcétera; 2) son mediáticos y tienen en los medios en los que trabajan su principal fuente de ingresos, por lo que mantienen compromisos de lealtad con los mismos y de prudencia de acuerdo a los intereses de los dueños de dichos medios; 3) siguen las reglas de la corrección política, pues entre ellos no se ven ni se tocan, o sea evitan cualquier tipo de confrontación o debate, a no ser que estén preparados con antelación; 4) suavizan o endurecen el tono de sus afirmaciones o críticas de acuerdo a las circunstancias, pues verse siempre demasiado condescendientes o intransigentes puede restarles credibilidad; 5) suelen percibir ingresos muy rentables como asesores o consultores de diversas dependencias públicas, actividad que para ellos es sólo —lo cual es ridículo desde cualquier punto de vista— un trabajo profesional que no interfiere con sus convicciones políticas ni con el ejercicio de su libertad de expresión; 6) esconden un profundo desprecio por la sociedad, pues creen que ésta es fácilmente manipulable y que pueden engañarla, ya sea endilgándole las mentiras oficiales o guardando silencios cómplices o desviando su atención hacia temas irrelevantes o de plano engatusándola hacia los fines o propósitos que ellos persiguen; 7) suelen dominar la escena intelectual del país, pero no porque hayan realizado grandes contribuciones científicas o humanísticas ni escrito grandes libros o ensayos, sino solo porque fueron hábiles para ascender en el “trepadero” nacional, o sea, fueron lambiscones, agachados y prudentes con las mafias intelectuales; 8) suelen tener un pie en la academia, ámbito en el que son percibidos con desdén, como oportunistas y arribistas, como académicos mediocres sin estatura moral e intelectual, aunque ellos gustan de exhibir en público sus credenciales académicas a la menor provocación; 9) debido a su fama mediática creen merecer honorarios muy altos cuando se les contrata para impartir conferencias, sin darse cuenta que entre más altos sean éstos más bajo es el nivel cultural de sus audiencias, que sólo consumen lo que ven y oyen en los medios, aunque sea pura chatarra; y 10) el quehacer intelectual es para ellos sólo un medio para ascender en sus posiciones y estatus, o sea que sus supuestas causas sociales y políticas son francamente irrelevantes o secundarias por más que se presenten como sus principales portavoces.

Muy lejos está pues Ackerman del prototipo de intelectual independiente y congruente que, para entendernos, resumo a continuación, inspirado en intelectuales como Gabriel Zaid y Lorenzo Meyer. Un intelectual independiente es aquel que: 1) no sucumbe ante las tentaciones del poder ni se deja seducir por los poderosos; 2) no vende su pluma a los gobernantes ni a los partidos, ni cobra como asesor en el sector público; 3) crítica la acción o el discurso de los gobernantes sin estar apoyando directa o indirectamente a otros grupos o líderes políticos; 4) hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento; 5) sólo se compromete con la verdad pública, donde quiera que ésta se encuentre; 6) sabe que la crítica al poder de los gobernantes sólo es creíble desde la autonomía y la libertad; 7) sabe que su poder radica en las ideas y que trabajar para el poder es sacrificar su libertad; 8) no trabaja en medios vendidos al sistema y que limitan la libertad de expresión de sus colaboradores; 9) prefiere trabajar en los márgenes antes que tolerar que sus opiniones sean censuradas en medios influyentes, pero timoratos y oportunistas; 10) es políticamente incorrecto y combate sin ambages a las mafias intelectuales y mediáticas. Obviamente, lo contrario vale para los intelectuales orgánicos del régimen.

Pero volviendo a la prudencia que exhibe Ackerman al criticar a los “intelectuales vendidos” sin mencionarlos, esta actitud se entiende mejor cuando vemos en su libro los muchos elogios que prohíja a sus santos redentores, como Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis. ¿Acaso Ackerman no conoce el triste y vergonzoso papel que cumplieron estos dos “intelectuales de izquierda” para apuntalar al régimen autoritario en tiempos de Echeverría, cuando éste era fuertemente cuestionado por sus propensiones represoras? Lo cual nos lleva a una segunda interrogante: ¿Acaso la batalla de Ackerman contra el autoritarismo mexicano tiene algunas excepciones? Todo indica que sí. De hecho, además de elogiar a intelectuales oportunistas como Fuentes y Monsiváis, Ackerman rinde culto a Lázaro Cárdenas por su gesta nacionalizadora y sus políticas socialistas, algo que sería imperdonable no hacer entre intelectuales y activistas de izquierda, aunque ello los lleve a minimizar o de plano eclipsar otras “contribuciones” del general que nos han metido en muchos entuertos, como el haber adoptado para México un régimen totalitario que es la síntesis perfecta del régimen estalinista y el régimen fascista italiano, y que tanto admiraba Cárdenas. ¿Acaso el general no tuvo otros referentes menos totalitarios, como algunas democracias europeas o incluso la de su vecino del norte, a la hora de edificar el sistema político mexicano? Quizá nos hubiéramos ahorrado muchos problemas, pero sobre todo mucha tinta de quienes se dicen críticos del autoritarismo pero con excepciones.

Para no extenderme más, quisiera referirme por último a una serie de afirmaciones de Ackerman demasiado optimistas pero poco realistas sobre el destino de la patria y a otras ideas sueltas igualmente inverosímiles. Según Ackerman, México juega un papel similar al de España durante la Guerra Civil, pues al igual que la derrota de la república española condujo a una nueva ola fascista en el mundo, la derrota de la democracia en México puede apuntalar el neoliberalismo autoritario global y el fascismo internacional. En caso contrario, si los mexicanos se movilizan para impulsar las transformaciones que el país requiere, obviamente de la mano de un líder popular genuino y legítimo (¿quién será?), México se habrá convertido en la vanguardia mundial del cambio popular y genuinamente democrático, igual que lo fue con la Revolución mexicana, la Constitución del 17, la expropiación petrolera de Cárdenas o la irrupción de los zapatistas en el escenario nacional. Está bien pensar en grande, pero no podríamos primero limpiar un poco la casa antes de aspirar a limpiar todo el barrio. No es con promesas de humo como avanzan las revoluciones. Además, seguir pensando el enfrentamiento contra el “autoritarismo neoliberal e imperialista” en términos de una lucha de hegemonías, una dominante y otras popular contestaría de izquierda, es una violencia interpretativa que no refleja la creciente complejidad de las sociedades actuales. Hoy lo que tenemos en todas partes son sociedades heterogéneas, diversas, plurales… cuyos integrantes no pueden ser homologados en sus intereses y fines, como aspiran los redentores altermundistas. Hoy las verdaderas revueltas son ciudadanas y se dan todos los días en los espacios públicos, y pasan por reconocer la radical diferencia de los individuos y la propia indeterminación de la democracia. Lo contrario sería permanecer en las fronteras del pensamiento único, de las verdades impuestas, o sea del totalitarismo, aunque esté disfrazado de progresismo o mesianismo. Pero esto es algo simplemente inaceptable para los activistas de izquierda, propensos siempre a convertirse en la “vanguardia del proletariado”, o de los “más desposeídos y desprotegidos”, para usar una expresión del propio Ackerman.

Pero la perspectiva redentora y mesiánica de Ackerman no podía ser otra desde el momento que coloca como ejemplos mundiales de lucha contra los embates del autoritarismo neoliberal y el imperialismo yanqui a los gobiernos “populares y progresistas” de Venezuela, Bolivia, Argentina, Ecuador, Brasil… La pregunta aquí es inevitable: ¿acaso Ackerman no se ha dado cuenta que dichos gobiernos no son ejemplo de nada para el mundo, que se están cayendo a pedazos, víctimas de la corrupción y la voracidad de sus gobernantes, gobiernos que tienen sumidas a sus naciones en condiciones económicas oprobiosas, sin mencionar que se han convertido muchos de ellos en auténticas tiranías represoras y personalistas? ¿Acaso Ackerman no se ha dado cuenta que es precisamente por tiranos populistas como Hugo Chávez, Rafael Correa o Evo Morales que muchos mexicanos le tienen pavor a López Obrador, por un simple ejercicio de contrastación? Es indudable que el análisis de Ackerman requiere más seriedad y mejores argumentos si aspira a ser persuasivo, incluso a la hora de apuntalar las virtudes de su gran tlatoani.

Muchas cosas se me quedan en el tintero, como la propensión de Ackerman a demonizar al neoliberalismo y culparlo de todos nuestros males recurriendo solo a descalificaciones viscerales; o su defensa airada de la Constitución del 17 por sus contenidos sociales, sin advertir, aunque sea someramente, sus muchas inconsistencias, contradicciones y ambigüedades; sus elogios desmedidos a supuestos movimientos sociales que en lo los hechos han sido francamente retrógrados en sus demandas; su confianza no fundamentada en la “tendencia libertaria y rebelde” del pueblo mexicano; sus elogios desproporcionados a la izquierda y sus causas en contraste con una derecha que “ha perdido la brújula”, entre muchos otros temas que ni siquiera vale la pena comentar.

Al final de su libro Ackerman invita a los mexicanos a luchar por una democracia verdadera y apoyar a una oposición verdadera y a un líder verdadero. Obviamente, se refiere a una democracia con justicia social, a un movimiento popular y participativo como el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y a un líder nacionalista como López Obrador… Si esta es la brillante conclusión de Ackerman, me parece que la podía escribir en la primera página y saber a que atenernos sus lectores desde el principio. Lamentablemente, por libelos como este, independientemente de sus posiciones ideológicas, los analistas políticos en México están tan desacreditados que nadie los lee. Mejor así, pues casi todos estilan lugares comunes, descripciones superficiales y afirmaciones tendenciosas.

Hasta ahora he mantenido una buena relación con Ackerman. Espero que después de que lea la presente reseña, en caso de que lo haga, las cosas no cambien entre nosotros. La persona, o sea John, merece todo mi respeto, pero las ideas están para ser criticadas. Pecata minuta.

Anuncios

 

 

 

[Comentario al libro de Sara Sefchovich, Librería Profética, Puebla, Pue., 26 de noviembre de 2011]

La Academia puede ofrecer a sus cultivadores grandes sinsabores pero también grandes satisfacciones. Ahora tengo una gran satisfacción por compartir esta mesa con una escritora que admiro mucho, Sara Sefchovich, y por haber sido invitado por ella a comentar su libro más reciente ¿Son mejores las mujeres? (México, Paidós/Debate Feminista, 2011). Obviamente, se trata de un libro sobre el feminismo o los feminismos, un tema en el que Sara brilla desde hace muchos años.

 En primer lugar, debo admitir que soy un outsider en esta temática, y no por una cuestión de “género”, sino simplemente porque no ha sido una de mis inquietudes intelectuales. Con todo, como “observador comprometido”, a la Raymond Aron, creo que algo puedo aportar a la discusión del mismo, no sin antes señalar que considero a Sara una de las pensadoras más agudas y sugerentes que ha dado este país. La sigo con fidelidad, ya sea en sus libros o colaboraciones periodísticas, pues hay mucho que aprender de ella. Podría referir, por ejemplo, lo bien que me la pasé leyendo La suerte de la consorte o País de mentiras, dos obras admirables e imprescindibles para quien quiera entender mejor nuestro país.

Pero aquí estamos para hablar de las mujeres y del movimiento que desde hace décadas hizo de los rezagos de las mujeres una fuente de luchas y reivindicaciones: el feminismo. No tengo que decir que ¿Son mejores las mujeres? es un libro esclarecedor, sugerente y provocativo, pues son las marcas de la casa, o sea de Sara, pero sí diré que los interesados en estos temas podrán encontrar en esta obra una visión muy crítica de los logros y los pasivos de las reivindicaciones feministas, así como una visión autocrítica del propio movimiento feminista, de sus convicciones, contradicciones y derroteros. En cada página sale a relucir una Sara que duda de todo, que desconfía de credos y dogmas, que interroga a las perspectivas ortodoxas, y que, incluso, incomoda a sus colegas con la simple duda, con el cuestionamiento de los fundamentos del movimiento feminista. Y lo curioso es que Sara habla desde el único lugar posible para desandar los nudos ideológicos del feminismo: desde la mera experiencia, desde lo cotidiano, desde la cultura, desde la sociedad. Las grandes preguntas sobre las mujeres, sobre sus sueños y anhelos, sobre sus miedos y temores… están en la calle, en la casa, en las redes sociales… No se requieren grandes elaboraciones teóricas para entenderlo. Esa es, a mi juicio, la principal virtud de este libro: no hay en él la pedantería de la pose académica, sino sólo el deseo genuino de entender mejor, de no quedarse con lo que dicen los teóricos, de contar una historia…

¿Por dónde empezar la crítica? Empecemos por el título: con él, Sara logra una paradoja, con una pregunta esencialista, incluso retórica (¿son mejores las mujeres?), muestra las contradicciones del esencialismo, pues es obvio que las mujeres no son esencialmente mejores o peores que los hombres, sino simplemente diferentes. Y sin embargo, este tipo de esencialismo ha resultado largamente atractivo para ciertas feministas, que sin asomo de duda afirman que las mujeres son superiores por muchas razones, como el poder embarazarse, la maternidad, el tener que compaginar el trabajo doméstico con actividades profesionales…, sin darse cuenta que pensar así nos instala en una suerte de “mujerismo” o “hembrismo” igual de perverso que el machismo o la tan socorrida idea de lo patriarcal…

Y es precisamente a partir de aquí que Sara empieza a tejer su argumento. La lucha de las mujeres no puede desembocar en un esencialismo porque de ser así se desdibuja el feminismo, pierde su razón de ser. El mujerismo es algo así como un síntoma de una enfermedad que acusa el feminismo. Y aquí también empiezan mis preguntas, con el mejor ánimo de enriquecer el debate…

1. Si bien el mujerismo se torna conservador en la práctica, y contradice los principios libertarios del feminismo, ¿acaso el “mujerismo” no es una hija del propio feminismo, una hija bastarda si se quiere, pero nacida de los propios excesos del feminismo? Yo recuerdo que en una época del feminismo, muy dogmatica, se pensaba incluso en la necesidad de construir una “epistemología feminista”, una “antropología feminista”, una “sociología feminista” (como si la ciencia tuviera género)… ¿Acaso no estaban las feministas de entonces contribuyendo al esencialismo con ese tipo de despropósitos?

2. Que el mujerismo (por sus implicaciones esencialistas) sea un síntoma de una enfermedad del feminismo es obvio, pero ¿será el peor de sus síntomas? En un intento de autocrítica del feminismo, creo que las feministas deberían ponderar otros síntomas igualmente preocupantes. Veamos algunos aspectos:

a) ¿Se puede hablar todavía de feminismo? ¿No será mejor hablar de feminismos, considerando que no hay en el seno de este movimiento un eje que homogeneicé las posiciones, las cuales muchas veces son contradictorias entre sí? Y no hablo de las así llamadas “olas” del feminismo, sino de los tipos de feminismo: feminismo de la igualdad, feminismo de la diferencia, feminismo postcolonialista (Benhabib), ciberfeminismo, feminismo marxista, feminismo libertario, la visión queer del feminismo, el posfeminismo…? Sin excluir a las propias feministas que sostienen que hay que hacer un alto en el feminismo (Take a Break from Feminism) como Janet Halley.

b) ¿Hasta dónde se quedó atrapado el feminismo —dicho de manera general— en una concepción de género dicotómica tradicional, hombre-mujer, misma que la propia realidad se encargó de rebasar? Ciertamente, como dice Sara, ya no se puede hablar hoy de la mujer, sino de las mujeres, reconociendo las radicales diferencias que podemos encontrar entre ellas, pero ¿qué significa hoy exactamente ser mujer? ¿Se puede definir? Van unos ejemplos: ¿dónde entra esa persona que teniendo pene se implanta senos porque tiene cierta afección por ellos?, ¿dónde queda esa mujer que se inyecta hormonas masculinas y en las noches se trasviste de mujer porque siente admiración por los travestis?, ¿dónde entra ese hombre transgénero que para efectos prácticos es toda una mujer?… En fin, podría citar decenas de ejemplos más, pero con estos creo que queda claro que quizá llegó el tiempo de repensar seriamente la noción de género. Y me pregunto, ¿no tendrán razón quienes piensan que el género no es una condición sino un modo de vida, y que la performatividad (Judit Botler) hace al género y no al revés? Hoy se habla de una realidad postgénero, pero las feministas no se han percatado de ello, por lo que su discurso aparece un tanto viejo y acartonado.

c)  Por las razones anteriores, ¿no será también que el discurso del feminismo ya no conecta con las nuevas generaciones, que muchas mujeres no hacen click con sus reclamos o incluso se mueven hacia los esencialismos? ¿No le faltará al feminismo actualizarse en clave de los cambios generacionales…? ¿Hasta dónde responde realmente a las nuevas inquietudes de las mujeres jóvenes portadoras de nuevos estilos y formas de estar en el mundo y de conectarse con los demás, tanto sexuales, reproductivas, morales, políticas…?

d)  Al parecer el feminismo se volvió demasiado académico, se perdió en discusiones muy elaboradas, mientras la realidad de las mujeres mutaba hacia derroteros insospechados, lo que generó desencuentros entre la teoría feminista y el mundo simbólico de la cotidianeidad de las mujeres. ¿No será que al volverse tan académico el discurso del feminismo terminó convirtiéndose en un monopolio cada vez más distante de la calle, un monólogo sin público?

e) Asimismo, por ese monopolio real del “saber” feminista, el feminismo no ha sabido convivir con las nuevas expresiones teóricas, sexuales, tecnológicas… que también impactan a las mujeres en su cotidianeidad, como las teorías queer, las teorías cyber, entre muchas otras.

En fin, muchas interrogantes se quedan en el camino, pero no quiero robar más tiempo a la intervención de la autora. Sólo una cosa más. No puede hablarse hoy de feminismo y de las mujeres en México sin denunciar la feroz cruzada conservadora y retrógrada que está imponiéndose en todo el país para no despenalizar el aborto. Si a las mujeres se les prohíbe decidir sobre sus propios cuerpos, pierden las mujeres, pierde el feminismo, pierde México. Hoy más que nunca las mujeres, las feministas, necesitan retomar esas luchas, esos déficits terribles en sus derechos más elementales. Para eso se necesitan mejores elementos que los del pasado, más claridad y autocrítica. Ahí radica, precisamente, la importancia del libro de Sara. Su lectura es imprescindible para apuntalar la causa. Enhorabuena.

Sólo desde la pedantería intelectual alguien puede afirmar que ha escrito un libro que “le abrirá los ojos a los mexicanos”. Pues bien, ese es el caso del libro más reciente de Denise Dresser, intitulado El país de uno. Reflexiones para entender y cambiar a México (México, Aguilar, 2011). Ojalá fuera sólo una estrategia de ventas, pero no lo es. Dresser realmente se cree una iluminada capaz de aclararnos el brumoso paisaje mexicano, inaccesible, según la autora, para la mayoría. Sin embargo, a poco andar el lector descubre que el de Dresser no sólo es un ensayo que no aclara nada, sino que termina violentando los hechos que examina con tal de seguir un script preestablecido por ella misma desde el inicio. El resultado es una obra de simplificaciones vulgares, desvaríos explicativos y violencias argumentativas.

Es comprensible que cuando un país entra en desgracia, como el México actual, los intelectuales busquen explicaciones de su postración y planteen soluciones para salir del atolladero. El problema es que muchos de ellos, más allá de sus buenos deseos, se convierten en parte del problema, en cómplices de la tragedia, por cuanto reproducen una visión que se levanta sobre premisas falsas y hasta peligrosas que sólo alimentan la impotencia y la frustración. Ese es el caso del libro de Dresser, que se suma al de otros igualmente superficiales e imprecisos publicados en los últimos 2 o 3 años, como el de Jorge G. Castañeda (Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos), Carlos Elizondo Meyer Serra (Por eso estamos como estamos), Agustín Basave (Mexicanidad y esquizofrenia), entre otros.

Lo que emparenta a esta literatura es una obsesión por descargar en los “mexicanos” todas las desgracias que nos aquejan, ya sea por razones culturales muy arraigadas, como el conformismo, la apatía, el desinterés…, o simplemente usando sustantivos generalizadores que ocultan y engañan, como “México”, “los mexicanos”, “la sociedad”… Decir, por ejemplo, que “Los mexicanos estamos mal porque no hemos hecho las tareas que exige la modernización…” es culpar a una entelequia, es decir, es no culpar a nadie, pues cuando “todos” somos responsables, nadie lo es; al socializarse las culpas con un “nosotros” abstracto, todo queda en el aire. La tesis de toda esta literatura puede resumirse en la siguiente frase: México es un desastre, permanece atrasado, sigue inmerso en la corrupción y la impunidad, con enormes rezagos sociales y económicos, con una democracia hecha trizas, huérfano de un verdadero Estado de derecho, con un Estado rebasado por los poderes fácticos, inmerso en la violencia y la inseguridad… Y si esto es así es porque los mexicanos lo hemos tolerado… Nuestros males endémicos son el espejo de una sociedad instalada en la indolencia, la permisividad y la dejadez. Obviamente, el argumento es altamente persuasivo, pues nadie pondría en duda que nuestras desgracias son ante todo nuestras y de nadie más, o sea de una sociedad mexicana supuestamente disfuncional que arrastra taras desde el momento mismo de su fundación nacional. Sin embargo, aunque es fácil caer en sus redes, no deja de ser una falacia y un ardid bastante conveniente para sacar de foco los problemas y eclipsar las responsabilidades. Por eso, quizá los diagnósticos críticos que se hagan de la problemática actual del país en este conjunto de libros sean más o menos acertados, pero las conclusiones y las propuestas para enfrentarlos terminan siendo paralizantes o asépticas. Ese es, precisamente, el caso de la obra de Dresser que nos ocupa. Veamos

El guión del libro de Dresser transita entre el ser —o sea su diagnóstico del atolladero nacional— y el deber ser —o sea sus sugerencias y recomendaciones para salir del mismo—. Desde el Prólogo se anuncia este derrotero: “El pesimismo, el fracaso, el desencanto y el silencio infectan a México”. Por eso es “Imperativo que los mexicanos evalúen a su país y a sí mismos con más honestidad. Sin las anteojeras de los mitos y los intereses y los lugares comunes que buscan minimizar los problemas… En México mostramos una peligrosa inclinación por ordenar superficialmente la realidad en vez de buscar su transformación profunda… Somos una nación que no logra encarar sus problemas con la suficiente franqueza”. Nada más insubstancial que recurrir hasta la reiteración al “nosotros”, a “los mexicanos”, a “la nación”, a “México” para construir un discurso que se pretende explicativo, pero que no logra desmarcarse en absoluto de los discursos políticos que Dresser tanto crítica. Si el recurso a la idea abstracta y genérica de la nación por parte de un político es demagogia, en un académico es insensatez.

Pero hay un peligro más grave aún en el itinerario propuesto por Dresser: la descalificación o estigmatización a priori de un pueblo o una comunidad para justificar una búsqueda intelectual, la suya, que no es otra que la de “iluminar” a los ciegos, la de prepararlos para la batalla que les restituirá su dignidad perdida. En efecto, la imagen no podía ser más elocuente: “los mexicanos — piensa Dresser— nos quedamos siempre en la superficie, rechazamos la profundidad, preferimos mirar a otra parte, y en esa deshonestidad cobarde nos volvemos cómplices de la barbarie que nos agobia”. Cuánto desprecio a la sociedad encierra esta afirmación, pero sobre todo, cuánta ignorancia. Para empezar, no hay un solo México ni los mexicanos somos un conglomerado monolítico y cerrado. En segundo lugar, decir que los mexicanos minimizamos los problemas es no entender a los mexicanos, es un cliché con el cual los intelectuales se autoerigen como los depositarios de la verdad y el saber superior. Dresser observa desde su torre de marfil y desde ahí pontifica, sin más contacto con los mexicanos que sus libros y periódicos, y sin más referentes que los paisajes de lo popular que observa desde la ventana de su auto reluciente.

Pero las descalificaciones simplistas salpican cada página, en una cadena de clichés que avergonzaría a los mismísimos maestros de la mexicanidad, como Alfonso Reyes, Samuel Ramos, José Gaos y Octavio Paz: “los mexicanos reverenciamos al status quo, lo que nos convierte en espectadores pasivos”, “somos fatalistas, resignados y conformistas”, “la falta de un gobierno competente está en el corazón de nuestra historia”… Se nota a leguas que la politóloga Dresser, marcada por su formación anglosajona, ignora esa literatura tan profusa como inquietante sobre la identidad de lo mexicano. Ignora, por ejemplo, a Reyes, quien afirmó con sabiduría que nuestro estoicismo no es conformismo sino un acto callado de libertad frente a la represión y el sometimiento. Por ello, Dresser comete el mismo error de muchos otros estudiosos de querer leer a México con criterios importados, con raseros ajenos a nuestra idiosincrasia y nuestro ser, dando por resultado contrastaciones inútiles. Por esa vía, por ejemplo, sólo cabe lamentar que los mexicanos no seamos tan emprendedores como los estadounidenses, o tan trabajadores como los japoneses. Ni cómo explicarle a Dresser que los mexicanos simplemente no somos y nunca seremos como los estadounidenses ni como los japoneses… Y con ello no pretendo defender una idea idílica o purista de la mexicanidad para justificar o edulcorar nuestros males endémicos, sino simplemente advertir las inconsistencias de proceder como lo hace Dresser.

Desde el Prólogo, Dresser afirma que los mexicanos hemos sido dejados, somnolientos, conformistas, apáticos, resignados, recipientes vacíos, “ciudadanos vasija”.  Por eso, hemos creado un país estancado, atrasado, sin movilidad social, un país de migrantes. Y de ahí, Dresser pasa a su credo (declaración de fe) que no es otro que “volver a México un país de ciudadanos”, “vivir en la indignación y la inconformidad”, pues si los ciudadanos no despiertan, seguiremos en el atraso. Me pregunto si en verdad Dresser no se ha dado cuenta que su argumento en lugar de mover a una transformación social, a una mayor concientización, reproduce la misma lógica ocultadora y negadora de lo social propia de los discursos políticos que ella supuestamente condena. En efecto, decir que en México no hay ciudadanos, o que los mexicanos estamos aletargados, no sólo no le hace justicia a los hechos, sino que legitima indirectamente los excesos y las incompetencias de los gobernantes. Es el discurso mediante el cual una casta política inescrupulosa y cínica se exime de sus responsabilidades, es la retórica que transfiere a la sociedad los males que la agobian, el ardid perfecto de una élite política que se afirma en sus privilegios, negando a la sociedad. Por eso, el “credo” de Dresser en lugar de ser contestatario o emancipador,  es el que mejor le va a los gobernantes; en lugar de exhibirlos, los cura en salud. Por esa vía, Dresser se vuelve cómplice de lo que critica; un derrotero, por lo demás, muy frecuentado por intelectuales o pseudointelectuales supuestamente críticos, pero que al final del día le hacen el caldo gordo a los políticos, hombres y mujeres de ideas que sólo saben acomodarse a todo, y que han hecho de la crítica un modus vivendi muy rentable. Si los políticos profesionales niegan de facto a la sociedad cada vez que abusan de sus cargos, o actúan impunemente, o violan las leyes a su conveniencia…, o sea actúan a espaldas de la sociedad, los intelectuales también lo hacen cada vez que conciben a la sociedad como apática, ignorante, dejada, conformista. Así como el político justifica sus incompetencias en la supuesta dejadez de la sociedad, los intelectuales justifican su vocación crítica e iluminadora, en la supuesta acriticidad e ignorancia de la sociedad, en un juego de afirmación/negación bastante conveniente para las elites, políticas e intelectuales.

El problema es que muchos de estos pseudointelectuales llegan a ser tan persuasivos, sobre todo cuando gozan de fama mediática, que siempre hay incautos que compran sus argumentos sin chistar, y hasta terminan concibiéndose a sí mismos como parte del problema que aqueja a la nación. Pero la realidad es muy distinta. Si México ha conquistado en tiempos recientes avances democráticos se debe única y exclusivamente a la propia sociedad, si México dejó atrás setenta años de dictadura perfecta fue gracias a sus ciudadanos, si hoy tenemos más derechos y garantías que antes es porque los ciudadanos decidimos luchar por ellos. En México, los ciudadanos hemos tenido que abrirnos paso en nuestras aspiraciones y reivindicaciones con todo en contra, con una casta política corrupta e ineficaz, con poderes fácticos que rebasan al Estado, con partidos instalados en la mezquindad de sus privilegios, con elites políticas e intelectuales que nos siguen “invisibilizando”… Y no se trata de anteponer un discurso idealista de la sociedad frente a la presunta maldad del Estado, sino simplemente de levantar acta de una realidad sistemáticamente negada y ocultada por pseudocríticos mediáticos como Dresser, y que ahí está esperando ser interpretada convenientemente, sin las anteojeras pedantes de académicos de cubículo ni la labia adornada de líderes mediáticos oportunistas, sino desde la experiencia, desde la vida, desde la cotidianidad. Quien no entiende que debajo de esa aparente apatía y conformismo de un pueblo masacrado y doblegado perennemente anida incólume un hambre de justicia, paz y prosperidad, no entiende nada. Quien no entiende que los mexicanos hemos tenido que abrirnos paso trabajosamente con todo en contra, sometidos por siglos de privilegios, oligarquías, castas, partidocracias, populismos, dictaduras… y que aún así no nos han doblegado, no entiende nada. Quien no entiende que las conquistas, grandes o pequeñas, alcanzadas en México han sido exclusivamente conquistas de una sociedad avasallada pero también inconforme, no entiende nada. Quien no entiende que vivir en México, en un país secuestrado por una casta política cínica y voraz, ocupado por poderes fácticos monopólicos, en un país sumido en la violencia, la inseguridad y el saqueo por parte de las élites, convierte a sus ciudadanos en auténticos héroes, héroes por vivir y trabajar honradamente, por migrar para mejorar sus condiciones de vida, por votar apostando por un futuro de paz y leyes…, simplemente no entiende nada… 

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos puede hacerlo cómplice o responsable de su tragedia. Dresser lo hace y eso la pinta de cuerpo entero. No es casual que en su elenco personal de héroes nacionales coloque a políticos trepadores como Javier Corral, a magistrados que en un mes cobran lo que gana toda la nómina de una maquila, como José Ramón Cossío, a ambientalistas en mustang como Andrés Lajous, a periodistas de cabina que navegan con la bandera de críticos para lucrar mejor como Carmen Aristegui, a intelectuales acomodaticios como Sergio Aguayo o Jesús Silva Herzog… Obviamente, en su lista de héroes no hay espacio para los tarahumaras, para la señora que vende tamales para completar el gasto, para los obreros que burlan su infortunio jugando futbol los domingos en canchas de piedras y vidrios, para los feligreses que caminan durante días para arrodillarse ante la Virgen de Guadalupe, para los empleados que sólo llegan a dormir a sus casas dormitorio de sus ciudades dormitorio, después de atravesar durante horas las urbes; a las mujeres y hombres que todos los días se juegan la vida cada vez que salen a sus trabajos o escuelas; para activistas caídos en su lucha por justicia, como Nepomuceno y Maricela…  Para ellos sólo hay el dedo flamígero de la paladina de la justicia, la condena despiadada de la nueva redentora nacional.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que ese pueblo está infectado de pesimismo, de inmovilismo, por lo que sólo sabe victimizarse. Lo que para Dresser es pesimismo y victimización en realidad es coraje, frustración, dolor, por constatar diariamente como los poderosos saquean al país, como actúan impunemente, como tuercen la ley a su conveniencia, como las élites nos mienten y se enriquecen a nuestras costillas. Dresser sostiene que a ese pueblo le falta indignación, siendo que los mexicanos estamos instalados desde hace mucho en la indignación, vivimos en la indignación, comemos indignación… es ya un estado de ánimo permanente. Francamente, no sé que más tiene que hacer este pueblo vapuleado para ser digno a los ojos de esta moderna Torquemada de las Lomas, si sólo vivir y sobrevivir en México es un triunfo diario.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, no puede entender que los mexicanos no queremos más violencia, sino vivir en un país en paz y con justicia; no queremos abusos e impunidad, sino leyes y derechos; no queremos gobernantes corruptos, sino representantes honestos y responsables; no queremos revoluciones ni guerras civiles, sino instituciones y elecciones; no queremos autoritarismos ni dictaduras, sino democracia y libertades; no queremos rezagos sociales y económicos, sino prosperidad y equidad… Y todos los días luchamos por ello, trabajamos para ello. Que no lo hagamos con los cánones que Dresser considera dignos no significa que seamos apáticos o resignados. Los ciudadanos hacemos lo que podemos hacer y lo hacemos con coraje, valentía y esperanza. Pedirle más a una sociedad que como la nuestra, en su gran mayoría, trabaja honestamente, soportando salarios de hambre, lleva a sus hijos a escuelas donde la educación es lo que menos importa, paga impuestos todos los días al consumir bienes básicos, soporta el abandono de gobernantes y partidos que sólo miran por su beneficio, critica todos los días el cinismo y la corrupción de sus gobernantes…  es francamente un despropósito de intelectuales engañabobos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que a los mexicanos somos conformistas, que nos falta participación y ser ciudadanos. Ridículo, en pocos países como México hay tantas marchas y manifestaciones de protesta, tantas huelgas y plantones, tantas movilizaciones de solidaridad con las víctimas de desastres, tanta afluencia a las urnas, tanta discusión en las calles, tanta indignación… Además, los ciudadanos en México somos más ciudadanos que los de muchos otros países, porque aquí nadie nos ha regalado nada, aquí hemos tenido que luchar denodadamente por nuestros derechos, por ser escuchados y tomados en cuenta. Pero Dresser solo ve a “mexicanos [que] les sobra conformismo y les falta descontento”, y como “los ciudadanos conformistas engendran políticos mediocres”, no nos queda más que flagelarnos por nuestra postración. No cabe duda, Dresser vive en un país que no es el de uno, o sea el de la inmensa mayoría de los mexicanos, sino que vive en el México de unos cuantos, de aquellos privilegiados que solazan sus conciencias trepadoras culpando al resto de la pobreza y la marginación, de los abusos y la negligencia de las autoridades, del atraso y el estancamiento…  Allá ellos y su mala conciencia. ¡Fuera máscaras!

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que los mexicanos vivimos en un país que sentimos ajeno, porque nos ha sido robado por las elites y los dictadores. Cierto, a México se lo han apropiado siempre las elites y los dictadores, pero nunca nos ha sido ajeno. A veces lo abandonamos, cuando la necesidad nos lleva a migrar, pero lo llevamos a todas partes y en todas partes lo reproducimos, con un orgullo y una nostalgia que jamás entenderán los anglosajones. Quizá no anhelemos las frivolidades de Dresser, como “las enchiladas del Sanborns, el cine de Cuarón, los libros de Poniatowska, la casa de Luis Barragán…”, pero sí a la familia, a los vecinos, a la tierra y a los volcanes…

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar ilusamente que “Un día habrá un diputado que suba a la tribuna y exija algo en nombre de la gente que lo ha elegido… Y entonces México será otro”. Depositar las soluciones en el origen de los problemas no sólo es insensato sino tendencioso. No Sra. Dresser, los mexicanos creemos en fantasmas y leyendas, pero no somos estúpidos. No se engañe y no engañe a sus lectores.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle el permanecer atrapada en “ideas muertas”, ideas tan arraigadas en nuestra cultura política como lozas de granito imposibles de remover, “ideas atávicas que nos convierte en un país de masoquistas”, como la defensa patriótica sobre nuestros recursos naturales (principalmente el petróleo), la defensa de los monopolios públicos o privados, la idea de que la educación más que mejorarla hay que ampliarla, o suponer que México no está preparado para reformas democráticas, como la reelección legislativa o las candidaturas independientes… Para empezar, el elenco de lo que Dresser llama “ideas muertas” es ridículo y arbitrario, y muy pocos coincidirían con él. En segundo lugar, si perviven ideas atávicas como éstas eso sólo ocurre en el seno de las propias elites políticas, económicas e intelectuales por resultarles rentables o convenientes. No son lastres que comparta la sociedad o que aniden en sus imaginarios como dogmas inquebrantables. Si alguien en México ha exhibido un espíritu de renovación y cambio ha sido precisamente la sociedad mexicana, que en ese sentido camina años luz muy por delante de sus elites.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle que vea todo lo podrido que lo rodea como algo normal, como rutinario; que perciba la violencia y el saqueo como inevitables; que vuelva normal lo que es anormal en otras partes; que se resigne a vivir en la inseguridad y los secuestros. Basta Sra. Dresser. No confunda miedo con cobardía, no confunda precaución con ceguera, no confunda silencio con rutina. La inmensa mayoría de los mexicanos no tenemos blindaje integrado y por eso debemos seguir bregando, hacer de la necesidad virtud. Vivir en la zozobra permanente, amenazados, sometidos, secuestrados… no es aceptar la inexorabilidad de nuestra tragedia, es sólo adaptarse a las circunstancias para seguir viviendo, para proteger a nuestros hijos, para evitar desafiar a la suerte en una calle oscura… No Sra. Dresser, aquí no hay nada de normalidad, sólo cautela e indignación, protesta cotidiana para que la autoridad haga su trabajo y termine de una buena vez con la espiral de violencia que padecemos. No se atribuya la exclusiva de reclamos que son de todos, que viven en todos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede reprocharle que no sea genuinamente multicultural, que acepte dócilmente la discriminación y la marginación, o incluso que alimente en su seno la discriminación y la marginación de manera hipócrita, pues no acepta su propia condición racista y xenófoba. No  Sra. Dresser, no nos mida con sus criterios anglosajones. Dese una vuelta el domingo por la Basílica para que vea en persona una auténtica sociedad multicultural, multiétnica y multirracial, algo simplemente imposible de ver en un país como Estados Unidos donde existen todas las razas pero no se tocan, no se mezclan, no conviven. El multiculturalismo como categoría y obsesión de intelectuales liberals sólo podía surgir en sociedades fragmentadas, divididas, guéticas, como la estadounidense. Es una categoría simplemente insustancial para sociedades mestizas como la mexicana, pero eso es algo que usted no ve ni entiende. Nuestro mestizaje generó otros fantasmas culturales, cierto, pero no el del aislamiento o la incomunicación entre razas, porque el multiculturalismo lo llevamos en la piel. Ese problema lo resolvimos hace quinientos años.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede pensar que los ciudadanos no reaccionan contra los abusos porque “estamos mal educados y no sabemos lo importante que es la educación”. No Sra. Dresser, que la educación en México sea un desastre no significa que los mexicanos la despreciemos o no le demos valor. Usted simplemente ignora las historias cotidianas de sacrificio y esfuerzo de millones de familias mexicanas para que sus niños y jóvenes vayan a la escuela y a la universidad, para que completen sus estudios, aún sabiendo que la educación dejó hace mucho de ser un medio de ascenso social, destinando recursos a ese propósito, pese a que son escasos… 

Basta, podría seguir con esta crítica ad nauseam, pues cada página del libro de Dresser está plagada de errores e imprecisiones. Con lo dicho, creo que el lector se habrá dado cuenta que Dresser no conoce el país de uno, lo boceta con colores llamativos pero sin idea de lo que está pintando. El resultado es un bodegón de principiante, una naturaleza más muerta que su Avatar de redentora que sólo los incautos le compran, un retrato deforme de una realidad que la autora simplemente no entiende, salpicada arbitrariamente de frases y citas forzadas de escritores y académicos que en lugar de aclarar las cosas las emborronan sin remedio. 

Pero si las premisas del libro son endebles, el edificio tampoco se sostiene, empezando por el diagnóstico que sobre nuestro país realiza la autora. Desafío a cualquier lector medianamente informado sobre la realidad mexicana a que me señale al menos un aspecto que ignorara y del cual se haya enterado gracias a la lectura de este libro. Seguramente no hay nada. Veamos.

Que en México hay un “andamiaje de privilegios que aprisiona la economía y la vuelve ineficiente”, no sólo lo sabemos, sino que lo sufrimos todos los días; que en México las elites políticas y económicas actúan para su beneficio y por eso no introducen cambios, como las reformas estructurales, también lo sabemos; que el gobierno funciona como “distribución del botín”, no es nada nuevo; que los legisladores disponen de recursos exorbitantes e injustificados, también; que los partidos sólo actúan para su beneficio, es algo tan sabido que la sociedad los califica con 1.5 de 10 puntos posibles de confianza; que la economía está concentrada en unos cuantos monopolios y que las autoridades no hacen nada para generar mayor competencia, lo lamentamos todos los días… En fin, para qué seguir con tanta nimiedad.

Y si el análisis de Dresser sobre los males del país es insustancial y fatuo, sus críticas a partidos, políticos, líderes sindicales y empresarios con nombres y apellidos raya en el lugar común, una lista de agravios impunes que guardamos los mexicanos en el baúl y que Dresser simplemente desempolva para alimentar con ellos su falsa imagen de crítica implacable de los corruptos, de salvadora nacional. Si al menos sus críticas fueran imparciales o equitativas, pero son todo lo contrario, sesgadas y tendenciosas, propias de alguien que tensa sus juicios hasta donde no representen un riesgo para ella, para su propio juego político, interesado en frenar a toda costa el retorno al poder del PRI (y en particular de Enrique Peña Nieto) o la llegada del PRD (y en particular de Andrés Manuel López Obrador), pues mientras sean oposición su crítica no la compromete sino que la hace aparecer como implacable. Muy distinta es la crítica al PAN y a los dos gobiernos emanados de él, saturados de incompetencias pero que cuentan en su descargo con el hecho de que heredaron un país destrozado muy difícil de recomponer en tan poco tiempo. Lo cual no deja de ser una falacia. Obviamente, cuando la crítica está sesgada o manoseada de origen deja de ser crítica para convertirse en panfleto, en pasquín, que es precisamente lo que hace Dresser.

“Gracias al PRI —señala Dresser— el narcotráfico se infiltra en el Estado y se enquista allí… Fox y Calderón no son responsables del problema”. No Sra. Dresser, tan responsable es el PRI por haber alentado y protegido este negocio durante décadas, como Felipe Calderón por incendiar al país con una guerra fallida, antes que proponer soluciones drásticas, como la legalización de las drogas; una guerra de mentiras ¿A quién quiere engañar? Hoy el país, además de estar sometido por el crimen organizado, está inmerso en una espiral de violencia que simplemente no debió generarse.

Por lo demás, no hay nada en su recuento de daños del PRI que se desconozca: el charrismo sindical de Gamboa Pascoe, la prepotencia de Beatriz Paredes, los excesos de López Portillo, el enriquecimiento ilícito de los Salinas de Gortari, el cinismo del profesor Hank, la corrupción de Elba Esther Gordillo, Roberto Madrazo, Ulises Ruiz, los escándalos de Arturo Montiel y Mario Marín, las mentiras de Peña Nieto… En suma, el PRI del clientelismo, de los abusos de autoridad, de las mafias, del saqueo indiscriminado de recursos, de la corrupción desmedida, del Pemexgate, de la impunidad, de los sobornos, de la cooptación silenciosa de intelectuales, de la represión, de la matanza del 68, de las camarillas… Por Dios, ¿en verdad no tiene nada mejor Sra. Dresser? Le recuerdo que la sociedad mexicana rescindió al PRI en las urnas en 2000 precisamente por esa lista de atropellos. Ni al caso remover escombros. ¿Cuánto malestar e insatisfacción debe haber con los gobiernos del PAN que hoy se asoma desafiante la posibilidad del retorno del PRI?, ¿cuánta desesperación y frustración debe haber en nuestra sociedad que muchos piensan que ese pasado ominoso era menos cruel que nuestro presente truncado? Ese es el dato duro realmente significativo para los tiempos que vienen: el PAN no supo leer el momento histórico que le tocó vivir, no estuvo a la altura de los desafíos de los nuevos tiempos, arruinó al país estúpidamente, traicionó a un pueblo que creyó en su promesa de cambio y renovación. Aquí no caben las justificaciones. Decir que “el gran error del PAN fue creer que podrían practicar mejor el juego diseñado por el PRI, en vez de cambiar sus reglas” suena muy complaciente. En realidad, el PAN sí podía cambiar esas reglas, prometió a la nación hacerlo, tenía todo para hacerlo, pero muy pronto se dio cuenta que mantenerlas intactas era muy rentable para hacer lo mismo que hizo el PRI durante décadas: mentir, robar, ocultar, engañar…

Y para seguir con las necedades, ¿a qué viene a estas alturas enjuiciar a la “famiglia Salinas” y al “Don Corleone” de la política mexicana? Si alguien sabe que Carlos Salinas de Gortari fue un déspota, un tirano, un mafioso, un político perverso y despreciable, somos los mexicanos. Cierto, nunca pagó por sus crímenes, pero la sociedad ya lo juzgó y lo condenó hace tiempo. Ese veredicto es parte de nuestra historia y nadie nos lo puede arrebatar. ¿A quién quiere impresionar Sra. Dresser? ¿En qué momento trasformó su complacencia con el desempeño de Salinas, sus adulaciones al entonces presidente (tal y como lo expone sin rubor en su ensayo de 1993 “Neopopulist Solutions to Neoliberal Problems: Mexico’s National Solidarity Program”) en odio y dardos envenenados? Usted, Sra. Dresser, como sus colegas mercenarios, intelectuales repetidores de la cochambre que sólo saben acomodarse a lo que hay, también ha jugado convenientemente. ¿A quién quiere engañar? Por lo visto, la congruencia no ha sido precisamente una de sus virtudes. Por lo demás, sólo a usted se le ocurriría citar profusamente a Héctor Aguilar Camín, el ideólogo de Salinas, el más arrastrado de los intelectuales de este país, para diseccionar las intenciones ocultas de ¡Salinas! Eso ya no es incongruencia, sino insensatez.

¿Y qué decir de los juicios de Dresser a la clase empresarial, a los oligopolios, a Televisa y a Carlos Slim? Nada, pues no hay nada nuevo en ellos, nada que no se sepa. Pero como la Sra. Dresser reproduce en su libro la crítica que le hizo a Slim en un artículo que le valió el Premio Nacional de Periodismo, me permito reproducir aquí también el comentario que escribí sobre el mismo: “Me acuerdo que cuando leí este artículo en su momento no daba crédito a tanta ‘mala leche’ y perversidad. Quienes lo leyeron se acordarán que Dresser ‘regañaba’ en este artículo al empresario, a quien calificaba de voraz e inescrupuloso, ambicioso y monopólico, insensible y antipatriota, incongruente y mentiroso, colocándose ella, supuestamente, en los zapatos de los ciudadanos, de los agraviados, de los damnificados por la avaricia del hombre más rico del mundo, de los pobres y de las víctimas de la desigualdad y la injusticia social. El artículo de Dresser seduce al gentío más sensiblero porque es el típico discurso que busca solazar de algún modo las conciencias intranquilas y golpeadas por la crisis de millones de mexicanos, buscando un culpable de nuestros males y escupiéndole en la cara todo lo despreciable e insultante que nos resultan él, su riqueza y su éxito como empresario. Como tal, Dresser emplea una vieja estrategia política, consistente en identificar a un enemigo para justificar ciertas acciones y legitimar una posición, da lo mismo que el enemigo sean los judíos, la madre patria, los inmigrantes, los herejes, el imperio, el neoliberalismo o la burguesía, lo importante es exhibirlo y denostarlo hasta generar el deseo colectivo de acabar con él. En este caso, Dresser escogió a Slim, y todo el mundo se identificó de inmediato con el linchamiento público del empresario, como si con ello pudiéramos salvar nuestras almas atormentadas. Por esta vía, además, si bien los agraviados nos curamos en salud fugazmente, no hacemos más que descargar en el enemigo de turno nuestras propias frustraciones y miserias, pues siempre será más cómodo culpar a los demás de nuestras desgracias que reconocer nuestra propia responsabilidad en las mismas. Y no es que no haya nada que reprocharle a Slim, pero de ahí a convertirlo en el principal culpable de nuestra postración nacional es un despropósito a todas luces tendencioso e injustificado. No me sorprende que una periodista sin escrúpulos recurra a estrategias tan perversas y subliminales para ganar lectores y fans, pues el medio se alimenta de ese y otros males, como el ‘amarillismo’, el ‘estrellismo’ y el ‘chayotismo’, pero que los profesionales del periodismo responsables de evaluar el trabajo de sus pares premien este tipo de trabajos tan insustanciales y huecos sólo causa perplejidad. ¿Realmente no se dieron cuenta de lo que estaban premiando? Si el panfleto de Dresser contra Slim fue el mejor artículo del año, entonces nuestro periodismo está para llorar. Por lo demás, que un artículo de opinión sea muy comentado y difundido mediáticamente, como el de Dresser, no significa per se que tenga calidad. Sería bueno entonces, que el Consejo aclarara lo que está premiando: impacto o calidad. Además, si alguien carece por completo de autoridad moral para linchar a los empresarios y a los monopolios es precisamente Dresser, quien ha vivido cómodamente desde hace años trabajando para la clase empresarial, dictando conferencias y cursos muy jugosos a las principales corporaciones empresariales y de hombres de negocios, en contubernio con Televisa y otros monopolios, gracias a lo cual se ha convertido en la ‘intelectual’ mejor pagada de México. Pero la congruencia no es una virtud bien cultivada por nuestros hombres y mujeres de ideas.”

Pero si de simplificaciones se trata, nada hay más simple (y ridículo) que achacar a lo que Dresser llama “Los diez mandamientos del político mexicano” las razones de la “disfuncionalidad” de nuestra democracia: “1. Amarás el hueso sobre todas las cosas… 2. Tomarás el nombre de la democracia en vano… 3. Santificarás las fiestas patrias con puentes vacacionales… 4. Honrarás a los líderes de tu partido…” Disculpará el lector que no siga, pero ya me indigeste de tanta gansada. Y se supone que esta es la parte irónica del libro…ja…ja…ja…

Pero lo peor está al final: las recomendaciones de la ciudadana Dresser para cambiar el país: una auténtica lista de obviedades propia de Perogrullo: ser irreverente frente al poder, concebir al voto como un derecho esencial, estar informados sobre el acontecer nacional, hacer marcaje personal a los diputados, apoyar las reformas, denunciar que la guerra al narco no ha funcionado, denunciar los monopolios, recoger la basura afuera de mi casa, conectarme a las redes sociales… ¿Y para esto tanta tinta? No me cabe la menor duda. El de Dresser es el peor panfleto que he leído en los últimos años. No rescato de él ni una sola coma.

No sé en qué momento Dresser se metamorfoseó en la emisaria de las causas populares, en la redentora de los pobres y los excluidos, en la vocera de los ciudadanos, y tampoco sé si realmente ella se lo cree, pero me queda claro que si hay alguien a quien no le va ese papel es precisamente a ella. Desde el relumbrón de sus trajes de diseñador y la eterna inmutabilidad de su peinado, desde su voz impostada y sus manoteos estudiados, clamar por justicia para los menesterosos resulta tan frívolo como cómico. Tampoco sé cómo la periodista compagina su nuevo rol de Viridiana de las Lomas con sus múltiples y muy rentables “asesorías” a políticos, funcionarios, dependencias públicas y partidos políticos, todo lo cual no hace sino exhibirla de cuerpo entero, comenzando por su poco aprecio por la independencia intelectual. Por todo ello, pero sobre todo por sus escasas contribuciones y el bajo perfil de las mismas, no deja de sorprenderme la creciente influencia y penetración que Dresser ha venido alcanzado en los medios. En realidad, como académica no ha hecho nada relevante (o mejor, no ha hecho nada), a no ser que sumar varias denuncias de plagio por parte de diversos colegas; más allá de sus artículos periodísticos y sus compilaciones de entrevistas a mujeres, no cuenta con obra intelectual alguna. Que ha sido hábil para posicionarse en los medios nadie lo pone en duda, pero que haya llegado a los sets con un trabajo intelectual mediocre y precario, tampoco. Son quizá los resabios de nuestro provincialismo, pues con lo que tiene Dresser nunca hubiera destacado en su país de origen, Estados Unidos, ni como periodista, ni como intelectual, ni como académica, pero aquí en México la premiamos y encumbramos.

Si Sergio Aguayo dirige tesis profesionales como escribe sus libros, ¡pobres tesis! A esta conclusión es inevitable llegar después de leer su reciente y muy promocionada obra Vuelta en U (México, Taurus, 2011), en la que Aguayo hace exactamente lo que no hay que hacer en una investigación que, como la suya, se ostenta de “científica” y “objetiva”. Me imagino a este académico asesorando a sus tesistas. Para empezar, a todos les ha de exigir lo que en los manuales de investigación se conoce comúnmente como “marco teórico”. Para el caso, no importa que dicho marco se integre arbitrariamente con lo que se tenga a la mano o lo que se conozca o se haya leído alguna vez sobre el tema investigado. Basta citar abundantemente autores y conceptos de manera más o menos ordenada y persuasiva para salvar el escollo. Paso seguido, les ha de requerir un modelo que contenga las variables que se buscarán documentar en la parte empírica de la investigación. Que el modelo se integre con variables provenientes de paradigmas teóricos contradictorios o irreconciliables entre sí es pecata minuta, pues lo primordial es que la propuesta parezca compleja y sesuda; asimismo, que las variables escogidas sean meras ocurrencias del investigador no tiene ninguna importancia, pues lo que cuenta es que su formulación sea mínimamente coherente y convincente. Finalmente, para la parte empírica de la investigación, el susodicho colega les ha de pedir a sus pobres tesistas recabar y presentar todos los datos que encuentren y que cuadren con las variables propuestas. Que se dejen en el camino datos que contradicen el modelo o desmientan lo que se quiere demostrar es culpa de los datos no del modelo empleado.

Así las cosas, Aguayo nos regala un libro que utilizaré profusamente en mis clases para ejemplificar la manera en la que no se debe hacer una investigación científica. Y en realidad, el problema ni siquiera es Aguayo, pues la suya es la manera de proceder de la inmensa mayoría de los científicos sociales del país, quienes hacen pasar por científicas sus investigaciones, aunque de científicas no tengan nada, o sea no emplean de manera sistemática y rigurosa algún método de control de sus hipótesis, no buscan establecer regularidades sobre los fenómenos estudiados que enriquezca la literatura teórica sobre los mismos, no proponen un esquema de análisis integral que refleje un conocimiento acabado de la literatura sobre sus respectivos objetos de estudio, etcétera. Lejos de ello, creen que basta citar autores, emplear conceptos sofisticados o llamarles “variables” a un conjunto de aspectos dispersos, para hacer pasar sus obras como científicas. El resultado es la producción indiscriminada de obras chatarra que no aportan nada novedoso ni hacen avanzar la acumulación de saberes sobre un tema. Y no es que defienda a ultranza una concepción purista de la ciencia o que todo lo mida con sus parámetros (hace tiempo que decidí cuestionar los fundamentos y preceptos de las ciencias sociales, como lo prueba mi libro La muerte de la ciencia política), sino que me parece deshonesto seguir alimentando un engaño y una simulación. No hay que revestir artificialmente de cientificidad una obra para que ésta tenga valor. De hecho, es frecuente que un ensayo sin mayores pretensiones empíricas pueda plantear tesis más originales y sensatas que una investigación científica, sin que eso le reste méritos.

El hecho es que Aguayo nos vende su libro no como un ensayo sino como un estudio científico, y como tal debe ser examinado. Obviamente, Aguayo sale reprobado, y no sólo porque su investigación no tenga nada de científica, sino porque proceder como él lo hace para estudiar lo que llama la “transición estancada” en México sólo puede conducir a lugares comunes o, lo que es peor, a violencias interpretativas, sin mencionar la larga lista de posicionamientos partiditas e ideológicos que salpican el libro y que no tienen nada de veraces. En suma, como veremos aquí, la obra de Aguayo no sólo no aporta nada original sino que tergiversa la realidad para acomodarla mañosamente a sus propios fines de búsqueda o preferencias políticas. Nada hay pues, rescatable en esta obra y sí mucho que reprocharle. No sólo alimenta un engaño en la forma sino también en el contenido, pues su lectura del presente mexicano más que iluminarlo lo oscurece, más que contribuir a demoler el “evangelio de la transición”, o sea la retórica dominante sobre este proceso, lo apuntala.

Comienzo por una afirmación categórica: el tema de la transición en México, o sea el proceso que nos ha conducido hasta la democracia incipiente que hoy tenemos, no es un asunto de interpretaciones. Me explico, si lo que se pretende es —como dice Aguayo a propósito de su propia investigación— describir de manera rigurosa, sistemática y objetiva (científica) el proceso de cambio político en México que condujo a la sustitución del régimen autoritario de partido hegemónico por la democracia actual, para lo cual se recurre a los conceptos y las categorías producidas por la literatura de las transiciones democráticas, no hay lugar (o no debería haberlo) a especulaciones subjetivas de ningún tipo. Nos puede gustar o no la teoría de las transiciones, podemos encontrar deficiencias o imprecisiones en la misma, pero si han de emplearse sus categorías para estudiar un caso concreto, ello debe hacerse correctamente. El sólo hecho de hablar de “transición” para referirse a un caso como el mexicano supone ya, se quiera o no, una cierta adhesión a este corpus teórico, o sea a sus premisas y categorías, por lo que usarlas arbitrariamente —como hace Aguayo— sólo puede conducir a distorsiones y abusos.

En lo personal, como lo he señalado en varias ocasiones, estoy muy lejos de comulgar con estos enfoques, pues me parecen muy deterministas y reduccionistas. Sin embargo, estoy convencido que bien empleados, o sea con conocimiento de causa, permiten una caracterización —que no interpretación— muy esclarecedora de nuestra realidad, una caracterización simple y llana, que nada tiene que ver con las interminables disputas políticas o ideológicas que la transición mexicana ha propiciado desde hace años y que Aguayo reedita innecesariamente con su nuevo libro. Más precisamente, el tema de la transición en México ha sido tan manoseado por todos (intelectuales, académicos, políticos, periodistas, analistas, etcétera), más con fines políticos que heurísticos, que ha terminado por ser uno de esos conceptos que significa todo y nada al mismo tiempo, por lo que se puede emplear para decir cuanta barbaridad se quiera. A ello ha contribuido no sólo la actualidad del tema, que por ese simple hecho suscita controversias, sino el total desconocimiento o el conocimiento superficial de la literatura politológica sobre el particular. Huelga decir que Aguayo cojea de ambos pies. Por una parte, quiere ofrecer una interpretación a modo de nuestro proceso de cambio para “demostrar” que estamos instalados actualmente en la “regresión autoritaria”, o sea que vivimos una “vuelta en U”, sobre todo a raíz del proceso electoral del 2006, cuya condición fraudulenta Aguayo da por hecho con argumentos tan endebles como insustanciales. Por otra parte, Aguayo no sólo exhibe ignorancia sobre la literatura politológica del cambio, pues en su elenco de autores están ausentes algunos de los más influyentes y decisivos, como Leonardo Morlino o Adam Pzeworski, sino que se atreve a mezclar en su “marco teórico” autores de tradiciones tan contradictorias como irreconciliables —como Juan Linz (partidario del individualismo metodológico) y Lucien Goldman (un marxista tan básico de los años setenta que sólo un incauto se atrevería a citar en la actualidad), o Guillermo O’Donnell (un funcionalista sistémico) y Hannah Arendt (una filósofa política neoaristotélica)—, en una suerte de eclecticismo forzado por imposible, lo cual es, justamente, lo que hay que evitar en cualquier investigación seria y responsable. Confeccionar un marco teórico no puede hacerse por ocurrencias, sino que es el momento en que el investigador serio no sólo muestra suficiencia en el manejo de toda la literatura de su tema sino que agota teóricamente todas las posibilidades para explicar su objeto, pues sólo así podrá discernir adecuadamente entre lo relevante de lo meramente contingente. En suma, parece que Aguayo ignora que si en las ciencias sociales todo se vale —como armar un “marco teórico” a modo— nada vale en ellas. En lo personal, prefiero desmarcarme abiertamente de las ciencias sociales, por sus muchas inconsistencias y simulaciones, que aferrarme a ellas para legitimar mi trabajo intelectual, como lo hacen Aguayo y la mayoría de mis colegas.

Sirvan estas premisas para recalcar que la “interpretación” (o sea, la lectura subjetiva, interesada y parcial) que Aguayo hace sobre la transición mexicana no tiene ningún sustento sólido ni ninguna veracidad. Ni “regresión” ni “vuelta en U”, ni “transición estancada”, etcétera. Repito, la caracterización de la transición mexicana no es una cuestión en disputa, sino un mero ejercicio descriptivo en el que, si todo se conduce correctamente, o sea en apego a las indicaciones y premisas propias de la teoría de las transiciones, no hay lugar a interpretaciones subjetivas o parciales. Dicho de otro modo, caracterizar el momento que vive nuestro país con las categorías de la transición no es un ejercicio relativista, donde todas las posiciones valen, pues si fuera el caso ninguna valdría. Estaríamos procediendo mal si asumiéramos a priori que cualquier interpretación sobre la transición mexicana es legítima por el simple hecho de que la realidad admite múltiples lecturas. Es incorrecto, pues el uso apropiado de la teoría de las transiciones, que no es otra cosa que el cúmulo de saberes existentes sobre dicho tema producto de miles de investigaciones empíricas, no admite digresiones de ningún tipo, es precisa, coherente e integral. Obviamente, esta observación (y la crítica que de ahí emana) sólo aplica si la interpretación en cuestión se dice deudora —como la de Aguayo— de la teoría de las transiciones y/o se mueve dentro de sus límites.

En suma, si Aguayo conociera medianamente la teoría de las transiciones y empleara adecuadamente sus conceptos, sabría que México no atraviesa por una regresión autoritaria o vuelta en U. Para empezar, México dejó atrás la transición cuando el PRI fue desplazado del poder por el PAN con la alternancia del 2000, pues la teoría indica que una transición democrática termina cuando desaparecen las estructuras de dominación centrales del viejo régimen autoritario, que en el caso de México fueron el presidencialismo omnímodo y el partido hegemónico. Por ello, seguir pensando a México en términos de “transición” no sólo es un error sino que entorpece el entendimiento del momento que realmente estamos viviendo. Por la vía de la alternancia la transición terminó y comenzó una nueva etapa —igualmente compleja que la etapa precedente pero que no debe ser confundida con ella, pues tiene su propia lógica y dinámica—, la etapa de “instauración democrática”. Dicha etapa supone básicamente la “destitución autoritaria”, o sea la neutralización y derogación de las viejas prácticas y leyes abiertamente autoritarias, amén de su deslegitimación social, y el rediseño institucional y normativo del nuevo régimen democrático, mediante una reforma integral a su Carta Magna. Dado que la instauración es un proceso, no está dicho que pueda durar indefinidamente o que presente avances y retrocesos. Si una instauración democrática es lenta y tortuosa, como la que vivimos en México después de la alternancia, no significa que estemos en una etapa regresiva sino en una que, en la medida que no se avance en las tareas de la instauración, presenta muchos riesgos, empezando por el colapso, o sea el derrumbe de lo poco o mucho que se ha conquistado hasta ahora. En esta perspectiva, a tono con la teoría de las transiciones, que nuestra democracia no mejore ni en lo electoral ni en eficacia ni en credibilidad, no significa que vivimos una “transición estancada”, como sostiene Aguayo, sino una “instauración estancada”. Asimismo, que el autoritarismo siga teniendo muchos anclajes en la nueva realidad democrática no significa que estemos atravesando por una “regresión autoritaria”, sino que tenemos una democracia incipiente y muy precaria. La precisión en este punto no es una cuestión baladí, pues de una adecuada caracterización depende el poder identificar mejor los desafíos que enfrentamos como país. Hoy las tareas por delante ya no son los de la transición (como derrocar al régimen autoritario), sino las de la instauración (como la Reforma del Estado). Podría poner muchos otros ejemplos, pero creo que con estos queda claro que la interpretación de Aguayo, amén de imprecisa, es irresponsable. Lejos de una regresión autoritaria, todo parece indicar que lo que tendremos en México es una larguísima instauración democrática, tan larga como la propia transición que la precedió, pues no existe en la clase política actual ni la voluntad ni las luces necesarias para entender la importancia del momento político en que le tocó ser protagonista. En todo caso, no es descabellado suponer que hay más posibilidades involutivas para el país en caso de que el PRI regrese a Los Pinos en el 2012 que en cualquier otro escenario, pues, en ausencia de reformas profundas al entramado normativo e institucional, necesarias para apuntalar nuestra maltrecha democracia, sus cuadros se montarían en lo que ya conocen perfectamente, por lo que bien podrían reeditar los viejos usos y costumbres, cuestión esta última que no deja de ser, lo admito, una mera especulación.

Además de esta deficiencia metodológica y conceptual de fondo, el libro de Aguayo está plagado de imprecisiones y ligerezas. Después de leerlo queda la duda sobre su verdadero propósito. Por momentos parece una crónica de hechos inconexos, por momentos un panegírico a favor de Andrés Manuel López Obrador, por momentos un recuento de cifras y datos inútiles, por momentos un manifiesto sobre el poder de las organizaciones no gubernamentales. En todo caso, me queda claro que es todo menos una investigación científica, pese a que obtuvo financiamientos millonarios por parte de universidades, fundaciones y organismos de apoyo a la ciencia, como el CONACYT, según se ufana su propio autor, lo cual, por los pobres resultados alcanzados, no dejar de ser deshonesto.

Buena parte del libro está destinado a definir los criterios que permiten establecer si una elección es fraudulenta o no, o sea “la intensidad e intencionalidad de las irregularidades”. Para ello, Aguayo examina las elecciones críticas de 1910, 1929, 1940 y 1952, y, en otros capítulos, las de 1988 y 2006, siendo ésta última la que más le preocupa al autor, pues está empeñado en demostrar que, empleando sus criterios de análisis, fueron elecciones fraudulentas. Para empezar, habría que recordarle a Aguayo que no sólo las elecciones que fueron impugnadas en su momento por los perdedores fueron fraudulentas, sino absolutamente todas las celebradas durante el viejo régimen. Por ello, lo importante no es, como insiste Aguayo, la “mecánica del fraude” sino las condiciones estructurales del fraude, o sea la naturaleza autoritaria del régimen posrevolucionario. Decir que unas elecciones son fraudulentas cuando el gobierno interviene con fondos públicos, cuando hay un control y manejo intencionado de la información, cuando hay una manipulación de la legislación electoral, etcétera, es irrelevante. Más aún, es impreciso, pues podría pensarse que en ausencia de esas variables sí se dieron elecciones correctas, lo cual no es cierto. Obviamente, ese no es el problema, sino la condición autoritaria del régimen priista, para el cual las elecciones eran tan sólo un mecanismo de legitimación diseñado a modo, o sea una simulación, donde la oposición no tenía ninguna posibilidad de disputar el poder al partido hegemónico. Por las mismas razones, extrapolar las variables del fraude propias de la era autoritaria para calificar las elecciones del 2006, o sea unas elecciones ciertamente controvertidas pero que ya tuvieron lugar en la era postautoritaria, es un auténtico disparate, pues son otras las condiciones y otras las variables que habría que documentar. Dicho de otro modo, lo que era relevante para calificar de fraudulentas unas elecciones en un régimen autoritario, elecciones que un conocido politólogo estadounidense llamó con buen tino “elecciones diferentes”, deja de serlo en unas elecciones en un régimen democrático. Que se desvíen fondos del erario para hacer proselitismo, que se manipule la información, o que se orqueste una campaña de denuesto en contra de un candidato, son asuntos menores, pues ocurren en todas las democracias y lo hacen todos los partidos. El problema aquí es más bien técnico, o sea si se contaron o no correctamente los votos. Con ello, no quiero minimizar el hecho de que nuestra legislación electoral vigente hace aguas por todas partes, por lo que más que proveer certidumbre alimenta la sospecha.

Otro problema grave del libro de Aguayo es la importancia que le confiere a ciertos hechos y la escasa atención que le presta a otros. Así, por ejemplo, Aguayo sostiene que la transición en México empezó con la reforma electoral de 1963, mientras que le concede poco peso a la de 1977. Ni al caso criticar una interpretación tan obtusa. Por su parte, sobre las elecciones de 1988 y sobre el salinato el libro de Aguayo no avanza ninguna hipótesis novedosa y sí comete varias impresiones. Para empezar, le concede a algunos intelectuales un peso decisivo en la apertura democrática del régimen al denunciar las irregularidades y exigir apego a la legalidad. Tal es el caso de ¡Héctor Aguilar Camín! Sí, el mismo que después se vendió a Salinas. Algo similar dice Aguayo de algunas organizaciones civiles, como Alianza Cívica, cuya participación en esos años es sobredimensionada por el autor, quien, casualmente, fue miembro activo de la misma. Como quiera que sea, Aguayo evade investigar los temas realmente cruciales para armar el rompecabezas de esos años: ¿por qué perdió el PRI en el 88 y por qué, con todo en contra, pudo imponerse fraudulentamente en esas elecciones? ¿Por qué Estados Unidos decidió apoyar al PRI de último momento si en los años previos fue criticado acremente por Washington? ¿Por qué no se concretó la alianza entre el PAN y el Frente Democrático en esos años? ¿Fue el salinato el sexenio más autoritario del viejo régimen y con qué costo para la democracia?, entre muchas otras preguntas clave.

Pero conforme el libro de Aguayo avanza al presente, las imprecisiones se multiplican. Decir que con la histórica alternancia del 2000 “culminan los esfuerzos y esperanzas de intelectuales, periodistas, líderes sociales, organizaciones cívicas, consejeros electorales y partidos políticos”, es como no decir nada, pues la verdad es que la gran mayoría de todos los actores enumerados por Aguayo fueron más bien cómplices del PRI y el viejo régimen hasta su caída más que sus detractores. Tal es el caso de la inmensa mayoría de los intelectuales vendidos, o de los periodistas medrosos y acomodaticios. Que algunas voces (muy pocas por cierto) hayan sido críticas y congruentes con una línea de independencia profesional e intelectual, no significa que la mayoría lo haya sido. Aquí Aguayo muestra una visión no sólo bastante condescendiente con sus colegas sino falsa. En cuanto a los consejeros electorales, Aguayo filtra la idea a todas luces imprecisa y tendenciosa según la cual la actuación del IFE en el 2000 fue “brillante” y la del 2006 decepcionante. Ya es hora de desmitificar el papel de aquel Consejo Electoral. La única diferencia entre éste y el del 2006 fueron 5 puntos de diferencias entre el primero y el segundo lugares. Dicho de otro modo, si la diferencia entre Fox y Labastida hubiera sido igual de estrecha a la de Calderón y López Obrador, la bomba les hubiera explotado igual, pues la legislación electoral era la misma y el perfil de los consejeros, también, o sea intelectuales oportunistas vinculados y de algún modo comprometidos con los partidos que los colocaron ahí. No cabe duda que a Aguayo le conviene reproducir los nuevos mitos de la historia oficial de la transición, pues él es uno de los beneficiados directos por ello.

Pero lo más débil del libro de Aguayo está por venir: el fraude del 2006 y el papel de las ONG’s. Sobre el primero, Aguayo recurre a todo lo que se le ocurre para demostrar que siempre existió un complot orquestado por muchos contra López Obrador para que éste no llegara a Los Pinos, como la campaña de denuesto en su contra que culminaría exitosamente con el famoso “Es un peligro para México”, la cual, supuestamente, generó un “pánico irracional” en el electorado. En suma, para Aguayo la campaña sucia contra el pobrecito de López Obrador fue la principal causante de su derrota electoral. El problema es que pensar así sólo puede hacerse en detrimento de los ciudadanos, o sea si se conciben como una masa inerte y dúctil fácilmente manipulable e incapaz de discernir por sí misma. Según esta interpretación, que López Obrador haya cometido errores garrafales durante su campaña o que ésta también haya sido bastante sucia, son asuntos irrelevantes, pues lo importante es el complot en su contra. En fin, aferrarse a ver las cosas en blanco y negro, diseccionar el mundo en buenos y malos es la mejor manera de ocultar la realidad, de simplificarla y poder justificar cualquier barbaridad. De ahí que a Aguayo le vengan bien las mismas categorías con las que evalúa el fraude en las elecciones de la era autoritaria para evaluar las del 2006. Pero volviendo a la cuestión de los ciudadanos, Aguayo critica las campañas sucias porque no respetan los hechos y no evitan la difamación, por lo que no comparte la opinión de quienes —me incluyo— defendemos a ultranza la libertad de expresión. Cómo hacerle entender a Aguayo que sin libertad de expresión absoluta e irrestricta simplemente no hay democracia y que si la ley electoral o cualquier otra posibilitan el más mínimo rescoldo de censura se trata de leyes antidemocráticas, una violación a los derechos más elementales de los seres humanos. No hay manera.

Pero la cuestión de fondo para quienes se aferran a “limpiar” la política profesional, cosa que de entrada es imposible, es asumir que dicho despropósito supone despreciar a los ciudadanos. En efecto, defender una ley electoral que prohíba las campañas negativas es creer que la sociedad es menor de edad, que los ciudadanos son incapaces de valerse por sí mismos. La pregunta es inevitable: ¿cómo alguien que dice defender a la sociedad civil puede al mismo tiempo despreciarla tanto? La respuesta está en el último capítulo, que según reza su título constituye una “guía para reactivar la democracia”. ¡Lo que nos faltaba!

En principio, Aguayo distingue entre ciudadanos conscientes y ciudadanos no conscientes. Sólo son conscientes los que participan en organizaciones civiles, porque buscan “modificar de raíz las causas estructurales de problemas específicos” y son los únicos ciudadanos inconformes, o sea todos los que no estamos en una ONG no somos conscientes ni estamos inconformes. Más aún, en el colmo de la insensatez, Aguayo dice que él sólo escribe para los ciudadanos conscientes. He aquí al “demócrata” Aguayo de cuerpo entero. ¿Hay que decir más? No, pero lo que sigue me divierte mucho. Según Aguayo, México es “un país machista, autoritario y racista”, en el que muy pocos buscan hacer algo para los demás, por lo que es muy meritoria la labor desinteresada y comprometida de las organizaciones civiles. De ahí, las simplificaciones caminan solas. Aguayo trata de demostrar que las organizaciones civiles fueron las auténticas protagonistas de la transición (sobre todo aquellas en las que él participó, faltaba más), y que la sociedad en general les debe mucho. A lo que le pregunto, ¿no será al revés? En México, la democracia es ante todo una conquista de la sociedad en su conjunto más que de organizaciones sociales “conscientes”, pues nadie se siente representado en ellas. En México el cambio se fraguó en las urnas. Que algunas ONG’s hayan tenido una participación activa por la defensa del voto y la democratización del país, no cambia las cosas ni admite simplificaciones absurdas como las que hace Aguayo. En pocas palabras, para nuestro autor la única sociedad que cuenta es la que participa en organizaciones civiles. Pero ahí no termina la cosa. Según Aguayo, sólo las organizaciones civiles pueden sacar a México del actual atolladero, por lo que recomienda que cada vez más ciudadanos se embarquen en el activismo social, siempre y cuando sigan el decálogo del activista social que él generosamente nos proporciona: tener clara la causa (el relato) por la que van a luchar; asesorarse con académicos informados y críticos; difundir la causa por todos los medios posibles; hacerse de recursos (que estos provengan de partidos o de funcionarios es pecata minuta, pues lo importante es la causa no la congruencia); relacionarse con la élite política; conectarse con redes sociales; etcétera. Con este elenco de acciones, Aguayo termina desnudando, sin proponérselo, a las ONG’s en todas sus contradicciones. No por casualidad la percepción que de manera dominante se tiene de ellas es poco favorable, sobre todo de las más consolidadas en presencia y proyección. Así, por ejemplo, se piensa de ellas que: son excluyentes y selectivas; se abrogan una representatividad social que nadie les ha dado; participar en ellas se ha vuelto un modus vivendi para sus miembros, en ocasiones muy rentable; no son congruentes, pues pueden pactar con cualquiera con tal de allegarse de recursos; con frecuencia subordinan sus causas sociales al bienestar de sus integrantes; se dejan cooptar con facilidad por partidos y funcionarios; son el trampolín para que algunos de sus miembros asciendan en la academia o la política; etcétera.

Aguayo no sólo se engaña a sí mismo sino que quiere engañar a los demás. No, señor Aguayo, los verdaderos héroes de este país somos los ciudadanos, los que seguimos creyendo que puede haber un México mejor, los que llevamos todos los días a nuestros hijos a la escuela, los que sobrevivimos con salarios de hambre y llevamos una vida digna, los que trabajamos de manera honrada todos los días, los que protestamos por la carestía de la vida, los que vamos al futbol los domingos para evadir nuestra tragedia cotidiana, los que seguimos yendo a las urnas a votar pese a la ruindad de nuestros políticos y partidos, los que queremos un país con paz antes que un país incendiado, los que asistimos a la basílica…, que participemos o no en una organización civil es francamente irrelevante. Nuestro activismo lo ejercemos todos los días, en la casa, en la fábrica, en la plaza pública, en las urnas, en la escuela, en el facebook, etcétera. Las conquistas democráticas son en primerísimo lugar nuestras, no de intelectuales vendidos, no de periodistas repetidores de la cochambre, no de políticos oportunistas y mesiánicos, no de organizaciones que supuestamente monopolizan la conciencia y la inconformidad sociales. No nos desprecie ni nos ningunee más, que de eso ya estamos hartos. Que el país esté secuestrado por una casta política voraz e inescrupulosa no nos hace cómplices sino víctimas. En los hechos, nadie ha estado a la altura de nosotros los ciudadanos, ni los políticos ni los partidos, ni los intelectuales ni los periodistas, ni las organizaciones sociales. Deje de mentir.

En suma, el libro de Aguayo es un auténtico galimatías. Como estudio científico no tiene nada, como ensayo le falta originalidad y estilo, como crónica de hechos le falta prosa y fluidez, y como panfleto pejista le falta enjundia e inteligencia. Por fortuna para él y para todos, este científico y activista social escribe pocos libros. En efecto, siempre será mejor compilar almanaques y bibliografías, cosa que hace muy bien, que pasear innecesariamente la estulticia.

En un libro muy reciente y de título muy sugerente, Ecce Comu. Cómo se llega a ser lo que se era (Paidós, 2009), el famoso filósofo italiano Gianni Vattimo propone volver al comunismo, como ideal regulador y como práctica política, pues considera que es la única alternativa válida que anteponer al rígido elitismo del capital, cuya fortaleza y consecuencias (democracias impopulares, desigualdades lacerantes, inequidades sociales crecientes, etcétera) ya no pueden enfrentarse o subvertirse manteniendo posiciones reformistas o tibias, ni con terceras vías, ni haciéndole el juego a los partidos socialistas deslavados en sus ideales y principios. En los tiempos que corren, una propuesta como ésta bien pudiera ser etiquetada como una ocurrencia inverosímil de un nostálgico (aferrado) de la izquierda que se niega a hacer las cuentas con el pasado de su trinchera ideológica, restándole todo valor al 89, año crepuscular de las doctrinas comunistas. Pero da la casualidad que su creador intelectual es un sabio contemporáneo cuyas afinidades intelectuales lo llevaron durante mucho tiempo por un camino muy distante, por no decir antagónico, de las convicciones de izquierda, por el camino del pensamiento débil —nihilista y existencialista—, seducido por los aires posmodernos que sacudieron a la inteligencia en los años ochenta del siglo pasado, o sea un camino construido sobre las ruinas de los grandes relatos de la modernidad, incluida la dogmática comunista, con sus concepciones totalizantes, economicistas y deterministas. Y Si bien es cierto que la propuesta de rescate comunista de Vattimo, lo lleva a defender una visión muy personal del ideal comunista —un comunismo anárquico, libertario y antitotalitario, “débil pero no ‘debilista’”— no deja de ser interesante y digna de consideración. Ciertamente se trata de una propuesta anticlimática, contracorriente y seguramente irrelevante en términos prácticos, pero en eso radica precisamente su originalidad, o sea en remover —gracias a la autoridad y el prestigio intelectual de su autor y la neutralidad ideológica de su trayectoria— los escombros de un debate teórico que se presumía agotado con el triunfo incuestionable del liberalismo y la democracia. En particular, Vattimo llama la atención tanto de los excesos incontrastables del capitalismo omnipresente como de la impotencia inherente a todas las visiones que desde la izquierda aspiran a sustraerle a aquél parte de su hegemonía. De ahí que, en términos políticos, la propuesta de Vattimo constituya una reivindicación del radicalismo comunista frente al reformismo socialista, de los grandes ideales emancipatorios frente al minimalismo realista de las izquierdas democráticas postcomunistas, de la —para mexicanizar al teórico italiano— “enchilada completa” en lugar de la pura tortilla.

Independientemente del derrotero que siga a partir de ahora el debate teórico sobre la izquierda, o de la consistencia o pertinencia de propuestas como la referida, Vattimo nos demuestra que el asunto no está cancelado ni mucho menos. Quizá la izquierda deba suplir muchos de sus lastres dogmáticos con creatividad, imaginación y autocrítica, si es que aspira a mantenerse como una posición política que provea un horizonte de esperanza realista para los desvalidos y excluidos del planeta, pero mientras persistan injusticias sociales y democracias excluyentes, siempre cabrá anteponer proyectos alternativos que boceten una pauta distinta a la dominante. Y es aquí donde la izquierda no ha sabido tejer hasta ahora lo suficientemente fino para remplazar su actual evanescencia por un programa realista para la realización histórica de una sociedad justa y más democrática en lo socioeconómico.

Jorge Volpi no engaña a nadie: sus consideraciones sobre América Latina, en su nuevo libro El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el siglo XXI (ganador del flamante Premio de Ensayo Debate-Casa de América), son tan “intempestivas” como reza su título, o sea —de acuerdo con la Real Academia de la Lengua— provisionales, tentativas, superficiales, o bien improcedentes, desacertadas, extemporáneas. Se trata de un ensayo repleto de afirmaciones deshilvanadas, fragmentarias y reiterativas sobre esta parte del planeta llamada América Latina, ciertamente ocurrentes y graciosas, pero sin reflexión ni análisis, sin profundidad ni sustancia. Un libro, en suma, plano, enclenque, lleno de obviedades y lugares comunes; ameno y fácil de leer, sí, pero que no aporta nada; el libro de un escritor que maneja la pluma con oficio y que tiene el mérito de vestir bien sus opiniones y anécdotas personales, pero que a poco andar se revelan tan triviales como vacías; un libro escrito para ganar premios, o sea para vender, para entretener al gentío que se deja seducir por espejitos, por la mercadotecnia y el glamur de la fama, no para iluminar o enriquecer la comprensión de un tópico, mediante nuevas tesis o ideas capaces de dislocar lo que ya se sabe del mismo o que simplemente desafíen o desconcierten al intelecto; un libro, finalmente, escrito para ignorantes de América Latina (no para los naturales de estas tierras), o sea para gente de otros países en otros continentes que desean conocer mejor, de una sentada, algo que en principio les resulta exótico e incomprensible, distante y folklórico, como es América Latina. Y si no, juzgue el lector los “descubrimientos” de Volpi que detallo a continuación.

Según Volpi, América Latina no existe sino es en la mente burda y generalizadora de los europeos, pues en los hechos los países de esta región son muy diversos entre sí y sólo comparten el idioma, la religión y su origen colonial —y, por supuesto, en clave contemporánea, la música, las telenovelas y el chapulín colorado—. ¿Así o más simple? Para que meterse en honduras.

No toda la literatura que se hace en América Latina —prosigue Volpi— es realismo mágico, como nos ha hecho creer una falsa visión dominante impuesta por editores y empresarios culturales locales y extranjeros. Claro, Volpi acierta, también se produce literatura muy superficial, con pretensiones cosmopolitas no confesas, o ensayos frívolos para engañar a incautos, o hasta best sellers para masas consumistas de la cochambre.

Pero lo mejor está por llegar, o sea las consideraciones volpianas sobre la democracia. Según nuestro autor, con la democratización de América Latina, difícil y azarosa, han perdido protagonismo los tiranos y guerrilleros de otros tiempos, motivo de grandes relatos y materia del realismo mágico que tantos adeptos alcanzó en todas partes, y con ello la región ha dejado de ser atractiva para el mundo, dejamos de ser visibles para los demás, y nos volvemos aburridos y rutinarios. Salta a la vista en esta afirmación la manía de Volpi de definirnos en función del otro o de los otros, donde no hay lugar para un “nosotros”. Por lo demás, es buena una dosis de realismo —no mágico— para descubrir que los latinoamericanos no valemos nada, a no ser por los clichés de exportación que en nuestro nombre se han producido.

Pero la cadena de lugares comunes no se detiene: las transiciones a la democracia en América Latina —sostiene Volpi— no han podido conjurar las inercias autoritarias del pasado, ni las injusticias ni las ambiciones desmedidas de sus castas políticas, todo lo cual produce desencanto e indiferencia, caldo de cultivo idóneo para el resurgimiento omnipresente del populismo en la región. Tan obvia es esta opinión como inobjetable, el problema es que esconde un profundo desprecio por los ciudadanos y por la propia democracia: a los primeros se les desprecia, por ser siempre, supuestamente, dóciles y serviles, carne de cañón de los caudillos políticos; y a la segunda, por ser, supuestamente, un mero instrumento de los poderosos; cuestiones ambas que no hacen justicia a los hechos, pues buena parte de nuestras sociedades, pese a todo, han alcanzado un dinamismo y protagonismo impensables hace apenas unos cuantos años.

Pero si la afirmación anterior resultaba obvia, la siguiente no tiene desperdicio: la democracia llegó finalmente a esta región, pero he ahí que esta forma de gobierno, cuya finalidad es “acotar el caos, limitar los caprichos de los gobernantes y tornar el futuro más o menos predecible”, nos ha hecho insulsos y sin atractivo para los demás. Ni al caso evidenciar lo obtuso de esta opinión, con la que Volpi exhibe no sólo ignorancia sobre el valor y el significado de la democracia en América Latina, sino también desprecio por la misma. Para empezar, la democracia ha sido, con todo y sus promesas no cumplidas, una conquista que ha costado muchas vidas y enormes esfuerzos, y para concluir, Volpi confunde democracia con totalitarismo, pues “acotar el caos” o imponer el orden es un objetivo explícito y un valor de las tiranías, no de las democracias. Lo mismo puede decirse sobre su idea de “volver más predecible el futuro”: la democracia es exactamente lo contario, abrir el futuro a la indeterminación; pues sólo el totalitarismo aspira a controlarlo y determinarlo. Unas lecciones de teoría política no le vendrían mal al erudito Volpi.

Y qué me dicen de esta otra “consideración”: América Latina perfeccionó la “democracia imaginaria”, una democracia quimérica o de papel, donde se violan las leyes, se monopoliza el poder por caudillos y partidos, se secuestra la voluntad de los ciudadanos, se abusa del poder, no se respetan los derechos humanos, se excluye del bienestar a las mayorías y sólo se privilegia a las élites… Todo está perfecto, a no ser que este elenco de características de nuestras democracias han sido repetidas y “consideradas” hasta la saciedad durante décadas tanto por la literatura como por los estudios especializados sobre la región: los adjetivos pueden variar de un autor a otro, pero la descripción es la misma: “democracias de fachada” (Samuel Finer); “democracias excluyentes” (González Casanova), “democracias delegativas” (Guillermo O’Donnell), etc., etc. Si acaso le concedo originalidad a Volpi cuando señala que los latinoamericanos siempre hemos depositado muchas expectativas en la democracia, tan es así que cuando esta forma de gobierno logra materializarse para después quedar atrapada, casi inmediatamente, en las mismas inercias autoritarias, centralistas, excluyentes de siempre, vuelve a generar un ciclo interminable de decepción y re-mitificación de sus valores.

Pero la lista de equívocos continúa: “una auténtica democracia no sólo deberá regular la competencia entre los partidos, sino la vida interna de éstos, así como los mecanismos que emplean para elegir a sus candidatos”, cuestión ausente en América Latina. Por lo visto Volpi simplemente desconoce la literatura politológica, un asunto irrelevante para un opinador de todo y especialista en nada, pues hace más de 20 años el politólogo Adam Przeworski demostró que las democracias más avanzadas del mundo exhiben una curiosa paradoja: la eficacia de la democracia electoral se levanta sobre la ausencia de democracia interna de los partidos, y nadie se alarma por ello.

En verdad que no tiene caso seguir. La lista de obviedades, equivocaciones y afirmaciones banales es interminable. No cabe duda que Volpi ganará muchas regalías por este libro, no importa que no aporte nada a la discusión y la comprensión de América Latina. Todo lo cual no hace sino confirmar mis sospechas sobre los concursos literarios, diseñados más para que las editoriales consigan las exclusivas de autores taquilleros, que para promover debates de altura y enriquecer el nivel intelectual de los lectores. De hecho, sólo desde la ingenuidad más rampante se puede creer en la supuesta neutralidad o imparcialidad de los concursos literarios, pues prácticamente todos (salvo, quizá, alguna honrosa excepción que desconozco) están maleados de origen, y sus convocantes son auténticos alquimistas de la simulación y la propaganda (sobre todo los concursos españoles, cuya poderosa industria editorial mese la cuna de prácticamente todo lo que se produce y consume en Iberoamérica).

Sólo así se explica que los ganadores de siempre también sean los jurados de siempre de los concursos de siempre, alimentando la influencia y el poder de los grupos intelectuales sectarios y cerrados de siempre. Así, por ejemplo, el propio Volpi fue jurado un año antes del mismo premio (Casa de América) que obtuvo un año después. ¿Insólito? No, lógico. Tan lógico como que entre todos los miembros del grupito de escritores al que Volpi pertenece (no más de seis), la así bautizada por ellos mismos “Generación del Crack”, se han llevado más de 30 premios los últimos años, como si en México e Hispanoamérica no existiera más talento que el suyo. Lo peor del caso es que el ascenso vertiginoso (y la creciente influencia) de este grupo de escritores en el mundo de las letras termina inundando el mercado de auténticas baratijas y frivolidades como muchas de las que ellos mismos producen, como el caso más reciente del ensayo de Ignacio Padilla, miembro fundador del clan (y ahora mafia) del crack, intitulado La vida íntima de los encendedores (flamante Premio de Ensayo Málaga 2009), una auténtica tomadura de pelo, tan falsamente erudita como banal (y nada original, para quien conoce un poco de literatura europea de las últimas décadas), igual a las que nos tiene acostumbrados el propio Volpi de los últimos libros (como su infumable y muy cuestionado por plagio México. Lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su Patria). Y es que la literatura en manos de oportunistas y mercadólogos termina siendo similar a la producción de chorizos, uno tras otro.

Quizá algunos de los libros que los hicieron famosos tengan aportes literarios muy loables (como la novela del propio Volpi En busca de Klingsor, cuya calidad nunca pudo ser igualada en sus novelas subsecuentes El fin de la locura y No será la tierra), pero cuando la producción industrial (para el mercado de masas) sustituye a la artesanal (más pausada, intima y cuidada), los resultados son desastrosos en lo que a calidad y profundidad se refiere, por más que esos mismos productos sigan recibiendo premios y reconocimientos, más para aceitar la industria y potenciar el negocio, que para reconocer honestamente el talento. Pero esto no es nuevo, siempre ha sido así. Lo único que cambia en cada generación son los protagonistas y, gracias a la globalización del arte y la cultura, los alcances e impacto de esos mismos protagonistas más allá de sus fronteras de origen. Ahora llegó el tiempo de los crack (como antes fue el de los Contemporáneos, el de la Generación Beatnik, el de los realistas mágicos o el de los Vuelta), un grupito de niños bien, nacidos todos en el mítico 68, educados en buenas universidades, y que en los hechos decidió caminar hacia la otra orilla que la generación de sus padres: desmarcarse por completo de las obsesiones y utopías sesenteras, remplazar las ideologías por el esteticismo, el compromiso social por la vanidad, el latinoamericanismo por el cosmopolitismo, el realismo mágico por quién sabe qué cosa, el amor y paz por la fama y los reflectores, la crítica por el hedonismo, la congruencia por el oportunismo, la profundidad por la superficialidad, la hondura por la frivolidad. Prueba de ello, son sus propias trayectorias profesionales, en las que nada es cuestionable o motivo de tacha (pues la congruencia moral o la independencia intelectual son, para todos ellos, sólo clichés propios de resentidos sociales o envidiosos), siempre y cuando sus chambas alimenten su ego, su fama o su cuenta bancaria, o simplemente les produzcan placer, como ser secretario de cultura del inefable “gober precioso”, o hundir una universidad siendo rector de la misma, o ser director del canal estatal 22, o ser agregado cultural de las codiciadas embajadas mexicanas en París y Madrid, sin pasar por el engorroso examen del servicio exterior de carrera.

No sé si alguna revista o suplemento se atreverá a publicar la presente reseña, pues el mundillo cultural en México y en todas partes es antropófago, se alimenta de sus propias excrecencias. Es un mundillo tan cerrado y oportunista que prefiere vivir en la mugre antes que limpiar su casa; una caja de resonancia de los egos literarios más que un espacio honesto y constructivo de la crítica. A quien denuncia la podredumbre y la simulación sólo le espera la marginación y el ostracismo. El coto cultural es tan impermeable que enfrentarlo es una ociosidad. Se trata de una industria diseñada para fabricar oropel o, parafraseando a Gabriel Zaid, para “producir baratijas que nadie lee”. El culto a la personalidad es el camino directo a la fama de los escritores y al abandono de su obra. Instalado en el pináculo del “éxito”, un autor será más lo que se dice de él que la lectura de sus obras, aunque el gentío las compren para sentirse culto y a la moda. Y en ese momento de gloria de un autor, la industria cultural nos puede ensartar cualquier cosa, aunque no valga nada. La gente termina comprando un nombre más que una obra. Para ello, los mercachifles de la industria cultural se pintan solos, son los maestros de la propaganda y la artimaña. Ahí tenemos, por ejemplo, a Carlos Fuentes, un consagrado, dándole la bendición al nuevo libro de Volpi durante su presentación en la FIL de Guadalajara. La honestidad es lo que menos cuenta aquí, pues si contara Fuentes simplemente se hubiera negado a comentar un libro tan malo. Lejos de ello, el escritor a quien se debe la tristemente célebre frase: “Echeverría o el fascismo”, presta (vende) su nombre y prestigio para montar una comedia de farsas y egos. Lo mismo puede decirse del ensayista Christopher Domínguez Michel que al comentar el libro de Volpi ha destacado “el humor, la sensatez, la prudencia y la honradez de este joven hombre de ideas”. Basta pues, la bendición de un arzobispo para que todos lo secunden, y frente a la pontificación cualquier crítica se torna insustancial, un ejercicio de resentidos y envidiosos. Mejor ser políticamente correctos que el exilio de las letras, mejor repetir la cochambre que ponerse en la mirilla de los mandarines culturales, mejor la autocensura que la verdad. Allá ellos y su mala conciencia.

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 9.049 seguidores

Twitter

  • Me topé con este artículo sobre La Ciudad de las Ideas y me pareció interesante...... fb.me/6ImAy9zLa 6 days ago
  • RT @libreriabuap: El 9 de noviembre inicia el taller sobre Gabriel García Márquez que impartirá el Dr. Frank Loveland en la Librería BUAP.… 3 weeks ago
  • RT @libreriabuap: El Dr. Frank Loveland impartirá un curso sobre Gabriel García Márquez a partir del jueves 9 de noviembre. ¡Inscríbete! ht… 4 weeks ago
  • RT @libreriabuap: El próximo martes iniciamos el seminario sobre Jorge Ibargüengoitia que impartirá el Dr. Alejandro Lambarry en la Librerí… 1 month ago
  • RT @AnaCecilia_PD: La concurrencia de autos en la calle donde se ubican unos afamados tacos, amerita que se convierta en bulevar. La oda al… 1 month ago

Libros recientes y en prensa

LIBROS RECIENTES
La revuelta silenciosa
La muerte de la ciencia política
Política para ciudadanos
El evangelio de la transición
La fragilidad del orden deseado
La guerra al narco y otras mentiras
En el nombre del pueblo
Por una democracia de calidad
El desafío democrático

LIBROS EN PRENSA
Caja sin pandora
El excepcionalismo mexicano
México en ruinas
Al fondo y a la izquierda
La transición mexicana (10 vols.)
Dos ensayos sobre el mexicano
La modernidad exhausta
La nueva democracia en América
Decálogos Heréticos

A %d blogueros les gusta esto: