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Hace exactamente treinta años, el filósofo político italiano Norberto Bobbio publicó uno de sus libros más conocidos y citados, sobre todo en América Latina: El futuro de la democracia.[1] Probablemente ni el propio Bobbio imaginó el enorme impacto que esta obra alcanzaría en nuestra convulsionada región al poco tiempo de publicarse en su edición en español, el cual contrasta visiblemente con el que llegó a alcanzar en Europa, donde si bien Bobbio era un pensador respetado y reconocido, no era tan influyente como otros en los grandes debates intelectuales de los años ochenta del siglo pasado. De hecho, Bobbio prefería concentrar sus esfuerzos escribiendo sobre historia de las ideas y filosofía del derecho, más que participar puntualmente en los debates de su tiempo, pero cuando lo hacía sus opiniones nunca pasaban totalmente desapercibidas, sobre todo cuando escribía sobre los conflictos internacionales y el papel de los organismos multinacionales en la búsqueda casi siempre infructuosa de la paz y la distención,[2] o cuando escribía sobre el socialismo y sus contradicciones.[3]

Ciertamente, El futuro de la democracia es un libro que analiza y disecciona magistralmente el saber acumulado durante la modernidad sobre la democracia, una obra que muestra el profundo conocimiento que sobre el tema tenía el pensador italiano. Sin embargo, no es en estricto sentido un libro que introduzca al debate una posición original sobre la democracia o una manera innovadora de entenderla. De ahí su escasa repercusión en la inteligencia europea de su tiempo. Pero esta ausencia era suplida con una dosis inconmensurable de claridad expositiva y eficacia argumentativa, virtudes que Bobbio supo cultivar como pocos a lo largo de su magisterio. Y es precisamente aquí donde reside el principal mérito de El futuro de la democracia, y que colocó a Bobbio en los cuernos de la luna en América Latina. Más precisamente, nunca nadie antes que Bobbio nos había explicado a los latinoamericanos de manera tan clara como precisa lo que la democracia es y lo que no es, cuestión que fue altamente apreciada en esta parte del mundo, donde dicha noción había sido el centro de interpretaciones y disputas tan farragosas como insustanciales, en las que la democracia terminaba siendo todo y nada al mismo tiempo.[4]

Es evidente que el abuso indiscriminado de la palabra democracia por parte de partidos, actores políticos, activistas, gobernantes, etcétera, no es exclusivo de América Latina, pero aquí llegó a adquirir manifestaciones francamente delirantes, como la empleada por auténticos tiranos antediluvianos que se llenaban la boca de democracia para justificar sus brutalidades, o la de gobiernos supuestamente revolucionarios que al enarbolar la bandera de la justicia social se erigían como democráticos, aunque sus pueblos no gozaran de los derechos individuales más elementales. Además, la obra de Bobbio llegó en un momento crucial para la región, justo cuando empezaban a caer las dictaduras militares y se abría un horizonte democrático promisorio, motivado por las democratizaciones alcanzadas en el sur de Europa, pero sobre todo en España y Portugal, hacía apenas unos cuantos años atrás.

Por todo ello, si algo necesitaban nuestros países en esos años decisivos eran conceptos más que propaganda, era claridad más que ambigüedad, eran definiciones más que ficciones, eran razones más que ideología. De ahí que el libro de Bobbio cayó como anillo al dedo. Quién lo leyó entonces seguramente recordará su convincente distinción entre democracia formal y democracia sustantiva, o sea entre la democracia entendida como un conjunto de procedimientos que posibilitan la toma de decisiones colectivas por parte de un elevado número de ciudadanos, y la democracia entendida como un conjunto de principios y valores que marcan los fines vinculantes en una sociedad.

Asimismo, es muy probable que muchos recuerden la definición mínima de democracia aportada por Bobbio y que hasta la fecha sigue siendo enormemente clarificadora: conjunto de reglas que establece quién está autorizado a tomar las decisiones colectivas y con qué procedimientos, como el de facultar a un número elevado de ciudadanos el poder de tomar decisiones colectivas, el principio de mayoría, el respeto a los derechos individuales y la existencia de alternativas reales de entre las cuales los que deciden deberán elegir.

Pero sobre todo, ese lector acucioso muy seguramente recordará las muy sugerentes páginas de Bobbio dedicadas al tema de las promesas no cumplidas de la democracia o, parafraseando al pensador italiano, de las “promesas de marinero” de la democracia, que resultan de contrastar el ideal de la democracia (los valores que la definen) con la democracia realmente existente: a) lejos de garantizar que los individuos se afirmen como los verdaderos sujetos de la política, ésta ha sido asaltada por poderosos grupos de interés (sindicatos, partidos, asociaciones…); b) lejos de permitir la afirmación de un Estado representativo del todo social, el Estado se ha vuelto un mero mediador de los verdaderos intereses en disputa defendidos por poderosos grupos y corporaciones; c) lejos de hacer valer el ideal de un gobierno del pueblo, lo que realmente existe son oligarquías, aunque en un contexto más competitivo; d) lejos de ampliarse el sufragio a todos los ámbitos de la sociedad, éste se ha restringido al ámbito político electoral, debido las muchas resistencias e intereses que cruzan a las empresas o a las organizaciones de todo tipo; e) lejos de afirmarse la visibilidad del Estado por el principio del control de los ciudadanos sobre el poder, se ha afirmado un poder invisible (mafias, logias, etcétera) al lado del poder visible del Estado; y f) lejos de propiciar una ciudadanía más informada y participativa en los asuntos públicos, ha terminado por imponerse una creciente apatía y desinterés por parte de los ciudadanos.

En principio, conviene recordar, Bobbio atribuía las promesas incumplidas de la democracia a la creciente complejización de la sociedad, lo cual hizo estallar sin remedio los presupuestos previstos en el ideal de la democracia. Así, por ejemplo, se afirmaron gobiernos tecnócratas en todas partes dadas las exigencias de regular el mercado y la economía, lo que excluyó cada vez más a los ciudadanos de las decisiones colectivas por carecer estos del expertise necesario; simultáneamente, el Estado se burocratizó cada vez más por el impulso de las reivindicaciones sociales en la era de las políticas bienestaristas; y, finalmente, creció la ineficacia gubernamental por incapacidad para atender el creciente número de demandas sociales (crisis de gobernabilidad).

Como dijimos, han pasado exactamente treinta años desde que Bobbio expuso estas tesis, lo cual constituye un formidable pretexto para volver a ellas y evaluar su derrotero en las democracias realmente existentes del presente, sobre todo latinoamericanas, no tanto para resignificar la estatura intelectual de Bobbio a diez años de su muerte, pues no lo necesita, sino para repensar el tema de las promesas de la democracia en la actualidad. A primera vista, es muy probable que arribemos a la conclusión de que hoy la democracia acumula más pasivos que activos, o sea que cada vez son mayores y más visibles sus promesas no cumplidas que sus logros o conquistas. Sin embargo, bien miradas las cosas, quizá haya hoy más razones que hace treinta años para ser más optimistas que fatalistas. Veamos.

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Ciertamente, aunque la democracia ha terminado por imponerse en casi todo el planeta como la única forma de gobierno legítima y preferible, incluso en países donde hace unos cuantos años parecía un derrotero inverosímil, hoy no podemos más que aceptar que las democracias realmente existentes están en crisis en todas partes.[5] En mi opinión, se trata ante todo de una crisis de representación, pues los ciudadanos nos sentimos cada vez menos representados por nuestras autoridades, menos incluidos en los asuntos que nos atañen por parte de quienes nos representan y toman decisiones en nuestro nombre. Además, las democracias han tenido que lidiar con fenómenos de todo tipo que las debilitan sin remedio: incremento descomunal de los poderes fácticos o invisibles que terminan rebasando y suplantando al Estado en muchas de sus funciones sustantivas; supresión más o menos velada de algunos derechos elementales en nombre de la preservación de la seguridad nacional en tiempos de amenazas terroristas; ingobernabilidad creciente por incapacidad de los gobiernos para enfrentar la actual crisis económica del capitalismo; la afirmación global del sector financiero que somete a sus caprichos a todos los gobiernos del planeta; la incapacidad real de los gobiernos para frenar la creciente inequidad social y los muchos rezagos acumulados, entre otros muchos fenómenos.

En este sentido, es indudable que Bobbio acertó en prácticamente todo. Su diagnóstico sobre las promesas incumplidas de la democracia no podía ser más premonitorio. A la distancia de treinta años, hay muy poco que rebatirle. Y sin embargo, encuentro en Bobbio al menos un asunto que sí requiere un ajuste de cuentas, el que se refiere al papel que están llamados a representar los ciudadanos en el contexto de democracias crecientemente excluyentes y altamente deficitarias de representación política. Mi tesis aquí es que, contrariamente al fatalismo que subyacía en Bobbio al respecto, la crisis de representación de la democracia en lugar de alimentar la apatía de los ciudadanos o su inexorable desmovilización o exclusión política, ha propiciado múltiples formas de activación social en todas partes como expresión de un nuevo tipo de protagonismo de los ciudadanos en los asuntos públicos, desde la creación de organizaciones de todo tipo de la sociedad civil hasta movilizaciones masivas y acciones de resistencia cada vez más vigorosos e influyentes. Además, en los últimos años este creciente activismo social ha contado a su favor con las nuevas tecnologías de la comunicación, como las redes sociales, gracias a las cuales los ciudadanos en general han conquistado mayor visibilidad y centralidad. Pienso, por ejemplo, en los movimientos sociales tanto de la Primavera árabe como de los indignados alrededor del mundo a partir del 2011.[6] De hecho, como he sostenido en otras sedes, captar la novedad que la moderna cuestión social introduce para la democracia constituye en la actualidad un desafío ineludible para las ciencias sociales y el pensamiento político.[7]

Para entendernos, pongamos el caso de América Latina. Si en algún lugar se juega hoy la persistencia de la democracia en América Latina, pese a la crisis que padece y los enormes peligros que la amenazan y acechan, ese es precisamente el espacio de lo público-político (llámese la calle, la plaza, la escuela, la fábrica, la ONG, el barrio, el chat, el Twitter…), o sea el lugar donde los ciudadanos ratifican cotidianamente su voluntad de ser libres, el ámbito donde se producen los contenidos simbólicos cuya resonancia coloca cada vez más en vilo al poder instituido. Que las formas de articular y canalizar demandas sociales ya no pase como antes, en la era del Estado benefactor, por el partido de masas o la central sindical o las grandes corporaciones, no significa que la sociedad haya renunciado a agregar intereses y a demandar soluciones, si acaso lo hace de manera distinta, desde la radical diferencia de los individuos, desde la pluralidad de sus intereses que ya no pueden ser homologados por agencias o agentes externos. En ese sentido, la deliberación pública y la cuestión social cobran un nuevo significado. La gestión de los conflictos pasa a ser inseparable de un esfuerzo colectivo para encontrar consensos sobre lo que es justo e injusto; y la política democrática se vuelve un camino común entre una maraña de preferencias individuales, escalas de valores y conceptos raramente coincidentes. En suma, la política democrática es un esfuerzo por hablar una misma lengua y ponerse de acuerdo sobre lo justo y lo injusto, cuestión que en América Latina no tendría sentido si no mediante el reconocimiento de una enorme deuda social dramática y lacerante.

Si la democracia se ha mantenido en la región, pese a sus muchas inconsistencias y graves problemas, es gracias precisamente —lo cual no deja de ser paradójico—, a la sociedad civil, a su creciente politización e involucramiento en los asuntos públicos y a una percepción muy clara de lo que significa vivir (y no vivir) en democracia, o sea a una cultura política cada vez más democrática. Es cierto que no se puede generalizar, que el grueso de nuestras poblaciones está tan ensimismado en resolver el día a día que lo menos que le interesa es la política, pero el dinamismo de aquella parte de la sociedad cada vez más consciente de su condición de ciudadano es tal que termina por “contaminarlo” todo, por apuntalar un andamiaje institucional y normativo que, aunque maltrecho, nos da cobijo y resguardo. Es más, este nuevo protagonismo o activismo social ni siquiera se debe a un acto voluntario, o no sólo, sino sobre todo a una nueva realidad histórica que no dejaba más alternativa: el tránsito de un Estado social y proveedor a uno desobligado de dicha responsabilidad, el tránsito de la política de intereses colectivos al de intereses individuales, el tránsito de sistemas cerrados a sistemas abiertos, de regímenes autoritarios donde se pisoteaban indiscriminadamente los derechos civiles y políticos a regímenes democráticos que garantizan condiciones mínimas de libertad e igualdad a sus ciudadanos, el tránsito de sociedades articuladas por el Estado-fuerza a sociedades secularizadas donde más que el orden predomina el conflicto, el tránsito de modelos y patrones de conducta patrimonialistas y paternalistas fuertemente arraigados a otros donde los ciudadanos no tenemos más remedio que valernos por nosotros mismos.

En ese mismo tenor, así como debe constatarse la existencia de una nueva y prometedora cuestión social, también debe advertirse que la profunda crisis política, económica y social de nuestros países se ha traducido de igual forma en una profunda crisis moral. En efecto, el malestar, la pobreza y la ignorancia van de la mano de una creciente violencia y descomposición social. Por eso, hay poco espacio para el optimismo en América Latina. Y sin embargo, pensar la democracia como forma de vida y a la política, o sea al espacio público, como el lugar decisivo de la existencia humana, no deja de tener un ingrediente optimista. En efecto, aunque no tengo ningún argumento para demostrarlo, estoy convencido que las sociedades que avanzan, que conquistan mayores y mejores márgenes de democracia y libertad, difícilmente pueden preferir algo que las haga retroceder, algo que las perjudique; las sociedades que hicieron valer en algún momento su deseo de ser libres, difícilmente regresarán —no al menos voluntariamente— a la servidumbre del pasado autoritario. Es por eso que sostengo que así como la democracia aspira a cada vez más y mejor democracia, también las sociedades libres aspiran a cada vez más y mejor libertad. Con todo, tengo claro que hablar de la democracia desde lo social supone reconocer la total indeterminación de lo político.

Cualquiera que sea el derrotero de nuestros países en el futuro inmediato, una cosa es cierta: nada preexiste al momento del encuentro o la interacción de los ciudadanos; es aquí, en el espacio público, donde se definen y afirman los valores (y los contenidos de esos valores) que como tales han de articular a la sociedad. Es más, reconocer la centralidad del espacio público para la democracia es reconocer que todo, absolutamente todo, es o puede ser politizable, a condición de que sea debatible, que se convierta en un asunto de deliberación pública e interés social.

Así como no puede entenderse la persistencia de nuestras democracias sin la concurrencia de la sociedad civil, los escasos avances alcanzados hasta ahora —ya sea la ampliación de derechos a sectores antes discriminados o la extensión de derechos civiles y políticos a grupos sociales minoritarios o cualquier otro logro—, todos sin excepción, son conquistas sociales que ningún político puede abrogarse como éxitos propios sin faltar a la verdad; son conquistas sociales porque primero fue la idea y luego la acción, y la idea no es una ocurrencia de un tecnócrata sino una necesidad sentida de la sociedad. En suma, el Estado de derecho o incluso una Constitución sólo pueden perfeccionarse o reformarse en tensión creativa con la sociedad, con sus necesidades, anhelos y sueños.

En otras palabras, si la democracia institucional se mantiene en la región y además muestra algunos avances aunque lentos es debido primordialmente a la intervención de la sociedad civil más que a las virtudes y el compromiso social de los políticos profesionales, y si la democracia se mantiene como está, o sea atravesada por enormes problemas e inconsistencias, es debido primordialmente a la incompetencia, las ambiciones desmedidas o simplemente el desinterés de la clase política en su conjunto más que a la ignorancia, la desinformación o la apatía de la sociedad. En efecto, no conozco todavía a ningún ciudadano que no aspire a tener mejores gobernantes, mejores partidos, mejores representantes, mejores leyes, mejores garantías y mejores libertades, pero sí conozco a muchos políticos profesionales que sólo aspiran a ascender en sus carreras políticas, con o sin el respaldo social.

Si esto es así, habría que poner en tela de juicio aquellas posiciones que miran con desdén el aporte ciudadano a la democracia en América Latina, y que se refieren a los ciudadanos de nuestra región como “ciudadanos de baja intensidad”[8] o “ciudadanos precarios”.[9] En contra de este tipo de posiciones, considero que no es poca cosa para cualquier sociedad tener que cargar sobre sus espaldas con todo el peso que significa mantener democracias tan endebles y frágiles como las latinoamericanas (sometidas a tantos embates que la amenazan permanentemente, empezando por la ineficacia y el desinterés de las elites políticas). Es más, en contraste con lo que ocurre en democracias consolidadas, donde las instituciones y las prácticas democráticas, por así decirlo, caminan solas, en democracias no consolidadas, el papel de la ciudadanía es por necesidad más activo y decisivo, pues si los individuos en estas realidades insuficientemente democráticas flaquean y no se hacen cargo de dichas inconsistencias lo más probable es que se retrocedería a estadios predemocráticos a los que la mayoría no quisiera regresar bajo ninguna circunstancia.

Sin embargo, como hemos visto aquí, vivir en democracia en América Latina es vivir al borde, en el filo frágil y breve de un vaso que corta y que en cualquier momento puede quebrarse. Los peligros que la amenazan son tantos que apostar por su consolidación resulta en ocasiones ingenuo. Ahí están, por ejemplo, los peligros de la (re)militarización, del predominio de los poderes fácticos, de la corrupción desmedida, del populismo y la personificación de la política, de la desigualdad social y de la informalización de la política. Pero vivir en democracia en América Latina, además del desencanto y la frustración que ha supuesto para muchos, es conquista y afirmación permanente de ciudadanía, es decir de hombres y mujeres libres que nos sabemos cada vez más artífices de nuestro destino, que intuimos que cualquier decisión que no haya emanado de la propia sociedad, de sus necesidades y expectativas, de sus valores y posicionamientos, será ilegítima e impopular. Vivir en democracia es en suma, hacer democracia, inventarla todos los días en los espacios públicos, en el encuentro cotidiano con los otros; es corroborar que somos nosotros, los ciudadanos, los verdaderos sujetos de la política, a condición de participar en los asuntos públicos, o sea de debatir y opinar; es un reclamo permanente de ciudadanía contra todos aquellos que nos la expropian arbitrariamente.

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Visto desde Europa o Estados Unidos, que desde hacía mucho tiempo no resentían los embates de una crisis económica tan compleja como la actual, es hasta cierto punto lógico que la mayoría de los cuestionamientos se dirijan hacia la propia democracia, o sea hacia los gobernantes electos democráticamente, incapaces todos de enfrentar con un margen aceptable de eficacia las arremetidas de la crisis, independientemente de su origen partidista o ideológico. No sorprende, por ejemplo, que varios intelectuales europeos y estadounidenses propongan hoy, después de décadas de políticas neoliberales, un retorno a las políticas bienestaristas de antaño o que se introduzcan auténticas e innovadoras fórmulas redistributivas para compensar la creciente inequidad y malestar social que está dejando la crisis económica en todas partes y que de paso vulnera la legitimidad de la democracia.[10] Tampoco sorprende que otros autores empiecen a considerar a la democracia como una ficción que ha dejado de ser confortable, pues si antes prevalecía entre los ciudadanos en las democracias avanzadas una confianza básica en las instituciones que desalentaba su participación, hoy se ha incrementado la desconfianza, aunque eso no significa necesariamente que ahora los ciudadanos deseen involucrarse políticamente más que antes.[11] Y, finalmente, tampoco desconcierta que hoy muchos piensen que la democracia únicamente es una forma de gobierno que permite que la gente tome malas decisiones sin destruir el orden político en su conjunto, o sea que es una ilusión pensar que la democracia garantiza, a diferencia de otros regímenes, mejores resultados políticos o económicos.[12]

Pero desde América Latina, donde más que un accidente la crisis económica y social es un modus vivendi, las cosas se ven relativamente distintas que en Europa y Estados Unidos. La democracia puede ser aquí un auténtico desastre (tentaciones autoritarias, ingobernabilidad, corrupción, ilegalidad, opacidad, abusos de autoridad, impunidad, inseguridad, ineficacia gubernamental, etcétera), pero siempre será preferible a los excesos y atrocidades autoritarios del pasado no muy remoto. Los ciudadanos en América Latina hemos aprendido mejor que en otros países que cuentan con democracias más estables que lo que no hagamos nosotros para capotear cotidianamente la crisis económica y la inequidad social no lo hará nadie, que si no somos nosotros los que hacemos valer nuestros derechos frente a la insensibilidad y la sordina de las autoridades e instituciones políticas y jurídicas seremos condenados al ostracismo, que si no tendemos puentes entre nosotros para hacernos escuchar nadie nos tomara en cuenta… En una palabra, hemos aprendido a punta de infortunios, que siempre será preferible vivir en condiciones imperfectas de libertad e igualdad como las que hoy existen en la mayoría de nuestros países que en condiciones en las que simplemente estén ausentes las garantías individuales más elementales. Esta certeza nos permite afirmarnos como ciudadanos y aferrarnos a la democracia aunque por momentos parezca que todo está por hacerse.

Pero incluso un país tan poderoso como Estados Unidos, al que hoy se le achacan nuevas y terribles tribulaciones políticas, es un ejemplo insuperable para documentar un cierto optimismo hacia la democracia, a condición de entenderla no sólo como una forma de gobierno sino sobre todo como una forma de vida o de sociedad. En efecto, después de décadas en las que parecía que con la democracia representativa no pasaba nada nuevo, pues prevalecía intacta una confianza básica en las instituciones y en la grandeza de la nación, en menos de una década muchas de estas convicciones se tambalearon aparatosamente y en su lugar aparecieron nuevas esperanzas y lecciones. Después del trauma provocado por los actos terroristas del 11 de septiembre del 2001, el pueblo estadounidense decidió reinventarse, dejar en el pasado dos siglos de discriminaciones y resabios raciales y étnicos para darle un nuevo contenido a los valores de la igualdad, la tolerancia y el reconocimiento. Precisamente por ello, la elección de Barack Obama el 4 de noviembre de 2008, como primer presidente negro en la historia de América, es mucho más que un hecho circunstancial, es la constatación material de un cambio de mentalidades inusitado. Que la oferta política de Obama haya movido las fibras más sensibles de un pueblo a la deriva, urgido de nuevas esperanzas y certezas, es incuestionable, pero el dato realmente relevante es que por primera vez no importaron para la mayoría de los estadounidenses, empezando por los anglosajones, consideraciones raciales o religiosas o de cualquier otro tipo. He ahí, precisamente, la novedad de la democracia en América en este principio de siglo, una novedad que reconcilia a los estadounidenses con la política y con la democracia, y que marca el único derrotero posible para el resto del planeta. La lección es clara: sin tolerancia y pleno reconocimiento de los derechos de todos sin distinción, la democracia es tan sólo una quimera. Si hace apenas setenta años no se podía hablar de democracia plena en la medida que a la mitad de la población le eran negados sus derechos políticos más elementales, me refiero a las mujeres, ahora sólo se puede hablar de democracia plena cuando se hayan abandonado por completo los resabios raciales, religiosos o de cualquier otro tipo. Una lección seguramente difícil de aprender para las democracias europeas, tan acomplejadas como prejuiciosas, pero ineludible para las nuevas generaciones en todas partes.[13]

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Si la democracia ha de ser concebida, como proponía Tocqueville, como algo más que una forma de gobierno, o sea como una forma de sociedad, de vida social, entonces los cambios en su seno, los más profundos y trascendentes, son los que acontecen en las percepciones y los imaginarios colectivos de los ciudadanos, o sea en sus valores. Sólo en la democracia, es decir en condiciones mínimas de libertad e igualdad, toca a los ciudadanos instituir desde el debate público y el diálogo permanente entre pares, los valores (y los contenidos de esos valores) que han de regir el todo social, incluida no sólo la ciudadanía sino sobre todo la autoridad. Esta perspectiva no sólo le hace justicia a la idea de soberanía popular inherente a la democracia sino que permite aprehender de manera más realista que otros enfoques, como los meramente institucionalistas, las verdaderas transformaciones que acontecen en las democracias modernas. Cambios en el sistema de partidos o en la composición de los poderes o incluso reformas constitucionales más o menos amplias son cambios morfológicos inherentes a todo régimen democrático, pero los verdaderos cambios de fondo son siempre los cambios culturales, los que tienen lugar en las mentalidades de los pueblos, en sus percepciones y anhelos. Y es precisamente aquí donde podemos reconocer lo verdaderamente “nuevo” de la democracia en este siglo XXI.

En suma, Bobbio tenía razón. La democracia que él anticipo hace treinta años no podía estar más amenazada y vulnerada que como lo está ahora en todas partes. En realidad, hay pocas razones para ser optimistas. A las viejas promesas incumplidas de la democracia que muy bien ensayó Bobbio hay que sumar nuevas y cada vez más terribles. Sin embargo, las democracias de hoy cuentan con un activo que mal haríamos en desdeñar: una ciudadanía cada vez más informada, crítica y participativa que se percibe cada vez más como la protagonista de su tiempo y su destino. Sobra decir que si la democracia ha de ser todavía una promesa realizable para el futuro depende solamente de nosotros.

[1] N. Bobbio, Il futuro della democrazia, Turín, Giulio Einaudi Editore, 1984. La traducción al español apareció poco después: N. Bobbio, El futuro de la democracia, México, FCE, 1986.

[2] Prueba de ello son sus libros: N. Bobbio, Il problema della guerra e le vie della pace, Boloña, Il Mulino, 1979 (trad. castellana: El problema de la guerra y las vías de la paz, Barcelona, Gedisa, 1982) o N. Bobbio, Il terzo assente. Saggi e discorsi sulla pace e sulla guerra, Turín, Giulio Einaudi Editore, 1989 (trad. castellana: El tercero ausente, Madrid, Cátedra, 2000).

[3] N. Bobbio, Quale socialismo? Discussione di un’alternativa, Turín, Giulio Einaudi Editore, 1976 (trad. castellana: Qué socialismo. Discusión de una alternativa, Madrid, Plaza y Janes, 1977).

[4] Otro autor que ensayó para México poco antes que Bobbio una definición mínima de la democracia, despojada de la propaganda política que prevalecía en esos años en América Latina, fue Enrique Krauze con su conocido ensayo “Por una democracia sin adjetivos”, Vuelta, México, núm. 86, enero de 1984, pp. 4-13.

[5] El debate intelectual sobre la crisis de la democracia podría llenar bibliotecas enteras. En tiempos más recientes destacan las siguientes contribuciones: P. Rossanvallon,  La contre-démocratie. La politique à l’âge de la défiance, París, Seuil, 2006; P. Rossanvallon, La Légitimité démocratique. Impartialité, réflexivité, proximité, París, Le Seuil, 2008; P. Rossanvallon, La Société des égaux, París, Le Seuil, 2011; D. Runciman, The Confidence Trap. A History of Democracy in Crisis from World War I to the Present, Princeton, Princeton University Press, 2013. Habría que incluir también el muy comentado libro de Thomas Piketty, por cuanto sugiere que la democracia tendrá que sobrevivir en una era de crisis económica prolongada: T. Piketty, Le Capital au XXIème siècle, Paris, Seuil, 2013. Véase también el polémico ensayo de Thomas Meaney y Yascha Mounk, “What was Democracy?”, The Nation, 13 de mayo de 2014 (www.thenation.com/article/179851/ what-was-democracy).

[6] Véase, por ejemplo, C. Cansino, S. Schmidt y G. Nares (eds.), ¿Democratizando la democracia? De la Primavera árabe a los Indignados, México, Juan Pablos/BUAP, 2014.

[7] A los interesados en este tema los remito a los siguientes libros: C. Cansino, La revuelta silenciosa. Democracia, espacio público y ciudadanía en América Latina, México, BUAP/CEPCOM/ALED, 2011 y C. Cansino, La nueva democracia en América, México, Juan Pablos, 2013.

[8] G. O’Donnell, “Delegative Democracy”, Journal of Democracy, vol. 5, núm. 1, pp. 13-23.

[9] V.M. Durand Ponte, Desigualdad social y ciudadanía precaria. ¿Estado de excepción permanente?, México, Siglo XXI/UNAM, 2010.

[10] Véase, por ejemplo, A. Roberts, The Logic of Discipline. Global Capitalism and the Arquitecture of Government, Oxford, Oxford University Press, 2013; U. Beck, German Europe, Londres, Polity Press, 2013.

[11] Véase T. Meaney y Y. Mounk, “What was… cit.

[12] Ibíd.

[13] Más sobre este tema puede encontrarse en C. Cansino, La nueva democracia… cit.

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Jorge Volpi no engaña a nadie: sus consideraciones sobre América Latina, en su nuevo libro El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el siglo XXI (ganador del flamante Premio de Ensayo Debate-Casa de América), son tan “intempestivas” como reza su título, o sea —de acuerdo con la Real Academia de la Lengua— provisionales, tentativas, superficiales, o bien improcedentes, desacertadas, extemporáneas. Se trata de un ensayo repleto de afirmaciones deshilvanadas, fragmentarias y reiterativas sobre esta parte del planeta llamada América Latina, ciertamente ocurrentes y graciosas, pero sin reflexión ni análisis, sin profundidad ni sustancia. Un libro, en suma, plano, enclenque, lleno de obviedades y lugares comunes; ameno y fácil de leer, sí, pero que no aporta nada; el libro de un escritor que maneja la pluma con oficio y que tiene el mérito de vestir bien sus opiniones y anécdotas personales, pero que a poco andar se revelan tan triviales como vacías; un libro escrito para ganar premios, o sea para vender, para entretener al gentío que se deja seducir por espejitos, por la mercadotecnia y el glamur de la fama, no para iluminar o enriquecer la comprensión de un tópico, mediante nuevas tesis o ideas capaces de dislocar lo que ya se sabe del mismo o que simplemente desafíen o desconcierten al intelecto; un libro, finalmente, escrito para ignorantes de América Latina (no para los naturales de estas tierras), o sea para gente de otros países en otros continentes que desean conocer mejor, de una sentada, algo que en principio les resulta exótico e incomprensible, distante y folklórico, como es América Latina. Y si no, juzgue el lector los “descubrimientos” de Volpi que detallo a continuación.

Según Volpi, América Latina no existe sino es en la mente burda y generalizadora de los europeos, pues en los hechos los países de esta región son muy diversos entre sí y sólo comparten el idioma, la religión y su origen colonial —y, por supuesto, en clave contemporánea, la música, las telenovelas y el chapulín colorado—. ¿Así o más simple? Para que meterse en honduras.

No toda la literatura que se hace en América Latina —prosigue Volpi— es realismo mágico, como nos ha hecho creer una falsa visión dominante impuesta por editores y empresarios culturales locales y extranjeros. Claro, Volpi acierta, también se produce literatura muy superficial, con pretensiones cosmopolitas no confesas, o ensayos frívolos para engañar a incautos, o hasta best sellers para masas consumistas de la cochambre.

Pero lo mejor está por llegar, o sea las consideraciones volpianas sobre la democracia. Según nuestro autor, con la democratización de América Latina, difícil y azarosa, han perdido protagonismo los tiranos y guerrilleros de otros tiempos, motivo de grandes relatos y materia del realismo mágico que tantos adeptos alcanzó en todas partes, y con ello la región ha dejado de ser atractiva para el mundo, dejamos de ser visibles para los demás, y nos volvemos aburridos y rutinarios. Salta a la vista en esta afirmación la manía de Volpi de definirnos en función del otro o de los otros, donde no hay lugar para un “nosotros”. Por lo demás, es buena una dosis de realismo —no mágico— para descubrir que los latinoamericanos no valemos nada, a no ser por los clichés de exportación que en nuestro nombre se han producido.

Pero la cadena de lugares comunes no se detiene: las transiciones a la democracia en América Latina —sostiene Volpi— no han podido conjurar las inercias autoritarias del pasado, ni las injusticias ni las ambiciones desmedidas de sus castas políticas, todo lo cual produce desencanto e indiferencia, caldo de cultivo idóneo para el resurgimiento omnipresente del populismo en la región. Tan obvia es esta opinión como inobjetable, el problema es que esconde un profundo desprecio por los ciudadanos y por la propia democracia: a los primeros se les desprecia, por ser siempre, supuestamente, dóciles y serviles, carne de cañón de los caudillos políticos; y a la segunda, por ser, supuestamente, un mero instrumento de los poderosos; cuestiones ambas que no hacen justicia a los hechos, pues buena parte de nuestras sociedades, pese a todo, han alcanzado un dinamismo y protagonismo impensables hace apenas unos cuantos años.

Pero si la afirmación anterior resultaba obvia, la siguiente no tiene desperdicio: la democracia llegó finalmente a esta región, pero he ahí que esta forma de gobierno, cuya finalidad es “acotar el caos, limitar los caprichos de los gobernantes y tornar el futuro más o menos predecible”, nos ha hecho insulsos y sin atractivo para los demás. Ni al caso evidenciar lo obtuso de esta opinión, con la que Volpi exhibe no sólo ignorancia sobre el valor y el significado de la democracia en América Latina, sino también desprecio por la misma. Para empezar, la democracia ha sido, con todo y sus promesas no cumplidas, una conquista que ha costado muchas vidas y enormes esfuerzos, y para concluir, Volpi confunde democracia con totalitarismo, pues “acotar el caos” o imponer el orden es un objetivo explícito y un valor de las tiranías, no de las democracias. Lo mismo puede decirse sobre su idea de “volver más predecible el futuro”: la democracia es exactamente lo contario, abrir el futuro a la indeterminación; pues sólo el totalitarismo aspira a controlarlo y determinarlo. Unas lecciones de teoría política no le vendrían mal al erudito Volpi.

Y qué me dicen de esta otra “consideración”: América Latina perfeccionó la “democracia imaginaria”, una democracia quimérica o de papel, donde se violan las leyes, se monopoliza el poder por caudillos y partidos, se secuestra la voluntad de los ciudadanos, se abusa del poder, no se respetan los derechos humanos, se excluye del bienestar a las mayorías y sólo se privilegia a las élites… Todo está perfecto, a no ser que este elenco de características de nuestras democracias han sido repetidas y “consideradas” hasta la saciedad durante décadas tanto por la literatura como por los estudios especializados sobre la región: los adjetivos pueden variar de un autor a otro, pero la descripción es la misma: “democracias de fachada” (Samuel Finer); “democracias excluyentes” (González Casanova), “democracias delegativas” (Guillermo O’Donnell), etc., etc. Si acaso le concedo originalidad a Volpi cuando señala que los latinoamericanos siempre hemos depositado muchas expectativas en la democracia, tan es así que cuando esta forma de gobierno logra materializarse para después quedar atrapada, casi inmediatamente, en las mismas inercias autoritarias, centralistas, excluyentes de siempre, vuelve a generar un ciclo interminable de decepción y re-mitificación de sus valores.

Pero la lista de equívocos continúa: “una auténtica democracia no sólo deberá regular la competencia entre los partidos, sino la vida interna de éstos, así como los mecanismos que emplean para elegir a sus candidatos”, cuestión ausente en América Latina. Por lo visto Volpi simplemente desconoce la literatura politológica, un asunto irrelevante para un opinador de todo y especialista en nada, pues hace más de 20 años el politólogo Adam Przeworski demostró que las democracias más avanzadas del mundo exhiben una curiosa paradoja: la eficacia de la democracia electoral se levanta sobre la ausencia de democracia interna de los partidos, y nadie se alarma por ello.

En verdad que no tiene caso seguir. La lista de obviedades, equivocaciones y afirmaciones banales es interminable. No cabe duda que Volpi ganará muchas regalías por este libro, no importa que no aporte nada a la discusión y la comprensión de América Latina. Todo lo cual no hace sino confirmar mis sospechas sobre los concursos literarios, diseñados más para que las editoriales consigan las exclusivas de autores taquilleros, que para promover debates de altura y enriquecer el nivel intelectual de los lectores. De hecho, sólo desde la ingenuidad más rampante se puede creer en la supuesta neutralidad o imparcialidad de los concursos literarios, pues prácticamente todos (salvo, quizá, alguna honrosa excepción que desconozco) están maleados de origen, y sus convocantes son auténticos alquimistas de la simulación y la propaganda (sobre todo los concursos españoles, cuya poderosa industria editorial mese la cuna de prácticamente todo lo que se produce y consume en Iberoamérica).

Sólo así se explica que los ganadores de siempre también sean los jurados de siempre de los concursos de siempre, alimentando la influencia y el poder de los grupos intelectuales sectarios y cerrados de siempre. Así, por ejemplo, el propio Volpi fue jurado un año antes del mismo premio (Casa de América) que obtuvo un año después. ¿Insólito? No, lógico. Tan lógico como que entre todos los miembros del grupito de escritores al que Volpi pertenece (no más de seis), la así bautizada por ellos mismos “Generación del Crack”, se han llevado más de 30 premios los últimos años, como si en México e Hispanoamérica no existiera más talento que el suyo. Lo peor del caso es que el ascenso vertiginoso (y la creciente influencia) de este grupo de escritores en el mundo de las letras termina inundando el mercado de auténticas baratijas y frivolidades como muchas de las que ellos mismos producen, como el caso más reciente del ensayo de Ignacio Padilla, miembro fundador del clan (y ahora mafia) del crack, intitulado La vida íntima de los encendedores (flamante Premio de Ensayo Málaga 2009), una auténtica tomadura de pelo, tan falsamente erudita como banal (y nada original, para quien conoce un poco de literatura europea de las últimas décadas), igual a las que nos tiene acostumbrados el propio Volpi de los últimos libros (como su infumable y muy cuestionado por plagio México. Lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su Patria). Y es que la literatura en manos de oportunistas y mercadólogos termina siendo similar a la producción de chorizos, uno tras otro.

Quizá algunos de los libros que los hicieron famosos tengan aportes literarios muy loables (como la novela del propio Volpi En busca de Klingsor, cuya calidad nunca pudo ser igualada en sus novelas subsecuentes El fin de la locura y No será la tierra), pero cuando la producción industrial (para el mercado de masas) sustituye a la artesanal (más pausada, intima y cuidada), los resultados son desastrosos en lo que a calidad y profundidad se refiere, por más que esos mismos productos sigan recibiendo premios y reconocimientos, más para aceitar la industria y potenciar el negocio, que para reconocer honestamente el talento. Pero esto no es nuevo, siempre ha sido así. Lo único que cambia en cada generación son los protagonistas y, gracias a la globalización del arte y la cultura, los alcances e impacto de esos mismos protagonistas más allá de sus fronteras de origen. Ahora llegó el tiempo de los crack (como antes fue el de los Contemporáneos, el de la Generación Beatnik, el de los realistas mágicos o el de los Vuelta), un grupito de niños bien, nacidos todos en el mítico 68, educados en buenas universidades, y que en los hechos decidió caminar hacia la otra orilla que la generación de sus padres: desmarcarse por completo de las obsesiones y utopías sesenteras, remplazar las ideologías por el esteticismo, el compromiso social por la vanidad, el latinoamericanismo por el cosmopolitismo, el realismo mágico por quién sabe qué cosa, el amor y paz por la fama y los reflectores, la crítica por el hedonismo, la congruencia por el oportunismo, la profundidad por la superficialidad, la hondura por la frivolidad. Prueba de ello, son sus propias trayectorias profesionales, en las que nada es cuestionable o motivo de tacha (pues la congruencia moral o la independencia intelectual son, para todos ellos, sólo clichés propios de resentidos sociales o envidiosos), siempre y cuando sus chambas alimenten su ego, su fama o su cuenta bancaria, o simplemente les produzcan placer, como ser secretario de cultura del inefable “gober precioso”, o hundir una universidad siendo rector de la misma, o ser director del canal estatal 22, o ser agregado cultural de las codiciadas embajadas mexicanas en París y Madrid, sin pasar por el engorroso examen del servicio exterior de carrera.

No sé si alguna revista o suplemento se atreverá a publicar la presente reseña, pues el mundillo cultural en México y en todas partes es antropófago, se alimenta de sus propias excrecencias. Es un mundillo tan cerrado y oportunista que prefiere vivir en la mugre antes que limpiar su casa; una caja de resonancia de los egos literarios más que un espacio honesto y constructivo de la crítica. A quien denuncia la podredumbre y la simulación sólo le espera la marginación y el ostracismo. El coto cultural es tan impermeable que enfrentarlo es una ociosidad. Se trata de una industria diseñada para fabricar oropel o, parafraseando a Gabriel Zaid, para “producir baratijas que nadie lee”. El culto a la personalidad es el camino directo a la fama de los escritores y al abandono de su obra. Instalado en el pináculo del “éxito”, un autor será más lo que se dice de él que la lectura de sus obras, aunque el gentío las compren para sentirse culto y a la moda. Y en ese momento de gloria de un autor, la industria cultural nos puede ensartar cualquier cosa, aunque no valga nada. La gente termina comprando un nombre más que una obra. Para ello, los mercachifles de la industria cultural se pintan solos, son los maestros de la propaganda y la artimaña. Ahí tenemos, por ejemplo, a Carlos Fuentes, un consagrado, dándole la bendición al nuevo libro de Volpi durante su presentación en la FIL de Guadalajara. La honestidad es lo que menos cuenta aquí, pues si contara Fuentes simplemente se hubiera negado a comentar un libro tan malo. Lejos de ello, el escritor a quien se debe la tristemente célebre frase: “Echeverría o el fascismo”, presta (vende) su nombre y prestigio para montar una comedia de farsas y egos. Lo mismo puede decirse del ensayista Christopher Domínguez Michel que al comentar el libro de Volpi ha destacado “el humor, la sensatez, la prudencia y la honradez de este joven hombre de ideas”. Basta pues, la bendición de un arzobispo para que todos lo secunden, y frente a la pontificación cualquier crítica se torna insustancial, un ejercicio de resentidos y envidiosos. Mejor ser políticamente correctos que el exilio de las letras, mejor repetir la cochambre que ponerse en la mirilla de los mandarines culturales, mejor la autocensura que la verdad. Allá ellos y su mala conciencia.

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