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Desde que se publicó mi libro La muerte de la ciencia política a fines de 2008 en su edición argentina, después de ser reconocido con el Premio de Ensayo La Nación/Sudamericana, ha sido objeto de innumerables comentarios y observaciones, mismos que me permiten ahora, en ocasión de la aparición de la edición mexicana, precisar con más detalle mi argumento central, o sea la tesis de la muerte de la ciencia política. La mayoría de las inquietudes suscitadas hasta ahora por mi ensayo encajan en alguna de las siguientes interrogantes: a) ¿por qué me refiero a la ciencia política en general o sin hacer mayores especificaciones, siendo que el punto de partida de mis reflexiones es la ciencia política estadounidense?; b) ¿no es “exagerado” o “prematuro” decretar la muerte de la ciencia política, aún reconociendo sus muchas limitaciones?; c) ¿si la ciencia política debe morir para renacer con una nueva aptitud, qué debe mandar a retiro y qué puede recuperarse?; y d) ¿acaso no hay nada digno de rescatarse de la ciencia política en sus versiones más cuantitativas y formalistas? Con el mejor ánimo de proseguir con el debate, reacciono a continuación a estas inquietudes y de paso ofrezco nuevas claves para incursionar en la lectura del presente libro.

¿Ciencia política estadounidense o ciencia política en general?

Si bien es cierto que el punto de partida de mis reflexiones sobre la muerte de la ciencia política es la disciplina tal y como ha venido configurándose en Estados Unidos en las últimas décadas, o sea una ciencia que, parafraseando a Giovanni Sartori (2004), “a fuerza de abrazarse al método cuantitativo y lógico-deductivo ha acabado elaborando un discurso superficial e intrascendente”, en ningún momento he querido circunscribir mi argumento a la ciencia política estadounidense. Lejos de ello, asumiendo que la ciencia no tiene (o no debería tener) nacionalidad, mi crítica se dirige más bien a la disciplina en general, aunque sería absurdo no reconocer que los desarrollos alcanzados por la ciencia política en Estados Unidos son casi siempre los que marcan la pauta en todas partes. No es extraño que así sea, pues la ciencia política tal y como la conocemos en la actualidad tuvo sus primeros impulsos en este país a mediados del siglo pasado (gracias, entre otras cosas, a la incorporación en la academia estadounidense de algunas de las mentes más brillantes de la época, provenientes de varios países, y que encontraron en Estados Unidos un terreno propicio para proseguir con sus investigaciones, cuestión que de entrada abona a la idea de la universalidad de la ciencia). Además, tan sólo Estados Unidos concentra en sus universidades al 80 por ciento de los politólogos en activo de todo el mundo, cifra más que elocuente para pensar en una suerte de imperialismo estadounidense de la disciplina. Es obvio entonces, que lo que ahí se genera termina “contaminando” al resto de los cultivadores de la ciencia política en el mundo. Digamos pues, que la ciencia política estadounidense, para bien o para mal, marca la pauta dominante, y toca a los politólogos de otros países sumarse o no, o sea estar a la vanguardia o relegarse, aunque aquí lo vanguardista no necesariamente sea algo valioso per se, ni mantenerse a la zaga, algo deplorable.

Por otra parte, lo cual representa una novedad de mi estudio respecto a otros igualmente críticos de la ciencia política dominante (como los de Ricci, 1985; Zolo, 1989 y Sartori, 2004), mis cuestionamientos a la disciplina no se dirigen exclusivamente a los métodos y enfoques que hoy concitan mayores adeptos, como el cuantitativismo, la elección racional o la teoría de juegos, sino a todos sin excepción, independientemente del mayor o menor peso o influencia que tengan en la actualidad en el seno de la disciplina, o sea que nunca me propuse descalificar a algunas perspectivas en particular con el objetivo no declarado de revalorar a otras, sino que el objeto de mi crítica es la ciencia política actual en toda su diversidad. Así, por ejemplo, dedico un capítulo completo a mostrar las inconsistencias de los enfoques que durante muchos años ocuparon el lugar de privilegio que hoy mantienen los enfoques cuantitativistas y formalistas, como las teorías funcionalista, desarrollista y sistémica (capítulo 3), mientras que en otro analizo las limitaciones de los enfoques institucionalistas y neoinstitucionalistas, en sus múltiples vertientes (capítulo 4). A las primeras, les reprocho su esquematismo, determinismo y simplismo; las concibo como una enésima versión formalista para aproximarse a lo político, tan o más reduccionista que los propios análisis económicos o racionalistas de la política que hoy predominan. A los segundos, les recrimino su injustificado énfasis en cuestiones estructuralistas y organizacionales en detrimento de cuestiones de orden estrictamente simbólico y cultural. Simultáneamente con ello, critico a la política comparada, deudora teóricamente de esos mismos enfoques, por el tipo de generalizaciones que produce, atrapadas por la exigencia más de medir y contrastar realidades que de pensarlas a profundidad. Pero mi principal crítica a la ciencia política en general es de índole conceptual: su entendimiento de la política como una actividad enclavada en el ámbito institucional más que como una parte constitutiva de lo social y que le da sentido y significado a la vida en común. En suma, más que concentrarme en la ciencia política estadounidense, examino a la disciplina en general, mediante un enfoque que he denominado “historia interna”, o sea incursionar en la génesis y evolución conceptual de la disciplina.

Pero aún reconociendo que la ciencia política asume derroteros distintos y particulares en cada país, la constatación de estas diferencias abona más a la tesis de la muerte de la disciplina en todas partes que a restarle fuerza. Me explico, si la ciencia política que mayoritariamente se practica en Estados Unidos parece haber llegado a un callejón sin salida por sus excesos cientificistas y formalistas, la que se practica en otros países suele ser peor por otras razones: o bien porque sus cultivadores terminan haciendo casi siempre malas copias de lo que hacen sus pares estadounidenses, o porque, en el intento de ser originales y no dejarse influenciar por las corrientes dominantes, se vuelven parroquiales y endogámicos, o bien porque la disciplina no se ha desarrollado plenamente y sigue casada con paradigmas rebasados o claramente acientíficos. Pongamos el caso de la ciencia política en México. Para empezar, no existe aquí una tradición consolidada de investigación especializada. La inmensa mayoría de las carreras y posgrados de ciencia política del país (y quienes ingresan a ellos) están orientados al ejercicio profesional en la administración pública, por lo que predomina la investigación aplicada (si se le puede llamar así a las asesorías y consultorías) sobre la investigación pura, con la consecuencia de que la mayoría de los politólogos terminan siendo burócratas o “asesores” o “consultores”, deambulando de oficina en oficina, acomodándose a lo que venga y exhibiendo sus muchas carencias teóricas y reflexivas. En segundo lugar, por lo que respecta al ámbito académico, resulta prácticamente imposible, salvo muy contadas excepciones, encontrar investigaciones de ciencia política rigurosas y sistemáticas de acuerdo a los criterios mínimos indispensables fijados por el método científico en cualquiera de sus vertientes. Lejos de ello, abundan los trabajos exploratorios y especulativos sobre diversos tópicos políticos, muy “eclécticos” en el empleo de métodos de control, barnizados de un lenguaje presuntamente científico, llenos de citas y referencias, pero que no tienen nada de científicos. Obviamente, no me refiero a la rica tradición de ensayística política que ha dado a México notoriedad mundial, gracias a escritores como Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Daniel Cosío Villegas, Octavio Paz, Gabriel Zaid, Roger Bartra, entre muchos otros, sino a las investigaciones especializadas que se hacen pasar por científicas pero que no cumplen con los criterios de cientificidad más elementales. En suma, más que ciencia política, lo que casi todos los politólogos mexicanos hacen es un simulacro de ciencia política, cosa que nadie pone en cuestión porque todos hacen lo mismo, amén de que el debate y la confrontación intelectual brillan por su ausencia. Hay muchas razones que explican esta deficiencia, desde la pesada herencia marxista que vacunó a varias generaciones de científicos sociales locales del virus positivista o empiricista, hasta la mala formación metodológica que se imparte en las aulas universitarias. Y el problema no es que estas “investigaciones” aporten poco o mucho para entender mejor la realidad que analizan, sino que se ostentan como científicas sin serlo, lo cual no deja de ser un engaño y una simulación, razón de más para enterrarlas también en el mismo cementerio. Los ejemplos de este proceder son innumerables, pero los interesados sólo tienen que hurgar un poco en la sección de ciencia política de cualquier librería o biblioteca para constatarlo personalmente. Me temo por lo demás que algo similar puede decirse de la ciencia política que se practica en el resto de Iberoamérica.

Pero en México también existen los politólogos adoradores del dato duro y los métodos cuantitativos y lógico-deductivos que miran con embeleso hacia Estados Unidos. Y si bien son una minoría enclaustrada en un par de instituciones de elite, como son el CIDE (Centro de Investigación y Docencia Económicas) y el ITAM (Instituto Tecnológico Autónomo de México), se creen superiores al resto de los politólogos porque imitan a sus pares estadounidenses y aparentan codearse con ellos; porque estudiaron sus doctorados en las universidades de Virginia o de North Carolina; porque publican en revistas en inglés, aunque nadie las lea en México, a no ser ellos mismos, en un soliloquio de vanidades, porque se citan profusamente entre ellos… El resultado es la importación acrítica de los vicios de la academia estadounidense, como el fetichismo con los métodos formales y estadísticos, la especialización en temas cada vez más irrelevantes y que nada tienen que ver con los grandes problemas nacionales, la descalificación por sistema de todo lo que no cumple con sus propios estándares metodológicos. Es obvio que su afán imitador les impide reconocer las desventajas de proceder así. Copiar patrones no es, necesariamente, una buena idea. Por el contrario, como señala el politólogo estadounidense Phillipe Schmitter (2002), en las periferias la estrategia más exitosa no es la simple imitación sino la especialización en aquello que se hace mejor, “especialmente cuando la comunidad de politólogos es relativamente pequeña y por lo tanto sus productos de ‘nicho’ no amenazan el status o la tajada de mercado del productor hegemónico”. O como diría el politólogo José Antonio Aguilar Rivera (2009): “Hallarse en los márgenes debería significar una mayor oportunidad para la innovación, la experimentación y la diversidad. La tiranía del mercado no siempre es positiva. Sin embargo, en los enclaves lo que reina es un espíritu de conformidad. Imitar es lo que proporciona status. El problema es que al proceder de esta manera corremos el riesgo de adoptar, como criterios infalibles, meras modas teóricas provincianas que pueden resultar irrelevantes al final del día”.

Pero las simulaciones no terminan ahí. En un país donde muchos se dejan deslumbrar por la grandeza de su vecino del Norte, estos politólogos científicamente “duros” saben explotar muy bien sus credenciales académicas y sus escarceos con la ciencia política estadounidense para encumbrase en la administración pública o el gobierno, ya sea como asesores, consejeros electorales o funcionarios, con lo que abandonan en la práctica el quehacer científico. Huelga decir que si este es el destino natural de los politólogos puros en México, los politólogos de vanguardia, la ciencia política no sólo pervierte su objetivo primario, o sea contribuir al entendimiento de los fenómenos políticos mediante la investigación especializada, sino que se convierte en una mera “técnica” al servicio del poder. No es que la ciencia política no pueda tener aplicaciones prácticas o deba precaverse de tenerlas, ya sea en la administración pública o en la política profesional, el problema es que se instrumentalice a conveniencia para que ciertos politólogos se erijan en los “expertos” por moverse, precisamente, en las corrientes o paradigmas supuestamente más avanzadas de la disciplina. A la hoguera pues, también ellos, por malos imitadores y por pusilánimes.

No puedo hacer aquí un análisis de lo que acontece en otros países y continentes, pero presumo que en todas partes se reproducen situaciones similares a la descrita para la ciencia política en México. Quizá en algunos países, en un intento por poner reparos a las modas foráneas, el resultado más visible sea cierto provincialismo o ensimismamiento en su producción politológica. En otros, la carrera por mantenerse en la vanguardia ha llevado a los cultivadores de la disciplina a los caminos de la hiperespecialización y la banalidad. Puede ser incluso que en algunos países existan escuelas y tradiciones propias de pensamiento politológico consolidadas así como un cierto celo por mantenerlas vivas, y que hayan realizado algunas contribuciones a la ciencia política universal (pienso sobre todo en las escuelas de política comparada en Italia y Francia), pero no dejan de ser islas minúsculas en el inmenso océano de la conformidad. El hecho es que hay una tendencia dominante en la ciencia política que marca la pauta, razón por la cual mi tesis sobre la muerte de la disciplina aplica por igual en todas partes.

¿Muerte o esclerosis de la ciencia política?

Para los fines de mi ensayo, hablar de la “muerte” de la ciencia política no es “exagerado” o “prematuro”, es simplemente una derivación lógica de mi argumentación. Obviamente, no me refiero al nivel de institucionalización alcanzado por la disciplina en todas partes (creación de programas universitarios, producción de libros y revistas especializadas, fundación de asociaciones y organizaciones profesionales, celebración de simposia y congresos, etcétera), pues si éste fuera el caso la conclusión sería que la ciencia política no sólo goza de cabal salud sino que conoce los desarrollos más sorprendentes si se compara con lo alcanzado por el resto de las ciencias sociales. Mi tesis más bien se refiere a los saberes dominantes que produce la disciplina y que, como explico profusamente en el libro, resultan insustanciales o insuficientes para dar cuenta de la complejidad de la política, debido sobre todo a la hegemonía que hoy mantienen los métodos cuantitativos y formalistas. En ese sentido, sostengo, si la ciencia política aspira realmente a ofrecer mejores y más completas explicaciones sobre los grandes temas de la política y superar así el hiperfactualismo y la trivialización al que la han condenado la tiranía del dato duro y los enfoques matemáticos, la disciplina deberá perecer tal y como la conocemos ahora para renacer en algo completamente distinto, en una ciencia menos contaminada de cientificidad y más sensible a la propia experiencia, o sea a la vida política, una disciplina menos constreñida por el método y más abierta al pensamiento, una disciplina menos obsesionada con la medición y la demostración y más porosa a la imaginación y la interrogación, una disciplina menos ceñida al dato duro y más predispuesta a captar lo simbólico. Para entendernos mejor, lo que propongo en última instancia es —para utilizar una expresión tan cara a los postestructuralistas y, para ser honestos, lejana a mis afinidades—, “deconstruir” la ciencia política, o sea desmontarla tal y como la conocemos para volverla a armar con otros supuestos totalmente distintos a los precedentes. Obviamente, se trata de un ejercicio intelectual que exige una buena dosis de imaginación, pero el esfuerzo bien vale la pena si aspiramos a sustraer a la ciencia política de su actual languidez e inutilidad.

Pero ya sea que hablemos de muerte, metamorfosis o deconstrucción, el propósito es el mismo: restituir a la ciencia política de espesor y densidad, volverla de nuevo una ciencia para la sociedad más que para iniciados, una ciencia que al reinsertar los grandes temas de la política entre sus preocupaciones contribuya a mejorar la vida de los pueblos y las naciones. En suma, sostengo, el verdadero desafío para quien se ocupa de desentrañar los asuntos políticos es pensar la política más que medirla.

Entiendo que una tesis como ésta incomode a los puristas de la disciplina o resulte chocante a los politólogos que aspiran a destacarse de quienes sólo opinan de los asuntos políticos sin rigor ni método, por lo que será despachada sin mayor consideración. Entiendo también que el argumento puede resultar inverosímil a primera vista, sobre todo si se tienen presentes los sorprendentes desarrollos institucionales de la disciplina en todas partes. Pero estoy dispuesto a defenderla por el bien de la disciplina en la que me formé. Que quede claro, hablar de la muerte de la ciencia política no es un mero recurso lingüístico o metafórico, ni una ardid consistente en tensar un argumento para propiciar una reacción. Por el contrario, ninguna expresión describe mejor que ésta la situación real de la disciplina, aunque sus propios cultivadores se nieguen a reconocerlo o reaccionen en contra con virulencia. Hay incluso quien ha criticado mi tesis poniendo como ejemplo el más reciente Congreso Mundial de Ciencia Política, celebrado en Chile en 2009, y que convocó a más de 3 mil politólogos de todo el mundo, en una clara muestra de la vitalidad de la disciplina. A lo que respondo: si la ciencia política está muerta como sostengo, la mayoría de quienes asisten a sus congresos caminan de muertito, navegan con la corriente dominante, aceptando a pie juntillas lo que los nuevos mandarines de la disciplina les venden, incapaces de poner en duda sus débiles e insustanciales contribuciones, deslumbrados por el oropel y los espejitos, repitiendo la cochambre. Solo los más perspicaces estarían dispuestos a aceptar que la ciencia política le ha dado la espalda a la vida, es decir a la experiencia política, y que, desconectada de la vida social y cultural de los pueblos, colonizada por métodos propios de otras disciplinas, ahogada por el dato duro y encorsetada por la hiperespecialización, huele a mortaja. Y aquí no caben atenuantes de ningún tipo, como suponer que los problemas de la ciencia política se deben más a su juventud que a cualquier otra cosa, por lo que habría que darle tiempo para madurar antes de desahuciarla, pues en realidad esta disciplina nació vieja, afectada de un mal congénito: suponer que lo político se puede aislar de lo social con el objetivo de estudiarlo científicamente, siendo que lo político, como explico en el libro, es el lugar decisivo de la existencia humana, el horizonte mismo de sentido de lo social, una actividad inseparable de la compleja trama de relaciones y vivencias que conforman la experiencia social.

¿Qué sí y qué no en el renacimiento de la ciencia política?

Según mi tesis, desarrollada a lo largo de la segunda parte del libro (“La ciencia política más allá de sus límites”), para superar el escollo en que se encuentra, la ciencia política no sólo debe relacionarse con otros saberes o perspectivas hasta ahora desdeñadas por el paradigma cientificista dominante, como pueden ser la filosofía, la filosofía política, el derecho, la historia de las ideas, la literatura, etcétera, sino que debe de algún modo fusionarse con ellas. En eso consiste precisamente, la metamorfosis que propongo. El diálogo o el contacto entre disciplinas resulta insustancial si la ciencia política no está dispuesta a “debilitar” (en su acepción posmoderna) los fundamentos empiricistas y formalistas que hoy la constriñen. En vista de esta limitante, lo que propongo es ir del objeto al método y no al revés, o sea que sean los temas o asuntos políticos a tratar los que marquen libremente la perspectiva metodológica y teórica a adoptar, la cual puede ser tan abierta, heterogénea y versátil como el objeto lo requiera, en lugar de que los temas estén determinados a priori por las preferencias y exigencias metodológicas en las que nos movamos. De lo que se trata entonces, es que la ciencia política se desborde hacia otros saberes y sea invadida por otras miradas y enfoques, en la perspectiva de ofrecer mejores respuestas a las grandes interrogantes que hoy nos coloca la complejidad política. En el intento, no hay más límite que la propia búsqueda de respuestas a las incógnitas que nos formulemos. Así, por ejemplo, puede darse el caso que nuestra búsqueda nos lleve a la literatura o al cine, las cuales encierran con frecuencia más sabiduría política que otras miradas más científicamente orientadas. Quizá por ello, mi propuesta resulte transgresiva a los ojos de muchos. Pero esto, por las razones expuestas, es más una virtud que un defecto.

Más específicamente, propongo en el libro (capítulos 7-10 y Conclusiones) cuatro vías para que la ciencia política renazca bajo nuevos supuestos y criterios, mucho más prometedores que los existentes actualmente: a) volver a los clásicos, o sea remplazar la cerrazón que la ciencia política dominante ha promovido en la práctica hacia los clásicos del pensamiento político por una actitud más receptiva hacia sus muchas enseñanzas b) revalorar la dimensión simbólica de la política, es decir los imaginarios sociales que dotan de sentidos y significados fuertes a la vida en común, a partir de reconocer la capacidad instituyente de lo social y su centralidad política en la configuración de los espacios públicos; c) desbordarse hacia otros saberes y nutrirse de otras disciplinas sin mayor limite que la búsqueda de mejores y más consistentes explicaciones sobre los asuntos que nos interesan; y d) ponderar sin prejuicios las distintas perspectivas teóricas que se han ocupado del objeto que estamos estudiando, a manera de un sobrevuelo de carácter metapolítico (o sea una teoría de la teoría política), que nos permita agotar teóricamente nuestro tema en todas sus posibilidades, antes de proceder con la indagación más empírica.

¿Qué podemos rescatar de los enfoques dominantes?

En ningún momento en mi ensayo me abrogo la exclusividad en lo que a la crítica a los enfoques cuantitativos y formalistas dominantes en la ciencia política se refiere. Si acaso aporto nuevos elementos para fundamentar dicho posicionamiento, sobre todo en los capítulos 2 y 5. De hecho, la principal crítica ni siquiera proviene de observadores externos a la ciencia política estadounidense, sino de la propia comunidad politológica local, empezando por el profesor de la Universidad de Columbia Giovanni Sartori (2004), hasta politólogos muy reconocidos como Robert Putnam y Theda Skocpol, ambos expresidentes de la American Political Science Association, quienes, en ocasión del 21° Congreso Internacional de Ciencia Política (Santiago, Chile, 2009), han exhortado a sus colegas a no mantenerse al margen de las grandes cuestiones políticas (“the big questions”). De hecho, hoy existe en Estados Unidos una percepción mucho más extendida de lo que yo mismo suponía sobre la inutilidad de la ciencia política tal y como se ha venido configurando en los últimos años. Resulta revelador que, por ejemplo, el senador republicano Tom Coburn propusiera recientemente que la National Science Foundation dejara de apoyar con recursos federales a los proyectos de investigación de ciencia política, con el argumento de que son “muy onerosos e inútiles”. Obviamente, las reacciones por parte de la comunidad politológica en defensa de su disciplina no se hicieron esperar, incluidos renombrados politólogos como Elinor Ostrom, reciente ganadora del premio Nobel de ¡Economía!, mas la duda ya estaba sembrada (The New York Times, 18 de octubre de 2009). Pero la crítica más demoledora proviene de un movimiento “rebelde” en el seno de la propia ciencia política estadounidense y que ha alcanzado gran notoriedad: el movimiento de los autodenominados “Perestroika”, cuya historia es muy peculiar y curiosa. Resulta que en el 2000 se envió por correo electrónico a cientos de politólogos estadounidenses un manifiesto en contra de la American Political Science Association y de su revista insignia, The American Political Sciencie Review, por promover y fomentar una perspectiva de la ciencia política centrada exclusivamente en métodos estadísticos y matemáticos, y por relegar otras perspectivas más sensibles a cuestiones históricas y culturales. Para sorpresa de los “instigadores”, el manifiesto motivó múltiples reacciones y cientos de adeptos, según da cuenta el interesante libro: Perestroika! The Raucous Rebellion in Political Science (Monroe, 2005), que reúne las opiniones de más de cincuenta politólogos estadounidenses partidarios de iniciar cuanto antes una revuelta en su disciplina. Es de destacar que en la lista figuran politólogos de gran renombre como Theodore J. Lowi, Ian Shapiro y David D. Laitin, entre otros. En todo caso, lo que estas anécdotas ponen de manifiesto es que hoy existe en Estados Unidos un clima más favorable para renovar a la ciencia política que el que yo mismo presuponía cuando escribí mi libro, entre otras cosas porque ignoraba la existencia del movimiento Perestroika.

Como quiera que sea, los politólogos “duros”, partidarios de los métodos matemáticos y estadísticos, comienzan a ser cuestionados por sus propios colegas. Y en honor a la verdad, yo no tengo nada en contra de su empleo, siempre y cuando se conciban como un complemento para controlar nuestras hipótesis y no el eje o la razón de ser de toda la investigación, frontera que suele diluirse en la práctica con mucha frecuencia. En consecuencia, estoy en contra de la tiranía del método, cualquier método, pero sobre todo de los cuantitativos y formalistas, en cuyo nombre sus partidarios absolutizan el saber. Estoy en contra del hiperfactualismo y la hiperespecialización, por cuanto conducen a la irrelevancia y la parcialización. Estoy en contra de subsumir a la ciencia política en la economía bajo la premisa de que toda actividad política admite ser reducida a esquemas lógico deductivos, como los del homo economicus de la elección racional o la teoría de juegos, o a cálculos matemáticos asépticos. En suma, si la ciencia política aspira a trascender el nivel de superficialidad que acusa actualmente, debido a los métodos cuantitativos y formalistas que le han hecho perder de vista la complejidad de lo social, debe corregir la miopía de sus supuestos metodológicos, o sea incorporar en su seno la experiencia de la filosofía política y nutrirse de otras disciplinas —las artes, la literatura— que le aporten sustento y le permitan una lectura social centrada en el ciudadano y no en la estadística.

*   *   *

No quisiera dejar pasar la oportunidad para agradecer al jurado que decidió otorgar al presente libro el Premio de Ensayo La Nación/Sudamericana 2008. A Natalio Botana, el politólogo más importante de Argentina, colega admirado y de cuyas obras he aprendido mucho; Guillermo Jaim Etcheverry, científico de renombre; Santiago Kovadloff, autor prolífico y traductor preciso (gracias por traducirnos a Pessoa, cuyo Libro del desasosiego ha sido una obsesión para mí); Bartolomé de Vedia, colega periodista y científico social, cuyas “Paradojas” son auténticas lecciones filosóficas, y para Paula Viale, incansable y profesional editora. En verdad me honra que todos ustedes hayan, primero, leído mi ensayo, y segundo, que lo hayan encontrado merecedor de un premio.

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