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Confieso que cuando leí el título del libro más reciente de John Ackerman, El mito de la transición democráticaNuevas coordenadas para la transformación del régimen mexicano (México, Planeta, 2015), me sedujo de inmediato. Pensé entonces en las tesis de otros analistas que también han buscado desmitificar la supuesta transición mexicana, como Lorenzo Meyer en su libro Nuestra tragedia persistente. La democracia autoritaria en México, o Jo Tuckman en su México, democracia interrumpida, o incluso mi propia tentativa en El evangelio de la transición (autores y obras que por lo demás brillan por su ausencia en dicho trabajo). Más aún, el título de Ackerman es de esos que a más de un analista nos hubiera gustado emplear en alguno de nuestros libros sobre el tema. Sin embargo, a poco andar en la lectura del libro de Ackerman, el lector se percata sin remedio de que se trata de un nuevo panfleto —como si no hubiera suficientes— a favor de Andrés Manuel López Obrador, un pasquín sin análisis ni reflexión seria, un libelo propagandístico sin pies ni cabeza igual de frívolo, superficial y tendencioso que los análisis de otros autores que Ackerman deplora sin mencionar —en un signo de prudencia del autor que contrasta con el tono envalentonado de sus afirmaciones— por ser unos “viles manipuladores y serviles” del “Estado corrupto mexicano”. Es una lástima que el politólogo Ackerman no entienda que no se puede pretender desmitificar un mito desde otro mito, por más persuasivo que éste sea, pues el resultado no puede ser otro que un panegírico. En ese sentido, lo mejor hubiera sido que Ackerman titulara su libro como: “Manifiesto para derrocar al mal gobierno y colocar en su lugar al nuevo salvador de la patria”, así, al menos, el lector sabría a qué atenerse antes de desembolsar su lana para comprarlo (sobre todo los más desprotegidos que tanto azuza Ackerman, que tendrían que gastar tres días de salario mínimo para comer propaganda mesiánica).

Por momentos el libro de Ackerman me recuerda por su tono radical y encendido a algunos trabajos de viejos marxistas mexicanos en los años sesenta y setenta del siglo pasado que buscaban afanosamente develar los resortes autoritarios, nacionalistas y oligárquicos del Estado posrevolucionario, pero reconociéndole en todo momento, por paradójico que parezca, el mérito de haber enarbolado la etérea justicia social como uno de sus postulados fundacionales, aunque en la práctica ello no pasara de ser pura propaganda. Pienso, por ejemplo, en Adolfo Gilly, Pablo González Casanova, Arnaldo Córdova, Carlos Pereyra y, un poco antes, José Revueltas, entre muchos otros. Sin embargo, a diferencia de estos autores, en el libro de Ackerman no hay teoría (ni marxista ni de cualquier otra) ni análisis, sólo un recuento de hechos deshilvanados y frases incendiarias que le permiten al autor justificar la necesidad de un nuevo alzamiento popular en contra de los malosos, o sea: el “neoliberalismo autoritario del Estado mexicano corrupto, impopular y entreguista a los Estados Unidos” (sic). Al menos, los viejos marxistas habían leído apasionadamente a Marx, Lenin, Trotsky, Gramsci, Mao…, y los citaban con profusión para argumentar a favor de sus interpretaciones de la realidad y sus convicciones políticas. Pienso por ejemplo en el famoso libro de José Revueltas, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, aplaudido por propios y extraños no tanto por su análisis demasiado tendencioso del comunismo en México sino por su dominio incuestionable del pensamiento marxista, un auténtico deleite para los que en esa época gustaban de los debates teóricos de izquierda. Lejos de ello, Ackerman aparece en su libro como un advenedizo del marxismo, alguien que se dice de izquierda pero que no conoce ni cita a sus padres y cultivadores intelectuales, alguien que sólo repite de oídas lo que otros le han contado, un marxista de ocasión, lo que lo convierte en un pseudocrítico del establishment igual de tendencioso y superficial que los que lo defienden a ultranza y que él dice criticar. En suma, quien se aproxime a las páginas del libro de Ackerman solo encontrará en ellas propaganda subversiva, un ejemplo fehaciente del pensamiento simple, del infantilismo de izquierda más ramplón y obtuso y que por lo visto se niega a morir: capitalista malo/proletario bueno; derecha mala/izquierda buena; gobierno malo/pueblo bueno… La verdad, se necesita mucho más que un manifiesto insustancial como éste para mover a las conciencias hacia un cambio de actitud a favor de una transformación del país en todos los órdenes, como pretende Ackerman, por más necesaria y trascendental que sea ésta en el actual momento nacional de excesos autoritarios, crisis política, desvaríos socioeconómicos y tumbos gubernamentales.

La ausencia de teoría y reflexión en el libro de Ackerman lo lleva a defender de principio a fin ideas francamente insustanciales, por superficiales e imprecisas. Por ello, para no extenderme demasiado, sólo concentraré mi crítica en dos o tres ideas centrales del autor. Comencemos con la tesis que da título al libro: el mito de la transición democrática. Según Ackerman, con el regreso del PRI al poder en el 2012 y la llegada de Enrique Peña Nieto a la presidencia “se ha consolidado el sistema corrupto de autoritarismo neoliberal en el poder”, vigente desde la fundación del PRI. Por ello, más que transición a la democracia lo que tuvimos fue “la infiltración de la lógica priista en toda la oposición”, incluida la que llegó al poder en el 2000, o sea el PAN, y más recientemente el PRD al decidir sus dirigentes firmar con el PRI y el PAN las “contrarreformas entreguistas y antipopulares de Peña Nieto”. Por eso, prosigue Ackerman, el regreso del PRI al poder en el 2012 fue un “desenlace natural” de este proceso. Además, afirma el autor sin chistar —aunque no presente ninguna prueba de ello—, existió un pacto secreto entre Carlos Salinas de Gortari, el PRI, el PAN y Vicente Fox para perpetuar al régimen priista, incluso sin el PRI. Muestra de ello es que los respectivos gabinetes de los panistas Fox y Felipe Calderón estaban llenos de priistas, ergo el PRI y el PAN son iguales, o sea son el PRIAN (“PRIANRD”, si añadimos al PRD en la misma mafia, corrige más adelante el autor). La verdad no se si tenga caso siquiera criticar argumentos tan obtusos como estos. En fin…

Habría que destacar primero que si el PAN en el poder no satisfizo a nadie, pues, entre otras cosas, no estuvo a la altura del desafío que representaba la alternancia después de setenta años de dictadura priista y evadió encabezar la realización de un pacto nacional que definiera para el país un nuevo ordenamiento institucional democrático que hiciera tabla rasa del viejo régimen autoritario, o sea una nueva Constitución, no es razón suficiente para descalificar en automático la alternancia. En los hechos, la alternancia existió y no se puede invalidar por el hecho de que el partido que sustituyó al PRI en el poder fuera un partido de derecha y no uno de izquierda, como sugiere en algún lugar Ackerman, con más vísceras que sesos. Si acaso, se puede descalificar al PAN por, una vez en el poder, haberse acomodado convenientemente a la normatividad vigente de naturaleza autoritaria (naturaleza definida no tanto por el espíritu liberal y social de la Constitución del 17 sino por las más de 400 reformas que sufrió ésta durante setenta años para asegurar la reproducción en el poder de la clase gobernante) sin intentar transformarla un ápice, pero no a la alternancia en sí misma, que como tal marca un punto de inflexión incuestionable entre el viejo régimen priista y un nuevo régimen democrático in nuce. El problema está en que el PAN en el poder y los gobiernos emanados de ese partido no quisieron o no pudieron construir el nuevo régimen, auspiciando en su lugar la afirmación de un híbrido institucional y normativo a medio camino entre el autoritarismo y la democracia, un ordenamiento que hereda muchas de las lógicas autoritarias del viejo régimen, pues nunca se intentó derogarlas mediante una nueva Constitución, y prácticas electorales más competitivas y plurales que en alguna medida permiten la alternancia entre distintas fuerzas políticas, aunque ni siquiera los comicios en nuestro país han conquistado la credibilidad y la autenticidad mínimas como para considerarlos legítimos y correctos, cuestión esta última que habrá que concederle a Ackerman (…y a cincuenta millones de mexicanos que piensan lo mismo). Por otra parte, cuestionar al PAN en el poder, como lo hace el autor, por seguir las políticas “entreguistas” propias del neoliberalismo autoritario a favor de los intereses de una pequeña elite económica y política, según los criterios instrumentados desde los tiempos de Salinas de Gortari, es un despropósito, pues el PAN es un partido de derecha al que no se le puede pedir lo contrario sin traicionarse a sí mismo, pese a la doctrina social católica que profesó en sus orígenes remotos.

En suma, caracterizar el momento político que vive el país después de la alternancia del 2000 y del retorno del PRI al poder en el 2012 exige mucho más que intuiciones y ocurrencias, sobre todo si se emplean las categorías provenientes de la literatura sobre transiciones a la democracia, la cual el autor simplemente ignora o pasa por alto. Como he dicho en otras partes, se puede o no estar de acuerdo con dicha literatura especializada (yo en lo personal difiero en muchas cosas), pero si se van a emplear sus categorías con fines de análisis se debe hacer correctamente, o sea con rigor y objetividad, para evitar violencias interpretativas o caracterizaciones interesadas y a modo, como la que ensaya el propio Ackerman en su libro.

No es este el lugar para desarrollar una caracterización exhaustiva del caso mexicano con las exigencias que impone la teoría de las transiciones. Baste señalar que todos los que recurren a la misma concluyen que la alternancia del 2000 en México marcó el fin de la “transición democrática” y el inicio de la “instauración democrática”, o sea la etapa de destitución autoritaria y de discusión y aprobación de una nueva normatividad (generalmente una nueva Constitución) acorde con las exigencias y la necesidades de un nuevo ordenamiento de naturaleza democrática. Sin embargo, por muchas razones en las que no me detendré aquí, la instauración no prosperó, posponiéndose indefinidamente la construcción de una auténtica democracia e instalando al país, como ya dijimos, a medio camino entre el autoritarismo y la democracia. Prueba de ello es que ni las elecciones, que fueron el eje que definió los tiempos y el ritmo de la transición democrática en el país, o sea todas las reformas electorales desde 1977 al 2000, han conquistado la legitimidad y la autenticidad que exige cualquier democracia electoral. Obviamente, en este contexto de incertidumbres y dudas, de resabios autoritarios e impulsos democráticos que no logran despuntar, el regreso del PRI al poder no hace sino alimentar más dudas. Al respecto, todo parece indicar que al regresar el PRI al poder sin haberse instaurado una nueva normatividad claramente democrática, el país se aproxima más a una peligrosa regresión autoritaria que a la posibilidad de retomar el camino sinuoso y hasta ahora inconcluso de una instauración democrática.

En suma, por estos desenlaces, la teoría de las transiciones podría concederle a Ackerman que la transición ha sido un mito. Sin embargo, en honor a la precisión, lo que no se ha concretado en México no es la transición en sí misma sino la construcción de la democracia después de la alternancia. Más específicamente, lo que no prosperó en México a diferencia de todas las transiciones exitosas en el mundo fue el pacto entre todos los actores —tanto los del viejo régimen como los emergentes—, que diera lugar a una reforma integral de la Constitución, o sea a una nueva normatividad democrática en sustitución de la normatividad autoritaria precedente. En lugar de ello, es fácil inferir que el regreso del PRI al poder nos acerca más al autoritarismo que a la democracia, aunque en estricto sentido ello no sea un derrotero definitivo. Obviamente, en ese escenario, estaremos atestiguando no el mito de la transición, pues ésta sí existió, sino una “instauración democrática fallida”, o sea una instauración que al no concretarse coloca al país en la antesala de una regresión autoritaria o incluso de una restauración autoritaria, en caso de que volviéramos en unos cuantos años al esquema de partido hegemónico del siglo pasado.

Por otra parte, afirmar que con Peña Nieto “se ha consolidado el sistema corrupto de autoritarismo neoliberal en el poder”, es inexacto. En efecto, si algo caracteriza el presente mexicano es que nada está consolidado, mucho menos el actual régimen político, que experimenta una de las peores crisis de su historia, a juzgar por el débil apoyo que conserva el actual titular del ejecutivo y el repudio que concita el gobierno en su conjunto por sus muchas inconsistencias y excesos. Si algún día el así llamado por Ackerman “régimen autoritario neoliberal” se consolidó en México, fue precisamente durante el gobierno de Salinas de Gortari, que a pesar de impulsar políticas claramente neoliberales y excluyentes para las mayorías llegó a tener una gran legitimidad y respaldo popular, al menos hasta la irrupción del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) en el escenario nacional y el tristemente célebre “error de diciembre”. Ackerman debería saber que hablar de “consolidación” supone para un gobierno o un régimen o un líder apoyo popular (legitimidad) y estabilidad por más impopulares y arbitrarias que sean sus políticas económicas y sociales, o por más autoritario que sea en los hechos, pero eso es mucho pedir a un analista de ocurrencias.

Finalmente, decir que más que transición a la democracia lo que tuvimos fue “la infiltración de la lógica priista en toda la oposición” también es incorrecto, pues el PRI se sostuvo durante décadas con oposiciones leales y sistémicas, y sólo empezó a modificar sus patrones de competencia cuando una parte de la oposición pasó a ser desleal y antisistémica. Que en los hechos la mayoría de los partidos haya optado en los tiempos recientes por abandonar sus propias estrategias y convicciones ideológicas particulares para reproducir en su lugar patrones similares a los del PRI, se debe más al pragmatismo de los partidos obligados a sobrevivir en condiciones de competencia imperfecta e inequitativa que a un proceso de mimetismo orquestado deliberadamente por el PRI. Lo que sí es cierto es que en ausencia de una reforma integral a la Constitución en clave democrática pareciera que los rasgos autoritarios del pasado se recondujeron por todos los vasos linfáticos del nuevo régimen, en perjuicio de los impulsos democráticos renovadores de la era de la alternancia.

Otros argumentos esgrimidos por Ackerman en favor de su tesis sobre el mito de la transición son los siguientes: el retorno del PRI al poder fue un “resultado natural” dada la ausencia de una verdadera transición; hoy las “contrarreformas estructurales, la corrupción, la violencia, la represión, los crímenes de Estado han ratificado el carácter fantasioso de la supuesta transición”; en lugar de democratización el poder se ha “concentrado en una elite reducida”; como mito, “la transición desmoviliza a la sociedad y cancela la posibilidad de imaginar una transformación real del país”; hoy “nadie puede comprobar que los ciudadanos tienen más poder que antes de la transición”, ergo no hay transición; los poderes fácticos y las instituciones electorales siguen obstaculizando la llegada al poder de un “verdadero” candidato de oposición.

La tentación de reaccionar a cada una de estas afirmaciones tan hueras como imprecisas es muy fuerte, pero me limitaré a unos cuantos cuestionamientos breves. Ackerman no se puede colocar del lado de los ciudadanos como pretende si no es capaz de concederles algún protagonismo, más allá de azuzarlos a la rebelión. Me explico. Si el retorno del PRI era inevitable, entonces, en la lógica de Ackerman, los ciudadanos no tuvieron nada que ver en ello, ni siquiera los millones de votantes que expresaron en las urnas su malestar hacia el PAN por los dos sexenios de pesadilla que este partido nos obsequió. La pregunta aquí no es si estaba escrito o no el retorno del PRI al poder por la vía de las elecciones, con todo y sus imperfecciones e inconsistencias, sino de qué tamaño habrá sido el malestar hacia el PAN (y las desconfianzas hacia el candidato del PRD, López Obrador) que la inmensa mayoría de los mexicanos prefirió reposicionar al PRI en el poder pese a haberlo mandado a retiro 12 años antes, cansados todos de tanta corrupción y demagogia.

Que hoy el gobierno de Peña Nieto sea un fracaso en todos los órdenes y una gran desilusión para muchos no tiene que ver necesariamente con la ausencia de transición, como sostiene Ackerman, sino principalmente con la incompetencia del personaje y de su gobierno. No hay que olvidar que ningún gobierno desea para sí una espiral de descalificaciones que amenace su continuidad o lo conduzca a endurecimientos riesgosos con tal de perpetuarse en el poder. Estos desenlaces no forman parte de un guión preestablecido de ningún gobierno supuestamente legítimo para exhibir deliberadamente su verdadero rostro autoritario oculto por las simulaciones del poder. Lejos de ello, sólo constituye un despropósito de un gobernante que, como Peña Nieto, ha sido incapaz de jugar siquiera el viejo juego de las apariencias democráticas y progresistas que de manera tan conveniente practicaron todos los gobernantes priistas que lo antecedieron en el trono.

La concentración del poder en México ha sido antes y después de la alternancia del 2000 igual de excesiva, o sea que no tiene nada que ver con la ausencia o no de transición sino con los privilegios de los que han gozado las elites económicas que monopolizan la riqueza desde hace siglos, favorecidos por el Estado y en detrimento de las mayorías.

Para fines prácticos o políticos quizá es mejor hablar de un discurso dominante sobre la transición, articulado por muchos intelectuales y comentaristas mediáticos por convenir a sus interés y gozar así de ciertos privilegios, que de un “mito de la transición”, pues no basta con desmitificar una idea dominante para conquistar adeptos a una causa sino que es necesario dar la batalla en el terreno teórico, desnudando las inconsistencias de los discursos dominantes y construyendo una interpretación alternativa bien argumentada y fundamentada como para persuadir a los interesados.

Es indudable que existen todavía en México muchos déficit en materia de derechos humanos y garantías individuales y muchos abusos de autoridad como para afirmar que ya hemos alcanzado en el país los requisitos mínimos de un auténtico Estado de derecho, como vociferan las autoridades. Sin embargo, tampoco considero que se puedan descalificar a ultranza los pocos pero no por ello irrelevantes avances alcanzados en la materia, pese a los muchos obstáculos e inercias autoritarias que aún persisten en todos los órdenes. Pongo un ejemplo concreto. Hace cincuenta años José Revueltas fue encarcelado con lujo de violencia por escribir libros contra el régimen publicados en pequeñas editoriales clandestinas, hoy Ackerman puede escribir libros contra el régimen, publicados por emporios editoriales trasnacionales, y nadie lo va a encarcelar por ello. Es más, hasta será reconocido por su trabajo, como ocurrió con el Premio Nacional de Periodismo, otorgado por sus artículos en Proceso, una publicación que ha subsistido pese a sus ácidas críticas a todos y a todo, pese a incurrir en los mismos excesos que crítica, como el haber censurado y despedido arbitraria e injustificadamente de sus páginas a la reconocida periodista Sanjuana Martínez. ¡Qué lejos está Proceso de lo que fue con Julio Scherer!, hoy sólo queda un panfleto amarillista igual de corrupto y tendencioso que todo lo que toca. Ciertamente, en México se sigue censurando en los medios sometidos al Estado a las voces críticas e incomodas, pero que también lo hagan los medios supuestamente progresistas e independientes como Proceso ya es una locura. Obviamente, Ackerman no entra en la lista negra, pues sus artículos suelen moverse dentro de lo políticamente correcto. Ejemplo de ello son algunas afirmaciones de Ackerman en el libro que comentamos aquí sobre lo que él llama “comentaristas mediáticos manipuladores”. Al respecto, Ackerman es implacable: “la mayor parte de los analistas toman el camino fácil de esconderse detrás del silencio cómplice, las buenas maneras y la neutralidad conformista, son hipócritas y se agachan frente a los intereses de la oligarquía y participan plenamente del autoritarismo mediático”. Esto suena muy bien y yo mismo lo firmaría sin chistar. El problema es que Ackerman avienta la granada a ver a quién le cae, pero se cuida de no decir nombres, pues sabe que a la postre una osadía de ese tamaño lo condenaría al ostracismo y el olvido, dado el enorme poder e influencia que tienen las mafias mediáticas e intelectuales en el país. ¿Cobardía? No, simple oportunismo, algo que, al igual que el servilismo o el silencio que critica, también empaña la credibilidad de los intelectuales y opinadores mediáticos.

No cabe duda que junto a los intelectuales vendidos del sistema, o sea los intelectuales mediáticos que vemos todos los días repitiendo las mismas sandeces, que utilizan todo tipo de argucias para legitimar y edulcorar los excesos y los abusos del poder (tipo Leo Zuckermann, Héctor Aguilar Camín, Federico Reyes Heroles y cientos más) existe otra categoría de intelectuales que puede ser igual o más rentable económica y mediáticamente que la de los intelectuales orgánicos. Me refiero a los intelectuales pseudocríticos del régimen, que supuestamente se colocan del lado de las grandes causas sociales, y se conciben como los auténticos exhibidores y denunciantes de la podredumbre del sistema, y como los paladines de la justicia. Obviamente, desde el momento que estos intelectuales asumen esta posición de manera interesada, ya sea para preparar o apuntalar el ascenso de un líder o un partido de oposición con los que simpatizan, o simplemente para ganarse un espacio en algunos medios explotando con más habilidad que convencimiento en sus artículos y alocuciones todo lo que a la mayoría de la gente le molesta e indigna, se trata de intelectuales igual de oportunistas y mercenarios que los otros. En otras palabras, la crítica y la incorrección política se han vuelto rentables para algunos intelectuales, pues gracias a ellas éstos se presentan ante la sociedad como irreverentes con los poderosos y sensibles a las causas ciudadanas, con lo que se ganan las simpatías de quienes los ven y escuchan. Pero cuando la crítica política no va acompañada de congruencia e independencia se vuelve una mera mercancía para atraer incautos. Por eso, se trata de intelectuales pseudocríticos o de fachada, pues su presunta incorrección política es sólo un afeite, y su supuesta afinidad con los ciudadanos en realidad encubre un profundo desprecio hacia los mismos, al querer imponerles sus propias verdades. Cabe señalar que en México, sólo un puñado de intelectuales le da valor a la congruencia y la independencia intelectual. Obviamente, entre ellos no está Ackerman. Nada que ver con las decenas de periodistas asesinados en México desde hace varios años, verdaderos críticos de la corrupción y la podredumbre de los gobernantes y la delincuencia organizada, víctimas de la cerrazón autoritaria del régimen, por más que Ackerman los exalte en su libro y pretenda ponerse de su lado.

Es más, quizá el propio Ackerman constituye hoy, junto con intelectuales como Denise Dresser y Sergio Aguayo, entre otros muchos, el mejor prototipo en México para ensayar una tipología de los intelectuales pseudocríticos. Veamos. Un pseudocrítico es un intelectual que: 1) critica todo lo que sea rentable criticar, que no es otra cosa que lo que muchas personas indignadas quisieran escuchar, pero más para ganar seguidores y alimentar su estatus de crítico que por convicción; 2) es dócil con los medios en los que participa y no cuestiona la calidad moral de los mismos, para seguir figurando en ellos; 3) se codea con los mandarines de la cultura y los medios pero no polemiza con ellos, para seguir mereciendo su interlocución; 4) publica en cuanta revista o diario se le ocurra, sin importar su calidad moral, congruencia o trayectoria; 5) en momentos cruciales, rehuye confrontarse con sus colegas para no arriesgar su propia promoción; 6) asiste a todas las invitaciones muy lucrativas que le hacen los mismos partidos y políticos que suele criticar y figura como “asesor” en todas las dependencias públicas posibles, cobrando cuantiosos honorarios; 7) utiliza las redes sociales para promover su obra y alimentar su avatar más que para debatir seriamente con sus seguidores; 8) al igual que los intelectuales del sistema, el pseudocrítico se dice independiente, pero en realidad apoya abierta o soterradamente a ciertos políticos y partidos con los que simpatiza o para los que de plano trabaja; 9) es políticamente correcto con líderes de opinión con rating, sin importar cuán corruptos o embusteros sean; y 10) entra al juego de los elogios mutuos con sus pares más influyentes, pero nunca debate con sus críticos, a los cuales simplemente ignora.

En suma, aunque dicen moverse en diferentes pistas, de los Ackerman a los Zuckermann sólo hay un paso. De hecho, son más las cosas que emparentan a ambos tipos de intelectuales que lo que los separa; a saber: 1) son cínicos, pues navegan con la bandera de intelectuales independientes, pero en realidad mantienen compromisos ya sea con un gobierno, un gobernante, un partido, un gobernador, un líder político, etcétera; 2) son mediáticos y tienen en los medios en los que trabajan su principal fuente de ingresos, por lo que mantienen compromisos de lealtad con los mismos y de prudencia de acuerdo a los intereses de los dueños de dichos medios; 3) siguen las reglas de la corrección política, pues entre ellos no se ven ni se tocan, o sea evitan cualquier tipo de confrontación o debate, a no ser que estén preparados con antelación; 4) suavizan o endurecen el tono de sus afirmaciones o críticas de acuerdo a las circunstancias, pues verse siempre demasiado condescendientes o intransigentes puede restarles credibilidad; 5) suelen percibir ingresos muy rentables como asesores o consultores de diversas dependencias públicas, actividad que para ellos es sólo —lo cual es ridículo desde cualquier punto de vista— un trabajo profesional que no interfiere con sus convicciones políticas ni con el ejercicio de su libertad de expresión; 6) esconden un profundo desprecio por la sociedad, pues creen que ésta es fácilmente manipulable y que pueden engañarla, ya sea endilgándole las mentiras oficiales o guardando silencios cómplices o desviando su atención hacia temas irrelevantes o de plano engatusándola hacia los fines o propósitos que ellos persiguen; 7) suelen dominar la escena intelectual del país, pero no porque hayan realizado grandes contribuciones científicas o humanísticas ni escrito grandes libros o ensayos, sino solo porque fueron hábiles para ascender en el “trepadero” nacional, o sea, fueron lambiscones, agachados y prudentes con las mafias intelectuales; 8) suelen tener un pie en la academia, ámbito en el que son percibidos con desdén, como oportunistas y arribistas, como académicos mediocres sin estatura moral e intelectual, aunque ellos gustan de exhibir en público sus credenciales académicas a la menor provocación; 9) debido a su fama mediática creen merecer honorarios muy altos cuando se les contrata para impartir conferencias, sin darse cuenta que entre más altos sean éstos más bajo es el nivel cultural de sus audiencias, que sólo consumen lo que ven y oyen en los medios, aunque sea pura chatarra; y 10) el quehacer intelectual es para ellos sólo un medio para ascender en sus posiciones y estatus, o sea que sus supuestas causas sociales y políticas son francamente irrelevantes o secundarias por más que se presenten como sus principales portavoces.

Muy lejos está pues Ackerman del prototipo de intelectual independiente y congruente que, para entendernos, resumo a continuación, inspirado en intelectuales como Gabriel Zaid y Lorenzo Meyer. Un intelectual independiente es aquel que: 1) no sucumbe ante las tentaciones del poder ni se deja seducir por los poderosos; 2) no vende su pluma a los gobernantes ni a los partidos, ni cobra como asesor en el sector público; 3) crítica la acción o el discurso de los gobernantes sin estar apoyando directa o indirectamente a otros grupos o líderes políticos; 4) hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento; 5) sólo se compromete con la verdad pública, donde quiera que ésta se encuentre; 6) sabe que la crítica al poder de los gobernantes sólo es creíble desde la autonomía y la libertad; 7) sabe que su poder radica en las ideas y que trabajar para el poder es sacrificar su libertad; 8) no trabaja en medios vendidos al sistema y que limitan la libertad de expresión de sus colaboradores; 9) prefiere trabajar en los márgenes antes que tolerar que sus opiniones sean censuradas en medios influyentes, pero timoratos y oportunistas; 10) es políticamente incorrecto y combate sin ambages a las mafias intelectuales y mediáticas. Obviamente, lo contrario vale para los intelectuales orgánicos del régimen.

Pero volviendo a la prudencia que exhibe Ackerman al criticar a los “intelectuales vendidos” sin mencionarlos, esta actitud se entiende mejor cuando vemos en su libro los muchos elogios que prohíja a sus santos redentores, como Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis. ¿Acaso Ackerman no conoce el triste y vergonzoso papel que cumplieron estos dos “intelectuales de izquierda” para apuntalar al régimen autoritario en tiempos de Echeverría, cuando éste era fuertemente cuestionado por sus propensiones represoras? Lo cual nos lleva a una segunda interrogante: ¿Acaso la batalla de Ackerman contra el autoritarismo mexicano tiene algunas excepciones? Todo indica que sí. De hecho, además de elogiar a intelectuales oportunistas como Fuentes y Monsiváis, Ackerman rinde culto a Lázaro Cárdenas por su gesta nacionalizadora y sus políticas socialistas, algo que sería imperdonable no hacer entre intelectuales y activistas de izquierda, aunque ello los lleve a minimizar o de plano eclipsar otras “contribuciones” del general que nos han metido en muchos entuertos, como el haber adoptado para México un régimen totalitario que es la síntesis perfecta del régimen estalinista y el régimen fascista italiano, y que tanto admiraba Cárdenas. ¿Acaso el general no tuvo otros referentes menos totalitarios, como algunas democracias europeas o incluso la de su vecino del norte, a la hora de edificar el sistema político mexicano? Quizá nos hubiéramos ahorrado muchos problemas, pero sobre todo mucha tinta de quienes se dicen críticos del autoritarismo pero con excepciones.

Para no extenderme más, quisiera referirme por último a una serie de afirmaciones de Ackerman demasiado optimistas pero poco realistas sobre el destino de la patria y a otras ideas sueltas igualmente inverosímiles. Según Ackerman, México juega un papel similar al de España durante la Guerra Civil, pues al igual que la derrota de la república española condujo a una nueva ola fascista en el mundo, la derrota de la democracia en México puede apuntalar el neoliberalismo autoritario global y el fascismo internacional. En caso contrario, si los mexicanos se movilizan para impulsar las transformaciones que el país requiere, obviamente de la mano de un líder popular genuino y legítimo (¿quién será?), México se habrá convertido en la vanguardia mundial del cambio popular y genuinamente democrático, igual que lo fue con la Revolución mexicana, la Constitución del 17, la expropiación petrolera de Cárdenas o la irrupción de los zapatistas en el escenario nacional. Está bien pensar en grande, pero no podríamos primero limpiar un poco la casa antes de aspirar a limpiar todo el barrio. No es con promesas de humo como avanzan las revoluciones. Además, seguir pensando el enfrentamiento contra el “autoritarismo neoliberal e imperialista” en términos de una lucha de hegemonías, una dominante y otras popular contestaría de izquierda, es una violencia interpretativa que no refleja la creciente complejidad de las sociedades actuales. Hoy lo que tenemos en todas partes son sociedades heterogéneas, diversas, plurales… cuyos integrantes no pueden ser homologados en sus intereses y fines, como aspiran los redentores altermundistas. Hoy las verdaderas revueltas son ciudadanas y se dan todos los días en los espacios públicos, y pasan por reconocer la radical diferencia de los individuos y la propia indeterminación de la democracia. Lo contrario sería permanecer en las fronteras del pensamiento único, de las verdades impuestas, o sea del totalitarismo, aunque esté disfrazado de progresismo o mesianismo. Pero esto es algo simplemente inaceptable para los activistas de izquierda, propensos siempre a convertirse en la “vanguardia del proletariado”, o de los “más desposeídos y desprotegidos”, para usar una expresión del propio Ackerman.

Pero la perspectiva redentora y mesiánica de Ackerman no podía ser otra desde el momento que coloca como ejemplos mundiales de lucha contra los embates del autoritarismo neoliberal y el imperialismo yanqui a los gobiernos “populares y progresistas” de Venezuela, Bolivia, Argentina, Ecuador, Brasil… La pregunta aquí es inevitable: ¿acaso Ackerman no se ha dado cuenta que dichos gobiernos no son ejemplo de nada para el mundo, que se están cayendo a pedazos, víctimas de la corrupción y la voracidad de sus gobernantes, gobiernos que tienen sumidas a sus naciones en condiciones económicas oprobiosas, sin mencionar que se han convertido muchos de ellos en auténticas tiranías represoras y personalistas? ¿Acaso Ackerman no se ha dado cuenta que es precisamente por tiranos populistas como Hugo Chávez, Rafael Correa o Evo Morales que muchos mexicanos le tienen pavor a López Obrador, por un simple ejercicio de contrastación? Es indudable que el análisis de Ackerman requiere más seriedad y mejores argumentos si aspira a ser persuasivo, incluso a la hora de apuntalar las virtudes de su gran tlatoani.

Muchas cosas se me quedan en el tintero, como la propensión de Ackerman a demonizar al neoliberalismo y culparlo de todos nuestros males recurriendo solo a descalificaciones viscerales; o su defensa airada de la Constitución del 17 por sus contenidos sociales, sin advertir, aunque sea someramente, sus muchas inconsistencias, contradicciones y ambigüedades; sus elogios desmedidos a supuestos movimientos sociales que en lo los hechos han sido francamente retrógrados en sus demandas; su confianza no fundamentada en la “tendencia libertaria y rebelde” del pueblo mexicano; sus elogios desproporcionados a la izquierda y sus causas en contraste con una derecha que “ha perdido la brújula”, entre muchos otros temas que ni siquiera vale la pena comentar.

Al final de su libro Ackerman invita a los mexicanos a luchar por una democracia verdadera y apoyar a una oposición verdadera y a un líder verdadero. Obviamente, se refiere a una democracia con justicia social, a un movimiento popular y participativo como el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y a un líder nacionalista como López Obrador… Si esta es la brillante conclusión de Ackerman, me parece que la podía escribir en la primera página y saber a que atenernos sus lectores desde el principio. Lamentablemente, por libelos como este, independientemente de sus posiciones ideológicas, los analistas políticos en México están tan desacreditados que nadie los lee. Mejor así, pues casi todos estilan lugares comunes, descripciones superficiales y afirmaciones tendenciosas.

Hasta ahora he mantenido una buena relación con Ackerman. Espero que después de que lea la presente reseña, en caso de que lo haga, las cosas no cambien entre nosotros. La persona, o sea John, merece todo mi respeto, pero las ideas están para ser criticadas. Pecata minuta.

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En la competencia o carrera por hacerse de un nombre en el diminuto medio intelectual mexicano se da por sentado que es imprescindible publicar artículos en las revistas culturales más conocidas o de mayor circulación en el país. Sin embargo, cualquiera sabe que dichas revistas, amén de escasas, están controladas por grupos o feudos intelectuales cerrados e impermeables, lo que las hace inaccesibles o inalcanzables para la mayoría de los autores, independientemente de sus talentos y buenos oficios. Hasta cierto punto es normal que así sea, pues todos los proyectos culturales son ante todo iniciativas de particulares que están en todo su derecho de imprimir a los mismos su propio sesgo o preferencias. Toca pues, a los interesados esforzarse para congraciarse con ellos y ver cristalizados sus sueños de escribir en sus páginas. El problema es que ello no puede (o no debería) hacerse al margen de ciertas consideraciones de orden profesional, ideológico y hasta moral, si es que nos queda a los escritores algo de integridad y honestidad o le damos algún valor a las convicciones o a la congruencia.

¿De qué revistas estamos hablando? Por increíble que parezca, no más de cinco. En primer lugar están las revistas culturales más famosas: Nexos, Letras libres y Este País; después incluirá a Proceso, el semanario político-periodístico de mayor circulación; y finalmente a la Revista de la Universidad de México, que aunque carezca de los tirajes o el impacto de aquéllas, sigue siendo un referente cultural del país. Después le sigue una lista interminable de revistas de todo tipo francamente irrelevantes. Algunas pueden incluso tener muchos lectores, como Contenido, Impacto o Selecciones, pero no pasa nada con ellas. Otras pretenden hacerle la competencia a Proceso pero siempre fracasan, como Vértigo, Milenio Semanal, Cambio, Siempre!, entre muchas otras. Finalmente están todas aquellas que se mueven entre la academia y la cultura y que simplemente no tienen ningún impacto, como Crítica, Tierra Adentro, La Tempestad, Foraing Affairs en español, etcétera. Es decir que la agenda cultural en nuestro país está definida por tan sólo cinco revistas (o grupos intelectuales), una verdadera pena considerando que somos un país de 120 millones de habitantes o la heterogeneidad de nuestra sociedad. No es este el lugar para desentrañar las razones de esta pasmosa concentración de la cultura en México. Sólo me interesa el dato como un punto de partida para responder a la interrogante que me he colocado al inicio.

Queda claro que si la cultura en México pasa por cinco revistas, publicar en alguna de ellas constituye un escaparate invaluable para cualquier autor, sea académico o escritor. El simple hecho de figurar en sus páginas catapulta a un autor y lo convierte en parte de las élites intelectuales del país. De ahí que sea altamente valorado figurar en ellas. En esa lógica, pocos se cuestionan la ideología de esas revistas, los desvaríos de su pasado, la autoridad moral o intelectual de sus directivos, la congruencia de sus contenidos, los propósitos de la misma o su contribución real a la cultura del país. Lo importante para la mayoría de los autores es publicar en ellas sin ningún reparo, lo cual también es lógico, considerando que son pocas las opciones para trascender. No está dicho que un autor no pueda proyectarse sin escribir en ellas, pues el talento, cuando es genuino, siempre se abre paso, pero sí que el camino para lograrlo es más arduo y azaroso, amén de que muchas veces se queda truncado por falta de oportunidades.

Ante el peso de las circunstancias, poner reparos a la posibilidad de publicar en estas revistas no sólo resulta ocioso en el medio intelectual, sino hasta obsoleto, pues a estas alturas sólo un “desubicado” como yo apelaría a criterios de orden moral o de congruencia para negarse a publicar en alguna de ellas. Claro está que esto no aplica a todas o aplica con distinta magnitud. No es lo mismo, por ejemplo, publicar en Nexos que en la Revista de la Universidad de México. De hecho, como veremos, mis principales reservas están precisamente con Nexos.

Cada una de las revistas mencionadas tiene una historia pública y otra igualmente conocida pero soterrada. Algunas tienen un historial de décadas y otras se posicionaron más recientemente, algunas abrazan abiertamente una ideología explícita y otras se conciben como más plurales, algunas han sufrido muchas metamorfosis y otras han permanecido fieles a su idea germinal, pero todas ellas han sabido mantenerse y adaptarse a los desafíos de su tiempo y entre todas monopolizan buena parte del quehacer cultural del país, ya sea definiendo la agenda cultural o concentrando en sus manos los canales de acceso y promoción de autores y escritores. Como ya se dijo, estas revistas funcionan como auténticos cotos de poder intelectual y contrariamente a lo que pudiera pensarse no debaten entre ellas, pues prefieren evitar una confrontación que las vulnere o desgaste innecesariamente; es decir, estas revistas son culpables en buena medida de que el debate intelectual y la crítica no sean prácticas apreciadas o cultivadas en el medio.

Con todo, haciendo un somero balance de ellas, le reconozco méritos a la revista Letras Libres, por mantener viva una tradición de pensamiento liberal en México, ofreciendo siempre contenidos de calidad, pese a su elitismo exacerbado y blindado o las inconsistencias de su director, el historiador Enrique Krauze, muchas veces señalado por sus vínculos muy convenientes con el poder político o desacreditado por sus colegas por ser un carnicero de la historia. De la revista Este País habría que resaltar su tesón para mantenerse, pese a permanecer en la cuerda floja en varias ocasiones. Más allá de estos imponderables, Este País ha sido fiel a su idea de monitorear el país con análisis y datos duros. Si acaso le cuestionaría su incapacidad para renovarse y oxigenar a su cartera de consejeros y colaboradores, que son los autores y escritores de siempre que figuran en todos lados. De la excelente Revista de la Universidad de México sólo objetaría su incapacidad para salir a la calle y conquistar al gran público, por permanecer atrapada en esquemas francamente rebasados y muy acartonados de lo cultural, aunque sería un despropósito no reconocer que en sus páginas siempre ha habido espacio para todas las corrientes y opiniones. La revista Proceso, por su parte, se cuece aparte. Es tan cerrada y elitista como las demás, pero ofrece información que no se encuentra en ningún otro lado, aunque siempre con ese tono amarillista que la caracteriza. Si acaso percibo que el espíritu crítico y propositivo que le imprimió su fundador Julio Scherer se ha venido relajando en los últimos años, al admitir en sus páginas a intelectuales muy mediáticos pero insustanciales como Denise Dresser. En cuanto a la revista Nexos, el pretexto de estas notas, amerita un comentario más puntual.

La revista Nexos apareció en 1978 bajo los impulsos del historiador Enrique Florescano, a los que se sumaron después otros intelectuales como Carlos Pereyra y Héctor Aguilar Camín. En esos años, la ideología marxista o de izquierda predominaba en los ámbitos académicos y culturales, y Nexos no fue la excepción. Desde la Academia, el filósofo marxista Pereyra había aglutinado a un grupo de discípulos jóvenes y entusiastas que hicieron sus pininos en la revista. Sin embargo, conforme la influencia de Nexos crecía sus integrantes vieron la posibilidad de convertirse en un grupo intelectual con proyección política. En esa perspectiva, la crítica independiente al autoritarismo del viejo régimen cultivada durante sus primeros años de existencia, fue desdibujándose paulatinamente hasta convertir a Nexos, a fines de los ochenta, en un híbrido donde al tiempo que se elogiaba al presidente Salinas de Gortari se empleaba un tono pseudocrítico en los artículos. De hecho, una vez fallecido Pereyra en 1989, quien fue el reservorio moral e ideológico del proyecto, la revista fue dominada por Aguilar Camín, quien no dudó en convertirla en un apéndice del gobierno de Salinas de Gortari a cambio de grandes apoyos y prebendas oficiales. Son éstos los años en que Nexos dio el salto de calidad que le faltaba para posicionarse en el mercado, aunque el costo fue sacrificar su independencia y credibilidad.

Obviamente, Nexos trató de ocultar o matizar a toda costa su fructífero maridaje con Salinas de Gortari por dos vías: hacia dentro del grupo, haciendo creer a sus miembros que este acercamiento con el gobierno era tan sólo estratégico para poder apuntalar al colectivo y proyectarlo en el futuro a posiciones de poder que le permitieran llevar adelante sus genuinas convicciones políticas o ideológicas; y hacia fuera, manteniendo un tono lo suficientemente crítico como para tratar de despistar a los lectores que trabajosamente había conquistado hasta entonces. Huelga decir que ambas tentativas fracasaron. Por una parte, la idea de contribuir a la “transformación” del país desde dentro, o sea colaborando con el régimen, muy pronto se derrumbó, no sólo porque el de Salinas de Gortari fue el gobierno más antidemocrático de todos, sino porque al final del sexenio la prensa filtró la información de los millonarios pagos que recibió Aguilar Camín por los favores prestados al presidente. Por la otra, muchos lectores le dieron la espalda a la revista a la luz de los escándalos referidos. En esta historia, los intelectuales de Nexos estaban tan enlodados que limpiar su imagen resultaba inútil. Por eso, prefirieron jugar a la desmemoria, sin necesidad de romper el vínculo con las autoridades que tan buenos dividendos económicos les había permitido. Asimismo, para neutralizar en parte el descrédito, la revista le dio más juego a las generaciones emergentes bajo la premisa de que había llegado la hora de un recambio generacional. Así, a fines de los noventa, a los nombres de José Woldenberg, Trejo Delarbre, Rolando Cordera, Luis Salazar, se sumaron los de Ricardo Becerra, Jorge Javier Romero, José Antonio Aguilar, entre otros, para oxigenar la revista. Pero esto ha sido sólo aparente, pues Aguilar Camín nunca ha perdido el control de la misma, al grado que hoy ocupa nuevamente la dirección. Huelga decir que gracias a Nexos, Aguilar Camín se ha convertido en un auténtico mandarín de la cultura, un cacique cultural antediluviano, oportunista y cínico, que detenta un enorme poder e influencia en el medio, pese a la consabida mediocridad de su obra intelectual. Si en los ochenta y noventa, Aguilar Camín se equivocó al creer que podía cruzar el pantano sin ensuciarse las alas, supo después regresar por sus fueros. Para ello, amplió el consejo editorial, lo hizo más plural, y por esa vía renovó su sequito de incondicionales y arrastrados, al tiempo que lograba para sí su condición de intocable, según las viejas reglas serviles del elogio a cambio de promoción y proyección.

En suma, Nexos representa mejor que ninguna otra revista toda la podredumbre del medio cultural en México, con sus privilegios y lealtades, con sus prebendas y glorificaciones, con sus oscuridades y vanidades. No dudo que para muchos autores esto es pecata minuta, con tal de figurar en sus páginas y proyectar sus carreras, pero para otros —espero no ser el único—, sería convalidar la podredumbre que representa, hacerle el juego hipócritamente a sus inflados mandarines, traicionar valores como la congruencia y la integridad, y volverse cómplice de la parálisis intelectual que alimentan. Que algunas veces, muy pocas por cierto, esta revista haya ofrecido contenidos y autores originales y novedosos, no alcanza para redimirla de sus excesos y poquedad. Por todo ello, amén de que ellos nunca me invitarían, yo nunca escribiría en Nexos. Prefiero permanecer en los márgenes, pero con independencia, que en los reflectores, pero arrastrado y servil.

Sólo desde la pedantería intelectual alguien puede afirmar que ha escrito un libro que “le abrirá los ojos a los mexicanos”. Pues bien, ese es el caso del libro más reciente de Denise Dresser, intitulado El país de uno. Reflexiones para entender y cambiar a México (México, Aguilar, 2011). Ojalá fuera sólo una estrategia de ventas, pero no lo es. Dresser realmente se cree una iluminada capaz de aclararnos el brumoso paisaje mexicano, inaccesible, según la autora, para la mayoría. Sin embargo, a poco andar el lector descubre que el de Dresser no sólo es un ensayo que no aclara nada, sino que termina violentando los hechos que examina con tal de seguir un script preestablecido por ella misma desde el inicio. El resultado es una obra de simplificaciones vulgares, desvaríos explicativos y violencias argumentativas.

Es comprensible que cuando un país entra en desgracia, como el México actual, los intelectuales busquen explicaciones de su postración y planteen soluciones para salir del atolladero. El problema es que muchos de ellos, más allá de sus buenos deseos, se convierten en parte del problema, en cómplices de la tragedia, por cuanto reproducen una visión que se levanta sobre premisas falsas y hasta peligrosas que sólo alimentan la impotencia y la frustración. Ese es el caso del libro de Dresser, que se suma al de otros igualmente superficiales e imprecisos publicados en los últimos 2 o 3 años, como el de Jorge G. Castañeda (Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos), Carlos Elizondo Meyer Serra (Por eso estamos como estamos), Agustín Basave (Mexicanidad y esquizofrenia), entre otros.

Lo que emparenta a esta literatura es una obsesión por descargar en los “mexicanos” todas las desgracias que nos aquejan, ya sea por razones culturales muy arraigadas, como el conformismo, la apatía, el desinterés…, o simplemente usando sustantivos generalizadores que ocultan y engañan, como “México”, “los mexicanos”, “la sociedad”… Decir, por ejemplo, que “Los mexicanos estamos mal porque no hemos hecho las tareas que exige la modernización…” es culpar a una entelequia, es decir, es no culpar a nadie, pues cuando “todos” somos responsables, nadie lo es; al socializarse las culpas con un “nosotros” abstracto, todo queda en el aire. La tesis de toda esta literatura puede resumirse en la siguiente frase: México es un desastre, permanece atrasado, sigue inmerso en la corrupción y la impunidad, con enormes rezagos sociales y económicos, con una democracia hecha trizas, huérfano de un verdadero Estado de derecho, con un Estado rebasado por los poderes fácticos, inmerso en la violencia y la inseguridad… Y si esto es así es porque los mexicanos lo hemos tolerado… Nuestros males endémicos son el espejo de una sociedad instalada en la indolencia, la permisividad y la dejadez. Obviamente, el argumento es altamente persuasivo, pues nadie pondría en duda que nuestras desgracias son ante todo nuestras y de nadie más, o sea de una sociedad mexicana supuestamente disfuncional que arrastra taras desde el momento mismo de su fundación nacional. Sin embargo, aunque es fácil caer en sus redes, no deja de ser una falacia y un ardid bastante conveniente para sacar de foco los problemas y eclipsar las responsabilidades. Por eso, quizá los diagnósticos críticos que se hagan de la problemática actual del país en este conjunto de libros sean más o menos acertados, pero las conclusiones y las propuestas para enfrentarlos terminan siendo paralizantes o asépticas. Ese es, precisamente, el caso de la obra de Dresser que nos ocupa. Veamos

El guión del libro de Dresser transita entre el ser —o sea su diagnóstico del atolladero nacional— y el deber ser —o sea sus sugerencias y recomendaciones para salir del mismo—. Desde el Prólogo se anuncia este derrotero: “El pesimismo, el fracaso, el desencanto y el silencio infectan a México”. Por eso es “Imperativo que los mexicanos evalúen a su país y a sí mismos con más honestidad. Sin las anteojeras de los mitos y los intereses y los lugares comunes que buscan minimizar los problemas… En México mostramos una peligrosa inclinación por ordenar superficialmente la realidad en vez de buscar su transformación profunda… Somos una nación que no logra encarar sus problemas con la suficiente franqueza”. Nada más insubstancial que recurrir hasta la reiteración al “nosotros”, a “los mexicanos”, a “la nación”, a “México” para construir un discurso que se pretende explicativo, pero que no logra desmarcarse en absoluto de los discursos políticos que Dresser tanto crítica. Si el recurso a la idea abstracta y genérica de la nación por parte de un político es demagogia, en un académico es insensatez.

Pero hay un peligro más grave aún en el itinerario propuesto por Dresser: la descalificación o estigmatización a priori de un pueblo o una comunidad para justificar una búsqueda intelectual, la suya, que no es otra que la de “iluminar” a los ciegos, la de prepararlos para la batalla que les restituirá su dignidad perdida. En efecto, la imagen no podía ser más elocuente: “los mexicanos — piensa Dresser— nos quedamos siempre en la superficie, rechazamos la profundidad, preferimos mirar a otra parte, y en esa deshonestidad cobarde nos volvemos cómplices de la barbarie que nos agobia”. Cuánto desprecio a la sociedad encierra esta afirmación, pero sobre todo, cuánta ignorancia. Para empezar, no hay un solo México ni los mexicanos somos un conglomerado monolítico y cerrado. En segundo lugar, decir que los mexicanos minimizamos los problemas es no entender a los mexicanos, es un cliché con el cual los intelectuales se autoerigen como los depositarios de la verdad y el saber superior. Dresser observa desde su torre de marfil y desde ahí pontifica, sin más contacto con los mexicanos que sus libros y periódicos, y sin más referentes que los paisajes de lo popular que observa desde la ventana de su auto reluciente.

Pero las descalificaciones simplistas salpican cada página, en una cadena de clichés que avergonzaría a los mismísimos maestros de la mexicanidad, como Alfonso Reyes, Samuel Ramos, José Gaos y Octavio Paz: “los mexicanos reverenciamos al status quo, lo que nos convierte en espectadores pasivos”, “somos fatalistas, resignados y conformistas”, “la falta de un gobierno competente está en el corazón de nuestra historia”… Se nota a leguas que la politóloga Dresser, marcada por su formación anglosajona, ignora esa literatura tan profusa como inquietante sobre la identidad de lo mexicano. Ignora, por ejemplo, a Reyes, quien afirmó con sabiduría que nuestro estoicismo no es conformismo sino un acto callado de libertad frente a la represión y el sometimiento. Por ello, Dresser comete el mismo error de muchos otros estudiosos de querer leer a México con criterios importados, con raseros ajenos a nuestra idiosincrasia y nuestro ser, dando por resultado contrastaciones inútiles. Por esa vía, por ejemplo, sólo cabe lamentar que los mexicanos no seamos tan emprendedores como los estadounidenses, o tan trabajadores como los japoneses. Ni cómo explicarle a Dresser que los mexicanos simplemente no somos y nunca seremos como los estadounidenses ni como los japoneses… Y con ello no pretendo defender una idea idílica o purista de la mexicanidad para justificar o edulcorar nuestros males endémicos, sino simplemente advertir las inconsistencias de proceder como lo hace Dresser.

Desde el Prólogo, Dresser afirma que los mexicanos hemos sido dejados, somnolientos, conformistas, apáticos, resignados, recipientes vacíos, “ciudadanos vasija”.  Por eso, hemos creado un país estancado, atrasado, sin movilidad social, un país de migrantes. Y de ahí, Dresser pasa a su credo (declaración de fe) que no es otro que “volver a México un país de ciudadanos”, “vivir en la indignación y la inconformidad”, pues si los ciudadanos no despiertan, seguiremos en el atraso. Me pregunto si en verdad Dresser no se ha dado cuenta que su argumento en lugar de mover a una transformación social, a una mayor concientización, reproduce la misma lógica ocultadora y negadora de lo social propia de los discursos políticos que ella supuestamente condena. En efecto, decir que en México no hay ciudadanos, o que los mexicanos estamos aletargados, no sólo no le hace justicia a los hechos, sino que legitima indirectamente los excesos y las incompetencias de los gobernantes. Es el discurso mediante el cual una casta política inescrupulosa y cínica se exime de sus responsabilidades, es la retórica que transfiere a la sociedad los males que la agobian, el ardid perfecto de una élite política que se afirma en sus privilegios, negando a la sociedad. Por eso, el “credo” de Dresser en lugar de ser contestatario o emancipador,  es el que mejor le va a los gobernantes; en lugar de exhibirlos, los cura en salud. Por esa vía, Dresser se vuelve cómplice de lo que critica; un derrotero, por lo demás, muy frecuentado por intelectuales o pseudointelectuales supuestamente críticos, pero que al final del día le hacen el caldo gordo a los políticos, hombres y mujeres de ideas que sólo saben acomodarse a todo, y que han hecho de la crítica un modus vivendi muy rentable. Si los políticos profesionales niegan de facto a la sociedad cada vez que abusan de sus cargos, o actúan impunemente, o violan las leyes a su conveniencia…, o sea actúan a espaldas de la sociedad, los intelectuales también lo hacen cada vez que conciben a la sociedad como apática, ignorante, dejada, conformista. Así como el político justifica sus incompetencias en la supuesta dejadez de la sociedad, los intelectuales justifican su vocación crítica e iluminadora, en la supuesta acriticidad e ignorancia de la sociedad, en un juego de afirmación/negación bastante conveniente para las elites, políticas e intelectuales.

El problema es que muchos de estos pseudointelectuales llegan a ser tan persuasivos, sobre todo cuando gozan de fama mediática, que siempre hay incautos que compran sus argumentos sin chistar, y hasta terminan concibiéndose a sí mismos como parte del problema que aqueja a la nación. Pero la realidad es muy distinta. Si México ha conquistado en tiempos recientes avances democráticos se debe única y exclusivamente a la propia sociedad, si México dejó atrás setenta años de dictadura perfecta fue gracias a sus ciudadanos, si hoy tenemos más derechos y garantías que antes es porque los ciudadanos decidimos luchar por ellos. En México, los ciudadanos hemos tenido que abrirnos paso en nuestras aspiraciones y reivindicaciones con todo en contra, con una casta política corrupta e ineficaz, con poderes fácticos que rebasan al Estado, con partidos instalados en la mezquindad de sus privilegios, con elites políticas e intelectuales que nos siguen “invisibilizando”… Y no se trata de anteponer un discurso idealista de la sociedad frente a la presunta maldad del Estado, sino simplemente de levantar acta de una realidad sistemáticamente negada y ocultada por pseudocríticos mediáticos como Dresser, y que ahí está esperando ser interpretada convenientemente, sin las anteojeras pedantes de académicos de cubículo ni la labia adornada de líderes mediáticos oportunistas, sino desde la experiencia, desde la vida, desde la cotidianidad. Quien no entiende que debajo de esa aparente apatía y conformismo de un pueblo masacrado y doblegado perennemente anida incólume un hambre de justicia, paz y prosperidad, no entiende nada. Quien no entiende que los mexicanos hemos tenido que abrirnos paso trabajosamente con todo en contra, sometidos por siglos de privilegios, oligarquías, castas, partidocracias, populismos, dictaduras… y que aún así no nos han doblegado, no entiende nada. Quien no entiende que las conquistas, grandes o pequeñas, alcanzadas en México han sido exclusivamente conquistas de una sociedad avasallada pero también inconforme, no entiende nada. Quien no entiende que vivir en México, en un país secuestrado por una casta política cínica y voraz, ocupado por poderes fácticos monopólicos, en un país sumido en la violencia, la inseguridad y el saqueo por parte de las élites, convierte a sus ciudadanos en auténticos héroes, héroes por vivir y trabajar honradamente, por migrar para mejorar sus condiciones de vida, por votar apostando por un futuro de paz y leyes…, simplemente no entiende nada… 

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos puede hacerlo cómplice o responsable de su tragedia. Dresser lo hace y eso la pinta de cuerpo entero. No es casual que en su elenco personal de héroes nacionales coloque a políticos trepadores como Javier Corral, a magistrados que en un mes cobran lo que gana toda la nómina de una maquila, como José Ramón Cossío, a ambientalistas en mustang como Andrés Lajous, a periodistas de cabina que navegan con la bandera de críticos para lucrar mejor como Carmen Aristegui, a intelectuales acomodaticios como Sergio Aguayo o Jesús Silva Herzog… Obviamente, en su lista de héroes no hay espacio para los tarahumaras, para la señora que vende tamales para completar el gasto, para los obreros que burlan su infortunio jugando futbol los domingos en canchas de piedras y vidrios, para los feligreses que caminan durante días para arrodillarse ante la Virgen de Guadalupe, para los empleados que sólo llegan a dormir a sus casas dormitorio de sus ciudades dormitorio, después de atravesar durante horas las urbes; a las mujeres y hombres que todos los días se juegan la vida cada vez que salen a sus trabajos o escuelas; para activistas caídos en su lucha por justicia, como Nepomuceno y Maricela…  Para ellos sólo hay el dedo flamígero de la paladina de la justicia, la condena despiadada de la nueva redentora nacional.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que ese pueblo está infectado de pesimismo, de inmovilismo, por lo que sólo sabe victimizarse. Lo que para Dresser es pesimismo y victimización en realidad es coraje, frustración, dolor, por constatar diariamente como los poderosos saquean al país, como actúan impunemente, como tuercen la ley a su conveniencia, como las élites nos mienten y se enriquecen a nuestras costillas. Dresser sostiene que a ese pueblo le falta indignación, siendo que los mexicanos estamos instalados desde hace mucho en la indignación, vivimos en la indignación, comemos indignación… es ya un estado de ánimo permanente. Francamente, no sé que más tiene que hacer este pueblo vapuleado para ser digno a los ojos de esta moderna Torquemada de las Lomas, si sólo vivir y sobrevivir en México es un triunfo diario.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, no puede entender que los mexicanos no queremos más violencia, sino vivir en un país en paz y con justicia; no queremos abusos e impunidad, sino leyes y derechos; no queremos gobernantes corruptos, sino representantes honestos y responsables; no queremos revoluciones ni guerras civiles, sino instituciones y elecciones; no queremos autoritarismos ni dictaduras, sino democracia y libertades; no queremos rezagos sociales y económicos, sino prosperidad y equidad… Y todos los días luchamos por ello, trabajamos para ello. Que no lo hagamos con los cánones que Dresser considera dignos no significa que seamos apáticos o resignados. Los ciudadanos hacemos lo que podemos hacer y lo hacemos con coraje, valentía y esperanza. Pedirle más a una sociedad que como la nuestra, en su gran mayoría, trabaja honestamente, soportando salarios de hambre, lleva a sus hijos a escuelas donde la educación es lo que menos importa, paga impuestos todos los días al consumir bienes básicos, soporta el abandono de gobernantes y partidos que sólo miran por su beneficio, critica todos los días el cinismo y la corrupción de sus gobernantes…  es francamente un despropósito de intelectuales engañabobos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que a los mexicanos somos conformistas, que nos falta participación y ser ciudadanos. Ridículo, en pocos países como México hay tantas marchas y manifestaciones de protesta, tantas huelgas y plantones, tantas movilizaciones de solidaridad con las víctimas de desastres, tanta afluencia a las urnas, tanta discusión en las calles, tanta indignación… Además, los ciudadanos en México somos más ciudadanos que los de muchos otros países, porque aquí nadie nos ha regalado nada, aquí hemos tenido que luchar denodadamente por nuestros derechos, por ser escuchados y tomados en cuenta. Pero Dresser solo ve a “mexicanos [que] les sobra conformismo y les falta descontento”, y como “los ciudadanos conformistas engendran políticos mediocres”, no nos queda más que flagelarnos por nuestra postración. No cabe duda, Dresser vive en un país que no es el de uno, o sea el de la inmensa mayoría de los mexicanos, sino que vive en el México de unos cuantos, de aquellos privilegiados que solazan sus conciencias trepadoras culpando al resto de la pobreza y la marginación, de los abusos y la negligencia de las autoridades, del atraso y el estancamiento…  Allá ellos y su mala conciencia. ¡Fuera máscaras!

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que los mexicanos vivimos en un país que sentimos ajeno, porque nos ha sido robado por las elites y los dictadores. Cierto, a México se lo han apropiado siempre las elites y los dictadores, pero nunca nos ha sido ajeno. A veces lo abandonamos, cuando la necesidad nos lleva a migrar, pero lo llevamos a todas partes y en todas partes lo reproducimos, con un orgullo y una nostalgia que jamás entenderán los anglosajones. Quizá no anhelemos las frivolidades de Dresser, como “las enchiladas del Sanborns, el cine de Cuarón, los libros de Poniatowska, la casa de Luis Barragán…”, pero sí a la familia, a los vecinos, a la tierra y a los volcanes…

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar ilusamente que “Un día habrá un diputado que suba a la tribuna y exija algo en nombre de la gente que lo ha elegido… Y entonces México será otro”. Depositar las soluciones en el origen de los problemas no sólo es insensato sino tendencioso. No Sra. Dresser, los mexicanos creemos en fantasmas y leyendas, pero no somos estúpidos. No se engañe y no engañe a sus lectores.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle el permanecer atrapada en “ideas muertas”, ideas tan arraigadas en nuestra cultura política como lozas de granito imposibles de remover, “ideas atávicas que nos convierte en un país de masoquistas”, como la defensa patriótica sobre nuestros recursos naturales (principalmente el petróleo), la defensa de los monopolios públicos o privados, la idea de que la educación más que mejorarla hay que ampliarla, o suponer que México no está preparado para reformas democráticas, como la reelección legislativa o las candidaturas independientes… Para empezar, el elenco de lo que Dresser llama “ideas muertas” es ridículo y arbitrario, y muy pocos coincidirían con él. En segundo lugar, si perviven ideas atávicas como éstas eso sólo ocurre en el seno de las propias elites políticas, económicas e intelectuales por resultarles rentables o convenientes. No son lastres que comparta la sociedad o que aniden en sus imaginarios como dogmas inquebrantables. Si alguien en México ha exhibido un espíritu de renovación y cambio ha sido precisamente la sociedad mexicana, que en ese sentido camina años luz muy por delante de sus elites.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle que vea todo lo podrido que lo rodea como algo normal, como rutinario; que perciba la violencia y el saqueo como inevitables; que vuelva normal lo que es anormal en otras partes; que se resigne a vivir en la inseguridad y los secuestros. Basta Sra. Dresser. No confunda miedo con cobardía, no confunda precaución con ceguera, no confunda silencio con rutina. La inmensa mayoría de los mexicanos no tenemos blindaje integrado y por eso debemos seguir bregando, hacer de la necesidad virtud. Vivir en la zozobra permanente, amenazados, sometidos, secuestrados… no es aceptar la inexorabilidad de nuestra tragedia, es sólo adaptarse a las circunstancias para seguir viviendo, para proteger a nuestros hijos, para evitar desafiar a la suerte en una calle oscura… No Sra. Dresser, aquí no hay nada de normalidad, sólo cautela e indignación, protesta cotidiana para que la autoridad haga su trabajo y termine de una buena vez con la espiral de violencia que padecemos. No se atribuya la exclusiva de reclamos que son de todos, que viven en todos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede reprocharle que no sea genuinamente multicultural, que acepte dócilmente la discriminación y la marginación, o incluso que alimente en su seno la discriminación y la marginación de manera hipócrita, pues no acepta su propia condición racista y xenófoba. No  Sra. Dresser, no nos mida con sus criterios anglosajones. Dese una vuelta el domingo por la Basílica para que vea en persona una auténtica sociedad multicultural, multiétnica y multirracial, algo simplemente imposible de ver en un país como Estados Unidos donde existen todas las razas pero no se tocan, no se mezclan, no conviven. El multiculturalismo como categoría y obsesión de intelectuales liberals sólo podía surgir en sociedades fragmentadas, divididas, guéticas, como la estadounidense. Es una categoría simplemente insustancial para sociedades mestizas como la mexicana, pero eso es algo que usted no ve ni entiende. Nuestro mestizaje generó otros fantasmas culturales, cierto, pero no el del aislamiento o la incomunicación entre razas, porque el multiculturalismo lo llevamos en la piel. Ese problema lo resolvimos hace quinientos años.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede pensar que los ciudadanos no reaccionan contra los abusos porque “estamos mal educados y no sabemos lo importante que es la educación”. No Sra. Dresser, que la educación en México sea un desastre no significa que los mexicanos la despreciemos o no le demos valor. Usted simplemente ignora las historias cotidianas de sacrificio y esfuerzo de millones de familias mexicanas para que sus niños y jóvenes vayan a la escuela y a la universidad, para que completen sus estudios, aún sabiendo que la educación dejó hace mucho de ser un medio de ascenso social, destinando recursos a ese propósito, pese a que son escasos… 

Basta, podría seguir con esta crítica ad nauseam, pues cada página del libro de Dresser está plagada de errores e imprecisiones. Con lo dicho, creo que el lector se habrá dado cuenta que Dresser no conoce el país de uno, lo boceta con colores llamativos pero sin idea de lo que está pintando. El resultado es un bodegón de principiante, una naturaleza más muerta que su Avatar de redentora que sólo los incautos le compran, un retrato deforme de una realidad que la autora simplemente no entiende, salpicada arbitrariamente de frases y citas forzadas de escritores y académicos que en lugar de aclarar las cosas las emborronan sin remedio. 

Pero si las premisas del libro son endebles, el edificio tampoco se sostiene, empezando por el diagnóstico que sobre nuestro país realiza la autora. Desafío a cualquier lector medianamente informado sobre la realidad mexicana a que me señale al menos un aspecto que ignorara y del cual se haya enterado gracias a la lectura de este libro. Seguramente no hay nada. Veamos.

Que en México hay un “andamiaje de privilegios que aprisiona la economía y la vuelve ineficiente”, no sólo lo sabemos, sino que lo sufrimos todos los días; que en México las elites políticas y económicas actúan para su beneficio y por eso no introducen cambios, como las reformas estructurales, también lo sabemos; que el gobierno funciona como “distribución del botín”, no es nada nuevo; que los legisladores disponen de recursos exorbitantes e injustificados, también; que los partidos sólo actúan para su beneficio, es algo tan sabido que la sociedad los califica con 1.5 de 10 puntos posibles de confianza; que la economía está concentrada en unos cuantos monopolios y que las autoridades no hacen nada para generar mayor competencia, lo lamentamos todos los días… En fin, para qué seguir con tanta nimiedad.

Y si el análisis de Dresser sobre los males del país es insustancial y fatuo, sus críticas a partidos, políticos, líderes sindicales y empresarios con nombres y apellidos raya en el lugar común, una lista de agravios impunes que guardamos los mexicanos en el baúl y que Dresser simplemente desempolva para alimentar con ellos su falsa imagen de crítica implacable de los corruptos, de salvadora nacional. Si al menos sus críticas fueran imparciales o equitativas, pero son todo lo contrario, sesgadas y tendenciosas, propias de alguien que tensa sus juicios hasta donde no representen un riesgo para ella, para su propio juego político, interesado en frenar a toda costa el retorno al poder del PRI (y en particular de Enrique Peña Nieto) o la llegada del PRD (y en particular de Andrés Manuel López Obrador), pues mientras sean oposición su crítica no la compromete sino que la hace aparecer como implacable. Muy distinta es la crítica al PAN y a los dos gobiernos emanados de él, saturados de incompetencias pero que cuentan en su descargo con el hecho de que heredaron un país destrozado muy difícil de recomponer en tan poco tiempo. Lo cual no deja de ser una falacia. Obviamente, cuando la crítica está sesgada o manoseada de origen deja de ser crítica para convertirse en panfleto, en pasquín, que es precisamente lo que hace Dresser.

“Gracias al PRI —señala Dresser— el narcotráfico se infiltra en el Estado y se enquista allí… Fox y Calderón no son responsables del problema”. No Sra. Dresser, tan responsable es el PRI por haber alentado y protegido este negocio durante décadas, como Felipe Calderón por incendiar al país con una guerra fallida, antes que proponer soluciones drásticas, como la legalización de las drogas; una guerra de mentiras ¿A quién quiere engañar? Hoy el país, además de estar sometido por el crimen organizado, está inmerso en una espiral de violencia que simplemente no debió generarse.

Por lo demás, no hay nada en su recuento de daños del PRI que se desconozca: el charrismo sindical de Gamboa Pascoe, la prepotencia de Beatriz Paredes, los excesos de López Portillo, el enriquecimiento ilícito de los Salinas de Gortari, el cinismo del profesor Hank, la corrupción de Elba Esther Gordillo, Roberto Madrazo, Ulises Ruiz, los escándalos de Arturo Montiel y Mario Marín, las mentiras de Peña Nieto… En suma, el PRI del clientelismo, de los abusos de autoridad, de las mafias, del saqueo indiscriminado de recursos, de la corrupción desmedida, del Pemexgate, de la impunidad, de los sobornos, de la cooptación silenciosa de intelectuales, de la represión, de la matanza del 68, de las camarillas… Por Dios, ¿en verdad no tiene nada mejor Sra. Dresser? Le recuerdo que la sociedad mexicana rescindió al PRI en las urnas en 2000 precisamente por esa lista de atropellos. Ni al caso remover escombros. ¿Cuánto malestar e insatisfacción debe haber con los gobiernos del PAN que hoy se asoma desafiante la posibilidad del retorno del PRI?, ¿cuánta desesperación y frustración debe haber en nuestra sociedad que muchos piensan que ese pasado ominoso era menos cruel que nuestro presente truncado? Ese es el dato duro realmente significativo para los tiempos que vienen: el PAN no supo leer el momento histórico que le tocó vivir, no estuvo a la altura de los desafíos de los nuevos tiempos, arruinó al país estúpidamente, traicionó a un pueblo que creyó en su promesa de cambio y renovación. Aquí no caben las justificaciones. Decir que “el gran error del PAN fue creer que podrían practicar mejor el juego diseñado por el PRI, en vez de cambiar sus reglas” suena muy complaciente. En realidad, el PAN sí podía cambiar esas reglas, prometió a la nación hacerlo, tenía todo para hacerlo, pero muy pronto se dio cuenta que mantenerlas intactas era muy rentable para hacer lo mismo que hizo el PRI durante décadas: mentir, robar, ocultar, engañar…

Y para seguir con las necedades, ¿a qué viene a estas alturas enjuiciar a la “famiglia Salinas” y al “Don Corleone” de la política mexicana? Si alguien sabe que Carlos Salinas de Gortari fue un déspota, un tirano, un mafioso, un político perverso y despreciable, somos los mexicanos. Cierto, nunca pagó por sus crímenes, pero la sociedad ya lo juzgó y lo condenó hace tiempo. Ese veredicto es parte de nuestra historia y nadie nos lo puede arrebatar. ¿A quién quiere impresionar Sra. Dresser? ¿En qué momento trasformó su complacencia con el desempeño de Salinas, sus adulaciones al entonces presidente (tal y como lo expone sin rubor en su ensayo de 1993 “Neopopulist Solutions to Neoliberal Problems: Mexico’s National Solidarity Program”) en odio y dardos envenenados? Usted, Sra. Dresser, como sus colegas mercenarios, intelectuales repetidores de la cochambre que sólo saben acomodarse a lo que hay, también ha jugado convenientemente. ¿A quién quiere engañar? Por lo visto, la congruencia no ha sido precisamente una de sus virtudes. Por lo demás, sólo a usted se le ocurriría citar profusamente a Héctor Aguilar Camín, el ideólogo de Salinas, el más arrastrado de los intelectuales de este país, para diseccionar las intenciones ocultas de ¡Salinas! Eso ya no es incongruencia, sino insensatez.

¿Y qué decir de los juicios de Dresser a la clase empresarial, a los oligopolios, a Televisa y a Carlos Slim? Nada, pues no hay nada nuevo en ellos, nada que no se sepa. Pero como la Sra. Dresser reproduce en su libro la crítica que le hizo a Slim en un artículo que le valió el Premio Nacional de Periodismo, me permito reproducir aquí también el comentario que escribí sobre el mismo: “Me acuerdo que cuando leí este artículo en su momento no daba crédito a tanta ‘mala leche’ y perversidad. Quienes lo leyeron se acordarán que Dresser ‘regañaba’ en este artículo al empresario, a quien calificaba de voraz e inescrupuloso, ambicioso y monopólico, insensible y antipatriota, incongruente y mentiroso, colocándose ella, supuestamente, en los zapatos de los ciudadanos, de los agraviados, de los damnificados por la avaricia del hombre más rico del mundo, de los pobres y de las víctimas de la desigualdad y la injusticia social. El artículo de Dresser seduce al gentío más sensiblero porque es el típico discurso que busca solazar de algún modo las conciencias intranquilas y golpeadas por la crisis de millones de mexicanos, buscando un culpable de nuestros males y escupiéndole en la cara todo lo despreciable e insultante que nos resultan él, su riqueza y su éxito como empresario. Como tal, Dresser emplea una vieja estrategia política, consistente en identificar a un enemigo para justificar ciertas acciones y legitimar una posición, da lo mismo que el enemigo sean los judíos, la madre patria, los inmigrantes, los herejes, el imperio, el neoliberalismo o la burguesía, lo importante es exhibirlo y denostarlo hasta generar el deseo colectivo de acabar con él. En este caso, Dresser escogió a Slim, y todo el mundo se identificó de inmediato con el linchamiento público del empresario, como si con ello pudiéramos salvar nuestras almas atormentadas. Por esta vía, además, si bien los agraviados nos curamos en salud fugazmente, no hacemos más que descargar en el enemigo de turno nuestras propias frustraciones y miserias, pues siempre será más cómodo culpar a los demás de nuestras desgracias que reconocer nuestra propia responsabilidad en las mismas. Y no es que no haya nada que reprocharle a Slim, pero de ahí a convertirlo en el principal culpable de nuestra postración nacional es un despropósito a todas luces tendencioso e injustificado. No me sorprende que una periodista sin escrúpulos recurra a estrategias tan perversas y subliminales para ganar lectores y fans, pues el medio se alimenta de ese y otros males, como el ‘amarillismo’, el ‘estrellismo’ y el ‘chayotismo’, pero que los profesionales del periodismo responsables de evaluar el trabajo de sus pares premien este tipo de trabajos tan insustanciales y huecos sólo causa perplejidad. ¿Realmente no se dieron cuenta de lo que estaban premiando? Si el panfleto de Dresser contra Slim fue el mejor artículo del año, entonces nuestro periodismo está para llorar. Por lo demás, que un artículo de opinión sea muy comentado y difundido mediáticamente, como el de Dresser, no significa per se que tenga calidad. Sería bueno entonces, que el Consejo aclarara lo que está premiando: impacto o calidad. Además, si alguien carece por completo de autoridad moral para linchar a los empresarios y a los monopolios es precisamente Dresser, quien ha vivido cómodamente desde hace años trabajando para la clase empresarial, dictando conferencias y cursos muy jugosos a las principales corporaciones empresariales y de hombres de negocios, en contubernio con Televisa y otros monopolios, gracias a lo cual se ha convertido en la ‘intelectual’ mejor pagada de México. Pero la congruencia no es una virtud bien cultivada por nuestros hombres y mujeres de ideas.”

Pero si de simplificaciones se trata, nada hay más simple (y ridículo) que achacar a lo que Dresser llama “Los diez mandamientos del político mexicano” las razones de la “disfuncionalidad” de nuestra democracia: “1. Amarás el hueso sobre todas las cosas… 2. Tomarás el nombre de la democracia en vano… 3. Santificarás las fiestas patrias con puentes vacacionales… 4. Honrarás a los líderes de tu partido…” Disculpará el lector que no siga, pero ya me indigeste de tanta gansada. Y se supone que esta es la parte irónica del libro…ja…ja…ja…

Pero lo peor está al final: las recomendaciones de la ciudadana Dresser para cambiar el país: una auténtica lista de obviedades propia de Perogrullo: ser irreverente frente al poder, concebir al voto como un derecho esencial, estar informados sobre el acontecer nacional, hacer marcaje personal a los diputados, apoyar las reformas, denunciar que la guerra al narco no ha funcionado, denunciar los monopolios, recoger la basura afuera de mi casa, conectarme a las redes sociales… ¿Y para esto tanta tinta? No me cabe la menor duda. El de Dresser es el peor panfleto que he leído en los últimos años. No rescato de él ni una sola coma.

No sé en qué momento Dresser se metamorfoseó en la emisaria de las causas populares, en la redentora de los pobres y los excluidos, en la vocera de los ciudadanos, y tampoco sé si realmente ella se lo cree, pero me queda claro que si hay alguien a quien no le va ese papel es precisamente a ella. Desde el relumbrón de sus trajes de diseñador y la eterna inmutabilidad de su peinado, desde su voz impostada y sus manoteos estudiados, clamar por justicia para los menesterosos resulta tan frívolo como cómico. Tampoco sé cómo la periodista compagina su nuevo rol de Viridiana de las Lomas con sus múltiples y muy rentables “asesorías” a políticos, funcionarios, dependencias públicas y partidos políticos, todo lo cual no hace sino exhibirla de cuerpo entero, comenzando por su poco aprecio por la independencia intelectual. Por todo ello, pero sobre todo por sus escasas contribuciones y el bajo perfil de las mismas, no deja de sorprenderme la creciente influencia y penetración que Dresser ha venido alcanzado en los medios. En realidad, como académica no ha hecho nada relevante (o mejor, no ha hecho nada), a no ser que sumar varias denuncias de plagio por parte de diversos colegas; más allá de sus artículos periodísticos y sus compilaciones de entrevistas a mujeres, no cuenta con obra intelectual alguna. Que ha sido hábil para posicionarse en los medios nadie lo pone en duda, pero que haya llegado a los sets con un trabajo intelectual mediocre y precario, tampoco. Son quizá los resabios de nuestro provincialismo, pues con lo que tiene Dresser nunca hubiera destacado en su país de origen, Estados Unidos, ni como periodista, ni como intelectual, ni como académica, pero aquí en México la premiamos y encumbramos.

¿Y por qué no hablar de los ínferos chilangos? Aquí me tocó nacer y vivir. En esta Ciudad ilimitada, ancha de caderas, vasta, rolliza, exuberante, desparramada, abultada, generosa, inabarcable, extensa, interminable, enorme, infinita, grasosa, gorda. En esta Ciudad caótica, neurótica, histérica, desquiciada, desahuciada, complicada, enferma, insana, delirante, atolondrada, loca. En esta Ciudad entrampada, laberíntica, emboscada, enmarañada, embrollada, revuelta, patas p’arriba, complicada, imposible. En esta Ciudad arruinada, abandonada a su suerte, arrasada, devastada, derrumbada, demolida, decaída, abatida, arrumbada, hundida. En esta Ciudad indefinida, vaga, confusa, imprecisa, borrosa, indeterminada, turbia, enigmática, nebulosa. En esta Ciudad perdida, ambulante, vagabunda, errante, diletante, nómada, inestable, vacilante, insegura. En esta Ciudad pordiosera, miserable, pobre, ruin, indigente, necesitada, limosnera, mendiga, marginada, arrinconada. En esta Ciudad hacinada, aglomerada, amontonada, apilada, agolpada, apiñada, atiborrada. En esta Ciudad subterránea, profunda, recóndita, enterrada, asfixiante, agobiante, extenuante, sofocante, seca. En esta Ciudad transgresiva, transcultural, sacrílega, esotérica, pagana, blasfema, irreverente, condenada. En esta Ciudad criminal, ratera, ladrona, basculeadora, corrupta, secuestradora, traficante, drogada, sicaria, asesina, fatal, moribunda, mortal. En esta Ciudad enigmática, misteriosa, rara, extraña, inaudita, insólita, extravagante, inusitada. En esta Ciudad lánguida, triste, ensimismada, absorta, abstraída, melancólica, taciturna, adolorida, apesadumbrada, abatida. En esta Ciudad soñolienta, cansada, agotada, exhausta, debilitada, desfallecida, abrumada, fastidiada. En esta Ciudad recargada, barroca, atiborrada, churrigueresca, repleta, saturada, llena, embarazada, bizarra. En esta Ciudad indiferente, fría, egoísta, materialista, pasiva, cabrona, aprovechada, altanera, chingaquedito, inhóspita. En esta Ciudad enojada, irritada, molesta, agresiva, malhumorada, hastiada, adusta, fastidiada, brusca, bronca. En esta Ciudad guadalupana, milagrosa, religiosa, beata, mojigata, prodigiosa, santa, bendita, papista. En esta Ciudad pecadora, puta, promiscua, indecente, desvergonzada, callejera, adúltera, resbalosa, descarada. En esta Ciudad abusiva, gandalla, sórdida, peligrosa, violenta, culera, cruel, malvada, perversa, hijadeputa, dura. En esta Ciudad mancillada, maltratada, humillada, ultrajada, desgarrada, violada, apañada, apuñalada, acuchillada, profanada. En esta Ciudad pisoteada, escupida, cagada, miada, sudada, vomitada, excretada. En esta Ciudad olorosa, sucia, pestilente, hedionda, gedionda, maloliente, nauseabunda, apestosa, fétida. En esta Ciudad dividida, fragmentada, partida, cortada,quebrada, rota, quebrantada, fraccionada. 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