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maquiaveloQue Maquiavelo haya sido tan maquiavélico es algo que prácticamente ninguna tradición de pensamiento de la modernidad, salvo alguna rara excepción, le ha perdonado al escritor florentino durante quinientos años. Y es que tanto realismo como el que satura las páginas de su obra más emblemática, El Príncipe, abruma y afrenta a una filosofía occidental que en buena medida permanece instalada en un idealismo reificador y mojigato con el que justifica, además, su propia razón de ser. En efecto, para una filosofía política que durante cinco siglos ha buscado afanosamente las claves superiores de un orden social justo, donde lo justo no es otra cosa que vivir de acuerdo a ciertos cánones morales de convivencia que posibiliten la plena realización de todos, el realismo de Maquiavelo resultaba demasiado pedant, un pensamiento distópico poco atraído por los fines superiores del ser y muy ensimismado en el puro y desnudo poder, que como tal está en las antípodas de cualquier floritura o devaneo ético.

Y sin embargo, más allá de los clichés con los que suele asociarse a El Príncipe de Maquiavelo, el presunto maquiavelismo del florentino, que el vulgo terminó definiendo como lecciones despiadadas para conquistar, ejercer y conservar el poder pasando para ello sobre quien haya que pasar y empleando los medios más idóneos sin reparo alguno en los posibles perjuicios que el ejercicio del poder pudiera tener para terceros, aún es motivo de dilucidación. Para empezar, como se ha reconocido en innumerables ocasiones,[1] quedarse sólo con el Maquiavelo de El Príncipe no le hace justicia a un pensador que mostró gran erudición filosófica y sensibilidad historiográfica en otros trabajos de su autoría y que lamentablemente nunca alcanzaron los reflectores que iluminaron sus famosos consejos al Soberano, como señaladamente los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, obra en la que podemos reconocer un Maquiavelo interesado en desentrañar los alcances normativos y prácticos de la república romana antigua y que lejos de perderse en los tiempos medioevales para nunca jamás bien podrían —piensa Maquiavelo— seguir inspirando y sustentando sociedades más virtuosas y prósperas en una época renacentista que estaba por parir a los Estados-nación modernos. En segundo lugar, el peso de las interpretaciones maquiavélicas de El Príncipe generadas durante cinco siglos es tan abrumador que terminó eclipsando cualquier otra interpretación que desafiara la pertinencia de aquéllas, siendo que, valga la expresión, no todo en El Príncipe de Maquiavelo es maquiavélico, como han reconocido muchos estudiosos de sus ideas.[2]

Es aquí precisamente donde pretendo moverme en este ensayo, pues más allá de los consejos cargados de realismo al Príncipe, encuentro en Maquiavelo algunas intuiciones geniales y ciertamente muy avanzadas para su tiempo que nos permiten desentrañar algunos aspectos inherentes a las democracias de los modernos. Más específicamente, sostengo que la división perenne e irresoluble que establece Maquiavelo en El Príncipe entre los “grandes” (los poderosos, los pudientes, los adinerados, etcétera) y el “pueblo” (el resto de la sociedad), tiene un valor simbólico de la mayor importancia para comprender no sólo las tensiones que anidan en todas las sociedades habidas y por haber sino también la propia actividad política, entendida en este contexto discursivo como la expresión de esas tensiones a sabiendas de que nunca podrán conjurarse plenamente. Con ello sostengo que hay en El Príncipe no sólo un discurso explícitamente dirigido al soberano, sino también, entre líneas, al pueblo, lo cual sólo se puede apreciar a condición de desenfadarnos un poco del peso de las interpretaciones maquiavélicas, sin que eso signifique cancelar o refutar lo mucho que indudablemente tienen de verdad.

Cabe señalar que mi búsqueda intelectual en este ensayo se nutre de algunas orientaciones metodológicas que he desarrollado en varios trabajos precedentes con el objetivo de incursionar en el pensamiento de los clásicos.[3] En particular, sostengo que la mejor relación que podemos mantener con los clásicos es convertirlos en nuestros contemporáneos; es decir, descurtir sus obras y dialogar con ellos desde los problemas inherentes a las circunstancias actuales que nos han tocado vivir. De hecho, un pensador se vuelve clásico en la medida que las reflexiones que hizo para su tiempo siguen estando vigentes y resultan sugerentes para comprender mejor nuestro presente, o sea el aquí y ahora. Con una reflexión al respecto abro este ensayo, para después dar paso a la interpretación personal que sobre El Príncipe pretendo arriesgar aquí, y concluir con lo que considero son algunas lecciones intemporales de esta obra tan cautivante como intrigante.

I. Volver a los clásicos

La historia de las ideas que no se plantea problemas presentes a la hora de incursionar en el pensamiento de un clásico es pura y estéril escolástica, un ejercicio intelectual de iniciados del que sólo se ocuparán otro puñado de iniciados, en un diálogo de sordos excitados. Estoy convencido que demasiado textualismo o contextualismo o demasiada hermenéutica o exégesis inhibe la imaginación creativa que debería motivar la lectura de un clásico.[4] Es por eso que sostengo que, para que valga la pena leerlos, a los clásicos hay que hacerlos nuestros contemporáneos, dialogar con ellos desde nuestras circunstancias, sin las pretensiones hiperespecializadas o eruditas de los iniciados. Como he mostrado en otra parte, las interpretaciones más ricas y sugerentes de los clásicos han sido aquellas en las que sus creadores intelectuales buscaban en los pensadores del pasado algunas claves para intervenir en su propio presente. Pienso, por ejemplo, en la lectura que de Aristóteles realizó Hannah Arendt, quien encontró en aquél la sabiduría necesaria para repensar a la política en nuestros tiempos y concebirla como el lugar decisivo de la existencia humana, como la acción en libertad; o en la lectura de Thomas Hobbes por parte de Carl Schmidt, quien encontró en aquél las ideas-fuerzas que sustentan y dan viabilidad a los Estados de excepción, como el nacional-socialismo en su tiempo.[5]

No deja de ser curioso constatar que los clásicos resurgen con nueva fuerza cada vez que se intenta soslayarlos para colocar en su lugar a otro tipo de producción de saberes, como las ciencias sociales con sus excesos positivistas o la filosofía analítica con sus excesos metafísicos tan de moda en los claustros de filosofía actuales. Pero resulta que ni las ciencias sociales ni la filosofía analítica han podido culminar con algún éxito su pretensión de convertirse en faros de la verdad. De ahí precisamente el renovado interés que despiertan los clásicos. Pongo un ejemplo, la democracia en Estados Unidos ha motivado todo tipo de estudios científicos especializados, pero ninguno de ellos ha podido esclarecer con más elocuencia que La democracia en América de Alexis de Tocqueville las razones de su perdurabilidad y los misterios de su eficacia, pese haber sido escrito a principios del siglo XIX.[6]

A aquellos pensadores que han resistido el resplandor cegador de una Ciencia capaz de determinar los fines últimos de la sociedad y la política hemos de darles pues, la razón de sus reservas.[7] Pero eso no significa que en su lugar debamos entronizar a la filosofía política, hoy tan acartonada y vacía de vida política, como la propia ciencia política, como nueva administradora de la Verdad.[8] Lo realmente valioso ahora es hacer resurgir una nueva dignidad para el pensamiento político, en su riqueza individual, sin las camisas de fuerza del método científico y las anteojeras de la filosofía analítica.

Entonces, si hemos de volver a los clásicos habrá que hacerlo más allá de sus contextos y tiempos, o sea más allá de cualquier historia historicista, con un espíritu tentativo e indagatorio, desde nuestro presente y nuestra circunstancia.[9] Esto no debe interpretarse necesariamente como una opción a favor o en contra de los clásicos, sino como una crítica a una atmósfera intelectual que desde hace años ha convertido al saber sobre lo político en un asunto pragmático al margen no sólo de la historia de las ideas, sino de lo que dijeron sobre la política los grandes pensadores.[10] En ese sentido, soy de los que considera que es imposible pensar, sobre todo pensar lo político, sin la lectura de los clásicos.[11]

Lo que hace a un autor del pasado actual, o sea clásico, no es tanto que supiera responder acertadamente a los problemas de su tiempo, cuanto que sus respuestas, a unas circunstancias totalmente ajenas a las nuestras, aún pueden valorarse para que nosotros respondamos a los problemas de nuestro tiempo. La actualidad de un clásico no reside en una posible intemporalidad de su verdad, sino en los modos y procedimientos que nos aporta para alcanzar cierta verosimilitud. Nadie lo ha dicho mejor que Merleau-Ponty: “Frente a la búsqueda de los saberes eternos, frente a los que destacan lo irreductible de los Maestros…, lo que cuenta es la vida literaria o filosófica (pensante) que llamamos Cervantes o Descartes, o sea la obra que nos ayuda a pensar aquí y ahora”.[12] Lo importante no son pues las preguntas y las respuestas, sino la forma de responder de un autor, en sintonía con su propia peripecia biográfica. Como alguna vez dijo Hegel: “Estudiando a un clásico no aprendemos una verdad, sino la manera de descubrir verdades”, o como sostuvo Kant: “No se aprende filosofía sino a filosofar”.

Llegados a este punto sostengo que sí es posible leer a un clásico más allá de la veneración acrítica del texto. Sí, a condición de abandonar el ensimismamiento filosófico, el verse permanentemente al ombligo, esa perversión que lleva al filósofo a olvidar que la realidad es inagotable y la vida breve (también la vida del filósofo); es decir, adoptando una posición más escéptica y relajada, pues parece que al profesional de la filosofía le resulta intolerable reconocer que la vida es breve, pero más intolerable le parece que la filosofía nos permita vivir esa brevedad con cierto talante de inmortalidad.[13]

II. Volver a Maquiavelo

Es indudable que de todos los clásicos, Maquiavelo ocupa un sitial destacado como interlocutor de varias generaciones de lectores de su obra, al grado de que ésta ha propiciado todo tipo de interpretaciones, muchas veces contradictorias entre sí. Hoy resulta muy difícil distinguir entre lo que realmente dijo Maquiavelo y las múltiples variedades de maquiavelismo, que se mueven entre el rechazo y la diatriba, el elogio y la exaltación. Como suele decirse, “Dime cómo interpretas a Maquiavelo y te diré quién eres”.

Pero, ¿en dónde reside la variedad de interpretaciones de Maquiavelo? Sin duda, en su realismo político, el cual no debe confundirse con el cinismo que caracteriza al adjetivo “maquiavélico” del lenguaje cotidiano. Se trata de un realismo basado en el rechazo al principio metafísico según el cual existe un solo principio capaz de dar cuenta de lo existente y que, por lo tanto, propone asumir que el primer atributo de lo real es su complejidad. Como hombre dominado por una vocación práctica, Maquiavelo rechaza cualquier pretensión de acceder a una teoría coherente, capaz de agotar la pluralidad de facetas de la vida social, como sí lo hicieron un San Agustín o un Vico, para referirme a dos pensadores casi contemporáneos de Maquiavelo. Su objetivo intelectual era más bien fortalecer la capacidad de juicio ante las circunstancias siempre cambiantes de la dinámica política. En ese sentido su teoría sobre el poder es lo opuesto a los sistemas ideológicos o filosóficos. Su propósito no es ofrecer seguridades o certezas sino enfrentarnos a la experiencia de la incertidumbre ligada a la acción. De ahí que su obra suscite tantas interpretaciones y reacciones, pues es un pensamiento abierto a la contingencia.

Casi sin darnos cuenta, al encontrar en el realismo la clave de la vigencia intelectual de Maquiavelo, hemos entrado en la disputa de interpretaciones que la obra del florentino ha generado durante quinientos años, cuestión que en ningún momento me he propuesto emprender en este escrito. Mi intención es más modesta, la de ofrecer una clave de lectura personal de El Príncipe, obra en la que encuentro algunas lecciones intemporales sobre la dimensión simbólica de la política, que no es otra cosa que lo que los individuos desean y anhelan para proyectarse en su comunidad, desde los imaginarios simbólicos que construyen colectivamente, la tradición, la historia y todo aquello que los aproxima o divide. Huelga decir que mi lectura está motivada por problemas del presente, como la siempre deseada y nunca acabada construcción de ciudadanía, incluso en las democracias más avanzadas del planeta. Mi punto es que hay en Maquiavelo algunas intuiciones en esa dirección que nos llevan a colocar el conflicto perenne que cruza a las sociedades como un punto de partida para entender los límites y alcances de la vida pública ahí donde se han conquistado los derechos más elementales de los seres humanos. Desde esta óptica, habría incluso que repensar la concepción del poder que convencionalmente se reconoce en Maquiavelo, pues si el poder se funda en el conflicto irresoluble que divide a las sociedades, su concentración o conservación no depende sólo de la virtud y la fortuna de un soberano, sino también de los propios ciudadanos, que no sólo son los interlocutores o destinatarios retóricos del poder ocupado sino actores políticos capaces de instituir in nuce los valores que han de regir en el todo social, incluyendo a los monarcas.

El lector más acucioso quizá ya haya reconocido en esta tentativa la influencia que ejercen en mi razonamiento autores como Hannah Arendt, Claude Lefort, Cornelius Castoriadis y Agapito Maestre, entre otros, todos ellos referentes intelectuales fundamentales para repensar la política desde la res pública, desde los ciudadanos y sus imaginarios sociales, desde los espacios público-políticos. Lo admito, pero a final de cuentas, si hemos de leer a los clásicos desde problemáticas presentes no podemos prescindir tampoco de nuestras convicciones personales afirmadas en la confrontación teórica con nuestros contemporáneos. Que ello sesgue en alguna medida nuestra interpretación de los clásicos es algo con lo que tenemos que vivir quienes nos ocupamos de pensar la política, aunque sin renunciar a cierto escepticismo de partida que nos impida caer en los dogmatismos tan frecuentados por el pensamiento único.[14]

¿Qué lectura de Maquiavelo sería entonces a estas alturas la más pertinente, o sea la que tenga algún sentido para nosotros aquí y ahora? En primer lugar yo le daría un no rotundo a todas aquellas interpretaciones que caen en la diatriba o la descalificación superficiales o viscerales. A estas alturas, seguir sosteniendo que Maquiavelo es sólo un “técnico de la política”, un “Maestro del mal”, un “pensador amoral”, etcétera, es permanecer en los clichés que sólo entorpecen la comprensión de un pensamiento tan rico como el del florentino. En segundo lugar, le diría no a lo obvio, a los lugares comunes, a la simplificación y la vulgarización de su obra. A estas alturas no tiene ninguna utilidad conceder algún estatuto de validez definitivo a lugares comunes como: “no importan los medios para alcanzar los fines”, “la política camina por un lado y la moral por otro”, “la política es puro engaño y mentira”, “lo importante es el éxito de la acción no los principios”. Del mismo modo, resulta ocioso sostener que Maquiavelo es el padre de la filosofía política moderna o de la ciencia política moderna, pues además de que no es cierto, totemiza un pensamiento que si algo ha mostrado a lo largo de cinco siglos es una gran vitalidad. Finalmente, como ya lo adelante, le diría no a todas las tentativas historicistas sobradamente ilustradas de aproximarse a su obra y que poco contribuyen a repensar la política desde el presente. Contrariamente a todo ello, le diría sí a toda tentativa de lectura que busque desentrañar en su obra los elementos finos de su concepción del poder, las formas de ejercerlo, el papel del pueblo y el lugar de la política, y que resulten reveladores para entender nuestro propio presente.

III. La dimensión simbólica de lo político

Mi tesis en este ensayo es que Maquiavelo nos descubre como ningún otro pensador clásico el ser de lo político en los propios principios de su constitución, o sea en la división de poder y sociedad, por lo que toda sociedad es sociedad política. La diferenciación de la sociedad respecto del poder señala la dimensión simbólica de lo social: su afuera constituyente. La sociedad sólo se abre paso a sí misma a través de la exterioridad simbólica del poder. En la escisión del poder, la sociedad localiza simbólicamente fuera de sí a su otro: el poder. En ese sentido, como vio muy bien Lefort, el Estado es tanto poder instituyente como instituido, y la comunidad simbólica que configura no puede desprenderse de la división, pues ésta es constitutiva de la sociedad, es el principio de la ciudad.[15] El vínculo político no elimina pues, la división social, la transforma en diferencia política, en oposición política, y así contiene su violencia y la amenaza constante de insumisión o guerra civil. Hay política en la medida que se acepta que ni la diferencia social ni la diferencia de poder y sociedad son erradicables.

Que para Maquiavelo todas las sociedades estén divididas de origen y que la división de Estado y sociedad civil define el modo como se constituye la sociedad política, queda muy bien expuesto en el siguiente pasaje muy conocido de El Príncipe: “En toda ciudad hay dos humores diferentes, el del pueblo y el de los grandes: el pueblo no quiere ser dirigido y oprimido por los grandes; los grandes quieren dirigir y someter al pueblo. Y de estos dos diferentes apetitos nace en las ciudades uno de estos tres efectos: principado, libertad o anarquía”.[16] De lo que se desprende que toda sociedad política se eleva sobre un abismo que no puede cerrar, su fondo está sellado por una división que resume la oposición irreductible de dos deseos: el deseo de dominar y el deseo de no ser dominado. El Estado se funda en el choque de estos dos apetitos insaciables.

Ahora bien, la división de ambos deseos puede engendrar tres tipos de organización: el poder de uno (principado), el anónimo poder de la ley (república) o por no llegar a conformar ningún poder desembocan en la anarquía. Para Maquiavelo, ni el principado ni la república pueden levantarse sobre suelo firme, sólo pueden encontrar asiento en el inestable flujo que dibuja la oposición de los deseos. Este movedizo terreno impide que el poder del Príncipe devenga poder absoluto y que la ley republicana se sustraiga al debate que suscita la ausencia de una determinación positiva de lo social. En la medida que se evita que el deseo de dominación pueda cumplirse, el Príncipe y la república se destacan de la sociedad civil, de la oposición de clases. Sólo ese trabajo de mediación los puede convertir en los extremos instituyentes de una comunidad política. Por lo tanto, el poder nunca puede ser rebajado al plano de la realidad fáctica, nunca puede ser localizado en el interior de la sociedad, confundido con alguno de sus componentes.

En el caso del poder del Príncipe éste se instituye a partir de un vacío, la experiencia de un vacío que ninguna política puede llenar, por el reconocimiento de la imposibilidad en que está el Estado de reducir la sociedad a la unidad. Pero que el poder del Príncipe se perciba en esa dependencia de la sociedad no significa que su dominio sea una ficción. El Príncipe ha de elegir siempre a quién apoyar. Inversamente, el pueblo puede someterse a la autoridad del Príncipe no sólo porque percibe su poder de una naturaleza diferente al de los grandes, sino porque su fin no es dominar, sino no ser dominado. Así es como el deseo del pueblo de no ser dominado conecta con el deseo de dominar del Príncipe, así es como “el no-poder y el poder absoluto se pegan uno a otro”.[17]

De lo dicho hasta aquí queda claro lo distante que estaba Maquiavelo de las visiones contractualistas que alcanzaron su apogeo en los siglos XVII y XVIII. Así, por ejemplo, la imagen de un contrato hipotético donde se intercambia obediencia por protección (Hobbes) no está presente en Maquiavelo. Si acaso, éste admite cierta cesión, cuando el pueblo cede a la dominación del Estado en favor de su defensa contra la opresión de los grandes. En efecto, según Maquiavelo, cuando el pueblo lucha para no ser oprimido está preparándose, sin embargo, para una opresión de nuevo género, cuando imagina el bien, alcanza, empero, otro mal, pero menor que aquel que se incuba en el seno de la sociedad civil. Más aún, el pueblo, reducido a su condición de rechazar la dominación, no está en condiciones de contratar o pactar nada, sólo de ceder. Asimismo, contrariamente al principio contractualista según el cual el estado de naturaleza se resuelve en un contrato para neutralizar la amenaza de ambos humores, confiriendo al Estado el papel de solución al conflicto, Maquiavelo concibe al conflicto como inherente a la división social, y como tal irreductible e irresoluble. Con ello cae por tierra la apreciación de varios especialistas según la cual Maquiavelo es el padre de la filosofía política moderna, pues ésta, como advirtió muy bien el historiador de las ideas Norberto Bobbio, tuvo su impulso inicial en el iusnaturalismo, el cual estaba muy distante de las inquietudes intelectuales del autor de El Príncipe.[18]

Queda por dilucidar una cuestión crucial: ¿si para Maquiavelo el pueblo se deja defender en ciertas circunstancias por el Estado, el cual no es el objeto del deseo del pueblo sino sólo el poder que en ciertas circunstancias puede contener el deseo de opresión de los grandes, significa esto que el pueblo es ciego para percibir la opresión que en él se esconde o, más bien, se consiente voluntariamente en ese engaño? Maquiavelo no tiene una respuesta explícita a este dilema, como sí la tuvo su contemporáneo francés Éttienne de La Boétie en su célebre Discurso sobre la servidumbre voluntaria, el cual deja muy mal parado al pueblo.[19] Sin embargo, Maquiavelo apunta algo cuando dilucida sobre las características ideales para que el soberano pueda conquistar el respaldo del pueblo, o sea para que su ejercicio de poder sea eficaz. Así, por ejemplo, sostiene que en el terreno político están mezclados apariencia y realidad, bien y mal. La dominación del Príncipe no sería en sí misma un mal, sino el mal menor que el pueblo acoge a la luz de la dominación de los grandes. Ese mal menor tendría la apariencia del bien, ocuparía temporalmente su lugar. El pueblo es engañado en la misma medida en que se deja engañar; el Príncipe no puede quitarse la máscara, dejar de ser un “simulador”, mostrar al desnudo su deseo de dominar sin ser considerado como un opresor más entre otros.

De lo visto hasta aquí queda claro que para Maquiavelo la división social es imborrable, pues no se debe a circunstancias históricas particulares, sino que es constitutiva del ser social, sea cual sea su forma política. En el fondo de cualquier sociedad encontramos la oposición de esos deseos igualmente insaciables: el deseo de dominar y el deseo de no ser dominado. Ambos se oponen, pero ninguno se da sin el otro, se requieren; ambos constituyen al ser humano, uno remite al otro y el otro al uno.

De ser correcta esta interpretación, hay en Maquiavelo una serie de intuiciones muy valiosas que bien leídas nos permitirían entender mejor la complejidad de lo político en nuestros días. Así, por ejemplo, si el poder está instalado en el corazón de lo inestable siempre existe la posibilidad de la lucha social, de la insumisión, de la emergencia de un imaginario simbólico que propicie el tránsito de una sociedad civil a una sociedad política, dando una salida a los deseos desencadenados que, de otro modo, hundirían a la sociedad en una guerra civil. En efecto, allí donde los conflictos se centran alrededor de la oposición del pueblo y los grandes, sigue existiendo la función de lo imaginario de recubrir un abismo que nunca puede ser colmado, dar su identidad a lo que de suyo no la tiene. Como diría Lefort, “el poder se inserta siempre en un vacío social y sólo se mantiene en movimiento”.[20]

Por otra parte, si el trabajo del poder es impedir que pueda ser satisfecho el deseo de opresión, son las republicas más que los principados las que mejor la desempeñan. En efecto, al asociar la libertad a la ley la república se presenta como el régimen que puede satisfacer durante más tiempo la libertad. En la república el deseo de la libertad es un deseo sin objeto y nunca llega a colmarse porque la libertad no es un objeto. Sólo puede ser definida como negación de otro deseo. El deseo de libertad no es deseo de tener, sino de ser. La libertad no puede poseerse como la riqueza, la gloria o la influencia. Por el deseo de ser el ser de la sociedad excede cualquier realidad dada. De ahí que la política es siempre incertidumbre, pues se funda perennemente en la división social y el conflicto.

IV. Un Maquiavelo más allá del maquiavelismo

La interpretación de El Príncipe de Maquiavelo propuesta arriba implica un ajuste de cuentas con ciertos aspectos de la visión dominante de esta obra. En primer lugar cuestiona la idea muy generalizada de que hay en Maquiavelo una tentativa explícita de establecer unas supuestas leyes o claves o reglas sobre la política. Esta idea es imprecisa porque Maquiavelo reconocía precisamente la incertidumbre de la política, y de la incertidumbre no pueden extraerse leyes, si acaso algunas intuiciones. Pero esta idea no sólo es imprecisa sino también desafortunada, pues es precisamente ese tipo de asociaciones mecánicas las que han conducido a tergiversar el pensamiento de Maquiavelo, a simplificarlo o estigmatizarlo, generando todo tipo de vulgarizaciones y lugares comunes, empezando por concebirlo como el padre de la ciencia política o de la filosofía política moderna, o como un “técnico” de la política. Que Maquiavelo haya escrito sin reparos de ningún tipo sus intuiciones sobre el ejercicio del poder no significa que les confiriera un estatuto de leyes universales infalibles. Maquiavelo entendía mejor que nadie que la política se debe a sus circunstancias. Además, si la ciencia política ha dado tantos tumbos en su devenir es precisamente porque se propuso ilusamente descubrir algo así como las leyes de la política, siendo que de la política no se pueden hacer leyes, como advirtió muy bien Max Weber.[21]

Otra idea muy generalizada sostiene que Maquiavelo depositaba en el elemento de la fuerza su concepción del poder. Según esta idea con sólo la voluntad o sus creencias los seres humanos no darían forma a las sociedades, por lo que se requiere de la fuerza que los obligue y de esta manera preserve a la sociedad y salvaguarde al Estado. El tema sin duda está presente en El Príncipe, pero no considero que sea tan decisivo como suele creerse. En mi opinión, más que la fuerza como factor necesario para formar a las sociedades, supuestamente incapaces de entretejer por sí solas relaciones de interés y cooperación, el verdadero meollo para Maquiavelo es la división social entre los grandes y el pueblo, una división irresoluble que realmente constituye a la sociedad. Dicho de otra manera, no considero que sea la fuerza la condición que para Maquiavelo forme a las sociedades (la que la preserve y salvaguarde), sino que el movimiento social se crea por la división social y el conflicto permanente que de ahí deriva.

Por último, suele pensarse que Maquiavelo expulsa al pueblo de cualquier tipo de vida política, en la medida que el Príncipe se afirma en su poder sometiendo a aquél. Pero esta apreciación requiere alguna matización, pues con frecuencia Maquiavelo señalaba que el Príncipe requería de un pueblo para ser Príncipe así como proyectar ciertas virtudes para no ser odiado por el pueblo. Mi objeción consiste en que Maquiavelo no necesariamente concebía al pueblo gravitando inexorablemente en torno al Príncipe, como suele creerse, pues al reconocer en el pueblo el deseo de no ser oprimido, le concede un protagonismo que no puede soslayarse. El deseo de no ser oprimido es un deseo de libertad, deseo que como tal es más fuerte que la libertad misma, y ese es el verdadero motor contra la opresión absoluta, sobre todo porque permanece irresoluble en la división que constituye a la sociedad.

V. Lecciones intemporales

Como hemos visto en este ensayo, contrariamente a lo que suele pensarse, Maquiavelo sí se interesa por el problema de la fundación y la institución de las ciudades. Pero a diferencia de los contractualistas no se ocupa del problema del origen de lo social, pues para él el mundo social ya está dado. La dimensión social es constitutiva de la sociedad política y, por tanto, insuperable e irresoluble. Maquiavelo no califica al pueblo, no dice que es bueno o malo, él sólo cree en la fecundidad del conflicto. La institución de la ciudad depende de las relaciones que establece el detentador de la autoridad con el pueblo, el conjunto de los miembros de la ciudad, y más específicamente entre aquellos cuya condición es superior (los grandes) y la mayoría, entre los que quieren dominar y los que no quieren ser dominados.

Si esta lectura tiene alguna validez debemos reconocer también que hay en Maquiavelo in nuce algunas intuiciones muy sugerentes para comprender algunos aspectos constitutivos de las democracias modernas y que parecen tener una gran actualidad. Aquí apunto tres, a manera de lecciones intemporales.

En primer lugar, está la idea de que el poder siempre permanece en vilo, nunca es definitivo ni seguro, pues está conectado continuamente con una sociedad dividida de origen por un conflicto irresoluble. El poder puede ser ocupado por una autoridad o por la ley, puede ser más o menos violento, puede ejercer mayor o menor fuerza, pero nunca puede sustraerse de la dinámica social, nunca puede eliminar el conflicto y la división social. El poder siempre está en tensión con lo social, por lo que la sociedad siempre es sociedad política.

En segundo lugar, si la política se constituye en la división y el conflicto sociales entonces la política es indeterminación, incertidumbre, tránsito, movimiento. Nada es para siempre. Aún en las tiranías más absolutistas existe un resquicio a través del cual el pueblo puede afirmarse en su deseo de no ser oprimido. El pueblo, en determinadas circunstancias, puede ceder incluso voluntariamente a la dominación de un tirano, pero nunca renuncia a su deseo de ser libre, pues este lo determina de origen.

Finalmente, el poder aspira siempre a más poder, pero el deseo de libertad de las mayorías siempre aspira a alcanzar más y mejor libertad. En esa tensión irresoluble tiene lugar el ejercicio del poder, su eficacia o su colapso. A su favor el poder cuenta con la fuerza, pero en un momento dado nada hay más poderoso que el deseo de ser libre, incluso más que la propia libertad.


[1] Véase, por ejemplo, J.A.G. Pocock, The Machiavellian Moment. Florentine Political Thought and theAtlantic Republican Tradition, Princeton, Princeton University Press, 1975; M. Viroli (ed.), Libertà politica e virtù civile. Significati e percorsi del repubblicanesimo classico, Turín, Fondazione Giovanni Agnelli, 2004; R. del Aguila y S. Chaparro, La república de Maquiavelo, Madrid, Tecnos, 2006; M. Viroli, La sonrisa de Maquiavelo, Barcelona, Tusquets, 2000; C. Lefort, Maquiavelo. Lecturas de lo político, Madrid, Trotta, 2010; J. Sánchez-Parga, Poder y política en Maquiavelo, Rosario, Homo Sapiens, 2005.

[2] Véase, por ejemplo, E. Serrano Gómez, “Maquiavelo más allá del maquiavelismo”, Metapolítica, México, núm. 23, mayo-junio, 2002, pp. 63-73; C. Lefort, “Maquiavelo no es un técnico de la política”, Metapolítica, México, núm. 23, mayo-junio, 2002, pp. 55-60; H. Arendt, “Una bitácora para leer a Maquiavelo”, Metapolítica, México, núm. 23, mayo-junio, 2002, pp. 38.45; R. Sánchez Benítez, “Maquiavelo y el mal”, Metapolítica, México, núm. 23, mayo-junio, 2002, pp. 97-105.

[3] C. Cansino, Historia de las ideas políticas. Fundamentos filosóficos y dilemas metodológicos, México, Cepcom, 1998; C. Cansino, “Hannah Arendt, lectora de los clásicos antiguos y modernos”, Metapolítica, México, núm. 13, enero-marzo, 2000, pp. 110-119; C. Cansino y V. Alarcón (eds.), Carl Schmitt. Enfoques críticos, México, UAM-Iztapalapa, 1987.

[4] Véase C. Cansino, Historia de las…, cit., pp. 11-24.

[5] C. Cansino, “Hannah Arendt…”, cit., pp. 110-111; C. Cansino, “Carl Schmitt y la doctrina del Estado absoluto”, en G. Ávalos Tenorio y M. D. Paris (eds.), Política y Estado en el pensamiento moderno, México, UAM-Xochimilco, pp. 289-300.

[6] Véase, C. Cansino, La nueva democracia en América, México, Juan Pablos, 2013.

[7] Sobre la obsolescencia de las ciencias sociales véase C. Cansino, La muerte de la ciencia política, Buenos Aires, Sudamericana, 2008.

[8] He entregado recientemente a la imprenta un libro intitulado La muerte de la filosofía política.

[9] Véase A. Maestre, “¿Cómo leer a los clásicos? El alcance político de la lectura y la modelación lectora del pensamiento”, Metapolítica, México, núm. 13, enero-marzo, 2000, pp. 11-26.

[10] Véase D.M. Ricci, The Tragedy of Political Science, Londres, Yale University Press, 1984.

[11] Véase C. Cansino, La muerte de la…, cit., pp. 255.271.

[12] M. Merleau-Ponty, Signos, Barcelona, Seix Barral, 1964, p. 157.

[13] Véase al respecto A. Maestre, “¿Cómo leer…?”, cit., p. 17.

[14] Entre las obras más importantes de estos autores están H. Arendt, ¿Qué es la política?, Barcelona, Paidós, 1999; H. Arendt, La condición humana, Barcelona, Paidós, 1988; C. Lefort, L’invention démocratique, París, Fayard, 1942; C. Lefort, Essais sur le politique, París, Du Seuil, 1986; C. Castoriadis, La institución imaginaria de la sociedad, Madrid, Tusquets, 1983; A. Maestre, Escribir la política, México, Cepcom, 2001; A. Maestre, El poder el vilo, Madrid, Tecnos, 1998.

[15] C. Lefort, Maquiavelo. Lecturas…, cit., p. 112.

[16] N. Maquiavelo, El Príncipe, Madrid, Tecnos, 1991, p. 18.

[17] E. Molina, “Maquiavelo en la obra de Claude Lefort”, Metapolítica, México, núm. 13, enero-marzo, 2000, pp. 64-75.

[18] Bobbio, Liberalismo y democracia, México, FCE.

[19] E. de La Boétie, Discurso sobre la servidumbre voluntaria, Buenos Aires, Terramar, 2008.

[20] C. Lefort, Maquiavelo, Lecturas…, cit., p. 79.

[21] M. Weber, Economía y sociedad, vol. 1, México, FCE, 1976, p. 329.

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Ilya Prigogine

 

 

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Muchos creen que la política profesional es una actividad para iniciados, por cuanto la mayoría de lo que acontece en sus entrañas, como negociaciones, pactos, intrigas, rupturas, etcétera, es inaccesible o invisible para los ciudadanos. Digamos que el gran teatro político esconde para los espectadores muchos secretos, y sólo alcanzamos a ver lo que los propios actores políticos quieren que veamos de ellos. Sin embargo, en algunas ocasiones, entre acto y acto, se asoman casualmente algunas imágenes o detalles que modifican de golpe nuestra perspectiva inicial. Se trata de situaciones inesperadas que bien miradas e interpretadas pueden esclarecer lo que antes parecía confuso o fragmentario, son como las piezas faltantes de un rompecabezas que sólo al colocarlas en su lugar le dan sentido a la figura hasta entonces incomprensible y confusa.

Sirva esta imagen para ilustrar lo que aquí sostendré sobre la campaña electoral en curso en México. Hasta hace poco lo que todos veíamos era una contienda normal y sin grandes sobresaltos en la que uno de los candidatos presidenciales había logrado colocarse muy por encima de sus adversarios en las preferencias electorales, y donde estos últimos hacían esfuerzos denodados por remontar sus posiciones de arranque. Sin embargo, había algunos hechos aislados que parecían no tener mucho sentido y que por lo mismo se perdían en la vorágine de noticias y declaraciones. Así, por ejemplo, puestos como interrogantes, ¿quién filtró a los medios una conversación telefónica privada de la candidata de Acción Nacional, Josefina Vázquez Mota, con la que claramente se dañaría su imagen?; ¿por qué Vázquez Mota parece desprotegida por sus propios correligionarios, con un equipo de campaña ineficaz y poco profesional?; ¿por qué se ha deteriorado visiblemente la salud de Vázquez Mota? Y en el caso del candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, ¿por qué aparece tan relajado en su campaña, pese a estar tan abajo en las encuestas?, ¿por qué mantiene su infecundo e intrascendente discurso de la “reconciliación amorosa”, cuando la lógica sugiere que debería retomar cuanto antes los contenidos contestatarios y radicales que lo catapultaron hace seis años?

La pieza que faltaba

A primera vista, estas interrogantes pueden parecer irrelevantes y no tener conexión entre sí. Pero un hecho circunstancial nos obliga a reconsiderarlas y redimensionarlas en una perspectiva distinta. Me refiero al fallecimiento hace unos días del expresidente Miguel de la Madrid, y todo lo que este acontecimiento movió entre la clase política.

En primer lugar, llama la atención que los medios de comunicación más importantes e influyentes del país, ya sean electrónicos como escritos, se hayan sumado unánimemente a los reconocimientos públicos que ensalzaban la trayectoria y el legado del personaje. Así, por ejemplo, la idea que deslizaron, apostando a la desmemoria nacional, es que a De la Madrid le tocó gobernar en un tiempo lleno de complicaciones y adversidades, y que pese a ello lo hizo de manera ejemplar, con valentía y patriotismo. Obviamente, eso es insostenible a menos que se violente a conveniencia la historia. Más aún, no hubo un solo artículo editorial en la prensa nacional lo suficientemente crítico que retratara verazmente la triste realidad de aquel sexenio tan deplorable y nefasto para los mexicanos. Lejos de ello, los articulistas más dóciles a la línea de sus respectivos diarios optaron por eximir al personaje de sus desatinos con argumentos tendenciosos y baladíes. Este es el caso de Ricardo Alemán quien escribió en Excélsior que “El PRI tiene en De la Madrid un símbolo poderoso para apuntalar su victoria”; o de la sentida despedida, en El Universal, de Ricardo Raphael a su tío, “Un hombre limpio y honesto que sirvió con coraje a la patria”; o de Sergio Sarmiento en Reforma, para quien “De la Madrid sólo heredó la irresponsabilidad de sus antecesor en el cargo”; o López Dóriga en Milenio, quien consideró injustas muchas de las acusaciones que se prodigan a De la Madrid; o Mauricio Merino, quien en el colmo del paroxismo afirmó en El Universal que “De la Madrid ha sido el mejor presidente de México”; o el propio Carlos Marín, Director de Milenio, quien para quedar bien con toda la “familia revolucionaria”, no sólo justificó por razones de salud las acusaciones infundadas de De la Madrid hacia Carlos Salinas de Gortari en recordada entrevista concedida a Carmen Aristegui, sino que reivindicó el legado del propio Salinas de Gortari.

Y aún así, es fácil comprender que los medios de comunicación, en función de sus propias apuestas para el futuro, prefieran quedar bien con el o los candidatos que consideran más seguros con tal de no comprometer los financiamientos y canonjías oficiales. Más específicamente, en plena campaña electoral, criticar a De la Madrid implicaba criticar a Peña Nieto, por sus filiaciones priistas, y de paso ganarse innecesariamente el desaire de éste. Bien explotado por sus adversarios, De la Madrid representaría precisamente, todo lo nefasto que Peña Nieto encarna.

Rompecabezas resuelto

Pero si el comportamiento de los medios frente a este acontecimiento tiene sentido por los muchos intereses en juego, que llevan a la sumisión o la lambisconería de los mismos hacia el probable próximo inquilino de Los Pinos, alimentando un juego de simulaciones y engaños lo suficientemente sutil como para no evidenciar sus preferencias y perder credibilidad por ello, el comportamiento de actores políticos clave frente al mismo acontecimiento resulta mucho más difícil de desentrañar, como el hecho de que el presidente de la República, Felipe Calderón, se sumara inexplicablemente al cortejo de elogios hacia De la Madrid, al grado de interrumpir una reunión en el extranjero con mandatarios de Norteamérica, y precipitar su viaje de regreso para estar presente en los funerales. Es inexplicable, porque De la Madrid representa todo lo que el panista Calderón combatió en su juventud como opositor al viejo régimen priista: el autoritarismo, la corrupción, la simulación, la demagogia, el encubrimiento… La pregunta clave aquí es: ¿por qué Calderón se sumó a los elogios a De la Madrid, traicionando sus propias convicciones y biografía, aún a sabiendas de que criticar al expresidente y asociarlo con Peña Nieto podía ser capitalizado por la candidata de su partido, desesperada por remontar su desventaja? Obviamente, esta interrogante está conectada con las otras apuntadas arriba, y su adecuada respuesta nos permitirá completar el rompecabezas del actual proceso electoral.

Sostener que Calderón actuó como lo hizo en razón de su investidura de Jefe de Estado es francamente ridículo, sobre todo porque el presidente no se limitó a hacer una guardia de honor y expresar sus condolencias por el deceso, sino que optó por elogiar públicamente la trayectoria de De la Madrid, aún en contra de sus convicciones de otro tiempo: “Un mexicano ejemplar, creador de instituciones e incansable luchador contra la corrupción”. Tampoco resulta convincente el análisis de quienes sostienen, como Ciro Gómez Leyva en Milenio, que “Calderón prefirió la reconciliación sobre el rencor en un acto de gran calado republicano y democrático”. No convence porque “reconciliar” sólo puede significar en este contexto redimir al autoritarismo de antaño y mancillar la memoria de varias generaciones de panistas que lucharon contra el viejo régimen. De hecho, ningún panista de cepa le siguió el juego a Calderón. Y mucho menos creíble resulta la versión de José Carreño Carlón en El Universal según la cual el presidente quiso simplemente “mandar un mensaje de civilidad para sentar las bases de un armisticio que tanta falta hará después de la elección”. No es creíble porque la reconciliación no ha sido una prioridad de Calderón en todo su sexenio. La explicación hay que buscarla pues, en otra parte.

No hace mucho, 22 mil mexicanos interpusieron una demanda ante la Corte Penal Internacional de la Haya contra el presidente Calderón por crímenes de lesa humanidad. Como era de esperarse, la prensa y los medios cerraron filas entonces con Calderón y criticaron acremente esta iniciativa por “insustancial”, “ridícula” e “infundada”. Hasta el momento, la demanda no ha prosperado y la Corte no se ha pronunciado, pero el hecho reveló intempestivamente a Calderón un escenario trágico más que factible de su propio futuro una vez que abandone Los Pinos. No viene al caso discutir aquí la mayor o menor consistencia o pertinencia de la demanda contra Calderón, pero es un hecho que millones de mexicanos se sienten agraviados por la guerra al narcotráfico emprendida por el presidente, que sólo ha dejado a su paso muerte, violencia y luto; una guerra fallida llena de mentiras y engaños, como el número de muertos reportados oficialmente (40 mil) que contrasta visiblemente con la cifra aportada hace poco por el Departamento de Seguridad de Estados Unidos (150 mil), y que para muchos ha sido más un exterminio indiscriminado que un combate entre el Estado y el crimen organizado. Pero es indudable que Calderón no puede tomar a la ligera las muchas señales de malestar que sus malas decisiones han generado y que hacen que su sexenio sea percibido por millones como funesto y criminal.

En esa perspectiva poco halagüeña, a Calderón no le quedan muchas opciones a no ser que pacte con su sucesor en el cargo inmunidad y protección a cambio de respaldo electoral. Es muy probable a estas alturas que ese pacto ya se haya sellado, y que el affaire De la Madrid haya sido una muestra clara de la voluntad y el compromiso asumido por Calderón. Obviamente, me refiero a un pacto secreto entre Calderón y Peña Nieto, a quien seguramente Calderón, a partir de sus propias encuestas, ya considera su sucesor en el cargo. Hay momentos en la biografía de los líderes en que las convicciones pasan a segundo término para privilegiar pragmáticamente los intereses personales. Calderón terminará su sexenio desacreditado y muy cuestionado, pero por la vía de un pacto con el PRI y Peña Nieto habrá logrado, cuando menos, la inmunidad necesaria para su retiro. ¿Descabellado? Para nada. Si alguien ha mostrado ser pragmático y astuto es precisamente Calderón, un político lo suficientemente hábil y perverso para torcer las cosas a su conveniencia.

Con esta pieza se completa el rompecabezas, y lo que antes aparecía caótico se aclara. Es evidente que Vázquez Mota ha comenzado a padecer en carne propia la traición de Calderón y con ella la de muchos panistas en los que antes confiaba. Hoy es investigada y espiada por el propio gobierno que dice respaldarla, sin apoyo suficiente del PAN para armar un equipo mínimamente competitivo en la actual contienda. No es casual que Vázquez Mota comience a decaer en su estado de salud, por más que ella lo desmienta con valentía y coraje. No es casual tampoco que el candidato de las izquierdas mantenga una campaña bastante relajada y de bajo perfil, con banderas deslavadas e insustanciales. Lo más probable es que también López Obrador se sabe derrotado y ha pactado con los ganadores un retiro digno y tranquilo en “La Chingada”, su apacible quinta en el sureste mexicano. Y finalmente, tampoco es casual que todos los medios de comunicación hayan cerrado filas con el PRI y su candidato. Si alguien tiene clara la película son precisamente los dueños de los medios. De ahí que sólo hay que dejarse llevar tranquilamente por la corriente para llegar a feliz puerto sin sacrificar credibilidad o imagen. Para ello están sus pseudoperiodistas con complejo de estrellas, auténticas comparsas del poder y la mezquindad, y las encuestadoras, auténticas prostitutas que se venden sin reparo al mejor postor.

 Atando cabos

De ser correcto el razonamiento, estaremos atestiguando un hecho insólito en la historia de las transiciones en todo el mundo: una “regresión pactada”, o sea un acuerdo cupular que posibilita el regreso pacífico y ordenado del PRI al poder (mediante la fórmula de una “alternancia de regreso”) por convenir así al presidente en funciones (adquirir de su sucesor el respaldo suficiente para blindarse ante eventuales demandas en su contra). Obviamente, el pacto estaría legitimado por un proceso electoral democrático que definirá a los ganadores y a los perdedores, pero sesgado de origen, y en esa medida violentado o manipulado, por acuerdos entre las elites políticas. Quizá la regresión no aplique al régimen en su conjunto, pues reeditar el autoritarismo de antaño sería a estas alturas poco rentable en términos de legitimidad para la clase política en su conjunto, pero si se estaría volviendo a una situación claramente regresiva en que las elecciones no se resuelven en las urnas sino discrecionalmente en los corrillos del poder. Huelga decir que este desenlace es insólito para cualquier transición, pues las involuciones de la democracia al autoritarismo suelen tener como detonante rupturas y crisis, no ocurren de manera pacífica y mucho menos pactada. Pero si nuestra transición ha sido sui generis por qué no habría de serlo nuestra inminente regresión al priismo, disfrazada de democracia.

Ojalá se tratara simplemente de una especulación descabellada, pues aceptarla sería tanto como reconocer una vez más que los ciudadanos sólo somos testigos pasivos de intrigas palaciegas, que la democracia sólo existe para legitimar los juegos de poder más allá del poder, que al menos en estas elecciones todo está cocinado y lo que hagamos o dejemos de hacer los ciudadanos es irrelevante. Y sin embargo, siempre cabe una alternativa. Quizá llegó la hora de pensar seriamente la anulación del voto o la abstención, para mostrar al menos que cada vez somos más los ciudadanos inconformes con las componendas de los poderosos. Que sepan de una vez los gobernantes que gobernarán en el vacío, para una minoría crédula, porque cada vez somos más quienes los despreciamos.

Sólo desde la pedantería intelectual alguien puede afirmar que ha escrito un libro que “le abrirá los ojos a los mexicanos”. Pues bien, ese es el caso del libro más reciente de Denise Dresser, intitulado El país de uno. Reflexiones para entender y cambiar a México (México, Aguilar, 2011). Ojalá fuera sólo una estrategia de ventas, pero no lo es. Dresser realmente se cree una iluminada capaz de aclararnos el brumoso paisaje mexicano, inaccesible, según la autora, para la mayoría. Sin embargo, a poco andar el lector descubre que el de Dresser no sólo es un ensayo que no aclara nada, sino que termina violentando los hechos que examina con tal de seguir un script preestablecido por ella misma desde el inicio. El resultado es una obra de simplificaciones vulgares, desvaríos explicativos y violencias argumentativas.

Es comprensible que cuando un país entra en desgracia, como el México actual, los intelectuales busquen explicaciones de su postración y planteen soluciones para salir del atolladero. El problema es que muchos de ellos, más allá de sus buenos deseos, se convierten en parte del problema, en cómplices de la tragedia, por cuanto reproducen una visión que se levanta sobre premisas falsas y hasta peligrosas que sólo alimentan la impotencia y la frustración. Ese es el caso del libro de Dresser, que se suma al de otros igualmente superficiales e imprecisos publicados en los últimos 2 o 3 años, como el de Jorge G. Castañeda (Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos), Carlos Elizondo Meyer Serra (Por eso estamos como estamos), Agustín Basave (Mexicanidad y esquizofrenia), entre otros.

Lo que emparenta a esta literatura es una obsesión por descargar en los “mexicanos” todas las desgracias que nos aquejan, ya sea por razones culturales muy arraigadas, como el conformismo, la apatía, el desinterés…, o simplemente usando sustantivos generalizadores que ocultan y engañan, como “México”, “los mexicanos”, “la sociedad”… Decir, por ejemplo, que “Los mexicanos estamos mal porque no hemos hecho las tareas que exige la modernización…” es culpar a una entelequia, es decir, es no culpar a nadie, pues cuando “todos” somos responsables, nadie lo es; al socializarse las culpas con un “nosotros” abstracto, todo queda en el aire. La tesis de toda esta literatura puede resumirse en la siguiente frase: México es un desastre, permanece atrasado, sigue inmerso en la corrupción y la impunidad, con enormes rezagos sociales y económicos, con una democracia hecha trizas, huérfano de un verdadero Estado de derecho, con un Estado rebasado por los poderes fácticos, inmerso en la violencia y la inseguridad… Y si esto es así es porque los mexicanos lo hemos tolerado… Nuestros males endémicos son el espejo de una sociedad instalada en la indolencia, la permisividad y la dejadez. Obviamente, el argumento es altamente persuasivo, pues nadie pondría en duda que nuestras desgracias son ante todo nuestras y de nadie más, o sea de una sociedad mexicana supuestamente disfuncional que arrastra taras desde el momento mismo de su fundación nacional. Sin embargo, aunque es fácil caer en sus redes, no deja de ser una falacia y un ardid bastante conveniente para sacar de foco los problemas y eclipsar las responsabilidades. Por eso, quizá los diagnósticos críticos que se hagan de la problemática actual del país en este conjunto de libros sean más o menos acertados, pero las conclusiones y las propuestas para enfrentarlos terminan siendo paralizantes o asépticas. Ese es, precisamente, el caso de la obra de Dresser que nos ocupa. Veamos

El guión del libro de Dresser transita entre el ser —o sea su diagnóstico del atolladero nacional— y el deber ser —o sea sus sugerencias y recomendaciones para salir del mismo—. Desde el Prólogo se anuncia este derrotero: “El pesimismo, el fracaso, el desencanto y el silencio infectan a México”. Por eso es “Imperativo que los mexicanos evalúen a su país y a sí mismos con más honestidad. Sin las anteojeras de los mitos y los intereses y los lugares comunes que buscan minimizar los problemas… En México mostramos una peligrosa inclinación por ordenar superficialmente la realidad en vez de buscar su transformación profunda… Somos una nación que no logra encarar sus problemas con la suficiente franqueza”. Nada más insubstancial que recurrir hasta la reiteración al “nosotros”, a “los mexicanos”, a “la nación”, a “México” para construir un discurso que se pretende explicativo, pero que no logra desmarcarse en absoluto de los discursos políticos que Dresser tanto crítica. Si el recurso a la idea abstracta y genérica de la nación por parte de un político es demagogia, en un académico es insensatez.

Pero hay un peligro más grave aún en el itinerario propuesto por Dresser: la descalificación o estigmatización a priori de un pueblo o una comunidad para justificar una búsqueda intelectual, la suya, que no es otra que la de “iluminar” a los ciegos, la de prepararlos para la batalla que les restituirá su dignidad perdida. En efecto, la imagen no podía ser más elocuente: “los mexicanos — piensa Dresser— nos quedamos siempre en la superficie, rechazamos la profundidad, preferimos mirar a otra parte, y en esa deshonestidad cobarde nos volvemos cómplices de la barbarie que nos agobia”. Cuánto desprecio a la sociedad encierra esta afirmación, pero sobre todo, cuánta ignorancia. Para empezar, no hay un solo México ni los mexicanos somos un conglomerado monolítico y cerrado. En segundo lugar, decir que los mexicanos minimizamos los problemas es no entender a los mexicanos, es un cliché con el cual los intelectuales se autoerigen como los depositarios de la verdad y el saber superior. Dresser observa desde su torre de marfil y desde ahí pontifica, sin más contacto con los mexicanos que sus libros y periódicos, y sin más referentes que los paisajes de lo popular que observa desde la ventana de su auto reluciente.

Pero las descalificaciones simplistas salpican cada página, en una cadena de clichés que avergonzaría a los mismísimos maestros de la mexicanidad, como Alfonso Reyes, Samuel Ramos, José Gaos y Octavio Paz: “los mexicanos reverenciamos al status quo, lo que nos convierte en espectadores pasivos”, “somos fatalistas, resignados y conformistas”, “la falta de un gobierno competente está en el corazón de nuestra historia”… Se nota a leguas que la politóloga Dresser, marcada por su formación anglosajona, ignora esa literatura tan profusa como inquietante sobre la identidad de lo mexicano. Ignora, por ejemplo, a Reyes, quien afirmó con sabiduría que nuestro estoicismo no es conformismo sino un acto callado de libertad frente a la represión y el sometimiento. Por ello, Dresser comete el mismo error de muchos otros estudiosos de querer leer a México con criterios importados, con raseros ajenos a nuestra idiosincrasia y nuestro ser, dando por resultado contrastaciones inútiles. Por esa vía, por ejemplo, sólo cabe lamentar que los mexicanos no seamos tan emprendedores como los estadounidenses, o tan trabajadores como los japoneses. Ni cómo explicarle a Dresser que los mexicanos simplemente no somos y nunca seremos como los estadounidenses ni como los japoneses… Y con ello no pretendo defender una idea idílica o purista de la mexicanidad para justificar o edulcorar nuestros males endémicos, sino simplemente advertir las inconsistencias de proceder como lo hace Dresser.

Desde el Prólogo, Dresser afirma que los mexicanos hemos sido dejados, somnolientos, conformistas, apáticos, resignados, recipientes vacíos, “ciudadanos vasija”.  Por eso, hemos creado un país estancado, atrasado, sin movilidad social, un país de migrantes. Y de ahí, Dresser pasa a su credo (declaración de fe) que no es otro que “volver a México un país de ciudadanos”, “vivir en la indignación y la inconformidad”, pues si los ciudadanos no despiertan, seguiremos en el atraso. Me pregunto si en verdad Dresser no se ha dado cuenta que su argumento en lugar de mover a una transformación social, a una mayor concientización, reproduce la misma lógica ocultadora y negadora de lo social propia de los discursos políticos que ella supuestamente condena. En efecto, decir que en México no hay ciudadanos, o que los mexicanos estamos aletargados, no sólo no le hace justicia a los hechos, sino que legitima indirectamente los excesos y las incompetencias de los gobernantes. Es el discurso mediante el cual una casta política inescrupulosa y cínica se exime de sus responsabilidades, es la retórica que transfiere a la sociedad los males que la agobian, el ardid perfecto de una élite política que se afirma en sus privilegios, negando a la sociedad. Por eso, el “credo” de Dresser en lugar de ser contestatario o emancipador,  es el que mejor le va a los gobernantes; en lugar de exhibirlos, los cura en salud. Por esa vía, Dresser se vuelve cómplice de lo que critica; un derrotero, por lo demás, muy frecuentado por intelectuales o pseudointelectuales supuestamente críticos, pero que al final del día le hacen el caldo gordo a los políticos, hombres y mujeres de ideas que sólo saben acomodarse a todo, y que han hecho de la crítica un modus vivendi muy rentable. Si los políticos profesionales niegan de facto a la sociedad cada vez que abusan de sus cargos, o actúan impunemente, o violan las leyes a su conveniencia…, o sea actúan a espaldas de la sociedad, los intelectuales también lo hacen cada vez que conciben a la sociedad como apática, ignorante, dejada, conformista. Así como el político justifica sus incompetencias en la supuesta dejadez de la sociedad, los intelectuales justifican su vocación crítica e iluminadora, en la supuesta acriticidad e ignorancia de la sociedad, en un juego de afirmación/negación bastante conveniente para las elites, políticas e intelectuales.

El problema es que muchos de estos pseudointelectuales llegan a ser tan persuasivos, sobre todo cuando gozan de fama mediática, que siempre hay incautos que compran sus argumentos sin chistar, y hasta terminan concibiéndose a sí mismos como parte del problema que aqueja a la nación. Pero la realidad es muy distinta. Si México ha conquistado en tiempos recientes avances democráticos se debe única y exclusivamente a la propia sociedad, si México dejó atrás setenta años de dictadura perfecta fue gracias a sus ciudadanos, si hoy tenemos más derechos y garantías que antes es porque los ciudadanos decidimos luchar por ellos. En México, los ciudadanos hemos tenido que abrirnos paso en nuestras aspiraciones y reivindicaciones con todo en contra, con una casta política corrupta e ineficaz, con poderes fácticos que rebasan al Estado, con partidos instalados en la mezquindad de sus privilegios, con elites políticas e intelectuales que nos siguen “invisibilizando”… Y no se trata de anteponer un discurso idealista de la sociedad frente a la presunta maldad del Estado, sino simplemente de levantar acta de una realidad sistemáticamente negada y ocultada por pseudocríticos mediáticos como Dresser, y que ahí está esperando ser interpretada convenientemente, sin las anteojeras pedantes de académicos de cubículo ni la labia adornada de líderes mediáticos oportunistas, sino desde la experiencia, desde la vida, desde la cotidianidad. Quien no entiende que debajo de esa aparente apatía y conformismo de un pueblo masacrado y doblegado perennemente anida incólume un hambre de justicia, paz y prosperidad, no entiende nada. Quien no entiende que los mexicanos hemos tenido que abrirnos paso trabajosamente con todo en contra, sometidos por siglos de privilegios, oligarquías, castas, partidocracias, populismos, dictaduras… y que aún así no nos han doblegado, no entiende nada. Quien no entiende que las conquistas, grandes o pequeñas, alcanzadas en México han sido exclusivamente conquistas de una sociedad avasallada pero también inconforme, no entiende nada. Quien no entiende que vivir en México, en un país secuestrado por una casta política cínica y voraz, ocupado por poderes fácticos monopólicos, en un país sumido en la violencia, la inseguridad y el saqueo por parte de las élites, convierte a sus ciudadanos en auténticos héroes, héroes por vivir y trabajar honradamente, por migrar para mejorar sus condiciones de vida, por votar apostando por un futuro de paz y leyes…, simplemente no entiende nada… 

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos puede hacerlo cómplice o responsable de su tragedia. Dresser lo hace y eso la pinta de cuerpo entero. No es casual que en su elenco personal de héroes nacionales coloque a políticos trepadores como Javier Corral, a magistrados que en un mes cobran lo que gana toda la nómina de una maquila, como José Ramón Cossío, a ambientalistas en mustang como Andrés Lajous, a periodistas de cabina que navegan con la bandera de críticos para lucrar mejor como Carmen Aristegui, a intelectuales acomodaticios como Sergio Aguayo o Jesús Silva Herzog… Obviamente, en su lista de héroes no hay espacio para los tarahumaras, para la señora que vende tamales para completar el gasto, para los obreros que burlan su infortunio jugando futbol los domingos en canchas de piedras y vidrios, para los feligreses que caminan durante días para arrodillarse ante la Virgen de Guadalupe, para los empleados que sólo llegan a dormir a sus casas dormitorio de sus ciudades dormitorio, después de atravesar durante horas las urbes; a las mujeres y hombres que todos los días se juegan la vida cada vez que salen a sus trabajos o escuelas; para activistas caídos en su lucha por justicia, como Nepomuceno y Maricela…  Para ellos sólo hay el dedo flamígero de la paladina de la justicia, la condena despiadada de la nueva redentora nacional.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que ese pueblo está infectado de pesimismo, de inmovilismo, por lo que sólo sabe victimizarse. Lo que para Dresser es pesimismo y victimización en realidad es coraje, frustración, dolor, por constatar diariamente como los poderosos saquean al país, como actúan impunemente, como tuercen la ley a su conveniencia, como las élites nos mienten y se enriquecen a nuestras costillas. Dresser sostiene que a ese pueblo le falta indignación, siendo que los mexicanos estamos instalados desde hace mucho en la indignación, vivimos en la indignación, comemos indignación… es ya un estado de ánimo permanente. Francamente, no sé que más tiene que hacer este pueblo vapuleado para ser digno a los ojos de esta moderna Torquemada de las Lomas, si sólo vivir y sobrevivir en México es un triunfo diario.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, no puede entender que los mexicanos no queremos más violencia, sino vivir en un país en paz y con justicia; no queremos abusos e impunidad, sino leyes y derechos; no queremos gobernantes corruptos, sino representantes honestos y responsables; no queremos revoluciones ni guerras civiles, sino instituciones y elecciones; no queremos autoritarismos ni dictaduras, sino democracia y libertades; no queremos rezagos sociales y económicos, sino prosperidad y equidad… Y todos los días luchamos por ello, trabajamos para ello. Que no lo hagamos con los cánones que Dresser considera dignos no significa que seamos apáticos o resignados. Los ciudadanos hacemos lo que podemos hacer y lo hacemos con coraje, valentía y esperanza. Pedirle más a una sociedad que como la nuestra, en su gran mayoría, trabaja honestamente, soportando salarios de hambre, lleva a sus hijos a escuelas donde la educación es lo que menos importa, paga impuestos todos los días al consumir bienes básicos, soporta el abandono de gobernantes y partidos que sólo miran por su beneficio, critica todos los días el cinismo y la corrupción de sus gobernantes…  es francamente un despropósito de intelectuales engañabobos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que a los mexicanos somos conformistas, que nos falta participación y ser ciudadanos. Ridículo, en pocos países como México hay tantas marchas y manifestaciones de protesta, tantas huelgas y plantones, tantas movilizaciones de solidaridad con las víctimas de desastres, tanta afluencia a las urnas, tanta discusión en las calles, tanta indignación… Además, los ciudadanos en México somos más ciudadanos que los de muchos otros países, porque aquí nadie nos ha regalado nada, aquí hemos tenido que luchar denodadamente por nuestros derechos, por ser escuchados y tomados en cuenta. Pero Dresser solo ve a “mexicanos [que] les sobra conformismo y les falta descontento”, y como “los ciudadanos conformistas engendran políticos mediocres”, no nos queda más que flagelarnos por nuestra postración. No cabe duda, Dresser vive en un país que no es el de uno, o sea el de la inmensa mayoría de los mexicanos, sino que vive en el México de unos cuantos, de aquellos privilegiados que solazan sus conciencias trepadoras culpando al resto de la pobreza y la marginación, de los abusos y la negligencia de las autoridades, del atraso y el estancamiento…  Allá ellos y su mala conciencia. ¡Fuera máscaras!

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que los mexicanos vivimos en un país que sentimos ajeno, porque nos ha sido robado por las elites y los dictadores. Cierto, a México se lo han apropiado siempre las elites y los dictadores, pero nunca nos ha sido ajeno. A veces lo abandonamos, cuando la necesidad nos lleva a migrar, pero lo llevamos a todas partes y en todas partes lo reproducimos, con un orgullo y una nostalgia que jamás entenderán los anglosajones. Quizá no anhelemos las frivolidades de Dresser, como “las enchiladas del Sanborns, el cine de Cuarón, los libros de Poniatowska, la casa de Luis Barragán…”, pero sí a la familia, a los vecinos, a la tierra y a los volcanes…

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar ilusamente que “Un día habrá un diputado que suba a la tribuna y exija algo en nombre de la gente que lo ha elegido… Y entonces México será otro”. Depositar las soluciones en el origen de los problemas no sólo es insensato sino tendencioso. No Sra. Dresser, los mexicanos creemos en fantasmas y leyendas, pero no somos estúpidos. No se engañe y no engañe a sus lectores.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle el permanecer atrapada en “ideas muertas”, ideas tan arraigadas en nuestra cultura política como lozas de granito imposibles de remover, “ideas atávicas que nos convierte en un país de masoquistas”, como la defensa patriótica sobre nuestros recursos naturales (principalmente el petróleo), la defensa de los monopolios públicos o privados, la idea de que la educación más que mejorarla hay que ampliarla, o suponer que México no está preparado para reformas democráticas, como la reelección legislativa o las candidaturas independientes… Para empezar, el elenco de lo que Dresser llama “ideas muertas” es ridículo y arbitrario, y muy pocos coincidirían con él. En segundo lugar, si perviven ideas atávicas como éstas eso sólo ocurre en el seno de las propias elites políticas, económicas e intelectuales por resultarles rentables o convenientes. No son lastres que comparta la sociedad o que aniden en sus imaginarios como dogmas inquebrantables. Si alguien en México ha exhibido un espíritu de renovación y cambio ha sido precisamente la sociedad mexicana, que en ese sentido camina años luz muy por delante de sus elites.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle que vea todo lo podrido que lo rodea como algo normal, como rutinario; que perciba la violencia y el saqueo como inevitables; que vuelva normal lo que es anormal en otras partes; que se resigne a vivir en la inseguridad y los secuestros. Basta Sra. Dresser. No confunda miedo con cobardía, no confunda precaución con ceguera, no confunda silencio con rutina. La inmensa mayoría de los mexicanos no tenemos blindaje integrado y por eso debemos seguir bregando, hacer de la necesidad virtud. Vivir en la zozobra permanente, amenazados, sometidos, secuestrados… no es aceptar la inexorabilidad de nuestra tragedia, es sólo adaptarse a las circunstancias para seguir viviendo, para proteger a nuestros hijos, para evitar desafiar a la suerte en una calle oscura… No Sra. Dresser, aquí no hay nada de normalidad, sólo cautela e indignación, protesta cotidiana para que la autoridad haga su trabajo y termine de una buena vez con la espiral de violencia que padecemos. No se atribuya la exclusiva de reclamos que son de todos, que viven en todos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede reprocharle que no sea genuinamente multicultural, que acepte dócilmente la discriminación y la marginación, o incluso que alimente en su seno la discriminación y la marginación de manera hipócrita, pues no acepta su propia condición racista y xenófoba. No  Sra. Dresser, no nos mida con sus criterios anglosajones. Dese una vuelta el domingo por la Basílica para que vea en persona una auténtica sociedad multicultural, multiétnica y multirracial, algo simplemente imposible de ver en un país como Estados Unidos donde existen todas las razas pero no se tocan, no se mezclan, no conviven. El multiculturalismo como categoría y obsesión de intelectuales liberals sólo podía surgir en sociedades fragmentadas, divididas, guéticas, como la estadounidense. Es una categoría simplemente insustancial para sociedades mestizas como la mexicana, pero eso es algo que usted no ve ni entiende. Nuestro mestizaje generó otros fantasmas culturales, cierto, pero no el del aislamiento o la incomunicación entre razas, porque el multiculturalismo lo llevamos en la piel. Ese problema lo resolvimos hace quinientos años.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede pensar que los ciudadanos no reaccionan contra los abusos porque “estamos mal educados y no sabemos lo importante que es la educación”. No Sra. Dresser, que la educación en México sea un desastre no significa que los mexicanos la despreciemos o no le demos valor. Usted simplemente ignora las historias cotidianas de sacrificio y esfuerzo de millones de familias mexicanas para que sus niños y jóvenes vayan a la escuela y a la universidad, para que completen sus estudios, aún sabiendo que la educación dejó hace mucho de ser un medio de ascenso social, destinando recursos a ese propósito, pese a que son escasos… 

Basta, podría seguir con esta crítica ad nauseam, pues cada página del libro de Dresser está plagada de errores e imprecisiones. Con lo dicho, creo que el lector se habrá dado cuenta que Dresser no conoce el país de uno, lo boceta con colores llamativos pero sin idea de lo que está pintando. El resultado es un bodegón de principiante, una naturaleza más muerta que su Avatar de redentora que sólo los incautos le compran, un retrato deforme de una realidad que la autora simplemente no entiende, salpicada arbitrariamente de frases y citas forzadas de escritores y académicos que en lugar de aclarar las cosas las emborronan sin remedio. 

Pero si las premisas del libro son endebles, el edificio tampoco se sostiene, empezando por el diagnóstico que sobre nuestro país realiza la autora. Desafío a cualquier lector medianamente informado sobre la realidad mexicana a que me señale al menos un aspecto que ignorara y del cual se haya enterado gracias a la lectura de este libro. Seguramente no hay nada. Veamos.

Que en México hay un “andamiaje de privilegios que aprisiona la economía y la vuelve ineficiente”, no sólo lo sabemos, sino que lo sufrimos todos los días; que en México las elites políticas y económicas actúan para su beneficio y por eso no introducen cambios, como las reformas estructurales, también lo sabemos; que el gobierno funciona como “distribución del botín”, no es nada nuevo; que los legisladores disponen de recursos exorbitantes e injustificados, también; que los partidos sólo actúan para su beneficio, es algo tan sabido que la sociedad los califica con 1.5 de 10 puntos posibles de confianza; que la economía está concentrada en unos cuantos monopolios y que las autoridades no hacen nada para generar mayor competencia, lo lamentamos todos los días… En fin, para qué seguir con tanta nimiedad.

Y si el análisis de Dresser sobre los males del país es insustancial y fatuo, sus críticas a partidos, políticos, líderes sindicales y empresarios con nombres y apellidos raya en el lugar común, una lista de agravios impunes que guardamos los mexicanos en el baúl y que Dresser simplemente desempolva para alimentar con ellos su falsa imagen de crítica implacable de los corruptos, de salvadora nacional. Si al menos sus críticas fueran imparciales o equitativas, pero son todo lo contrario, sesgadas y tendenciosas, propias de alguien que tensa sus juicios hasta donde no representen un riesgo para ella, para su propio juego político, interesado en frenar a toda costa el retorno al poder del PRI (y en particular de Enrique Peña Nieto) o la llegada del PRD (y en particular de Andrés Manuel López Obrador), pues mientras sean oposición su crítica no la compromete sino que la hace aparecer como implacable. Muy distinta es la crítica al PAN y a los dos gobiernos emanados de él, saturados de incompetencias pero que cuentan en su descargo con el hecho de que heredaron un país destrozado muy difícil de recomponer en tan poco tiempo. Lo cual no deja de ser una falacia. Obviamente, cuando la crítica está sesgada o manoseada de origen deja de ser crítica para convertirse en panfleto, en pasquín, que es precisamente lo que hace Dresser.

“Gracias al PRI —señala Dresser— el narcotráfico se infiltra en el Estado y se enquista allí… Fox y Calderón no son responsables del problema”. No Sra. Dresser, tan responsable es el PRI por haber alentado y protegido este negocio durante décadas, como Felipe Calderón por incendiar al país con una guerra fallida, antes que proponer soluciones drásticas, como la legalización de las drogas; una guerra de mentiras ¿A quién quiere engañar? Hoy el país, además de estar sometido por el crimen organizado, está inmerso en una espiral de violencia que simplemente no debió generarse.

Por lo demás, no hay nada en su recuento de daños del PRI que se desconozca: el charrismo sindical de Gamboa Pascoe, la prepotencia de Beatriz Paredes, los excesos de López Portillo, el enriquecimiento ilícito de los Salinas de Gortari, el cinismo del profesor Hank, la corrupción de Elba Esther Gordillo, Roberto Madrazo, Ulises Ruiz, los escándalos de Arturo Montiel y Mario Marín, las mentiras de Peña Nieto… En suma, el PRI del clientelismo, de los abusos de autoridad, de las mafias, del saqueo indiscriminado de recursos, de la corrupción desmedida, del Pemexgate, de la impunidad, de los sobornos, de la cooptación silenciosa de intelectuales, de la represión, de la matanza del 68, de las camarillas… Por Dios, ¿en verdad no tiene nada mejor Sra. Dresser? Le recuerdo que la sociedad mexicana rescindió al PRI en las urnas en 2000 precisamente por esa lista de atropellos. Ni al caso remover escombros. ¿Cuánto malestar e insatisfacción debe haber con los gobiernos del PAN que hoy se asoma desafiante la posibilidad del retorno del PRI?, ¿cuánta desesperación y frustración debe haber en nuestra sociedad que muchos piensan que ese pasado ominoso era menos cruel que nuestro presente truncado? Ese es el dato duro realmente significativo para los tiempos que vienen: el PAN no supo leer el momento histórico que le tocó vivir, no estuvo a la altura de los desafíos de los nuevos tiempos, arruinó al país estúpidamente, traicionó a un pueblo que creyó en su promesa de cambio y renovación. Aquí no caben las justificaciones. Decir que “el gran error del PAN fue creer que podrían practicar mejor el juego diseñado por el PRI, en vez de cambiar sus reglas” suena muy complaciente. En realidad, el PAN sí podía cambiar esas reglas, prometió a la nación hacerlo, tenía todo para hacerlo, pero muy pronto se dio cuenta que mantenerlas intactas era muy rentable para hacer lo mismo que hizo el PRI durante décadas: mentir, robar, ocultar, engañar…

Y para seguir con las necedades, ¿a qué viene a estas alturas enjuiciar a la “famiglia Salinas” y al “Don Corleone” de la política mexicana? Si alguien sabe que Carlos Salinas de Gortari fue un déspota, un tirano, un mafioso, un político perverso y despreciable, somos los mexicanos. Cierto, nunca pagó por sus crímenes, pero la sociedad ya lo juzgó y lo condenó hace tiempo. Ese veredicto es parte de nuestra historia y nadie nos lo puede arrebatar. ¿A quién quiere impresionar Sra. Dresser? ¿En qué momento trasformó su complacencia con el desempeño de Salinas, sus adulaciones al entonces presidente (tal y como lo expone sin rubor en su ensayo de 1993 “Neopopulist Solutions to Neoliberal Problems: Mexico’s National Solidarity Program”) en odio y dardos envenenados? Usted, Sra. Dresser, como sus colegas mercenarios, intelectuales repetidores de la cochambre que sólo saben acomodarse a lo que hay, también ha jugado convenientemente. ¿A quién quiere engañar? Por lo visto, la congruencia no ha sido precisamente una de sus virtudes. Por lo demás, sólo a usted se le ocurriría citar profusamente a Héctor Aguilar Camín, el ideólogo de Salinas, el más arrastrado de los intelectuales de este país, para diseccionar las intenciones ocultas de ¡Salinas! Eso ya no es incongruencia, sino insensatez.

¿Y qué decir de los juicios de Dresser a la clase empresarial, a los oligopolios, a Televisa y a Carlos Slim? Nada, pues no hay nada nuevo en ellos, nada que no se sepa. Pero como la Sra. Dresser reproduce en su libro la crítica que le hizo a Slim en un artículo que le valió el Premio Nacional de Periodismo, me permito reproducir aquí también el comentario que escribí sobre el mismo: “Me acuerdo que cuando leí este artículo en su momento no daba crédito a tanta ‘mala leche’ y perversidad. Quienes lo leyeron se acordarán que Dresser ‘regañaba’ en este artículo al empresario, a quien calificaba de voraz e inescrupuloso, ambicioso y monopólico, insensible y antipatriota, incongruente y mentiroso, colocándose ella, supuestamente, en los zapatos de los ciudadanos, de los agraviados, de los damnificados por la avaricia del hombre más rico del mundo, de los pobres y de las víctimas de la desigualdad y la injusticia social. El artículo de Dresser seduce al gentío más sensiblero porque es el típico discurso que busca solazar de algún modo las conciencias intranquilas y golpeadas por la crisis de millones de mexicanos, buscando un culpable de nuestros males y escupiéndole en la cara todo lo despreciable e insultante que nos resultan él, su riqueza y su éxito como empresario. Como tal, Dresser emplea una vieja estrategia política, consistente en identificar a un enemigo para justificar ciertas acciones y legitimar una posición, da lo mismo que el enemigo sean los judíos, la madre patria, los inmigrantes, los herejes, el imperio, el neoliberalismo o la burguesía, lo importante es exhibirlo y denostarlo hasta generar el deseo colectivo de acabar con él. En este caso, Dresser escogió a Slim, y todo el mundo se identificó de inmediato con el linchamiento público del empresario, como si con ello pudiéramos salvar nuestras almas atormentadas. Por esta vía, además, si bien los agraviados nos curamos en salud fugazmente, no hacemos más que descargar en el enemigo de turno nuestras propias frustraciones y miserias, pues siempre será más cómodo culpar a los demás de nuestras desgracias que reconocer nuestra propia responsabilidad en las mismas. Y no es que no haya nada que reprocharle a Slim, pero de ahí a convertirlo en el principal culpable de nuestra postración nacional es un despropósito a todas luces tendencioso e injustificado. No me sorprende que una periodista sin escrúpulos recurra a estrategias tan perversas y subliminales para ganar lectores y fans, pues el medio se alimenta de ese y otros males, como el ‘amarillismo’, el ‘estrellismo’ y el ‘chayotismo’, pero que los profesionales del periodismo responsables de evaluar el trabajo de sus pares premien este tipo de trabajos tan insustanciales y huecos sólo causa perplejidad. ¿Realmente no se dieron cuenta de lo que estaban premiando? Si el panfleto de Dresser contra Slim fue el mejor artículo del año, entonces nuestro periodismo está para llorar. Por lo demás, que un artículo de opinión sea muy comentado y difundido mediáticamente, como el de Dresser, no significa per se que tenga calidad. Sería bueno entonces, que el Consejo aclarara lo que está premiando: impacto o calidad. Además, si alguien carece por completo de autoridad moral para linchar a los empresarios y a los monopolios es precisamente Dresser, quien ha vivido cómodamente desde hace años trabajando para la clase empresarial, dictando conferencias y cursos muy jugosos a las principales corporaciones empresariales y de hombres de negocios, en contubernio con Televisa y otros monopolios, gracias a lo cual se ha convertido en la ‘intelectual’ mejor pagada de México. Pero la congruencia no es una virtud bien cultivada por nuestros hombres y mujeres de ideas.”

Pero si de simplificaciones se trata, nada hay más simple (y ridículo) que achacar a lo que Dresser llama “Los diez mandamientos del político mexicano” las razones de la “disfuncionalidad” de nuestra democracia: “1. Amarás el hueso sobre todas las cosas… 2. Tomarás el nombre de la democracia en vano… 3. Santificarás las fiestas patrias con puentes vacacionales… 4. Honrarás a los líderes de tu partido…” Disculpará el lector que no siga, pero ya me indigeste de tanta gansada. Y se supone que esta es la parte irónica del libro…ja…ja…ja…

Pero lo peor está al final: las recomendaciones de la ciudadana Dresser para cambiar el país: una auténtica lista de obviedades propia de Perogrullo: ser irreverente frente al poder, concebir al voto como un derecho esencial, estar informados sobre el acontecer nacional, hacer marcaje personal a los diputados, apoyar las reformas, denunciar que la guerra al narco no ha funcionado, denunciar los monopolios, recoger la basura afuera de mi casa, conectarme a las redes sociales… ¿Y para esto tanta tinta? No me cabe la menor duda. El de Dresser es el peor panfleto que he leído en los últimos años. No rescato de él ni una sola coma.

No sé en qué momento Dresser se metamorfoseó en la emisaria de las causas populares, en la redentora de los pobres y los excluidos, en la vocera de los ciudadanos, y tampoco sé si realmente ella se lo cree, pero me queda claro que si hay alguien a quien no le va ese papel es precisamente a ella. Desde el relumbrón de sus trajes de diseñador y la eterna inmutabilidad de su peinado, desde su voz impostada y sus manoteos estudiados, clamar por justicia para los menesterosos resulta tan frívolo como cómico. Tampoco sé cómo la periodista compagina su nuevo rol de Viridiana de las Lomas con sus múltiples y muy rentables “asesorías” a políticos, funcionarios, dependencias públicas y partidos políticos, todo lo cual no hace sino exhibirla de cuerpo entero, comenzando por su poco aprecio por la independencia intelectual. Por todo ello, pero sobre todo por sus escasas contribuciones y el bajo perfil de las mismas, no deja de sorprenderme la creciente influencia y penetración que Dresser ha venido alcanzado en los medios. En realidad, como académica no ha hecho nada relevante (o mejor, no ha hecho nada), a no ser que sumar varias denuncias de plagio por parte de diversos colegas; más allá de sus artículos periodísticos y sus compilaciones de entrevistas a mujeres, no cuenta con obra intelectual alguna. Que ha sido hábil para posicionarse en los medios nadie lo pone en duda, pero que haya llegado a los sets con un trabajo intelectual mediocre y precario, tampoco. Son quizá los resabios de nuestro provincialismo, pues con lo que tiene Dresser nunca hubiera destacado en su país de origen, Estados Unidos, ni como periodista, ni como intelectual, ni como académica, pero aquí en México la premiamos y encumbramos.

 

Tomado del libro: C. Cansino, El evangelio de la transición, México, Debate, 2009

1. Los intelectuales ante el poder

Durante mucho tiempo en nuestro país, la inteligencia y el poder jugaron a aparecer como rivales o como realidades enfrentadas irremediablemente. En muchas ocasiones tal juego de apariencias sirvió no sólo a los intereses de gestión y autopreservación anidados en los circuitos y capillas que nutren ambas esferas, sino que también ocultó eficazmente los frecuentes acuerdos, transacciones e incluso complicidades que se establecían entre estos dos ámbitos a través de una compleja red de apoyos y vasos comunicantes sobre la que se construyó buena parte del edificio de la cultura nacional durante el siglo XX.

El paso de los sexenios conoció a la par los esplendores de la colaboración del intelecto y el talento creador en las tareas de edificación cultural y de la crítica a la homogeneidad monolítica de tal construcción. La dinámica pendular generada por esta y otras contradicciones características de la intrincada relación entre la cultura, el ágora y el poder propició por años una serie de espejismos, compartidos tanto por los actores de esa relación —las elites intelectuales y políticas— como por un público cada vez menos conforme con el tradicional rol de espectador al que los mandarines de la cultura y los burócratas estatales por igual lo quisieron reducir.

Pero tras dichos espejismos, propios de todo ámbito de representación de lo político —el ágora incluida—, que contribuyeron tanto a la legitimación del recientemente fenecido orden secular mexicano como de los principados y cotos detentados por los pontífices culturales, se escondió por años un hecho crucial: que el movimiento pendular señalado, valorado por lo general sólo por los posicionamientos extremos a que daba lugar, era posible porque dichos extremos —y el péndulo mismo de la cultura— pendían en último término del mismo hilo, esto es, de la relación (abierta o soterrada, confesa o no) con el poder constituido, que administraba y repartía prebendas y castigos, abría o cerraba canales de financiamiento, apoyaba o asfixiaba instituciones según criterios de eficacia y funcionalidad a los que intelectuales, creadores y claustros generadores de cultura tenían que adecuarse so pena de enfrentar el desierto de la marginalidad o la obsolescencia, cuando no la franca y abierta persecución.

Así, hemos vivido en México acostumbrados al secuestro del ágora no sólo bajo la égida protectora del ogro filantrópico, sino perpetrado también —más voluntaria que involuntariamente— y en buena medida por aquellos que se decían sus defensores, cuyas batallas por la hegemonía cultural disfrazadas de cruzadas por la “pureza” intelectual, ocultaron durante años una perniciosa regla no escrita: la de practicar la indiferencia y el ninguneo mutuos, escamoteando así la crítica y empobreciendo de hecho el nivel del debate intelectual en México.

El objetivo de este ensayo es reconocer los contenidos y las implicaciones de las principales concepciones que los intelectuales mexicanos más influyentes en el mundo de las ideas construyeron o simplemente abrazaron con respecto a su relación con el poder político a lo largo del siglo XX. Más específicamente, se tratará de identificar las principales posiciones ideológicas que definieron las formas dominantes de relación de los intelectuales con el Estado así como el peso o influencia real que tuvieron cada una de estas representaciones dependiendo de las circunstancias políticas imperantes en el país. En sintonía con ello, se examinarán las tensiones morales que se originaron entre cultura y poder así como la congruencia o no en casos concretos entre representación del intelectual y práctica real. Finalmente, se establecerán las consecuencias que tuvieron tanto para el mundo de las ideas como para el orden político en México el que ciertas representaciones del intelectual hayan imperado sobre otras.

Hay buenas razones para proponerse una búsqueda como la planteada. Así por ejemplo, constituye una manera distinta y complementaria de otras de reconstruir la historia del siglo XX mexicano, a través de sus hombres de ideas y sus vinculaciones con el poder. Asimismo, de este examen pueden extraerse lecciones interesantes sobre el papel desempeñado por los intelectuales mexicanos en las distintas etapas de vida del régimen político posrevolucionario. Así, se pueden establecer tendencias entre determinadas representaciones dominantes del intelectual y los momentos de avance y retroceso en materia de libertades y derechos democráticos en el país. Finalmente, el problema de los intelectuales y su relación con el poder es, sin duda, una de las temáticas clave que nos permite iluminar algunos de los más importantes problemas por los que transitan las sociedades contemporáneas, pues dicha relación nos remite a la discusión acerca de la democracia.

2. Representaciones del intelectual

No existe una sola manera de concebir la relación de los intelectuales con el poder. Por el contrario, existen tantas concepciones como intelectuales que en algún momento incursionaron en esas honduras del pensamiento; es decir, existen múltiples representaciones, incluso antagónicas, sobre el quehacer intelectual y en particular sobre el deber ser de los intelectuales con respecto al poder político. Obviamente, no hay posiciones objetivas o ingenuas sobre el asunto. La mayoría de las veces, los argumentos esgrimidos por los propios intelectuales han buscado justificar una trayectoria —la suya—, o simplemente abrevan de una concepción preexistente en la que creen encontrar el sustento teórico más congruente con su propio quehacer político. Como quiera que sea, se trata de un asunto polémico y que, por obvias razones, interpela constantemente a los intelectuales. En ocasiones, la integración de los hombres de ideas al Estado provoca en ellos una suerte de tensión moral, sobre todo en el contexto de regímenes autoritarios, pues asumen que su inserción en el poder conlleva, se quiera o no, un costo en términos de credibilidad. En otros casos, el rechazo moral a un determinado estado de cosas conduce a algunos intelectuales a adoptar posiciones políticas de carácter disidente o abiertamente contestatarias o revolucionarias. Para otros, participar de los asuntos públicos en algún ámbito del aparato gubernamental es una suerte de misión moral o de compromiso ético para con la nación, sobre todo en los momentos decisivos de génesis y conformación de un nuevo régimen político, que por este hecho de carácter simbólico renueva las esperanzas colectivas de avanzar hacia algo mejor respecto de lo que existe. Finalmente, están los que defienden rabiosamente su independencia intelectual aún a costa de ser excluidos o marginados del mundo cultural por no ceñirse a las reglas no escritas impuestas por la corriente política dominante.

Como quiera que sea, la inteligencia y el poder político siempre han estado emparentados, relacionándose en forma conflictiva e inestable a lo largo de la historia humana. Se trata de una relación marcada por la fascinación, la suspicacia y una suerte de amor-odio recíprocos. Y en este diapasón la toma de posición acerca del quehacer intelectual es también una justificación de lo que los intelectuales son y/o aspiran a ser.

De ahí que he optado por emplear en este ensayo la noción de “representación” para referirme no sólo a una capacidad o facultad para representar, encarnar o articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y a favor de un público, sino también una construcción mental que impele a la acción, a actuar en sintonía con ciertos criterios. De hecho, las representaciones intelectuales son la actividad misma, dependiente de un tipo de toma de conciencia que puede ser escéptica, comprometida, irreverente, etcétera.[1]

No es éste el lugar para discutir en detalle la abundante literatura que sobre el tema de las relaciones entre los intelectuales y el poder se ha producido desde hace mucho tiempo. Baste con mencionar que las posiciones dominantes sobre el particular han mutado constantemente desde que se acuñara el concepto de “intelectual” en Francia, en 1898, en ocasión del affaire Dreyfus. Se debe pues al escritor Émile Zola un primer exhorto para que los hombres de ideas preocupados por la justicia y la verdad adoptaran una actitud crítica e intentaran cambiar la actitud incrédula y desinformada de los ciudadanos, en este caso frente a un hecho cruel que vulneraba los principios más elementales de la convivencia y la igualdad de derechos.[2] Tiempo después, en 1927, en su famoso libro La trahison des clercs, Julien Benda acusa a los intelectuales de abandonarse a las pasiones políticas, perdiendo de vista lo universal: se han vuelto “egoístas y desinteresados” de las grandes causas universales, como la justicia o la humanidad, y han abandonado toda primicia moral. En virtud de ello, Benda hace un exhorto a los intelectuales para que recuperen un sentido moral a la altura de su papel en la sociedad como formadores de opinión.[3] Posteriormente, en el período entreguerras, la emergencia del socialismo y el nacionalsocialismo dividió a los intelectuales europeos y de otras latitudes: socialistas y antisocialistas, fascistas y antifascistas. Sin embargo, algo los unificaba: la condición de “intelectual orgánico” o comprometido teórica y prácticamente con una determinada causa o ideología, y que nadie caracterizó mejor que el italiano Antonio Gramsci.[4] De hecho, la idea del intelectual crítico a la Zola o moralista a la Benda es sustituido por esta nueva representación. Del bando fascista resonaron las voces de intelectuales orgánicos como Carl Schmitt, Oswald Spengler, Ernst Jünger y Martin Heidegger, mientras que del bando socialista destacaron Georg Lukács, Ernest Bloch, Max Adler y el propio Gramsci. Pero como suele suceder, cuando los excesos solapados por ambos bandos quedaron al descubierto —el holocausto nazi y los gulags estalinistas— se produjo una desbandada de los intelectuales hacia otras posiciones. En el seno del marxismo se presentaron largos debates sobre el papel de los intelectuales, y la figura del intelectual comprometido comenzó a tener muchos detractores (como Cornelius Castoriadis, Albert Camus y Claude Lefort) y uno que otro defensor a ultranza (como Jean-Paul Sartre). Como haya sido, empezó entonces a cobrar fuerza una representación distinta, menos aferrada a las ideologías y más comprometida con la verdad y la honestidad. Aquí destaca con luz propia Raymond Aron, quien reivindica para el intelectual un sentido crítico, no ideologizado ni dogmatizado, comprometido solamente con la búsqueda de la verdad.[5] Y de aquí a decretar la muerte de los intelectuales sólo había un paso. La puntilla la quisieron dar con un éxito relativo los partidarios del posmodernismo (Francois Lyotard, Jacques Derrida, Gianni Vattimo): si el intelectual es un producto de la Ilustración y ésta ha sucumbido junto con la modernidad, entonces ya no hay espacio para el intelectual portador de verdades universales.[6] Ya antes, Michel Foucault había despreciado a los “intelectuales-oráculos” —una suerte de sacerdotes modernos capaces de iluminar el destino de la humanidad—, para reivindicar a un intelectual secularizado y todo menos profético.[7] Por esta misma línea se van derrumbando otras certezas acerca del papel de los intelectuales. Así, por ejemplo, Pierre Nora sostiene que más que incitar a la acción, los intelectuales deben interesarse con modestia por hacer más inteligible el mundo en que vivimos: si la famosa onceava tesis marxista de Fauerbach sostenía que lo imparte no es interpretar el mundo sino transformarlo, ahora el verdadero desafío para los intelectuales consiste en explicar al mundo por encima de cualquier otra cosa.[8] Pierre Bourdieu, por su parte, desnuda a los intelectuales y les atribuye una estrategia individual perfectamente calculada cuyo principal finalidad es defender sus intereses, que no son otros que conquistar bienes —materiales o simbólicos—, ya sea consciente o inconscientemente.[9] Asimismo, Alvin W. Gouldner concluye que los intelectuales se han convertido en una nueva clase de especialistas cada vez más distante del gran público y que sólo se comunican entre sí;[10] mientras que Russell Jacoby se refiere a los intelectuales independientes como una generación perdida, pues lo que hay en la actualidad es un grupo de “técnicos del aula”, ininteligibles, alquilados por alguna comisión, deseosos de agradar a diversos patrones y agencias, ufanos de sus credenciales académicas y de una autoridad social que no promueve el debate sino que se limita a establecer reputaciones y a intimidar a los inexpertos.[11] En la misma línea, Richard A. Posner demuestra empíricamente que el intelectual público ha declinado en los últimos años, incluso en términos estrictamente mercantiles: el impacto que alcanza, los libros que vende, la aceptación que recibe, etcétera.[12] Finalmente, Paul Johnson ha puesto de relieve el enorme escepticismo que en la actualidad producen los intelectuales en los públicos a los que se dirigen: “parece generalizarse la creencia de que los intelectuales no son más sabios como mentores ni más respetables como modelos que los hechiceros o sacerdotes de antaño”.[13] Pero el haber llegado a este punto muerto no es responsabilidad más que de los propios intelectuales. La soberbia, la incongruencia o la hipocresía que ha caracterizado a muchos de ellos ha terminado por devaluarlos a los ojos de todos. Y sin embargo, como diría Bourdieu, “si no hay intelectuales, no habrá defensores de las grandes causas”.

Pero si hemos de hablar de un deber ser de los intelectuales en relación con la política que sirva de parámetro para evaluar las diversas representaciones que los propios intelectuales se han hecho y se hacen sobre su actividad, me quedo con la definición de intelectual aportada por el poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid: “el escritor, artista o científico que opina en cosas de interés público con autoridad moral entre las elites”, y que forma parte de “algo así como la inteligencia pública de la sociedad civil”. Así, destacan al menos dos elementos: en primer término, que la intervención de los intelectuales en los asuntos públicos es totalmente independiente del poder político, e incluso contradice posturas y decisiones de éste; en segundo término, que en virtud de que la intervención del intelectual no se da en calidad de especialista, sino de ciudadano, la recepción de su discurso y opiniones no está mediada por un halo de “autoridad intelectual”. Esto es, no son los títulos o reconocimientos —por los que la mayoría de los intelectuales combaten con feroz discreción— otorgados (generalmente) por el poder los que le otorgan autoridad a su discurso, sino la recepción de ese discurso por parte de un público informado, quien por otra parte, es el que concede o niega la calidad de intelectual a alguien.[14]

Cabe señalar que el mundo de los políticos no es ajeno al mundo intelectual o, si se quiere, la política no es algo extraño a los intelectuales. Existen entre ambos un sinnúmero de vasos comunicantes. Pero la política que hacen los intelectuales no debe confundirse con la que realizan los políticos. Para empezar, no hay autoridad intelectual sin independencia respecto del poder. Ser un intelectual disidente y/o militante en un partido de oposición no cambia las cosas. El verdadero poder del intelectual es el de las ideas. La del intelectual es una práctica política distinta a la partidista. La crítica al poder despótico de los gobernantes sólo es creíble desde la independencia y, sobre todo, desde la libertad de quien la ejerce.[15]

En mi opinión, el compromiso de los intelectuales es con la verdad pública, donde quiera que ésta se encuentre. Su herramienta es la crítica, que como tal no es buena o mala, sino correcta o incorrectamente justificada o fundamentada. El intelectual no es un individuo apolítico; hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento sino la simple palabra escrita o hablada, que no es poca cosa. La crítica del poder o el poder de la crítica de los intelectuales radica en su autonomía moral y económica, es decir, en el ejercicio de su libertad. El compromiso del político de oficio, por el contrario, es con el poder, donde quiera que éste se encuentre. No busca entenderlo o cambiarlo sino justificarlo. Su herramienta es la lealtad, que no es buena o mala, simplemente es y punto.

En este juego de espejos, el intelectual no puede quedar subordinado a la lógica de la política partidaria o gubernamental sin traicionarse a sí mismo. Su lealtad no es con el príncipe, sea cual fuere su color u origen, sino con las ideas y el debate públicos.

3. Intelectuales y poder en el México del siglo XX

El tema de la relación entre los intelectuales y el poder en México ha sido objeto de innumerables estudios,[16] polémicas y discusiones: ¿amor u odio?, ¿cercanía o lejanía?, ¿lealtad o independencia? Sin embargo, sólo ahora, después de la caída del viejo régimen priista, es posible aproximarse a este tema con la distancia necesaria como para establecer algunas tendencias que marcaron esta relación durante el siglo XX.

Atendiendo a la definición de intelectual propuesta por Zaid a la que nos referimos antes, ¿qué se puede decir de los intelectuales en México durante el siglo XX?, ¿qué tanto se aproximan o se alejan de sus criterios de valor? Lo primero que hay que decir es que la independencia con respecto al poder no ha sido un valor cultivado por la mayoría de ellos, por más que pretendan aparentar lo contrario. Además, casi siempre han tratado de imponer al público ilustrado del país (antes de esperar a ser reconocidos) su autoridad como especialistas. Por esta vía muchos de ellos se han convertido en auténticos mandarines culturales que medran con el capital intelectual, dictan reglas, protegen a su grey e, incluso, castigan a los “rebeldes” y fustigan a los adversarios. No obstante, como veremos a continuación, muchas de nuestras glorias intelectuales han recurrido a diversas fórmulas retóricas para justificar sus propios devaneos con el poder sin fenecer en el intento.[17]

La historia política de México durante el siglo XX es una de grandes contrastes y transformaciones, de avances y retrocesos. En este período encontramos todas las manifestaciones o etapas posibles de evolución política características de los Estados-nación modernos, desde el fin de una dictadura personalista hasta una transición democrática, pasando por una muy larga y violenta revolución social, y la instauración, consolidación y decadencia de un régimen autoritario de partido único. En ese sentido, es lógico que en el ámbito intelectual también emergieran durante todo este período representaciones o concepciones igualmente diversas y hasta contrastantes sobre el papel de los intelectuales en relación con el poder político, desde las que defienden su incursión en las tareas sustantivas del Estado hasta los que reivindican su plena independencia respecto del mismo.

Si bien en algún momento en la vida política del siglo XX, más específicamente, en el ocaso del porfiriato, durante la Revolución y en los albores del régimen posrevolucionario, prosperó entre los intelectuales un interés y una vocación hasta cierto punto legítimas de integrarse a las labores del Estado por el bien de la nación, ya sea creando instituciones, sobre todo culturales, o generando programas de todo tipo para promover la educación y la cultura en el país, hubo un momento, conforme el régimen político posrevolucionario fue institucionalizándose y afinando sus rasgos autoritarios dominantes, en el que la colaboración con el poder sólo podía hacerse desde una tensión moral o una contradicción imposible de evadir, salvo renunciando a la calidad de intelectual o participando de un juego de simulaciones. (De hecho, muchos intelectuales desencantados de su paso por las entrañas del poder volvieron a los libros o pasaron a la confrontación activa). Sin embargo, frente a la disyuntiva de los intelectuales de colaborar con un Estado autoritario de corte paternalista para mantener ciertos privilegios y hasta su propia promoción y permanencia en el medio o mantener su independencia respecto del Estado, aun a riesgo de ser condenados al ostracismo o hasta perseguidos por no plegarse a las reglas del sistema, terminó imponiéndose para la mayoría de los intelectuales una autorrepresentación de su papel en la sociedad bastante “conveniente” como para no salir raspados en el intento ni confrontados con sus propios fantasmas. Se trata, en suma, de una concepción del trabajo intelectual que no está reñida ni contrapuesta al trabajo político y partidista, a condición de que este encuentro, argumentarán los partidarios de esta concepción, sea creativo y coadyuve a la afirmación de cada vez mayores espacios de libertad y democracia. Para esta posición, poco importa el tema de la mayor o menor independencia intelectual. Por el contrario, se citan y exaltan con frecuencia las experiencias de muchos hombres de ideas que optaron en su momento por colaborar en la creación de instituciones culturales y del propio Estado nacional.

Hasta aquí, el balance resulta terrible: la seducción por el poder ha llevado a la mayoría de los intelectuales mexicanos a sucumbir ante él. La existencia de un puñado de intelectuales a lo largo del siglo XX que han elegido el camino menos rentable y protagónico de la independencia y la crítica al poder —como Zaid, Roger Bartra o Lorenzo Meyer—, no marca una tendencia. Más frecuente ha sido el de los intelectuales cuya fascinación por el poder los llevó a colaborar con el mismo de manera servil —desde Martín Luis Guzmán y Jaime Torres Bodet hasta Héctor Aguilar Camín y el grupo Nexos, pasando por Luis Spota, Jaime Sabines, Jesús Reyes Heroles, Ricardo Garibay y Agustín Yánez—, o incluso el de los intelectuales que han optado por mantenerse en un complejo equilibrio entre la crítica al poder y la connivencia con el mismo a veces con la finalidad de poder emprender su actividad con una cierta dosis de libertad. Ahí están, por ejemplo, un Alfonso Reyes o un José Vasconcelos, en su momento colaboradores del poder pero también críticos del mismo, y, por ello, precursores de las transformaciones revolucionarias de principio de siglo, aunque tampoco comulgaban con la ideología de la Revolución Mexicana. Lo mismo puede decirse de Daniel Cosío Villegas, quien después de colaborar con el poder desde diversos cargos públicos se volvió el crítico más incisivo del mismo. Este es el caso también de Jorge Cuesta, quizá el crítico más agudo del callismo y el cardenismo, lo que le valió la persecución y el denuesto. Y que decir de Manuel Gómez Morin o Vicente Lombardo Toledano, quienes también colaboraron con el poder pero que decidieron en algún momento enfrentarlo mediante la creación de dos partidos de oposición, el Partido Acción Nacional y el Partido Popular, respectivamente. Ahí quedan también las posiciones ambivalentes de José Revueltas y Octavio Paz, uno intelectual radical de izquierda y otro liberal demócrata, pero que también se movieron entre la crítica al poder y la connivencia con el mismo, aunque el desenlace de sus carreras y sus vidas fue diametralmente opuesto. En tiempos más recientes, la inteligencia pareció moverse a conveniencia entre la crítica y la disidencia o la incorporación al gobierno. Ahí quedan las trayectorias igualmente ambivalentes de intelectuales como Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Enrique Krauze o Elena Poniatowska.

No es difícil inferir las intenciones implícitas en estas concepciones largamente dominantes en el México posrevolucionario. Sin embargo, lo realmente significativo es establecer las consecuencias de que en el mundo intelectual haya campeado precisamente esta representación en lugar de otras posibles. El hecho es que terminó imponiéndose en México un juego de simulaciones en el medio intelectual producto de una larga cooptación silenciosa que orilló a la mayoría de los intelectuales a trabajar bajo la tutela del Príncipe. La consecuencia más visible de ello ha sido el estancamiento de este sector, lo cual se manifiesta de muchas maneras: la libertad de pensamiento no ha sido algo apreciado por los intelectuales, los debates de ideas no interesan a nadie y nunca se han fomentado, la promoción de los intelectuales se debe más a compromisos y lealtades con los mandarines de la cultura y los políticos de turno que a las virtudes y méritos exhibidos. Por otra parte, la cultura en general y el debate intelectual han sido monopolizados por el Estado y por un grupo muy estrecho de intelectuales que han sabido jugar muy bien con las reglas corporativas y clientelistas del sistema. El peso de la tradición en este aspecto es tan fuerte que ni el reciente cambio de régimen en México ha podido alterar todavía sus efectos corrosivos. De hecho, la mayoría de los intelectuales no ha estado a la altura de los cambios y el ágora sigue estando secuestrada por los mismos grupos de ayer al tiempo de que se conservan incólumes las mismas reglas corporativas y clientelistas.

4. Nuevas representaciones

El medio intelectual mexicano ha sido más bien refractario a ser confrontado en sus debilidades y flaquezas. Por eso, cuando alguien osa hacerlo lo más seguro es que enfrente la descalificación a ultranza o la indiferencia de sus colegas. No es un secreto que en nuestro país no se tolera el disenso, más aún suele asociarse a asuntos de índole personal o privado. En lugar de la confrontación, el medio intelectual mexicano ha afirmado un sistema que hace de la mediocridad virtud, y donde cualquiera que alza la voz para disentir con sus colegas es odiado y denostado.

Es por ello que la libertad de pensamiento no es algo apreciado por los intelectuales mexicanos. Por el contrario, los debates intelectuales no interesan a nadie. Los intelectuales, salvo honrosas excepciones, más que relacionarse por sus afinidades teóricas con respecto a las principales corrientes o escuelas de pensamiento, lo hacen por criterios de amistad o para aspirar a merecer los favores y prebendas que conceden los mandarines de la cultura y el poder. Éstos a su vez, erigidos en tribunales, monopolizan y controlan a su conveniencia la producción y la divulgación de las ideas en México o censuran o descalifican con lujo inquisitorial a quienes no comparten sus opiniones.

En ese sentido, en un país donde la cultura estuvo largamente monopolizada por una caterva de ideólogos del sistema priista y donde han prevalecido tradicionalmente las formas más abyectas de cooptación silenciosa, no hay nada más difícil que el pensamiento libre. A los intelectuales independientes, por no alinearse a la visión dominante, siempre les ha tocado en respuesta la marginación y el aislamiento. El dogmatismo no duda en estigmatizar a quienes todavía creen en la fuerza de las ideas. Ciertamente, la academia paga mal en México y ello ha obligado a la mayoría de los intelectuales a acomodarse a lo que venga. El problema está en que tales intelectuales no asuman responsablemente los costos de su inserción en los ámbitos políticos y culturales oficiales, es decir, la pérdida inevitable de autonomía y, por consiguiente, de credibilidad y autoridad intelectual.

Los ejemplos al respecto son innumerables, hasta dar lugar a un abanico muy variado de representaciones de los intelectuales en México en el último cuarto del siglo XX, cuyo común denominador es la simulación. En primer lugar están los intelectuales cuyas afinidades electivas los llevó a convertirse en ideólogos del viejo régimen y a coquetear con los poderosos. Sin embargo, al tiempo que obtenían canonjías de todo tipo por los favores prestados a los detentadores del poder político, se esforzaban por mostrarse ante la opinión pública como intelectuales independientes y librepensadores. Este tipo de intelectual, en realidad, representaba dos papeles al mismo tiempo: por una parte era un intelectual servil a los gobernantes en turno y por la otra se presentaba socialmente como un intelectual independiente no contaminado por el poder. ¿Paradoja? No. Cinismo e hipocresía. La premisa de acción de estos intelectuales se alimentaba de un profundo desprecio por la sociedad, pues suponen que sus interlocutores son fácilmente manipulables y se van a tragan sin chistar todo lo que les vendan. Quizá el ejemplo prototípico de este tipo de intelectual lo constituye el poderoso grupo Nexos y en particular el conocido historiador Aguilar Camín, ambos ampliamente reconocidos por sus vínculos con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Hoy el grupo Nexos y el propio Aguilar Camín hacen esfuerzos denodados por sacudirse el estigma de ideólogos de Salinas de Gortari. Quizá lo logren, pero la sociedad no se deja engañar tan fácilmente como ellos suponían. El hecho es que Aguilar Camín constituye uno de los casos más notables de cacicazgo cultural en los años recientes. Como ha señalado Alfredo Echegollen, Aguilar Camín “representa el epítome del intelectual que dejó de serlo, porque pasó no de los libros al renombre, sino de los libros al poder (Zaid dixit), y de ahí a la ignominia”.[18] Además de Aguilar Camín, otros intelectuales muy señalados por apoyar en su momento al gobierno de Luis Echeverría fueron Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes. Algo similar puede decirse de intelectuales como Federico Reyes Heroles y Jesús Silva Herzog-Márquez, convertidos en auténticos aduladores de Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo.

Una segunda representación reciente del intelectual en México es la de aquellos que pasaron de las aulas universitarias o los medios intelectuales a ocupar cargos en la administración pública o a desempeñarse como asesores de funcionarios en distintos niveles, pero sin asumir públicamente los costos de su inserción. Son pocas las excepciones de aquellos intelectuales que al asumir este tipo de responsabilidades decidieron hacer un intervalo prudente en los espacios en los que venían desempeñándose —universidades y medios de comunicación—, para ser consecuentes con sus nuevas responsabilidades y compromisos. Por el contrario, la mayoría de los intelectuales que entran en esta categoría siguen desempeñándose en ambas esferas como si no se tocaran y como si nadie se percatara de su incongruencia. Estos intelectuales no se hacen problemas sobre su ambivalencia electiva, no tienen resentimientos de ningún tipo, son más bien oportunistas y venden su pluma al mejor postor. Algunos de ellos gustan ser llamados eufemísticamente como “consultores”. Por esta razón quizá convenga la expresión “intelectuales que se acomodan a lo que venga” para calificar a este subtipo de intelectuales. No tendría que dar ejemplos de esta representación de intelectual, pues están en todas partes (basta sintonizar la radio para escuchar sus voces impostadas; abrir los periódicos para leer sus artículos vacíos; encender la televisión para toparse con sus debates maquillados y tímidos), sin embargo, para entendernos, ahí van algunos nombres: María Amparo Casar, Jorge Alcocer o Carlos Elizondo Meyer-Serra.

Pero suponer que la pertenencia a las instituciones políticas no condiciona la práctica de los intelectuales parece en el mejor de los casos una ingenuidad. Nadie lo expresó mejor que el maestro Cosío Villegas: “El buen éxito de esta empresa… (la del buen intelectual mexicano), exige mucho más trabajar fuera que dentro del gobierno. De aquí concluiría que lejos de echar desde luego sus cartas, debiera rehusarse a participar en un juego político cuya primera ‘regla de caballeros’ es renunciar a ser intelectual, o sea, pensar por sí mismo, heterodoxamente si es necesario.”[19]

Otra representación del intelectual muy común en los tiempos recientes es la de aquellos que disfrazan o maquillan sus preferencias políticas o vínculos partidistas a conveniencia de las circunstancias. Cuando se presentan como “analistas políticos” nunca hacen explícita su militancia o sus simpatías partidistas, pues saben que hacerlo les restaría objetividad y credibilidad. He conocido a pocos intelectuales militantes que al escribir un artículo o comentar un acontecimiento en algún medio de comunicación hagan explícita sus afinidades políticas. Por el contrario, la mayoría de los intelectuales que entran en esta categoría alternan a su conveniencia su doble vida: la del militante y la del analista político, como si la primera no contaminara a la segunda. ¿Creadores de opinión? No, intelectuales sin escrúpulos y dignidad. Mediocres que no arriesgan nada.

Pero si de intelectuales que no arriesgan nada se trata, la academia ha generado otra categoría de científicos aparentemente neutrales pero que en los hechos le vienen muy bien al sistema político: los intelectuales apolíticos. Quienes en nuestro país mantienen esta perorata comienzan, siguiendo a sus patrones extranjeros, con declaraciones retóricas del tipo: nadie tiene muy claro que es en efecto el sistema democrático. Se eluden así los problemas substanciales por imposibilidad de comprender la razón política moderna. Para estos intelectuales, no cabe posibilidad de legitimación política y, por supuesto, moral. Todo proceso de fundación política es ilegítimo porque está basado, según estos de(s)constructores del vacío, en un “golpe de fuerza”. Lamentablemente, la academia en nuestro país, tan proclive a confundir repetición con creación intelectiva, y algún despistado con complejo de culto por escribir en los suplementos de cultura, seguirán bombardeándonos con estas estupideces.

A este tipo de intelectuales no comprometidos políticamente cabría recordarles una frase de Voltaire: “Es en la práctica donde el hombre debe probar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. La discusión sobre la realidad o irrealidad del pensamiento, aislada de la práctica, es puramente escolástica”.[20]

Mención aparte merecen los intelectuales mediáticos. Aquellos que han llegado a ocupar posiciones de privilegio en los medios como comentaristas, conductores o productores. Al igual que en los demás casos, estos intelectuales se presentan como independientes, pero todo mundo sabe que en México hasta hace poco no había otra manera de escalar posiciones en los medios más que estableciendo compromisos políticos y lealtades con los poderosos o con los dueños de los medios. Obviamente, por esta vía, el pensamiento libre también se vuelve una simulación. Al respecto son conocidos los vínculos entre los intelectuales del grupo Vuelta y Televisa en una época en la que la televisora se declaró abiertamente priista.

He dejado para el final una representación del intelectual mucho más reciente en el tiempo. Se trata de intelectuales que descubrieron que la autonomía intelectual podía ser un recurso muy rentable para su propia promoción personal y hasta política. Se trata de una simulación porque la supuesta “autonomía intelectual” que reivindicaban era en realidad una moneda de cambio para proyectarse políticamente, era un medio para obtener ciertos fines y no un fin en sí mismo. En esta categoría podrían entrar perfectamente algunos ex consejeros electorales del Instituto Federal Electoral (IFE) que después de desempeñarse como ciudadanos “comprometidos” con la democracia, es decir, con imparcialidad, decidieron catapultarse al gobierno en distintos niveles como funcionarios públicos. En consecuencia, descubrimos que su pretendida autonomía sí tenía partido. En esta lógica, debemos aceptar que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tenía razón en su momento cuando criticó la falta de imparcialidad con la que dichos consejeros se desempeñaron. No voy a repetir lo que ya he dicho en varias ocasiones sobre la supuesta independencia de los consejeros electorales del IFE. Baste recordar que todos ellos fueron designados mediante un sistema de cuotas donde cada partido proponía a sus candidatos, lo cual sugiere que cada uno de los consejeros electorales propuestos mantenía alguna relación más o menos directa con alguno de los partidos participantes al grado de haber sido favorecido por él. La relación puede ser de muchos tipos, desde haber sido en algún momento asesores de un partido, haber dirigido o ser miembro de alguna fundación de un partido, haber hecho trabajos para un partido y por ello haber percibido ingresos de un partido, mantener relaciones estrechas con los dirigentes de un partido o simplemente mantener un discurso afín al de un partido, aunque éste se vista con los ropajes de la objetividad y la neutralidad que sólo la academia pueden ofrecer. En cualquiera de estos casos, quedó en entredicho la supuesta independencia de los integrantes del Consejo General del IFE.[21]

Lo más preocupante de este diagnóstico es que muchas veces ni los propios intelectuales mexicanos son conscientes de la simulación que representan. Es como si los usos y las costumbres predominantes se asumieran como naturales, es decir, inevitables, por lo que tales patrones de comportamiento terminan reproduciéndose una y otra vez.

Durante décadas la clase ilustrada del país creció a la sombra del poder. Científicos, periodistas y escritores estuvieron condenados a trabajar bajo la tutela del príncipe so riesgo de ser orillados al anonimato o el ostracismo. El Estado paternalista cubría bajo su manto protector a los creadores intelectuales, quienes por vía de los hechos se convertían en ideólogos del gobernante en turno. Este matrimonio perverso se mantuvo intacto hasta que ambas partes decidieron romper los lazos “afectivos”. La crisis de legitimación del Estado mexicano provocó la ruptura entre los intelectuales y el poder. 1968 fue un año paradigmático al respecto. A partir de entonces, la luna de miel entre políticos e intelectuales derivó en una guerra de baja intensidad que empezó a cobrar sus primeras víctimas. Periódicos y revistas, periodistas e intelectuales fueron testigos de este naufragio. Pero muy pronto, los puentes se volvieron a establecer y, con ellos, numerosos intentos de cooptación y mediatización salieron a la luz pública. Parecía que nuevamente la inteligencia se disputaba la exclusividad de los favores del Político con mayúsculas.

Sin embargo, la espectacularidad de los hechos, la sonoridad de los actores, la profundidad de las heridas y los rencores abiertos, y el escándalo por los favores ofrecidos o recibidos acabaron por desviar la atención sobre el meollo del asunto: ¿cuál debe ser la relación entre los intelectuales y el poder?

Lamentablemente, muy pocos intelectuales en México se han tomado seriamente la independencia respecto del poder y menos aún han estado comprometidos intelectualmente con la creación de espacios políticos abiertos a todos los ciudadanos, espacios sin propietarios específicos, espacios potencialmente de todos y materialmente de nadie. Porque, díganme por favor, ¡cuántos en el actual México podrán decir eso y, sobre todo, demostrar con seriedad, con pruebas y no con “reconstrucciones” ad hoc que estaban contra el PRI!, ¡cuántos intelectuales resistirán la prueba!, ¡cuántos serán los que en el inmediato futuro exhibirán pruebas de autonomía e independencia!

 5. Tres variaciones sobre un mismo tema

 En mi elenco personal de intelectuales mexicanos del siglo XX al menos tres ocupan un lugar destacado como cultivadores explícitos de una cierta concepción del quehacer intelectual con la que me identifico plenamente, más allá de la congruencia o la fidelidad que estos mismos intelectuales pudieron haber tenido en la práctica para con la misma. Me refiero a Cosío Villegas, Paz y Zaid.

Cosío Villegas fue quizá el intelectual más polémico y comentado de su época. Sus obras críticas sobre el régimen posrevolucionario alcanzaron una gran difusión y repercusión en su momento, así como la animadversión de muchos pares intelectuales y personalidades políticas. Fue fundador de importantes instituciones culturales, como el Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica, por lo que colaboró necesariamente con varios gobiernos, pero en sus principales obras dejó constancia de su capacidad crítica como historiador y observador de su presente. Además, Cosío Villegas consideraba que la primera tarea del intelectual que asumía responsabilidades en un gobierno era renunciar a ser intelectual, aunque también sabía que era mucho pedir a sus pares que preferían vivir de la simulación antes que renunciar a los privilegios que supone ser considerado un hombre de letras independiente.

En la mayoría de sus trabajos, como el célebre ensayo “La crisis de México” de 1947,[22] sorprende su tono combativo y por momentos hasta ácido. En unas apretadas páginas, Cosío Villegas discurre filosamente, pero con autoridad, sobre la enfermedad del país en esos aciagos años de extravíos revolucionarios y promesas modernizadoras.

Lo primero que llama la atención de este ensayo y de muchas otras obras de Cosío Villegas es su crudeza y valentía.[23] Tal pareciera que su autor estaba empeñado en no dejar piedra sobre piedra, no importando las consecuencias adversas que su crítica incisiva al régimen pudieran acarrearle en lo personal. En realidad, ningún intelectual mexicano ha sido más congruente que Cosío Villegas en el ejercicio de la crítica independiente. ¡Cuán distante del ejemplo de este hombre están, salvo muy contadas excepciones, los intelectuales mexicanos de hoy! Son éstos los mismos que apuntalaron hasta el final al régimen priista, aún después de que los ciudadanos ya habíamos decidido rescindirlo por la vía de las urnas.

La segunda cuestión que llama la atención del trabajo de Cosío Villegas es lo acertado de su crítica. Hoy es fácil decirlo, porque la distancia transcurrida desde entonces nos permite darle la razón, pero en aquel momento alentó muchas discusiones y cuestionamientos por parte de sus contemporáneos. ¿En qué acertó Cosío Villegas? En que el régimen posrevolucionario, en la práctica, había abandonado sin remedio, ya sea por ineptitud, por insensibilidad o por irresponsabilidad, los principios ideológicos que le daban sustento y legitimidad de origen. En su lugar, las prácticas políticas se contaminaron de pragmatismo y corrupción, al grado de que se perdió por completo la brújula. En esas circunstancias, las metas de la Revolución Mexicana terminaron agotándose y el régimen posrevolucionario entró en una crisis política y moral, de credibilidad y de identidad, que se antojaba desde entonces muy difícil de revertir.

Y justo en este momento, una vez que Cosío Villegas ha bocetado magistralmente las características de la crisis del México de su tiempo, alista la espada para lo que viene, o sea, para la política: “[…] el país está en una crisis política y moral de grave trascendencia, y si no se la reconoce y admite, y si no se hace el mejor de los esfuerzos, para remediarla, México caminará a la deriva, perdiendo un tiempo que un país tan retrasado en su evolución no puede perder, o se hundirá para no rehacerse quizás con una personalidad propia.”[24]

He aquí al escritor que sabe perfectamente que el único compromiso posible de los intelectuales libres es con la verdad pública, que se asume como un individuo político; que hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento sino la simple palabra escrita o hablada.

Pero Cosío Villegas era también conciente de las dificultades de superar la crisis, aunque no por ello había que cruzarse de brazos. Por el contrario, desde el momento mismo en que se ocupa de estos temas está incidiendo ya, o intentando incidir, en el curso de los acontecimientos: “Quizá no valga la pena especular sobre milagros, pero, si no se reafirman los principios, sino que simplemente se los escamotea; si no se depuran los hombres, sino que simplemente se les adorna con vestidos o títulos, entonces no habrá en México autorregeneración, y, en consecuencia, la regeneración vendrá de fuera y el país perdería mucho de su existencia nacional y a un plazo no muy largo.”[25]

En suma, Cosío Villegas nos ofrece varias claves de lectura tan vigentes entonces como ahora; a saber: a) los ordenamientos políticos mantienen un vínculo estrecho y permanente con los principios e ideales que le dieron origen o le dan sustento, por lo que desentenderse de ellos siempre tiene un costo en términos de legitimidad e identidad y, en casos extremos, puede conducir a su virtual colapso o sustitución por un ordenamiento distinto; b) por más sólidos que sean los principios articuladores de un régimen político, el poder siempre está en vilo, pues también depende de los valores y las expectativas que se definen y redefinen permanentemente en la sociedad; y c) la congruencia entre el discurso del poder y el ejercicio del poder es más importante de lo que suele creerse, por lo que subestimarla siempre tiene costos políticos.

Por lo que se refiere a Paz, el más universal de nuestros intelectuales, el tema de la relación entre inteligencia y poder fue constantemente considerado en su obra ensayística.[26] Defender el valor de la crítica y la independencia fue casi una obsesión en Paz. Vale recordar al respecto su renuncia a la embajada de la India luego de los penosos acontecimientos ocurridos el 2 de octubre de 1968 en la plaza de Tlatelolco; su dimisión del periódico Excélsior después del golpe de mano dado a Julio Scherer y su equipo por el entonces presidente Echeverría; la fundación de la revista Vuelta en 1976.

Para Paz, la política no puede quedar en manos de tiranos o demagogos. Los primeros conducen a gulags, los segundos a “ogros filantrópicos”. La polis, recuerda el Nobel de Literatura, es obra de ciudadanos libres e ilustrados, de individuos antes que masas. Por eso, su simpatía hacia la doctrina liberal y democrática, y su sospecha hacia cualquier discurso organicista que en nombre del paraíso sólo ofrecía el infierno terrenal. Paz asumió en algún momento la crítica del PRI y de su Estado; del dogmatismo e intolerancia de cierta izquierda, y del conservadurismo de la derecha. Sus críticas no siempre fueron bien recibidas. Incluso en momentos fueron abiertamente condenadas. Pero más allá de lo anecdótico, su filo agudo y polémico queda como un valuarte intelectual de nuestro tiempo, como una lectura redonda y dialógica de los actores y los sucesos del siglo pasado.

Sin embargo, Paz se convirtió en el cacique cultural más influyente de la segunda mitad del siglo XX, lo cual supone haberse acogido al poder para obtener de él protección y todo tipo de canonjías. Paz lo sabía y se resignó sin sobresaltos a mantener una relación necesaria y muy conveniente con los poderosos, quizá más para poder trabajar con libertad que por otra cosa. Sin embargo, si alguien fue fiel a sus pasiones y convicciones ese fue precisamente Paz.

Pero si de congruencia intelectual se trata hay que voltear a mirar a Zaid, el más agudo de los críticos culturales en el país. Para él lo que cuenta no es el autor sino lo que escribe, no es el escritor sino sus libros. Todavía más, lo verdaderamente importante es la lectura, es decir, el lector. Cada lector se imagina a su modo a los autores que lee, y en el caso de Zaid incluso más, pues muy pocos lo conocen físicamente. Zaid eligió ocultar su imagen para que hablara su obra, pero el poeta nunca renunció a la Ciudad, es decir, al espacio público, al debate de las ideas, al diálogo permanente con sus habitantes y sus fantasmas.[27]

Nadie como Zaid ha desnudado con su crítica cultural las mediocridades y falsedades de las instituciones oficiales y no oficiales encargadas de promover y preservar la cultura. Nadie como él ha criticado con ironía y autoridad las ambiciones trepadoras de la clase intelectual en su carrera desenfrenada por la fama y el poder. Pero al denunciar las contradicciones del poder de los libros, Zaid lo hizo desde la congruencia, es decir, desde el lugar de los de “afuera”, desde la zona pública de la sociedad, desde la opinión pública independiente, en últimas, desde la Ciudad. Y aquí lo que cuenta es la conversación inteligente y amena, el diálogo de unos lectores con otros, la vida pública que pasa por la imprenta, no la parafernalia de la academia o la universidad, de los intelectuales mercenarios y arrogantes, con sus circunloquios y ceremonias, sus vanidades y banalidades, sus torres de marfil y de Babel.

Zaid es también la contrafigura vital de una resistencia, la del poeta que desobedece el mandato del sabio, se niega a abandonar la ciudad y promueve en ella el nacimiento de una práctica (la poesía) que no está privada del elemento imaginario y una suerte de teoría que no exige el poder como derecho suyo ni rehuye la realidad. Entre el vivir y el pensar, Zaid deja sabiamente la puerta abierta.

Las lecciones que Zaid nos ha brindado a quienes creemos en la congruencia intelectual son invaluables. Nos ha enseñado a defender rabiosamente la independencia intelectual, a rechazar los dogmas, a creer firmemente en la verdad pública tejida entre todos, a reivindicar el ensayo como medio para conectar con nuestra tradición humanista y nuestro presente, con el orgullo de pensar y escribir en español, a salir de la academia para entrar a la calle, a la plaza pública, el lugar de la política, la verdadera política, la política de los deseos y los sueños, de los imaginarios colectivos y las realidades cotidianas que se transparentan mediante la palabra escrita o hablada.

Zaid encuentra su verdadero rostro al ser reconocido como inspirador cultural de varias generaciones de hombres y mujeres de letras, periodistas, académicos, investigadores, polemistas, etcétera, y precisamente por esta virtud, Zaid es en la actualidad el pensador crítico más importante y original en México.

6. Una reflexión final

De acuerdo con lo planteado hasta aquí, salvo contadas excepciones, la codicia ha sido la constante de nuestra intelectualidad, pero a la hora de justificar sus proximidades con el poder, sus contubernios para obtener beneficios del Príncipe, sus discursos deslavados para apoyar a tal o cual político o sus silencios cómplices ante los atropellos de un régimen autoritario como el que padecimos durante décadas, todos ellos estilan ironía y un profundo desprecio por sus denostadores. Siempre encuentran las palabras justas para adornar sus acciones y con extrema habilidad escapan a las críticas o las emplean en su beneficio. Los ejemplos son tantos y tan terroríficos que harían palidecer a cualquiera, pero no a los intelectuales mexicanos, artífices del disfraz, maestros del engaño, cínicos sin escrúpulos, mercenarios de la pluma. Obviamente, optar por criticar y desafiar a los mandarines de la cultura en nuestro país conduce al aislamiento y el ostracismo, un precio que hemos debido pagar todos los que nos negamos a seguir las reglas no escritas del medio intelectual, su lambisconería y zalamería, su hipocresía y falsedad; un derrotero complicado para todos los que preferimos darle algún valor al principio de la independencia intelectual antes que prostituir la pluma y la conciencia.

Ahí quedan los devaneos de Fuentes con el presidente Echeverría, las contradicciones de Paz, las mentiras de Aguilar Camín y el grupo Nexos, el cinismo de Jaime Sabines, Ricardo Garibay y Agustín Yánez, las “buenas intenciones” de Conaculta, las transas de los concursos literarios, los plagios de la Poniatowska, los guiños de Monsiváis a los poderosos y un interminable etcétera de corruptelas y ambiciones. Por fortuna, aunque se podrían contar con los dedos de una sola mano, algunos intelectuales han optado por la congruencia. Este es el caso de Zaid, siempre Zaid, hoy por hoy el único intelectual merecedor de ese calificativo, como en su momento lo fue Cosío Villegas. Pero el cuadro general de la inteligencia mexicana resulta muy poco estimulante. No está demás denunciar y exigir que se limpie la cochambre y la podredumbre del medio intelectual y de las instituciones culturales del país, pues con lo que hay —mentiras y simulaciones, conveniencias y favoritismos, compadrazgos y padrinazgos, feudos y codicias— no puede haber un debate serio y responsable de las ideas, una interlocución madura entre los intelectuales, un compromiso real con la verdad pública.

Durante el siglo XX, México ha exhibido una suerte de dualidad entre el mundo de los políticos y el mundo de las ideas. En el primero, los políticos detentan el poder terrenal de manera discrecional y casi siempre a espaldas de la sociedad civil, mientras que en el segundo, el poder de los intelectuales no radica en un ámbito terrenal sino en cuestiones más bien cercanas al espíritu, esto es, en la identificación de sus miembros con la Razón, la inteligencia, la verdad, etcétera. Ambos universos conocen y asumen la existencia del otro tomando sus respectivas distancias, creando fronteras para evitar que individuos no pertenecientes a su identidad soberana asuman posiciones de poder y, sobre todo, desdeñando de una u otra forma a aquellos que se identifican única y plenamente con el otro. Pero aquí hay una suerte de paradoja que no justifica pero sí explica esta compleja relación: sólo deslindándose tajantemente del poder, y más de un poder autoritario como el que caracterizó a nuestro país, los escritores podían adquirir la legitimidad y la credibilidad hacia su trabajo intelectual, y al mismo tiempo sólo acercándose al poder podían obtener los beneficios económicos y de promoción que requerían para proseguir su tarea. De ahí que la mayoría de los escritores en México optó por aproximarse al Príncipe, convirtiéndose en sus ideólogos o simplemente apoyándolo en situaciones límite, al tiempo que se presentaban en público como pensadores independientes y no contaminados por las garras del poder político. La consecuencia fue un juego de simulaciones y de cooptación silenciosa, mutuamente conveniente para los miembros de ambos mundos, pero que a la larga infectó a los escritores de cinismo e hipocresía, vanidad y codicia.

Sin embargo, los escritores siempre fueron confrontados por otros escritores que cuestionaban la moralidad y la autoridad de quienes se dejaban seducir por el canto de las sirenas del poder. De ahí que nuestra intelectualidad haya producido periódicamente un sinnúmeros de artículos y debates públicos sobre el papel de los intelectuales y sobre la independencia intelectual, para justificar sus devaneos o para deslindarse de cualquier sospecha en su contra por más que fueran consabidos sus favores al Príncipe. Ahí quedan, para citar algunos ejemplos recientes, las posiciones contradictorias que generó entre los escritores el alzamiento armado del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas el primer minuto de 1994, y sobre todo la aparición en la escena pública de un guerrillero escritor, con pipa y rifle, que sedujo a muchos, pero que propició ácidas críticas por parte de la mayoría de los escritores. Y que decir de los juegos de poder del sexenio de Salinas, cuya necesidad de apoyos y legitimidad lo llevó a coquetear con los intelectuales de moda, a lo que estos respondieron con agrado y servilismo. Son los años en que los dos grupos intelectuales más visibles del país, Nexos y Vuelta, se sentían lo suficientemente fuertes y maduros como para disputarse entre sí la hegemonía del proyecto cultural del país. De ahí que Salinas supo jugar con ambos a cambio de privilegios y beneficios, mientras que éstos entraron en una disputa llena de engaños y mentiras, escenificando una de las experiencias más deplorables del mundo de las letras, de la cual salieron totalmente raspados en su credibilidad escritores como Aguilar Camín y Enrique Krauze. Algo similar puede decirse, por último, de las opiniones de los escritores con motivo de la alternancia del 2000 y su significado para la transición democrática. Aquí salen a relucir los subterfugios y las contradicciones de un discurso aparentemente partidario de la democratización por parte de quienes apuntalaron al régimen autoritario durante décadas, por lo que fueron más bien cómplices del régimen autoritario y responsables indirectos de que la democratización haya tardado tanto tiempo en prosperar.[28]

Concluyo con una nota optimista. El hecho de que el tema de los intelectuales y sus relaciones con el poder en México esté siendo analizado cada vez más de manera crítica y valiente por múltiples estudiosos sobre todo jóvenes,[29] sugiere que algo está cambiando, que los feudos construidos por los mandarines de la cultura de antaño comienzan a desplomarse, y que muy pronto entenderemos por fin que el único valor del pensamiento radica en su independencia sin simulaciones y su compromiso con la verdad. Sólo desde este mirador resulta creíble la crítica al poder de los gobernantes.

Criticar el discurso o la acción de la clase gobernante no significa, en principio, estar apoyando a otro grupo político y menos aún pertenecer o estar a merced de las consignas de otra camarilla. Criticar dialógicamente y controlar el poder de los gobernantes no es sino otra forma, aunque fundamental para un demócrata, de hacer política democrática, o sea, de contribuir a formar y conformar un “imaginario social”, un espíritu público, sin el cual la vida de los hombres quedaría reducida a la lucha animal por la mera sobrevivencia. Algo similar puede decirse de la crítica y la confrontación de ideas entre pares y colegas. El disenso, cuando está bien fundamentado, hace prosperar el conocimiento.


[1] Una búsqueda similar puede encontrarse en: E. Said, Representaciones del intelectual, Madrid, Paidós, 1996.

[2] El famoso “J’áccuse” de Zola puede leerse en: Yo acuso, Madrid, El Viejo Topo, 1998.

[3] J. Benda La trahison des clercs, París, Grasset, 1927.

[4] A. Gramsci, Gli intellectuali e l’organizzatione della cultura, Turín, Einaudi, 1949.

[5] R. Aron, L’opium des intellectuels, París, Calmann-Lévy, 1955.

[6] J. F. Lyotard, “Tombeau de l’intellectuel”, Le Monde, París, 8 de octubre de 1983.

[7] M. Foucault, Power/Knowledge. Selected Interviews and Other Writtings, 1972-1977, Hemet Hempstead, Harcester Press, 1981.

[8] P. Nora, “Que peuvent les intellectuels?”, Le Débat, París, núm. 1, mayo de 1980.

[9] P. Bourdieu, Homo academicus, París, Minuit, 1984.

[10] A. W. Gouldner, The Future of Intellectuals and the Rise of the New Class, Londres, The Macmillan Press, 1979.

[11] R. Jacoby, The Last Intellectuals: American Culture in the Age of Academe, Nueva York, Basic Books, 1987.

[12] R. Posner, Public Intellectuals. A Study of Decline, Harvard, Harvard University Press, 2003.

[13] P. Johnson, Intelectualls, Nueva Cork, Haspers and Row, 1988.

[14] G. Zaid, “Intelectuales”, Vuelta, México, núm. 168, noviembre de 1990, pp. 21-23.

[15] Muchos intelectuales en distintas épocas y contextos han defendido teóricamente este tipo de posiciones. Véase, por ejemplo, C. Wrigtt Mills, Power, Politics, and People, Nueva York, Ballantine, 1963; I. Berlin, Russian Thinkers, Londres, Penguin, 1980; N. Bobbio, Politica e cultura, Turín, Einaudi, 1955.

[16] Entre otros estudios, recomendamos los siguientes: J. A. Aguilar Rivera, La sombra de Ulises: ensayos sobre intelectuales mexicanos y norteamericanos, México, cide/M. A. Porrúa, 1998; R. Bartra, La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición postmexicana, México, Océano, 1999; R. Bartra, Oficio mexicano, México, Grijalbo, 1993; R. A. Camp, Los intelectuales y el Estado en el México del siglo xx, México, fce, 1995; P. Jiménez Trejo y A. Toledo, Creación y poder: Nueve retratos de intelectuales, México, Joaquín Mortiz, 1994; E. Krauze, Caudillos culturales en la Revolución Mexicana, México, Siglo xxi, 1976; X. Rodríguez Ledesma, Escritores y poder en México. La dualidad republicana, 1968-1994, México, upn, 2002; M. Tenorio-Trillo, De cómo ignorar, México, cide/fce, 2000; A. Villegas, Autognosis: el pensamiento mexicano en el siglo XX, México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1985; G. Zaid, De los libros al poder, México, Océano, 1998.

[17] El concepto de “mandarín” fue utilizado originalmente por Max Weber en sus estudios sobre la clase intelectual de los grandes funcionarios civiles o militares en el imperio chino. Su equivalente más cercano a nuestra idiosincrasia mexicana sería el de “cacique cultural”.

[18] A. Echegollen, “Las cuitas de Ícaro”, Bucareli 8, México, 12 de febrero de 2006, pp. 12-13.

[19] D. Cosío Villegas, Imprenta y vida pública, México, FCE, 1985.

[20] Voltaire, Opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Alfaguara, 1978, p. 99.

[21] Véase por ejemplo, el capítulo 9 del presente volumen: “Claroscuros de una reforma”.

[22] D. Cossío Villegas, “La crisis de México”, Cuadernos Americanos, México, núm. 32, marzo-abril de 1947, pp. 29-51.

[23] Véase, por ejemplo, D. Cosío Villegas, El estilo personal de gobernar, México, J. Mortiz, 1974; D. Cosío Villegas, El sistema político mexicano. Las posibilidades de cambio, México, J. Mortiz, 1972; D. Cosío Villegas, Memorias, México, J. Mortiz, 1976.

[24] D. Cosío Villegas, “La crisis…”, cit., p. 47.

[25] Idem.

[26] Véase, por ejemplo, O. Paz, El laberinto de la soledad, México, FCE, 1984; O. Paz, El ogro filantrópico. Historia y política, 1971-1978, México, Joaquín Mortiz, 1979; O. Paz, Posdata, México, Siglo XXI, 1983; O. Paz, Tiempo nublado, México, Seix Barral, 1983.

[27] Véase, por ejemplo, G. Zaid, De los libros al poder, México, Grijalbo, 1988.

[28] Véase el capítulo 2 de este volumen: “El evangelio de la transición”.

[29] Véase, por ejemplo, J. A. Aguilar Rivera, La sombra de…, cit.; X. Rodríguez Ledesma, El poder frente a las letras. Vicisitudes republicanas (1994-2001), México, UPN, 2003; J. Ibarguengoitia, Ideas en venta, México, Joaquín Mortiz, 1997; V. Roura, Codicia e intelectualidad, México, Lectorum, 2004; E. Serna, Las caricaturas me hacen llorar, México, Joaquín Mortiz, 1996; M. Tenorio-Trillo, De cómo ignorar, México, cide/fce, 2000. J. Volpi, “El fin de la conjura”, Letras Libres, vol. 2, núm. 22, octubre de 2000, pp. 56-60; C. Cansino, “La crítica del poder o el poder de la crítica”, Bucareli 8, México, 12 de febrero de 2001, pp. 8-11.

I
Esto de la independencia intelectual ha terminado por ser en México motivo de mofa y burla entre los intelectuales y los académicos, algo tan escasamente apreciado o cultivado por los creadores intelectuales que parece una broma, un asunto de ilusos o trasnochados y que como tal ha dejado de tener cualquier importancia o valor en la actualidad, suponiendo que algún día lo tuvo. La corriente dominante al respecto es tan abrumadora que a veces me pregunto si no vivo en el error al seguir defendiendo rabiosamente mi independencia intelectual, a sabiendas de que mi intransigencia con ello me cierra permanentemente muchas posibilidades económicas y me aleja de todo tipo de prebendas y mecenas. Hoy en día, lo más cómodo y rentable para quienes trabajamos con las ideas, o sea escribimos libros, impartimos conferencias, damos clases y publicamos artículos y ensayos en publicaciones especializadas o de divulgación, es ofertar nuestros “servicios profesionales” al mejor postor, sea un partido político, un candidato, una dependencia pública, un organismo electoral, un congreso, un funcionario, un diputado, un gobierno, una paraestatal, etcétera. A estas alturas, nadie se cuestiona si con ello se pierde credibilidad como intelectual, pues todo el mundo lo hace. Más aún, en un medio profesional tan acostumbrado a emplearse con los poderosos —ya sea como asesores, consultores, promotores, ideólogos o mercadólogos—, reivindicar la independencia intelectual de cualquier tipo de contacto con el poder, por considerar que es un principio ético inherente al trabajo intelectual, resulta una tarea inútil y hasta frívola. Así, por ejemplo, pretender explicar a mis colegas que el único compromiso plausible de los intelectuales es con las ideas, para lo cual se requiere plena independencia del poder, ha terminado por ser una necedad, pues por lo general ninguno se hace problemas con ello, simplemente se acomodan a lo que pueden, convencidos de que su contacto con el poder (o de plano el convertirse en intelectuales orgánicos) no les resta credibilidad, no los inhibe o compromete a la hora de opinar, ni les resta méritos, cosa que sólo puede creerse desde el autoengaño y la mutua complacencia, o sea donde todos actúan igual y nadie cuestiona ni crítica a nadie.

Quizá en el viejo régimen priista existía entre los intelectuales algún tipo de resquemor o prurito al respecto por cuanto su cercanía con el Príncipe los volvía cómplices voluntarios o involuntarios de un régimen autoritario, motivo por el cual, los más cautelosos, trataban de ocultar en público lo que hacían en privado para el poder, en un juego de simulaciones que tarde o temprano terminaba por descubrirse. Pero ahora que vivimos en democracia, ese tipo de sutilezas simplemente ha desaparecido. Es como si la democracia purificara a los intelectuales y hasta los alentara a relacionarse con el partido o el político de su preferencia, pues colaborar con el poder ya no tiene la carga negativa que tuvo en la era autoritaria. Obviamente, en esas circunstancias, ya nada hay de valor en la independencia intelectual. Lo que hoy se admira y envidia, aunque no se reconozca abiertamente, es más bien la capacidad de los intelectuales para colocarse con los poderosos y obtener de ellos todo tipo de apoyos, o sea entre más un intelectual es capaz de conseguir del poder más hábil y respetado es por sus pares, sin importar que sus ideas están ahora determinadas o condicionadas por su jefe o patrón de turno. Podría hacerse una analogía con el machismo, entre más mujeres conquista un hombre, más respetado y envidiado es por sus amigos, sin importar que el macho engañe a su esposa y a todas las demás mujeres con las que anda. De ahí que insistir con Gabriel Zaid que los intelectuales también hacen política, pero apartidista, alejada del poder, con la fuerza de las ideas y la crítica, sin más compromiso que con la verdad, resulta en la actualidad una ociosidad, una ocurrencia ridícula.

Sobre el reconocimiento social que ha adquirido entre los intelectuales el emplearse como asesores o consultores o ideólogos, permítaseme narrar una experiencia personal. No hace mucho rechacé un salario bastante considerable para asesorar a un magistrado del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF). Cuando se enteraron mis amigos que había resistido la oferta fiel a mis principios de independencia intelectual, de “pendejo” no me bajaron. Luego me enteré, por boca del mismo magistrado, que en el TEPJF trabajaban como asesores prácticamente todos los intelectuales más conocidos del país (no viene al caso nombrarlos, pero son precisamente los que los lectores más perspicaces tienen en mente), y entendí porque nadie había criticado o cuestionado seriamente hasta ahora la labor de esta institución, presa de múltiples inconsistencias, desatinos y excesos, empezando por el millonario salario que perciben los magistrados, sólo comparable a lo que gana un Cristiano Ronaldo o un Kaká. Y esto de las asesorías se repite en todas las dependencias gubernamentales. Hay intelectuales o académicos que asesoran a diez o más instituciones simultáneamente, con lo que sus ingresos personales también se acercan a los de aquellos futbolistas. Obviamente, con tales percepciones la independencia intelectual resulta algo irrisorio.

II
Cuando una nueva manera de pensar o actuar se vuelve común o rutinaria, incluso las palabras otrora referenciales se vacían de los significados que alguna vez tuvieron, se convierten en cascarones huecos que cada quien llena a su conveniencia. Tal es el caso de la expresión “independencia intelectual”, que ha terminado por ser todo y nada al mismo tiempo, al grado de que con frecuencia se emplea para justificar precisamente lo contrario que la acepción original postulaba, algo así como una carta de presentación de la que se ufanan algunos intelectuales para ¡emplearse con algún partido o dependencia pública! o una condición pasajera que hay que sobrellevar con dignidad en las épocas de vacas flacas, o sea cuando no se tiene ningún contrato o chamba con algún político o funcionario. Por ello, conviene hacer algunas precisiones necesarias a la luz de las nuevas connotaciones que la expresión suscita en la actualidad.

1. La independencia intelectual no es una cuestión de grado: no se puede ser poco independiente o ligeramente independiente o muy independiente, simplemente se es independiente o no se es, igual que no se puede estar poco embarazada o ligeramente embarazada o muy embarazada. La independencia intelectual es más bien una condición según la cual los intelectuales no venden bajo ninguna circunstancia su trabajo ni sus ideas a ningún político, funcionario, partido o dependencia pública, ni como asesores o ideólogos o consultores o mercadólogos. Para el efecto, no cabe argumentar que apoyar a un candidato en su campaña compromete menos la independencia intelectual que asesorar a un político en funciones. Ambas son actividades que condicionan las opiniones públicas del intelectual. Tampoco cabe sostener que una consultoría poco remunerada es menos comprometedora que una muy bien pagada, pues la independencia intelectual no es una cuestión de tarifas sino de principios. Quien se toma en serio su trabajo como intelectual, o sea quien no le pone precio a sus ideas ni traiciona su libre albedrio para expresarlas, resistirá siempre el canto de las sirenas de los poderosos. Por lo demás, es sabido que el que paga exige, comenzando por la lealtad o el apoyo de sus empleados, o sea que les solicita una suerte de complicidad no declarada que mata la independencia del intelectual. Por desgracia, muchos intelectuales o académicos ocultan denodadamente sus múltiples asesorías para partidos y políticos, y actúan como si ello no vulnerara sus posiciones públicas ni su congruencia, pero cuando uno escucha o lee sus opiniones deslavadas y timoratas se percata inmediatamente que su pluma tiene mordaza, que aplican la edulcoración para no generar suspicacias en sus patrones o poner en riesgo sus chambas. Quizá por eso es tan difícil encontrar en los medios en general y en la prensa escrita en particular críticas agudas y audaces por parte de los intelectuales, críticas y posicionamientos que por lo demás coincidan de manera natural con lo que la gente común y corriente observa y piensa todos los días respecto de sus autoridades y gobernantes. Si antes, en el viejo régimen, los intelectuales eran por esta vía cómplices del autoritarismo, ahora, en la nueva democracia, son cómplices de la mediocridad, la voracidad y el cinismo de la casta política. Los políticos profesionales, por su parte, saben muy bien que es mejor tener de su lado a los intelectuales que tenerlos en contra, y éstos difícilmente rechazarán —para parafrasear a Álvaro Obregón— un “cañonazo” de muchos miles de pesos. Quienes así procedan podrán insistir que son intelectuales, pero no que son independientes, si acaso —para utilizar la conocida expresión de Antonio Gramsci— “intelectuales orgánicos”.

2. la independencia intelectual no es algo circunstancial o temporal: no se puede decir que antes fui independiente y ahora ya no lo soy, pero mañana lo volveré a ser. El intelectual que alguna vez vendió sus ideas y se autocensuró por ello no tendrá reparo en volverlo a hacer, pero aún en el caso de que un buen día decidiera nunca más emplearse por un político o un partido, difícilmente podrá sacudirse el estigma de haber sido leal o servil en algún momento a algún poderoso. Ciertamente, en el viejo régimen, permanecer independiente era una opción poco rentable para los intelectuales, pues el sistema se encargaba de marginar y aislar a quienes se resistían a ser cooptados, pero en el nuevo régimen democrático la servidumbre de los intelectuales a los poderosos es voluntaria y hasta socialmente aceptada, pero aún así suponer que colaborar con un gobernante o un funcionario no compromete la independencia de los intelectuales es una falacia. Por eso, acomodarse al mejor postor y manejar las lealtades políticas a conveniencia de los intelectuales no puede hacerse como quien se cambia de calcetines, sino que algo siempre permanece en ellos de sus veleidades y debilidades del pasado, así sea el recuerdo de sus pares. Para quienes, en casos extremos, se desempeñaron un tiempo como políticos profesionales, líderes de partido o funcionarios, y después decidieron dedicarse a la academia y cultivar las ideas, sus vínculos políticos del pasado siempre los acompañarán por más que pretendan desenfadarse de ellos para ostentarse como librepensadores. Lo más sano para ellos es asumir públicamente los costos de su inserción orgánica en el poder antes que tejer todo tipo de justificaciones sobre su supuesta nueva condición de independencia intelectual, sobre todo si en el pasado militaron activamente en un partido. Como quiera que sea, nunca podrán remover los escombros del pasado y será inevitable leer sus libros y ensayos en función de lo que defendieron en su momento como políticos profesionales o líderes partidistas. Por el contrario, si el camino es inverso, o sea de la academia al poder, los intelectuales deberán asumir también el costo de su inserción, o sea —como decía Daniel Cosío Villegas— renunciar a ser intelectuales. Aquí entran todo tipo de cargos públicos, desde dependencias gubernamentales hasta el servicio exterior de carrera, pasando por paraestatales como el Instituto Federal Electoral o el Instituto Federal de Acceso a la Información o el Poder Legislativo. Huelga decir que los intelectuales y académicos que se emplean en este tipo de instituciones, ya sea como agregados culturales, consejeros electorales, consejeros ciudadanos, etcétera, lo hacen más por sus vínculos y buenas relaciones con algún partido o político que por sus méritos profesionales, o sea mediante designaciones disfrazadas de transparencia y equidad. Sirvan estas consideraciones como enseñanza para los jóvenes que inician sus carreras en la academia y/o el mundo cultural. A la larga todo abona a su credibilidad y prestigio si es que realmente aspiran a proyectarse como intelectuales genuinos; todo desliz o devaneo con el poder los perseguirá a lo largo de su trayectoria.

3. La independencia intelectual no supone para los intelectuales renunciar a hacer política pero sí a vender su pluma y sus ideas a los políticos profesionales. Desde la independencia, un intelectual puede opinar sobre todo lo que le preocupa sin más límite que su conciencia y sus convicciones; puede incluso hacer públicas sus afinidades ideológicas o partidistas, pero cuando cobra por asesorar a políticos profesionales o para apoyar a un partido o un candidato a algún cargo de representación popular o busca deliberadamente un beneficio personal con ello, sus ideas no sólo pierden autonomía sino también credibilidad, de algún modo se vuelve él mismo un político profesional pues vive de la política. Lejos de ello, las armas de los intelectuales independientes son la crítica, la denuncia y la razón, sin más compromiso que con la verdad; es una forma de hacer política en la medida que, por ejemplo, busca influir en la opinión pública y propiciar un debate que desafíe a los poderosos cuando éstos se extralimitan en sus funciones, abusan de sus cargos o actúan a espaldas de la ciudadanía o por encima de la ley. Ahora bien, no todo contacto o relación con el poder vuelve a los intelectuales en comparsas. No es lo mismo, por ejemplo, cobrar por dar una asesoría o una consultoría, que es una forma eufemística para decir que un intelectual vende sus opiniones a un funcionario o un político a cambio de ciertas lealtades, que hacerlo por dar una conferencia contratada por alguna dependencia pública o un partido. En el primer caso se establece un vínculo profesional que en mayor o menor medida condiciona las opiniones públicas del intelectual si es que pretende mantener la chamba, en el segundo se le contrata ocasionalmente para opinar libremente sobre un tema sin ningún tipo de recomendación o reconvención por parte del contratante. Si acaso, cuando las ideas del conferencista no caen bien o resultan incomodas para los anfitriones, lo más seguro es que éstos no volverán a invitarlo.

4. La independencia intelectual no se pierde en automático por trabajar en algunos sectores del Estado o en algunos medios ideológicamente cercanos a un partido o a una autoridad. Hay quien sostiene, por ejemplo, que desde el momento que un creador intelectual se contrata como profesor por una universidad pública, o sea del Estado, pierde autonomía intelectual, o si trabaja para un medio de comunicación que recibe patrocinios gubernamentales, también la pierde. A lo que hay que aclarar que no es lo mismo contratarse por el Estado que hacerlo por un gobierno o una empresa privada. En el primer caso, las universidades públicas ciertamente reciben subsidios del Estado, pues es una obligación de éste canalizar recursos para la educación y la investigación sin más interés que cumplir con sus responsabilidades constitucionales en materia social. La educación en sí misma no es botín de intereses políticos o partidistas, amén de que las universidades públicas gozan de plena autonomía para desarrollar sus actividades. De ahí que trabajar en ellas no tiene nada que ver con la independencia intelectual de sus cuadros académicos. Algo muy distinto que contratarse por el gobierno en cualquiera de sus niveles o poderes, pues aquí sí los intelectuales mantienen un vínculo profesional con autoridades y funcionarios emanados de una fuerza partidista con una orientación ideológica y/o intereses políticos más o menos definidos en sus contenidos. Pero si trabajar en una universidad pública no incide directamente en la independencia intelectual, tomar partido o participar de un grupo de poder dentro de la misma, como los muchos grupos mafiosos y caciquiles que subsisten en el seno de la gran mayoría de ellas, sí vulnera la independencia intelectual pues condiciona las posiciones públicas de los intelectuales en los asuntos internos de la universidad. En cuanto a trabajar en los medios de comunicación, cualquiera sabe que siguen siendo presa fácil de todo tipo de condicionamientos políticos por cuanto la gran mayoría de ellos depende prácticamente de los patrocinios oficiales para sobrevivir. Y sin embargo, existen algunos medios, muy pocos por cierto, que están plenamente comprometidos con la libertad de expresión. De ahí que un intelectual que aprecia su independencia puede colaborar en ellos siempre y cuando sus opiniones no sean censuradas o tergiversadas por sus directivos, cuyo principal objetivo es conservar el presupuesto oficial. Por lo demás, trabajar en un medio de comunicación coloca a los intelectuales en posición franca para ser sobornados, o sea “contactados” para decir ciertas cosas que convienen a los políticos profesionales. Huelga decir que en estos casos, “chayote” mata no sólo la independencia intelectual, sino al propio intelectual, aunque muchos intelectuales mediáticos se las ingenian para allegarse este tipo de “prestaciones” sin fallecer en el intento.

5. La independencia intelectual no es un medio para obtener ciertos fines sino una cuestión de principios. Suponer que mantenerse al margen del poder es una práctica rentable es un error. Si la academia paga mal, la independencia paga peor. De ahí que la inmensa mayoría de los intelectuales termina acomodándose donde puede sin importar que con ello se conviertan en mercenarios al servicio de un político o un gobierno. Y sin embargo, pésele a quien le pese, lo único que confiere credibilidad a un intelectual es mantenerse al margen del poder. Por esta vía, quizá no se tanga acceso a los reflectores y a los grandes negocios, pero es la única manera de ser congruente con una actividad noble, pero que sus propios cultivadores han terminado por desprestigiar y prostituir. Por ellos, precisamente, ser intelectual ha dejado de tener una estimación social; para los demás, ser intelectual es sinónimo de ser un oportunista o un mercenario, un trepador que se vende al mejor postor, un cómplice del cinismo y la mediocridad de la casta política a la que le sirve con lealtad. Y sin embargo, dejar en claro las cosas no lleva a ningún lado. Lo que yo pueda decir sobre la independencia intelectual no cambiará nada, a no ser que mis colegas me consideren un bicho raro, un iluso sin remedio.

III
Por todo ello, la independencia intelectual es también una elección entre la congruencia que supone el quehacer intelectual y la degradación de nuestro oficio. En lo personal, al final del día, prefiero que mis interlocutores opinen que mis libros y ensayos son insustanciales o irrelevantes a que digan que soy un intelectual vendido. Más vale pobre, pero honrado. Más vale navegar a contracorriente que subirse al barco de la conveniencia. Más vale el ostracismo que la incongruencia. Algo que por lo demás prácticamente ninguno de mis colegas puede decir de sí mismos sin faltar a la verdad, aunque la estulticia lleve a alguno a creerse “ligeramente” independiente.

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