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Sólo desde la pedantería intelectual alguien puede afirmar que ha escrito un libro que “le abrirá los ojos a los mexicanos”. Pues bien, ese es el caso del libro más reciente de Denise Dresser, intitulado El país de uno. Reflexiones para entender y cambiar a México (México, Aguilar, 2011). Ojalá fuera sólo una estrategia de ventas, pero no lo es. Dresser realmente se cree una iluminada capaz de aclararnos el brumoso paisaje mexicano, inaccesible, según la autora, para la mayoría. Sin embargo, a poco andar el lector descubre que el de Dresser no sólo es un ensayo que no aclara nada, sino que termina violentando los hechos que examina con tal de seguir un script preestablecido por ella misma desde el inicio. El resultado es una obra de simplificaciones vulgares, desvaríos explicativos y violencias argumentativas.

Es comprensible que cuando un país entra en desgracia, como el México actual, los intelectuales busquen explicaciones de su postración y planteen soluciones para salir del atolladero. El problema es que muchos de ellos, más allá de sus buenos deseos, se convierten en parte del problema, en cómplices de la tragedia, por cuanto reproducen una visión que se levanta sobre premisas falsas y hasta peligrosas que sólo alimentan la impotencia y la frustración. Ese es el caso del libro de Dresser, que se suma al de otros igualmente superficiales e imprecisos publicados en los últimos 2 o 3 años, como el de Jorge G. Castañeda (Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos), Carlos Elizondo Meyer Serra (Por eso estamos como estamos), Agustín Basave (Mexicanidad y esquizofrenia), entre otros.

Lo que emparenta a esta literatura es una obsesión por descargar en los “mexicanos” todas las desgracias que nos aquejan, ya sea por razones culturales muy arraigadas, como el conformismo, la apatía, el desinterés…, o simplemente usando sustantivos generalizadores que ocultan y engañan, como “México”, “los mexicanos”, “la sociedad”… Decir, por ejemplo, que “Los mexicanos estamos mal porque no hemos hecho las tareas que exige la modernización…” es culpar a una entelequia, es decir, es no culpar a nadie, pues cuando “todos” somos responsables, nadie lo es; al socializarse las culpas con un “nosotros” abstracto, todo queda en el aire. La tesis de toda esta literatura puede resumirse en la siguiente frase: México es un desastre, permanece atrasado, sigue inmerso en la corrupción y la impunidad, con enormes rezagos sociales y económicos, con una democracia hecha trizas, huérfano de un verdadero Estado de derecho, con un Estado rebasado por los poderes fácticos, inmerso en la violencia y la inseguridad… Y si esto es así es porque los mexicanos lo hemos tolerado… Nuestros males endémicos son el espejo de una sociedad instalada en la indolencia, la permisividad y la dejadez. Obviamente, el argumento es altamente persuasivo, pues nadie pondría en duda que nuestras desgracias son ante todo nuestras y de nadie más, o sea de una sociedad mexicana supuestamente disfuncional que arrastra taras desde el momento mismo de su fundación nacional. Sin embargo, aunque es fácil caer en sus redes, no deja de ser una falacia y un ardid bastante conveniente para sacar de foco los problemas y eclipsar las responsabilidades. Por eso, quizá los diagnósticos críticos que se hagan de la problemática actual del país en este conjunto de libros sean más o menos acertados, pero las conclusiones y las propuestas para enfrentarlos terminan siendo paralizantes o asépticas. Ese es, precisamente, el caso de la obra de Dresser que nos ocupa. Veamos

El guión del libro de Dresser transita entre el ser —o sea su diagnóstico del atolladero nacional— y el deber ser —o sea sus sugerencias y recomendaciones para salir del mismo—. Desde el Prólogo se anuncia este derrotero: “El pesimismo, el fracaso, el desencanto y el silencio infectan a México”. Por eso es “Imperativo que los mexicanos evalúen a su país y a sí mismos con más honestidad. Sin las anteojeras de los mitos y los intereses y los lugares comunes que buscan minimizar los problemas… En México mostramos una peligrosa inclinación por ordenar superficialmente la realidad en vez de buscar su transformación profunda… Somos una nación que no logra encarar sus problemas con la suficiente franqueza”. Nada más insubstancial que recurrir hasta la reiteración al “nosotros”, a “los mexicanos”, a “la nación”, a “México” para construir un discurso que se pretende explicativo, pero que no logra desmarcarse en absoluto de los discursos políticos que Dresser tanto crítica. Si el recurso a la idea abstracta y genérica de la nación por parte de un político es demagogia, en un académico es insensatez.

Pero hay un peligro más grave aún en el itinerario propuesto por Dresser: la descalificación o estigmatización a priori de un pueblo o una comunidad para justificar una búsqueda intelectual, la suya, que no es otra que la de “iluminar” a los ciegos, la de prepararlos para la batalla que les restituirá su dignidad perdida. En efecto, la imagen no podía ser más elocuente: “los mexicanos — piensa Dresser— nos quedamos siempre en la superficie, rechazamos la profundidad, preferimos mirar a otra parte, y en esa deshonestidad cobarde nos volvemos cómplices de la barbarie que nos agobia”. Cuánto desprecio a la sociedad encierra esta afirmación, pero sobre todo, cuánta ignorancia. Para empezar, no hay un solo México ni los mexicanos somos un conglomerado monolítico y cerrado. En segundo lugar, decir que los mexicanos minimizamos los problemas es no entender a los mexicanos, es un cliché con el cual los intelectuales se autoerigen como los depositarios de la verdad y el saber superior. Dresser observa desde su torre de marfil y desde ahí pontifica, sin más contacto con los mexicanos que sus libros y periódicos, y sin más referentes que los paisajes de lo popular que observa desde la ventana de su auto reluciente.

Pero las descalificaciones simplistas salpican cada página, en una cadena de clichés que avergonzaría a los mismísimos maestros de la mexicanidad, como Alfonso Reyes, Samuel Ramos, José Gaos y Octavio Paz: “los mexicanos reverenciamos al status quo, lo que nos convierte en espectadores pasivos”, “somos fatalistas, resignados y conformistas”, “la falta de un gobierno competente está en el corazón de nuestra historia”… Se nota a leguas que la politóloga Dresser, marcada por su formación anglosajona, ignora esa literatura tan profusa como inquietante sobre la identidad de lo mexicano. Ignora, por ejemplo, a Reyes, quien afirmó con sabiduría que nuestro estoicismo no es conformismo sino un acto callado de libertad frente a la represión y el sometimiento. Por ello, Dresser comete el mismo error de muchos otros estudiosos de querer leer a México con criterios importados, con raseros ajenos a nuestra idiosincrasia y nuestro ser, dando por resultado contrastaciones inútiles. Por esa vía, por ejemplo, sólo cabe lamentar que los mexicanos no seamos tan emprendedores como los estadounidenses, o tan trabajadores como los japoneses. Ni cómo explicarle a Dresser que los mexicanos simplemente no somos y nunca seremos como los estadounidenses ni como los japoneses… Y con ello no pretendo defender una idea idílica o purista de la mexicanidad para justificar o edulcorar nuestros males endémicos, sino simplemente advertir las inconsistencias de proceder como lo hace Dresser.

Desde el Prólogo, Dresser afirma que los mexicanos hemos sido dejados, somnolientos, conformistas, apáticos, resignados, recipientes vacíos, “ciudadanos vasija”.  Por eso, hemos creado un país estancado, atrasado, sin movilidad social, un país de migrantes. Y de ahí, Dresser pasa a su credo (declaración de fe) que no es otro que “volver a México un país de ciudadanos”, “vivir en la indignación y la inconformidad”, pues si los ciudadanos no despiertan, seguiremos en el atraso. Me pregunto si en verdad Dresser no se ha dado cuenta que su argumento en lugar de mover a una transformación social, a una mayor concientización, reproduce la misma lógica ocultadora y negadora de lo social propia de los discursos políticos que ella supuestamente condena. En efecto, decir que en México no hay ciudadanos, o que los mexicanos estamos aletargados, no sólo no le hace justicia a los hechos, sino que legitima indirectamente los excesos y las incompetencias de los gobernantes. Es el discurso mediante el cual una casta política inescrupulosa y cínica se exime de sus responsabilidades, es la retórica que transfiere a la sociedad los males que la agobian, el ardid perfecto de una élite política que se afirma en sus privilegios, negando a la sociedad. Por eso, el “credo” de Dresser en lugar de ser contestatario o emancipador,  es el que mejor le va a los gobernantes; en lugar de exhibirlos, los cura en salud. Por esa vía, Dresser se vuelve cómplice de lo que critica; un derrotero, por lo demás, muy frecuentado por intelectuales o pseudointelectuales supuestamente críticos, pero que al final del día le hacen el caldo gordo a los políticos, hombres y mujeres de ideas que sólo saben acomodarse a todo, y que han hecho de la crítica un modus vivendi muy rentable. Si los políticos profesionales niegan de facto a la sociedad cada vez que abusan de sus cargos, o actúan impunemente, o violan las leyes a su conveniencia…, o sea actúan a espaldas de la sociedad, los intelectuales también lo hacen cada vez que conciben a la sociedad como apática, ignorante, dejada, conformista. Así como el político justifica sus incompetencias en la supuesta dejadez de la sociedad, los intelectuales justifican su vocación crítica e iluminadora, en la supuesta acriticidad e ignorancia de la sociedad, en un juego de afirmación/negación bastante conveniente para las elites, políticas e intelectuales.

El problema es que muchos de estos pseudointelectuales llegan a ser tan persuasivos, sobre todo cuando gozan de fama mediática, que siempre hay incautos que compran sus argumentos sin chistar, y hasta terminan concibiéndose a sí mismos como parte del problema que aqueja a la nación. Pero la realidad es muy distinta. Si México ha conquistado en tiempos recientes avances democráticos se debe única y exclusivamente a la propia sociedad, si México dejó atrás setenta años de dictadura perfecta fue gracias a sus ciudadanos, si hoy tenemos más derechos y garantías que antes es porque los ciudadanos decidimos luchar por ellos. En México, los ciudadanos hemos tenido que abrirnos paso en nuestras aspiraciones y reivindicaciones con todo en contra, con una casta política corrupta e ineficaz, con poderes fácticos que rebasan al Estado, con partidos instalados en la mezquindad de sus privilegios, con elites políticas e intelectuales que nos siguen “invisibilizando”… Y no se trata de anteponer un discurso idealista de la sociedad frente a la presunta maldad del Estado, sino simplemente de levantar acta de una realidad sistemáticamente negada y ocultada por pseudocríticos mediáticos como Dresser, y que ahí está esperando ser interpretada convenientemente, sin las anteojeras pedantes de académicos de cubículo ni la labia adornada de líderes mediáticos oportunistas, sino desde la experiencia, desde la vida, desde la cotidianidad. Quien no entiende que debajo de esa aparente apatía y conformismo de un pueblo masacrado y doblegado perennemente anida incólume un hambre de justicia, paz y prosperidad, no entiende nada. Quien no entiende que los mexicanos hemos tenido que abrirnos paso trabajosamente con todo en contra, sometidos por siglos de privilegios, oligarquías, castas, partidocracias, populismos, dictaduras… y que aún así no nos han doblegado, no entiende nada. Quien no entiende que las conquistas, grandes o pequeñas, alcanzadas en México han sido exclusivamente conquistas de una sociedad avasallada pero también inconforme, no entiende nada. Quien no entiende que vivir en México, en un país secuestrado por una casta política cínica y voraz, ocupado por poderes fácticos monopólicos, en un país sumido en la violencia, la inseguridad y el saqueo por parte de las élites, convierte a sus ciudadanos en auténticos héroes, héroes por vivir y trabajar honradamente, por migrar para mejorar sus condiciones de vida, por votar apostando por un futuro de paz y leyes…, simplemente no entiende nada… 

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos puede hacerlo cómplice o responsable de su tragedia. Dresser lo hace y eso la pinta de cuerpo entero. No es casual que en su elenco personal de héroes nacionales coloque a políticos trepadores como Javier Corral, a magistrados que en un mes cobran lo que gana toda la nómina de una maquila, como José Ramón Cossío, a ambientalistas en mustang como Andrés Lajous, a periodistas de cabina que navegan con la bandera de críticos para lucrar mejor como Carmen Aristegui, a intelectuales acomodaticios como Sergio Aguayo o Jesús Silva Herzog… Obviamente, en su lista de héroes no hay espacio para los tarahumaras, para la señora que vende tamales para completar el gasto, para los obreros que burlan su infortunio jugando futbol los domingos en canchas de piedras y vidrios, para los feligreses que caminan durante días para arrodillarse ante la Virgen de Guadalupe, para los empleados que sólo llegan a dormir a sus casas dormitorio de sus ciudades dormitorio, después de atravesar durante horas las urbes; a las mujeres y hombres que todos los días se juegan la vida cada vez que salen a sus trabajos o escuelas; para activistas caídos en su lucha por justicia, como Nepomuceno y Maricela…  Para ellos sólo hay el dedo flamígero de la paladina de la justicia, la condena despiadada de la nueva redentora nacional.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que ese pueblo está infectado de pesimismo, de inmovilismo, por lo que sólo sabe victimizarse. Lo que para Dresser es pesimismo y victimización en realidad es coraje, frustración, dolor, por constatar diariamente como los poderosos saquean al país, como actúan impunemente, como tuercen la ley a su conveniencia, como las élites nos mienten y se enriquecen a nuestras costillas. Dresser sostiene que a ese pueblo le falta indignación, siendo que los mexicanos estamos instalados desde hace mucho en la indignación, vivimos en la indignación, comemos indignación… es ya un estado de ánimo permanente. Francamente, no sé que más tiene que hacer este pueblo vapuleado para ser digno a los ojos de esta moderna Torquemada de las Lomas, si sólo vivir y sobrevivir en México es un triunfo diario.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, no puede entender que los mexicanos no queremos más violencia, sino vivir en un país en paz y con justicia; no queremos abusos e impunidad, sino leyes y derechos; no queremos gobernantes corruptos, sino representantes honestos y responsables; no queremos revoluciones ni guerras civiles, sino instituciones y elecciones; no queremos autoritarismos ni dictaduras, sino democracia y libertades; no queremos rezagos sociales y económicos, sino prosperidad y equidad… Y todos los días luchamos por ello, trabajamos para ello. Que no lo hagamos con los cánones que Dresser considera dignos no significa que seamos apáticos o resignados. Los ciudadanos hacemos lo que podemos hacer y lo hacemos con coraje, valentía y esperanza. Pedirle más a una sociedad que como la nuestra, en su gran mayoría, trabaja honestamente, soportando salarios de hambre, lleva a sus hijos a escuelas donde la educación es lo que menos importa, paga impuestos todos los días al consumir bienes básicos, soporta el abandono de gobernantes y partidos que sólo miran por su beneficio, critica todos los días el cinismo y la corrupción de sus gobernantes…  es francamente un despropósito de intelectuales engañabobos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que a los mexicanos somos conformistas, que nos falta participación y ser ciudadanos. Ridículo, en pocos países como México hay tantas marchas y manifestaciones de protesta, tantas huelgas y plantones, tantas movilizaciones de solidaridad con las víctimas de desastres, tanta afluencia a las urnas, tanta discusión en las calles, tanta indignación… Además, los ciudadanos en México somos más ciudadanos que los de muchos otros países, porque aquí nadie nos ha regalado nada, aquí hemos tenido que luchar denodadamente por nuestros derechos, por ser escuchados y tomados en cuenta. Pero Dresser solo ve a “mexicanos [que] les sobra conformismo y les falta descontento”, y como “los ciudadanos conformistas engendran políticos mediocres”, no nos queda más que flagelarnos por nuestra postración. No cabe duda, Dresser vive en un país que no es el de uno, o sea el de la inmensa mayoría de los mexicanos, sino que vive en el México de unos cuantos, de aquellos privilegiados que solazan sus conciencias trepadoras culpando al resto de la pobreza y la marginación, de los abusos y la negligencia de las autoridades, del atraso y el estancamiento…  Allá ellos y su mala conciencia. ¡Fuera máscaras!

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que los mexicanos vivimos en un país que sentimos ajeno, porque nos ha sido robado por las elites y los dictadores. Cierto, a México se lo han apropiado siempre las elites y los dictadores, pero nunca nos ha sido ajeno. A veces lo abandonamos, cuando la necesidad nos lleva a migrar, pero lo llevamos a todas partes y en todas partes lo reproducimos, con un orgullo y una nostalgia que jamás entenderán los anglosajones. Quizá no anhelemos las frivolidades de Dresser, como “las enchiladas del Sanborns, el cine de Cuarón, los libros de Poniatowska, la casa de Luis Barragán…”, pero sí a la familia, a los vecinos, a la tierra y a los volcanes…

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar ilusamente que “Un día habrá un diputado que suba a la tribuna y exija algo en nombre de la gente que lo ha elegido… Y entonces México será otro”. Depositar las soluciones en el origen de los problemas no sólo es insensato sino tendencioso. No Sra. Dresser, los mexicanos creemos en fantasmas y leyendas, pero no somos estúpidos. No se engañe y no engañe a sus lectores.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle el permanecer atrapada en “ideas muertas”, ideas tan arraigadas en nuestra cultura política como lozas de granito imposibles de remover, “ideas atávicas que nos convierte en un país de masoquistas”, como la defensa patriótica sobre nuestros recursos naturales (principalmente el petróleo), la defensa de los monopolios públicos o privados, la idea de que la educación más que mejorarla hay que ampliarla, o suponer que México no está preparado para reformas democráticas, como la reelección legislativa o las candidaturas independientes… Para empezar, el elenco de lo que Dresser llama “ideas muertas” es ridículo y arbitrario, y muy pocos coincidirían con él. En segundo lugar, si perviven ideas atávicas como éstas eso sólo ocurre en el seno de las propias elites políticas, económicas e intelectuales por resultarles rentables o convenientes. No son lastres que comparta la sociedad o que aniden en sus imaginarios como dogmas inquebrantables. Si alguien en México ha exhibido un espíritu de renovación y cambio ha sido precisamente la sociedad mexicana, que en ese sentido camina años luz muy por delante de sus elites.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle que vea todo lo podrido que lo rodea como algo normal, como rutinario; que perciba la violencia y el saqueo como inevitables; que vuelva normal lo que es anormal en otras partes; que se resigne a vivir en la inseguridad y los secuestros. Basta Sra. Dresser. No confunda miedo con cobardía, no confunda precaución con ceguera, no confunda silencio con rutina. La inmensa mayoría de los mexicanos no tenemos blindaje integrado y por eso debemos seguir bregando, hacer de la necesidad virtud. Vivir en la zozobra permanente, amenazados, sometidos, secuestrados… no es aceptar la inexorabilidad de nuestra tragedia, es sólo adaptarse a las circunstancias para seguir viviendo, para proteger a nuestros hijos, para evitar desafiar a la suerte en una calle oscura… No Sra. Dresser, aquí no hay nada de normalidad, sólo cautela e indignación, protesta cotidiana para que la autoridad haga su trabajo y termine de una buena vez con la espiral de violencia que padecemos. No se atribuya la exclusiva de reclamos que son de todos, que viven en todos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede reprocharle que no sea genuinamente multicultural, que acepte dócilmente la discriminación y la marginación, o incluso que alimente en su seno la discriminación y la marginación de manera hipócrita, pues no acepta su propia condición racista y xenófoba. No  Sra. Dresser, no nos mida con sus criterios anglosajones. Dese una vuelta el domingo por la Basílica para que vea en persona una auténtica sociedad multicultural, multiétnica y multirracial, algo simplemente imposible de ver en un país como Estados Unidos donde existen todas las razas pero no se tocan, no se mezclan, no conviven. El multiculturalismo como categoría y obsesión de intelectuales liberals sólo podía surgir en sociedades fragmentadas, divididas, guéticas, como la estadounidense. Es una categoría simplemente insustancial para sociedades mestizas como la mexicana, pero eso es algo que usted no ve ni entiende. Nuestro mestizaje generó otros fantasmas culturales, cierto, pero no el del aislamiento o la incomunicación entre razas, porque el multiculturalismo lo llevamos en la piel. Ese problema lo resolvimos hace quinientos años.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede pensar que los ciudadanos no reaccionan contra los abusos porque “estamos mal educados y no sabemos lo importante que es la educación”. No Sra. Dresser, que la educación en México sea un desastre no significa que los mexicanos la despreciemos o no le demos valor. Usted simplemente ignora las historias cotidianas de sacrificio y esfuerzo de millones de familias mexicanas para que sus niños y jóvenes vayan a la escuela y a la universidad, para que completen sus estudios, aún sabiendo que la educación dejó hace mucho de ser un medio de ascenso social, destinando recursos a ese propósito, pese a que son escasos… 

Basta, podría seguir con esta crítica ad nauseam, pues cada página del libro de Dresser está plagada de errores e imprecisiones. Con lo dicho, creo que el lector se habrá dado cuenta que Dresser no conoce el país de uno, lo boceta con colores llamativos pero sin idea de lo que está pintando. El resultado es un bodegón de principiante, una naturaleza más muerta que su Avatar de redentora que sólo los incautos le compran, un retrato deforme de una realidad que la autora simplemente no entiende, salpicada arbitrariamente de frases y citas forzadas de escritores y académicos que en lugar de aclarar las cosas las emborronan sin remedio. 

Pero si las premisas del libro son endebles, el edificio tampoco se sostiene, empezando por el diagnóstico que sobre nuestro país realiza la autora. Desafío a cualquier lector medianamente informado sobre la realidad mexicana a que me señale al menos un aspecto que ignorara y del cual se haya enterado gracias a la lectura de este libro. Seguramente no hay nada. Veamos.

Que en México hay un “andamiaje de privilegios que aprisiona la economía y la vuelve ineficiente”, no sólo lo sabemos, sino que lo sufrimos todos los días; que en México las elites políticas y económicas actúan para su beneficio y por eso no introducen cambios, como las reformas estructurales, también lo sabemos; que el gobierno funciona como “distribución del botín”, no es nada nuevo; que los legisladores disponen de recursos exorbitantes e injustificados, también; que los partidos sólo actúan para su beneficio, es algo tan sabido que la sociedad los califica con 1.5 de 10 puntos posibles de confianza; que la economía está concentrada en unos cuantos monopolios y que las autoridades no hacen nada para generar mayor competencia, lo lamentamos todos los días… En fin, para qué seguir con tanta nimiedad.

Y si el análisis de Dresser sobre los males del país es insustancial y fatuo, sus críticas a partidos, políticos, líderes sindicales y empresarios con nombres y apellidos raya en el lugar común, una lista de agravios impunes que guardamos los mexicanos en el baúl y que Dresser simplemente desempolva para alimentar con ellos su falsa imagen de crítica implacable de los corruptos, de salvadora nacional. Si al menos sus críticas fueran imparciales o equitativas, pero son todo lo contrario, sesgadas y tendenciosas, propias de alguien que tensa sus juicios hasta donde no representen un riesgo para ella, para su propio juego político, interesado en frenar a toda costa el retorno al poder del PRI (y en particular de Enrique Peña Nieto) o la llegada del PRD (y en particular de Andrés Manuel López Obrador), pues mientras sean oposición su crítica no la compromete sino que la hace aparecer como implacable. Muy distinta es la crítica al PAN y a los dos gobiernos emanados de él, saturados de incompetencias pero que cuentan en su descargo con el hecho de que heredaron un país destrozado muy difícil de recomponer en tan poco tiempo. Lo cual no deja de ser una falacia. Obviamente, cuando la crítica está sesgada o manoseada de origen deja de ser crítica para convertirse en panfleto, en pasquín, que es precisamente lo que hace Dresser.

“Gracias al PRI —señala Dresser— el narcotráfico se infiltra en el Estado y se enquista allí… Fox y Calderón no son responsables del problema”. No Sra. Dresser, tan responsable es el PRI por haber alentado y protegido este negocio durante décadas, como Felipe Calderón por incendiar al país con una guerra fallida, antes que proponer soluciones drásticas, como la legalización de las drogas; una guerra de mentiras ¿A quién quiere engañar? Hoy el país, además de estar sometido por el crimen organizado, está inmerso en una espiral de violencia que simplemente no debió generarse.

Por lo demás, no hay nada en su recuento de daños del PRI que se desconozca: el charrismo sindical de Gamboa Pascoe, la prepotencia de Beatriz Paredes, los excesos de López Portillo, el enriquecimiento ilícito de los Salinas de Gortari, el cinismo del profesor Hank, la corrupción de Elba Esther Gordillo, Roberto Madrazo, Ulises Ruiz, los escándalos de Arturo Montiel y Mario Marín, las mentiras de Peña Nieto… En suma, el PRI del clientelismo, de los abusos de autoridad, de las mafias, del saqueo indiscriminado de recursos, de la corrupción desmedida, del Pemexgate, de la impunidad, de los sobornos, de la cooptación silenciosa de intelectuales, de la represión, de la matanza del 68, de las camarillas… Por Dios, ¿en verdad no tiene nada mejor Sra. Dresser? Le recuerdo que la sociedad mexicana rescindió al PRI en las urnas en 2000 precisamente por esa lista de atropellos. Ni al caso remover escombros. ¿Cuánto malestar e insatisfacción debe haber con los gobiernos del PAN que hoy se asoma desafiante la posibilidad del retorno del PRI?, ¿cuánta desesperación y frustración debe haber en nuestra sociedad que muchos piensan que ese pasado ominoso era menos cruel que nuestro presente truncado? Ese es el dato duro realmente significativo para los tiempos que vienen: el PAN no supo leer el momento histórico que le tocó vivir, no estuvo a la altura de los desafíos de los nuevos tiempos, arruinó al país estúpidamente, traicionó a un pueblo que creyó en su promesa de cambio y renovación. Aquí no caben las justificaciones. Decir que “el gran error del PAN fue creer que podrían practicar mejor el juego diseñado por el PRI, en vez de cambiar sus reglas” suena muy complaciente. En realidad, el PAN sí podía cambiar esas reglas, prometió a la nación hacerlo, tenía todo para hacerlo, pero muy pronto se dio cuenta que mantenerlas intactas era muy rentable para hacer lo mismo que hizo el PRI durante décadas: mentir, robar, ocultar, engañar…

Y para seguir con las necedades, ¿a qué viene a estas alturas enjuiciar a la “famiglia Salinas” y al “Don Corleone” de la política mexicana? Si alguien sabe que Carlos Salinas de Gortari fue un déspota, un tirano, un mafioso, un político perverso y despreciable, somos los mexicanos. Cierto, nunca pagó por sus crímenes, pero la sociedad ya lo juzgó y lo condenó hace tiempo. Ese veredicto es parte de nuestra historia y nadie nos lo puede arrebatar. ¿A quién quiere impresionar Sra. Dresser? ¿En qué momento trasformó su complacencia con el desempeño de Salinas, sus adulaciones al entonces presidente (tal y como lo expone sin rubor en su ensayo de 1993 “Neopopulist Solutions to Neoliberal Problems: Mexico’s National Solidarity Program”) en odio y dardos envenenados? Usted, Sra. Dresser, como sus colegas mercenarios, intelectuales repetidores de la cochambre que sólo saben acomodarse a lo que hay, también ha jugado convenientemente. ¿A quién quiere engañar? Por lo visto, la congruencia no ha sido precisamente una de sus virtudes. Por lo demás, sólo a usted se le ocurriría citar profusamente a Héctor Aguilar Camín, el ideólogo de Salinas, el más arrastrado de los intelectuales de este país, para diseccionar las intenciones ocultas de ¡Salinas! Eso ya no es incongruencia, sino insensatez.

¿Y qué decir de los juicios de Dresser a la clase empresarial, a los oligopolios, a Televisa y a Carlos Slim? Nada, pues no hay nada nuevo en ellos, nada que no se sepa. Pero como la Sra. Dresser reproduce en su libro la crítica que le hizo a Slim en un artículo que le valió el Premio Nacional de Periodismo, me permito reproducir aquí también el comentario que escribí sobre el mismo: “Me acuerdo que cuando leí este artículo en su momento no daba crédito a tanta ‘mala leche’ y perversidad. Quienes lo leyeron se acordarán que Dresser ‘regañaba’ en este artículo al empresario, a quien calificaba de voraz e inescrupuloso, ambicioso y monopólico, insensible y antipatriota, incongruente y mentiroso, colocándose ella, supuestamente, en los zapatos de los ciudadanos, de los agraviados, de los damnificados por la avaricia del hombre más rico del mundo, de los pobres y de las víctimas de la desigualdad y la injusticia social. El artículo de Dresser seduce al gentío más sensiblero porque es el típico discurso que busca solazar de algún modo las conciencias intranquilas y golpeadas por la crisis de millones de mexicanos, buscando un culpable de nuestros males y escupiéndole en la cara todo lo despreciable e insultante que nos resultan él, su riqueza y su éxito como empresario. Como tal, Dresser emplea una vieja estrategia política, consistente en identificar a un enemigo para justificar ciertas acciones y legitimar una posición, da lo mismo que el enemigo sean los judíos, la madre patria, los inmigrantes, los herejes, el imperio, el neoliberalismo o la burguesía, lo importante es exhibirlo y denostarlo hasta generar el deseo colectivo de acabar con él. En este caso, Dresser escogió a Slim, y todo el mundo se identificó de inmediato con el linchamiento público del empresario, como si con ello pudiéramos salvar nuestras almas atormentadas. Por esta vía, además, si bien los agraviados nos curamos en salud fugazmente, no hacemos más que descargar en el enemigo de turno nuestras propias frustraciones y miserias, pues siempre será más cómodo culpar a los demás de nuestras desgracias que reconocer nuestra propia responsabilidad en las mismas. Y no es que no haya nada que reprocharle a Slim, pero de ahí a convertirlo en el principal culpable de nuestra postración nacional es un despropósito a todas luces tendencioso e injustificado. No me sorprende que una periodista sin escrúpulos recurra a estrategias tan perversas y subliminales para ganar lectores y fans, pues el medio se alimenta de ese y otros males, como el ‘amarillismo’, el ‘estrellismo’ y el ‘chayotismo’, pero que los profesionales del periodismo responsables de evaluar el trabajo de sus pares premien este tipo de trabajos tan insustanciales y huecos sólo causa perplejidad. ¿Realmente no se dieron cuenta de lo que estaban premiando? Si el panfleto de Dresser contra Slim fue el mejor artículo del año, entonces nuestro periodismo está para llorar. Por lo demás, que un artículo de opinión sea muy comentado y difundido mediáticamente, como el de Dresser, no significa per se que tenga calidad. Sería bueno entonces, que el Consejo aclarara lo que está premiando: impacto o calidad. Además, si alguien carece por completo de autoridad moral para linchar a los empresarios y a los monopolios es precisamente Dresser, quien ha vivido cómodamente desde hace años trabajando para la clase empresarial, dictando conferencias y cursos muy jugosos a las principales corporaciones empresariales y de hombres de negocios, en contubernio con Televisa y otros monopolios, gracias a lo cual se ha convertido en la ‘intelectual’ mejor pagada de México. Pero la congruencia no es una virtud bien cultivada por nuestros hombres y mujeres de ideas.”

Pero si de simplificaciones se trata, nada hay más simple (y ridículo) que achacar a lo que Dresser llama “Los diez mandamientos del político mexicano” las razones de la “disfuncionalidad” de nuestra democracia: “1. Amarás el hueso sobre todas las cosas… 2. Tomarás el nombre de la democracia en vano… 3. Santificarás las fiestas patrias con puentes vacacionales… 4. Honrarás a los líderes de tu partido…” Disculpará el lector que no siga, pero ya me indigeste de tanta gansada. Y se supone que esta es la parte irónica del libro…ja…ja…ja…

Pero lo peor está al final: las recomendaciones de la ciudadana Dresser para cambiar el país: una auténtica lista de obviedades propia de Perogrullo: ser irreverente frente al poder, concebir al voto como un derecho esencial, estar informados sobre el acontecer nacional, hacer marcaje personal a los diputados, apoyar las reformas, denunciar que la guerra al narco no ha funcionado, denunciar los monopolios, recoger la basura afuera de mi casa, conectarme a las redes sociales… ¿Y para esto tanta tinta? No me cabe la menor duda. El de Dresser es el peor panfleto que he leído en los últimos años. No rescato de él ni una sola coma.

No sé en qué momento Dresser se metamorfoseó en la emisaria de las causas populares, en la redentora de los pobres y los excluidos, en la vocera de los ciudadanos, y tampoco sé si realmente ella se lo cree, pero me queda claro que si hay alguien a quien no le va ese papel es precisamente a ella. Desde el relumbrón de sus trajes de diseñador y la eterna inmutabilidad de su peinado, desde su voz impostada y sus manoteos estudiados, clamar por justicia para los menesterosos resulta tan frívolo como cómico. Tampoco sé cómo la periodista compagina su nuevo rol de Viridiana de las Lomas con sus múltiples y muy rentables “asesorías” a políticos, funcionarios, dependencias públicas y partidos políticos, todo lo cual no hace sino exhibirla de cuerpo entero, comenzando por su poco aprecio por la independencia intelectual. Por todo ello, pero sobre todo por sus escasas contribuciones y el bajo perfil de las mismas, no deja de sorprenderme la creciente influencia y penetración que Dresser ha venido alcanzado en los medios. En realidad, como académica no ha hecho nada relevante (o mejor, no ha hecho nada), a no ser que sumar varias denuncias de plagio por parte de diversos colegas; más allá de sus artículos periodísticos y sus compilaciones de entrevistas a mujeres, no cuenta con obra intelectual alguna. Que ha sido hábil para posicionarse en los medios nadie lo pone en duda, pero que haya llegado a los sets con un trabajo intelectual mediocre y precario, tampoco. Son quizá los resabios de nuestro provincialismo, pues con lo que tiene Dresser nunca hubiera destacado en su país de origen, Estados Unidos, ni como periodista, ni como intelectual, ni como académica, pero aquí en México la premiamos y encumbramos.

¿Y por qué no hablar de los ínferos chilangos? Aquí me tocó nacer y vivir. En esta Ciudad ilimitada, ancha de caderas, vasta, rolliza, exuberante, desparramada, abultada, generosa, inabarcable, extensa, interminable, enorme, infinita, grasosa, gorda. En esta Ciudad caótica, neurótica, histérica, desquiciada, desahuciada, complicada, enferma, insana, delirante, atolondrada, loca. En esta Ciudad entrampada, laberíntica, emboscada, enmarañada, embrollada, revuelta, patas p’arriba, complicada, imposible. En esta Ciudad arruinada, abandonada a su suerte, arrasada, devastada, derrumbada, demolida, decaída, abatida, arrumbada, hundida. En esta Ciudad indefinida, vaga, confusa, imprecisa, borrosa, indeterminada, turbia, enigmática, nebulosa. En esta Ciudad perdida, ambulante, vagabunda, errante, diletante, nómada, inestable, vacilante, insegura. En esta Ciudad pordiosera, miserable, pobre, ruin, indigente, necesitada, limosnera, mendiga, marginada, arrinconada. En esta Ciudad hacinada, aglomerada, amontonada, apilada, agolpada, apiñada, atiborrada. En esta Ciudad subterránea, profunda, recóndita, enterrada, asfixiante, agobiante, extenuante, sofocante, seca. En esta Ciudad transgresiva, transcultural, sacrílega, esotérica, pagana, blasfema, irreverente, condenada. En esta Ciudad criminal, ratera, ladrona, basculeadora, corrupta, secuestradora, traficante, drogada, sicaria, asesina, fatal, moribunda, mortal. En esta Ciudad enigmática, misteriosa, rara, extraña, inaudita, insólita, extravagante, inusitada. En esta Ciudad lánguida, triste, ensimismada, absorta, abstraída, melancólica, taciturna, adolorida, apesadumbrada, abatida. En esta Ciudad soñolienta, cansada, agotada, exhausta, debilitada, desfallecida, abrumada, fastidiada. En esta Ciudad recargada, barroca, atiborrada, churrigueresca, repleta, saturada, llena, embarazada, bizarra. En esta Ciudad indiferente, fría, egoísta, materialista, pasiva, cabrona, aprovechada, altanera, chingaquedito, inhóspita. En esta Ciudad enojada, irritada, molesta, agresiva, malhumorada, hastiada, adusta, fastidiada, brusca, bronca. En esta Ciudad guadalupana, milagrosa, religiosa, beata, mojigata, prodigiosa, santa, bendita, papista. En esta Ciudad pecadora, puta, promiscua, indecente, desvergonzada, callejera, adúltera, resbalosa, descarada. En esta Ciudad abusiva, gandalla, sórdida, peligrosa, violenta, culera, cruel, malvada, perversa, hijadeputa, dura. En esta Ciudad mancillada, maltratada, humillada, ultrajada, desgarrada, violada, apañada, apuñalada, acuchillada, profanada. En esta Ciudad pisoteada, escupida, cagada, miada, sudada, vomitada, excretada. En esta Ciudad olorosa, sucia, pestilente, hedionda, gedionda, maloliente, nauseabunda, apestosa, fétida. En esta Ciudad dividida, fragmentada, partida, cortada,quebrada, rota, quebrantada, fraccionada. En esta Ciudad odiada, envidiada, deseada, amada, extrañada, querida, idealizada, dolida. En esta Ciudad ruidosa, escandalosa, cohetera, vehemente, impulsiva, exagerada, alocada, extrovertida, desbordada, aparatosa. En esta Ciudad corrosiva, ácida, irónica, hipócrita, cínica, virulenta, venenosa, sarcástica, punzante. En esta Ciudad diferente, única, incomparable, majestuosa, chingona, seductora, avasallante, grandilocuente, sorprendente. En esta Ciudad salvaje, bárbara, irracional, brutal, bestial, tosca, ruda, tozuda, atroz, sanguinaria, animal. En esta Ciudad contaminada, infectada, intoxicada, contagiada, grisácea, dañina, nociva. En esta Ciudad atascada, golosa, fritanguera, tortera, taquera, dulcera, pulquera, chelera. En esta Ciudad diabética, sidosa, obesa, cancerosa, anémica, asmática, paralítica, tullida, ciega, coja. En esta Ciudad movediza, escurridiza, evasiva, resbaladiza, temblorosa, variable, imparable, incontenible. En esta Ciudad irresponsable, inconsciente, insensata, imprudente, necia, irreflexiva, enajenada, aturdida. En esta Ciudad creativa, inventiva, original, ingeniosa, dinámica, astuta, ocurrente. En esta Ciudad necia, terca, porfiada, testaruda, cabezadura, pertinaz, obstinada. En esta Ciudad divertida, parrandera, fiestera, bailadora, borracha, chupadora, cojedora, pajera, futbolera, populachera. En esta Ciudad desigual, injusta, intolerante, racista, discriminadora, excluyente, clasista, mestiza, machista, feminista. En esta Ciudad chismosa, metiche, mentirosa, habladora, ofensiva, hiriente, imprudente, borlotera, curiosa, chorera, argüendera. En esta Ciudad naca, corriente, vulgar, malhablada, ignorante, ordinaria, grosera, burlona, vociferante, chilanga. En esta Ciudad conformista, valemadrista, acarreada, perredista, vacilante, dejada, mediocre. En esta Ciudad vanidosa, engreída, fresa, presumida, coqueta, petulante, presuntuosa, frívola, cafetera. En esta Ciudad múltiple, diversa, plural, heterogénea, compleja, híbrida. En esta Ciudad cara, dispendiosa, despilfarradora, consumista, costosa, excesiva, endeudada, empeñada, endrogada. En esta Ciudad hermética, cerrada, enmascarada, disfrazada, camuflada, disimulada, encubierta, desfigurada, oculta, escondida. En esta Ciudad intransitable, multitudinaria, embotellada, masiva, accidentada, profusa. En esta Ciudad inexplicable, incomprensible, impenetrable, inasible, inaccesible, ininteligible, impredecible…  ¿Y por qué no —decía—, si hay tanto que decir?

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