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Confieso que cuando leí el título del libro más reciente de John Ackerman, El mito de la transición democráticaNuevas coordenadas para la transformación del régimen mexicano (México, Planeta, 2015), me sedujo de inmediato. Pensé entonces en las tesis de otros analistas que también han buscado desmitificar la supuesta transición mexicana, como Lorenzo Meyer en su libro Nuestra tragedia persistente. La democracia autoritaria en México, o Jo Tuckman en su México, democracia interrumpida, o incluso mi propia tentativa en El evangelio de la transición (autores y obras que por lo demás brillan por su ausencia en dicho trabajo). Más aún, el título de Ackerman es de esos que a más de un analista nos hubiera gustado emplear en alguno de nuestros libros sobre el tema. Sin embargo, a poco andar en la lectura del libro de Ackerman, el lector se percata sin remedio de que se trata de un nuevo panfleto —como si no hubiera suficientes— a favor de Andrés Manuel López Obrador, un pasquín sin análisis ni reflexión seria, un libelo propagandístico sin pies ni cabeza igual de frívolo, superficial y tendencioso que los análisis de otros autores que Ackerman deplora sin mencionar —en un signo de prudencia del autor que contrasta con el tono envalentonado de sus afirmaciones— por ser unos “viles manipuladores y serviles” del “Estado corrupto mexicano”. Es una lástima que el politólogo Ackerman no entienda que no se puede pretender desmitificar un mito desde otro mito, por más persuasivo que éste sea, pues el resultado no puede ser otro que un panegírico. En ese sentido, lo mejor hubiera sido que Ackerman titulara su libro como: “Manifiesto para derrocar al mal gobierno y colocar en su lugar al nuevo salvador de la patria”, así, al menos, el lector sabría a qué atenerse antes de desembolsar su lana para comprarlo (sobre todo los más desprotegidos que tanto azuza Ackerman, que tendrían que gastar tres días de salario mínimo para comer propaganda mesiánica).

Por momentos el libro de Ackerman me recuerda por su tono radical y encendido a algunos trabajos de viejos marxistas mexicanos en los años sesenta y setenta del siglo pasado que buscaban afanosamente develar los resortes autoritarios, nacionalistas y oligárquicos del Estado posrevolucionario, pero reconociéndole en todo momento, por paradójico que parezca, el mérito de haber enarbolado la etérea justicia social como uno de sus postulados fundacionales, aunque en la práctica ello no pasara de ser pura propaganda. Pienso, por ejemplo, en Adolfo Gilly, Pablo González Casanova, Arnaldo Córdova, Carlos Pereyra y, un poco antes, José Revueltas, entre muchos otros. Sin embargo, a diferencia de estos autores, en el libro de Ackerman no hay teoría (ni marxista ni de cualquier otra) ni análisis, sólo un recuento de hechos deshilvanados y frases incendiarias que le permiten al autor justificar la necesidad de un nuevo alzamiento popular en contra de los malosos, o sea: el “neoliberalismo autoritario del Estado mexicano corrupto, impopular y entreguista a los Estados Unidos” (sic). Al menos, los viejos marxistas habían leído apasionadamente a Marx, Lenin, Trotsky, Gramsci, Mao…, y los citaban con profusión para argumentar a favor de sus interpretaciones de la realidad y sus convicciones políticas. Pienso por ejemplo en el famoso libro de José Revueltas, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, aplaudido por propios y extraños no tanto por su análisis demasiado tendencioso del comunismo en México sino por su dominio incuestionable del pensamiento marxista, un auténtico deleite para los que en esa época gustaban de los debates teóricos de izquierda. Lejos de ello, Ackerman aparece en su libro como un advenedizo del marxismo, alguien que se dice de izquierda pero que no conoce ni cita a sus padres y cultivadores intelectuales, alguien que sólo repite de oídas lo que otros le han contado, un marxista de ocasión, lo que lo convierte en un pseudocrítico del establishment igual de tendencioso y superficial que los que lo defienden a ultranza y que él dice criticar. En suma, quien se aproxime a las páginas del libro de Ackerman solo encontrará en ellas propaganda subversiva, un ejemplo fehaciente del pensamiento simple, del infantilismo de izquierda más ramplón y obtuso y que por lo visto se niega a morir: capitalista malo/proletario bueno; derecha mala/izquierda buena; gobierno malo/pueblo bueno… La verdad, se necesita mucho más que un manifiesto insustancial como éste para mover a las conciencias hacia un cambio de actitud a favor de una transformación del país en todos los órdenes, como pretende Ackerman, por más necesaria y trascendental que sea ésta en el actual momento nacional de excesos autoritarios, crisis política, desvaríos socioeconómicos y tumbos gubernamentales.

La ausencia de teoría y reflexión en el libro de Ackerman lo lleva a defender de principio a fin ideas francamente insustanciales, por superficiales e imprecisas. Por ello, para no extenderme demasiado, sólo concentraré mi crítica en dos o tres ideas centrales del autor. Comencemos con la tesis que da título al libro: el mito de la transición democrática. Según Ackerman, con el regreso del PRI al poder en el 2012 y la llegada de Enrique Peña Nieto a la presidencia “se ha consolidado el sistema corrupto de autoritarismo neoliberal en el poder”, vigente desde la fundación del PRI. Por ello, más que transición a la democracia lo que tuvimos fue “la infiltración de la lógica priista en toda la oposición”, incluida la que llegó al poder en el 2000, o sea el PAN, y más recientemente el PRD al decidir sus dirigentes firmar con el PRI y el PAN las “contrarreformas entreguistas y antipopulares de Peña Nieto”. Por eso, prosigue Ackerman, el regreso del PRI al poder en el 2012 fue un “desenlace natural” de este proceso. Además, afirma el autor sin chistar —aunque no presente ninguna prueba de ello—, existió un pacto secreto entre Carlos Salinas de Gortari, el PRI, el PAN y Vicente Fox para perpetuar al régimen priista, incluso sin el PRI. Muestra de ello es que los respectivos gabinetes de los panistas Fox y Felipe Calderón estaban llenos de priistas, ergo el PRI y el PAN son iguales, o sea son el PRIAN (“PRIANRD”, si añadimos al PRD en la misma mafia, corrige más adelante el autor). La verdad no se si tenga caso siquiera criticar argumentos tan obtusos como estos. En fin…

Habría que destacar primero que si el PAN en el poder no satisfizo a nadie, pues, entre otras cosas, no estuvo a la altura del desafío que representaba la alternancia después de setenta años de dictadura priista y evadió encabezar la realización de un pacto nacional que definiera para el país un nuevo ordenamiento institucional democrático que hiciera tabla rasa del viejo régimen autoritario, o sea una nueva Constitución, no es razón suficiente para descalificar en automático la alternancia. En los hechos, la alternancia existió y no se puede invalidar por el hecho de que el partido que sustituyó al PRI en el poder fuera un partido de derecha y no uno de izquierda, como sugiere en algún lugar Ackerman, con más vísceras que sesos. Si acaso, se puede descalificar al PAN por, una vez en el poder, haberse acomodado convenientemente a la normatividad vigente de naturaleza autoritaria (naturaleza definida no tanto por el espíritu liberal y social de la Constitución del 17 sino por las más de 400 reformas que sufrió ésta durante setenta años para asegurar la reproducción en el poder de la clase gobernante) sin intentar transformarla un ápice, pero no a la alternancia en sí misma, que como tal marca un punto de inflexión incuestionable entre el viejo régimen priista y un nuevo régimen democrático in nuce. El problema está en que el PAN en el poder y los gobiernos emanados de ese partido no quisieron o no pudieron construir el nuevo régimen, auspiciando en su lugar la afirmación de un híbrido institucional y normativo a medio camino entre el autoritarismo y la democracia, un ordenamiento que hereda muchas de las lógicas autoritarias del viejo régimen, pues nunca se intentó derogarlas mediante una nueva Constitución, y prácticas electorales más competitivas y plurales que en alguna medida permiten la alternancia entre distintas fuerzas políticas, aunque ni siquiera los comicios en nuestro país han conquistado la credibilidad y la autenticidad mínimas como para considerarlos legítimos y correctos, cuestión esta última que habrá que concederle a Ackerman (…y a cincuenta millones de mexicanos que piensan lo mismo). Por otra parte, cuestionar al PAN en el poder, como lo hace el autor, por seguir las políticas “entreguistas” propias del neoliberalismo autoritario a favor de los intereses de una pequeña elite económica y política, según los criterios instrumentados desde los tiempos de Salinas de Gortari, es un despropósito, pues el PAN es un partido de derecha al que no se le puede pedir lo contrario sin traicionarse a sí mismo, pese a la doctrina social católica que profesó en sus orígenes remotos.

En suma, caracterizar el momento político que vive el país después de la alternancia del 2000 y del retorno del PRI al poder en el 2012 exige mucho más que intuiciones y ocurrencias, sobre todo si se emplean las categorías provenientes de la literatura sobre transiciones a la democracia, la cual el autor simplemente ignora o pasa por alto. Como he dicho en otras partes, se puede o no estar de acuerdo con dicha literatura especializada (yo en lo personal difiero en muchas cosas), pero si se van a emplear sus categorías con fines de análisis se debe hacer correctamente, o sea con rigor y objetividad, para evitar violencias interpretativas o caracterizaciones interesadas y a modo, como la que ensaya el propio Ackerman en su libro.

No es este el lugar para desarrollar una caracterización exhaustiva del caso mexicano con las exigencias que impone la teoría de las transiciones. Baste señalar que todos los que recurren a la misma concluyen que la alternancia del 2000 en México marcó el fin de la “transición democrática” y el inicio de la “instauración democrática”, o sea la etapa de destitución autoritaria y de discusión y aprobación de una nueva normatividad (generalmente una nueva Constitución) acorde con las exigencias y la necesidades de un nuevo ordenamiento de naturaleza democrática. Sin embargo, por muchas razones en las que no me detendré aquí, la instauración no prosperó, posponiéndose indefinidamente la construcción de una auténtica democracia e instalando al país, como ya dijimos, a medio camino entre el autoritarismo y la democracia. Prueba de ello es que ni las elecciones, que fueron el eje que definió los tiempos y el ritmo de la transición democrática en el país, o sea todas las reformas electorales desde 1977 al 2000, han conquistado la legitimidad y la autenticidad que exige cualquier democracia electoral. Obviamente, en este contexto de incertidumbres y dudas, de resabios autoritarios e impulsos democráticos que no logran despuntar, el regreso del PRI al poder no hace sino alimentar más dudas. Al respecto, todo parece indicar que al regresar el PRI al poder sin haberse instaurado una nueva normatividad claramente democrática, el país se aproxima más a una peligrosa regresión autoritaria que a la posibilidad de retomar el camino sinuoso y hasta ahora inconcluso de una instauración democrática.

En suma, por estos desenlaces, la teoría de las transiciones podría concederle a Ackerman que la transición ha sido un mito. Sin embargo, en honor a la precisión, lo que no se ha concretado en México no es la transición en sí misma sino la construcción de la democracia después de la alternancia. Más específicamente, lo que no prosperó en México a diferencia de todas las transiciones exitosas en el mundo fue el pacto entre todos los actores —tanto los del viejo régimen como los emergentes—, que diera lugar a una reforma integral de la Constitución, o sea a una nueva normatividad democrática en sustitución de la normatividad autoritaria precedente. En lugar de ello, es fácil inferir que el regreso del PRI al poder nos acerca más al autoritarismo que a la democracia, aunque en estricto sentido ello no sea un derrotero definitivo. Obviamente, en ese escenario, estaremos atestiguando no el mito de la transición, pues ésta sí existió, sino una “instauración democrática fallida”, o sea una instauración que al no concretarse coloca al país en la antesala de una regresión autoritaria o incluso de una restauración autoritaria, en caso de que volviéramos en unos cuantos años al esquema de partido hegemónico del siglo pasado.

Por otra parte, afirmar que con Peña Nieto “se ha consolidado el sistema corrupto de autoritarismo neoliberal en el poder”, es inexacto. En efecto, si algo caracteriza el presente mexicano es que nada está consolidado, mucho menos el actual régimen político, que experimenta una de las peores crisis de su historia, a juzgar por el débil apoyo que conserva el actual titular del ejecutivo y el repudio que concita el gobierno en su conjunto por sus muchas inconsistencias y excesos. Si algún día el así llamado por Ackerman “régimen autoritario neoliberal” se consolidó en México, fue precisamente durante el gobierno de Salinas de Gortari, que a pesar de impulsar políticas claramente neoliberales y excluyentes para las mayorías llegó a tener una gran legitimidad y respaldo popular, al menos hasta la irrupción del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) en el escenario nacional y el tristemente célebre “error de diciembre”. Ackerman debería saber que hablar de “consolidación” supone para un gobierno o un régimen o un líder apoyo popular (legitimidad) y estabilidad por más impopulares y arbitrarias que sean sus políticas económicas y sociales, o por más autoritario que sea en los hechos, pero eso es mucho pedir a un analista de ocurrencias.

Finalmente, decir que más que transición a la democracia lo que tuvimos fue “la infiltración de la lógica priista en toda la oposición” también es incorrecto, pues el PRI se sostuvo durante décadas con oposiciones leales y sistémicas, y sólo empezó a modificar sus patrones de competencia cuando una parte de la oposición pasó a ser desleal y antisistémica. Que en los hechos la mayoría de los partidos haya optado en los tiempos recientes por abandonar sus propias estrategias y convicciones ideológicas particulares para reproducir en su lugar patrones similares a los del PRI, se debe más al pragmatismo de los partidos obligados a sobrevivir en condiciones de competencia imperfecta e inequitativa que a un proceso de mimetismo orquestado deliberadamente por el PRI. Lo que sí es cierto es que en ausencia de una reforma integral a la Constitución en clave democrática pareciera que los rasgos autoritarios del pasado se recondujeron por todos los vasos linfáticos del nuevo régimen, en perjuicio de los impulsos democráticos renovadores de la era de la alternancia.

Otros argumentos esgrimidos por Ackerman en favor de su tesis sobre el mito de la transición son los siguientes: el retorno del PRI al poder fue un “resultado natural” dada la ausencia de una verdadera transición; hoy las “contrarreformas estructurales, la corrupción, la violencia, la represión, los crímenes de Estado han ratificado el carácter fantasioso de la supuesta transición”; en lugar de democratización el poder se ha “concentrado en una elite reducida”; como mito, “la transición desmoviliza a la sociedad y cancela la posibilidad de imaginar una transformación real del país”; hoy “nadie puede comprobar que los ciudadanos tienen más poder que antes de la transición”, ergo no hay transición; los poderes fácticos y las instituciones electorales siguen obstaculizando la llegada al poder de un “verdadero” candidato de oposición.

La tentación de reaccionar a cada una de estas afirmaciones tan hueras como imprecisas es muy fuerte, pero me limitaré a unos cuantos cuestionamientos breves. Ackerman no se puede colocar del lado de los ciudadanos como pretende si no es capaz de concederles algún protagonismo, más allá de azuzarlos a la rebelión. Me explico. Si el retorno del PRI era inevitable, entonces, en la lógica de Ackerman, los ciudadanos no tuvieron nada que ver en ello, ni siquiera los millones de votantes que expresaron en las urnas su malestar hacia el PAN por los dos sexenios de pesadilla que este partido nos obsequió. La pregunta aquí no es si estaba escrito o no el retorno del PRI al poder por la vía de las elecciones, con todo y sus imperfecciones e inconsistencias, sino de qué tamaño habrá sido el malestar hacia el PAN (y las desconfianzas hacia el candidato del PRD, López Obrador) que la inmensa mayoría de los mexicanos prefirió reposicionar al PRI en el poder pese a haberlo mandado a retiro 12 años antes, cansados todos de tanta corrupción y demagogia.

Que hoy el gobierno de Peña Nieto sea un fracaso en todos los órdenes y una gran desilusión para muchos no tiene que ver necesariamente con la ausencia de transición, como sostiene Ackerman, sino principalmente con la incompetencia del personaje y de su gobierno. No hay que olvidar que ningún gobierno desea para sí una espiral de descalificaciones que amenace su continuidad o lo conduzca a endurecimientos riesgosos con tal de perpetuarse en el poder. Estos desenlaces no forman parte de un guión preestablecido de ningún gobierno supuestamente legítimo para exhibir deliberadamente su verdadero rostro autoritario oculto por las simulaciones del poder. Lejos de ello, sólo constituye un despropósito de un gobernante que, como Peña Nieto, ha sido incapaz de jugar siquiera el viejo juego de las apariencias democráticas y progresistas que de manera tan conveniente practicaron todos los gobernantes priistas que lo antecedieron en el trono.

La concentración del poder en México ha sido antes y después de la alternancia del 2000 igual de excesiva, o sea que no tiene nada que ver con la ausencia o no de transición sino con los privilegios de los que han gozado las elites económicas que monopolizan la riqueza desde hace siglos, favorecidos por el Estado y en detrimento de las mayorías.

Para fines prácticos o políticos quizá es mejor hablar de un discurso dominante sobre la transición, articulado por muchos intelectuales y comentaristas mediáticos por convenir a sus interés y gozar así de ciertos privilegios, que de un “mito de la transición”, pues no basta con desmitificar una idea dominante para conquistar adeptos a una causa sino que es necesario dar la batalla en el terreno teórico, desnudando las inconsistencias de los discursos dominantes y construyendo una interpretación alternativa bien argumentada y fundamentada como para persuadir a los interesados.

Es indudable que existen todavía en México muchos déficit en materia de derechos humanos y garantías individuales y muchos abusos de autoridad como para afirmar que ya hemos alcanzado en el país los requisitos mínimos de un auténtico Estado de derecho, como vociferan las autoridades. Sin embargo, tampoco considero que se puedan descalificar a ultranza los pocos pero no por ello irrelevantes avances alcanzados en la materia, pese a los muchos obstáculos e inercias autoritarias que aún persisten en todos los órdenes. Pongo un ejemplo concreto. Hace cincuenta años José Revueltas fue encarcelado con lujo de violencia por escribir libros contra el régimen publicados en pequeñas editoriales clandestinas, hoy Ackerman puede escribir libros contra el régimen, publicados por emporios editoriales trasnacionales, y nadie lo va a encarcelar por ello. Es más, hasta será reconocido por su trabajo, como ocurrió con el Premio Nacional de Periodismo, otorgado por sus artículos en Proceso, una publicación que ha subsistido pese a sus ácidas críticas a todos y a todo, pese a incurrir en los mismos excesos que crítica, como el haber censurado y despedido arbitraria e injustificadamente de sus páginas a la reconocida periodista Sanjuana Martínez. ¡Qué lejos está Proceso de lo que fue con Julio Scherer!, hoy sólo queda un panfleto amarillista igual de corrupto y tendencioso que todo lo que toca. Ciertamente, en México se sigue censurando en los medios sometidos al Estado a las voces críticas e incomodas, pero que también lo hagan los medios supuestamente progresistas e independientes como Proceso ya es una locura. Obviamente, Ackerman no entra en la lista negra, pues sus artículos suelen moverse dentro de lo políticamente correcto. Ejemplo de ello son algunas afirmaciones de Ackerman en el libro que comentamos aquí sobre lo que él llama “comentaristas mediáticos manipuladores”. Al respecto, Ackerman es implacable: “la mayor parte de los analistas toman el camino fácil de esconderse detrás del silencio cómplice, las buenas maneras y la neutralidad conformista, son hipócritas y se agachan frente a los intereses de la oligarquía y participan plenamente del autoritarismo mediático”. Esto suena muy bien y yo mismo lo firmaría sin chistar. El problema es que Ackerman avienta la granada a ver a quién le cae, pero se cuida de no decir nombres, pues sabe que a la postre una osadía de ese tamaño lo condenaría al ostracismo y el olvido, dado el enorme poder e influencia que tienen las mafias mediáticas e intelectuales en el país. ¿Cobardía? No, simple oportunismo, algo que, al igual que el servilismo o el silencio que critica, también empaña la credibilidad de los intelectuales y opinadores mediáticos.

No cabe duda que junto a los intelectuales vendidos del sistema, o sea los intelectuales mediáticos que vemos todos los días repitiendo las mismas sandeces, que utilizan todo tipo de argucias para legitimar y edulcorar los excesos y los abusos del poder (tipo Leo Zuckermann, Héctor Aguilar Camín, Federico Reyes Heroles y cientos más) existe otra categoría de intelectuales que puede ser igual o más rentable económica y mediáticamente que la de los intelectuales orgánicos. Me refiero a los intelectuales pseudocríticos del régimen, que supuestamente se colocan del lado de las grandes causas sociales, y se conciben como los auténticos exhibidores y denunciantes de la podredumbre del sistema, y como los paladines de la justicia. Obviamente, desde el momento que estos intelectuales asumen esta posición de manera interesada, ya sea para preparar o apuntalar el ascenso de un líder o un partido de oposición con los que simpatizan, o simplemente para ganarse un espacio en algunos medios explotando con más habilidad que convencimiento en sus artículos y alocuciones todo lo que a la mayoría de la gente le molesta e indigna, se trata de intelectuales igual de oportunistas y mercenarios que los otros. En otras palabras, la crítica y la incorrección política se han vuelto rentables para algunos intelectuales, pues gracias a ellas éstos se presentan ante la sociedad como irreverentes con los poderosos y sensibles a las causas ciudadanas, con lo que se ganan las simpatías de quienes los ven y escuchan. Pero cuando la crítica política no va acompañada de congruencia e independencia se vuelve una mera mercancía para atraer incautos. Por eso, se trata de intelectuales pseudocríticos o de fachada, pues su presunta incorrección política es sólo un afeite, y su supuesta afinidad con los ciudadanos en realidad encubre un profundo desprecio hacia los mismos, al querer imponerles sus propias verdades. Cabe señalar que en México, sólo un puñado de intelectuales le da valor a la congruencia y la independencia intelectual. Obviamente, entre ellos no está Ackerman. Nada que ver con las decenas de periodistas asesinados en México desde hace varios años, verdaderos críticos de la corrupción y la podredumbre de los gobernantes y la delincuencia organizada, víctimas de la cerrazón autoritaria del régimen, por más que Ackerman los exalte en su libro y pretenda ponerse de su lado.

Es más, quizá el propio Ackerman constituye hoy, junto con intelectuales como Denise Dresser y Sergio Aguayo, entre otros muchos, el mejor prototipo en México para ensayar una tipología de los intelectuales pseudocríticos. Veamos. Un pseudocrítico es un intelectual que: 1) critica todo lo que sea rentable criticar, que no es otra cosa que lo que muchas personas indignadas quisieran escuchar, pero más para ganar seguidores y alimentar su estatus de crítico que por convicción; 2) es dócil con los medios en los que participa y no cuestiona la calidad moral de los mismos, para seguir figurando en ellos; 3) se codea con los mandarines de la cultura y los medios pero no polemiza con ellos, para seguir mereciendo su interlocución; 4) publica en cuanta revista o diario se le ocurra, sin importar su calidad moral, congruencia o trayectoria; 5) en momentos cruciales, rehuye confrontarse con sus colegas para no arriesgar su propia promoción; 6) asiste a todas las invitaciones muy lucrativas que le hacen los mismos partidos y políticos que suele criticar y figura como “asesor” en todas las dependencias públicas posibles, cobrando cuantiosos honorarios; 7) utiliza las redes sociales para promover su obra y alimentar su avatar más que para debatir seriamente con sus seguidores; 8) al igual que los intelectuales del sistema, el pseudocrítico se dice independiente, pero en realidad apoya abierta o soterradamente a ciertos políticos y partidos con los que simpatiza o para los que de plano trabaja; 9) es políticamente correcto con líderes de opinión con rating, sin importar cuán corruptos o embusteros sean; y 10) entra al juego de los elogios mutuos con sus pares más influyentes, pero nunca debate con sus críticos, a los cuales simplemente ignora.

En suma, aunque dicen moverse en diferentes pistas, de los Ackerman a los Zuckermann sólo hay un paso. De hecho, son más las cosas que emparentan a ambos tipos de intelectuales que lo que los separa; a saber: 1) son cínicos, pues navegan con la bandera de intelectuales independientes, pero en realidad mantienen compromisos ya sea con un gobierno, un gobernante, un partido, un gobernador, un líder político, etcétera; 2) son mediáticos y tienen en los medios en los que trabajan su principal fuente de ingresos, por lo que mantienen compromisos de lealtad con los mismos y de prudencia de acuerdo a los intereses de los dueños de dichos medios; 3) siguen las reglas de la corrección política, pues entre ellos no se ven ni se tocan, o sea evitan cualquier tipo de confrontación o debate, a no ser que estén preparados con antelación; 4) suavizan o endurecen el tono de sus afirmaciones o críticas de acuerdo a las circunstancias, pues verse siempre demasiado condescendientes o intransigentes puede restarles credibilidad; 5) suelen percibir ingresos muy rentables como asesores o consultores de diversas dependencias públicas, actividad que para ellos es sólo —lo cual es ridículo desde cualquier punto de vista— un trabajo profesional que no interfiere con sus convicciones políticas ni con el ejercicio de su libertad de expresión; 6) esconden un profundo desprecio por la sociedad, pues creen que ésta es fácilmente manipulable y que pueden engañarla, ya sea endilgándole las mentiras oficiales o guardando silencios cómplices o desviando su atención hacia temas irrelevantes o de plano engatusándola hacia los fines o propósitos que ellos persiguen; 7) suelen dominar la escena intelectual del país, pero no porque hayan realizado grandes contribuciones científicas o humanísticas ni escrito grandes libros o ensayos, sino solo porque fueron hábiles para ascender en el “trepadero” nacional, o sea, fueron lambiscones, agachados y prudentes con las mafias intelectuales; 8) suelen tener un pie en la academia, ámbito en el que son percibidos con desdén, como oportunistas y arribistas, como académicos mediocres sin estatura moral e intelectual, aunque ellos gustan de exhibir en público sus credenciales académicas a la menor provocación; 9) debido a su fama mediática creen merecer honorarios muy altos cuando se les contrata para impartir conferencias, sin darse cuenta que entre más altos sean éstos más bajo es el nivel cultural de sus audiencias, que sólo consumen lo que ven y oyen en los medios, aunque sea pura chatarra; y 10) el quehacer intelectual es para ellos sólo un medio para ascender en sus posiciones y estatus, o sea que sus supuestas causas sociales y políticas son francamente irrelevantes o secundarias por más que se presenten como sus principales portavoces.

Muy lejos está pues Ackerman del prototipo de intelectual independiente y congruente que, para entendernos, resumo a continuación, inspirado en intelectuales como Gabriel Zaid y Lorenzo Meyer. Un intelectual independiente es aquel que: 1) no sucumbe ante las tentaciones del poder ni se deja seducir por los poderosos; 2) no vende su pluma a los gobernantes ni a los partidos, ni cobra como asesor en el sector público; 3) crítica la acción o el discurso de los gobernantes sin estar apoyando directa o indirectamente a otros grupos o líderes políticos; 4) hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento; 5) sólo se compromete con la verdad pública, donde quiera que ésta se encuentre; 6) sabe que la crítica al poder de los gobernantes sólo es creíble desde la autonomía y la libertad; 7) sabe que su poder radica en las ideas y que trabajar para el poder es sacrificar su libertad; 8) no trabaja en medios vendidos al sistema y que limitan la libertad de expresión de sus colaboradores; 9) prefiere trabajar en los márgenes antes que tolerar que sus opiniones sean censuradas en medios influyentes, pero timoratos y oportunistas; 10) es políticamente incorrecto y combate sin ambages a las mafias intelectuales y mediáticas. Obviamente, lo contrario vale para los intelectuales orgánicos del régimen.

Pero volviendo a la prudencia que exhibe Ackerman al criticar a los “intelectuales vendidos” sin mencionarlos, esta actitud se entiende mejor cuando vemos en su libro los muchos elogios que prohíja a sus santos redentores, como Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis. ¿Acaso Ackerman no conoce el triste y vergonzoso papel que cumplieron estos dos “intelectuales de izquierda” para apuntalar al régimen autoritario en tiempos de Echeverría, cuando éste era fuertemente cuestionado por sus propensiones represoras? Lo cual nos lleva a una segunda interrogante: ¿Acaso la batalla de Ackerman contra el autoritarismo mexicano tiene algunas excepciones? Todo indica que sí. De hecho, además de elogiar a intelectuales oportunistas como Fuentes y Monsiváis, Ackerman rinde culto a Lázaro Cárdenas por su gesta nacionalizadora y sus políticas socialistas, algo que sería imperdonable no hacer entre intelectuales y activistas de izquierda, aunque ello los lleve a minimizar o de plano eclipsar otras “contribuciones” del general que nos han metido en muchos entuertos, como el haber adoptado para México un régimen totalitario que es la síntesis perfecta del régimen estalinista y el régimen fascista italiano, y que tanto admiraba Cárdenas. ¿Acaso el general no tuvo otros referentes menos totalitarios, como algunas democracias europeas o incluso la de su vecino del norte, a la hora de edificar el sistema político mexicano? Quizá nos hubiéramos ahorrado muchos problemas, pero sobre todo mucha tinta de quienes se dicen críticos del autoritarismo pero con excepciones.

Para no extenderme más, quisiera referirme por último a una serie de afirmaciones de Ackerman demasiado optimistas pero poco realistas sobre el destino de la patria y a otras ideas sueltas igualmente inverosímiles. Según Ackerman, México juega un papel similar al de España durante la Guerra Civil, pues al igual que la derrota de la república española condujo a una nueva ola fascista en el mundo, la derrota de la democracia en México puede apuntalar el neoliberalismo autoritario global y el fascismo internacional. En caso contrario, si los mexicanos se movilizan para impulsar las transformaciones que el país requiere, obviamente de la mano de un líder popular genuino y legítimo (¿quién será?), México se habrá convertido en la vanguardia mundial del cambio popular y genuinamente democrático, igual que lo fue con la Revolución mexicana, la Constitución del 17, la expropiación petrolera de Cárdenas o la irrupción de los zapatistas en el escenario nacional. Está bien pensar en grande, pero no podríamos primero limpiar un poco la casa antes de aspirar a limpiar todo el barrio. No es con promesas de humo como avanzan las revoluciones. Además, seguir pensando el enfrentamiento contra el “autoritarismo neoliberal e imperialista” en términos de una lucha de hegemonías, una dominante y otras popular contestaría de izquierda, es una violencia interpretativa que no refleja la creciente complejidad de las sociedades actuales. Hoy lo que tenemos en todas partes son sociedades heterogéneas, diversas, plurales… cuyos integrantes no pueden ser homologados en sus intereses y fines, como aspiran los redentores altermundistas. Hoy las verdaderas revueltas son ciudadanas y se dan todos los días en los espacios públicos, y pasan por reconocer la radical diferencia de los individuos y la propia indeterminación de la democracia. Lo contrario sería permanecer en las fronteras del pensamiento único, de las verdades impuestas, o sea del totalitarismo, aunque esté disfrazado de progresismo o mesianismo. Pero esto es algo simplemente inaceptable para los activistas de izquierda, propensos siempre a convertirse en la “vanguardia del proletariado”, o de los “más desposeídos y desprotegidos”, para usar una expresión del propio Ackerman.

Pero la perspectiva redentora y mesiánica de Ackerman no podía ser otra desde el momento que coloca como ejemplos mundiales de lucha contra los embates del autoritarismo neoliberal y el imperialismo yanqui a los gobiernos “populares y progresistas” de Venezuela, Bolivia, Argentina, Ecuador, Brasil… La pregunta aquí es inevitable: ¿acaso Ackerman no se ha dado cuenta que dichos gobiernos no son ejemplo de nada para el mundo, que se están cayendo a pedazos, víctimas de la corrupción y la voracidad de sus gobernantes, gobiernos que tienen sumidas a sus naciones en condiciones económicas oprobiosas, sin mencionar que se han convertido muchos de ellos en auténticas tiranías represoras y personalistas? ¿Acaso Ackerman no se ha dado cuenta que es precisamente por tiranos populistas como Hugo Chávez, Rafael Correa o Evo Morales que muchos mexicanos le tienen pavor a López Obrador, por un simple ejercicio de contrastación? Es indudable que el análisis de Ackerman requiere más seriedad y mejores argumentos si aspira a ser persuasivo, incluso a la hora de apuntalar las virtudes de su gran tlatoani.

Muchas cosas se me quedan en el tintero, como la propensión de Ackerman a demonizar al neoliberalismo y culparlo de todos nuestros males recurriendo solo a descalificaciones viscerales; o su defensa airada de la Constitución del 17 por sus contenidos sociales, sin advertir, aunque sea someramente, sus muchas inconsistencias, contradicciones y ambigüedades; sus elogios desmedidos a supuestos movimientos sociales que en lo los hechos han sido francamente retrógrados en sus demandas; su confianza no fundamentada en la “tendencia libertaria y rebelde” del pueblo mexicano; sus elogios desproporcionados a la izquierda y sus causas en contraste con una derecha que “ha perdido la brújula”, entre muchos otros temas que ni siquiera vale la pena comentar.

Al final de su libro Ackerman invita a los mexicanos a luchar por una democracia verdadera y apoyar a una oposición verdadera y a un líder verdadero. Obviamente, se refiere a una democracia con justicia social, a un movimiento popular y participativo como el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y a un líder nacionalista como López Obrador… Si esta es la brillante conclusión de Ackerman, me parece que la podía escribir en la primera página y saber a que atenernos sus lectores desde el principio. Lamentablemente, por libelos como este, independientemente de sus posiciones ideológicas, los analistas políticos en México están tan desacreditados que nadie los lee. Mejor así, pues casi todos estilan lugares comunes, descripciones superficiales y afirmaciones tendenciosas.

Hasta ahora he mantenido una buena relación con Ackerman. Espero que después de que lea la presente reseña, en caso de que lo haga, las cosas no cambien entre nosotros. La persona, o sea John, merece todo mi respeto, pero las ideas están para ser criticadas. Pecata minuta.

1. Introducción

El 2011 vio el inicio de un conjunto de revueltas en el Norte de África y Oriente Medio que sorprendió al mundo, pues propició la caída de algunos de los dictadores más temibles y obstinados de esa parte del planeta, como Hosni Mubarak en Egipto, Muamar Gadafi en Libia, Ben Ali en Túnez, además de varias rebeliones en curso contra las dictaduras de los Asad en Siria y los Khalifah en Bahréin. Casi inmediatamente, la prensa mundial bautizó esos movimientos como la “Primavera árabe”, mientras que muchos analistas políticos, con más ignorancia que fortuna, los calificaron como la “Cuarta Ola de democratizaciones en el mundo”,[1] de acuerdo a una conocida terminología elaborada por el politólogo estadounidense Samuel Huntington en su libro La tercera ola. La democratización a finales del siglo XX (1994).

                Como suele ocurrir, la prensa resultó más elocuente y efectiva que la academia a la hora de caracterizar estos movimientos populares, pues en estricto sentido, siguiendo a Huntington con rigor, la Primavera árabe no califica para ser concebida como una cuarta ola de democratizaciones, si acaso como la cola de la tercera ola iniciada a mediados de la década de los setenta del siglo pasado en el Sur de Europa.[2] Y no es que me preocupe preservar la pureza semántica de las categorías de Huntington, pues a final de cuentas las ciencias sociales son y seguirán siendo absolutamente promiscuas y eclécticas en el empleo de sus conceptos y métodos,[3] amén de que ni el libro mencionado ni su autor me merecen alguna consideración intelectual,[4] sino que una caracterización superficial o arbitraria de estos procesos puede llevarnos a descuidar o confundir las verdaderas transformaciones que han experimentado las democracias modernas en los últimos años, y que sí califican como una cuarta ola o ciclo de democratizaciones, si con ello se pretende destacar un proceso totalmente distinto, original y promisorio en el largo camino que nos ha conducido a la mayoría de las naciones del mundo hacia la democracia, una suerte de vuelta de tuerca en la democratización. Me refiero a los movimientos de indignados en varias partes del mundo, como España o Grecia en Europa, y Estados Unidos o México en América, por citar las experiencias más conocidas, y que al igual que los movimientos de la Primavera árabe iniciaron en el 2011.

                De ahí que me propongo en este ensayo examinar la novedad de estos movimientos sociales —tanto la Primavera árabe como los indignados— para la democracia, o sea su aporte simbólico y práctico en lo que llamaré la “democratización de la democracia”, así como desmitificar ciertas caracterizaciones apresuradas sobre dichos movimientos que en lugar de aclarar su significado y alcance lo oscurecen sin remedio. Mi tesis es que por efecto de algunos de estos movimientos sociales nos encontramos en una nueva era u ola de democratizaciones donde el dato realmente relevante es la afirmación o empoderamiento de la ciudadanía con respecto a la política institucional, una fase que cristaliza en ciernes el entendimiento de la democracia como forma de vida, y del espacio público, como el lugar decisivo de la política democrática.

2. La Primavera árabe

Los movimientos de la Primavera árabe no califican como “cuarta ola” porque no ofrecen ninguna novedad respecto a las democratizaciones que se han sucedido en el mundo desde los años setenta, o sea la tercera ola: se trata de transiciones desde dictaduras militares o personalistas, con protestas sociales más o menos consistentes e intermitentes, con fracturas en el grupo de apoyo de los dictadores que les restó centralidad, con la emergencia de nuevos actores políticos y que eventualmente asumen nuevos roles de oposición para promover cambios políticos estructurales, entre otras muchas coincidencias. Si acaso, estas transiciones presentan la particularidad de generarse en el seno de sociedades cruzadas por el clivaje religioso islámico y fundamentalista, ausente en las transiciones democráticas occidentales, el cual ha sido largamente utilizado a conveniencia por los tiranos de la región. Hecho que sin duda inhibirá que estos países transiten de manera inequívoca a regímenes democráticos efectivos y plenamente respetuosos de los derechos individuales, tal y como lo establecen los cánones occidentales. Lejos de ello, lo que veremos en el norte de África y el Medio Oriente en los próximos años serán largos e inciertos experimentos de transformación, cruzados por guerras civiles y conflictos religiosos seguramente violentos, así como intentos de varios países de la zona por interferir en los procesos de apertura iniciados en 2011 para conseguir así aliados frente a lo que los fundamentalistas consideran como sus verdaderos enemigos, como Israel o Estados Unidos.

                Pongamos como ejemplo los casos de Egipto y Libia. En el primero, Mubarak llegó al poder en 1981 mediante un golpe de Estado. Como cualquier tirano en el poder, Mubarak cometió todo tipo de crímenes y excesos, lo que a larga le valdría el repudio de su pueblo, no obstante ciertos logros económicos y diplomáticos alcanzados durante su mandato (como su mediación en 1993  en los acuerdos que llevaron al inicio de la autonomía palestina), gracias a las buenas relaciones que supo mantener con sus vecinos. En 2003 surgió un movimiento disidente, conocido popularmente como Kifaya, que buscaba una vuelta a la democracia y mayores libertades civiles, y que es el antecedente de las revueltas de 2011. Sin embargo, no fue hasta febrero de este año cuando se consiguió derrocar a Mubarak y su régimen mediante dos semanas de manifestaciones. El foco principal y permanente de la rebelión fue la famosa y representativa “Midan Tahrir” (Plaza de la Liberación), en el centro de El Cairo, donde se congregaban a diario varios cientos de miles de manifestantes. Recientemente, el 24 de junio de 2012, Egipto celebró las primeras elecciones presidenciales democráticas con más de un candidato de su historia, aunque sigue pendiente la aprobación de una nueva Constitución. Pese a estos avances indudables nadie podría afirmar todavía que Egipto se encuentra en una sendero democratizador claro e irreversible.

                El caso de Libia es muy similar. A principios del 2011, al calor de la Primavera árabe iniciada en Egipto y Túnez, se produce una serie de protestas y una parte de la población de Libia se manifiesta contra el régimen de Gadafi mientras otro segmento mantiene su apoyo. Mediante comités populares, los opositores lograron controlar varias ciudades, aunque el dictador opuso una férrea resistencia en la capital, con 120 mil leales al régimen. La prensa internacional señaló que Gadafi reprimió con gran dureza las manifestaciones mediante mercenarios y ataques aéreos, y en Bengasi al menos 130 militares fueron asesinados por negarse supuestamente a disparar contra el pueblo desarmado, mientras que varios ministros, embajadores y líderes religiosos abandonaron a Gadafi. La ONU (Organización de las Naciones Unidas) estimó en más de 2 mil los muertos civiles a manos del régimen, por lo que emitió la Resolución 1970 de su Consejo de Seguridad y solicitó una investigación internacional sobre la violenta represión y los crímenes de lesa humanidad de Gadafi.  El día 17 de marzo se aprobó la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, estableciendo una zona de exclusión aérea, mientras que Estados Unidos y el Reino Unido lanzaban misiles Tomahawks sobre objetivos militares libios cerca de Trípoli, según la operación “Odisea al amanecer”. Posteriormente, países como España y Dinamarca se unieron a la ofensiva aliada contra Gadafi. El 22 de agosto, tras la batalla de Trípoli, el régimen de Gadafi se desmorona y el 20 de octubre de 2011 concluye este conflicto armado con la toma de Sirte, el último reducto gadafista en pie, y la muerte del tirano. De entonces a la fecha se han dado diversas tentativas para formar un gobierno provisional y de transición, pero el proceso ha estado atravesado por múltiples conflictos y resistencias.

                Pese a sus particularidades, los movimientos de la Primavera árabe ejemplificados aquí con Egipto y Libia comparten muchas similitudes: más que transiciones pactadas con una idea clara o precisa de la democracia como meta, han sido revueltas o revoluciones en contra de tiranías personalistas o para descabezar al régimen dictatorial; proponen una democratización a todas luces novedosa para las naciones involucradas, pues ninguna de ellas posee experiencias o referentes históricos democráticos que anteponer a sus persistentes tiranías; el deseo de libertad ha sido el impulso de sus protagonistas, aún a costa de arriesgar sus vidas; han tenido como detonante una caída brusca en las expectativas de vida de su población en el actual contexto recesivo mundial; han recurrido en mayor o menor medida a las redes sociales como vehículo para socializar su lucha y conquistar adeptos; han tenido el respaldo decisivo de Estados Unidos y otros países europeos, interesados en contar con países aliados en una zona tan conflictiva como esa; no tienen asegurada la democratización de sus respectivos países aún cuando hayan derrocado a sus respectivos tiranos.

                En suma, contrariamente a lo que afirman muchos despistados, los movimientos de la Primavera árabe no califican como cuarta ola, no sólo porque no presentan nada realmente nuevo en la tendencia democratizadora que arrancó hace ya más de cuarenta años, sino porque, lamentablemente, es difícil que desemboquen en un tiempo razonable en democracias liberales estables y ampliamente respaldadas, salvo quizá uno o dos casos.

                Pero esta no es la única confusión que los politólogos han alimentado al referirse a estos movimientos. Así, por ejemplo, hay quien incluye en la cuarta ola, además de la Primavera árabe, otros procesos democratizadores recientes en países de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), como Georgia (“Revolución de la Rosa”), Ucrania (“Revolución Naranja”), Kirguizistán (“Revolución de los Tulipanes”) o Azerbaiyán (la fallida “Revolución de la Sandía”), amén de incluir otros procesos en Oriente Medio, como la frustrada “Revolución Verde” en Irán o las muchas disputas internas en Líbano.[5] Todo lo cual ya raya en el absurdo, pues como sabe todo el mundo el impulso de la mayoría de estos movimientos no ha sido necesariamente democratizador sino separatista, etnicista o fundamentalista.

                Contrariamente a estas caracterizaciones imprecisas e insustanciales, los movimientos de los así llamados indignados generados a partir de 2011 en España sí tienen suficientes atributos novedosos e inéditos como para establecer que con ellos presenciamos el inicio de un nuevo ciclo en el proceso de democratización en el mundo, y cuyos alcances y posibilidades sólo podremos dimensionar en un futuro no muy lejano.

3. Los Indignados

Para entendernos, el movimiento de los indignados surge en España a raíz del 15 de mayo de 2011 (por lo que ahí se le conoce como el “Movimiento 15-M”) con una serie de protestas pacíficas de millones de ciudadanos con la intención de promover una democracia más participativa alejada del bipartidismo PSOE-PP (Partido Socialista Obrero Español y Partido Popular, respectivamente), percibido como nocivo y estancado, así como una “auténtica división de poderes” y otras medidas para mejorar la democracia. Cabe señalar que se trata de un movimiento apartidista (sin afiliación a ningún partido ni sindicato), pacífico, horizontal, espontáneo y transparente. Su lema constitutivo es “¡Democracia Real Ya!” Uno de los efectos inmediatos de las concentraciones masivas del 15-M a lo largo y ancho del país ibérico fue el adelantamiento de las elecciones generales, las cuales llevaron al poder al PP después de un gobierno de pesadilla del PSOE, agravado por la crisis económica, y aunque este movimiento no ha logrado materializar todas sus reivindicaciones sí ha sembrado una semilla que puede dar frutos en el futuro, pero sobre todo, como trataré de explicar más adelante, ha indicado al mundo un camino posible de la mayor importancia simbólica y práctica para la democratización de la democracia, algo que ni sus propios protagonistas imaginaban o dimensionaban ni remotamente.

                Como era de esperarse, el 15-M ha sido víctima de su propio éxito, pues muchos en el poder político y económico ven con preocupación el despertar y el empoderamiento de la sociedad, lo cual puede amenazar sus intereses y privilegios. De ahí que, no obstante la inmensa base social que apoya al movimiento,  se pueden encontrar en los medios y revistas especializadas españoles muchas críticas y descalificaciones para dividir y confundir a la opinión pública, desde los que sostienen que el movimiento terminó siendo cooptado por ciertos grupos políticos para su propia conveniencia hasta los que ven en estas formas de protesta expresiones arbitrarias y antidemocráticas por cuanto afectan los derechos de terceros, como el de transitar libremente por sus calles o abrir sus comercios. Quizá haya buenos argumentos para concederle a estas críticas el beneficio de la duda, pero también es cierto que el origen del 15-M es auténticamente ciudadano, apartidista y pacífico, y que los grandes movimientos sociales suelen contaminarse, desviarse o incluso pervertirse en el camino, un derrotero tan impredecible como posible, pero no por ello paralizante a priori.

                Este movimiento, como todos los que lo han secundado en el mundo, tiene la particularidad de haberse configurado y potencializado a través de las redes sociales, y en especial Twitter, que por la vía de los hechos se han convertido en la moderna ágora de deliberación pública, en la nueva plaza pública, con la peculiaridad de poder conectar en tiempo real a millones de personas, algo simplemente inconcebible hace unos cuantos años. Otra característica es su espontaneidad, pues surge en torno a una demanda sentida por amplios sectores de la población, los cuales se activan con la esperanza de ser escuchados por las autoridades, en una suerte de democracia deliberativa generadora de nuevos contenidos y valores vinculantes.

                En cuanto a los antecedentes intelectuales del 15-M cabe referir el libro ¡Indignaos! (2004) del escritor y diplomático francés Stéphane Hessel, quien plantea un alzamiento contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica, lo que convirtió su obra en un fenómeno mediático-editorial. Cabe señalar que Hessel fue uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, lo que le da gran autoridad moral para sostener en ¡Indignaos! que: “cuando los gobiernos no escuchan al pueblo la democracia se convierte en oligarquía”, algo que por lo demás habían afirmado varios intelectuales en varias partes desde hacía mucho tiempo, como Hannah Arendt (1958, 1993), Cornelius Castoriadis (1975), Claude Lefort  (1983, 1986), Pierre Rossanvalon (1998), Agapito Maestre (1994), entre otros muchos. Otro antecedente de los indignados, curiosamente, son los movimientos de la Primavera árabe, por cuanto enseñaron e inspiraron a las generaciones actuales más jóvenes, y que componen en su gran mayoría a los movimientos de indignados en todo el mundo, el poder de la resistencia y la protesta sociales, al grado de que pudieron derrocar a dictadores de la peor ralea como Mubarak y Gadafi.

               Bajo el influjo de los indignados en España, también se generó un movimiento similar en Gracia, donde vaya que existen buenas razones para la indignación. Aquí, también en 2011, las protestas han estado  exentas de banderas partidistas (lo han intentado los comunistas y tuvieron que salir corriendo), aunque no se puede negar una fuerte influencia izquierdista y un latente trasfondo de partidos progresistas (como en España), pero insisto, hay indignados de todos los colores e inclusive indignados sin color. La indignación griega tiene su origen en la española y como ésta también está organizada principalmente desde las redes sociales. Entre sus logros, el 31 de mayo de 2011 “encerraron” a sus políticos en el Parlamento, hasta que la policía consiguió crear un pasillo para que pudieran ir saliendo.

                En el caso del continente Americano destacan los movimientos de indignados en Estados Unidos y México. En el primer caso, el detonante fue la crisis económica de 2008 y la victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales de ese mismo año. Primero fue el Tea Party, surgido en 2009, para demandar la reducción del gasto público, los impuestos, la deuda externa y el déficit del presupuesto del gobierno federal. En el otro extremo del abanico político, nació otro movimiento popular, sin liderazgo ni propuestas definidas, unido en torno a una indignación común frente a los abusos de los grupos financieros estadunidenses. Ocupar Wall Street se ha extendido a más de 25 ciudades de la Unión Americana. Siguiendo el esquema de los indignados de España, la revista canadiense Adbusters lanzó un llamado a ocupar Wall Street en protesta contra los abusos del sistema financiero estadunidense que ha provocado alzas en vivienda, salud y educación, así como despidos masivos. El primer día sólo se reunieron menos de 300 jóvenes en el parque Zuccotti, cerca del corazón financiero de Manhattan. Tuvieron muy poca cobertura hasta que lograron la atención de los medios internacionales cuando 700 jóvenes fueron detenidos por la policía neoyorquina por manifestarse sin permiso en el puente Brooklyn y recibieron el apoyo de personalidades como Noam Chomsky, Susan Sarandon, Michael Moore o el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, quien escribió en el New York Times: “Tienen razón al acusar a Wall Street de ser una fuerza destructiva económica y políticamente. El movimiento empieza a verse como un acontecimiento importante con posibilidad de transformarse en un punto de quiebre”. En suma, Ocupar Wall Street es una protesta contra la usura de las corporaciones financieras que ocasionaron la crisis económica mundial hace cinco años y recibieron como “recompensa” un rescate de 2 billones de dólares. Es una condena contra la corrupción entre las élites política y económica, también llamada capitalismo de cuates o de truhanes (crony capitalism), en el cual los altos funcionarios gubernamentales buscan el apoyo financiero de las élites empresariales, y viceversa. Dinero a cambio de favores políticos, como el acceso monopólico a ciertos mercados, acceso preferente a empresas gubernamentales y acercamiento a los detentadores del poder político. Ocupar Wall Street también es un grito contra la creciente desigualdad: 46 millones de estadunidenses viven por debajo de la línea de pobreza y 25 millones no tienen empleo. No está claro hasta dónde llegará este movimiento ni cuáles serán sus consecuencias. A primera vista parecería que la protesta de Occupy Wall Street es afín al reclamo que hizo Obama contra los abusos de la élite financiera estadunidense, pero muy pronto quedó claro que nadie puede contra el imbatible poder del dinero: en su gabinete económico permanecieron los principales artífices del desastre financiero.

                En México, por su parte, las manifestaciones de los indignados han sido más bien esporádicas, poco nutridas, y se han articulado en torno a demandas de diverso tipo. Por una parte está el movimiento de indignados encabezado por el poeta Javier Sicilia en contra de la violencia en que el gobierno de Felipe Calderón ha sumido al país con una guerra inútil por sus resultados al crimen organizado. El movimiento se llama Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, y ha logrado sentar a discutir el asunto de la violencia al presidente de la República, a gobernadores y a partidos en una muestra insólita de influencia y protagonismo ciudadano. Sin embargo, en términos prácticos, es muy poco lo que este movimiento ha logrado, más allá de concientizar a la población de la inutilidad de esta guerra tal y como ha sido desplegada por el Estado mexicano. Por otra parte, está el famoso movimiento estudiantil #YoSoy132 surgido espontáneamente para protestar por la imposición mediática tan burda como insultante del candidato priista a la Presidencia, Enrique Peña Nieto. Poco a poco este movimiento logró modificar las percepciones sociales sobre la democracia en México, al exhibir sus muchas inercias autoritarias y regresivas. Al final no cambiaron la historia, pues aspiraban a que el candidato de las televisoras no se llevara el triunfo, cosa que no lograron, pero mostraron una gran capacidad de organización y movilización, pero sobre todo desnudaron a las instituciones en sus perversiones y ambiciones, un paso de la mayor importancia en la necesaria democratización de la incipiente democracia mexicana.

4. Caracterizando la indignación

En términos teóricos, la novedad que los movimientos de indignados presentan en todo el mundo ya no tiene que ver con la instauración de regímenes democráticos desde dictaduras militares, tradicionales o carismáticas —como la Primavera árabe, al menos en el papel— sino con la profundización o perfeccionamiento de la democracia ahí donde ya se ha conquistado en lo general, es decir como forma de gobierno que regula el acceso al poder mediante el sufragio efectivo y el reconocimiento pleno del pluralismo político. Se trata más bien de movimientos sociales múltiples, masivos y heterogéneos que al expresar y canalizar su indignación hacia la política realmente existente y hacia sus representantes políticos en sus respectivos países visibilizan a la ciudadanía y le restituyen una centralidad política que aquéllos le han negado al gobernar en el vacío o a espaldas de la sociedad. En otras palabras, con su protesta los indignados impulsan un tránsito no sólo necesario sino decisivo para el porvenir de la democracia, desde democracias representativas, donde los políticos y partidos sólo apelan a los ciudadanos para obtener su voto, hacia democracias más participativas, donde los representantes no tendrán más remedio que gobernar cada vez más en tensión creativa con la propia ciudadanía, la cual ya no está dispuesta a seguir siendo ignorada o sacrificada en sus demandas y anhelos. En suma, estamos en presencia de movimientos sociales renovadores que al exigir ser escuchados por sus autoridades contribuyen a democratizar la democracia, o sea a sustraerle centralidad a los políticos profesionales en favor de los ciudadanos, principio y fin de cualquier democracia.

                Poner las cosas en esos términos tiene mucho sentido, pues es evidente para cualquiera que la democracia está en crisis en todas partes, no obstante haberse impuesto desde hace mucho en Occidente y en muchas otras regiones como la única forma de gobierno realmente legítima. Se trata sobre todo de una crisis de representación, pues los ciudadanos nos sentimos cada vez menos representados por nuestros gobernantes y partidos, por más que hayan sido elegidos democráticamente para representarnos y tomar decisiones en nuestro nombre. Lo que vemos en todas partes es un proceso de distanciamiento efectivo entre las élites políticas y la sociedad, una suerte de corto circuito que lleva a aquéllas a ignorar a ésta, a tomar decisiones impopulares, como si detentar el poder político los autorizara a gobernar en el vacío.[6] No por casualidad, uno de los temas más recurrentes de la filosofía política contemporánea ha sido precisamente el de repensar la democracia no sólo como forma de gobierno, sino sobre todo como forma de vida en común, como forma de sociedad, lo que supone concebir a la política democrática como el lugar decisivo de la existencia humana, y al espacio público como el lugar de encuentro de los ciudadanos en condiciones mínimas de igualdad y libertad, el espacio natural donde los individuos transparentan (en el sentido de hacer públicos) sus deseos y anhelos, sus frustraciones y congojas, y por esta vía instituyen con sus opiniones y percepciones los valores que han de regir al todo social, incluidos a los políticos profesionales.

                Según esta concepción, nada preexiste al momento del encuentro de ciudadanos libres, el momento político por antonomasia, sino que es ahí, en el intercambio dialógico incluyente y abierto, donde se llenan de contenido los valores vinculantes, sin más guión que la propia indeterminación; o sea, ahí donde se encuentran individuos radicalmente diferentes (como los que integran a cualquier sociedad plural) pueden generarse consensos, pero también acrecentarse las diferencias. Huelga decir que para esta concepción, todo es politizable, a condición de que sea debatible. En suma, según esta noción, los verdaderos sujetos de la política son los ciudadanos desde el momento que externan sus opiniones y fijan sus posiciones sobre todo aquello que les preocupa e inquieta en su entorno cotidiano.

                Lejos de lo que pudiera pensarse, esta forma de vivir la democracia siempre ha existido en las democracias realmente existentes, desde el momento que sólo este tipo de gobierno puede asegurar condiciones mínimas de igualdad ante la ley y de libertad a los ciudadanos, lo cual resulta indispensable para la expresión espontánea y respetuosa de las ideas. Sin embargo, también es verdad que la esfera del poder institucional suele ser ocupada por gobernantes y representantes que, como decíamos, lejos de gobernar en tensión creativa con la sociedad lo hacen en el vacío. Desde cierta tradición teórica, el fenómeno ha sido explicado como una colonización de la sociedad por los sistemas instrumentales del poder y el dinero que todo lo avasallan a su paso.[7] Otros autores, por su parte, ven en el elitismo de la política profesional, en cualquiera de sus manifestaciones posibles —como la oligarquía o la partidocracia—, el impedimento para que la sociedad sea considerada de manera más incluyente por quienes toman las decisiones en su nombre en una democracia representativa.[8]

                Pero independientemente de las explicaciones, lo interesante es señalar que no obstante los factores reales del poder que merman el impacto de la sociedad en la democracia, confinándola casi siempre a legitimar a los políticos profesionales y a los partidos mediante el sufragio, las sociedades nunca han dejado de expresarse, o sea que siempre, en mayor o menor medida, han condicionado el ejercicio del poder, necesitado siempre de legitimidad para conducirse. Es lo que algunos teóricos han denominado la capacidad instituyente de la sociedad desde sus imaginarios colectivos, o sea todo aquello que de manera simbólica construyen las sociedades desde su tradición, su historia, sus percepciones, sus temores y su interacción con otras sociedades.[9] Con lo que queda mejor ilustrada la concepción de la democracia como modo de vida en común. El impacto de esa capacidad o su intensidad pueden variar de una democracia a otra, pero siempre permanece in nuce, ya sea como acción o reacción, a pesar de lo que muchos políticos profesionales quisieran.

                Y es precisamente aquí donde adquiere sentido el aporte de los indignados a la democracia. Los indignados nos recuerdan que la democracia no puede edificarse en el vacío, sino en contacto permanente con la sociedad. Si la representatividad fue la fórmula que permitió que la democracia como forma de gobierno se concretara en sociedades complejas como las modernas, los indignados son una expresión ciudadana auténtica que restituye a la sociedad su centralidad y protagonismo frente a los déficits de representatividad que acusaba desde hace tiempo. De algún modo, los indignados llenan de contenido esa idea clásica de que el poder está en vilo, me refiero al poder ocupado por los políticos profesionales, pues su permanencia o caída depende siempre de una sociedad cada vez más crítica, informada y participativa.

5. De indignados a indignados

Para fines analíticos, conviene no confundir los movimientos de indignados surgidos a partir de 2011 con otras formas de protesta social precedentes, incluso las más cercanas en el tiempo, aunque compartan alguna o algunas de las características de aquéllas, como pudieran ser el “Movimiento Sin Tierra” brasileño, El Foro Social Mundial de Porto Alegre, los altermundistas, el movimiento “¡Que ser vayan todos!” en Argentina, entre muchos más. Digamos que para ser indignados, los movimientos deben cumplir en su totalidad con los siguientes requisitos: ser masivos, heterogéneos, plurales y populares; ser netamente ciudadanos y apartidistas; no contar con una ideología definida; ser tan espontáneos como las propias redes sociales que vehiculan permanentemente el sentir de sus partidarios; emerger en ordenamientos políticos democráticos, aunque la democracia institucional le quede a deber a sus respectivas ciudadanías; no aspiran a instaurar la democracia sino que la ejercen mediante el debate público entre todos, buscando consensos sin pretensiones dogmáticas; ser pacíficos e institucionales, aunque muchas veces busquen reformar las instituciones; dirigir sus reclamos a la autoridad, por cuanto compete a ella responder y atender las demandas sociales; pueden tener liderazgos sociales, pero casi siempre se dan formas de organización horizontales y colectivas, donde todos participan.

                De acuerdo con esta caracterización, queda claro que movimientos sociales como el Foro Social Mundial de Porto Alegre o los altermundistas, aunque muy influyentes y combativos, no califican como indignados, entre otras cosas porque están articulados en torno a una ideología más o menos precisa en sus contenidos, una ideología marxista o de izquierda, anti-neoliberal y anti-imperialista, o porque no fueron espontáneos sino convocados explícitamente por diversas organizaciones civiles y políticas.

                En términos culturales, los indignados aportan a la democracia un conjunto de valores de la mayor relevancia simbólica, pues son movimientos por principio tolerantes con las diferencias, sumamente incluyentes, horizontales en su organización y en la definición de sus acciones. Quizá por ello el verdadero antecedente de estos movimientos haya que buscarlo en la elección de Estados Unidos que llevó a Obama a la presidencia en 2008, por cuanto este hecho posee una carga simbólica inédita para las democracias del porvenir. En efecto, Obama es la constatación viva de que los pueblos cuando se lo proponen pueden reinventarse y llenar de nuevos contenidos los valores que Occidente ha defendido largamente pero nunca ha podido materializar plenamente, como la tolerancia y el respeto a las diferencias, el reconocimiento e inclusión activa de las minorías, la convivencia y la fraternidad más allá de diferencias étnicas, religiosas o ideológicas.

                El mensaje es simple y complejo a la vez, pero para entenderlo debemos hacer a un lado los resentimientos y resabios históricos, justificados o no, contra Estados Unidos, simplemente por el hecho de ser el país más poderoso del planeta. Si la paz es un ideal largamente anhelado y nunca alcanzado  por la humanidad, Obama representa, pésele a quien le pese (a pesar, incluso, de él mismo), el punto más alto conquistado hasta ahora en la búsqueda de ese ideal, es la constatación práctica, por haber alcanzado la presidencia de Estados Unidos siendo él parte de una minoría étnica histórica y largamente discriminada en su país, de que la humanidad sí puede alcanzar estadios superiores de igualdad y tolerancia impensables hace apenas unos cuantos años. Obama, en suma, es la encarnación viva de los ideales siempre pospuestos a favor del reconocimiento y el respeto entre los individuos y las naciones, independientemente de sus diferencias de cualquier índole. El mérito de ello pertenece al  pueblo estadounidense, el cual, a final de cuentas, es el que ha hecho posible este cambio histórico de mentalidades, el que ha exhibido la madurez que otros pueblos igualmente avanzados y supuestamente más progresistas del mundo no han alcanzado todavía, para reinventarse como nación y dejar atrás siglos de discriminaciones y prejuicios étnicos. De ese tamaño es la herencia (y la lección) de Obama para Estados Unidos y el mundo, y de esa magnitud es la transformación que su llegada a la presidencia ha representado para el pueblo estadounidense. Sin lugar a dudas, la presidencia de Obama marca una nueva era para la democracia en América y más allá.[10]

6. La nueva ágora virtual

Dado que las nuevas tecnologías de la comunicación y en particular las redes sociales constituyen el nuevo espacio público de la indignación ciudadana, conviene avanzar algunas ideas al respecto. 

               Ni duda cabe que las redes sociales constituyen en la actualidad la nueva ágora, el lugar donde se construye cotidianamente la ciudadanía y se definen los valores sociales. Si la representatividad fue la fórmula que permitió que la democracia como forma de gobierno se concretara en sociedades complejas como las modernas, las redes sociales son el vehículo moderno que restituye a la sociedad su centralidad y protagonismo frente a los déficits de representatividad que acusaba desde hace tiempo.

               Además, no podía ser de otra manera, pues si las sociedades modernas se han vuelto cada vez más complejas, es decir más pobladas, plurales, activas y heterogéneas, sus formas de expresión no podían limitarse a lo local, sino que para trascender debían irrumpir en el mundo complejo y global de las comunicaciones que sólo las redes sociales pueden ofrecer. Por eso, si en algún lugar se juega hoy la democracia, entendida como el espacio público donde los ciudadanos deliberan desde su radical diferencia sobre todos los asuntos que les conciernen, es en las redes sociales, un puente poderoso que pone en contacto en tiempo real a millones de individuos.

               Huelga decir que la comunicación que fluye en las redes sociales es abierta y libre, pues es un espacio ocupado por los propios usuarios sin más condicionante o límite que su propia capacidad de expresarse. Y no es que las redes sociales vayan a ocupar el lugar que hoy ocupa la representación política, sino que la complementa, la estimula, por cuanto sus mensajes y contenidos ya no pueden ser ignorados por los gobernantes so riesgo de ser exhibidos y enjuiciados públicamente en estos modernos tribunales virtuales. De hecho, los políticos profesionales están cada vez más preocupados por el impacto de las redes sociales, se saben vigilados, observados, y finalmente intuyen que ya no pueden gobernar a espaldas de la ciudadanía. Muchos quieren entrar en las redes sociales, congraciarse con sus usuarios, ser populares, pero no saben cómo hacerlo, pues los usuarios de las redes no se dejan engañar fácilmente, la crítica puede ser implacable. Los políticos profesionales se han dado cuenta por la irrupción de la sociedad en las redes sociales, que ya no pueden apropiarse arbitrariamente de la política, pues la política está hoy más que nunca en todas partes. En suma, las redes sociales reivindican al ciudadano, lo visibilizan frente a la sordina consuetudinaria de los políticos profesionales.

               ¿Por qué este rol que hoy desempeñan las redes sociales no lo realizaron antes otros medios de comunicación, como la radio y la TV? La pregunta tiene sentido, pues mucho antes que llegaran las redes sociales lo hicieron los medios electrónicos, mismos que nunca pudieron convertirse en un foro auténtico de y para los ciudadanos, pese a que muy pronto invadieron todos los hogares. Ciertamente, tanto los medios tradicionales (la prensa, la radio y la TV), como las redes sociales (Twitter, Facebook y otras), son medios de comunicación, pero sería un error meterlos en el mismo saco.

               La primera diferencia es que los medios tradicionales siempre han sido ajenos a la sociedad, siempre han respondido a los intereses de sus dueños, por lo que la comunicación que emiten es unidireccional, vertical, del medio al receptor, sin posibilidad alguna de interacción o diálogo con la sociedad. La TV y la radio pueden tener públicos cautivos y hasta fieles seguidores o incluso teléfonos en el estudio para retroalimentarse de sus audiencias, pero su razón de ser es comunicar desde los particulares intereses y valores que representan y buscan preservar. Por su parte, las redes sociales surgieron en Internet con la idea de conectar simultáneamente a miles de personas de manera horizontal, desde sus propios intereses y necesidades, sin mayor límite que su creatividad. En ese sentido, aunque Twitter o Facebook tienen dueños y sus acciones cotizan en la bolsa, su éxito reside precisamente en la libertad que aseguran a sus usuarios para comunicarse entre sí, al grado de que son los propios usuarios los que terminan ocupando las redes sociales desde sus propios intereses.

               Desde cierta perspectiva, si los medios tradicionales se convirtieron en el cuarto poder en la era moderna, dada su enorme penetración social y capacidad de influencia; las redes sociales se han convertido repentinamente en un quinto poder, un poder detentado por la ciudadanía por el simple hecho de ejercer ahí de manera directa y masiva su derecho a expresarse, a opinar de todo aquello que le inquieta.

               Por eso, si hay un lugar donde hoy se materializa la así llamada “acción comunicativa” que alguna vez vislumbró el filósofo Habermas, o sea la comunicación no interesada, horizontal, dialógica entre pares y libre del dominio de los sistemas instrumentales, ese es precisamente el que hoy ocupan las redes sociales,[11] aunque aún están en espera de mayores y mejores teorizaciones como las que han concitado durante décadas los medios tradicionales, sobre todo con respecto a su relación con la política y la democracia. Pero la tarea no es fácil. Ni siquiera tratándose de los medios tradicionales existe todavía consenso sobre la manera que impactan o influyen en la democracia.

               Para unos, los apocalípticos, como Giovanni Sartori, la TV llegó muy temprano a la humanidad y se ha vuelto contra ella, no sólo porque marca una involución biológica del homo sapiens al homo videns, sino porque alimentan la ignorancia y la apatía de una sociedad, lo cual es aprovechado por los políticos para manipularla de acuerdo a sus propios intereses.[12]

               Para otros, algunos posmodernos y culturalistas, como Gianni Vattimo, la TV amplió el espectro de la mirada de los ciudadanos, por lo que acercó a los políticos a la sociedad, los volvió más humanos y en consecuencia susceptibles de crítica y juicio, amén de que ofreció a los espectadores nuevos referentes provenientes de otras realidades, lo que les permitió, por simple contrastación, reconocer los límites y deficiencias de la suya.[13]

               Como quiera que sea, las preocupaciones intelectuales de lo que hoy se conoce como “videopolítica” o “teledemocracia” no son las de las redes sociales. Más aún, estos debates se volverán obsoletos conforme las redes sociales se vayan imponiendo en el gusto y el interés de las sociedades contemporáneas. No digo que los medios tradicionales desaparecerán o dejarán de tener súbitamente el impacto que hoy tienen, pero sí es un hecho que las redes sociales, por sus características intrínsecas asociadas a la libre expresión de las ideas, terminarán impactando y hasta colonizando a los medios tradicionales. De hecho ya lo hacen, con frecuencia éstos aluden a lo que se dice en Twitter o Facebook para tener una idea más precisa de lo que interesa y preocupa a la sociedad, y saben que permanecer al margen de las redes sociales los aislará sin remedio.

               No olvidemos además, que lo que se dice en los medios tradicionales también es motivo de deliberación pública para las propias redes sociales. Por ello, si hay una problemática a dilucidar asociada con el extraordinario avance de las redes sociales en las democracias modernas, no es si éstas “manipulan” o “desinforman” o no lo hacen, como se discute a propósito de los medios tradicionales, sino hasta qué punto podrán desarrollarse como espejos de la sociedad, como tribunales de la política institucional, antes que los poderes fácticos busquen minimizar su impacto mediante regulaciones y controles de todo tipo. De ese tamaño es el desafío que las redes sociales han abierto casi silenciosamente para los intereses de los poderosos, así como los riesgos que entraña su inusitado crecimiento.

7. A manera de conclusión

Si la democracia ha de ser concebida como algo más que una forma de gobierno, o sea como una forma de sociedad, de vida social, entonces los cambios en su seno, los más profundos y trascendentes, son los que acontecen en las percepciones y los imaginarios colectivos de los ciudadanos, o sea en sus valores. Sólo en la democracia, es decir en condiciones mínimas de libertad e igualdad, toca a los ciudadanos instituir desde el debate público y el diálogo permanente entre pares, los valores (y los contenidos de esos valores) que han de regir el todo social, incluida no sólo la ciudadanía sino sobre todo la autoridad.

                Esta perspectiva no sólo le hace justicia a la idea de soberanía popular inherente a la democracia sino que permite aprehender de manera más realista que otros enfoques, como los meramente institucionalistas, las verdaderas transformaciones que acontecen en las democracias modernas. Cambios en el sistema de partidos o en la composición de los poderes o incluso reformas constitucionales más o menos amplias son cambios morfológicos inherentes a todo régimen democrático, pero los verdaderos cambios de fondo son siempre los cambios culturales, los que tienen lugar en las mentalidades de los pueblos, en sus percepciones y anhelos. Y es precisamente aquí donde podemos reconocer lo verdaderamente “nuevo” de la democracia y el aporte de los indignados.

                Más precisamente, si no hace mucho parecía que con la democracia representativa no pasaba nada nuevo, en menos de una década muchas de estas convicciones se tambalearon aparatosamente y en su lugar han aparecido nuevas esperanzas. Y en este diapasón entre lo que comenzó a resquebrajarse y lo que en su lugar podía reconstruirse terminó por emerger lo nuevo, lo diferente, lo distinto, o sea algo que no estaba antes y que ya no puede soslayarse al hablar de la democracia.

Referencias

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Vattimo, G. (1988), “Pero el Apocalipsis no llegará por los mass-media”, Topodrilo, México, UAM-Iztapalapa, núm. 3, julio, pp. 23-25.


[1] Véase, por ejemplo, Priego Moreno (2011), Gil Calvo (2011) y Sahagún (2011).

[2] Huntington falleció en 2008, pero en vida seguramente hubiera reaccionado frente al uso arbitrario de sus categorías.

[3] No por casualidad están en punto muerto: Cansino (2008).

[4] Véase mi crítica a Huntington en: Cansino (1998).

[5] Véase, por ejemplo, Priego Moreno (2011).

[6] Véase, por ejemplo, Cansino (2000).

[7] Me refiero a Habermas (1981).

[8] Agamben (2002), De Souza Santos (2002a, 2002b).

[9] Castoriadis (1975). Véase también Cansino (2010).

[10] Sobre este tema véase Cansino (2012).

[11] Habermas (1981).

[12] Sartori (1997).

[13] Vattimo (1988).

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