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En la competencia o carrera por hacerse de un nombre en el diminuto medio intelectual mexicano se da por sentado que es imprescindible publicar artículos en las revistas culturales más conocidas o de mayor circulación en el país. Sin embargo, cualquiera sabe que dichas revistas, amén de escasas, están controladas por grupos o feudos intelectuales cerrados e impermeables, lo que las hace inaccesibles o inalcanzables para la mayoría de los autores, independientemente de sus talentos y buenos oficios. Hasta cierto punto es normal que así sea, pues todos los proyectos culturales son ante todo iniciativas de particulares que están en todo su derecho de imprimir a los mismos su propio sesgo o preferencias. Toca pues, a los interesados esforzarse para congraciarse con ellos y ver cristalizados sus sueños de escribir en sus páginas. El problema es que ello no puede (o no debería) hacerse al margen de ciertas consideraciones de orden profesional, ideológico y hasta moral, si es que nos queda a los escritores algo de integridad y honestidad o le damos algún valor a las convicciones o a la congruencia.

¿De qué revistas estamos hablando? Por increíble que parezca, no más de cinco. En primer lugar están las revistas culturales más famosas: Nexos, Letras libres y Este País; después incluirá a Proceso, el semanario político-periodístico de mayor circulación; y finalmente a la Revista de la Universidad de México, que aunque carezca de los tirajes o el impacto de aquéllas, sigue siendo un referente cultural del país. Después le sigue una lista interminable de revistas de todo tipo francamente irrelevantes. Algunas pueden incluso tener muchos lectores, como Contenido, Impacto o Selecciones, pero no pasa nada con ellas. Otras pretenden hacerle la competencia a Proceso pero siempre fracasan, como Vértigo, Milenio Semanal, Cambio, Siempre!, entre muchas otras. Finalmente están todas aquellas que se mueven entre la academia y la cultura y que simplemente no tienen ningún impacto, como Crítica, Tierra Adentro, La Tempestad, Foraing Affairs en español, etcétera. Es decir que la agenda cultural en nuestro país está definida por tan sólo cinco revistas (o grupos intelectuales), una verdadera pena considerando que somos un país de 120 millones de habitantes o la heterogeneidad de nuestra sociedad. No es este el lugar para desentrañar las razones de esta pasmosa concentración de la cultura en México. Sólo me interesa el dato como un punto de partida para responder a la interrogante que me he colocado al inicio.

Queda claro que si la cultura en México pasa por cinco revistas, publicar en alguna de ellas constituye un escaparate invaluable para cualquier autor, sea académico o escritor. El simple hecho de figurar en sus páginas catapulta a un autor y lo convierte en parte de las élites intelectuales del país. De ahí que sea altamente valorado figurar en ellas. En esa lógica, pocos se cuestionan la ideología de esas revistas, los desvaríos de su pasado, la autoridad moral o intelectual de sus directivos, la congruencia de sus contenidos, los propósitos de la misma o su contribución real a la cultura del país. Lo importante para la mayoría de los autores es publicar en ellas sin ningún reparo, lo cual también es lógico, considerando que son pocas las opciones para trascender. No está dicho que un autor no pueda proyectarse sin escribir en ellas, pues el talento, cuando es genuino, siempre se abre paso, pero sí que el camino para lograrlo es más arduo y azaroso, amén de que muchas veces se queda truncado por falta de oportunidades.

Ante el peso de las circunstancias, poner reparos a la posibilidad de publicar en estas revistas no sólo resulta ocioso en el medio intelectual, sino hasta obsoleto, pues a estas alturas sólo un “desubicado” como yo apelaría a criterios de orden moral o de congruencia para negarse a publicar en alguna de ellas. Claro está que esto no aplica a todas o aplica con distinta magnitud. No es lo mismo, por ejemplo, publicar en Nexos que en la Revista de la Universidad de México. De hecho, como veremos, mis principales reservas están precisamente con Nexos.

Cada una de las revistas mencionadas tiene una historia pública y otra igualmente conocida pero soterrada. Algunas tienen un historial de décadas y otras se posicionaron más recientemente, algunas abrazan abiertamente una ideología explícita y otras se conciben como más plurales, algunas han sufrido muchas metamorfosis y otras han permanecido fieles a su idea germinal, pero todas ellas han sabido mantenerse y adaptarse a los desafíos de su tiempo y entre todas monopolizan buena parte del quehacer cultural del país, ya sea definiendo la agenda cultural o concentrando en sus manos los canales de acceso y promoción de autores y escritores. Como ya se dijo, estas revistas funcionan como auténticos cotos de poder intelectual y contrariamente a lo que pudiera pensarse no debaten entre ellas, pues prefieren evitar una confrontación que las vulnere o desgaste innecesariamente; es decir, estas revistas son culpables en buena medida de que el debate intelectual y la crítica no sean prácticas apreciadas o cultivadas en el medio.

Con todo, haciendo un somero balance de ellas, le reconozco méritos a la revista Letras Libres, por mantener viva una tradición de pensamiento liberal en México, ofreciendo siempre contenidos de calidad, pese a su elitismo exacerbado y blindado o las inconsistencias de su director, el historiador Enrique Krauze, muchas veces señalado por sus vínculos muy convenientes con el poder político o desacreditado por sus colegas por ser un carnicero de la historia. De la revista Este País habría que resaltar su tesón para mantenerse, pese a permanecer en la cuerda floja en varias ocasiones. Más allá de estos imponderables, Este País ha sido fiel a su idea de monitorear el país con análisis y datos duros. Si acaso le cuestionaría su incapacidad para renovarse y oxigenar a su cartera de consejeros y colaboradores, que son los autores y escritores de siempre que figuran en todos lados. De la excelente Revista de la Universidad de México sólo objetaría su incapacidad para salir a la calle y conquistar al gran público, por permanecer atrapada en esquemas francamente rebasados y muy acartonados de lo cultural, aunque sería un despropósito no reconocer que en sus páginas siempre ha habido espacio para todas las corrientes y opiniones. La revista Proceso, por su parte, se cuece aparte. Es tan cerrada y elitista como las demás, pero ofrece información que no se encuentra en ningún otro lado, aunque siempre con ese tono amarillista que la caracteriza. Si acaso percibo que el espíritu crítico y propositivo que le imprimió su fundador Julio Scherer se ha venido relajando en los últimos años, al admitir en sus páginas a intelectuales muy mediáticos pero insustanciales como Denise Dresser. En cuanto a la revista Nexos, el pretexto de estas notas, amerita un comentario más puntual.

La revista Nexos apareció en 1978 bajo los impulsos del historiador Enrique Florescano, a los que se sumaron después otros intelectuales como Carlos Pereyra y Héctor Aguilar Camín. En esos años, la ideología marxista o de izquierda predominaba en los ámbitos académicos y culturales, y Nexos no fue la excepción. Desde la Academia, el filósofo marxista Pereyra había aglutinado a un grupo de discípulos jóvenes y entusiastas que hicieron sus pininos en la revista. Sin embargo, conforme la influencia de Nexos crecía sus integrantes vieron la posibilidad de convertirse en un grupo intelectual con proyección política. En esa perspectiva, la crítica independiente al autoritarismo del viejo régimen cultivada durante sus primeros años de existencia, fue desdibujándose paulatinamente hasta convertir a Nexos, a fines de los ochenta, en un híbrido donde al tiempo que se elogiaba al presidente Salinas de Gortari se empleaba un tono pseudocrítico en los artículos. De hecho, una vez fallecido Pereyra en 1989, quien fue el reservorio moral e ideológico del proyecto, la revista fue dominada por Aguilar Camín, quien no dudó en convertirla en un apéndice del gobierno de Salinas de Gortari a cambio de grandes apoyos y prebendas oficiales. Son éstos los años en que Nexos dio el salto de calidad que le faltaba para posicionarse en el mercado, aunque el costo fue sacrificar su independencia y credibilidad.

Obviamente, Nexos trató de ocultar o matizar a toda costa su fructífero maridaje con Salinas de Gortari por dos vías: hacia dentro del grupo, haciendo creer a sus miembros que este acercamiento con el gobierno era tan sólo estratégico para poder apuntalar al colectivo y proyectarlo en el futuro a posiciones de poder que le permitieran llevar adelante sus genuinas convicciones políticas o ideológicas; y hacia fuera, manteniendo un tono lo suficientemente crítico como para tratar de despistar a los lectores que trabajosamente había conquistado hasta entonces. Huelga decir que ambas tentativas fracasaron. Por una parte, la idea de contribuir a la “transformación” del país desde dentro, o sea colaborando con el régimen, muy pronto se derrumbó, no sólo porque el de Salinas de Gortari fue el gobierno más antidemocrático de todos, sino porque al final del sexenio la prensa filtró la información de los millonarios pagos que recibió Aguilar Camín por los favores prestados al presidente. Por la otra, muchos lectores le dieron la espalda a la revista a la luz de los escándalos referidos. En esta historia, los intelectuales de Nexos estaban tan enlodados que limpiar su imagen resultaba inútil. Por eso, prefirieron jugar a la desmemoria, sin necesidad de romper el vínculo con las autoridades que tan buenos dividendos económicos les había permitido. Asimismo, para neutralizar en parte el descrédito, la revista le dio más juego a las generaciones emergentes bajo la premisa de que había llegado la hora de un recambio generacional. Así, a fines de los noventa, a los nombres de José Woldenberg, Trejo Delarbre, Rolando Cordera, Luis Salazar, se sumaron los de Ricardo Becerra, Jorge Javier Romero, José Antonio Aguilar, entre otros, para oxigenar la revista. Pero esto ha sido sólo aparente, pues Aguilar Camín nunca ha perdido el control de la misma, al grado que hoy ocupa nuevamente la dirección. Huelga decir que gracias a Nexos, Aguilar Camín se ha convertido en un auténtico mandarín de la cultura, un cacique cultural antediluviano, oportunista y cínico, que detenta un enorme poder e influencia en el medio, pese a la consabida mediocridad de su obra intelectual. Si en los ochenta y noventa, Aguilar Camín se equivocó al creer que podía cruzar el pantano sin ensuciarse las alas, supo después regresar por sus fueros. Para ello, amplió el consejo editorial, lo hizo más plural, y por esa vía renovó su sequito de incondicionales y arrastrados, al tiempo que lograba para sí su condición de intocable, según las viejas reglas serviles del elogio a cambio de promoción y proyección.

En suma, Nexos representa mejor que ninguna otra revista toda la podredumbre del medio cultural en México, con sus privilegios y lealtades, con sus prebendas y glorificaciones, con sus oscuridades y vanidades. No dudo que para muchos autores esto es pecata minuta, con tal de figurar en sus páginas y proyectar sus carreras, pero para otros —espero no ser el único—, sería convalidar la podredumbre que representa, hacerle el juego hipócritamente a sus inflados mandarines, traicionar valores como la congruencia y la integridad, y volverse cómplice de la parálisis intelectual que alimentan. Que algunas veces, muy pocas por cierto, esta revista haya ofrecido contenidos y autores originales y novedosos, no alcanza para redimirla de sus excesos y poquedad. Por todo ello, amén de que ellos nunca me invitarían, yo nunca escribiría en Nexos. Prefiero permanecer en los márgenes, pero con independencia, que en los reflectores, pero arrastrado y servil.

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Sólo desde la pedantería intelectual alguien puede afirmar que ha escrito un libro que “le abrirá los ojos a los mexicanos”. Pues bien, ese es el caso del libro más reciente de Denise Dresser, intitulado El país de uno. Reflexiones para entender y cambiar a México (México, Aguilar, 2011). Ojalá fuera sólo una estrategia de ventas, pero no lo es. Dresser realmente se cree una iluminada capaz de aclararnos el brumoso paisaje mexicano, inaccesible, según la autora, para la mayoría. Sin embargo, a poco andar el lector descubre que el de Dresser no sólo es un ensayo que no aclara nada, sino que termina violentando los hechos que examina con tal de seguir un script preestablecido por ella misma desde el inicio. El resultado es una obra de simplificaciones vulgares, desvaríos explicativos y violencias argumentativas.

Es comprensible que cuando un país entra en desgracia, como el México actual, los intelectuales busquen explicaciones de su postración y planteen soluciones para salir del atolladero. El problema es que muchos de ellos, más allá de sus buenos deseos, se convierten en parte del problema, en cómplices de la tragedia, por cuanto reproducen una visión que se levanta sobre premisas falsas y hasta peligrosas que sólo alimentan la impotencia y la frustración. Ese es el caso del libro de Dresser, que se suma al de otros igualmente superficiales e imprecisos publicados en los últimos 2 o 3 años, como el de Jorge G. Castañeda (Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos), Carlos Elizondo Meyer Serra (Por eso estamos como estamos), Agustín Basave (Mexicanidad y esquizofrenia), entre otros.

Lo que emparenta a esta literatura es una obsesión por descargar en los “mexicanos” todas las desgracias que nos aquejan, ya sea por razones culturales muy arraigadas, como el conformismo, la apatía, el desinterés…, o simplemente usando sustantivos generalizadores que ocultan y engañan, como “México”, “los mexicanos”, “la sociedad”… Decir, por ejemplo, que “Los mexicanos estamos mal porque no hemos hecho las tareas que exige la modernización…” es culpar a una entelequia, es decir, es no culpar a nadie, pues cuando “todos” somos responsables, nadie lo es; al socializarse las culpas con un “nosotros” abstracto, todo queda en el aire. La tesis de toda esta literatura puede resumirse en la siguiente frase: México es un desastre, permanece atrasado, sigue inmerso en la corrupción y la impunidad, con enormes rezagos sociales y económicos, con una democracia hecha trizas, huérfano de un verdadero Estado de derecho, con un Estado rebasado por los poderes fácticos, inmerso en la violencia y la inseguridad… Y si esto es así es porque los mexicanos lo hemos tolerado… Nuestros males endémicos son el espejo de una sociedad instalada en la indolencia, la permisividad y la dejadez. Obviamente, el argumento es altamente persuasivo, pues nadie pondría en duda que nuestras desgracias son ante todo nuestras y de nadie más, o sea de una sociedad mexicana supuestamente disfuncional que arrastra taras desde el momento mismo de su fundación nacional. Sin embargo, aunque es fácil caer en sus redes, no deja de ser una falacia y un ardid bastante conveniente para sacar de foco los problemas y eclipsar las responsabilidades. Por eso, quizá los diagnósticos críticos que se hagan de la problemática actual del país en este conjunto de libros sean más o menos acertados, pero las conclusiones y las propuestas para enfrentarlos terminan siendo paralizantes o asépticas. Ese es, precisamente, el caso de la obra de Dresser que nos ocupa. Veamos

El guión del libro de Dresser transita entre el ser —o sea su diagnóstico del atolladero nacional— y el deber ser —o sea sus sugerencias y recomendaciones para salir del mismo—. Desde el Prólogo se anuncia este derrotero: “El pesimismo, el fracaso, el desencanto y el silencio infectan a México”. Por eso es “Imperativo que los mexicanos evalúen a su país y a sí mismos con más honestidad. Sin las anteojeras de los mitos y los intereses y los lugares comunes que buscan minimizar los problemas… En México mostramos una peligrosa inclinación por ordenar superficialmente la realidad en vez de buscar su transformación profunda… Somos una nación que no logra encarar sus problemas con la suficiente franqueza”. Nada más insubstancial que recurrir hasta la reiteración al “nosotros”, a “los mexicanos”, a “la nación”, a “México” para construir un discurso que se pretende explicativo, pero que no logra desmarcarse en absoluto de los discursos políticos que Dresser tanto crítica. Si el recurso a la idea abstracta y genérica de la nación por parte de un político es demagogia, en un académico es insensatez.

Pero hay un peligro más grave aún en el itinerario propuesto por Dresser: la descalificación o estigmatización a priori de un pueblo o una comunidad para justificar una búsqueda intelectual, la suya, que no es otra que la de “iluminar” a los ciegos, la de prepararlos para la batalla que les restituirá su dignidad perdida. En efecto, la imagen no podía ser más elocuente: “los mexicanos — piensa Dresser— nos quedamos siempre en la superficie, rechazamos la profundidad, preferimos mirar a otra parte, y en esa deshonestidad cobarde nos volvemos cómplices de la barbarie que nos agobia”. Cuánto desprecio a la sociedad encierra esta afirmación, pero sobre todo, cuánta ignorancia. Para empezar, no hay un solo México ni los mexicanos somos un conglomerado monolítico y cerrado. En segundo lugar, decir que los mexicanos minimizamos los problemas es no entender a los mexicanos, es un cliché con el cual los intelectuales se autoerigen como los depositarios de la verdad y el saber superior. Dresser observa desde su torre de marfil y desde ahí pontifica, sin más contacto con los mexicanos que sus libros y periódicos, y sin más referentes que los paisajes de lo popular que observa desde la ventana de su auto reluciente.

Pero las descalificaciones simplistas salpican cada página, en una cadena de clichés que avergonzaría a los mismísimos maestros de la mexicanidad, como Alfonso Reyes, Samuel Ramos, José Gaos y Octavio Paz: “los mexicanos reverenciamos al status quo, lo que nos convierte en espectadores pasivos”, “somos fatalistas, resignados y conformistas”, “la falta de un gobierno competente está en el corazón de nuestra historia”… Se nota a leguas que la politóloga Dresser, marcada por su formación anglosajona, ignora esa literatura tan profusa como inquietante sobre la identidad de lo mexicano. Ignora, por ejemplo, a Reyes, quien afirmó con sabiduría que nuestro estoicismo no es conformismo sino un acto callado de libertad frente a la represión y el sometimiento. Por ello, Dresser comete el mismo error de muchos otros estudiosos de querer leer a México con criterios importados, con raseros ajenos a nuestra idiosincrasia y nuestro ser, dando por resultado contrastaciones inútiles. Por esa vía, por ejemplo, sólo cabe lamentar que los mexicanos no seamos tan emprendedores como los estadounidenses, o tan trabajadores como los japoneses. Ni cómo explicarle a Dresser que los mexicanos simplemente no somos y nunca seremos como los estadounidenses ni como los japoneses… Y con ello no pretendo defender una idea idílica o purista de la mexicanidad para justificar o edulcorar nuestros males endémicos, sino simplemente advertir las inconsistencias de proceder como lo hace Dresser.

Desde el Prólogo, Dresser afirma que los mexicanos hemos sido dejados, somnolientos, conformistas, apáticos, resignados, recipientes vacíos, “ciudadanos vasija”.  Por eso, hemos creado un país estancado, atrasado, sin movilidad social, un país de migrantes. Y de ahí, Dresser pasa a su credo (declaración de fe) que no es otro que “volver a México un país de ciudadanos”, “vivir en la indignación y la inconformidad”, pues si los ciudadanos no despiertan, seguiremos en el atraso. Me pregunto si en verdad Dresser no se ha dado cuenta que su argumento en lugar de mover a una transformación social, a una mayor concientización, reproduce la misma lógica ocultadora y negadora de lo social propia de los discursos políticos que ella supuestamente condena. En efecto, decir que en México no hay ciudadanos, o que los mexicanos estamos aletargados, no sólo no le hace justicia a los hechos, sino que legitima indirectamente los excesos y las incompetencias de los gobernantes. Es el discurso mediante el cual una casta política inescrupulosa y cínica se exime de sus responsabilidades, es la retórica que transfiere a la sociedad los males que la agobian, el ardid perfecto de una élite política que se afirma en sus privilegios, negando a la sociedad. Por eso, el “credo” de Dresser en lugar de ser contestatario o emancipador,  es el que mejor le va a los gobernantes; en lugar de exhibirlos, los cura en salud. Por esa vía, Dresser se vuelve cómplice de lo que critica; un derrotero, por lo demás, muy frecuentado por intelectuales o pseudointelectuales supuestamente críticos, pero que al final del día le hacen el caldo gordo a los políticos, hombres y mujeres de ideas que sólo saben acomodarse a todo, y que han hecho de la crítica un modus vivendi muy rentable. Si los políticos profesionales niegan de facto a la sociedad cada vez que abusan de sus cargos, o actúan impunemente, o violan las leyes a su conveniencia…, o sea actúan a espaldas de la sociedad, los intelectuales también lo hacen cada vez que conciben a la sociedad como apática, ignorante, dejada, conformista. Así como el político justifica sus incompetencias en la supuesta dejadez de la sociedad, los intelectuales justifican su vocación crítica e iluminadora, en la supuesta acriticidad e ignorancia de la sociedad, en un juego de afirmación/negación bastante conveniente para las elites, políticas e intelectuales.

El problema es que muchos de estos pseudointelectuales llegan a ser tan persuasivos, sobre todo cuando gozan de fama mediática, que siempre hay incautos que compran sus argumentos sin chistar, y hasta terminan concibiéndose a sí mismos como parte del problema que aqueja a la nación. Pero la realidad es muy distinta. Si México ha conquistado en tiempos recientes avances democráticos se debe única y exclusivamente a la propia sociedad, si México dejó atrás setenta años de dictadura perfecta fue gracias a sus ciudadanos, si hoy tenemos más derechos y garantías que antes es porque los ciudadanos decidimos luchar por ellos. En México, los ciudadanos hemos tenido que abrirnos paso en nuestras aspiraciones y reivindicaciones con todo en contra, con una casta política corrupta e ineficaz, con poderes fácticos que rebasan al Estado, con partidos instalados en la mezquindad de sus privilegios, con elites políticas e intelectuales que nos siguen “invisibilizando”… Y no se trata de anteponer un discurso idealista de la sociedad frente a la presunta maldad del Estado, sino simplemente de levantar acta de una realidad sistemáticamente negada y ocultada por pseudocríticos mediáticos como Dresser, y que ahí está esperando ser interpretada convenientemente, sin las anteojeras pedantes de académicos de cubículo ni la labia adornada de líderes mediáticos oportunistas, sino desde la experiencia, desde la vida, desde la cotidianidad. Quien no entiende que debajo de esa aparente apatía y conformismo de un pueblo masacrado y doblegado perennemente anida incólume un hambre de justicia, paz y prosperidad, no entiende nada. Quien no entiende que los mexicanos hemos tenido que abrirnos paso trabajosamente con todo en contra, sometidos por siglos de privilegios, oligarquías, castas, partidocracias, populismos, dictaduras… y que aún así no nos han doblegado, no entiende nada. Quien no entiende que las conquistas, grandes o pequeñas, alcanzadas en México han sido exclusivamente conquistas de una sociedad avasallada pero también inconforme, no entiende nada. Quien no entiende que vivir en México, en un país secuestrado por una casta política cínica y voraz, ocupado por poderes fácticos monopólicos, en un país sumido en la violencia, la inseguridad y el saqueo por parte de las élites, convierte a sus ciudadanos en auténticos héroes, héroes por vivir y trabajar honradamente, por migrar para mejorar sus condiciones de vida, por votar apostando por un futuro de paz y leyes…, simplemente no entiende nada… 

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos puede hacerlo cómplice o responsable de su tragedia. Dresser lo hace y eso la pinta de cuerpo entero. No es casual que en su elenco personal de héroes nacionales coloque a políticos trepadores como Javier Corral, a magistrados que en un mes cobran lo que gana toda la nómina de una maquila, como José Ramón Cossío, a ambientalistas en mustang como Andrés Lajous, a periodistas de cabina que navegan con la bandera de críticos para lucrar mejor como Carmen Aristegui, a intelectuales acomodaticios como Sergio Aguayo o Jesús Silva Herzog… Obviamente, en su lista de héroes no hay espacio para los tarahumaras, para la señora que vende tamales para completar el gasto, para los obreros que burlan su infortunio jugando futbol los domingos en canchas de piedras y vidrios, para los feligreses que caminan durante días para arrodillarse ante la Virgen de Guadalupe, para los empleados que sólo llegan a dormir a sus casas dormitorio de sus ciudades dormitorio, después de atravesar durante horas las urbes; a las mujeres y hombres que todos los días se juegan la vida cada vez que salen a sus trabajos o escuelas; para activistas caídos en su lucha por justicia, como Nepomuceno y Maricela…  Para ellos sólo hay el dedo flamígero de la paladina de la justicia, la condena despiadada de la nueva redentora nacional.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que ese pueblo está infectado de pesimismo, de inmovilismo, por lo que sólo sabe victimizarse. Lo que para Dresser es pesimismo y victimización en realidad es coraje, frustración, dolor, por constatar diariamente como los poderosos saquean al país, como actúan impunemente, como tuercen la ley a su conveniencia, como las élites nos mienten y se enriquecen a nuestras costillas. Dresser sostiene que a ese pueblo le falta indignación, siendo que los mexicanos estamos instalados desde hace mucho en la indignación, vivimos en la indignación, comemos indignación… es ya un estado de ánimo permanente. Francamente, no sé que más tiene que hacer este pueblo vapuleado para ser digno a los ojos de esta moderna Torquemada de las Lomas, si sólo vivir y sobrevivir en México es un triunfo diario.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, no puede entender que los mexicanos no queremos más violencia, sino vivir en un país en paz y con justicia; no queremos abusos e impunidad, sino leyes y derechos; no queremos gobernantes corruptos, sino representantes honestos y responsables; no queremos revoluciones ni guerras civiles, sino instituciones y elecciones; no queremos autoritarismos ni dictaduras, sino democracia y libertades; no queremos rezagos sociales y económicos, sino prosperidad y equidad… Y todos los días luchamos por ello, trabajamos para ello. Que no lo hagamos con los cánones que Dresser considera dignos no significa que seamos apáticos o resignados. Los ciudadanos hacemos lo que podemos hacer y lo hacemos con coraje, valentía y esperanza. Pedirle más a una sociedad que como la nuestra, en su gran mayoría, trabaja honestamente, soportando salarios de hambre, lleva a sus hijos a escuelas donde la educación es lo que menos importa, paga impuestos todos los días al consumir bienes básicos, soporta el abandono de gobernantes y partidos que sólo miran por su beneficio, critica todos los días el cinismo y la corrupción de sus gobernantes…  es francamente un despropósito de intelectuales engañabobos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que a los mexicanos somos conformistas, que nos falta participación y ser ciudadanos. Ridículo, en pocos países como México hay tantas marchas y manifestaciones de protesta, tantas huelgas y plantones, tantas movilizaciones de solidaridad con las víctimas de desastres, tanta afluencia a las urnas, tanta discusión en las calles, tanta indignación… Además, los ciudadanos en México somos más ciudadanos que los de muchos otros países, porque aquí nadie nos ha regalado nada, aquí hemos tenido que luchar denodadamente por nuestros derechos, por ser escuchados y tomados en cuenta. Pero Dresser solo ve a “mexicanos [que] les sobra conformismo y les falta descontento”, y como “los ciudadanos conformistas engendran políticos mediocres”, no nos queda más que flagelarnos por nuestra postración. No cabe duda, Dresser vive en un país que no es el de uno, o sea el de la inmensa mayoría de los mexicanos, sino que vive en el México de unos cuantos, de aquellos privilegiados que solazan sus conciencias trepadoras culpando al resto de la pobreza y la marginación, de los abusos y la negligencia de las autoridades, del atraso y el estancamiento…  Allá ellos y su mala conciencia. ¡Fuera máscaras!

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que los mexicanos vivimos en un país que sentimos ajeno, porque nos ha sido robado por las elites y los dictadores. Cierto, a México se lo han apropiado siempre las elites y los dictadores, pero nunca nos ha sido ajeno. A veces lo abandonamos, cuando la necesidad nos lleva a migrar, pero lo llevamos a todas partes y en todas partes lo reproducimos, con un orgullo y una nostalgia que jamás entenderán los anglosajones. Quizá no anhelemos las frivolidades de Dresser, como “las enchiladas del Sanborns, el cine de Cuarón, los libros de Poniatowska, la casa de Luis Barragán…”, pero sí a la familia, a los vecinos, a la tierra y a los volcanes…

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar ilusamente que “Un día habrá un diputado que suba a la tribuna y exija algo en nombre de la gente que lo ha elegido… Y entonces México será otro”. Depositar las soluciones en el origen de los problemas no sólo es insensato sino tendencioso. No Sra. Dresser, los mexicanos creemos en fantasmas y leyendas, pero no somos estúpidos. No se engañe y no engañe a sus lectores.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle el permanecer atrapada en “ideas muertas”, ideas tan arraigadas en nuestra cultura política como lozas de granito imposibles de remover, “ideas atávicas que nos convierte en un país de masoquistas”, como la defensa patriótica sobre nuestros recursos naturales (principalmente el petróleo), la defensa de los monopolios públicos o privados, la idea de que la educación más que mejorarla hay que ampliarla, o suponer que México no está preparado para reformas democráticas, como la reelección legislativa o las candidaturas independientes… Para empezar, el elenco de lo que Dresser llama “ideas muertas” es ridículo y arbitrario, y muy pocos coincidirían con él. En segundo lugar, si perviven ideas atávicas como éstas eso sólo ocurre en el seno de las propias elites políticas, económicas e intelectuales por resultarles rentables o convenientes. No son lastres que comparta la sociedad o que aniden en sus imaginarios como dogmas inquebrantables. Si alguien en México ha exhibido un espíritu de renovación y cambio ha sido precisamente la sociedad mexicana, que en ese sentido camina años luz muy por delante de sus elites.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle que vea todo lo podrido que lo rodea como algo normal, como rutinario; que perciba la violencia y el saqueo como inevitables; que vuelva normal lo que es anormal en otras partes; que se resigne a vivir en la inseguridad y los secuestros. Basta Sra. Dresser. No confunda miedo con cobardía, no confunda precaución con ceguera, no confunda silencio con rutina. La inmensa mayoría de los mexicanos no tenemos blindaje integrado y por eso debemos seguir bregando, hacer de la necesidad virtud. Vivir en la zozobra permanente, amenazados, sometidos, secuestrados… no es aceptar la inexorabilidad de nuestra tragedia, es sólo adaptarse a las circunstancias para seguir viviendo, para proteger a nuestros hijos, para evitar desafiar a la suerte en una calle oscura… No Sra. Dresser, aquí no hay nada de normalidad, sólo cautela e indignación, protesta cotidiana para que la autoridad haga su trabajo y termine de una buena vez con la espiral de violencia que padecemos. No se atribuya la exclusiva de reclamos que son de todos, que viven en todos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede reprocharle que no sea genuinamente multicultural, que acepte dócilmente la discriminación y la marginación, o incluso que alimente en su seno la discriminación y la marginación de manera hipócrita, pues no acepta su propia condición racista y xenófoba. No  Sra. Dresser, no nos mida con sus criterios anglosajones. Dese una vuelta el domingo por la Basílica para que vea en persona una auténtica sociedad multicultural, multiétnica y multirracial, algo simplemente imposible de ver en un país como Estados Unidos donde existen todas las razas pero no se tocan, no se mezclan, no conviven. El multiculturalismo como categoría y obsesión de intelectuales liberals sólo podía surgir en sociedades fragmentadas, divididas, guéticas, como la estadounidense. Es una categoría simplemente insustancial para sociedades mestizas como la mexicana, pero eso es algo que usted no ve ni entiende. Nuestro mestizaje generó otros fantasmas culturales, cierto, pero no el del aislamiento o la incomunicación entre razas, porque el multiculturalismo lo llevamos en la piel. Ese problema lo resolvimos hace quinientos años.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede pensar que los ciudadanos no reaccionan contra los abusos porque “estamos mal educados y no sabemos lo importante que es la educación”. No Sra. Dresser, que la educación en México sea un desastre no significa que los mexicanos la despreciemos o no le demos valor. Usted simplemente ignora las historias cotidianas de sacrificio y esfuerzo de millones de familias mexicanas para que sus niños y jóvenes vayan a la escuela y a la universidad, para que completen sus estudios, aún sabiendo que la educación dejó hace mucho de ser un medio de ascenso social, destinando recursos a ese propósito, pese a que son escasos… 

Basta, podría seguir con esta crítica ad nauseam, pues cada página del libro de Dresser está plagada de errores e imprecisiones. Con lo dicho, creo que el lector se habrá dado cuenta que Dresser no conoce el país de uno, lo boceta con colores llamativos pero sin idea de lo que está pintando. El resultado es un bodegón de principiante, una naturaleza más muerta que su Avatar de redentora que sólo los incautos le compran, un retrato deforme de una realidad que la autora simplemente no entiende, salpicada arbitrariamente de frases y citas forzadas de escritores y académicos que en lugar de aclarar las cosas las emborronan sin remedio. 

Pero si las premisas del libro son endebles, el edificio tampoco se sostiene, empezando por el diagnóstico que sobre nuestro país realiza la autora. Desafío a cualquier lector medianamente informado sobre la realidad mexicana a que me señale al menos un aspecto que ignorara y del cual se haya enterado gracias a la lectura de este libro. Seguramente no hay nada. Veamos.

Que en México hay un “andamiaje de privilegios que aprisiona la economía y la vuelve ineficiente”, no sólo lo sabemos, sino que lo sufrimos todos los días; que en México las elites políticas y económicas actúan para su beneficio y por eso no introducen cambios, como las reformas estructurales, también lo sabemos; que el gobierno funciona como “distribución del botín”, no es nada nuevo; que los legisladores disponen de recursos exorbitantes e injustificados, también; que los partidos sólo actúan para su beneficio, es algo tan sabido que la sociedad los califica con 1.5 de 10 puntos posibles de confianza; que la economía está concentrada en unos cuantos monopolios y que las autoridades no hacen nada para generar mayor competencia, lo lamentamos todos los días… En fin, para qué seguir con tanta nimiedad.

Y si el análisis de Dresser sobre los males del país es insustancial y fatuo, sus críticas a partidos, políticos, líderes sindicales y empresarios con nombres y apellidos raya en el lugar común, una lista de agravios impunes que guardamos los mexicanos en el baúl y que Dresser simplemente desempolva para alimentar con ellos su falsa imagen de crítica implacable de los corruptos, de salvadora nacional. Si al menos sus críticas fueran imparciales o equitativas, pero son todo lo contrario, sesgadas y tendenciosas, propias de alguien que tensa sus juicios hasta donde no representen un riesgo para ella, para su propio juego político, interesado en frenar a toda costa el retorno al poder del PRI (y en particular de Enrique Peña Nieto) o la llegada del PRD (y en particular de Andrés Manuel López Obrador), pues mientras sean oposición su crítica no la compromete sino que la hace aparecer como implacable. Muy distinta es la crítica al PAN y a los dos gobiernos emanados de él, saturados de incompetencias pero que cuentan en su descargo con el hecho de que heredaron un país destrozado muy difícil de recomponer en tan poco tiempo. Lo cual no deja de ser una falacia. Obviamente, cuando la crítica está sesgada o manoseada de origen deja de ser crítica para convertirse en panfleto, en pasquín, que es precisamente lo que hace Dresser.

“Gracias al PRI —señala Dresser— el narcotráfico se infiltra en el Estado y se enquista allí… Fox y Calderón no son responsables del problema”. No Sra. Dresser, tan responsable es el PRI por haber alentado y protegido este negocio durante décadas, como Felipe Calderón por incendiar al país con una guerra fallida, antes que proponer soluciones drásticas, como la legalización de las drogas; una guerra de mentiras ¿A quién quiere engañar? Hoy el país, además de estar sometido por el crimen organizado, está inmerso en una espiral de violencia que simplemente no debió generarse.

Por lo demás, no hay nada en su recuento de daños del PRI que se desconozca: el charrismo sindical de Gamboa Pascoe, la prepotencia de Beatriz Paredes, los excesos de López Portillo, el enriquecimiento ilícito de los Salinas de Gortari, el cinismo del profesor Hank, la corrupción de Elba Esther Gordillo, Roberto Madrazo, Ulises Ruiz, los escándalos de Arturo Montiel y Mario Marín, las mentiras de Peña Nieto… En suma, el PRI del clientelismo, de los abusos de autoridad, de las mafias, del saqueo indiscriminado de recursos, de la corrupción desmedida, del Pemexgate, de la impunidad, de los sobornos, de la cooptación silenciosa de intelectuales, de la represión, de la matanza del 68, de las camarillas… Por Dios, ¿en verdad no tiene nada mejor Sra. Dresser? Le recuerdo que la sociedad mexicana rescindió al PRI en las urnas en 2000 precisamente por esa lista de atropellos. Ni al caso remover escombros. ¿Cuánto malestar e insatisfacción debe haber con los gobiernos del PAN que hoy se asoma desafiante la posibilidad del retorno del PRI?, ¿cuánta desesperación y frustración debe haber en nuestra sociedad que muchos piensan que ese pasado ominoso era menos cruel que nuestro presente truncado? Ese es el dato duro realmente significativo para los tiempos que vienen: el PAN no supo leer el momento histórico que le tocó vivir, no estuvo a la altura de los desafíos de los nuevos tiempos, arruinó al país estúpidamente, traicionó a un pueblo que creyó en su promesa de cambio y renovación. Aquí no caben las justificaciones. Decir que “el gran error del PAN fue creer que podrían practicar mejor el juego diseñado por el PRI, en vez de cambiar sus reglas” suena muy complaciente. En realidad, el PAN sí podía cambiar esas reglas, prometió a la nación hacerlo, tenía todo para hacerlo, pero muy pronto se dio cuenta que mantenerlas intactas era muy rentable para hacer lo mismo que hizo el PRI durante décadas: mentir, robar, ocultar, engañar…

Y para seguir con las necedades, ¿a qué viene a estas alturas enjuiciar a la “famiglia Salinas” y al “Don Corleone” de la política mexicana? Si alguien sabe que Carlos Salinas de Gortari fue un déspota, un tirano, un mafioso, un político perverso y despreciable, somos los mexicanos. Cierto, nunca pagó por sus crímenes, pero la sociedad ya lo juzgó y lo condenó hace tiempo. Ese veredicto es parte de nuestra historia y nadie nos lo puede arrebatar. ¿A quién quiere impresionar Sra. Dresser? ¿En qué momento trasformó su complacencia con el desempeño de Salinas, sus adulaciones al entonces presidente (tal y como lo expone sin rubor en su ensayo de 1993 “Neopopulist Solutions to Neoliberal Problems: Mexico’s National Solidarity Program”) en odio y dardos envenenados? Usted, Sra. Dresser, como sus colegas mercenarios, intelectuales repetidores de la cochambre que sólo saben acomodarse a lo que hay, también ha jugado convenientemente. ¿A quién quiere engañar? Por lo visto, la congruencia no ha sido precisamente una de sus virtudes. Por lo demás, sólo a usted se le ocurriría citar profusamente a Héctor Aguilar Camín, el ideólogo de Salinas, el más arrastrado de los intelectuales de este país, para diseccionar las intenciones ocultas de ¡Salinas! Eso ya no es incongruencia, sino insensatez.

¿Y qué decir de los juicios de Dresser a la clase empresarial, a los oligopolios, a Televisa y a Carlos Slim? Nada, pues no hay nada nuevo en ellos, nada que no se sepa. Pero como la Sra. Dresser reproduce en su libro la crítica que le hizo a Slim en un artículo que le valió el Premio Nacional de Periodismo, me permito reproducir aquí también el comentario que escribí sobre el mismo: “Me acuerdo que cuando leí este artículo en su momento no daba crédito a tanta ‘mala leche’ y perversidad. Quienes lo leyeron se acordarán que Dresser ‘regañaba’ en este artículo al empresario, a quien calificaba de voraz e inescrupuloso, ambicioso y monopólico, insensible y antipatriota, incongruente y mentiroso, colocándose ella, supuestamente, en los zapatos de los ciudadanos, de los agraviados, de los damnificados por la avaricia del hombre más rico del mundo, de los pobres y de las víctimas de la desigualdad y la injusticia social. El artículo de Dresser seduce al gentío más sensiblero porque es el típico discurso que busca solazar de algún modo las conciencias intranquilas y golpeadas por la crisis de millones de mexicanos, buscando un culpable de nuestros males y escupiéndole en la cara todo lo despreciable e insultante que nos resultan él, su riqueza y su éxito como empresario. Como tal, Dresser emplea una vieja estrategia política, consistente en identificar a un enemigo para justificar ciertas acciones y legitimar una posición, da lo mismo que el enemigo sean los judíos, la madre patria, los inmigrantes, los herejes, el imperio, el neoliberalismo o la burguesía, lo importante es exhibirlo y denostarlo hasta generar el deseo colectivo de acabar con él. En este caso, Dresser escogió a Slim, y todo el mundo se identificó de inmediato con el linchamiento público del empresario, como si con ello pudiéramos salvar nuestras almas atormentadas. Por esta vía, además, si bien los agraviados nos curamos en salud fugazmente, no hacemos más que descargar en el enemigo de turno nuestras propias frustraciones y miserias, pues siempre será más cómodo culpar a los demás de nuestras desgracias que reconocer nuestra propia responsabilidad en las mismas. Y no es que no haya nada que reprocharle a Slim, pero de ahí a convertirlo en el principal culpable de nuestra postración nacional es un despropósito a todas luces tendencioso e injustificado. No me sorprende que una periodista sin escrúpulos recurra a estrategias tan perversas y subliminales para ganar lectores y fans, pues el medio se alimenta de ese y otros males, como el ‘amarillismo’, el ‘estrellismo’ y el ‘chayotismo’, pero que los profesionales del periodismo responsables de evaluar el trabajo de sus pares premien este tipo de trabajos tan insustanciales y huecos sólo causa perplejidad. ¿Realmente no se dieron cuenta de lo que estaban premiando? Si el panfleto de Dresser contra Slim fue el mejor artículo del año, entonces nuestro periodismo está para llorar. Por lo demás, que un artículo de opinión sea muy comentado y difundido mediáticamente, como el de Dresser, no significa per se que tenga calidad. Sería bueno entonces, que el Consejo aclarara lo que está premiando: impacto o calidad. Además, si alguien carece por completo de autoridad moral para linchar a los empresarios y a los monopolios es precisamente Dresser, quien ha vivido cómodamente desde hace años trabajando para la clase empresarial, dictando conferencias y cursos muy jugosos a las principales corporaciones empresariales y de hombres de negocios, en contubernio con Televisa y otros monopolios, gracias a lo cual se ha convertido en la ‘intelectual’ mejor pagada de México. Pero la congruencia no es una virtud bien cultivada por nuestros hombres y mujeres de ideas.”

Pero si de simplificaciones se trata, nada hay más simple (y ridículo) que achacar a lo que Dresser llama “Los diez mandamientos del político mexicano” las razones de la “disfuncionalidad” de nuestra democracia: “1. Amarás el hueso sobre todas las cosas… 2. Tomarás el nombre de la democracia en vano… 3. Santificarás las fiestas patrias con puentes vacacionales… 4. Honrarás a los líderes de tu partido…” Disculpará el lector que no siga, pero ya me indigeste de tanta gansada. Y se supone que esta es la parte irónica del libro…ja…ja…ja…

Pero lo peor está al final: las recomendaciones de la ciudadana Dresser para cambiar el país: una auténtica lista de obviedades propia de Perogrullo: ser irreverente frente al poder, concebir al voto como un derecho esencial, estar informados sobre el acontecer nacional, hacer marcaje personal a los diputados, apoyar las reformas, denunciar que la guerra al narco no ha funcionado, denunciar los monopolios, recoger la basura afuera de mi casa, conectarme a las redes sociales… ¿Y para esto tanta tinta? No me cabe la menor duda. El de Dresser es el peor panfleto que he leído en los últimos años. No rescato de él ni una sola coma.

No sé en qué momento Dresser se metamorfoseó en la emisaria de las causas populares, en la redentora de los pobres y los excluidos, en la vocera de los ciudadanos, y tampoco sé si realmente ella se lo cree, pero me queda claro que si hay alguien a quien no le va ese papel es precisamente a ella. Desde el relumbrón de sus trajes de diseñador y la eterna inmutabilidad de su peinado, desde su voz impostada y sus manoteos estudiados, clamar por justicia para los menesterosos resulta tan frívolo como cómico. Tampoco sé cómo la periodista compagina su nuevo rol de Viridiana de las Lomas con sus múltiples y muy rentables “asesorías” a políticos, funcionarios, dependencias públicas y partidos políticos, todo lo cual no hace sino exhibirla de cuerpo entero, comenzando por su poco aprecio por la independencia intelectual. Por todo ello, pero sobre todo por sus escasas contribuciones y el bajo perfil de las mismas, no deja de sorprenderme la creciente influencia y penetración que Dresser ha venido alcanzado en los medios. En realidad, como académica no ha hecho nada relevante (o mejor, no ha hecho nada), a no ser que sumar varias denuncias de plagio por parte de diversos colegas; más allá de sus artículos periodísticos y sus compilaciones de entrevistas a mujeres, no cuenta con obra intelectual alguna. Que ha sido hábil para posicionarse en los medios nadie lo pone en duda, pero que haya llegado a los sets con un trabajo intelectual mediocre y precario, tampoco. Son quizá los resabios de nuestro provincialismo, pues con lo que tiene Dresser nunca hubiera destacado en su país de origen, Estados Unidos, ni como periodista, ni como intelectual, ni como académica, pero aquí en México la premiamos y encumbramos.

 

Tomado del libro: C. Cansino, El evangelio de la transición, México, Debate, 2009

1. Los intelectuales ante el poder

Durante mucho tiempo en nuestro país, la inteligencia y el poder jugaron a aparecer como rivales o como realidades enfrentadas irremediablemente. En muchas ocasiones tal juego de apariencias sirvió no sólo a los intereses de gestión y autopreservación anidados en los circuitos y capillas que nutren ambas esferas, sino que también ocultó eficazmente los frecuentes acuerdos, transacciones e incluso complicidades que se establecían entre estos dos ámbitos a través de una compleja red de apoyos y vasos comunicantes sobre la que se construyó buena parte del edificio de la cultura nacional durante el siglo XX.

El paso de los sexenios conoció a la par los esplendores de la colaboración del intelecto y el talento creador en las tareas de edificación cultural y de la crítica a la homogeneidad monolítica de tal construcción. La dinámica pendular generada por esta y otras contradicciones características de la intrincada relación entre la cultura, el ágora y el poder propició por años una serie de espejismos, compartidos tanto por los actores de esa relación —las elites intelectuales y políticas— como por un público cada vez menos conforme con el tradicional rol de espectador al que los mandarines de la cultura y los burócratas estatales por igual lo quisieron reducir.

Pero tras dichos espejismos, propios de todo ámbito de representación de lo político —el ágora incluida—, que contribuyeron tanto a la legitimación del recientemente fenecido orden secular mexicano como de los principados y cotos detentados por los pontífices culturales, se escondió por años un hecho crucial: que el movimiento pendular señalado, valorado por lo general sólo por los posicionamientos extremos a que daba lugar, era posible porque dichos extremos —y el péndulo mismo de la cultura— pendían en último término del mismo hilo, esto es, de la relación (abierta o soterrada, confesa o no) con el poder constituido, que administraba y repartía prebendas y castigos, abría o cerraba canales de financiamiento, apoyaba o asfixiaba instituciones según criterios de eficacia y funcionalidad a los que intelectuales, creadores y claustros generadores de cultura tenían que adecuarse so pena de enfrentar el desierto de la marginalidad o la obsolescencia, cuando no la franca y abierta persecución.

Así, hemos vivido en México acostumbrados al secuestro del ágora no sólo bajo la égida protectora del ogro filantrópico, sino perpetrado también —más voluntaria que involuntariamente— y en buena medida por aquellos que se decían sus defensores, cuyas batallas por la hegemonía cultural disfrazadas de cruzadas por la “pureza” intelectual, ocultaron durante años una perniciosa regla no escrita: la de practicar la indiferencia y el ninguneo mutuos, escamoteando así la crítica y empobreciendo de hecho el nivel del debate intelectual en México.

El objetivo de este ensayo es reconocer los contenidos y las implicaciones de las principales concepciones que los intelectuales mexicanos más influyentes en el mundo de las ideas construyeron o simplemente abrazaron con respecto a su relación con el poder político a lo largo del siglo XX. Más específicamente, se tratará de identificar las principales posiciones ideológicas que definieron las formas dominantes de relación de los intelectuales con el Estado así como el peso o influencia real que tuvieron cada una de estas representaciones dependiendo de las circunstancias políticas imperantes en el país. En sintonía con ello, se examinarán las tensiones morales que se originaron entre cultura y poder así como la congruencia o no en casos concretos entre representación del intelectual y práctica real. Finalmente, se establecerán las consecuencias que tuvieron tanto para el mundo de las ideas como para el orden político en México el que ciertas representaciones del intelectual hayan imperado sobre otras.

Hay buenas razones para proponerse una búsqueda como la planteada. Así por ejemplo, constituye una manera distinta y complementaria de otras de reconstruir la historia del siglo XX mexicano, a través de sus hombres de ideas y sus vinculaciones con el poder. Asimismo, de este examen pueden extraerse lecciones interesantes sobre el papel desempeñado por los intelectuales mexicanos en las distintas etapas de vida del régimen político posrevolucionario. Así, se pueden establecer tendencias entre determinadas representaciones dominantes del intelectual y los momentos de avance y retroceso en materia de libertades y derechos democráticos en el país. Finalmente, el problema de los intelectuales y su relación con el poder es, sin duda, una de las temáticas clave que nos permite iluminar algunos de los más importantes problemas por los que transitan las sociedades contemporáneas, pues dicha relación nos remite a la discusión acerca de la democracia.

2. Representaciones del intelectual

No existe una sola manera de concebir la relación de los intelectuales con el poder. Por el contrario, existen tantas concepciones como intelectuales que en algún momento incursionaron en esas honduras del pensamiento; es decir, existen múltiples representaciones, incluso antagónicas, sobre el quehacer intelectual y en particular sobre el deber ser de los intelectuales con respecto al poder político. Obviamente, no hay posiciones objetivas o ingenuas sobre el asunto. La mayoría de las veces, los argumentos esgrimidos por los propios intelectuales han buscado justificar una trayectoria —la suya—, o simplemente abrevan de una concepción preexistente en la que creen encontrar el sustento teórico más congruente con su propio quehacer político. Como quiera que sea, se trata de un asunto polémico y que, por obvias razones, interpela constantemente a los intelectuales. En ocasiones, la integración de los hombres de ideas al Estado provoca en ellos una suerte de tensión moral, sobre todo en el contexto de regímenes autoritarios, pues asumen que su inserción en el poder conlleva, se quiera o no, un costo en términos de credibilidad. En otros casos, el rechazo moral a un determinado estado de cosas conduce a algunos intelectuales a adoptar posiciones políticas de carácter disidente o abiertamente contestatarias o revolucionarias. Para otros, participar de los asuntos públicos en algún ámbito del aparato gubernamental es una suerte de misión moral o de compromiso ético para con la nación, sobre todo en los momentos decisivos de génesis y conformación de un nuevo régimen político, que por este hecho de carácter simbólico renueva las esperanzas colectivas de avanzar hacia algo mejor respecto de lo que existe. Finalmente, están los que defienden rabiosamente su independencia intelectual aún a costa de ser excluidos o marginados del mundo cultural por no ceñirse a las reglas no escritas impuestas por la corriente política dominante.

Como quiera que sea, la inteligencia y el poder político siempre han estado emparentados, relacionándose en forma conflictiva e inestable a lo largo de la historia humana. Se trata de una relación marcada por la fascinación, la suspicacia y una suerte de amor-odio recíprocos. Y en este diapasón la toma de posición acerca del quehacer intelectual es también una justificación de lo que los intelectuales son y/o aspiran a ser.

De ahí que he optado por emplear en este ensayo la noción de “representación” para referirme no sólo a una capacidad o facultad para representar, encarnar o articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y a favor de un público, sino también una construcción mental que impele a la acción, a actuar en sintonía con ciertos criterios. De hecho, las representaciones intelectuales son la actividad misma, dependiente de un tipo de toma de conciencia que puede ser escéptica, comprometida, irreverente, etcétera.[1]

No es éste el lugar para discutir en detalle la abundante literatura que sobre el tema de las relaciones entre los intelectuales y el poder se ha producido desde hace mucho tiempo. Baste con mencionar que las posiciones dominantes sobre el particular han mutado constantemente desde que se acuñara el concepto de “intelectual” en Francia, en 1898, en ocasión del affaire Dreyfus. Se debe pues al escritor Émile Zola un primer exhorto para que los hombres de ideas preocupados por la justicia y la verdad adoptaran una actitud crítica e intentaran cambiar la actitud incrédula y desinformada de los ciudadanos, en este caso frente a un hecho cruel que vulneraba los principios más elementales de la convivencia y la igualdad de derechos.[2] Tiempo después, en 1927, en su famoso libro La trahison des clercs, Julien Benda acusa a los intelectuales de abandonarse a las pasiones políticas, perdiendo de vista lo universal: se han vuelto “egoístas y desinteresados” de las grandes causas universales, como la justicia o la humanidad, y han abandonado toda primicia moral. En virtud de ello, Benda hace un exhorto a los intelectuales para que recuperen un sentido moral a la altura de su papel en la sociedad como formadores de opinión.[3] Posteriormente, en el período entreguerras, la emergencia del socialismo y el nacionalsocialismo dividió a los intelectuales europeos y de otras latitudes: socialistas y antisocialistas, fascistas y antifascistas. Sin embargo, algo los unificaba: la condición de “intelectual orgánico” o comprometido teórica y prácticamente con una determinada causa o ideología, y que nadie caracterizó mejor que el italiano Antonio Gramsci.[4] De hecho, la idea del intelectual crítico a la Zola o moralista a la Benda es sustituido por esta nueva representación. Del bando fascista resonaron las voces de intelectuales orgánicos como Carl Schmitt, Oswald Spengler, Ernst Jünger y Martin Heidegger, mientras que del bando socialista destacaron Georg Lukács, Ernest Bloch, Max Adler y el propio Gramsci. Pero como suele suceder, cuando los excesos solapados por ambos bandos quedaron al descubierto —el holocausto nazi y los gulags estalinistas— se produjo una desbandada de los intelectuales hacia otras posiciones. En el seno del marxismo se presentaron largos debates sobre el papel de los intelectuales, y la figura del intelectual comprometido comenzó a tener muchos detractores (como Cornelius Castoriadis, Albert Camus y Claude Lefort) y uno que otro defensor a ultranza (como Jean-Paul Sartre). Como haya sido, empezó entonces a cobrar fuerza una representación distinta, menos aferrada a las ideologías y más comprometida con la verdad y la honestidad. Aquí destaca con luz propia Raymond Aron, quien reivindica para el intelectual un sentido crítico, no ideologizado ni dogmatizado, comprometido solamente con la búsqueda de la verdad.[5] Y de aquí a decretar la muerte de los intelectuales sólo había un paso. La puntilla la quisieron dar con un éxito relativo los partidarios del posmodernismo (Francois Lyotard, Jacques Derrida, Gianni Vattimo): si el intelectual es un producto de la Ilustración y ésta ha sucumbido junto con la modernidad, entonces ya no hay espacio para el intelectual portador de verdades universales.[6] Ya antes, Michel Foucault había despreciado a los “intelectuales-oráculos” —una suerte de sacerdotes modernos capaces de iluminar el destino de la humanidad—, para reivindicar a un intelectual secularizado y todo menos profético.[7] Por esta misma línea se van derrumbando otras certezas acerca del papel de los intelectuales. Así, por ejemplo, Pierre Nora sostiene que más que incitar a la acción, los intelectuales deben interesarse con modestia por hacer más inteligible el mundo en que vivimos: si la famosa onceava tesis marxista de Fauerbach sostenía que lo imparte no es interpretar el mundo sino transformarlo, ahora el verdadero desafío para los intelectuales consiste en explicar al mundo por encima de cualquier otra cosa.[8] Pierre Bourdieu, por su parte, desnuda a los intelectuales y les atribuye una estrategia individual perfectamente calculada cuyo principal finalidad es defender sus intereses, que no son otros que conquistar bienes —materiales o simbólicos—, ya sea consciente o inconscientemente.[9] Asimismo, Alvin W. Gouldner concluye que los intelectuales se han convertido en una nueva clase de especialistas cada vez más distante del gran público y que sólo se comunican entre sí;[10] mientras que Russell Jacoby se refiere a los intelectuales independientes como una generación perdida, pues lo que hay en la actualidad es un grupo de “técnicos del aula”, ininteligibles, alquilados por alguna comisión, deseosos de agradar a diversos patrones y agencias, ufanos de sus credenciales académicas y de una autoridad social que no promueve el debate sino que se limita a establecer reputaciones y a intimidar a los inexpertos.[11] En la misma línea, Richard A. Posner demuestra empíricamente que el intelectual público ha declinado en los últimos años, incluso en términos estrictamente mercantiles: el impacto que alcanza, los libros que vende, la aceptación que recibe, etcétera.[12] Finalmente, Paul Johnson ha puesto de relieve el enorme escepticismo que en la actualidad producen los intelectuales en los públicos a los que se dirigen: “parece generalizarse la creencia de que los intelectuales no son más sabios como mentores ni más respetables como modelos que los hechiceros o sacerdotes de antaño”.[13] Pero el haber llegado a este punto muerto no es responsabilidad más que de los propios intelectuales. La soberbia, la incongruencia o la hipocresía que ha caracterizado a muchos de ellos ha terminado por devaluarlos a los ojos de todos. Y sin embargo, como diría Bourdieu, “si no hay intelectuales, no habrá defensores de las grandes causas”.

Pero si hemos de hablar de un deber ser de los intelectuales en relación con la política que sirva de parámetro para evaluar las diversas representaciones que los propios intelectuales se han hecho y se hacen sobre su actividad, me quedo con la definición de intelectual aportada por el poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid: “el escritor, artista o científico que opina en cosas de interés público con autoridad moral entre las elites”, y que forma parte de “algo así como la inteligencia pública de la sociedad civil”. Así, destacan al menos dos elementos: en primer término, que la intervención de los intelectuales en los asuntos públicos es totalmente independiente del poder político, e incluso contradice posturas y decisiones de éste; en segundo término, que en virtud de que la intervención del intelectual no se da en calidad de especialista, sino de ciudadano, la recepción de su discurso y opiniones no está mediada por un halo de “autoridad intelectual”. Esto es, no son los títulos o reconocimientos —por los que la mayoría de los intelectuales combaten con feroz discreción— otorgados (generalmente) por el poder los que le otorgan autoridad a su discurso, sino la recepción de ese discurso por parte de un público informado, quien por otra parte, es el que concede o niega la calidad de intelectual a alguien.[14]

Cabe señalar que el mundo de los políticos no es ajeno al mundo intelectual o, si se quiere, la política no es algo extraño a los intelectuales. Existen entre ambos un sinnúmero de vasos comunicantes. Pero la política que hacen los intelectuales no debe confundirse con la que realizan los políticos. Para empezar, no hay autoridad intelectual sin independencia respecto del poder. Ser un intelectual disidente y/o militante en un partido de oposición no cambia las cosas. El verdadero poder del intelectual es el de las ideas. La del intelectual es una práctica política distinta a la partidista. La crítica al poder despótico de los gobernantes sólo es creíble desde la independencia y, sobre todo, desde la libertad de quien la ejerce.[15]

En mi opinión, el compromiso de los intelectuales es con la verdad pública, donde quiera que ésta se encuentre. Su herramienta es la crítica, que como tal no es buena o mala, sino correcta o incorrectamente justificada o fundamentada. El intelectual no es un individuo apolítico; hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento sino la simple palabra escrita o hablada, que no es poca cosa. La crítica del poder o el poder de la crítica de los intelectuales radica en su autonomía moral y económica, es decir, en el ejercicio de su libertad. El compromiso del político de oficio, por el contrario, es con el poder, donde quiera que éste se encuentre. No busca entenderlo o cambiarlo sino justificarlo. Su herramienta es la lealtad, que no es buena o mala, simplemente es y punto.

En este juego de espejos, el intelectual no puede quedar subordinado a la lógica de la política partidaria o gubernamental sin traicionarse a sí mismo. Su lealtad no es con el príncipe, sea cual fuere su color u origen, sino con las ideas y el debate públicos.

3. Intelectuales y poder en el México del siglo XX

El tema de la relación entre los intelectuales y el poder en México ha sido objeto de innumerables estudios,[16] polémicas y discusiones: ¿amor u odio?, ¿cercanía o lejanía?, ¿lealtad o independencia? Sin embargo, sólo ahora, después de la caída del viejo régimen priista, es posible aproximarse a este tema con la distancia necesaria como para establecer algunas tendencias que marcaron esta relación durante el siglo XX.

Atendiendo a la definición de intelectual propuesta por Zaid a la que nos referimos antes, ¿qué se puede decir de los intelectuales en México durante el siglo XX?, ¿qué tanto se aproximan o se alejan de sus criterios de valor? Lo primero que hay que decir es que la independencia con respecto al poder no ha sido un valor cultivado por la mayoría de ellos, por más que pretendan aparentar lo contrario. Además, casi siempre han tratado de imponer al público ilustrado del país (antes de esperar a ser reconocidos) su autoridad como especialistas. Por esta vía muchos de ellos se han convertido en auténticos mandarines culturales que medran con el capital intelectual, dictan reglas, protegen a su grey e, incluso, castigan a los “rebeldes” y fustigan a los adversarios. No obstante, como veremos a continuación, muchas de nuestras glorias intelectuales han recurrido a diversas fórmulas retóricas para justificar sus propios devaneos con el poder sin fenecer en el intento.[17]

La historia política de México durante el siglo XX es una de grandes contrastes y transformaciones, de avances y retrocesos. En este período encontramos todas las manifestaciones o etapas posibles de evolución política características de los Estados-nación modernos, desde el fin de una dictadura personalista hasta una transición democrática, pasando por una muy larga y violenta revolución social, y la instauración, consolidación y decadencia de un régimen autoritario de partido único. En ese sentido, es lógico que en el ámbito intelectual también emergieran durante todo este período representaciones o concepciones igualmente diversas y hasta contrastantes sobre el papel de los intelectuales en relación con el poder político, desde las que defienden su incursión en las tareas sustantivas del Estado hasta los que reivindican su plena independencia respecto del mismo.

Si bien en algún momento en la vida política del siglo XX, más específicamente, en el ocaso del porfiriato, durante la Revolución y en los albores del régimen posrevolucionario, prosperó entre los intelectuales un interés y una vocación hasta cierto punto legítimas de integrarse a las labores del Estado por el bien de la nación, ya sea creando instituciones, sobre todo culturales, o generando programas de todo tipo para promover la educación y la cultura en el país, hubo un momento, conforme el régimen político posrevolucionario fue institucionalizándose y afinando sus rasgos autoritarios dominantes, en el que la colaboración con el poder sólo podía hacerse desde una tensión moral o una contradicción imposible de evadir, salvo renunciando a la calidad de intelectual o participando de un juego de simulaciones. (De hecho, muchos intelectuales desencantados de su paso por las entrañas del poder volvieron a los libros o pasaron a la confrontación activa). Sin embargo, frente a la disyuntiva de los intelectuales de colaborar con un Estado autoritario de corte paternalista para mantener ciertos privilegios y hasta su propia promoción y permanencia en el medio o mantener su independencia respecto del Estado, aun a riesgo de ser condenados al ostracismo o hasta perseguidos por no plegarse a las reglas del sistema, terminó imponiéndose para la mayoría de los intelectuales una autorrepresentación de su papel en la sociedad bastante “conveniente” como para no salir raspados en el intento ni confrontados con sus propios fantasmas. Se trata, en suma, de una concepción del trabajo intelectual que no está reñida ni contrapuesta al trabajo político y partidista, a condición de que este encuentro, argumentarán los partidarios de esta concepción, sea creativo y coadyuve a la afirmación de cada vez mayores espacios de libertad y democracia. Para esta posición, poco importa el tema de la mayor o menor independencia intelectual. Por el contrario, se citan y exaltan con frecuencia las experiencias de muchos hombres de ideas que optaron en su momento por colaborar en la creación de instituciones culturales y del propio Estado nacional.

Hasta aquí, el balance resulta terrible: la seducción por el poder ha llevado a la mayoría de los intelectuales mexicanos a sucumbir ante él. La existencia de un puñado de intelectuales a lo largo del siglo XX que han elegido el camino menos rentable y protagónico de la independencia y la crítica al poder —como Zaid, Roger Bartra o Lorenzo Meyer—, no marca una tendencia. Más frecuente ha sido el de los intelectuales cuya fascinación por el poder los llevó a colaborar con el mismo de manera servil —desde Martín Luis Guzmán y Jaime Torres Bodet hasta Héctor Aguilar Camín y el grupo Nexos, pasando por Luis Spota, Jaime Sabines, Jesús Reyes Heroles, Ricardo Garibay y Agustín Yánez—, o incluso el de los intelectuales que han optado por mantenerse en un complejo equilibrio entre la crítica al poder y la connivencia con el mismo a veces con la finalidad de poder emprender su actividad con una cierta dosis de libertad. Ahí están, por ejemplo, un Alfonso Reyes o un José Vasconcelos, en su momento colaboradores del poder pero también críticos del mismo, y, por ello, precursores de las transformaciones revolucionarias de principio de siglo, aunque tampoco comulgaban con la ideología de la Revolución Mexicana. Lo mismo puede decirse de Daniel Cosío Villegas, quien después de colaborar con el poder desde diversos cargos públicos se volvió el crítico más incisivo del mismo. Este es el caso también de Jorge Cuesta, quizá el crítico más agudo del callismo y el cardenismo, lo que le valió la persecución y el denuesto. Y que decir de Manuel Gómez Morin o Vicente Lombardo Toledano, quienes también colaboraron con el poder pero que decidieron en algún momento enfrentarlo mediante la creación de dos partidos de oposición, el Partido Acción Nacional y el Partido Popular, respectivamente. Ahí quedan también las posiciones ambivalentes de José Revueltas y Octavio Paz, uno intelectual radical de izquierda y otro liberal demócrata, pero que también se movieron entre la crítica al poder y la connivencia con el mismo, aunque el desenlace de sus carreras y sus vidas fue diametralmente opuesto. En tiempos más recientes, la inteligencia pareció moverse a conveniencia entre la crítica y la disidencia o la incorporación al gobierno. Ahí quedan las trayectorias igualmente ambivalentes de intelectuales como Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Enrique Krauze o Elena Poniatowska.

No es difícil inferir las intenciones implícitas en estas concepciones largamente dominantes en el México posrevolucionario. Sin embargo, lo realmente significativo es establecer las consecuencias de que en el mundo intelectual haya campeado precisamente esta representación en lugar de otras posibles. El hecho es que terminó imponiéndose en México un juego de simulaciones en el medio intelectual producto de una larga cooptación silenciosa que orilló a la mayoría de los intelectuales a trabajar bajo la tutela del Príncipe. La consecuencia más visible de ello ha sido el estancamiento de este sector, lo cual se manifiesta de muchas maneras: la libertad de pensamiento no ha sido algo apreciado por los intelectuales, los debates de ideas no interesan a nadie y nunca se han fomentado, la promoción de los intelectuales se debe más a compromisos y lealtades con los mandarines de la cultura y los políticos de turno que a las virtudes y méritos exhibidos. Por otra parte, la cultura en general y el debate intelectual han sido monopolizados por el Estado y por un grupo muy estrecho de intelectuales que han sabido jugar muy bien con las reglas corporativas y clientelistas del sistema. El peso de la tradición en este aspecto es tan fuerte que ni el reciente cambio de régimen en México ha podido alterar todavía sus efectos corrosivos. De hecho, la mayoría de los intelectuales no ha estado a la altura de los cambios y el ágora sigue estando secuestrada por los mismos grupos de ayer al tiempo de que se conservan incólumes las mismas reglas corporativas y clientelistas.

4. Nuevas representaciones

El medio intelectual mexicano ha sido más bien refractario a ser confrontado en sus debilidades y flaquezas. Por eso, cuando alguien osa hacerlo lo más seguro es que enfrente la descalificación a ultranza o la indiferencia de sus colegas. No es un secreto que en nuestro país no se tolera el disenso, más aún suele asociarse a asuntos de índole personal o privado. En lugar de la confrontación, el medio intelectual mexicano ha afirmado un sistema que hace de la mediocridad virtud, y donde cualquiera que alza la voz para disentir con sus colegas es odiado y denostado.

Es por ello que la libertad de pensamiento no es algo apreciado por los intelectuales mexicanos. Por el contrario, los debates intelectuales no interesan a nadie. Los intelectuales, salvo honrosas excepciones, más que relacionarse por sus afinidades teóricas con respecto a las principales corrientes o escuelas de pensamiento, lo hacen por criterios de amistad o para aspirar a merecer los favores y prebendas que conceden los mandarines de la cultura y el poder. Éstos a su vez, erigidos en tribunales, monopolizan y controlan a su conveniencia la producción y la divulgación de las ideas en México o censuran o descalifican con lujo inquisitorial a quienes no comparten sus opiniones.

En ese sentido, en un país donde la cultura estuvo largamente monopolizada por una caterva de ideólogos del sistema priista y donde han prevalecido tradicionalmente las formas más abyectas de cooptación silenciosa, no hay nada más difícil que el pensamiento libre. A los intelectuales independientes, por no alinearse a la visión dominante, siempre les ha tocado en respuesta la marginación y el aislamiento. El dogmatismo no duda en estigmatizar a quienes todavía creen en la fuerza de las ideas. Ciertamente, la academia paga mal en México y ello ha obligado a la mayoría de los intelectuales a acomodarse a lo que venga. El problema está en que tales intelectuales no asuman responsablemente los costos de su inserción en los ámbitos políticos y culturales oficiales, es decir, la pérdida inevitable de autonomía y, por consiguiente, de credibilidad y autoridad intelectual.

Los ejemplos al respecto son innumerables, hasta dar lugar a un abanico muy variado de representaciones de los intelectuales en México en el último cuarto del siglo XX, cuyo común denominador es la simulación. En primer lugar están los intelectuales cuyas afinidades electivas los llevó a convertirse en ideólogos del viejo régimen y a coquetear con los poderosos. Sin embargo, al tiempo que obtenían canonjías de todo tipo por los favores prestados a los detentadores del poder político, se esforzaban por mostrarse ante la opinión pública como intelectuales independientes y librepensadores. Este tipo de intelectual, en realidad, representaba dos papeles al mismo tiempo: por una parte era un intelectual servil a los gobernantes en turno y por la otra se presentaba socialmente como un intelectual independiente no contaminado por el poder. ¿Paradoja? No. Cinismo e hipocresía. La premisa de acción de estos intelectuales se alimentaba de un profundo desprecio por la sociedad, pues suponen que sus interlocutores son fácilmente manipulables y se van a tragan sin chistar todo lo que les vendan. Quizá el ejemplo prototípico de este tipo de intelectual lo constituye el poderoso grupo Nexos y en particular el conocido historiador Aguilar Camín, ambos ampliamente reconocidos por sus vínculos con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Hoy el grupo Nexos y el propio Aguilar Camín hacen esfuerzos denodados por sacudirse el estigma de ideólogos de Salinas de Gortari. Quizá lo logren, pero la sociedad no se deja engañar tan fácilmente como ellos suponían. El hecho es que Aguilar Camín constituye uno de los casos más notables de cacicazgo cultural en los años recientes. Como ha señalado Alfredo Echegollen, Aguilar Camín “representa el epítome del intelectual que dejó de serlo, porque pasó no de los libros al renombre, sino de los libros al poder (Zaid dixit), y de ahí a la ignominia”.[18] Además de Aguilar Camín, otros intelectuales muy señalados por apoyar en su momento al gobierno de Luis Echeverría fueron Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes. Algo similar puede decirse de intelectuales como Federico Reyes Heroles y Jesús Silva Herzog-Márquez, convertidos en auténticos aduladores de Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo.

Una segunda representación reciente del intelectual en México es la de aquellos que pasaron de las aulas universitarias o los medios intelectuales a ocupar cargos en la administración pública o a desempeñarse como asesores de funcionarios en distintos niveles, pero sin asumir públicamente los costos de su inserción. Son pocas las excepciones de aquellos intelectuales que al asumir este tipo de responsabilidades decidieron hacer un intervalo prudente en los espacios en los que venían desempeñándose —universidades y medios de comunicación—, para ser consecuentes con sus nuevas responsabilidades y compromisos. Por el contrario, la mayoría de los intelectuales que entran en esta categoría siguen desempeñándose en ambas esferas como si no se tocaran y como si nadie se percatara de su incongruencia. Estos intelectuales no se hacen problemas sobre su ambivalencia electiva, no tienen resentimientos de ningún tipo, son más bien oportunistas y venden su pluma al mejor postor. Algunos de ellos gustan ser llamados eufemísticamente como “consultores”. Por esta razón quizá convenga la expresión “intelectuales que se acomodan a lo que venga” para calificar a este subtipo de intelectuales. No tendría que dar ejemplos de esta representación de intelectual, pues están en todas partes (basta sintonizar la radio para escuchar sus voces impostadas; abrir los periódicos para leer sus artículos vacíos; encender la televisión para toparse con sus debates maquillados y tímidos), sin embargo, para entendernos, ahí van algunos nombres: María Amparo Casar, Jorge Alcocer o Carlos Elizondo Meyer-Serra.

Pero suponer que la pertenencia a las instituciones políticas no condiciona la práctica de los intelectuales parece en el mejor de los casos una ingenuidad. Nadie lo expresó mejor que el maestro Cosío Villegas: “El buen éxito de esta empresa… (la del buen intelectual mexicano), exige mucho más trabajar fuera que dentro del gobierno. De aquí concluiría que lejos de echar desde luego sus cartas, debiera rehusarse a participar en un juego político cuya primera ‘regla de caballeros’ es renunciar a ser intelectual, o sea, pensar por sí mismo, heterodoxamente si es necesario.”[19]

Otra representación del intelectual muy común en los tiempos recientes es la de aquellos que disfrazan o maquillan sus preferencias políticas o vínculos partidistas a conveniencia de las circunstancias. Cuando se presentan como “analistas políticos” nunca hacen explícita su militancia o sus simpatías partidistas, pues saben que hacerlo les restaría objetividad y credibilidad. He conocido a pocos intelectuales militantes que al escribir un artículo o comentar un acontecimiento en algún medio de comunicación hagan explícita sus afinidades políticas. Por el contrario, la mayoría de los intelectuales que entran en esta categoría alternan a su conveniencia su doble vida: la del militante y la del analista político, como si la primera no contaminara a la segunda. ¿Creadores de opinión? No, intelectuales sin escrúpulos y dignidad. Mediocres que no arriesgan nada.

Pero si de intelectuales que no arriesgan nada se trata, la academia ha generado otra categoría de científicos aparentemente neutrales pero que en los hechos le vienen muy bien al sistema político: los intelectuales apolíticos. Quienes en nuestro país mantienen esta perorata comienzan, siguiendo a sus patrones extranjeros, con declaraciones retóricas del tipo: nadie tiene muy claro que es en efecto el sistema democrático. Se eluden así los problemas substanciales por imposibilidad de comprender la razón política moderna. Para estos intelectuales, no cabe posibilidad de legitimación política y, por supuesto, moral. Todo proceso de fundación política es ilegítimo porque está basado, según estos de(s)constructores del vacío, en un “golpe de fuerza”. Lamentablemente, la academia en nuestro país, tan proclive a confundir repetición con creación intelectiva, y algún despistado con complejo de culto por escribir en los suplementos de cultura, seguirán bombardeándonos con estas estupideces.

A este tipo de intelectuales no comprometidos políticamente cabría recordarles una frase de Voltaire: “Es en la práctica donde el hombre debe probar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. La discusión sobre la realidad o irrealidad del pensamiento, aislada de la práctica, es puramente escolástica”.[20]

Mención aparte merecen los intelectuales mediáticos. Aquellos que han llegado a ocupar posiciones de privilegio en los medios como comentaristas, conductores o productores. Al igual que en los demás casos, estos intelectuales se presentan como independientes, pero todo mundo sabe que en México hasta hace poco no había otra manera de escalar posiciones en los medios más que estableciendo compromisos políticos y lealtades con los poderosos o con los dueños de los medios. Obviamente, por esta vía, el pensamiento libre también se vuelve una simulación. Al respecto son conocidos los vínculos entre los intelectuales del grupo Vuelta y Televisa en una época en la que la televisora se declaró abiertamente priista.

He dejado para el final una representación del intelectual mucho más reciente en el tiempo. Se trata de intelectuales que descubrieron que la autonomía intelectual podía ser un recurso muy rentable para su propia promoción personal y hasta política. Se trata de una simulación porque la supuesta “autonomía intelectual” que reivindicaban era en realidad una moneda de cambio para proyectarse políticamente, era un medio para obtener ciertos fines y no un fin en sí mismo. En esta categoría podrían entrar perfectamente algunos ex consejeros electorales del Instituto Federal Electoral (IFE) que después de desempeñarse como ciudadanos “comprometidos” con la democracia, es decir, con imparcialidad, decidieron catapultarse al gobierno en distintos niveles como funcionarios públicos. En consecuencia, descubrimos que su pretendida autonomía sí tenía partido. En esta lógica, debemos aceptar que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tenía razón en su momento cuando criticó la falta de imparcialidad con la que dichos consejeros se desempeñaron. No voy a repetir lo que ya he dicho en varias ocasiones sobre la supuesta independencia de los consejeros electorales del IFE. Baste recordar que todos ellos fueron designados mediante un sistema de cuotas donde cada partido proponía a sus candidatos, lo cual sugiere que cada uno de los consejeros electorales propuestos mantenía alguna relación más o menos directa con alguno de los partidos participantes al grado de haber sido favorecido por él. La relación puede ser de muchos tipos, desde haber sido en algún momento asesores de un partido, haber dirigido o ser miembro de alguna fundación de un partido, haber hecho trabajos para un partido y por ello haber percibido ingresos de un partido, mantener relaciones estrechas con los dirigentes de un partido o simplemente mantener un discurso afín al de un partido, aunque éste se vista con los ropajes de la objetividad y la neutralidad que sólo la academia pueden ofrecer. En cualquiera de estos casos, quedó en entredicho la supuesta independencia de los integrantes del Consejo General del IFE.[21]

Lo más preocupante de este diagnóstico es que muchas veces ni los propios intelectuales mexicanos son conscientes de la simulación que representan. Es como si los usos y las costumbres predominantes se asumieran como naturales, es decir, inevitables, por lo que tales patrones de comportamiento terminan reproduciéndose una y otra vez.

Durante décadas la clase ilustrada del país creció a la sombra del poder. Científicos, periodistas y escritores estuvieron condenados a trabajar bajo la tutela del príncipe so riesgo de ser orillados al anonimato o el ostracismo. El Estado paternalista cubría bajo su manto protector a los creadores intelectuales, quienes por vía de los hechos se convertían en ideólogos del gobernante en turno. Este matrimonio perverso se mantuvo intacto hasta que ambas partes decidieron romper los lazos “afectivos”. La crisis de legitimación del Estado mexicano provocó la ruptura entre los intelectuales y el poder. 1968 fue un año paradigmático al respecto. A partir de entonces, la luna de miel entre políticos e intelectuales derivó en una guerra de baja intensidad que empezó a cobrar sus primeras víctimas. Periódicos y revistas, periodistas e intelectuales fueron testigos de este naufragio. Pero muy pronto, los puentes se volvieron a establecer y, con ellos, numerosos intentos de cooptación y mediatización salieron a la luz pública. Parecía que nuevamente la inteligencia se disputaba la exclusividad de los favores del Político con mayúsculas.

Sin embargo, la espectacularidad de los hechos, la sonoridad de los actores, la profundidad de las heridas y los rencores abiertos, y el escándalo por los favores ofrecidos o recibidos acabaron por desviar la atención sobre el meollo del asunto: ¿cuál debe ser la relación entre los intelectuales y el poder?

Lamentablemente, muy pocos intelectuales en México se han tomado seriamente la independencia respecto del poder y menos aún han estado comprometidos intelectualmente con la creación de espacios políticos abiertos a todos los ciudadanos, espacios sin propietarios específicos, espacios potencialmente de todos y materialmente de nadie. Porque, díganme por favor, ¡cuántos en el actual México podrán decir eso y, sobre todo, demostrar con seriedad, con pruebas y no con “reconstrucciones” ad hoc que estaban contra el PRI!, ¡cuántos intelectuales resistirán la prueba!, ¡cuántos serán los que en el inmediato futuro exhibirán pruebas de autonomía e independencia!

 5. Tres variaciones sobre un mismo tema

 En mi elenco personal de intelectuales mexicanos del siglo XX al menos tres ocupan un lugar destacado como cultivadores explícitos de una cierta concepción del quehacer intelectual con la que me identifico plenamente, más allá de la congruencia o la fidelidad que estos mismos intelectuales pudieron haber tenido en la práctica para con la misma. Me refiero a Cosío Villegas, Paz y Zaid.

Cosío Villegas fue quizá el intelectual más polémico y comentado de su época. Sus obras críticas sobre el régimen posrevolucionario alcanzaron una gran difusión y repercusión en su momento, así como la animadversión de muchos pares intelectuales y personalidades políticas. Fue fundador de importantes instituciones culturales, como el Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica, por lo que colaboró necesariamente con varios gobiernos, pero en sus principales obras dejó constancia de su capacidad crítica como historiador y observador de su presente. Además, Cosío Villegas consideraba que la primera tarea del intelectual que asumía responsabilidades en un gobierno era renunciar a ser intelectual, aunque también sabía que era mucho pedir a sus pares que preferían vivir de la simulación antes que renunciar a los privilegios que supone ser considerado un hombre de letras independiente.

En la mayoría de sus trabajos, como el célebre ensayo “La crisis de México” de 1947,[22] sorprende su tono combativo y por momentos hasta ácido. En unas apretadas páginas, Cosío Villegas discurre filosamente, pero con autoridad, sobre la enfermedad del país en esos aciagos años de extravíos revolucionarios y promesas modernizadoras.

Lo primero que llama la atención de este ensayo y de muchas otras obras de Cosío Villegas es su crudeza y valentía.[23] Tal pareciera que su autor estaba empeñado en no dejar piedra sobre piedra, no importando las consecuencias adversas que su crítica incisiva al régimen pudieran acarrearle en lo personal. En realidad, ningún intelectual mexicano ha sido más congruente que Cosío Villegas en el ejercicio de la crítica independiente. ¡Cuán distante del ejemplo de este hombre están, salvo muy contadas excepciones, los intelectuales mexicanos de hoy! Son éstos los mismos que apuntalaron hasta el final al régimen priista, aún después de que los ciudadanos ya habíamos decidido rescindirlo por la vía de las urnas.

La segunda cuestión que llama la atención del trabajo de Cosío Villegas es lo acertado de su crítica. Hoy es fácil decirlo, porque la distancia transcurrida desde entonces nos permite darle la razón, pero en aquel momento alentó muchas discusiones y cuestionamientos por parte de sus contemporáneos. ¿En qué acertó Cosío Villegas? En que el régimen posrevolucionario, en la práctica, había abandonado sin remedio, ya sea por ineptitud, por insensibilidad o por irresponsabilidad, los principios ideológicos que le daban sustento y legitimidad de origen. En su lugar, las prácticas políticas se contaminaron de pragmatismo y corrupción, al grado de que se perdió por completo la brújula. En esas circunstancias, las metas de la Revolución Mexicana terminaron agotándose y el régimen posrevolucionario entró en una crisis política y moral, de credibilidad y de identidad, que se antojaba desde entonces muy difícil de revertir.

Y justo en este momento, una vez que Cosío Villegas ha bocetado magistralmente las características de la crisis del México de su tiempo, alista la espada para lo que viene, o sea, para la política: “[…] el país está en una crisis política y moral de grave trascendencia, y si no se la reconoce y admite, y si no se hace el mejor de los esfuerzos, para remediarla, México caminará a la deriva, perdiendo un tiempo que un país tan retrasado en su evolución no puede perder, o se hundirá para no rehacerse quizás con una personalidad propia.”[24]

He aquí al escritor que sabe perfectamente que el único compromiso posible de los intelectuales libres es con la verdad pública, que se asume como un individuo político; que hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento sino la simple palabra escrita o hablada.

Pero Cosío Villegas era también conciente de las dificultades de superar la crisis, aunque no por ello había que cruzarse de brazos. Por el contrario, desde el momento mismo en que se ocupa de estos temas está incidiendo ya, o intentando incidir, en el curso de los acontecimientos: “Quizá no valga la pena especular sobre milagros, pero, si no se reafirman los principios, sino que simplemente se los escamotea; si no se depuran los hombres, sino que simplemente se les adorna con vestidos o títulos, entonces no habrá en México autorregeneración, y, en consecuencia, la regeneración vendrá de fuera y el país perdería mucho de su existencia nacional y a un plazo no muy largo.”[25]

En suma, Cosío Villegas nos ofrece varias claves de lectura tan vigentes entonces como ahora; a saber: a) los ordenamientos políticos mantienen un vínculo estrecho y permanente con los principios e ideales que le dieron origen o le dan sustento, por lo que desentenderse de ellos siempre tiene un costo en términos de legitimidad e identidad y, en casos extremos, puede conducir a su virtual colapso o sustitución por un ordenamiento distinto; b) por más sólidos que sean los principios articuladores de un régimen político, el poder siempre está en vilo, pues también depende de los valores y las expectativas que se definen y redefinen permanentemente en la sociedad; y c) la congruencia entre el discurso del poder y el ejercicio del poder es más importante de lo que suele creerse, por lo que subestimarla siempre tiene costos políticos.

Por lo que se refiere a Paz, el más universal de nuestros intelectuales, el tema de la relación entre inteligencia y poder fue constantemente considerado en su obra ensayística.[26] Defender el valor de la crítica y la independencia fue casi una obsesión en Paz. Vale recordar al respecto su renuncia a la embajada de la India luego de los penosos acontecimientos ocurridos el 2 de octubre de 1968 en la plaza de Tlatelolco; su dimisión del periódico Excélsior después del golpe de mano dado a Julio Scherer y su equipo por el entonces presidente Echeverría; la fundación de la revista Vuelta en 1976.

Para Paz, la política no puede quedar en manos de tiranos o demagogos. Los primeros conducen a gulags, los segundos a “ogros filantrópicos”. La polis, recuerda el Nobel de Literatura, es obra de ciudadanos libres e ilustrados, de individuos antes que masas. Por eso, su simpatía hacia la doctrina liberal y democrática, y su sospecha hacia cualquier discurso organicista que en nombre del paraíso sólo ofrecía el infierno terrenal. Paz asumió en algún momento la crítica del PRI y de su Estado; del dogmatismo e intolerancia de cierta izquierda, y del conservadurismo de la derecha. Sus críticas no siempre fueron bien recibidas. Incluso en momentos fueron abiertamente condenadas. Pero más allá de lo anecdótico, su filo agudo y polémico queda como un valuarte intelectual de nuestro tiempo, como una lectura redonda y dialógica de los actores y los sucesos del siglo pasado.

Sin embargo, Paz se convirtió en el cacique cultural más influyente de la segunda mitad del siglo XX, lo cual supone haberse acogido al poder para obtener de él protección y todo tipo de canonjías. Paz lo sabía y se resignó sin sobresaltos a mantener una relación necesaria y muy conveniente con los poderosos, quizá más para poder trabajar con libertad que por otra cosa. Sin embargo, si alguien fue fiel a sus pasiones y convicciones ese fue precisamente Paz.

Pero si de congruencia intelectual se trata hay que voltear a mirar a Zaid, el más agudo de los críticos culturales en el país. Para él lo que cuenta no es el autor sino lo que escribe, no es el escritor sino sus libros. Todavía más, lo verdaderamente importante es la lectura, es decir, el lector. Cada lector se imagina a su modo a los autores que lee, y en el caso de Zaid incluso más, pues muy pocos lo conocen físicamente. Zaid eligió ocultar su imagen para que hablara su obra, pero el poeta nunca renunció a la Ciudad, es decir, al espacio público, al debate de las ideas, al diálogo permanente con sus habitantes y sus fantasmas.[27]

Nadie como Zaid ha desnudado con su crítica cultural las mediocridades y falsedades de las instituciones oficiales y no oficiales encargadas de promover y preservar la cultura. Nadie como él ha criticado con ironía y autoridad las ambiciones trepadoras de la clase intelectual en su carrera desenfrenada por la fama y el poder. Pero al denunciar las contradicciones del poder de los libros, Zaid lo hizo desde la congruencia, es decir, desde el lugar de los de “afuera”, desde la zona pública de la sociedad, desde la opinión pública independiente, en últimas, desde la Ciudad. Y aquí lo que cuenta es la conversación inteligente y amena, el diálogo de unos lectores con otros, la vida pública que pasa por la imprenta, no la parafernalia de la academia o la universidad, de los intelectuales mercenarios y arrogantes, con sus circunloquios y ceremonias, sus vanidades y banalidades, sus torres de marfil y de Babel.

Zaid es también la contrafigura vital de una resistencia, la del poeta que desobedece el mandato del sabio, se niega a abandonar la ciudad y promueve en ella el nacimiento de una práctica (la poesía) que no está privada del elemento imaginario y una suerte de teoría que no exige el poder como derecho suyo ni rehuye la realidad. Entre el vivir y el pensar, Zaid deja sabiamente la puerta abierta.

Las lecciones que Zaid nos ha brindado a quienes creemos en la congruencia intelectual son invaluables. Nos ha enseñado a defender rabiosamente la independencia intelectual, a rechazar los dogmas, a creer firmemente en la verdad pública tejida entre todos, a reivindicar el ensayo como medio para conectar con nuestra tradición humanista y nuestro presente, con el orgullo de pensar y escribir en español, a salir de la academia para entrar a la calle, a la plaza pública, el lugar de la política, la verdadera política, la política de los deseos y los sueños, de los imaginarios colectivos y las realidades cotidianas que se transparentan mediante la palabra escrita o hablada.

Zaid encuentra su verdadero rostro al ser reconocido como inspirador cultural de varias generaciones de hombres y mujeres de letras, periodistas, académicos, investigadores, polemistas, etcétera, y precisamente por esta virtud, Zaid es en la actualidad el pensador crítico más importante y original en México.

6. Una reflexión final

De acuerdo con lo planteado hasta aquí, salvo contadas excepciones, la codicia ha sido la constante de nuestra intelectualidad, pero a la hora de justificar sus proximidades con el poder, sus contubernios para obtener beneficios del Príncipe, sus discursos deslavados para apoyar a tal o cual político o sus silencios cómplices ante los atropellos de un régimen autoritario como el que padecimos durante décadas, todos ellos estilan ironía y un profundo desprecio por sus denostadores. Siempre encuentran las palabras justas para adornar sus acciones y con extrema habilidad escapan a las críticas o las emplean en su beneficio. Los ejemplos son tantos y tan terroríficos que harían palidecer a cualquiera, pero no a los intelectuales mexicanos, artífices del disfraz, maestros del engaño, cínicos sin escrúpulos, mercenarios de la pluma. Obviamente, optar por criticar y desafiar a los mandarines de la cultura en nuestro país conduce al aislamiento y el ostracismo, un precio que hemos debido pagar todos los que nos negamos a seguir las reglas no escritas del medio intelectual, su lambisconería y zalamería, su hipocresía y falsedad; un derrotero complicado para todos los que preferimos darle algún valor al principio de la independencia intelectual antes que prostituir la pluma y la conciencia.

Ahí quedan los devaneos de Fuentes con el presidente Echeverría, las contradicciones de Paz, las mentiras de Aguilar Camín y el grupo Nexos, el cinismo de Jaime Sabines, Ricardo Garibay y Agustín Yánez, las “buenas intenciones” de Conaculta, las transas de los concursos literarios, los plagios de la Poniatowska, los guiños de Monsiváis a los poderosos y un interminable etcétera de corruptelas y ambiciones. Por fortuna, aunque se podrían contar con los dedos de una sola mano, algunos intelectuales han optado por la congruencia. Este es el caso de Zaid, siempre Zaid, hoy por hoy el único intelectual merecedor de ese calificativo, como en su momento lo fue Cosío Villegas. Pero el cuadro general de la inteligencia mexicana resulta muy poco estimulante. No está demás denunciar y exigir que se limpie la cochambre y la podredumbre del medio intelectual y de las instituciones culturales del país, pues con lo que hay —mentiras y simulaciones, conveniencias y favoritismos, compadrazgos y padrinazgos, feudos y codicias— no puede haber un debate serio y responsable de las ideas, una interlocución madura entre los intelectuales, un compromiso real con la verdad pública.

Durante el siglo XX, México ha exhibido una suerte de dualidad entre el mundo de los políticos y el mundo de las ideas. En el primero, los políticos detentan el poder terrenal de manera discrecional y casi siempre a espaldas de la sociedad civil, mientras que en el segundo, el poder de los intelectuales no radica en un ámbito terrenal sino en cuestiones más bien cercanas al espíritu, esto es, en la identificación de sus miembros con la Razón, la inteligencia, la verdad, etcétera. Ambos universos conocen y asumen la existencia del otro tomando sus respectivas distancias, creando fronteras para evitar que individuos no pertenecientes a su identidad soberana asuman posiciones de poder y, sobre todo, desdeñando de una u otra forma a aquellos que se identifican única y plenamente con el otro. Pero aquí hay una suerte de paradoja que no justifica pero sí explica esta compleja relación: sólo deslindándose tajantemente del poder, y más de un poder autoritario como el que caracterizó a nuestro país, los escritores podían adquirir la legitimidad y la credibilidad hacia su trabajo intelectual, y al mismo tiempo sólo acercándose al poder podían obtener los beneficios económicos y de promoción que requerían para proseguir su tarea. De ahí que la mayoría de los escritores en México optó por aproximarse al Príncipe, convirtiéndose en sus ideólogos o simplemente apoyándolo en situaciones límite, al tiempo que se presentaban en público como pensadores independientes y no contaminados por las garras del poder político. La consecuencia fue un juego de simulaciones y de cooptación silenciosa, mutuamente conveniente para los miembros de ambos mundos, pero que a la larga infectó a los escritores de cinismo e hipocresía, vanidad y codicia.

Sin embargo, los escritores siempre fueron confrontados por otros escritores que cuestionaban la moralidad y la autoridad de quienes se dejaban seducir por el canto de las sirenas del poder. De ahí que nuestra intelectualidad haya producido periódicamente un sinnúmeros de artículos y debates públicos sobre el papel de los intelectuales y sobre la independencia intelectual, para justificar sus devaneos o para deslindarse de cualquier sospecha en su contra por más que fueran consabidos sus favores al Príncipe. Ahí quedan, para citar algunos ejemplos recientes, las posiciones contradictorias que generó entre los escritores el alzamiento armado del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas el primer minuto de 1994, y sobre todo la aparición en la escena pública de un guerrillero escritor, con pipa y rifle, que sedujo a muchos, pero que propició ácidas críticas por parte de la mayoría de los escritores. Y que decir de los juegos de poder del sexenio de Salinas, cuya necesidad de apoyos y legitimidad lo llevó a coquetear con los intelectuales de moda, a lo que estos respondieron con agrado y servilismo. Son los años en que los dos grupos intelectuales más visibles del país, Nexos y Vuelta, se sentían lo suficientemente fuertes y maduros como para disputarse entre sí la hegemonía del proyecto cultural del país. De ahí que Salinas supo jugar con ambos a cambio de privilegios y beneficios, mientras que éstos entraron en una disputa llena de engaños y mentiras, escenificando una de las experiencias más deplorables del mundo de las letras, de la cual salieron totalmente raspados en su credibilidad escritores como Aguilar Camín y Enrique Krauze. Algo similar puede decirse, por último, de las opiniones de los escritores con motivo de la alternancia del 2000 y su significado para la transición democrática. Aquí salen a relucir los subterfugios y las contradicciones de un discurso aparentemente partidario de la democratización por parte de quienes apuntalaron al régimen autoritario durante décadas, por lo que fueron más bien cómplices del régimen autoritario y responsables indirectos de que la democratización haya tardado tanto tiempo en prosperar.[28]

Concluyo con una nota optimista. El hecho de que el tema de los intelectuales y sus relaciones con el poder en México esté siendo analizado cada vez más de manera crítica y valiente por múltiples estudiosos sobre todo jóvenes,[29] sugiere que algo está cambiando, que los feudos construidos por los mandarines de la cultura de antaño comienzan a desplomarse, y que muy pronto entenderemos por fin que el único valor del pensamiento radica en su independencia sin simulaciones y su compromiso con la verdad. Sólo desde este mirador resulta creíble la crítica al poder de los gobernantes.

Criticar el discurso o la acción de la clase gobernante no significa, en principio, estar apoyando a otro grupo político y menos aún pertenecer o estar a merced de las consignas de otra camarilla. Criticar dialógicamente y controlar el poder de los gobernantes no es sino otra forma, aunque fundamental para un demócrata, de hacer política democrática, o sea, de contribuir a formar y conformar un “imaginario social”, un espíritu público, sin el cual la vida de los hombres quedaría reducida a la lucha animal por la mera sobrevivencia. Algo similar puede decirse de la crítica y la confrontación de ideas entre pares y colegas. El disenso, cuando está bien fundamentado, hace prosperar el conocimiento.


[1] Una búsqueda similar puede encontrarse en: E. Said, Representaciones del intelectual, Madrid, Paidós, 1996.

[2] El famoso “J’áccuse” de Zola puede leerse en: Yo acuso, Madrid, El Viejo Topo, 1998.

[3] J. Benda La trahison des clercs, París, Grasset, 1927.

[4] A. Gramsci, Gli intellectuali e l’organizzatione della cultura, Turín, Einaudi, 1949.

[5] R. Aron, L’opium des intellectuels, París, Calmann-Lévy, 1955.

[6] J. F. Lyotard, “Tombeau de l’intellectuel”, Le Monde, París, 8 de octubre de 1983.

[7] M. Foucault, Power/Knowledge. Selected Interviews and Other Writtings, 1972-1977, Hemet Hempstead, Harcester Press, 1981.

[8] P. Nora, “Que peuvent les intellectuels?”, Le Débat, París, núm. 1, mayo de 1980.

[9] P. Bourdieu, Homo academicus, París, Minuit, 1984.

[10] A. W. Gouldner, The Future of Intellectuals and the Rise of the New Class, Londres, The Macmillan Press, 1979.

[11] R. Jacoby, The Last Intellectuals: American Culture in the Age of Academe, Nueva York, Basic Books, 1987.

[12] R. Posner, Public Intellectuals. A Study of Decline, Harvard, Harvard University Press, 2003.

[13] P. Johnson, Intelectualls, Nueva Cork, Haspers and Row, 1988.

[14] G. Zaid, “Intelectuales”, Vuelta, México, núm. 168, noviembre de 1990, pp. 21-23.

[15] Muchos intelectuales en distintas épocas y contextos han defendido teóricamente este tipo de posiciones. Véase, por ejemplo, C. Wrigtt Mills, Power, Politics, and People, Nueva York, Ballantine, 1963; I. Berlin, Russian Thinkers, Londres, Penguin, 1980; N. Bobbio, Politica e cultura, Turín, Einaudi, 1955.

[16] Entre otros estudios, recomendamos los siguientes: J. A. Aguilar Rivera, La sombra de Ulises: ensayos sobre intelectuales mexicanos y norteamericanos, México, cide/M. A. Porrúa, 1998; R. Bartra, La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición postmexicana, México, Océano, 1999; R. Bartra, Oficio mexicano, México, Grijalbo, 1993; R. A. Camp, Los intelectuales y el Estado en el México del siglo xx, México, fce, 1995; P. Jiménez Trejo y A. Toledo, Creación y poder: Nueve retratos de intelectuales, México, Joaquín Mortiz, 1994; E. Krauze, Caudillos culturales en la Revolución Mexicana, México, Siglo xxi, 1976; X. Rodríguez Ledesma, Escritores y poder en México. La dualidad republicana, 1968-1994, México, upn, 2002; M. Tenorio-Trillo, De cómo ignorar, México, cide/fce, 2000; A. Villegas, Autognosis: el pensamiento mexicano en el siglo XX, México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1985; G. Zaid, De los libros al poder, México, Océano, 1998.

[17] El concepto de “mandarín” fue utilizado originalmente por Max Weber en sus estudios sobre la clase intelectual de los grandes funcionarios civiles o militares en el imperio chino. Su equivalente más cercano a nuestra idiosincrasia mexicana sería el de “cacique cultural”.

[18] A. Echegollen, “Las cuitas de Ícaro”, Bucareli 8, México, 12 de febrero de 2006, pp. 12-13.

[19] D. Cosío Villegas, Imprenta y vida pública, México, FCE, 1985.

[20] Voltaire, Opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Alfaguara, 1978, p. 99.

[21] Véase por ejemplo, el capítulo 9 del presente volumen: “Claroscuros de una reforma”.

[22] D. Cossío Villegas, “La crisis de México”, Cuadernos Americanos, México, núm. 32, marzo-abril de 1947, pp. 29-51.

[23] Véase, por ejemplo, D. Cosío Villegas, El estilo personal de gobernar, México, J. Mortiz, 1974; D. Cosío Villegas, El sistema político mexicano. Las posibilidades de cambio, México, J. Mortiz, 1972; D. Cosío Villegas, Memorias, México, J. Mortiz, 1976.

[24] D. Cosío Villegas, “La crisis…”, cit., p. 47.

[25] Idem.

[26] Véase, por ejemplo, O. Paz, El laberinto de la soledad, México, FCE, 1984; O. Paz, El ogro filantrópico. Historia y política, 1971-1978, México, Joaquín Mortiz, 1979; O. Paz, Posdata, México, Siglo XXI, 1983; O. Paz, Tiempo nublado, México, Seix Barral, 1983.

[27] Véase, por ejemplo, G. Zaid, De los libros al poder, México, Grijalbo, 1988.

[28] Véase el capítulo 2 de este volumen: “El evangelio de la transición”.

[29] Véase, por ejemplo, J. A. Aguilar Rivera, La sombra de…, cit.; X. Rodríguez Ledesma, El poder frente a las letras. Vicisitudes republicanas (1994-2001), México, UPN, 2003; J. Ibarguengoitia, Ideas en venta, México, Joaquín Mortiz, 1997; V. Roura, Codicia e intelectualidad, México, Lectorum, 2004; E. Serna, Las caricaturas me hacen llorar, México, Joaquín Mortiz, 1996; M. Tenorio-Trillo, De cómo ignorar, México, cide/fce, 2000. J. Volpi, “El fin de la conjura”, Letras Libres, vol. 2, núm. 22, octubre de 2000, pp. 56-60; C. Cansino, “La crítica del poder o el poder de la crítica”, Bucareli 8, México, 12 de febrero de 2001, pp. 8-11.

I
Esto de la independencia intelectual ha terminado por ser en México motivo de mofa y burla entre los intelectuales y los académicos, algo tan escasamente apreciado o cultivado por los creadores intelectuales que parece una broma, un asunto de ilusos o trasnochados y que como tal ha dejado de tener cualquier importancia o valor en la actualidad, suponiendo que algún día lo tuvo. La corriente dominante al respecto es tan abrumadora que a veces me pregunto si no vivo en el error al seguir defendiendo rabiosamente mi independencia intelectual, a sabiendas de que mi intransigencia con ello me cierra permanentemente muchas posibilidades económicas y me aleja de todo tipo de prebendas y mecenas. Hoy en día, lo más cómodo y rentable para quienes trabajamos con las ideas, o sea escribimos libros, impartimos conferencias, damos clases y publicamos artículos y ensayos en publicaciones especializadas o de divulgación, es ofertar nuestros “servicios profesionales” al mejor postor, sea un partido político, un candidato, una dependencia pública, un organismo electoral, un congreso, un funcionario, un diputado, un gobierno, una paraestatal, etcétera. A estas alturas, nadie se cuestiona si con ello se pierde credibilidad como intelectual, pues todo el mundo lo hace. Más aún, en un medio profesional tan acostumbrado a emplearse con los poderosos —ya sea como asesores, consultores, promotores, ideólogos o mercadólogos—, reivindicar la independencia intelectual de cualquier tipo de contacto con el poder, por considerar que es un principio ético inherente al trabajo intelectual, resulta una tarea inútil y hasta frívola. Así, por ejemplo, pretender explicar a mis colegas que el único compromiso plausible de los intelectuales es con las ideas, para lo cual se requiere plena independencia del poder, ha terminado por ser una necedad, pues por lo general ninguno se hace problemas con ello, simplemente se acomodan a lo que pueden, convencidos de que su contacto con el poder (o de plano el convertirse en intelectuales orgánicos) no les resta credibilidad, no los inhibe o compromete a la hora de opinar, ni les resta méritos, cosa que sólo puede creerse desde el autoengaño y la mutua complacencia, o sea donde todos actúan igual y nadie cuestiona ni crítica a nadie.

Quizá en el viejo régimen priista existía entre los intelectuales algún tipo de resquemor o prurito al respecto por cuanto su cercanía con el Príncipe los volvía cómplices voluntarios o involuntarios de un régimen autoritario, motivo por el cual, los más cautelosos, trataban de ocultar en público lo que hacían en privado para el poder, en un juego de simulaciones que tarde o temprano terminaba por descubrirse. Pero ahora que vivimos en democracia, ese tipo de sutilezas simplemente ha desaparecido. Es como si la democracia purificara a los intelectuales y hasta los alentara a relacionarse con el partido o el político de su preferencia, pues colaborar con el poder ya no tiene la carga negativa que tuvo en la era autoritaria. Obviamente, en esas circunstancias, ya nada hay de valor en la independencia intelectual. Lo que hoy se admira y envidia, aunque no se reconozca abiertamente, es más bien la capacidad de los intelectuales para colocarse con los poderosos y obtener de ellos todo tipo de apoyos, o sea entre más un intelectual es capaz de conseguir del poder más hábil y respetado es por sus pares, sin importar que sus ideas están ahora determinadas o condicionadas por su jefe o patrón de turno. Podría hacerse una analogía con el machismo, entre más mujeres conquista un hombre, más respetado y envidiado es por sus amigos, sin importar que el macho engañe a su esposa y a todas las demás mujeres con las que anda. De ahí que insistir con Gabriel Zaid que los intelectuales también hacen política, pero apartidista, alejada del poder, con la fuerza de las ideas y la crítica, sin más compromiso que con la verdad, resulta en la actualidad una ociosidad, una ocurrencia ridícula.

Sobre el reconocimiento social que ha adquirido entre los intelectuales el emplearse como asesores o consultores o ideólogos, permítaseme narrar una experiencia personal. No hace mucho rechacé un salario bastante considerable para asesorar a un magistrado del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF). Cuando se enteraron mis amigos que había resistido la oferta fiel a mis principios de independencia intelectual, de “pendejo” no me bajaron. Luego me enteré, por boca del mismo magistrado, que en el TEPJF trabajaban como asesores prácticamente todos los intelectuales más conocidos del país (no viene al caso nombrarlos, pero son precisamente los que los lectores más perspicaces tienen en mente), y entendí porque nadie había criticado o cuestionado seriamente hasta ahora la labor de esta institución, presa de múltiples inconsistencias, desatinos y excesos, empezando por el millonario salario que perciben los magistrados, sólo comparable a lo que gana un Cristiano Ronaldo o un Kaká. Y esto de las asesorías se repite en todas las dependencias gubernamentales. Hay intelectuales o académicos que asesoran a diez o más instituciones simultáneamente, con lo que sus ingresos personales también se acercan a los de aquellos futbolistas. Obviamente, con tales percepciones la independencia intelectual resulta algo irrisorio.

II
Cuando una nueva manera de pensar o actuar se vuelve común o rutinaria, incluso las palabras otrora referenciales se vacían de los significados que alguna vez tuvieron, se convierten en cascarones huecos que cada quien llena a su conveniencia. Tal es el caso de la expresión “independencia intelectual”, que ha terminado por ser todo y nada al mismo tiempo, al grado de que con frecuencia se emplea para justificar precisamente lo contrario que la acepción original postulaba, algo así como una carta de presentación de la que se ufanan algunos intelectuales para ¡emplearse con algún partido o dependencia pública! o una condición pasajera que hay que sobrellevar con dignidad en las épocas de vacas flacas, o sea cuando no se tiene ningún contrato o chamba con algún político o funcionario. Por ello, conviene hacer algunas precisiones necesarias a la luz de las nuevas connotaciones que la expresión suscita en la actualidad.

1. La independencia intelectual no es una cuestión de grado: no se puede ser poco independiente o ligeramente independiente o muy independiente, simplemente se es independiente o no se es, igual que no se puede estar poco embarazada o ligeramente embarazada o muy embarazada. La independencia intelectual es más bien una condición según la cual los intelectuales no venden bajo ninguna circunstancia su trabajo ni sus ideas a ningún político, funcionario, partido o dependencia pública, ni como asesores o ideólogos o consultores o mercadólogos. Para el efecto, no cabe argumentar que apoyar a un candidato en su campaña compromete menos la independencia intelectual que asesorar a un político en funciones. Ambas son actividades que condicionan las opiniones públicas del intelectual. Tampoco cabe sostener que una consultoría poco remunerada es menos comprometedora que una muy bien pagada, pues la independencia intelectual no es una cuestión de tarifas sino de principios. Quien se toma en serio su trabajo como intelectual, o sea quien no le pone precio a sus ideas ni traiciona su libre albedrio para expresarlas, resistirá siempre el canto de las sirenas de los poderosos. Por lo demás, es sabido que el que paga exige, comenzando por la lealtad o el apoyo de sus empleados, o sea que les solicita una suerte de complicidad no declarada que mata la independencia del intelectual. Por desgracia, muchos intelectuales o académicos ocultan denodadamente sus múltiples asesorías para partidos y políticos, y actúan como si ello no vulnerara sus posiciones públicas ni su congruencia, pero cuando uno escucha o lee sus opiniones deslavadas y timoratas se percata inmediatamente que su pluma tiene mordaza, que aplican la edulcoración para no generar suspicacias en sus patrones o poner en riesgo sus chambas. Quizá por eso es tan difícil encontrar en los medios en general y en la prensa escrita en particular críticas agudas y audaces por parte de los intelectuales, críticas y posicionamientos que por lo demás coincidan de manera natural con lo que la gente común y corriente observa y piensa todos los días respecto de sus autoridades y gobernantes. Si antes, en el viejo régimen, los intelectuales eran por esta vía cómplices del autoritarismo, ahora, en la nueva democracia, son cómplices de la mediocridad, la voracidad y el cinismo de la casta política. Los políticos profesionales, por su parte, saben muy bien que es mejor tener de su lado a los intelectuales que tenerlos en contra, y éstos difícilmente rechazarán —para parafrasear a Álvaro Obregón— un “cañonazo” de muchos miles de pesos. Quienes así procedan podrán insistir que son intelectuales, pero no que son independientes, si acaso —para utilizar la conocida expresión de Antonio Gramsci— “intelectuales orgánicos”.

2. la independencia intelectual no es algo circunstancial o temporal: no se puede decir que antes fui independiente y ahora ya no lo soy, pero mañana lo volveré a ser. El intelectual que alguna vez vendió sus ideas y se autocensuró por ello no tendrá reparo en volverlo a hacer, pero aún en el caso de que un buen día decidiera nunca más emplearse por un político o un partido, difícilmente podrá sacudirse el estigma de haber sido leal o servil en algún momento a algún poderoso. Ciertamente, en el viejo régimen, permanecer independiente era una opción poco rentable para los intelectuales, pues el sistema se encargaba de marginar y aislar a quienes se resistían a ser cooptados, pero en el nuevo régimen democrático la servidumbre de los intelectuales a los poderosos es voluntaria y hasta socialmente aceptada, pero aún así suponer que colaborar con un gobernante o un funcionario no compromete la independencia de los intelectuales es una falacia. Por eso, acomodarse al mejor postor y manejar las lealtades políticas a conveniencia de los intelectuales no puede hacerse como quien se cambia de calcetines, sino que algo siempre permanece en ellos de sus veleidades y debilidades del pasado, así sea el recuerdo de sus pares. Para quienes, en casos extremos, se desempeñaron un tiempo como políticos profesionales, líderes de partido o funcionarios, y después decidieron dedicarse a la academia y cultivar las ideas, sus vínculos políticos del pasado siempre los acompañarán por más que pretendan desenfadarse de ellos para ostentarse como librepensadores. Lo más sano para ellos es asumir públicamente los costos de su inserción orgánica en el poder antes que tejer todo tipo de justificaciones sobre su supuesta nueva condición de independencia intelectual, sobre todo si en el pasado militaron activamente en un partido. Como quiera que sea, nunca podrán remover los escombros del pasado y será inevitable leer sus libros y ensayos en función de lo que defendieron en su momento como políticos profesionales o líderes partidistas. Por el contrario, si el camino es inverso, o sea de la academia al poder, los intelectuales deberán asumir también el costo de su inserción, o sea —como decía Daniel Cosío Villegas— renunciar a ser intelectuales. Aquí entran todo tipo de cargos públicos, desde dependencias gubernamentales hasta el servicio exterior de carrera, pasando por paraestatales como el Instituto Federal Electoral o el Instituto Federal de Acceso a la Información o el Poder Legislativo. Huelga decir que los intelectuales y académicos que se emplean en este tipo de instituciones, ya sea como agregados culturales, consejeros electorales, consejeros ciudadanos, etcétera, lo hacen más por sus vínculos y buenas relaciones con algún partido o político que por sus méritos profesionales, o sea mediante designaciones disfrazadas de transparencia y equidad. Sirvan estas consideraciones como enseñanza para los jóvenes que inician sus carreras en la academia y/o el mundo cultural. A la larga todo abona a su credibilidad y prestigio si es que realmente aspiran a proyectarse como intelectuales genuinos; todo desliz o devaneo con el poder los perseguirá a lo largo de su trayectoria.

3. La independencia intelectual no supone para los intelectuales renunciar a hacer política pero sí a vender su pluma y sus ideas a los políticos profesionales. Desde la independencia, un intelectual puede opinar sobre todo lo que le preocupa sin más límite que su conciencia y sus convicciones; puede incluso hacer públicas sus afinidades ideológicas o partidistas, pero cuando cobra por asesorar a políticos profesionales o para apoyar a un partido o un candidato a algún cargo de representación popular o busca deliberadamente un beneficio personal con ello, sus ideas no sólo pierden autonomía sino también credibilidad, de algún modo se vuelve él mismo un político profesional pues vive de la política. Lejos de ello, las armas de los intelectuales independientes son la crítica, la denuncia y la razón, sin más compromiso que con la verdad; es una forma de hacer política en la medida que, por ejemplo, busca influir en la opinión pública y propiciar un debate que desafíe a los poderosos cuando éstos se extralimitan en sus funciones, abusan de sus cargos o actúan a espaldas de la ciudadanía o por encima de la ley. Ahora bien, no todo contacto o relación con el poder vuelve a los intelectuales en comparsas. No es lo mismo, por ejemplo, cobrar por dar una asesoría o una consultoría, que es una forma eufemística para decir que un intelectual vende sus opiniones a un funcionario o un político a cambio de ciertas lealtades, que hacerlo por dar una conferencia contratada por alguna dependencia pública o un partido. En el primer caso se establece un vínculo profesional que en mayor o menor medida condiciona las opiniones públicas del intelectual si es que pretende mantener la chamba, en el segundo se le contrata ocasionalmente para opinar libremente sobre un tema sin ningún tipo de recomendación o reconvención por parte del contratante. Si acaso, cuando las ideas del conferencista no caen bien o resultan incomodas para los anfitriones, lo más seguro es que éstos no volverán a invitarlo.

4. La independencia intelectual no se pierde en automático por trabajar en algunos sectores del Estado o en algunos medios ideológicamente cercanos a un partido o a una autoridad. Hay quien sostiene, por ejemplo, que desde el momento que un creador intelectual se contrata como profesor por una universidad pública, o sea del Estado, pierde autonomía intelectual, o si trabaja para un medio de comunicación que recibe patrocinios gubernamentales, también la pierde. A lo que hay que aclarar que no es lo mismo contratarse por el Estado que hacerlo por un gobierno o una empresa privada. En el primer caso, las universidades públicas ciertamente reciben subsidios del Estado, pues es una obligación de éste canalizar recursos para la educación y la investigación sin más interés que cumplir con sus responsabilidades constitucionales en materia social. La educación en sí misma no es botín de intereses políticos o partidistas, amén de que las universidades públicas gozan de plena autonomía para desarrollar sus actividades. De ahí que trabajar en ellas no tiene nada que ver con la independencia intelectual de sus cuadros académicos. Algo muy distinto que contratarse por el gobierno en cualquiera de sus niveles o poderes, pues aquí sí los intelectuales mantienen un vínculo profesional con autoridades y funcionarios emanados de una fuerza partidista con una orientación ideológica y/o intereses políticos más o menos definidos en sus contenidos. Pero si trabajar en una universidad pública no incide directamente en la independencia intelectual, tomar partido o participar de un grupo de poder dentro de la misma, como los muchos grupos mafiosos y caciquiles que subsisten en el seno de la gran mayoría de ellas, sí vulnera la independencia intelectual pues condiciona las posiciones públicas de los intelectuales en los asuntos internos de la universidad. En cuanto a trabajar en los medios de comunicación, cualquiera sabe que siguen siendo presa fácil de todo tipo de condicionamientos políticos por cuanto la gran mayoría de ellos depende prácticamente de los patrocinios oficiales para sobrevivir. Y sin embargo, existen algunos medios, muy pocos por cierto, que están plenamente comprometidos con la libertad de expresión. De ahí que un intelectual que aprecia su independencia puede colaborar en ellos siempre y cuando sus opiniones no sean censuradas o tergiversadas por sus directivos, cuyo principal objetivo es conservar el presupuesto oficial. Por lo demás, trabajar en un medio de comunicación coloca a los intelectuales en posición franca para ser sobornados, o sea “contactados” para decir ciertas cosas que convienen a los políticos profesionales. Huelga decir que en estos casos, “chayote” mata no sólo la independencia intelectual, sino al propio intelectual, aunque muchos intelectuales mediáticos se las ingenian para allegarse este tipo de “prestaciones” sin fallecer en el intento.

5. La independencia intelectual no es un medio para obtener ciertos fines sino una cuestión de principios. Suponer que mantenerse al margen del poder es una práctica rentable es un error. Si la academia paga mal, la independencia paga peor. De ahí que la inmensa mayoría de los intelectuales termina acomodándose donde puede sin importar que con ello se conviertan en mercenarios al servicio de un político o un gobierno. Y sin embargo, pésele a quien le pese, lo único que confiere credibilidad a un intelectual es mantenerse al margen del poder. Por esta vía, quizá no se tanga acceso a los reflectores y a los grandes negocios, pero es la única manera de ser congruente con una actividad noble, pero que sus propios cultivadores han terminado por desprestigiar y prostituir. Por ellos, precisamente, ser intelectual ha dejado de tener una estimación social; para los demás, ser intelectual es sinónimo de ser un oportunista o un mercenario, un trepador que se vende al mejor postor, un cómplice del cinismo y la mediocridad de la casta política a la que le sirve con lealtad. Y sin embargo, dejar en claro las cosas no lleva a ningún lado. Lo que yo pueda decir sobre la independencia intelectual no cambiará nada, a no ser que mis colegas me consideren un bicho raro, un iluso sin remedio.

III
Por todo ello, la independencia intelectual es también una elección entre la congruencia que supone el quehacer intelectual y la degradación de nuestro oficio. En lo personal, al final del día, prefiero que mis interlocutores opinen que mis libros y ensayos son insustanciales o irrelevantes a que digan que soy un intelectual vendido. Más vale pobre, pero honrado. Más vale navegar a contracorriente que subirse al barco de la conveniencia. Más vale el ostracismo que la incongruencia. Algo que por lo demás prácticamente ninguno de mis colegas puede decir de sí mismos sin faltar a la verdad, aunque la estulticia lleve a alguno a creerse “ligeramente” independiente.

Si Sergio Aguayo dirige tesis profesionales como escribe sus libros, ¡pobres tesis! A esta conclusión es inevitable llegar después de leer su reciente y muy promocionada obra Vuelta en U (México, Taurus, 2011), en la que Aguayo hace exactamente lo que no hay que hacer en una investigación que, como la suya, se ostenta de “científica” y “objetiva”. Me imagino a este académico asesorando a sus tesistas. Para empezar, a todos les ha de exigir lo que en los manuales de investigación se conoce comúnmente como “marco teórico”. Para el caso, no importa que dicho marco se integre arbitrariamente con lo que se tenga a la mano o lo que se conozca o se haya leído alguna vez sobre el tema investigado. Basta citar abundantemente autores y conceptos de manera más o menos ordenada y persuasiva para salvar el escollo. Paso seguido, les ha de requerir un modelo que contenga las variables que se buscarán documentar en la parte empírica de la investigación. Que el modelo se integre con variables provenientes de paradigmas teóricos contradictorios o irreconciliables entre sí es pecata minuta, pues lo primordial es que la propuesta parezca compleja y sesuda; asimismo, que las variables escogidas sean meras ocurrencias del investigador no tiene ninguna importancia, pues lo que cuenta es que su formulación sea mínimamente coherente y convincente. Finalmente, para la parte empírica de la investigación, el susodicho colega les ha de pedir a sus pobres tesistas recabar y presentar todos los datos que encuentren y que cuadren con las variables propuestas. Que se dejen en el camino datos que contradicen el modelo o desmientan lo que se quiere demostrar es culpa de los datos no del modelo empleado.

Así las cosas, Aguayo nos regala un libro que utilizaré profusamente en mis clases para ejemplificar la manera en la que no se debe hacer una investigación científica. Y en realidad, el problema ni siquiera es Aguayo, pues la suya es la manera de proceder de la inmensa mayoría de los científicos sociales del país, quienes hacen pasar por científicas sus investigaciones, aunque de científicas no tengan nada, o sea no emplean de manera sistemática y rigurosa algún método de control de sus hipótesis, no buscan establecer regularidades sobre los fenómenos estudiados que enriquezca la literatura teórica sobre los mismos, no proponen un esquema de análisis integral que refleje un conocimiento acabado de la literatura sobre sus respectivos objetos de estudio, etcétera. Lejos de ello, creen que basta citar autores, emplear conceptos sofisticados o llamarles “variables” a un conjunto de aspectos dispersos, para hacer pasar sus obras como científicas. El resultado es la producción indiscriminada de obras chatarra que no aportan nada novedoso ni hacen avanzar la acumulación de saberes sobre un tema. Y no es que defienda a ultranza una concepción purista de la ciencia o que todo lo mida con sus parámetros (hace tiempo que decidí cuestionar los fundamentos y preceptos de las ciencias sociales, como lo prueba mi libro La muerte de la ciencia política), sino que me parece deshonesto seguir alimentando un engaño y una simulación. No hay que revestir artificialmente de cientificidad una obra para que ésta tenga valor. De hecho, es frecuente que un ensayo sin mayores pretensiones empíricas pueda plantear tesis más originales y sensatas que una investigación científica, sin que eso le reste méritos.

El hecho es que Aguayo nos vende su libro no como un ensayo sino como un estudio científico, y como tal debe ser examinado. Obviamente, Aguayo sale reprobado, y no sólo porque su investigación no tenga nada de científica, sino porque proceder como él lo hace para estudiar lo que llama la “transición estancada” en México sólo puede conducir a lugares comunes o, lo que es peor, a violencias interpretativas, sin mencionar la larga lista de posicionamientos partiditas e ideológicos que salpican el libro y que no tienen nada de veraces. En suma, como veremos aquí, la obra de Aguayo no sólo no aporta nada original sino que tergiversa la realidad para acomodarla mañosamente a sus propios fines de búsqueda o preferencias políticas. Nada hay pues, rescatable en esta obra y sí mucho que reprocharle. No sólo alimenta un engaño en la forma sino también en el contenido, pues su lectura del presente mexicano más que iluminarlo lo oscurece, más que contribuir a demoler el “evangelio de la transición”, o sea la retórica dominante sobre este proceso, lo apuntala.

Comienzo por una afirmación categórica: el tema de la transición en México, o sea el proceso que nos ha conducido hasta la democracia incipiente que hoy tenemos, no es un asunto de interpretaciones. Me explico, si lo que se pretende es —como dice Aguayo a propósito de su propia investigación— describir de manera rigurosa, sistemática y objetiva (científica) el proceso de cambio político en México que condujo a la sustitución del régimen autoritario de partido hegemónico por la democracia actual, para lo cual se recurre a los conceptos y las categorías producidas por la literatura de las transiciones democráticas, no hay lugar (o no debería haberlo) a especulaciones subjetivas de ningún tipo. Nos puede gustar o no la teoría de las transiciones, podemos encontrar deficiencias o imprecisiones en la misma, pero si han de emplearse sus categorías para estudiar un caso concreto, ello debe hacerse correctamente. El sólo hecho de hablar de “transición” para referirse a un caso como el mexicano supone ya, se quiera o no, una cierta adhesión a este corpus teórico, o sea a sus premisas y categorías, por lo que usarlas arbitrariamente —como hace Aguayo— sólo puede conducir a distorsiones y abusos.

En lo personal, como lo he señalado en varias ocasiones, estoy muy lejos de comulgar con estos enfoques, pues me parecen muy deterministas y reduccionistas. Sin embargo, estoy convencido que bien empleados, o sea con conocimiento de causa, permiten una caracterización —que no interpretación— muy esclarecedora de nuestra realidad, una caracterización simple y llana, que nada tiene que ver con las interminables disputas políticas o ideológicas que la transición mexicana ha propiciado desde hace años y que Aguayo reedita innecesariamente con su nuevo libro. Más precisamente, el tema de la transición en México ha sido tan manoseado por todos (intelectuales, académicos, políticos, periodistas, analistas, etcétera), más con fines políticos que heurísticos, que ha terminado por ser uno de esos conceptos que significa todo y nada al mismo tiempo, por lo que se puede emplear para decir cuanta barbaridad se quiera. A ello ha contribuido no sólo la actualidad del tema, que por ese simple hecho suscita controversias, sino el total desconocimiento o el conocimiento superficial de la literatura politológica sobre el particular. Huelga decir que Aguayo cojea de ambos pies. Por una parte, quiere ofrecer una interpretación a modo de nuestro proceso de cambio para “demostrar” que estamos instalados actualmente en la “regresión autoritaria”, o sea que vivimos una “vuelta en U”, sobre todo a raíz del proceso electoral del 2006, cuya condición fraudulenta Aguayo da por hecho con argumentos tan endebles como insustanciales. Por otra parte, Aguayo no sólo exhibe ignorancia sobre la literatura politológica del cambio, pues en su elenco de autores están ausentes algunos de los más influyentes y decisivos, como Leonardo Morlino o Adam Pzeworski, sino que se atreve a mezclar en su “marco teórico” autores de tradiciones tan contradictorias como irreconciliables —como Juan Linz (partidario del individualismo metodológico) y Lucien Goldman (un marxista tan básico de los años setenta que sólo un incauto se atrevería a citar en la actualidad), o Guillermo O’Donnell (un funcionalista sistémico) y Hannah Arendt (una filósofa política neoaristotélica)—, en una suerte de eclecticismo forzado por imposible, lo cual es, justamente, lo que hay que evitar en cualquier investigación seria y responsable. Confeccionar un marco teórico no puede hacerse por ocurrencias, sino que es el momento en que el investigador serio no sólo muestra suficiencia en el manejo de toda la literatura de su tema sino que agota teóricamente todas las posibilidades para explicar su objeto, pues sólo así podrá discernir adecuadamente entre lo relevante de lo meramente contingente. En suma, parece que Aguayo ignora que si en las ciencias sociales todo se vale —como armar un “marco teórico” a modo— nada vale en ellas. En lo personal, prefiero desmarcarme abiertamente de las ciencias sociales, por sus muchas inconsistencias y simulaciones, que aferrarme a ellas para legitimar mi trabajo intelectual, como lo hacen Aguayo y la mayoría de mis colegas.

Sirvan estas premisas para recalcar que la “interpretación” (o sea, la lectura subjetiva, interesada y parcial) que Aguayo hace sobre la transición mexicana no tiene ningún sustento sólido ni ninguna veracidad. Ni “regresión” ni “vuelta en U”, ni “transición estancada”, etcétera. Repito, la caracterización de la transición mexicana no es una cuestión en disputa, sino un mero ejercicio descriptivo en el que, si todo se conduce correctamente, o sea en apego a las indicaciones y premisas propias de la teoría de las transiciones, no hay lugar a interpretaciones subjetivas o parciales. Dicho de otro modo, caracterizar el momento que vive nuestro país con las categorías de la transición no es un ejercicio relativista, donde todas las posiciones valen, pues si fuera el caso ninguna valdría. Estaríamos procediendo mal si asumiéramos a priori que cualquier interpretación sobre la transición mexicana es legítima por el simple hecho de que la realidad admite múltiples lecturas. Es incorrecto, pues el uso apropiado de la teoría de las transiciones, que no es otra cosa que el cúmulo de saberes existentes sobre dicho tema producto de miles de investigaciones empíricas, no admite digresiones de ningún tipo, es precisa, coherente e integral. Obviamente, esta observación (y la crítica que de ahí emana) sólo aplica si la interpretación en cuestión se dice deudora —como la de Aguayo— de la teoría de las transiciones y/o se mueve dentro de sus límites.

En suma, si Aguayo conociera medianamente la teoría de las transiciones y empleara adecuadamente sus conceptos, sabría que México no atraviesa por una regresión autoritaria o vuelta en U. Para empezar, México dejó atrás la transición cuando el PRI fue desplazado del poder por el PAN con la alternancia del 2000, pues la teoría indica que una transición democrática termina cuando desaparecen las estructuras de dominación centrales del viejo régimen autoritario, que en el caso de México fueron el presidencialismo omnímodo y el partido hegemónico. Por ello, seguir pensando a México en términos de “transición” no sólo es un error sino que entorpece el entendimiento del momento que realmente estamos viviendo. Por la vía de la alternancia la transición terminó y comenzó una nueva etapa —igualmente compleja que la etapa precedente pero que no debe ser confundida con ella, pues tiene su propia lógica y dinámica—, la etapa de “instauración democrática”. Dicha etapa supone básicamente la “destitución autoritaria”, o sea la neutralización y derogación de las viejas prácticas y leyes abiertamente autoritarias, amén de su deslegitimación social, y el rediseño institucional y normativo del nuevo régimen democrático, mediante una reforma integral a su Carta Magna. Dado que la instauración es un proceso, no está dicho que pueda durar indefinidamente o que presente avances y retrocesos. Si una instauración democrática es lenta y tortuosa, como la que vivimos en México después de la alternancia, no significa que estemos en una etapa regresiva sino en una que, en la medida que no se avance en las tareas de la instauración, presenta muchos riesgos, empezando por el colapso, o sea el derrumbe de lo poco o mucho que se ha conquistado hasta ahora. En esta perspectiva, a tono con la teoría de las transiciones, que nuestra democracia no mejore ni en lo electoral ni en eficacia ni en credibilidad, no significa que vivimos una “transición estancada”, como sostiene Aguayo, sino una “instauración estancada”. Asimismo, que el autoritarismo siga teniendo muchos anclajes en la nueva realidad democrática no significa que estemos atravesando por una “regresión autoritaria”, sino que tenemos una democracia incipiente y muy precaria. La precisión en este punto no es una cuestión baladí, pues de una adecuada caracterización depende el poder identificar mejor los desafíos que enfrentamos como país. Hoy las tareas por delante ya no son los de la transición (como derrocar al régimen autoritario), sino las de la instauración (como la Reforma del Estado). Podría poner muchos otros ejemplos, pero creo que con estos queda claro que la interpretación de Aguayo, amén de imprecisa, es irresponsable. Lejos de una regresión autoritaria, todo parece indicar que lo que tendremos en México es una larguísima instauración democrática, tan larga como la propia transición que la precedió, pues no existe en la clase política actual ni la voluntad ni las luces necesarias para entender la importancia del momento político en que le tocó ser protagonista. En todo caso, no es descabellado suponer que hay más posibilidades involutivas para el país en caso de que el PRI regrese a Los Pinos en el 2012 que en cualquier otro escenario, pues, en ausencia de reformas profundas al entramado normativo e institucional, necesarias para apuntalar nuestra maltrecha democracia, sus cuadros se montarían en lo que ya conocen perfectamente, por lo que bien podrían reeditar los viejos usos y costumbres, cuestión esta última que no deja de ser, lo admito, una mera especulación.

Además de esta deficiencia metodológica y conceptual de fondo, el libro de Aguayo está plagado de imprecisiones y ligerezas. Después de leerlo queda la duda sobre su verdadero propósito. Por momentos parece una crónica de hechos inconexos, por momentos un panegírico a favor de Andrés Manuel López Obrador, por momentos un recuento de cifras y datos inútiles, por momentos un manifiesto sobre el poder de las organizaciones no gubernamentales. En todo caso, me queda claro que es todo menos una investigación científica, pese a que obtuvo financiamientos millonarios por parte de universidades, fundaciones y organismos de apoyo a la ciencia, como el CONACYT, según se ufana su propio autor, lo cual, por los pobres resultados alcanzados, no dejar de ser deshonesto.

Buena parte del libro está destinado a definir los criterios que permiten establecer si una elección es fraudulenta o no, o sea “la intensidad e intencionalidad de las irregularidades”. Para ello, Aguayo examina las elecciones críticas de 1910, 1929, 1940 y 1952, y, en otros capítulos, las de 1988 y 2006, siendo ésta última la que más le preocupa al autor, pues está empeñado en demostrar que, empleando sus criterios de análisis, fueron elecciones fraudulentas. Para empezar, habría que recordarle a Aguayo que no sólo las elecciones que fueron impugnadas en su momento por los perdedores fueron fraudulentas, sino absolutamente todas las celebradas durante el viejo régimen. Por ello, lo importante no es, como insiste Aguayo, la “mecánica del fraude” sino las condiciones estructurales del fraude, o sea la naturaleza autoritaria del régimen posrevolucionario. Decir que unas elecciones son fraudulentas cuando el gobierno interviene con fondos públicos, cuando hay un control y manejo intencionado de la información, cuando hay una manipulación de la legislación electoral, etcétera, es irrelevante. Más aún, es impreciso, pues podría pensarse que en ausencia de esas variables sí se dieron elecciones correctas, lo cual no es cierto. Obviamente, ese no es el problema, sino la condición autoritaria del régimen priista, para el cual las elecciones eran tan sólo un mecanismo de legitimación diseñado a modo, o sea una simulación, donde la oposición no tenía ninguna posibilidad de disputar el poder al partido hegemónico. Por las mismas razones, extrapolar las variables del fraude propias de la era autoritaria para calificar las elecciones del 2006, o sea unas elecciones ciertamente controvertidas pero que ya tuvieron lugar en la era postautoritaria, es un auténtico disparate, pues son otras las condiciones y otras las variables que habría que documentar. Dicho de otro modo, lo que era relevante para calificar de fraudulentas unas elecciones en un régimen autoritario, elecciones que un conocido politólogo estadounidense llamó con buen tino “elecciones diferentes”, deja de serlo en unas elecciones en un régimen democrático. Que se desvíen fondos del erario para hacer proselitismo, que se manipule la información, o que se orqueste una campaña de denuesto en contra de un candidato, son asuntos menores, pues ocurren en todas las democracias y lo hacen todos los partidos. El problema aquí es más bien técnico, o sea si se contaron o no correctamente los votos. Con ello, no quiero minimizar el hecho de que nuestra legislación electoral vigente hace aguas por todas partes, por lo que más que proveer certidumbre alimenta la sospecha.

Otro problema grave del libro de Aguayo es la importancia que le confiere a ciertos hechos y la escasa atención que le presta a otros. Así, por ejemplo, Aguayo sostiene que la transición en México empezó con la reforma electoral de 1963, mientras que le concede poco peso a la de 1977. Ni al caso criticar una interpretación tan obtusa. Por su parte, sobre las elecciones de 1988 y sobre el salinato el libro de Aguayo no avanza ninguna hipótesis novedosa y sí comete varias impresiones. Para empezar, le concede a algunos intelectuales un peso decisivo en la apertura democrática del régimen al denunciar las irregularidades y exigir apego a la legalidad. Tal es el caso de ¡Héctor Aguilar Camín! Sí, el mismo que después se vendió a Salinas. Algo similar dice Aguayo de algunas organizaciones civiles, como Alianza Cívica, cuya participación en esos años es sobredimensionada por el autor, quien, casualmente, fue miembro activo de la misma. Como quiera que sea, Aguayo evade investigar los temas realmente cruciales para armar el rompecabezas de esos años: ¿por qué perdió el PRI en el 88 y por qué, con todo en contra, pudo imponerse fraudulentamente en esas elecciones? ¿Por qué Estados Unidos decidió apoyar al PRI de último momento si en los años previos fue criticado acremente por Washington? ¿Por qué no se concretó la alianza entre el PAN y el Frente Democrático en esos años? ¿Fue el salinato el sexenio más autoritario del viejo régimen y con qué costo para la democracia?, entre muchas otras preguntas clave.

Pero conforme el libro de Aguayo avanza al presente, las imprecisiones se multiplican. Decir que con la histórica alternancia del 2000 “culminan los esfuerzos y esperanzas de intelectuales, periodistas, líderes sociales, organizaciones cívicas, consejeros electorales y partidos políticos”, es como no decir nada, pues la verdad es que la gran mayoría de todos los actores enumerados por Aguayo fueron más bien cómplices del PRI y el viejo régimen hasta su caída más que sus detractores. Tal es el caso de la inmensa mayoría de los intelectuales vendidos, o de los periodistas medrosos y acomodaticios. Que algunas voces (muy pocas por cierto) hayan sido críticas y congruentes con una línea de independencia profesional e intelectual, no significa que la mayoría lo haya sido. Aquí Aguayo muestra una visión no sólo bastante condescendiente con sus colegas sino falsa. En cuanto a los consejeros electorales, Aguayo filtra la idea a todas luces imprecisa y tendenciosa según la cual la actuación del IFE en el 2000 fue “brillante” y la del 2006 decepcionante. Ya es hora de desmitificar el papel de aquel Consejo Electoral. La única diferencia entre éste y el del 2006 fueron 5 puntos de diferencias entre el primero y el segundo lugares. Dicho de otro modo, si la diferencia entre Fox y Labastida hubiera sido igual de estrecha a la de Calderón y López Obrador, la bomba les hubiera explotado igual, pues la legislación electoral era la misma y el perfil de los consejeros, también, o sea intelectuales oportunistas vinculados y de algún modo comprometidos con los partidos que los colocaron ahí. No cabe duda que a Aguayo le conviene reproducir los nuevos mitos de la historia oficial de la transición, pues él es uno de los beneficiados directos por ello.

Pero lo más débil del libro de Aguayo está por venir: el fraude del 2006 y el papel de las ONG’s. Sobre el primero, Aguayo recurre a todo lo que se le ocurre para demostrar que siempre existió un complot orquestado por muchos contra López Obrador para que éste no llegara a Los Pinos, como la campaña de denuesto en su contra que culminaría exitosamente con el famoso “Es un peligro para México”, la cual, supuestamente, generó un “pánico irracional” en el electorado. En suma, para Aguayo la campaña sucia contra el pobrecito de López Obrador fue la principal causante de su derrota electoral. El problema es que pensar así sólo puede hacerse en detrimento de los ciudadanos, o sea si se conciben como una masa inerte y dúctil fácilmente manipulable e incapaz de discernir por sí misma. Según esta interpretación, que López Obrador haya cometido errores garrafales durante su campaña o que ésta también haya sido bastante sucia, son asuntos irrelevantes, pues lo importante es el complot en su contra. En fin, aferrarse a ver las cosas en blanco y negro, diseccionar el mundo en buenos y malos es la mejor manera de ocultar la realidad, de simplificarla y poder justificar cualquier barbaridad. De ahí que a Aguayo le vengan bien las mismas categorías con las que evalúa el fraude en las elecciones de la era autoritaria para evaluar las del 2006. Pero volviendo a la cuestión de los ciudadanos, Aguayo critica las campañas sucias porque no respetan los hechos y no evitan la difamación, por lo que no comparte la opinión de quienes —me incluyo— defendemos a ultranza la libertad de expresión. Cómo hacerle entender a Aguayo que sin libertad de expresión absoluta e irrestricta simplemente no hay democracia y que si la ley electoral o cualquier otra posibilitan el más mínimo rescoldo de censura se trata de leyes antidemocráticas, una violación a los derechos más elementales de los seres humanos. No hay manera.

Pero la cuestión de fondo para quienes se aferran a “limpiar” la política profesional, cosa que de entrada es imposible, es asumir que dicho despropósito supone despreciar a los ciudadanos. En efecto, defender una ley electoral que prohíba las campañas negativas es creer que la sociedad es menor de edad, que los ciudadanos son incapaces de valerse por sí mismos. La pregunta es inevitable: ¿cómo alguien que dice defender a la sociedad civil puede al mismo tiempo despreciarla tanto? La respuesta está en el último capítulo, que según reza su título constituye una “guía para reactivar la democracia”. ¡Lo que nos faltaba!

En principio, Aguayo distingue entre ciudadanos conscientes y ciudadanos no conscientes. Sólo son conscientes los que participan en organizaciones civiles, porque buscan “modificar de raíz las causas estructurales de problemas específicos” y son los únicos ciudadanos inconformes, o sea todos los que no estamos en una ONG no somos conscientes ni estamos inconformes. Más aún, en el colmo de la insensatez, Aguayo dice que él sólo escribe para los ciudadanos conscientes. He aquí al “demócrata” Aguayo de cuerpo entero. ¿Hay que decir más? No, pero lo que sigue me divierte mucho. Según Aguayo, México es “un país machista, autoritario y racista”, en el que muy pocos buscan hacer algo para los demás, por lo que es muy meritoria la labor desinteresada y comprometida de las organizaciones civiles. De ahí, las simplificaciones caminan solas. Aguayo trata de demostrar que las organizaciones civiles fueron las auténticas protagonistas de la transición (sobre todo aquellas en las que él participó, faltaba más), y que la sociedad en general les debe mucho. A lo que le pregunto, ¿no será al revés? En México, la democracia es ante todo una conquista de la sociedad en su conjunto más que de organizaciones sociales “conscientes”, pues nadie se siente representado en ellas. En México el cambio se fraguó en las urnas. Que algunas ONG’s hayan tenido una participación activa por la defensa del voto y la democratización del país, no cambia las cosas ni admite simplificaciones absurdas como las que hace Aguayo. En pocas palabras, para nuestro autor la única sociedad que cuenta es la que participa en organizaciones civiles. Pero ahí no termina la cosa. Según Aguayo, sólo las organizaciones civiles pueden sacar a México del actual atolladero, por lo que recomienda que cada vez más ciudadanos se embarquen en el activismo social, siempre y cuando sigan el decálogo del activista social que él generosamente nos proporciona: tener clara la causa (el relato) por la que van a luchar; asesorarse con académicos informados y críticos; difundir la causa por todos los medios posibles; hacerse de recursos (que estos provengan de partidos o de funcionarios es pecata minuta, pues lo importante es la causa no la congruencia); relacionarse con la élite política; conectarse con redes sociales; etcétera. Con este elenco de acciones, Aguayo termina desnudando, sin proponérselo, a las ONG’s en todas sus contradicciones. No por casualidad la percepción que de manera dominante se tiene de ellas es poco favorable, sobre todo de las más consolidadas en presencia y proyección. Así, por ejemplo, se piensa de ellas que: son excluyentes y selectivas; se abrogan una representatividad social que nadie les ha dado; participar en ellas se ha vuelto un modus vivendi para sus miembros, en ocasiones muy rentable; no son congruentes, pues pueden pactar con cualquiera con tal de allegarse de recursos; con frecuencia subordinan sus causas sociales al bienestar de sus integrantes; se dejan cooptar con facilidad por partidos y funcionarios; son el trampolín para que algunos de sus miembros asciendan en la academia o la política; etcétera.

Aguayo no sólo se engaña a sí mismo sino que quiere engañar a los demás. No, señor Aguayo, los verdaderos héroes de este país somos los ciudadanos, los que seguimos creyendo que puede haber un México mejor, los que llevamos todos los días a nuestros hijos a la escuela, los que sobrevivimos con salarios de hambre y llevamos una vida digna, los que trabajamos de manera honrada todos los días, los que protestamos por la carestía de la vida, los que vamos al futbol los domingos para evadir nuestra tragedia cotidiana, los que seguimos yendo a las urnas a votar pese a la ruindad de nuestros políticos y partidos, los que queremos un país con paz antes que un país incendiado, los que asistimos a la basílica…, que participemos o no en una organización civil es francamente irrelevante. Nuestro activismo lo ejercemos todos los días, en la casa, en la fábrica, en la plaza pública, en las urnas, en la escuela, en el facebook, etcétera. Las conquistas democráticas son en primerísimo lugar nuestras, no de intelectuales vendidos, no de periodistas repetidores de la cochambre, no de políticos oportunistas y mesiánicos, no de organizaciones que supuestamente monopolizan la conciencia y la inconformidad sociales. No nos desprecie ni nos ningunee más, que de eso ya estamos hartos. Que el país esté secuestrado por una casta política voraz e inescrupulosa no nos hace cómplices sino víctimas. En los hechos, nadie ha estado a la altura de nosotros los ciudadanos, ni los políticos ni los partidos, ni los intelectuales ni los periodistas, ni las organizaciones sociales. Deje de mentir.

En suma, el libro de Aguayo es un auténtico galimatías. Como estudio científico no tiene nada, como ensayo le falta originalidad y estilo, como crónica de hechos le falta prosa y fluidez, y como panfleto pejista le falta enjundia e inteligencia. Por fortuna para él y para todos, este científico y activista social escribe pocos libros. En efecto, siempre será mejor compilar almanaques y bibliografías, cosa que hace muy bien, que pasear innecesariamente la estulticia.

El Premio Nacional de Periodismo fue creado en 1971 con el objetivo de reconocer la labor de los profesionales de la comunicación. De ese año hasta 2001, el Premio fue convocado y otorgado por la Presidencia de la República, lo cual motivó siempre muchas suspicacias y cuestionamientos, considerando la naturaleza autoritaria del viejo régimen. Y sin embargo, quizá por la necesidad de mostrarse plural y tolerante ante la sociedad y “comprometido” con la libertad de expresión, la clase gobernante priista reconoció con el Premio la labor y la trayectoria de muchos periodistas independientes y muy críticos del sistema, como Lorenzo Meyer, Manuel Buendía, Rogelio Naranjo, Magú, Rius, Jesús Blanco Ornelas, Julio Scherer y el que esto escribe. Pero igualmente se premiaron a las plumas más serviles y mercenarias del régimen, tales como Héctor Aguilar Camín, Raúl Trejo Delarbre, José Gutiérrez Vivó, Jacobo Zabludovsky, Joaquín López Dóriga, José Carreño Carlón, Ricardo Rocha, María Luisa Mendoza, Luis Spota, José Pagés Llergo, entre muchos más. Por todo ello, no dejaba de ser políticamente incorrecto que la concesión del Premio recayera en manos de la Presidencia de la República, motivo por el cual, en 2001, se resolvió transferir su entrega y organización a un Consejo Ciudadano, integrado sobre todo por periodistas. La idea fue saludada con beneplácito por el gremio y contó con todo el apoyo oficial para echarla andar. Pero lo que fue una decisión sana y correcta en su momento ha venido contaminándose con el tiempo de nuevos vicios y desatinos, los cuales comienzan a minar gravemente la credibilidad y honorabilidad del Consejo responsable de designar a los premiados.

En particular, varios de los fallos tomados en ocasión de la última edición del Premio y que fueron anunciados recientemente causan, por decir lo menos, una gran perplejidad, misma que se acrecienta si se consideran los propios argumentos esgrimidos por el Consejo para justificar sus decisiones. Para empezar, quizá para atraer los reflectores, el Consejo se ha inclinado por premiar a figuras mediáticas muy conocidas, lo cual, como es sabido, no significa que sean buenos periodistas, si acaso buenos publirrelacionistas para mantenerse visibles. Para entendernos, no todo lo que brilla es oro y mucho menos lo que aparece en la TV, pues de lo contrario no tendríamos más remedio que decir que los “periodistas” que debaten cada semana en el infumable programa “Tercer Grado” de Televisa son grandes profesionales de la comunicación, cuando lo único que hacen es exhibir sus patologías ególatras y sus muchas miserias intelectuales (por cierto, este programa fue premiado en 2008). Puedo entender que buena parte de la sociedad se deje seducir por esos sujetos, pues carece de otros referentes que anteponer y sólo consume la chatarra mediática, pero que los miembros del Consejo responsables de reconocer el talento periodístico también se vayan con la finta es un insulto a la inteligencia. Me queda claro que el Consejo se ha amafiado y ha dejado entrar en su seno intereses muy poderosos, con lo que el Premio no sólo se pervierte sino que se devalúa.

Así, por ejemplo, pongamos el caso de dos de los premiados en la edición de este año, Denise Dresser y Carmen Aristegui, y veamos algunas omisiones injustificadas. La conocida periodista Dresser fue premiada en el género artículo de opinión por su trabajo “Carta abierta a Carlos Slim”. Me acuerdo que cuando leí este artículo en su momento no daba crédito a tanta “mala leche” y perversidad. Quienes lo leyeron se acordarán que Dresser “regañaba” en este artículo al empresario, a quien calificaba de voraz e inescrupuloso, ambicioso y monopólico, insensible y antipatriota, incongruente y mentiroso, colocándose ella, supuestamente, en los zapatos de los ciudadanos, de los agraviados, de los damnificados por la avaricia del hombre más rico del mundo, de los pobres y de las víctimas de la desigualdad y la injusticia social. El artículo de Dresser seduce al gentío más sensiblero porque es el típico discurso que busca solazar de algún modo las conciencias intranquilas y golpeadas por la crisis de millones de mexicanos, buscando un culpable de nuestros males y escupiéndole en la cara todo lo despreciable e insultante que nos resultan él, su riqueza y su éxito como empresario. Como tal, Dresser emplea una vieja estrategia política, consistente en identificar a un enemigo para justificar ciertas acciones y legitimar una posición, da lo mismo que el enemigo sean los judíos, la madre patria, los inmigrantes, los herejes, el imperio, el neoliberalismo o la burguesía, lo importante es exhibirlo y denostarlo hasta generar el deseo colectivo de acabar con él. En este caso, Dresser escogió a Slim, y todo el mundo se identificó de inmediato con el linchamiento público del empresario, como si con ello pudiéramos salvar nuestras almas atormentadas. Por esta vía, además, si bien los agraviados nos curamos en salud fugazmente, no hacemos más que descargar en el enemigo de turno nuestras propias frustraciones y miserias, pues siempre será más cómodo culpar a los demás de nuestras desgracias que reconocer nuestra propia responsabilidad en las mismas. Y no es que no haya nada que reprocharle a Slim, pero de ahí a convertirlo en el principal culpable de nuestra postración nacional es un despropósito a todas luces tendencioso e injustificado. No me sorprende que una periodista sin escrúpulos recurra a estrategias tan perversas y subliminales para ganar lectores y fans, pues el medio se alimenta de ese y otros males, como el “amarillismo”, el “estrellismo” y el “chayotismo”, pero que los profesionales del periodismo responsables de evaluar el trabajo de sus pares premien este tipo de trabajos tan insustanciales y huecos sólo causa perplejidad. ¿Realmente no se dieron cuenta de lo que estaban premiando? Si el panfleto de Dresser contra Slim fue el mejor artículo del año, entonces nuestro periodismo está para llorar. Por lo demás, que un artículo de opinión sea muy comentado y difundido mediáticamente, como el de Dresser, no significa per se que tenga calidad. Sería bueno entonces, que el Consejo aclarara lo que está premiando: impacto o calidad. Además, si alguien carece por completo de autoridad moral para linchar a los empresarios y a los monopolios es precisamente Dresser, quien ha vivido cómodamente desde hace años trabajando para la clase empresarial, dictando conferencias y cursos muy jugosos a las principales corporaciones empresariales y de hombres de negocios, en contubernio con Televisa y otros monopolios, gracias a lo cual se ha convertido en la “intelectual” mejor pagada de México. Pero la congruencia no es una virtud bien cultivada por nuestros hombres y mujeres de ideas. Además, el Consejo responsable de otorgar el Premio descuidó y enlodó las formas de manera innecesaria, pues el presidente del mismo, un empresario de los medios muy exitoso, Ramón Alberto Garza, tiene en la Dresser a su columnista de opinión estelar (y seguramente mejor pagada) en su conocido informativo “Reporte Índigo”.

No sé en qué momento Dresser se metamorfoseó en la emisaria de las causas populares, en la redentora de los pobres y los excluidos, en la vocera de los ciudadanos, y tampoco sé si realmente ella se lo cree, pero me queda claro que si hay alguien a quien no le va ese papel es precisamente a ella. Desde el relumbrón de sus trajes de diseñador y la eterna inmutabilidad de su peinado, desde su voz impostada y sus manoteos estudiados, clamar por justicia para los menesterosos resulta tan frívolo como cómico. Tampoco sé cómo la periodista compagina su nuevo rol de Viridiana de las Lomas con sus múltiples y muy rentables “asesorías” a políticos, funcionarios, dependencias públicas y partidos políticos, todo lo cual no hace sino exhibirla de cuerpo entero, comenzando por su poco aprecio por la independencia intelectual. Por todo ello, pero sobre todo por sus escasas contribuciones y el bajo perfil de las mismas, no deja de sorprenderme la creciente influencia y penetración que Dresser ha venido alcanzado en los medios. En realidad, como académica no ha hecho nada relevante (o mejor, no ha hecho nada), a no ser que sumar varias denuncias de plagio por parte de diversos colegas; más allá de sus artículos periodísticos y sus compilaciones de entrevistas a mujeres, no cuenta con obra intelectual alguna. Que ha sido hábil para posicionarse en los medios nadie lo pone en duda, pero que haya llegado a los sets con un trabajo intelectual mediocre y precario, tampoco. Son quizá los resabios de nuestro provincialismo, pues con lo que tiene Dresser nunca hubiera destacado en su país de origen, Estados Unidos, ni como periodista, ni como intelectual, ni como académica, pero aquí en México la premiamos y encumbramos.

Pero si el caso de Dresser es patético el de Carmen Aristegui raya en el delirio. En esta ocasión, la superestrella de las noticias fue premiada en el género entrevista por aquella muy comentada que le realizó al expresidente Miguel de la Madrid. En dicha entrevista, De la Madrid sostuvo que Salinas fue un corrupto y mantuvo vínculos con el narcotráfico, lo que generó un escándalo, al grado de que De la Madrid tuvo que desdecirse después aduciendo problemas de senilidad. La pregunta aquí es: ¿qué está premiando el Consejo al premiar precisamente esta entrevista: la habilidad de la periodista para realizar una entrevista muy difícil de concretar, la calidad de las preguntas y la novedad de las respuestas, la repercusión en la opinión pública de lo que se dice en la entrevista o la capacidad de la entrevistadora para meter en problemas a su entrevistado? Para empezar, la entrevista ganadora no aporta nada a no ser exhibir al personaje entrevistado muy incomodo y nervioso con las preguntas. Ciertamente, éstas fueron muy críticas, pero no puede ser de otra manera si se tiene enfrente a un personaje tan gris y corrupto como De la Madrid. Por lo demás, el entrevistado no dijo nada que la sociedad no supiera o intuyera, como los vínculos de Salinas con el narcotráfico. Fuera de ello, la entrevista no escarba en los intricados sótanos de uno de los gobiernos más infaustos y mediocres del viejo régimen. Eso sí hubiera sido noticia. ¿Entonces? Es obvio que la nueva mafia del Premio de Periodismo le está dando a Aristegui un premio de consolación después de que fracasó en su pedestre estrategia para convertir su despido de la W Radio en un acto de censura e intolerancia mediática. Asunto que comenté profusamente en un artículo muy polémico (“Paranoia”, El Universal, 18 de enero de 2008). Por lo demás, para nadie son un secreto los vínculos muy convenientes y rentables que Aristegui ha mantenido con distintos poderosos políticos, económicos y mediáticos, en diversas etapas de su trayectoria. La suya es la típica carrera de una oportunista que ha sabido mantener hacia su público una imagen de independencia, pluralidad y crítica, pero que a poco hurgar se resquebraja por completo.

Mas los verdaderos damnificados de las decisiones tomadas por el Consejo del Premio de Periodismo son sobre todo los auténticos periodistas, todos aquellos que sin los reflectores de la Dresser y la Aristegui desarrollan todos los días un trabajo serio y profesional y que con gran ilusión y candor lo someten al fallo del Consejo. Este año, por citar un ejemplo entre muchos que podría referir, en el género de reportaje se premió uno sobre el campo y la corrupción agraria en Guanajuato. Dicho reportaje no es malo, pero tampoco tiene el alcance ni la relevancia de una serie de reportajes que sobre la porosidad de las fronteras estadounidense y mexicana en el tráfico de drogas y armas realizó el periodista de El Universal Ignacio Medina. Es una pena que este trabajo no haya sido premiado, no sólo por su calidad incuestionable sino porque mostró al mundo una realidad ignorada por la mayoría y que modifica radicalmente la percepción que se tenía sobre un tema tan actual y preocupante como el narcotráfico. Huelga decir que dicho reportaje estuvo en su momento en boca de todos.

Si en el pasado el periodismo mexicano estuvo atrapado por los controles, la intimidación y la cooptación silenciosa ejercida por los gobiernos autoritarios, ahora está amenazado por los poderes fácticos y la impunidad. Como se sabe, ocupamos el nada honroso primer lugar mundial en periodistas asesinados. Y si bien ahora los periodistas ya no tenemos como censor de nuestras ideas a un régimen para el cual la crítica era considerada muchas veces una insolencia, ahora, en la nueva realidad democrática, tampoco tenemos garantías ni seguridades para ejercer nuestro trabajo. Pero más ruin que todo resulta que el Consejo Ciudadano responsable de premiar y estimular el periodismo nacional haya terminado igual de amafiado que los Comités evaluadores de la era autoritaria, ejerciendo un mandarinato discrecional y arbitrario a espaldas de los verdaderos periodistas y de la ciudadanía, la cual sólo porta de nombre. Estoy consciente que la presente crítica no tendrá ninguna repercusión entre los nuevos mandarines mediáticos ni coadyuvará a sanear los mecanismos hoy viciados del Premio de Periodismo, lo cual no hace más que corroborar que si bien gozamos de libertad de expresión, el peso de los intereses y poderes facticos es cada vez más avasallante. Moraleja: si usted es periodista pero no tiene arrastre mediático o influencias en el Consejo o contactos en los monopolios de la comunicación, no pierda su tiempo enviando sus obras al Premio Nacional de Periodismo. Nunca ganará.

Jorge Volpi no engaña a nadie: sus consideraciones sobre América Latina, en su nuevo libro El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el siglo XXI (ganador del flamante Premio de Ensayo Debate-Casa de América), son tan “intempestivas” como reza su título, o sea —de acuerdo con la Real Academia de la Lengua— provisionales, tentativas, superficiales, o bien improcedentes, desacertadas, extemporáneas. Se trata de un ensayo repleto de afirmaciones deshilvanadas, fragmentarias y reiterativas sobre esta parte del planeta llamada América Latina, ciertamente ocurrentes y graciosas, pero sin reflexión ni análisis, sin profundidad ni sustancia. Un libro, en suma, plano, enclenque, lleno de obviedades y lugares comunes; ameno y fácil de leer, sí, pero que no aporta nada; el libro de un escritor que maneja la pluma con oficio y que tiene el mérito de vestir bien sus opiniones y anécdotas personales, pero que a poco andar se revelan tan triviales como vacías; un libro escrito para ganar premios, o sea para vender, para entretener al gentío que se deja seducir por espejitos, por la mercadotecnia y el glamur de la fama, no para iluminar o enriquecer la comprensión de un tópico, mediante nuevas tesis o ideas capaces de dislocar lo que ya se sabe del mismo o que simplemente desafíen o desconcierten al intelecto; un libro, finalmente, escrito para ignorantes de América Latina (no para los naturales de estas tierras), o sea para gente de otros países en otros continentes que desean conocer mejor, de una sentada, algo que en principio les resulta exótico e incomprensible, distante y folklórico, como es América Latina. Y si no, juzgue el lector los “descubrimientos” de Volpi que detallo a continuación.

Según Volpi, América Latina no existe sino es en la mente burda y generalizadora de los europeos, pues en los hechos los países de esta región son muy diversos entre sí y sólo comparten el idioma, la religión y su origen colonial —y, por supuesto, en clave contemporánea, la música, las telenovelas y el chapulín colorado—. ¿Así o más simple? Para que meterse en honduras.

No toda la literatura que se hace en América Latina —prosigue Volpi— es realismo mágico, como nos ha hecho creer una falsa visión dominante impuesta por editores y empresarios culturales locales y extranjeros. Claro, Volpi acierta, también se produce literatura muy superficial, con pretensiones cosmopolitas no confesas, o ensayos frívolos para engañar a incautos, o hasta best sellers para masas consumistas de la cochambre.

Pero lo mejor está por llegar, o sea las consideraciones volpianas sobre la democracia. Según nuestro autor, con la democratización de América Latina, difícil y azarosa, han perdido protagonismo los tiranos y guerrilleros de otros tiempos, motivo de grandes relatos y materia del realismo mágico que tantos adeptos alcanzó en todas partes, y con ello la región ha dejado de ser atractiva para el mundo, dejamos de ser visibles para los demás, y nos volvemos aburridos y rutinarios. Salta a la vista en esta afirmación la manía de Volpi de definirnos en función del otro o de los otros, donde no hay lugar para un “nosotros”. Por lo demás, es buena una dosis de realismo —no mágico— para descubrir que los latinoamericanos no valemos nada, a no ser por los clichés de exportación que en nuestro nombre se han producido.

Pero la cadena de lugares comunes no se detiene: las transiciones a la democracia en América Latina —sostiene Volpi— no han podido conjurar las inercias autoritarias del pasado, ni las injusticias ni las ambiciones desmedidas de sus castas políticas, todo lo cual produce desencanto e indiferencia, caldo de cultivo idóneo para el resurgimiento omnipresente del populismo en la región. Tan obvia es esta opinión como inobjetable, el problema es que esconde un profundo desprecio por los ciudadanos y por la propia democracia: a los primeros se les desprecia, por ser siempre, supuestamente, dóciles y serviles, carne de cañón de los caudillos políticos; y a la segunda, por ser, supuestamente, un mero instrumento de los poderosos; cuestiones ambas que no hacen justicia a los hechos, pues buena parte de nuestras sociedades, pese a todo, han alcanzado un dinamismo y protagonismo impensables hace apenas unos cuantos años.

Pero si la afirmación anterior resultaba obvia, la siguiente no tiene desperdicio: la democracia llegó finalmente a esta región, pero he ahí que esta forma de gobierno, cuya finalidad es “acotar el caos, limitar los caprichos de los gobernantes y tornar el futuro más o menos predecible”, nos ha hecho insulsos y sin atractivo para los demás. Ni al caso evidenciar lo obtuso de esta opinión, con la que Volpi exhibe no sólo ignorancia sobre el valor y el significado de la democracia en América Latina, sino también desprecio por la misma. Para empezar, la democracia ha sido, con todo y sus promesas no cumplidas, una conquista que ha costado muchas vidas y enormes esfuerzos, y para concluir, Volpi confunde democracia con totalitarismo, pues “acotar el caos” o imponer el orden es un objetivo explícito y un valor de las tiranías, no de las democracias. Lo mismo puede decirse sobre su idea de “volver más predecible el futuro”: la democracia es exactamente lo contario, abrir el futuro a la indeterminación; pues sólo el totalitarismo aspira a controlarlo y determinarlo. Unas lecciones de teoría política no le vendrían mal al erudito Volpi.

Y qué me dicen de esta otra “consideración”: América Latina perfeccionó la “democracia imaginaria”, una democracia quimérica o de papel, donde se violan las leyes, se monopoliza el poder por caudillos y partidos, se secuestra la voluntad de los ciudadanos, se abusa del poder, no se respetan los derechos humanos, se excluye del bienestar a las mayorías y sólo se privilegia a las élites… Todo está perfecto, a no ser que este elenco de características de nuestras democracias han sido repetidas y “consideradas” hasta la saciedad durante décadas tanto por la literatura como por los estudios especializados sobre la región: los adjetivos pueden variar de un autor a otro, pero la descripción es la misma: “democracias de fachada” (Samuel Finer); “democracias excluyentes” (González Casanova), “democracias delegativas” (Guillermo O’Donnell), etc., etc. Si acaso le concedo originalidad a Volpi cuando señala que los latinoamericanos siempre hemos depositado muchas expectativas en la democracia, tan es así que cuando esta forma de gobierno logra materializarse para después quedar atrapada, casi inmediatamente, en las mismas inercias autoritarias, centralistas, excluyentes de siempre, vuelve a generar un ciclo interminable de decepción y re-mitificación de sus valores.

Pero la lista de equívocos continúa: “una auténtica democracia no sólo deberá regular la competencia entre los partidos, sino la vida interna de éstos, así como los mecanismos que emplean para elegir a sus candidatos”, cuestión ausente en América Latina. Por lo visto Volpi simplemente desconoce la literatura politológica, un asunto irrelevante para un opinador de todo y especialista en nada, pues hace más de 20 años el politólogo Adam Przeworski demostró que las democracias más avanzadas del mundo exhiben una curiosa paradoja: la eficacia de la democracia electoral se levanta sobre la ausencia de democracia interna de los partidos, y nadie se alarma por ello.

En verdad que no tiene caso seguir. La lista de obviedades, equivocaciones y afirmaciones banales es interminable. No cabe duda que Volpi ganará muchas regalías por este libro, no importa que no aporte nada a la discusión y la comprensión de América Latina. Todo lo cual no hace sino confirmar mis sospechas sobre los concursos literarios, diseñados más para que las editoriales consigan las exclusivas de autores taquilleros, que para promover debates de altura y enriquecer el nivel intelectual de los lectores. De hecho, sólo desde la ingenuidad más rampante se puede creer en la supuesta neutralidad o imparcialidad de los concursos literarios, pues prácticamente todos (salvo, quizá, alguna honrosa excepción que desconozco) están maleados de origen, y sus convocantes son auténticos alquimistas de la simulación y la propaganda (sobre todo los concursos españoles, cuya poderosa industria editorial mese la cuna de prácticamente todo lo que se produce y consume en Iberoamérica).

Sólo así se explica que los ganadores de siempre también sean los jurados de siempre de los concursos de siempre, alimentando la influencia y el poder de los grupos intelectuales sectarios y cerrados de siempre. Así, por ejemplo, el propio Volpi fue jurado un año antes del mismo premio (Casa de América) que obtuvo un año después. ¿Insólito? No, lógico. Tan lógico como que entre todos los miembros del grupito de escritores al que Volpi pertenece (no más de seis), la así bautizada por ellos mismos “Generación del Crack”, se han llevado más de 30 premios los últimos años, como si en México e Hispanoamérica no existiera más talento que el suyo. Lo peor del caso es que el ascenso vertiginoso (y la creciente influencia) de este grupo de escritores en el mundo de las letras termina inundando el mercado de auténticas baratijas y frivolidades como muchas de las que ellos mismos producen, como el caso más reciente del ensayo de Ignacio Padilla, miembro fundador del clan (y ahora mafia) del crack, intitulado La vida íntima de los encendedores (flamante Premio de Ensayo Málaga 2009), una auténtica tomadura de pelo, tan falsamente erudita como banal (y nada original, para quien conoce un poco de literatura europea de las últimas décadas), igual a las que nos tiene acostumbrados el propio Volpi de los últimos libros (como su infumable y muy cuestionado por plagio México. Lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su Patria). Y es que la literatura en manos de oportunistas y mercadólogos termina siendo similar a la producción de chorizos, uno tras otro.

Quizá algunos de los libros que los hicieron famosos tengan aportes literarios muy loables (como la novela del propio Volpi En busca de Klingsor, cuya calidad nunca pudo ser igualada en sus novelas subsecuentes El fin de la locura y No será la tierra), pero cuando la producción industrial (para el mercado de masas) sustituye a la artesanal (más pausada, intima y cuidada), los resultados son desastrosos en lo que a calidad y profundidad se refiere, por más que esos mismos productos sigan recibiendo premios y reconocimientos, más para aceitar la industria y potenciar el negocio, que para reconocer honestamente el talento. Pero esto no es nuevo, siempre ha sido así. Lo único que cambia en cada generación son los protagonistas y, gracias a la globalización del arte y la cultura, los alcances e impacto de esos mismos protagonistas más allá de sus fronteras de origen. Ahora llegó el tiempo de los crack (como antes fue el de los Contemporáneos, el de la Generación Beatnik, el de los realistas mágicos o el de los Vuelta), un grupito de niños bien, nacidos todos en el mítico 68, educados en buenas universidades, y que en los hechos decidió caminar hacia la otra orilla que la generación de sus padres: desmarcarse por completo de las obsesiones y utopías sesenteras, remplazar las ideologías por el esteticismo, el compromiso social por la vanidad, el latinoamericanismo por el cosmopolitismo, el realismo mágico por quién sabe qué cosa, el amor y paz por la fama y los reflectores, la crítica por el hedonismo, la congruencia por el oportunismo, la profundidad por la superficialidad, la hondura por la frivolidad. Prueba de ello, son sus propias trayectorias profesionales, en las que nada es cuestionable o motivo de tacha (pues la congruencia moral o la independencia intelectual son, para todos ellos, sólo clichés propios de resentidos sociales o envidiosos), siempre y cuando sus chambas alimenten su ego, su fama o su cuenta bancaria, o simplemente les produzcan placer, como ser secretario de cultura del inefable “gober precioso”, o hundir una universidad siendo rector de la misma, o ser director del canal estatal 22, o ser agregado cultural de las codiciadas embajadas mexicanas en París y Madrid, sin pasar por el engorroso examen del servicio exterior de carrera.

No sé si alguna revista o suplemento se atreverá a publicar la presente reseña, pues el mundillo cultural en México y en todas partes es antropófago, se alimenta de sus propias excrecencias. Es un mundillo tan cerrado y oportunista que prefiere vivir en la mugre antes que limpiar su casa; una caja de resonancia de los egos literarios más que un espacio honesto y constructivo de la crítica. A quien denuncia la podredumbre y la simulación sólo le espera la marginación y el ostracismo. El coto cultural es tan impermeable que enfrentarlo es una ociosidad. Se trata de una industria diseñada para fabricar oropel o, parafraseando a Gabriel Zaid, para “producir baratijas que nadie lee”. El culto a la personalidad es el camino directo a la fama de los escritores y al abandono de su obra. Instalado en el pináculo del “éxito”, un autor será más lo que se dice de él que la lectura de sus obras, aunque el gentío las compren para sentirse culto y a la moda. Y en ese momento de gloria de un autor, la industria cultural nos puede ensartar cualquier cosa, aunque no valga nada. La gente termina comprando un nombre más que una obra. Para ello, los mercachifles de la industria cultural se pintan solos, son los maestros de la propaganda y la artimaña. Ahí tenemos, por ejemplo, a Carlos Fuentes, un consagrado, dándole la bendición al nuevo libro de Volpi durante su presentación en la FIL de Guadalajara. La honestidad es lo que menos cuenta aquí, pues si contara Fuentes simplemente se hubiera negado a comentar un libro tan malo. Lejos de ello, el escritor a quien se debe la tristemente célebre frase: “Echeverría o el fascismo”, presta (vende) su nombre y prestigio para montar una comedia de farsas y egos. Lo mismo puede decirse del ensayista Christopher Domínguez Michel que al comentar el libro de Volpi ha destacado “el humor, la sensatez, la prudencia y la honradez de este joven hombre de ideas”. Basta pues, la bendición de un arzobispo para que todos lo secunden, y frente a la pontificación cualquier crítica se torna insustancial, un ejercicio de resentidos y envidiosos. Mejor ser políticamente correctos que el exilio de las letras, mejor repetir la cochambre que ponerse en la mirilla de los mandarines culturales, mejor la autocensura que la verdad. Allá ellos y su mala conciencia.

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