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Jorge Volpi no engaña a nadie: sus consideraciones sobre América Latina, en su nuevo libro El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el siglo XXI (ganador del flamante Premio de Ensayo Debate-Casa de América), son tan “intempestivas” como reza su título, o sea —de acuerdo con la Real Academia de la Lengua— provisionales, tentativas, superficiales, o bien improcedentes, desacertadas, extemporáneas. Se trata de un ensayo repleto de afirmaciones deshilvanadas, fragmentarias y reiterativas sobre esta parte del planeta llamada América Latina, ciertamente ocurrentes y graciosas, pero sin reflexión ni análisis, sin profundidad ni sustancia. Un libro, en suma, plano, enclenque, lleno de obviedades y lugares comunes; ameno y fácil de leer, sí, pero que no aporta nada; el libro de un escritor que maneja la pluma con oficio y que tiene el mérito de vestir bien sus opiniones y anécdotas personales, pero que a poco andar se revelan tan triviales como vacías; un libro escrito para ganar premios, o sea para vender, para entretener al gentío que se deja seducir por espejitos, por la mercadotecnia y el glamur de la fama, no para iluminar o enriquecer la comprensión de un tópico, mediante nuevas tesis o ideas capaces de dislocar lo que ya se sabe del mismo o que simplemente desafíen o desconcierten al intelecto; un libro, finalmente, escrito para ignorantes de América Latina (no para los naturales de estas tierras), o sea para gente de otros países en otros continentes que desean conocer mejor, de una sentada, algo que en principio les resulta exótico e incomprensible, distante y folklórico, como es América Latina. Y si no, juzgue el lector los “descubrimientos” de Volpi que detallo a continuación.

Según Volpi, América Latina no existe sino es en la mente burda y generalizadora de los europeos, pues en los hechos los países de esta región son muy diversos entre sí y sólo comparten el idioma, la religión y su origen colonial —y, por supuesto, en clave contemporánea, la música, las telenovelas y el chapulín colorado—. ¿Así o más simple? Para que meterse en honduras.

No toda la literatura que se hace en América Latina —prosigue Volpi— es realismo mágico, como nos ha hecho creer una falsa visión dominante impuesta por editores y empresarios culturales locales y extranjeros. Claro, Volpi acierta, también se produce literatura muy superficial, con pretensiones cosmopolitas no confesas, o ensayos frívolos para engañar a incautos, o hasta best sellers para masas consumistas de la cochambre.

Pero lo mejor está por llegar, o sea las consideraciones volpianas sobre la democracia. Según nuestro autor, con la democratización de América Latina, difícil y azarosa, han perdido protagonismo los tiranos y guerrilleros de otros tiempos, motivo de grandes relatos y materia del realismo mágico que tantos adeptos alcanzó en todas partes, y con ello la región ha dejado de ser atractiva para el mundo, dejamos de ser visibles para los demás, y nos volvemos aburridos y rutinarios. Salta a la vista en esta afirmación la manía de Volpi de definirnos en función del otro o de los otros, donde no hay lugar para un “nosotros”. Por lo demás, es buena una dosis de realismo —no mágico— para descubrir que los latinoamericanos no valemos nada, a no ser por los clichés de exportación que en nuestro nombre se han producido.

Pero la cadena de lugares comunes no se detiene: las transiciones a la democracia en América Latina —sostiene Volpi— no han podido conjurar las inercias autoritarias del pasado, ni las injusticias ni las ambiciones desmedidas de sus castas políticas, todo lo cual produce desencanto e indiferencia, caldo de cultivo idóneo para el resurgimiento omnipresente del populismo en la región. Tan obvia es esta opinión como inobjetable, el problema es que esconde un profundo desprecio por los ciudadanos y por la propia democracia: a los primeros se les desprecia, por ser siempre, supuestamente, dóciles y serviles, carne de cañón de los caudillos políticos; y a la segunda, por ser, supuestamente, un mero instrumento de los poderosos; cuestiones ambas que no hacen justicia a los hechos, pues buena parte de nuestras sociedades, pese a todo, han alcanzado un dinamismo y protagonismo impensables hace apenas unos cuantos años.

Pero si la afirmación anterior resultaba obvia, la siguiente no tiene desperdicio: la democracia llegó finalmente a esta región, pero he ahí que esta forma de gobierno, cuya finalidad es “acotar el caos, limitar los caprichos de los gobernantes y tornar el futuro más o menos predecible”, nos ha hecho insulsos y sin atractivo para los demás. Ni al caso evidenciar lo obtuso de esta opinión, con la que Volpi exhibe no sólo ignorancia sobre el valor y el significado de la democracia en América Latina, sino también desprecio por la misma. Para empezar, la democracia ha sido, con todo y sus promesas no cumplidas, una conquista que ha costado muchas vidas y enormes esfuerzos, y para concluir, Volpi confunde democracia con totalitarismo, pues “acotar el caos” o imponer el orden es un objetivo explícito y un valor de las tiranías, no de las democracias. Lo mismo puede decirse sobre su idea de “volver más predecible el futuro”: la democracia es exactamente lo contario, abrir el futuro a la indeterminación; pues sólo el totalitarismo aspira a controlarlo y determinarlo. Unas lecciones de teoría política no le vendrían mal al erudito Volpi.

Y qué me dicen de esta otra “consideración”: América Latina perfeccionó la “democracia imaginaria”, una democracia quimérica o de papel, donde se violan las leyes, se monopoliza el poder por caudillos y partidos, se secuestra la voluntad de los ciudadanos, se abusa del poder, no se respetan los derechos humanos, se excluye del bienestar a las mayorías y sólo se privilegia a las élites… Todo está perfecto, a no ser que este elenco de características de nuestras democracias han sido repetidas y “consideradas” hasta la saciedad durante décadas tanto por la literatura como por los estudios especializados sobre la región: los adjetivos pueden variar de un autor a otro, pero la descripción es la misma: “democracias de fachada” (Samuel Finer); “democracias excluyentes” (González Casanova), “democracias delegativas” (Guillermo O’Donnell), etc., etc. Si acaso le concedo originalidad a Volpi cuando señala que los latinoamericanos siempre hemos depositado muchas expectativas en la democracia, tan es así que cuando esta forma de gobierno logra materializarse para después quedar atrapada, casi inmediatamente, en las mismas inercias autoritarias, centralistas, excluyentes de siempre, vuelve a generar un ciclo interminable de decepción y re-mitificación de sus valores.

Pero la lista de equívocos continúa: “una auténtica democracia no sólo deberá regular la competencia entre los partidos, sino la vida interna de éstos, así como los mecanismos que emplean para elegir a sus candidatos”, cuestión ausente en América Latina. Por lo visto Volpi simplemente desconoce la literatura politológica, un asunto irrelevante para un opinador de todo y especialista en nada, pues hace más de 20 años el politólogo Adam Przeworski demostró que las democracias más avanzadas del mundo exhiben una curiosa paradoja: la eficacia de la democracia electoral se levanta sobre la ausencia de democracia interna de los partidos, y nadie se alarma por ello.

En verdad que no tiene caso seguir. La lista de obviedades, equivocaciones y afirmaciones banales es interminable. No cabe duda que Volpi ganará muchas regalías por este libro, no importa que no aporte nada a la discusión y la comprensión de América Latina. Todo lo cual no hace sino confirmar mis sospechas sobre los concursos literarios, diseñados más para que las editoriales consigan las exclusivas de autores taquilleros, que para promover debates de altura y enriquecer el nivel intelectual de los lectores. De hecho, sólo desde la ingenuidad más rampante se puede creer en la supuesta neutralidad o imparcialidad de los concursos literarios, pues prácticamente todos (salvo, quizá, alguna honrosa excepción que desconozco) están maleados de origen, y sus convocantes son auténticos alquimistas de la simulación y la propaganda (sobre todo los concursos españoles, cuya poderosa industria editorial mese la cuna de prácticamente todo lo que se produce y consume en Iberoamérica).

Sólo así se explica que los ganadores de siempre también sean los jurados de siempre de los concursos de siempre, alimentando la influencia y el poder de los grupos intelectuales sectarios y cerrados de siempre. Así, por ejemplo, el propio Volpi fue jurado un año antes del mismo premio (Casa de América) que obtuvo un año después. ¿Insólito? No, lógico. Tan lógico como que entre todos los miembros del grupito de escritores al que Volpi pertenece (no más de seis), la así bautizada por ellos mismos “Generación del Crack”, se han llevado más de 30 premios los últimos años, como si en México e Hispanoamérica no existiera más talento que el suyo. Lo peor del caso es que el ascenso vertiginoso (y la creciente influencia) de este grupo de escritores en el mundo de las letras termina inundando el mercado de auténticas baratijas y frivolidades como muchas de las que ellos mismos producen, como el caso más reciente del ensayo de Ignacio Padilla, miembro fundador del clan (y ahora mafia) del crack, intitulado La vida íntima de los encendedores (flamante Premio de Ensayo Málaga 2009), una auténtica tomadura de pelo, tan falsamente erudita como banal (y nada original, para quien conoce un poco de literatura europea de las últimas décadas), igual a las que nos tiene acostumbrados el propio Volpi de los últimos libros (como su infumable y muy cuestionado por plagio México. Lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su Patria). Y es que la literatura en manos de oportunistas y mercadólogos termina siendo similar a la producción de chorizos, uno tras otro.

Quizá algunos de los libros que los hicieron famosos tengan aportes literarios muy loables (como la novela del propio Volpi En busca de Klingsor, cuya calidad nunca pudo ser igualada en sus novelas subsecuentes El fin de la locura y No será la tierra), pero cuando la producción industrial (para el mercado de masas) sustituye a la artesanal (más pausada, intima y cuidada), los resultados son desastrosos en lo que a calidad y profundidad se refiere, por más que esos mismos productos sigan recibiendo premios y reconocimientos, más para aceitar la industria y potenciar el negocio, que para reconocer honestamente el talento. Pero esto no es nuevo, siempre ha sido así. Lo único que cambia en cada generación son los protagonistas y, gracias a la globalización del arte y la cultura, los alcances e impacto de esos mismos protagonistas más allá de sus fronteras de origen. Ahora llegó el tiempo de los crack (como antes fue el de los Contemporáneos, el de la Generación Beatnik, el de los realistas mágicos o el de los Vuelta), un grupito de niños bien, nacidos todos en el mítico 68, educados en buenas universidades, y que en los hechos decidió caminar hacia la otra orilla que la generación de sus padres: desmarcarse por completo de las obsesiones y utopías sesenteras, remplazar las ideologías por el esteticismo, el compromiso social por la vanidad, el latinoamericanismo por el cosmopolitismo, el realismo mágico por quién sabe qué cosa, el amor y paz por la fama y los reflectores, la crítica por el hedonismo, la congruencia por el oportunismo, la profundidad por la superficialidad, la hondura por la frivolidad. Prueba de ello, son sus propias trayectorias profesionales, en las que nada es cuestionable o motivo de tacha (pues la congruencia moral o la independencia intelectual son, para todos ellos, sólo clichés propios de resentidos sociales o envidiosos), siempre y cuando sus chambas alimenten su ego, su fama o su cuenta bancaria, o simplemente les produzcan placer, como ser secretario de cultura del inefable “gober precioso”, o hundir una universidad siendo rector de la misma, o ser director del canal estatal 22, o ser agregado cultural de las codiciadas embajadas mexicanas en París y Madrid, sin pasar por el engorroso examen del servicio exterior de carrera.

No sé si alguna revista o suplemento se atreverá a publicar la presente reseña, pues el mundillo cultural en México y en todas partes es antropófago, se alimenta de sus propias excrecencias. Es un mundillo tan cerrado y oportunista que prefiere vivir en la mugre antes que limpiar su casa; una caja de resonancia de los egos literarios más que un espacio honesto y constructivo de la crítica. A quien denuncia la podredumbre y la simulación sólo le espera la marginación y el ostracismo. El coto cultural es tan impermeable que enfrentarlo es una ociosidad. Se trata de una industria diseñada para fabricar oropel o, parafraseando a Gabriel Zaid, para “producir baratijas que nadie lee”. El culto a la personalidad es el camino directo a la fama de los escritores y al abandono de su obra. Instalado en el pináculo del “éxito”, un autor será más lo que se dice de él que la lectura de sus obras, aunque el gentío las compren para sentirse culto y a la moda. Y en ese momento de gloria de un autor, la industria cultural nos puede ensartar cualquier cosa, aunque no valga nada. La gente termina comprando un nombre más que una obra. Para ello, los mercachifles de la industria cultural se pintan solos, son los maestros de la propaganda y la artimaña. Ahí tenemos, por ejemplo, a Carlos Fuentes, un consagrado, dándole la bendición al nuevo libro de Volpi durante su presentación en la FIL de Guadalajara. La honestidad es lo que menos cuenta aquí, pues si contara Fuentes simplemente se hubiera negado a comentar un libro tan malo. Lejos de ello, el escritor a quien se debe la tristemente célebre frase: “Echeverría o el fascismo”, presta (vende) su nombre y prestigio para montar una comedia de farsas y egos. Lo mismo puede decirse del ensayista Christopher Domínguez Michel que al comentar el libro de Volpi ha destacado “el humor, la sensatez, la prudencia y la honradez de este joven hombre de ideas”. Basta pues, la bendición de un arzobispo para que todos lo secunden, y frente a la pontificación cualquier crítica se torna insustancial, un ejercicio de resentidos y envidiosos. Mejor ser políticamente correctos que el exilio de las letras, mejor repetir la cochambre que ponerse en la mirilla de los mandarines culturales, mejor la autocensura que la verdad. Allá ellos y su mala conciencia.

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