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LETRA_~11. Introducción

Nada hay más intangible e insustancial que los discursos políticos, más aún si son parte de una campaña electoral, o sea cuando están confeccionados deliberadamente para persuadir a los ciudadanos de las bondades de votar por un determinado partido o candidato, para lo cual los políticos suelen contratar los servicios profesionales de una nueva clase de mercaderes de la política, mejor conocidos como “consejeros”, “asesores” o “consultores”, auténticos charlatanes y oportunistas que diseñan campañas y fabrican la imagen pública de los candidatos con supuestas bases científicas emanadas de la comunicación de masas y el marketing político, y que le añaden la palabra “estrategia” a todo lo que proponen.[1] Por esta vía la política profesional termina siendo una mera técnica de persuasión muy distante de los objetivos superiores con los que llegó a asociarse alguna vez, como el arte de gobernar, la resolución de conflictos, la búsqueda del bien común, la defensa de la dignidad humana, la representación de intereses colectivos, etcétera.

Pero si el discurso político en las democracias modernas se ha vuelto algo tan superficial y vacuo, pretender analizarlo y calificarlo con supuestas bases científicas se vuelve, en mi opinión, un ejercicio tan insustancial como el propio objeto que examina. Francamente, no veo por ningún lado la utilidad de calificar las características finas de un discurso político, como su consistencia, su coherencia, su lógica argumentativa, su tono emocional, etcétera, ni de compararlos con otros discursos para ver cuál fue mejor y cuál peor, como si con ello se pudiera modificar la percepción que en su momento tuvo la sociedad sobre tal o cual discurso o sobre los políticos que los presentaron. En la actualidad, las sociedades suelen ser muy críticas y escépticas, y difícilmente se dejan engañar o seducir por el dicho de sus políticos. De ahí que la calificación rigurosa de los discursos políticos en campaña termina siendo una sofisticación para especialistas y curiosos, con escasa relevancia o impacto social.

No es casual que en cada nación del mundo la historia sólo registra un puñado de discursos políticos realmente memorables y que han pasado a la posteridad en el mar de palabras que se lleva el viento. Ahí quedan, por ejemplo, “Los sentimientos de la nación” de un Morelos o el discurso de Benito Juárez ante el Congreso para motivar la promulgación de las Leyes de Reforma, o el discurso del general Cárdenas para expropiar el petróleo o, más recientemente, el VI Informe de López Portillo donde planteaba la estatización de la Banca, o el apasionado discurso de Colosio en aquel funesto marzo: “veo un México…”, o el no menos recordado discurso en tribuna de Muñoz Ledo en respuesta al Primer Informe de Zedillo. A estos discursos habrá que sumar otros cinco o seis igualmente memorables y párele de contar. La verdad es que son muy pocos para una historia de tantos siglos y tantas gestas. Digamos pues, que los buenos discursos, los que serán recordados y transmitidos de generación en generación, no se dan en maseta, y que son los pueblos y nadie más los que los colocan en ese sitial de honor y gloria.

En virtud de lo anterior, en lugar de un análisis cuantitativista para evaluar y calificar los discursos de campaña en el proceso electoral federal de 2012, o sea un análisis del discurso basado en alguno de los muchos modelos que la literatura especializada ha generado para ello, me propongo en este artículo desarrollar un análisis sobre la consistencia y viabilidad de dichos discursos en contraste con el país que bocetan para el porvenir. Más específicamente, propongo un análisis del discurso político basado en tres interrogantes: a) ¿qué nos dicen los discursos de campaña sobre el futuro del país?, b) ¿qué tanto se corresponden los discursos de campaña sobre el futuro del país con los deseos y percepciones de la sociedad en general?, y c) ¿cuál es el grado de veracidad y la viabilidad real de dicha idea de futuro bocetado en el discurso? Mi tesis al respecto es que los discursos de campaña con los que nos bombardearon los candidatos a la presidencia de la República durante el proceso electoral de 2012 ni siquiera califican para un análisis serio de este tipo, pues la inmensa mayoría de ellos careció del más elemental principio de realidad, abusó de una retórica simplificadora y épica, exhibió una ignorancia apabullante sobre la problemática nacional y apeló más a sentimientos que a hechos duros y concretos, en una lógica implícita de subestimación de las capacidades de discernimiento de los electores.

Me queda claro que un análisis de este tipo ofrece muchas posibilidades para la reflexión, dependiendo de su profundidad y alcance. Lo ideal sería aplicarlo a todos los candidatos y a todos sus discursos de campaña, para establecer comparaciones sobre el grado de viabilidad de los mismos. Proceder así nos permitiría incluso establecer correlaciones significativas entre preferencias electorales y viabilidad de los discursos, o sobre las percepciones sociales de los problemas que aquejan a la sociedad y el país que anhelan y la capacidad de los discursos de reflejarlos con alguna fidelidad. Sin embargo, un análisis de este tipo rebasa por mucho las posibilidades de tiempo y espacio de este ensayo. En virtud de ello, me concentraré en el discurso político del candidato que a la postre se llevó el triunfo electoral, el candidato del PRI-PVEM (Partido Revolucionario Institucional-Partido Verde Ecologista de México), Enrique Peña Nieto. La razón es obvia. Sólo uno de los proyectos de futuro de los esbozados por los candidatos presidenciales en sus discursos de campaña, podrá ensayarse en el fututo inmediato, siempre y cuando así lo disponga el candidato ganador, y los demás quedarán en el olvido. Mejor concentrarse pues, en un discurso al que se le puede dar seguimiento durante los próximos seis años que en los discursos que se quedaron en la orilla.

Para tal efecto, debemos aceptar en principio que a un discurso de campaña no se le puede pedir más de lo que es: una propuesta retórica para el futuro, deliberadamente persuasiva, emotiva y estentórea, que busca concitar apoyos en forma de votos. Perder de vista esto nos puede llevar a conclusiones innecesariamente rígidas o categóricas, y en consecuencia improcedentes. Sin embargo, eso no significa que debamos concebir per se a un discurso de campaña como algo ilusorio e insustancial, que no compromete u obliga en alguna medida a quien lo prohíja. Lejos de ello, la democracia entraña compromisos y responsabilidades para los representantes políticos de una comunidad, empezando por darle contenido y cause a las promesas de campaña, gracias a las cuales un candidato logra conquistar el poder político. No por casualidad, la ciencia política ha elaborado recientemente un modelo de “calidad de la democracia”, en el que uno de sus componentes es precisamente lo que sus creadores intelectuales denominan “responsiveness” (reciprocidad, en una traducción propia), o sea el grado en que los políticos se responsabilizan con sus acciones de darle cause a sus promesas de campaña; es decir, según esta concepción, una democracia será mejor si los representantes políticos honran su palabra con hechos.

2. Una premisa teórica

Desde su constitución como una disciplina con pretensiones científicas, es decir empírica, demostrativa y rigurosa en el plano metodológico y conceptual, la ciencia política ha estado obsesionada en ofrecer una definición empírica de la democracia, o sea una definición no contaminada por ningún tipo de prejuicio valorativo o prescriptivo; una definición objetiva y lo suficientemente precisa como para estudiar científicamente cualquier régimen que se presuma como democrático y establecer comparaciones bien conducidas de diferentes democracias.[2]

El interés en el tema se ha movido entre distintos tópicos: estudios comparados para medir cuáles democracias son en los hechos más democráticas según indicadores preestablecidos; las transiciones a las democracias o democratizaciones; las crisis de las democracias, el cálculo del consenso, la agregación de intereses, la representación política, etcétera. Sin embargo, la definición empírica de democracia avanzada por la ciencia política, parece haberse topado finalmente con una piedra que le impide ir más lejos. En efecto, a juzgar por el debate que desde hace una década se ha venido ventilando en el seno de la ciencia política en torno a la así llamada “calidad de la democracia”, se ha puesto en cuestión la pertinencia de la definición empírica de democracia largamente dominante si de lo que se trata es de evaluar qué tan “buenas” son las democracias realmente existentes o si tienen o no calidad.[3]

El tema de la calidad de la democracia surge de la necesidad de introducir criterios más pertinentes y realistas para examinar a las democracias contemporáneas, la mayoría de ellas (sobre todo las de América Latina, Europa del Este, África y Asia) muy por debajo de los estándares mínimos de calidad deseables. Por la vía de los hechos, el concepto precedente de “consolidación democrática”, con el que se pretendían establecer parámetros precisos para que una democracia recién instaurada pudiera considerarse firmemente institucionalizada y legitimada, terminó siendo insustancial, pues fueron muy pocas las transiciones que durante la “tercera ola” de democratizaciones, para decirlo en palabras de Huntington (1991), pudieron efectivamente consolidarse. Por el contrario, la mayoría de las democracias recién instauradas si bien han podido perdurar lo han hecho en condiciones francamente delicadas y han sido institucionalmente muy frágiles. De ahí que si la constante empírica ha sido más la mera persistencia que la consolidación de las democracias instauradas durante los últimos treinta años, se volvía necesario introducir un conjunto de criterios más pertinentes para dar cuenta de manera rigurosa de las insuficiencias y los innumerables problemas que en la realidad experimentan la mayoría de las democracias en el mundo.

En principio, la noción de “calidad de la democracia” vino a colmar este vacío y hasta ahora sus promotores intelectuales han aportado criterios muy útiles y sugerentes para la investigación empírica. Sin embargo, conforme este enfoque ganaba adeptos entre los politólogos, la ciencia política empírica fue entrando casi imperceptiblemente en un terreno movedizo que hacía tambalear muchos de los presupuestos que trabajosamente había construido desde su constitución en los años cuarenta del siglo pasado en Estados Unidos y que le daban identidad y sentido. Baste señalar que el concepto de calidad de la democracia adopta criterios indiscutiblemente normativos e ideales para evaluar a las democracias existentes, con lo que se trastoca el imperativo de prescindir de conceptos cuya carga valorativa pudiera entorpecer el estudio objetivo de la realidad. Así, por ejemplo, los introductores de este concepto a la jerga de la politología —académicos muy reconocidos, como Morlino, O’Donnell, Schmitter, entre muchos otros—, plantean como criterios para evaluar qué tan buena es una democracia establecer si en los hechos dicha democracia se aproxima a (o se aleja de) los ideales de libertad e igualdad inherentes a la propia democracia, o si los políticos actúan en apego a la ley, rinden periódicamente cuentas de sus acciones y hacen valer con hechos su palabra.

Como se puede observar, al proceder así la ciencia política ha dejado entrar por la ventana aquello que celosamente intentó expulsar desde su constitución; es decir, elementos abiertamente normativos y prescriptivos. Pero más allá de ponderar lo que esta contradicción supone para la ciencia política, en términos de su congruencia, pertinencia e incluso vigencia,[4] el asunto muestra con toda claridad la imposibilidad de evaluar a las democracias realmente existentes si no es adoptando criterios de deber ser que la politología siempre miró con desdén. Dicho de otra manera, lo que el debate sobre la calidad de la democracia revela es que hoy no se puede decir nada interesante y sugerente sobre la realidad de las democracias si no es recurriendo a una definición ideal o normativa de la democracia que oriente nuestras búsquedas e interrogantes sobre el fenómeno democrático.

Tiene mucho sentido para las politólogos que han incursionado en el tema de la calidad de la democracia partir de una nueva definición de democracia, distinta a la que ha prevalecido durante décadas en el seno de la disciplina, más preocupada en los procedimientos electorales que aseguran la circulación de las elites políticas que en aspectos relativos a la afirmación de los ciudadanos en todos sus derechos y obligaciones, y no sólo en lo tocante al sufragio. Así lo entendió hace tiempo Philippe C. Schmitter, quien explícitamente se propuso en un ensayo muy citado ofrecer una definición alternativa: “la democracia es un régimen o sistema de gobierno en el que las acciones de los gobernantes son vigiladas por los ciudadanos que actúan indirectamente a través de la competencia y la cooperación de sus representantes” (Schmitter y Karl, 1993).

Con esta definición se abría la puerta a la idea de democracia que hoy comparten muchos politólogos que se han propuesto medir qué tan buenas (o malas) son las democracias realmente existentes. La premisa fuerte de todos estos autores es considerar a la democracia desde el punto de vista del ciudadano; es decir, todos ellos se preguntan qué tanto una democracia respeta, promueve y asegura los derechos del ciudadano en relación con sus gobernantes. Así, entre más una democracia posibilita que los ciudadanos, además de elegir a sus representantes, puedan sancionarlos, vigilarlos, controlarlos y exigirles que tomen decisiones acordes a sus necesidades y demandas, dicha democracia será de mayor calidad, y viceversa. En esa dirección contribuyó sobremanera el concepto de “democracia delegativa” acuñado por el politólogo argentino Guillermo O’Donnell en 1994. Según esta concepción, existen varias democracias en el mundo, como las de América Latina, en las que los ciudadanos carecen de toda posibilidad normativamente establecida para influir en los asuntos públicos más allá de poder elegir a sus representantes periódicamente. Por muchas razones, en estas democracias no maduró una serie de preceptos jurídicos que aseguraran que los ciudadanos fueran siempre el origen y el fin de todas las decisiones políticas que les competen. Más allá de reglas e instituciones electorales, cuestiones como el gobierno de la ley, la rendición de cuentas o la responsabilidad de los políticos ante los ciudadanos han sido intermitentes o francamente inexistentes. De ahí que se trate de democracias delegativas, pues una vez que los ciudadanos eligen a sus representantes, les delegan la función de gobernar por un tiempo determinado, durante el cual no podrán incidir de ninguna manera por carecer de las vías institucionales o jurídicas para hacerlo; es decir, no tienen la oportunidad de verificar y evaluar la labor de sus gobernantes una vez electos.

Llegados a este punto, sólo había que juntar los elementos dispersos para dar lugar a una noción de democracia pertinente para los efectos de medir su mayor o menor calidad en casos concretos. La síntesis y la propuesta más acabada elaborada hasta ahora se debe al politólogo italiano Leonardo Morlino (2003), quien con gran atingencia resume en cinco puntos los criterios para medir una democracia de calidad: a) gobierno de la ley (rule of law); b) rendición de cuentas (accountability); c) reciprocidad (responsiveness); d) qué tanto la democracia en cuestión se aproxima al ideal de libertad inherente a la democracia (respeto pleno de los derechos que se extienden al logro de un abanico cada vez mayor de libertades); y e) qué tanto la democracia en cuestión se aproxima al ideal de igualdad inherente a la democracia (implementación progresiva de mayor igualdad política, social y económica). Así, prosigue el autor, “una democracia de calidad o buena es aquella que presenta una estructura institucional estable que hace posible la libertad e igualdad de los ciudadanos mediante el funcionamiento legítimo y correcto de sus instituciones y mecanismos”.

A primera vista, la noción de democracia de calidad aportada por estos autores resulta muy sugerente para el análisis de las democracias modernas, a condición de considerarlo como un modelo típico-ideal que anteponer a la realidad siempre imperfecta y llena de contradicciones. Por esta vía se establecen parámetros de idoneidad cuya consecución puede alentar soluciones y correcciones prácticas, pues no debe olvidarse que el deber ser que alienta las acciones adquiere de algún modo materialidad en el momento mismo en que es incorporado en forma de proyectos o metas deseables o alternativas. Además, por las características de los criterios adoptados en la definición de democracia de calidad, se trata de un modelo abiertamente normativo y prescriptivo que incluso podría emparentarse sin dificultad con la idea de Estado de derecho democrático; es decir, con una noción jurídica que se alimenta de las filosofías liberal y democrática y que se traduce en preceptos para asegurar los derechos individuales y la equidad propia de una sociedad soberana y políticamente responsable.

La principal contribución del modelo de democracia de calidad es ofrecer una serie de criterios mínimos indispensables de carácter normativo para hablar de una democracia efectiva, a saber: gobierno de la ley, rendición de cuentas, reciprocidad, libertad e igualdad. En el seno de la disciplina en la que este modelo surge —la ciencia política—, quizá se desdibuje su potencial explicativo, pues se presupone que las democracias pueden contar con alguno o algunos de estos criterios sin dejar de ser democracias, si acaso son democracias imperfectas o en vías de consolidación. Contrariamente a este proceder, me parece que este modelo puede ser realmente valioso en la medida que no admita gradaciones en el momento de emplearlo para analizar regímenes políticos concretos. Dicho de otro modo, en estricto sentido, si en un país no operan todos los preceptos definidos por el modelo u operan de manera parcial no merece el nombre de democracia, por más que a ésta se le añadan distintos adjetivos para establecer sus insuficiencias o limitaciones (democracias “imperfectas”, democracias “inconclusas”, democracias “delegativas”, democracias “en transición”, democracias “incipientes”, etcétera). Quizá estemos en presencia de un régimen democrático en lo electoral, pero antidemocrático en todo los demás. No hay por qué temer a los términos. Además, como modelo normativo, el de la calidad democrática nos permite ganar en claridad acerca de las condiciones mínimas de carácter legal centradas en el ciudadano, indispensables para calificar de democracia a un determinado régimen. Ganar en claridad en aspectos tales como la rendición de cuentas, el imperio de la ley o la responsabilidad de los gobernantes es una condición para reconocer los déficits que deberán ser colmados tarde o temprano en la perspectiva de mejorar nuestras realidades políticas.

Además, se trata de criterios normativos fácilmente reconocibles, ya sea porque deberán estar formalizados claramente en las Constituciones nacionales vigentes a manera de garantías y derechos para todos los ciudadanos sin distinción; o porque su efectividad se deduce de las propias condiciones de libertad e igualdad existentes en la sociedad en cuestión. Desde este punto de vista, tiene mucho sentido asumir, por ejemplo, que sólo puede hablarse de democracia en sociedades donde las desigualdades extremas o la concentración inequitativa de la riqueza han disminuido de manera efectiva. Tiene sentido, porque la lógica sugiere que una democracia efectiva no puede más que atender las necesidades y las demandas de las mayorías, a las que se deben los gobernantes de turno, por lo que en presencia de desigualdades oprobiosas hay algo que simplemente no está funcionando. Lo mismo vale para la noción de libertad, que en este caso se traduce en derechos cada vez más efectivos y plenos para las minorías en un país.

Por todo lo anterior, encuentro pertinente en lo general el modelo de democracia de calidad. Recurrir a él desde América Latina, por ejemplo, constituye una herramienta de primera mano para advertir claramente los muchos déficit que los países de esta región tienen en materia de democracia. Además, este modelo, por el hecho de provenir de una tradición de pensamiento a estas alturas muy arraigada e influyente en Latinoamérica, heredera de la vasta literatura politológica sobre transiciones a la democracia, asegura su fácil incorporación a los esquemas de explicación dominantes entre sus intelectuales y académicos. En suma, su impacto está asegurado aquí porque de manera clara y concisa ilustra sobre un deber ser de la democracia históricamente ausente en prácticamente toda la región, pero igualmente indispensable para mejorar las reglas e instituciones políticas existentes.[5] Ahora de lo que se trata es de sumar a la definición mínima de democracia otras condiciones de carácter normativo que finalmente hagan las cuentas con el ciudadano, principio y fin de la democracia. No es aventurado anticipar un gran éxito al modelo de la calidad de la democracia en América Latina, pues existe ya en sus países una conciencia muy desarrollada en torno al papel central del ciudadano en la construcción de sus sociedades, papel que fue largamente escamoteado y ninguneado por las elites locales y que explica en parte la escasa atención que ha merecido en los arreglos normativos vigentes en prácticamente toda la región.

Con todo, por su origen politológico, este modelo sigue atrapado en los esquemas de democracia real dominantes en la disciplina. En ese sentido, para este enfoque, la democracia es ante toda una forma de gobierno basada en una serie de instituciones y procedimientos que regulan la circulación permanente de las elites mediante el sufragio efectivo. Como tal, una democracia puede ser perfectible en la medida que incorpore más derechos y garantías para que los ciudadanos puedan de manera efectiva vigilar, controlar y sancionar a sus autoridades. La adenda es en sí misma valiosa para enriquecer nuestro entendimiento de la democracia, pero ciertamente insuficiente para quien intuye que la democracia es mucho más que una forma de gobierno. Por ello, es menester considerar otros modelos de democracia para los cuales ésta es también una forma de sociedad, una forma de vida. El tránsito a este tipo de posiciones es importante, pues quizá las democracias realmente existentes pueden incorporar en sus arreglos normativos preceptos cada vez más justos y amplios para perfeccionarse, como sugiere el modelo de la calidad democrática, pero al mismo tiempo es muy probable que seguirán atrapadas en disputas mezquinas por el poder que por la vía de los hechos maniaten nuevamente a los ciudadanos y desactiven sus luchas y reivindicaciones. A final de cuentas, el entendimiento del poder en clave realista lleva a reconocer que el peso de los intereses creados no tiene reparos de ningún tipo y todo lo supedita a sus objetivos. De ahí que, aceptando la utilidad que en un primer momento puede tener el concepto y el análisis de la calidad democrática, es importante hurgar también en otros modelos de democracia, quizá menos realistas, para identificar la capacidad instituyente de la sociedad en una democracia y según la cual el que las elites busquen siempre imponer sus reglas y condiciones, más que una limitante es una condición de resistencia, subversión o afirmación creativa y participativa de la sociedad.

Además, en estricto sentido, el tema de la calidad de la democracia no es nuevo. Es tan viejo como la propia democracia. Quizá cambien los términos y los métodos empleados para estudiarla, pero desde siempre ha existido la inquietud de evaluar la pertinencia de las formas de gobierno: ¿por qué una forma de gobiernos es preferible a otras? Es una pregunta central de la filosofía política, y para responderla se han ofrecido los más diversos argumentos para justificar la superioridad de los valores inherentes a una forma política respecto de los valores de formas políticas alternativas. Y aquí justificar no significa otra cosa más que argumentar qué tan justa es una forma de gobierno en relación a las necesidades y la naturaleza de los seres humanos (la condición humana). En este sentido, la ciencia política que ahora abraza la noción de “calidad de la democracia” para calificar a las democracias realmente existentes, no hace sino colocarse en la tradición de pensamiento que va desde Platón —quien trató de reconocer las virtudes de la verdadera República, entre el ideal y la realidad— hasta John Rawls (1971) —quien también buscó afanosamente las claves universales de una sociedad justa—, y al hacerlo, esta disciplina pretendidamente científica muestra implícitamente sus propias inconsistencias e insuficiencias, y quizá, su propia decadencia. La ciencia política, que se reclamaba a sí misma como el saber más riguroso y sistemático de la política, el saber empírico por antonomasia, ha debido ceder finalmente a las tentaciones prescriptivas a la hora de analizar la democracia, pues evaluar su calidad sólo puede hacerse en referencia a un ideal de la misma siempre deseado pero nunca alcanzado.

Independientemente de estos derroteros e inconsistencias, considero que el modelo de calidad de la democracia puede ser útil para nuestro propósito de calificar el discurso de campaña de Peña Nieto sobre el futuro del país, en lo que respecta al grado de responsabilidad que entraña una vez que el susodicho asuma la presidencia. Para ello, retomo del modelo lo relativo a la responsiveness o responsabilidad de los políticos contraída ante los ciudadanos durante su campaña electoral. Según Morlino (2007, p. 30), la responsiveness alude a la correspondencia, responsabilidad o reciprocidad de las decisiones políticas a los deseos de los ciudadanos y la sociedad en general. Ahora bien, para medir el grado de responsiveness de una autoridad, como el Presidente de la República, se sugiere documentar sus discursos de campaña, que presumiblemente fueron avalados por la ciudadanía desde el momento que ésta decidió mayoritariamente elegir su oferta política entre otras en disputa, y contrastarlos con sus acciones de gobierno una vez en el cargo. De esta contrastación puede establecerse la correspondencia entre las promesas del gobernante y sus hechos, y conferirle un valor que resulta del porcentaje de promesas concretadas. Obviamente, un porcentaje muy bajo de promesas cumplidas (un 50 por ciento o menos) nos habla de una democracia de baja calidad, por cuanto los gobernantes democráticamente electos no satisfacen las expectativas generadas por ellos mismos entre los ciudadanos. Lo contrario vale para el caso de que los gobernantes materialicen en un porcentaje considerable sus promesas (un 80 o 90 por ciento). Huelga decir que en ninguna democracia puede aspirarse al 100 por ciento, pues son muchos los imponderables con los que se deben lidiar. No obstante ello, los buenos gobiernos son los que realistamente se aproximan más al ideal.

Ahora bien, para el caso que nos ocupa —el discurso de campaña de Peña Nieto—, tenemos la limitante de no poder contrastar sus promesas con sus decisiones de gobierno, pues escribo este ensayo antes de que el candidato ganador asuma su responsabilidad como Presidente de la República. Es por ello que he optado por un ejercicio más libre de interpretación de los discursos a partir de la idea de futuro que subyace en ellos, una idea por definición altamente especulativa, pero no por ello imposible de confrontar con indicadores de la realidad precisos y objetivos. De corroborarse por esta vía mis intuiciones, quedará de manifiesto que en los discursos de campaña de Peña Nieto no sólo hay poco de rescatable, realistamente hablando, en cuanto a la idea de futuro que subyace en ellos, sino que incluso sería deseable que, dadas sus inconsistencias y contradicciones inherentes, ni siquiera se pusiera en práctica, pues de seguirlo a pie juntillas traería enormes perjuicios para el país. En consecuencia, paradójicamente, lo deseable en este caso es mantenernos en los próximos años con un bajo grado de responsiveness, aunque no califiquemos en los estándares internacionales de calidad democrática definidos por los especialistas. Obviamente, ironías aparte, poner las cosas en esos términos no habla nada bien de nuestra vapuleada democracia ni de nuestras posibilidades como país de un futuro mejor.

Pero antes de entrar en materia considero pertinente abordar, aunque sea someramente, un asunto de la mayor importancia para caracterizar nuestro presente y que ha ocupado el interés de muchos analistas: las implicaciones del regreso del PRI al poder para la democracia mexicana. Para ponerlo como interrogante, lo que hoy nos preguntamos muchos es si el regreso del PRI al poder significa una restauración autoritaria, una regresión o una mera alternancia de retorno. Considero pertinente el paréntesis, porque a final de cuentas las posibilidades de materializar la idea de futuro que se desprende de los discursos de campaña que llevaron a Peña Nieto a la presidencia estarán determinadas por factores reales y estructurales de poder, como la condición actual del régimen político. Obviamente, aunque no se abordarán aquí, lo mismo aplica para otros factores de gran importancia para México y el mundo, como la crisis global del capitalismo, el restablecimiento de políticas proteccionistas en Estados Unidos y otras potencias por efecto de la misma crisis, el fortalecimiento de los poderes fácticos a nivel global, etcétera.

3. La instauración fallida de la democracia

La transición mexicana a la democracia ha sido tan peculiar en su evolución y desenlace que muchos analistas prefieren desechar la así llamada “teorías de las transiciones” por considerarla inaplicable al caso mexicano. Sin embargo, proceder así es sólo un pretexto para evitarse la tarea de pensar con el rigor que exige el empleo de este corpus teórico, producto de años de investigación y miles de estudios de casos en todos los continentes. Además, desentenderse de esta teoría argumentando la especificidad del caso mexicano es una falacia, por cuanto cada proceso en consideración es único e irrepetible. De lo que se trata más bien es de enriquecer o depurar la teoría a partir de las particularidades de cada caso. Ciertamente, Se puede estar de acuerdo o no con esta literatura, pero si se emplean sus categorías para caracterizar un proceso específico, deberían al menos emplearse con rigor y evitarse así especulaciones superficiales y arbitrarias como las muchas que abundan entre los especialistas en México. En lo personal, he externado en varias ocasiones mis diferencias con la teoría de las transiciones,[6] pero a la hora de utilizar sus conceptos prefiero ceñirme a sus indicaciones antes que especular y alimentar la confusión. Dicho de otra manera, estudiar un proceso de transición específico con las categorías de la teoría de las transiciones no es un ejercicio arbitrario de imaginación o interpretación, sino uno riguroso de caracterización a partir de datos duros en el que no hay espacio para ocurrencias ni posicionamientos políticamente interesados. Eso corresponde más bien a los políticos profesionales, no a los académicos.[7] Dicho esto, la pregunta inevitable para quienes nos ocupamos de estudiar la política y la democracia en México es: ¿en qué momento de la transición a la democracia nos encontramos hoy, después del regreso del PRI al poder por la vía electoral?

He estudiado el tema de la transición mexicana en innumerables ocasiones y lo menos que quiero aquí es repetirme. Por ello sólo resumiré algunas cuestiones clave que me permitan aproximarme con mayores elementos a la interrogante apenas apuntada, no sin antes remitir a los interesados en el detalle a dichos textos.[8] En estricto sentido es incorrecto seguir describiendo a México con la categoría de “transición”, pues ésta concluyó en el 2000 con la alternancia. La explicación teórica es muy simple: una transición culmina cuando sucumben los pilares de dominación que caracterizaron a una determinada forma de ordenación política o régimen político. Sin duda éste es el caso de México, pues con la alternancia del 2000 sucumbieron tanto el partido hegemónico encarnado en el PRI (entendido como un partido no competitivo que basaba su dominio en factores extrademocráticos) como el presidencialismo (entendido como un poder ilimitado con enormes facultades constitucionales y metaconstitucionales), las dos estructuras sobre las cuales se sostenía todo el entramado institucional del viejo régimen priista.[9]

La alternancia en el poder marca pues, el fin de la transición mexicana, una transición muy larga y atípica que tuvo como eje las reformas electorales, dejando intacto el resto del entramado normativo. Dicha apertura limitada y controlada de la arena electoral fue más producto de las exigencias de un régimen autoritario por rasguñar legitimidad por la vía democrática en coyunturas de deterioro o abierta crisis política que de una voluntad democratizadora genuina por parte de las elites priistas. Como quiera que sea, la alternancia tiene lugar en una fase terminal del viejo régimen, atravesado por innumerables conflictos internos e incapaz de neutralizar el creciente repudio social en su contra. Con la alternancia y el fin de la transición se inaugura un nuevo proceso en México que la literatura especializada denomina “instauración democrática”.[10] Dicho proceso puede durar varios años y no hay ninguna seguridad de que culmine con éxito. La instauración democrática consiste básicamente en la derogación inmediata de las leyes y reglas antidemocráticas generadas durante el viejo régimen autoritario[11] y el diseño y aprobación de las nuevas reglas y normas acordes con las exigencias de un régimen democrático, o sea la aprobación de una nueva Carta Magna.

Cabe señalar que no ha habido hasta ahora ninguna transición democrática exitosa en el mundo que no haya pasado por una reforma integral de su Constitución, expresión normativa de los nuevos impulsos democráticos y renovadores. Como es obvio, en México no se ha podido materializar este requisito para instaurar la democracia y hacer tabla rasa del pasado autoritario. Lejos de ello, los impulsos democráticos surgidos con la alternancia han quedado atrapados en una normatividad obsoleta y predemocrática, alimentando todo tipo de perversiones y contradicciones, como parálisis decisionales, impunidad, abusos de autoridad, discrecionalidad y elecciones inauténticas o poco confiables. Huelga decir que sin una instauración democrática exitosa no se puede aspirar a consolidar la democracia. De hecho, sólo se puede consolidar lo que se instaura, y en México no ha prosperado hasta ahora la reforma del Estado o reforma constitucional que tanto se pregonó en su momento.

Con todo, hasta las elecciones de 2012 no había razones suficientes para decretar el fin de esta etapa o para hablar de una “instauración fallida”, si es que vamos a utilizar correctamente las categorías de la teoría de las transiciones. Ciertamente, en ausencia de un rediseño normativo del entramado político-institucional, México se había encaminado durante los años de la alternancia hacia un hibrido entre el autoritarismo y la democracia, un régimen con una democracia electoral visiblemente defectuosa aunque funcional, pero con grandes resabios autoritarios en el ejercicio del poder, cobijados y alentados por la pervivencia de las reglas del juego predemocráticas del viejo régimen. Además, dada la ausencia de referentes alternativos que anteponer a lo que los ciudadanos estábamos atestiguando, muchos comenzaron a dar por normal para una democracia lo que en realidad eran perversiones o desviaciones de la misma. Pero no todo estaba perdido, existía en el país una nueva y vigorosa pluralidad política, elecciones medianamente confiables y en algún lugar dormitaba aún la idea de que para avanzar en la democracia tarde o temprano tendría que reformarse la Constitución. Después de las elecciones del 2012 todo eso quedó en el pasado y no tenemos más remedio que caracterizar el momento político actual como una “instauración fallida” de la democracia, con tres posibles consecuencias: a) un impase en la democracia de larga duración; b) un colapso de la democratización en curso; y/o c) una regresión o restauración autoritaria disfrazada.

Para fines de análisis, por instauración fallida se entiende el fracaso del proceso de rediseño institucional y normativo que sentaría las bases del nuevo régimen democrático, ya sea por la imposibilidad y/o el desinterés de los actores políticos de llegar a acuerdos sustantivos en las arenas institucionales de negociación. En estos casos, es frecuente que los actores políticos, en especial los partidos, atribuyan la falta de consensos entre ellos a la pluralidad de posiciones a veces irreconciliables en el Congreso. Pero esto no deja de ser un ardid, pues la pluralidad constituye más bien un terreno idóneo para que los acuerdos que se tomen, si realmente hubiera voluntad de pactar, contemplen todos los intereses y posiciones presentes en la arena política. En virtud de ello, me inclino a pensar que la falta de acuerdos se debe más bien a cálculos políticos interesados, pues siempre será más rentable para los partidos políticos y los gobernantes moverse en la ambigüedad, la discrecionalidad y la impunidad que consienten las viejas reglas predemocráticas que hacerlo con nuevas más estrictas que inhiban o castiguen severamente ese tipo de conductas.

La tesis de la instauración fallida para caracterizar al México actual se sustenta en los siguientes hechos:

1. Si en tiempos de alternancia, con una nueva pluralidad en el Congreso, con el entusiasmo renovador surgido de la destitución en las urnas de un régimen autoritario de más de setenta años, no pudo concretarse la instauración democrática, o sea el rediseño institucional y normativo del nuevo régimen, esto menos ocurrirá con el regreso del PRI a Los Pinos en diciembre de 2012. No ocurrirá por varias razones, pero la principal es que no le interesa. Si hay un partido que se siente cómodo con las reglas del viejo régimen es precisamente el PRI, pues esas reglas no sólo fueron edificadas por este partido para perpetuarse en el poder, sino que nadie sabe aprovecharlas mejor que él para sus propios intereses. El PRI se siente como pez en el agua con esas reglas y sólo es cuestión de tiempo para que regresen las viejas prácticas clientelistas, corporativas y verticales que tantos beneficios le reportaron en el pasado a las cúpulas del partido.

2. La transición en México ha tenido como eje, antes y después de la alternancia, las reformas electorales, bajo la premisa a todos luces errónea de que bastaba perfeccionar las reglas de la competencia y la participación electoral para edificar una democracia. Es errónea porque un régimen político democrático es un todo integrado donde el sistema electoral es sólo uno de sus componentes. A la larga, de poco sirve pretender apuntalar una democracia con reformas electorales si junto con estas no se modifican cuestiones tan básicas para una democracia como el equilibrio entre los poderes, la forma de gobierno, el federalismo, la procuración de justicia, los medios de comunicación, la rendición de cuentas, entre miles de aspectos más.[12] De hecho, no se puede aspirar a consolidar la democracia electoral en ausencia de reformas al resto del edificio normativo e institucional. Huelga decir que si algo evidenció la elección presidenciales del 2012 fue precisamente el desgaste de la democracia electoral. Si las elecciones permitieron la alternancia en el 2000 con un buen margen de aceptación, hoy sólo producen desconfianza e incredulidad. Tal parece que con la normativa electoral vigente no gana el partido o el candidato más votado sino el que sabe aprovecharse mejor de las ambigüedades y vericuetos legales para comprar votos descaradamente, excederse ostensiblemente en los gastos de campaña, comprar encuestadoras para que funcionen como propaganda, comprar medios de comunicación para proyectarse y un sinnúmero de irregularidades más que enlodan y vuelven inequitativa de origen cualquier contienda electoral. A eso hay que sumar la sospechosa actuación del IFE (Instituto Federal Electoral) a todas luces parcial y discrecional a la hora de sancionar o no las querellas interpuestas por presuntos delitos electorales. Lo mismo puede decirse del TEPJF (Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación) que terminó convalidando sin ningún pudor el cochinero que fueron estas elecciones. Es obvio entonces que si el PRI supo aprovechar esas reglas electorales maltrechas para regresar al poder lo menos que le interesa ahora es modificarlas para futuras contiendas, amén de que este partido contará a su favor con toda la maquinaría del poder, con recursos ilimitados y gran capacidad de movilización, tal y como ocurría en su época más gloriosa. Una razón más que evidente para decretar desde ahora el fin de la instauración democrática.

3. Todo gobierno requiere un umbral de legitimidad para mantenerse sin mayores sobresaltos. Dicha legitimidad puede ser de origen, la que proveen las urnas, o por gestión, la que se alcanza por un desempeño percibido como aceptable por parte de la sociedad. En el caso del próximo gobierno de Peña Nieto es evidente que los cinco puntos de diferencia obtenidos por él en las urnas respecto de su más cercano adversario no son suficientes para legitimarlo, considerando las grandes desconfianzas que suscitó su triunfo entre millones de mexicanos. De ahí que el nuevo presidente buscará invariablemente legitimarse por sus acciones. Ahora bien, si el PRI en el poder actúa como sabe hacerlo para neutralizar los efectos permisivos que heredará de los terroríficos gobiernos panistas,[13] lo más seguro es que obtenga buenos resultados para legitimarse. Pongo un ejemplo que por lo demás ya fue ensayado por el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, que como se sabe es el principal maestro y mentor de Peña Nieto: si el gobierno pacta con alguno o algunos de los cárteles del narco (hoy es vox populi que el principal beneficiario de ese pacto serían “Los Zetas”), se podría “pacificar” el país, disminuir la violencia y el gobierno obtendría cuantiosos recursos provenientes del narco para impulsar políticas sociales y económicas de relumbrón.[14] Por esta vía Peña Nieto obtendría la legitimidad necesaria no sólo para neutralizar parte del descontento que hoy concita sino para desentenderse por completo de la exigencia de legitimarse mediante reformas electorales o reformas al régimen político, tal y como ocurrió con el gobierno de Salinas de Gortari, o sea que contará con un umbral suficiente de legitimidad como para posponer indefinidamente cualquier tipo de reformas democráticas. Es evidente que ese escenario más que factible abona igual que en los puntos anteriores a la tesis de la instauración fallida.

Hasta ahora hemos visto que con el retorno del PRI al poder la instauración democrática quedaría trunca por no decir abortada. Pero falta discutir si esto representa o no una restauración o regresión autoritaria.

Teóricamente, la idea de restauración autoritaria alude a un proceso donde se restituyen los componentes fundamentales del antiguo régimen después de un intervalo en el que dejaron de ser operantes. Por su parte, la regresión autoritaria supone un proceso de involución en los avances democráticos alcanzados en la era postautoritaria, lo que puede conducir al colapso definitivo del régimen democrático que apenas comenzaba a asentarse. Finalmente, la alternancia simple o de regreso significa básicamente que un partido que había sido destituido del poder central por la vía electoral regresa en una elección posterior, en el marco legal establecido y sin que ello represente per se una mutación en el ordenamiento político-institucional. Para variar, considerando estas categorías, el caso mexicano después de las elecciones del 2012 no entra plenamente en ninguna de ellas, sino que tiene un poco de cada una, aunque el desenlace final nos aproxima más a un autoritarismo de nuevo cuño que a una democracia incipiente. Veamos.

Con el regreso del PRI al poder es inevitable que se restituyan muchas de las prácticas autoritarias del pasado, por la sencilla razón de que durante la alternancia no se reformaron las leyes que las posibilitaban y estimulaban en la era autoritaria. Regresarán, por ejemplo, el corporativismo estatal tutelado por el Estado a través del PRI, el clientelismo como un instrumento para obtener apoyos y lealtades a cambio de dádivas, las imposiciones jerárquicas desde el vértice del poder presidencial, el ejercicio discrecional del poder central, entre otras muchas prácticas. Sin embargo, ahora existen ciertos condicionantes para el ejercicio del poder que no había en la era autoritaria y que difícilmente podrían ignorarse sin un alto costo para la legitimidad y la persistencia estable del nuevo gobierno. Se trata de límites específicos que al menos teóricamente nos impiden hablar inequívocamente de una restauración autoritaria, si acaso de una restauración parcial, tales como la existencia de un pluralismo lo suficientemente consolidado en todo el país como para dejarse doblegar por los embates restauradores; una ciudadanía más crítica y participativa que ya no se traga todo lo que le venden sus gobernantes y representantes políticos; una aceptación mayoritaria de la democracia como la vía más pertinente para dirimir los conflictos y elegir a los gobernantes, entre otros aspectos. Quizá todo ello funcione en el corto plazo como un baluarte contra una restauración autoritaria, aunque nada garantiza que así sea, pues el PRI en el poder podría reeditar a su conveniencia elecciones fraudulentas y simuladas semejantes a las que celebraba durante el viejo régimen con tal de mantener sus posiciones de poder. Lo peor del caso es que el PRI ni siquiera tendría que reformar o “ajustar” las leyes electorales vigentes para lograrlo, pues con las que hay es posible cometer impunemente todo tipo de irregularidades e ilícitos, tal y como quedó de manifiesto en las elecciones federales del 2012. Como quiera que sea, mientras ello no ocurra y por más que se reediten muchas de las prácticas autoritarias del pasado, sería impreciso caracterizar el retorno del PRI como una restauración autoritaria.

Dicho en otras palabras, sólo si el PRI optara por reproducirse en el poder mediante elecciones simuladas, inequitativas e impositivas similares a las que existían en la era autoritaria, sometiendo el pluralismo político y manipulando la voluntad popular, este partido recuperaría para sí su condición de partido hegemónico no competitivo que lo caracterizó durante décadas, o sea un partido que basa su hegemonía en factores extrademocráticos. Sólo entonces podríamos hablar propiamente de restauración autoritaria. Lo mismo puede decirse del presidencialismo, el otro pilar sobre el que se sostenía el viejo régimen. Sólo en un escenario en que el titular del Ejecutivo recobrara la centralidad incuestionada y todopoderosa de la era del presidencialismo imperial, ya sea imponiendo arbitrariamente su voluntad sobre los poderes Legislativo y Judicial, valiéndose para ello de todo tipo de argucias, chantajes y sobornos (situación por lo demás muy común en los gobiernos estatales donde gobierna el PRI), o actuando arbitraria y discrecionalmente a espaldas de los legisladores y ministros, sin apego alguno a la legalidad y sin ninguna responsabilidad frente a los gobernados, podríamos hablar propiamente de restauración autoritaria. Empero, nadie podría asegurar a estas alturas que este escenario no ocurra ahora que el PRI ha recuperado el poder central.

En virtud de las consideraciones anteriores, la categoría “regresión autoritaria” aplica mejor que la de “restauración autoritaria” para caracterizar el momento que estamos viviendo en México después de las elecciones federales de 2012, al menos por ahora. La razón es simple, mientras la restauración supone el restablecimiento fiel del viejo régimen después de un intervalo postautoritario, o sea la reposición para el caso mexicano de la condición hegemónica del PRI y del presidencialismo sin pesos ni contrapesos reales, la regresión alude simplemente a una involución respecto de los avances democráticos que se habían conquistado, colocando al país en una zona más próxima al autoritarismo que a la democracia. Dicha involución no supone, a diferencia de la restauración, regresar a un autoritarismo idéntico al que existía antes del intervalo postautoritario, sino simplemente colocar al país en una dirección cada vez más distante de la democracia. Sin embargo, mientras se mantenga la remota posibilidad de que el PRI pierda el poder mediante elecciones mínimamente correctas (pedir más a estas alturas, como transparencia, equidad o legalidad, es un eufemismo), la regresión autoritaria que hoy atestiguamos no dejaría de ser una muy sui generis si se consideran adecuadamente las indicaciones que la teoría establece. Me explico, que existen suficientes elementos para hablar hoy, con el regreso del PRI al poder, de una regresión autoritaria, es indudable, pero también podemos estar atestiguando la instauración incipiente de un híbrido institucional muy peculiar entre el autoritarismo y la democracia, igual que el viejo régimen priista, que para entendernos era un régimen formalmente democrático pero autoritario en la práctica. ¿Qué cambia entonces? Si durante los últimos años del viejo régimen lo que teníamos era un autoritarismo en transición a la democracia, ahora tenemos una democracia inconclusa en transición al autoritarismo (debido a la instauración fallida). Y respecto a la era de la alternancia postautoritaria, si antes del regreso del PRI al poder el país vivía un proceso de instauración democrática lento y débil, ahora experimenta una regresión autoritaria disfrazada, considerando que la instauración democrática quedará prácticamente confinada por no convenir a los intereses de los nuevos inquilinos en el poder.

Con respecto a la última categoría indicada al inicio, la de alternancia simple o de regreso, es indudable que aplica perfectamente para el caso del retorno del PRI, pues éste ocurrió por la vía de las urnas y en el marco legal establecido para el efecto. Sin embargo, el regreso del PRI al poder no constituye una alternancia más, como cualquier otra, pues lo que regresa es ni más ni menos que el partido que representa el eslabón con el pasado autoritario. Ni al caso discutir si hay una ruptura entre el viejo PRI y un supuesto nuevo PRI, pues es evidente que este partido ha sido incapaz de democratizarse y de adecuarse a las nuevas reglas democráticas. Sus dirigentes siguen funcionando con los mismos patrones y esquemas del pasado, pues son exactamente los mismos. En todo caso, la novedad de esta alternancia simple o de regreso radica en el hecho de que restituye en el poder al mismo partido que sometió al país al autoritarismo durante siete largas décadas, cuestión que posee una carga simbólica desconcertante y desmoralizante. De hecho, no existe en el mundo ningún caso semejante en que un mismo partido autoritario regrese al poder por la vía electoral. Nuevamente, México da la nota mundial y demuestra que hay pueblos sin memoria o incapaces de dejar en el pasado sus peores fantasmas y pesadillas, pueblos que entre la servidumbre voluntaria y la libertad a veces eligen penosamente la primera.[15]

Finalmente diré que existen suficientes evidencias para afirmar que la regresión autoritaria que experimentamos hoy en México fue pactada, o sea que el retorno del PRI al poder por la vía electoral contó con la complicidad de actores políticos clave de acuerdo a un plan preestablecido. Existen muchas razones para pensarlo, pero sobre todo las enormes suspicacias que generaron las elecciones presidenciales del 2012, donde observamos todo tipo de irregularidades, como la tibieza y parcialidad del árbitro electoral, el comportamiento insólito de ciertos personajes, la manipulación indiscriminada de las encuestas, la imposición mediática del candidato del PRI, etcétera.[16]

En suma, de acuerdo con esta caracterización, malos tiempos nos esperan a los mexicanos en lo que se refiere al proceso de democratización y afirmación de los derechos civiles y políticos que tan trabajosamente conquistamos en los años recientes. En ese contexto, las ideas promisorias de futuro implícitas en el discurso de campaña de Peña Nieto parecen tener un umbral de viabilidad poco plausible. Más aún, el verdadero desafío del nuevo inquilino en Los Pinos será hacer pasar por democráticas sus decisiones, en un contexto claramente regresivo o involutivo. Regresamos pues a la era de las simulaciones, a los tiempos de la democracia de fachada, a las retóricas oficiales de la democracia o “evangelio de la transición”.[17]

4. Las retóricas del porvenir

Mi insumo en esta parte son los discursos de campaña de Peña Nieto durante el proceso electoral de 2012 (alrededor de sesenta), incluyendo sus intervenciones en los dos debates presidenciales celebrados durante la contienda, así como su Plataforma Electoral Federal y Programa de Gobierno 2012-2018. Mi primera reacción sobre este conjunto de propuestas y declaraciones, además de la indigestión y cierto dolor de cabeza que me provocó leerlos y releerlos, es de perplejidad e incredulidad. Perplejidad, porque pintan a un candidato superdotado, casi un prohombre, que posee la fórmula mágica para solucionar todos los males del país y convertirlo en una potencia mundial. Incredulidad, porque nadie en su sano juicio puede dar crédito a tanto desatino disfrazado de optimismo.

Vistos en conjunto, los discursos de campaña de Peña Nieto constituyen un catálogo de buenos propósitos, soluciones prodigiosas, lugares comunes y poca sustancia. Sorprende que todas las propuestas y compromisos del candidato se originen en un diagnóstico de la actual problemática nacional absolutamente simplista y reduccionista. De ahí que la idea de futuro que emerge de esta lectura carezca de sustento sólido o de la más mínima veracidad. Por momentos, al leer estos discursos, me sentí en la era del viejo régimen, donde los candidatos faraónicos no tenían más límite que su imaginación para proyectar un país generoso lleno de prosperidad y grandeza. Resabio del pasado autoritario o estilo personal de perorar, el hecho es que nada diferencia a Peña Nieto de sus precursores priistas presidenciables a la hora de vender su proyecto de país para el porvenir.

Al parecer, doce años de alternancia no bastaron para modificar los viejos usos y costumbres priistas, como la grandilocuencia y el estruendo discursivo, la desmesura y la exageración para concitar apoyos, aunque dicha enfermedad, siendo justos, terminó contagiando a todos los partidos y a todos los políticos por igual. La prudencia y el buen juicio, la sobriedad y la moderación son virtudes poco cultivadas o apreciadas por la clase política en general. ¿Y cómo no prometer las perlas de la virgen si nada ni nadie obliga en nuestro país a los gobernantes a responder por sus dichos? Herencia de setenta años de dictadura perfecta, la política sigue concibiéndose en México como el botín de unos cuantos, como el reino de la impunidad, como el lugar donde todo se puede…

Por todo ello, hablar en México de calidad de la democracia parece una broma, un chiste de humor negro. Aquí simplemente están ausentes todos los indicadores de calidad que propone el modelo. Más aún, México desafía las premisas del modelo y lo deja muy mal parado, pues demuestra que para todos los fines prácticos se puede ser una democracia pero sin democracia, donde la calidad democrática, bien explotada discursivamente, es un eufemismo para el lucimiento personal de los políticos. Veamos. Nada hay más ilusorio en México que suponer que existe un autentico Estado de derecho (rule of law). Más que imperio de la ley lo que aquí tenemos es un imperio de la impunidad, la ilegalidad y la corrupción. Los ejemplos son tan cotidianos para todos los mexicanos que ni al caso ahondar en el tema. Y qué decir de la accountability (rendición de cuentas), una auténtica tomadura de pelo disfrazada de ley de acceso a la información. Si algo caracteriza al quehacer político en México es la opacidad y la discrecionalidad en todos los niveles de la administración pública. Siempre hay maneras para maquillar las cifras, justificar partidas, disfrazar licitaciones… Al final, nadie sabe y nadie supo. Pero eso sí, los políticos se llenan la boca a la menor provocación de “transparencia”, la palabra mágica que todo lo santifica y purifica.

En esas circunstancias, esperar que los representantes políticos respondan (responsiveness) por sus dichos, o sea que llenen de contenido sus promesas y compromisos, es simplemente un disparate. Si los ciudadanos en México estamos desprovistos de instrumentos legales para exigir cuentas a nuestros políticos, para vigilarlos y sancionarlos cuando se extralimitan en sus funciones, o incluso para revocarles el mandato en situaciones extremas de corrupción o abusos de autoridad, más aún lo estamos para exigir reciprocidad a nuestros representantes cuando ejercen el poder. En ningún lugar aplica mejor que en México la frase popular “prometer no empobrece, dar es lo que aniquila”. Finalmente, nada hay más insatisfactorio en México que la libertad y la igualdad. Si por libertad se entiende en el esquema de la calidad democrática la extensión de derechos a sectores sociales y minorías largamente marginados del mismo, para ejercer sin reparos de ningún tipo sus libertades elementales, nuestro país presenta en este rubro déficits históricos abismales. Baste mencionar la indefensión en la que viven los grupos indígenas del país o la discriminación o exclusión de las que siguen siendo objeto las mujeres. En cuanto a la igualdad, México es quizá el país más inequitativo del mundo. Aquí la pobreza sigue siendo extrema y muy extendida, así como reducida y concentrada en pocas manos la riqueza. En esas circunstancias, en nada enorgullece a un país como el nuestro contar con el hombre más rico del planeta, pues es la constatación más grosera de la desigualdad que nos cruza de norte a sur.

En suma, en un país de mentiritas como el nuestro,[18] el país donde todo se puede, prometer un México que renace de sus cenizas para convertirse en un dechado de virtudes y conquistas, para envidia del mundo, es pecata minuta. La fórmula, además, parece infalible para seducir incautos, pues se ha abusado de ella una y otra vez en el México posrevolucionario, y luego en el postautoritario, y aun antes, en las muchas dictaduras, imperios y repúblicas liberales y conservadoras del siglo XIX. El discurso de campaña de Peña Nieto, como veremos aquí, no es la excepción. Hay en su hechura y estilo todos los ingredientes de la escenificación épica tan socorridos en el pasado, la visión reificada de un futuro glorioso, la transmutación milagrosa de nuestros males endémicos en bienes tangibles y perdurables, como quien multiplica los panes para que todos coman o convierte el agua en vino para que todas beban felices. De ahí que Peña Nieto emerja de su prédica casi casi como el Mesías redentor, el sanador de las almas toscas, el salvador de los oprimidos o, en clave autóctona, el nuevo “tata”. Habrá que ver si le alcanzan sus ambiciones para convertirse también, de pasadita, en el “Jefe Máximo”, el “principal priista”, el “presidente imperial”, pues, como dijimos antes, la mesa está servida para que así lo sea.

Pero no toda la culpa es de Peña Nieto. Hay un resabio cultural heredado del viejo régimen muy arraigado en los mexicanos que nos predispone a renovar nuestras esperanzas como nación cada seis años, después de constatar con amargura que el último redentor nacional resultó un fiasco, que el poder lo transformó y alejó del pueblo, volviendo al país una pesadilla de la que sólo queremos despertar cuanto antes. Si es de la mano de un nuevo redentor que así sea. Total, “más pior no nos puede ir”. La historia se reproduce ad nauseam, pues todo complota para que así sea. Así como los ciudadanos solemos personificar nuestras tragedias en la figura del presidente en turno, descargando en Él nuestras frustraciones y congojas, el presidente en turno juega con este paternalismo cultural para enseñorearse y empoderarse. Es muy fácil, en esas circunstancias, que algunos gobernantes pierdan el piso. En casos extremos, este juego de espejos puede conducir a paroxismos delirantes o esquizofrénicos: “Defenderé el peso como un perro…”, “¿Y yo por qué…?”, “México es hoy un país más seguro”… Fenómeno que la sabiduría popular ha sabido representar magistralmente: “el poder marea”, “si el poder corrompe, el demasiado poder corrompe demasiado”…

Sirvan estas premisas para examinar ahora el contenido de los discursos de campaña de Peña Nieto. Como ya se dijo, mi interés es analizar su consistencia y viabilidad en contraste con el país que bocetan para el porvenir. Propongo para ello volver a las interrogantes planteadas al inicio: a) ¿qué nos dicen los discursos de campaña sobre el futuro del país?, b) ¿qué tanto se corresponden los discursos de campaña sobre el futuro del país con los deseos y percepciones de la sociedad en general?, y c) ¿cuál es el grado de veracidad y la viabilidad real de dicha idea de futuro bocetado en el discurso? Para fines de análisis, me concentraré en tres grandes temas que por lo demás reflejan muy bien el cúmulo de asuntos que inquietan a la nación en la actualidad: democracia, economía y seguridad.

4.1. Democracia

Por lo expuesto en el inciso 3, la palabra “democracia” en boca de Peña Nieto suena en realidad a engaño, burla e imposición. En efecto, el priista llega a la Presidencia mediante un proceso electoral plagado de irregularidades en que sus operadores políticos echaron mano de todos los recursos a su alcance, viejos y nuevos, previsibles e inimaginables, para lograrlo: compra descarada de votos en todo el país, compra de encuestadoras con fines propagandísticos, imposición mediática del candidato, y una lista interminable de acciones ejecutadas con precisión milimétrica, aprovechando las muchas oscuridades y ambigüedades legales vigentes en el marco normativo electoral. Asimismo, Peña Nieto representa todo lo contrario a la democracia, no sólo porque proviene del PRI, el eslabón que ata irremediablemente al país a un pasado autoritario de más de setenta años, sino porque pertenece al grupo priista más pernicioso y mafioso de todos, el conocido Grupo Atlacomulco ampliado, una suerte de Cosa Nostra o camorra priista, que cuenta entre sus miembros a finísimas personas, como Salinas de Gortari, Arturo Montiel y los hijos de Hank González. Con todo, ello no obsta para que Peña Nieto se presente en sus discursos de campaña como un demócrata genuino comprometido con los valores de la democracia, como la tolerancia, el respeto a las diferencias, la transparencia, la búsqueda de acuerdos, etcétera.

Sin embargo, si en algún tema de campaña Peña Nieto fue particularmente evasivo y abusó de las generalidades y los lugares comunes es precisamente en el de la democracia del porvenir. Así, por ejemplo, la idea que manejó en todas las ocasiones que abordó el tema fue que el país avanzará en su sexenio hacia “una democracia fuerte y consolidada, participativa y con gobernabilidad, respetuosa de la ley y el federalismo”.[19] “Proponemos consolidar —reitera en otro discurso— una gobernabilidad democrática como forma de ejercicio de gobierno fundada en la ley, el respeto, la tolerancia y la disposición a colaborar con todos”.[20] O este otro cargado de optimismo: “Nuestra democracia no es patrimonio de un candidato o de partido alguno. Nuestra democracia es patrimonio de todos los mexicanos de hoy y mañana, y como tal debemos conservarla y fortalecerla”.[21] Más general y ambiguo imposible. En este planteamiento que se repite hasta el cansancio en los discursos de Peña Nieto no hay nada rescatable, no hay un diagnóstico serio y puntual de los problemas y déficits de nuestra democracia, de la insatisfacción y malestar que producen todavía los procesos electorales, de las evidentes lagunas y contradicciones normativas en materia electoral, de los muchos retos que existen para avanzar hacia un auténtico Estado de derecho, de las inercias autoritarias que perviven en nuestra Constitución, etcétera. Nada. Sólo un conjunto de buenos deseos, dando por descontado que en materia de construcción de la democracia es poco lo que hay que hacer, pues supuestamente el país ha dado pasos firmes e irreversibles en esa dirección:

Algo que México ha logrado en los últimos años, que sin duda es un gran activo y que no podemos perder, ni debiéramos dejar que esto suceda, es nuestra democracia. Nos llevó años construirla. Le llevó años a la sociedad mexicana lograr esta condición democrática que hoy el país vive, y que permite una participación equitativa a los partidos políticos, espacios para participar más allá de lo que cada partido represente y tenga el respaldo entre la sociedad, todos los partidos tienen espacios igualitarios y equitativos para participar en la contienda y competencia democrática.[22]

Que Peña Nieto subestime por omisión los muchos problemas de nuestra maltrecha democracia tiene sentido, pues el PRI regresa fortalecido al poder por la vía electoral y vendiendo la idea de que fue este partido el que permitió la democracia en su momento, que fue respetuoso de la ley cuando perdió el poder, y que ahora regresa renovado y más democrático que nunca, gracias a la existencia de una democracia sólida y madura:

 [El PRI] ha sabido entender el cambio político que México ha experimentado, esta transición democrática que hemos tenido y se ha preparado para competir […], para potenciar y exhibir lo que han sido sus logros, reconocer sus errores y desaciertos, pero sobre todo, en el clima y en el marco de una competencia democrática, favorecer y privilegiar sobre todo la propuesta, el proyecto, la solución que queremos llevar a los mexicanos.

                De las competencias, no sólo en ésta que es la presidencial, en todas las competencias donde mi partido ha participado, hay que reconocer la actitud madura y civilizada que ha adoptado, donde ha defendido sus victorias, pero también ha sabido reconocer sus derrotas, y ésta debiera ser, entre otras, muestras de una actitud de avanzada, de madurez y de civilidad que hoy debieran tener los partidos políticos en esta competencia democrática.[23]

Obviamente, se trata de una perorara muy conveniente para un partido que como el ave Fénix regresa de sus cenizas. Pero poco hay de persuasivo en ello, pues cualquiera sabe que si la sociedad echó al otrora partido oficial del poder en el 2000 fue por hartazgo, y si ahora regresa es porque el experimento panista resultó un Frankenstein, no porque la gente esté convencida de la metamorfosis democrática del PRI o de las bondades de la democracia electoral.[24] Por esta vía retórica se crea una ilusión que poco ayuda a reconocer los problemas estructurales que hoy agobian a la democracia mexicana, una espejismo que sólo alimenta el conformismo y el inmovilismo, cuando en realidad, como he sostenido en otra parte, en materia de democracia todo está por hacerse en México.[25]

Por otra parte, recurriendo a un artilugio muy frecuentado durante el viejo régimen, y hoy francamente obsoleto, Peña Nieto hace depender el desarrollo democrático del desarrollo económico:

Nuestra preocupación y gran responsabilidad es revertir este estado de cosas en el país, dar un golpe de timón con el que la nación recupere el rumbo para que, en el corto y mediano plazo, demos respuestas concretas que permitan un combate frontal a la pobreza y a la desigualdad; que sea a través del desarrollo económico, con empleos formales y una mejor distribución de la riqueza nacional, como logremos no sólo la justicia social, sino poner a salvo la democracia, restaurar el Estado de derecho, darle sustentabilidad al crecimiento y recuperar nuestro prestigio y papel en el contexto internacional.[26]

La fórmula es retórica, porque por enésima ocasión se hace depender el desarrollo democrático de factores externos a la democracia, que de no concretarse condenan a aquélla a la parálisis. Una justificación muy cómoda para no comprometerse más de la cuenta con acciones especificas que permitan apuntalar la democracia, como la reforma del Estado o una auténtica reforma electoral, y para echarle la culpa de los pocos avances que se puedan alcanzar al respecto a la pervivencia de rezagos socioeconómicos muy arraigados en el país, imposibles de revertir en el corto plazo de un sexenio. La misma monserga de siempre, la del viejo régimen y la de los gobiernos de la alternancia, pero ahora más rupestre, pues si algo exhibe Peña Nieto al hablar de democracia es una total ignorancia. Salvo esto, nada hay en el discurso del próximo presidente de la República que no evoque la vieja perorata priista de la “justicia social”, el principio articulador del nacionalismo revolucionario, un fin superior y etéreo en nombre del cual se posponían todos los demás, como la propia democracia. Por esta vía claramente demagógica el viejo régimen pospuso setenta años la democratización del país, y lejos de materializar el ideario de justicia social que con tanta convicción y vehemencia repitieron sus emisarios condenó a millones de mexicanos a la más insultante y lastimosa de las desigualdades socioeconómicas.

De más está decir que al hacer depender el desarrollo democrático del desarrollo socioeconómico se vuelven a posponer indefinidamente las tareas sustantivas que demanda rehacer una democracia tan maltrecha como la nuestra. En otras palabras, lo prioritario en la óptica de Peña Nieto no es el estado de salud de la democracia sino las difíciles condiciones socioeconómicas del país, por lo que aliviando éstas mejorará en automático aquélla. Un argumento a todas luces falaz y tramposo, pues se trata de problemáticas distintas, igualmente importantes, y que requieren medidas específicas para encararlas con alguna posibilidad de éxito. El escenario inmediato para la democracia que se desprende de todo ello es poco promisorio y empata perfectamente con lo que ya apuntaba en el inciso 3 sobre la regresión autoritaria: con el retorno del PRI estamos más cerca del autoritarismo que de la democracia.

De ahí las generalizaciones en el discurso de Peña Nieto caminan solas, si la democracia no ha logrado convencer a todos —afirma—, es porque “cuando una sociedad no ve avances, mejoras, resultados, precisamente a partir del régimen democrático que ha consolidado, viene el desencanto que se convierte en un riesgo mismo para la democracia”.[27] Y es precisamente aquí donde Peña Nieto saca la varita mágica:

Por ello, he venido postulado de tiempo atrás que hoy se trata de lograr que nuestra democracia vaya más allá del mero terreno electoral y dé lugar a gobiernos eficaces que realmente den mejores resultados a la sociedad, a quienes gobiernan, a quienes se deben y para quien deben de trabajar.[28]

Al parecer, Peña Nieto tiene en sus manos la fórmula secreta de la eficacia, de un gobierno que al ofrecer resultados seducirá al gentío y sumará a su causa a las ovejas descarriadas; todos adorarán a partir de ahora la democracia y creerán de nuevo en las instituciones. Ni al caso comentar un argumento tan obtuso como éste. O el priista olvida que la gobernabilidad democrática, sustentada en la eficacia gubernamental, es muy difícil de alcanzar porque son muchos los intereses que hay que conciliar, más en un país donde el pluralismo político ha sido todo menos dócil con el gobernante en turno, o sobrestima sus propias capacidades ¿autoritarias? para imponer su voluntad al resto de los actores y para neutralizar sus efectos negativos. En todo caso, eficacia es precisamente lo que menos puede garantizar hoy en día un político a su pueblo en ninguna parte del planeta sin parecer arrogante o sin faltar a la verdad. Una fórmula tan gastada como insustancial en tiempos donde la economía de un país puede despeñarse porque cae la bolsa de Hong Kong.

Hasta aquí la retórica de Peña Nieto sobre la democracia. Nada que rescatar. Si acaso advertir que poco se le podrá exigir al respecto en el futuro, en sintonía con el principio de reciprocidad que postula el modelo de la calidad democrática, pues más allá de prometer eficacia en su gestión y una democracia sana, el priista ha preferido moverse en la superficie en este tema tan decisivo para el país. Si el diagnóstico de la democracia que subyace en su discurso es tan pobre, todo lo demás resulta irrelevante. Para Peña Nieto la democracia goza de cabal salud y sólo necesita mejor ventilación para desarrollarse al máximo. Y luego quieren que uno no sea suspicaz.

4.2. Economía

Si la retórica de Peña Nieto sobre la democracia raya en la tragicomedia, su retórica sobre la economía nacional del porvenir podría hacer llorar a los chinos y a más de una potencia emergente, porque México no sólo saldrá de su postración sino que en poco tiempo eclipsará los logros de aquéllos. De ese tamaño es el optimismo del priista a la hora de bocetar el México del futuro: “un país con una economía productiva, moderna, dinámica y competitiva, con crecimiento y empleo”; “un país justo, sin desigualdad ni pobreza, con equidad y calidad de vida, con una distribución más equitativa de la riqueza”.[29] Y si de prometer se trata, y ya entrados en gastos, por qué no de una vez triplicar el crecimiento:

Y me comprometo también a triplicar el crecimiento económico de México, para que realmente ofrezcamos a la sociedad presente y a las futuras generaciones, y especialmente a los jóvenes, oportunidades de empleo.[30]

[…] para pasar del 1.7 en promedio que ha crecido México en estos últimos 12 años, para lograr un crecimiento real, porque es posible y realizable, entre el 5 y el 6 por ciento.[31]

Pero no se le puede pedir cordura a un candidato que en su ignorancia reduce la economía a una simplificación extrema:

 […] cuando no se crece no se abren oportunidades de empleo. Y cuando los empleos que se generan no son suficientes, los que se propician son de baja paga, son mal remunerados, porque una mayor oferta presiona eventualmente a más empleos. No es el único factor, pero sin duda importante: mayor oferta, más empleo, mejor remunerado. Y esto tiene que ver con el crecimiento económico.[32]

De ahí las simplificaciones se encadenan sin remedio: para generar empleos se deben atraer inversiones y para atraer inversiones se deben ofrecer seguridades y ventajas competitivas a las empresas internacionales. Para ello se debe aprovechar la vecindad con Estados Unidos y potenciar las relaciones económicas con otros países y zonas productivas. Asimismo, en la medida que México sea más competitivo, se generan divisas que bien invertidas nos harán crecer de manera sostenida. Y una economía sana, productiva y competitiva, generará cada vez más empleos y prosperidad social:

Para que realmente México recupere su vos de liderazgo […] tenemos que lograr un mejor desempeño en nuestra economía que genere más empleos, y que a partir de ahí y que en una alianza permanente del gobierno y en una política industrial que siga el gobierno en apoyo a los emprendedores de nuestro país, lograr que la presencia de México en el mundo se amplié y sea mayor. Esto, el que tenga México esa presencia, en la zona Asia Pacífico, Sudamérica, Centroamérica, y muy señaladamente con América del norte para lograr esta integración productiva y competitiva frente al mundo en esa medida México tendrá un mayor desarrollo en su interior, pero hay que insistir: esto debe llevarnos primero a que las cosas cambien al interior, que volvamos a tomar el rumbo del crecimiento económico, de combatir eficazmente la pobreza de acabar con la inseguridad y de devolver a los mexicanos paz y libertad.[33]

Y ya desbordados de optimismo, por qué no prometer la erradicación de la pobreza, el hambre y la marginación:

Mi propuesta es muy clara, de llegar a ser presidente de México quiero logar un México incluyente y sin pobreza, un México donde realmente los mexicanos tengan mayores oportunidades, porque es la pobreza, sin duda, el tema más indignante y lastimoso entre los mexicanos. Es impensable que en esta época, en esta era, en pleno siglo XXI más de la mitad de los mexicanos vivan en condición de pobreza, y 21 millones de mexicanos pasen hambre y no sepan qué van a comer día a día.

                Pero esto es lo que tiene que cambiar, como presidente de México voy a cambiar esta condición, y propongo particularmente 3 acciones específicas: erradicar el hambre, erradicar la pobreza alimentaria en la que viven, insisto, más de 20 millones de mexicanos.[34]

Ojalá las cosas fueran tan simples como las pinta Peña Nieto, pero lamentablemente poco abona al optimismo en las actuales circunstancias del país. Pero de nuevo, en un país donde no se exigen cuentas y los representantes no tienen tampoco la obligación de ser responsables de sus dichos de campaña, todo se vale. En ese sentido, no hay nada en el discurso de Peña Nieto distinto al de sus predecesores en el cargo cuando buscaron el respaldo popular. Todos desbordaban optimismo y dibujaban un México extraordinario, y al final todos escondían la cola entre las patas, como el tristemente célebre perro que no pudo defender el peso. Algo debe tener de seductor el discurso de la grandeza que nos espera, del cuerno de la abundancia que nos colmará de bendiciones, que la gente sigue apostando cada sexenio por él, sabiendo de antemano que Santa Claus no nos quiere. De qué tamaño ha de ser la postración y la desesperación nacional como para depositar de nuevo su fe en el santo partido que precisamente nos arrojó al infierno en el pasado, condenándonos a la pobreza y la desigualdad que hoy promete erradicar. Ver para creer.

Por todo ello, no resulta descabellado que Peña Nieto sustente su optimismo nacional en los resultados que arrojó su gestión como gobernador en el Estado de México, una gestión que en su opinión fue exitosa en todos los sentidos. El argumento tendría fuerza, a no ser que si hubo un estado que en los últimos años ha visto un deterioro crítico en el crecimiento económico y en la calidad de vida de sus habitantes ha sido precisamente el Estado de México.

4.3. Seguridad

Si hay un tema sensible para los mexicanos y que preocupa sobremanera es precisamente el de la inseguridad. Como es sabido, el gobierno de Felipe Calderón incendió al país con una guerra inútil al narco, con la que pretendió legitimarse al inicio de su sexenio, pero que sólo trajo desgracia y luto. No voy a repetir aquí lo que todo mundo sabe al respecto, como las cifras de muertos y desaparecidos, los daños colaterales y las mentiras fabricadas con fines propagandísticos en torno a esta guerra fracasada,[35] simplemente diré que el asunto del narcotráfico y el crimen organizado exige una estrategia oficial radicalmente distinta para ser viable y revertir la espiral de violencia que ha desatado. Y en materia de estrategias no hay muchas opciones ni mucha ciencia: o se legaliza la producción, el consumo y la distribución de las drogas para neutralizar al narco o el Estado pacta con el narco. Obviamente, es difícil que un gobernante se pronuncie a favor de la primera opción, pues el lavado de dinero alimenta una economía subterránea que no sólo atenúa la escases de fuentes de trabajo y capitaliza el mercado nacional, sino que sus efectos permiten que un amplio sector de la burocracia y las fuerzas del orden obtengan cuantiosos recursos que el Estado no les provee. Por su parte, la segunda opción es políticamente incorrecta, y ningún político puede pronunciarse a su favor sin ser severamente cuestionado, pues lo que se espera es precisamente que condene al crimen organizado y lo enfrente.

En el caso de los discursos de campaña de Peña Nieto sobre el tema, hay muy poco que rescatar, pues se mantiene en lo políticamente correcto, no hay condenas enérgicas a los entuertos de Calderón, pero tampoco propuestas alternativas consistentes. Se podría afirmar incluso que Peña Nieto apuesta más a la continuidad de la estrategia de Calderón que a proponer modificaciones a la misma. Lo cual no obsta para exhibir una confianza excesiva en su capacidad para neutralizar los embates del narcotráfico: “México será un país sin violencia, con un gobierno eficaz para erradicarla”;[36] “Me comprometo a darle a México nuevamente paz, orden y tranquilidad”.[37] Sin embargo, a la hora de proponer estrategias concretas para lograr tan loables metas, Peña Nieto cae en los lugares comunes de siempre, o sea en más de lo mismo, como si esas fórmulas no se hubieran ensayado antes sin éxito o como si él contara con el talento y la visión que otros no tuvieron para convertir al agua en oro. Aquí sus propuestas en la materia:

1. Fortalecer la prevención del delito y la participación comunitaria para atender los factores de la delincuencia y no sólo sus consecuencias.

2. Preservar la vida y la integridad de las personas, de sus familias y su patrimonio, así como disminuir la violencia y elevar la eficacia con la que se combate al crimen organizado.

3. Aplicar una estrategia que tenga como soporte el respeto a los derechos humanos.

4. Mejorar la estructura y funcionamiento de los órganos encargados de la procuración y administración de justicia.

5. Asegurar que la actuación del Ministerio Público sea ajena a todo tipo de criterios que no sean de orden técnico jurídico, evitando la injerencia del titular del Poder Ejecutivo en la investigación y determinación de su competencia.

6. Fortalecer institucionalmente a los cuerpos de seguridad con nuevas tecnologías y equipamiento policial, así como privilegiar las acciones de inteligencia y estrategia en su accionar.

7. Crear un centro de inteligencia único que concentre, sistematice y ofrezca a las autoridades competentes toda la información necesaria para la efectiva lucha contra el crimen organizado.

8. Crear órganos de procuración de justicia y de policía especializados en la lucha contra el consumo y tráfico de drogas.

9. Alentar la participación de la sociedad en todas las acciones orientadas a la seguridad pública y a recuperar la paz social.

10. Valorar la propuesta de establecer mecanismos de auditoría ciudadana que coadyuven a mejorar los programas de seguridad pública y procuración de justicia.[38]

Pero más allá de los discursos, que como vemos no aportan nada original, hay buenas razones para suponer que Peña Nieto optará por negociar con el crimen organizado, que a final de cuentas es una creación alimentada y tolerada por el viejo régimen, un hijo bastardo del priato, y que Salinas de Gortari apapachó al grado de beneficiarse personalmente de sus relaciones con los capos del narco. Se trata, obviamente, de la única salida efectiva para disminuir la violencia sin llegar a los extremos de cancelar la “contribución económica” al país por parte del narco, legalizando las drogas. Más aún, ello le redituaría enormes beneficios económicos al gobierno de Peña Nieto para impulsar con éxito medidas sociales de relumbrón (Salinas verbi gratia), amén de que se mostraría eficaz ante la sociedad para disminuir la violencia que nos abruma a todos. Obviamente, todo eso ocurriría en lo oscurito, algo que dominan muy bien los artífices de la otrora dictadura perfecta. Bueno, eso es lo que sugiere la lógica, lo que está por verse es si el razonamiento lógico es posible para alguien que no ha leído un libro completo en toda su vida.

Hay muchos otros temas abordados en los discursos de campaña de Peña Nieto, como educación, seguridad social, política exterior, etcétera, pero si con los más importantes nos quedamos en la superficie, imagínense con los demás. Nada de rescatable hay en ellos. Mejor terminar aquí para pasar a las conclusiones.

5. Conclusiones

Qué mejor que retomar en esta parte final las preguntas formuladas al inicio y que orientaron mi búsqueda en este ensayo:

a) ¿Qué nos dicen los discursos de campaña de Peña Nieto sobre el futuro del país? Prácticamente nada. Peña Nieto prefirió explotar la retórica de la grandilocuencia que la reflexión mesurada, prefirió vender soluciones mágicas que medidas realistas y viables. De cumplirse las promesas de campaña de Peña Nieto México sería el mejor país del planeta, un lugar sin pobreza ni marginación, con pleno empleo, sin violencia ni traumas, próspero y competitivo, con educación de calidad y calidad de vida para todos, sin desigualdad ni monopolios, pujante y confiado en su futuro. Precisamente por eso, no hay nada en esta retórica digno de ponderarse, pues sólo nos vende sueños de opio, sueños que cualquiera puede comprar dada la postración en la que sobrevive el país después de doce años desperdiciados. Mejor tocar el cielo con una retórica idílica que el realismo frío y chocante de nuestro presente. Por todo ello, poco se le podrá exigir a Peña Nieto, pues su discurso del porvenir es tan intangible como irrealizable. Si acaso, los mexicanos sólo esperamos que las cosas no vayan peor que ahora. No creemos en las soluciones mágicas, sólo queremos vislumbrar una rendija para seguir respirando. Peña Nieto lo entendió, y por eso se fue a los extremos. Mejor pintar el país del futuro color de rosa, aunque nadie lo verá, que barnizar la frustración nacional con más frustración.

b) ¿Qué tanto se corresponden los discursos de campaña de Peña Nieto sobre el futuro del país con los deseos y percepciones de la sociedad en general? Prácticamente nada. Peña Nieto ganó la presidencia no porque su discurso rosa del porvenir haya seducido a los electores. Lejos de ello, los mexicanos hemos aprendido a golpes y estirones qué podemos esperar de nuestros políticos y qué no. No creemos en soluciones mágicas ni en promesas de marinero. El PRI regresa no porque haya ofrecido la mejor opción de futuro al país, sino porque muchos la concibieron como la menos mala de todas. Hace mucho que los mexicanos dejamos de votar con la esperanza a cuestas, pues sólo hemos recibido de nuestros gobernantes silencio y olvido; hoy votamos más bien para castigar la negligencia y para constatar si finalmente un gobernante nos tomará en cuenta o seguirá gobernando en el vacío, convencidos que algún día dará de sí el delgado hilo de la gobernabilidad y México podrá despertar entonces de su postración. Más valdría pues, que el próximo presidente no se crea el “elegido”, o que crea que sus promesas de campaña son la piedra filosofal que el pueblo estaba esperando. Pensar así es una ilusión tan vana y huera como la propia retórica del porvenir que Peña Nieto alimentó irresponsablemente en sus discursos de campaña.

c) ¿Cuál es el grado de veracidad y la viabilidad real de dicha idea de futuro bocetado en el discurso de campaña de Peña Nieto? Ninguna. Más aún, lo más seguro es que los mexicanos atestigüemos derroteros contrarios a los vislumbrados por el próximo presidente. En particular, poco cabe esperar en materia de democracia, pues el regreso del PRI nos aproxima más, por las razones expuestas, a una espiral involutiva y regresiva en los derechos políticos que habíamos conquistado hasta ahora. Con el regreso del PRI al poder regresan muchas de las prácticas y formas de hacer política con las que se perpetuó en el poder el siglo pasado: clientelismo, discrecionalidad, abusos de autoridad, imposiciones, corporativismo estatal, influyentismo, etcétera. Algo lamentable para un país que no terminaba de construir nuevos referentes políticos más próximos a las exigencias de una democracia. En suma, malos tiempos nos esperan a los mexicanos en materia de libertades y derechos elementales. Al tiempo.

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[1] En otra parte he calificado este tipo de estudios como “la bazofia de la ciencia política” (Cansino, 2008).

[2] La pauta fue establecida desde antes de la constitución formal de la ciencia política en la segunda posguerra en Estados Unidos, por un economista austriaco, Joseph Schumpeter, quien en un libro de 1942 (Capitalism, Socialism and Democracy) propuso una definición “realista” de la democracia distinta a las definiciones idealistas que habían prevalecido hasta entonces. Posteriormente, ya en el seno de la ciencia política, en un libro cuya primera edición data de 1957, Democrazia e definizioni, el politólogo italiano Giovanni Sartori insistió puntualmente en la necesidad de avanzar hacia una definición empírica de la democracia que permitiera conducir investigaciones comparadas y sistemáticas sobre las democracias modernas. Sin embargo, no fue sino hasta la aparición en 1971 del famoso libro Poliarchy. Participation and Opposition, de Robert Dahl, que la ciencia política dispuso de una definición aparentemente confiable y rigurosa de democracia, misma que adquirió gran difusión y aceptación en la creciente comunidad politológica al grado de que aún hoy, casi cuatro décadas después de formulada, sigue considerándose como la definición empírica más autorizada. Como se sabe, Dahl parte de señalar que toda definición de democracia ha contenido siempre un elemento ideal, de deber ser, y otro real, objetivamente perceptible en términos de procedimientos, instituciones y reglas del juego. De ahí que, con el objetivo de distinguir entre ambos niveles, Dahl acuña el concepto de “poliarquía” para referirse exclusivamente a las democracias reales. Según esta definición una poliarquía es una forma de gobierno caracterizada por la existencia de condiciones reales para la competencia (pluralismo) y la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos (inclusión).

[3] Entre los principales animadores del debate sobre la calidad democrática destacan Guillermo O’Donnell (2004a y 2004b); Philippe C. Schmitter (2004); G. Birnham Powell, Jr. (2004); David Beetham (2004) y Leonardo Morlino (2003).

[4] Muy en la línea de lo que Sartori ha planteado recientemente sobre la crisis actual de la ciencia política (Sartori, 2004),

[5] En ese sentido, el modelo de calidad de la democracia me recuerda otro que en los años ochenta del siglo pasado tuvo gran influencia en América Latina, la “definición mínima” de democracia propuesta en su momento por el filósofo Norberto Bobbio (1984), pues con ella los latinoamericanos pudimos reconocer sin florituras ni afeites las condiciones mínimas que nos permitían hablar de democracia, en contextos donde el concepto había sufrido todo tipo de usos y abusos a manos de los políticos e ideólogos de turno.

[6] Véase, por ejemplo, Cansino (2008 y 2009a).

[7] El tema de la transición en México ha sido tan manoseado por todos (intelectuales, académicos, políticos, periodistas, analistas, etcétera), más con fines políticos que heurísticos, que ha terminado por ser uno de esos conceptos que significa todo y nada al mismo tiempo, por lo que se puede emplear para decir cuanta barbaridad se quiera. A ello ha contribuido no sólo la actualidad del tema, que por ese simple hecho suscita controversias, sino el total desconocimiento o el conocimiento superficial de la literatura politológica sobre el particular. Véase Cansino (2011b).

[8] Véase, por ejemplo, Cansino (1994, 1997, 2000, 2004, 2007, 2009a, 2009b y 2011a); Cansino y Covarrubias (2006 y 2007) y Cansino y Nares (2011).

[9] La categoría clásica de “partido hegemónico” se debe a Sartori (1976), la definición del presidencialismo mexicano como un “poder ilimitado con enormes facultas constitucionales y metaconstitucionales” se debe a Carpizo (1978), aunque también resulta ilustrativa la definición aportada por Krauze de “presidencialismo imperial” (2002). Con todo, el primero que sostuvo que el PRI y el presidencialismo constituían los pilares de dominación del régimen posrevolucionario en México fue Cosío Villegas (1972).

[10] Véase, por ejemplo, Morlino (1980 y 2007), Schmitter y O’Donnell (1986) y Cansino (2002).

[11] En transiciones desde dictaduras militares, estos regímenes suelen considerase estados de excepción destinados a disolverse tarde o temprano una vez que se hayan logrado los objetivos que propiciaron su irrupción, como poner orden en la economía, suprimiendo para ello derechos y garantías ciudadanas. Obviamente, este no es el caso del régimen político mexicano posrevolucionario que, sin ser democrático, nunca se concibió como excepcional o transitorio, sino como un régimen formalmente democrático, aunque por sus componentes autoritarios, fuera más bien una “democracia de fachada”. Véase Cansino (2009a).

[12] Sobre este tema, véase Cansino (2004), Cansino y Nares (2011) y CERE (2004).

[13] Está por aparecer un libro de mi autoría donde evalúo los saldos del panismo en el poder del 2000 al 2012 (Cansino, 2012b).

[14] Sobre el tema del narco en México, véase Cansino y Molina (2010).

[15] Sobre el tema de la cultura política en México remito a los interesados a Cansino (2012a).

[16] Sobre este tema remito a los interesados a Cansino (2012c).

[17] Así lleva por título un libro de mi autoría sobre el tema (Cansino, 2009).

[18] Sara Sefchovich dixit (2008).

[19] Plataforma electoral federal y programa de gobierno 2012-1018, marzo de 2012, p. 4. (http:// http://www.ife.org.mx /portal/site/ifev2/Plataformas_electorales/).

[20] Ibíd., p. 6.

[21] Manifiesto de Peña Nieto: “Por una presidencia democrática”, 21 de mayo de 2012 (www.enriquepenanieto.com/dia-a-dia/entrada/por-una-presidencia-democratica-manifiesto/).

[22] Discurso de Peña Nieto en la Universidad Iberoamericana, 11 de mayo de 2012 (www.enriquepenanieto. com/sala-de-prensa/entrada/encuentro-en-el-universidad-iberoamericana).

[23] Ídem.

[24] Véase Cansino (2012b), donde analizo los saldos del panismo en el poder.

[25] Cansino (2010, cap. 6: “Una democracia toda por hacerse”).

[26] Plataforma electoral…, cit., p. 5 (subrayado mío).

[27] Discurso de Peña Nieto en la Universidad Iberoamericana, 11 de mayo de 2012 (www.enriquepenanieto. com/sala-de-prensa/entrada/encuentro-en-el-universidad-iberoamericana).

[28] Ídem.

[29] Plataforma electoral…, cit., p. 5.

[30] Discurso de Peña Nieto en Comitán, Chiapas, 31 de marzo de 2012 (http://enriquepenanieto.com/sala-de-prensa/entrada/visita-a-comitan-chiapas).

[31] Discurso de Peña Nieto en Cd. Juárez, Chihuahua, 1 de abril de 2012 (http://enriquepenanieto.com/sala-de-prensa/entrada/compromiso-con-la-seguridad).

[32] Discurso de Peña Nieto en la Universidad Iberoamericana, 11 de mayo de 2012 (www.enriquepenanieto. com/sala-de-prensa/entrada/encuentro-en-el-universidad-iberoamericana).

[33] Peña Nieto en el Primer Debate Presidencial, 10 de junio de 2012.

[34] Ídem.

[35] A los interesados en ello los remito a mi libro sobre la guerra al narco: Cansino y Molina Carrillo (2010).

[36] Plataforma electoral…, cit., p. 9.

[37] Discurso de Peña Nieto en Aguascalientes, Aguascalientes, 21 de abril de 2012 (http:// enriquepenanieto.com/sala-de-prensa/entrada/en-el-encuentro-con-estructuras-territoriales-de-aguascalientes)

[38] Plataforma electoral…, cit., p. 5.

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El presente artículo es una versión larga del que apareció con el mismo título en la revista Letras Libres del mes de abril de 2012

EL POPULISMO NUNCA SE HA IDO…

La categoría “populismo” ha sido adoptada desde hace mucho para describir y caracterizar una amplia gama de experiencias políticas en todo el mundo, pero existe un puñado de países donde su uso ha sido más recurrente y constante. México es uno de ellos. De hecho, el gobierno de Lázaro Cárdenas en los años treinta del siglo pasado —la primera gran experiencia populista en México—, inspiró muchos de los criterios hoy aceptados por la teoría para caracterizar el fenómeno. No es exagerado decir que analizar actores y prácticas populistas prescindiendo de dichos criterios sería arbitrario y poco ortodoxo, incluso en la actualidad. Quizá por ello, el populismo en México, desde el cardenismo hasta las experiencias más cercanas, ha sido objeto de innumerables estudios. Yo mismo ofrecí mi interpretación del tema en un libro relativamente reciente, en el cual adoptaba un modelo de análisis para clasificar las distintas experiencias populistas que hemos tenido en México a lo largo del siglo XX y a principios del XXI.[1] ¿Por qué entonces, volver al asunto? Por una sencilla razón: porque la tentación populista permanece latente en el México actual, aparece y reaparece con nuevos nombres y siglas, guarecida en los proyectos salvadores o redentores de nuevos caudillos, sobre todo en tiempos de desastre y desasosiego, como los actuales. De hecho, el populismo nunca se ha ido.

En lo que sigue retomaré algunos elementos de mi incursión precedente en el tema y actualizaré otros que me permitan no sólo clasificar las distintas experiencias populistas en México sino también evaluarlas por sus resultados concretos, asumiendo que el populismo tiene poco de virtuoso y sí mucho de peligroso por sus excesos retóricos y evidentes implicaciones subversivas antiinstitucionales. Al menos en México, más allá de sus resortes discursivos altamente persuasivos en tiempos de crisis, los costos del populismo han sido muy altos, y lejos de apuntalar el desarrollo, la democracia y la justicia social, los ha inhibido o retardado, pese a constituir sus banderas de lucha. Empero, en descargo del populismo, casi siempre se ha recurrido a él después de gobiernos grises y mediocres en su desempeño. Tal parece que el populismo aparece y reaparece pendularmente, impulsado por experiencias precedentes apagadas o deslucidas, pues bien empleado constituye un poderoso instrumento retórico para reavivar el interés social, reponer las bases de apoyo de los gobernantes y neutralizar las demandas populares. Así sucedió, por ejemplo, con los populismos de Luis Echeverría y José López Portillo, después de la muy desafortunada gestión de Gustavo Díaz Ordaz, o con el populismo de Carlos Salinas de Gortari, posterior al deslucido gobierno de Miguel de la Madrid, o más recientemente, con Vicente Fox, respecto de Ernesto Zedillo.

Para fines de análisis, consideraré en este ensayo cuatro momentos del populismo en México: a) el populismo clásico (Cárdenas), interesado sobre todo en incorporar a las masas al Estado en un esquema autoritario; b) el populismo de los setenta (Echeverría y López Portillo), caracterizado sobre todo por un excesivo gasto público combinado con un fuerte control político; c) el neopopulismo (Salinas de Gortari), caracterizado por una dinámica de inclusión de las masas, pero para la promoción de políticas de ajuste liberal; y d) el populismo de la alternancia (con un Fox más próximo a Salinas de Gortari, por sus resultados, y muy distante de Echeverría y López Portillo, por su discurso) obligado a coexistir con la democracia tanto discursiva como prácticamente.

LA SEMÁNTICA POPULISTA

Como un ave fénix, la categoría “populismo” resurge permanentemente en las ciencias sociales para caracterizar ciertas experiencias políticas difíciles de ubicar con las tipologías convencionales de regímenes o formas de gobierno. Hasta cierto punto, constituye el último recurso explicativo cuando todos los demás han fallado. No es casual que la literatura sobre el populismo se haya referido al mismo como un “fantasma” o “espectro” que recorre al mundo, pues alude a una realidad de contornos imprecisos y elusivos a primera vista. Y sin embargo, a fuerza de la costumbre, ha terminado por conquistar su derecho de piso en las ciencias sociales. Si acaso, la diversidad de acepciones producidas sobre el mismo, exige de sus adeptos una toma de partido explícita y precisa sobre cómo ha de entenderse.

En lo personal, para efectos de este ensayo, más que factores institucionales o decisionales, adoptaré una definición del populismo por sus características semánticas, o sea sus atributos discursivos constates, que me permitan decir qué experiencias aparentemente muy asimétricas entre sí son realmente populistas y cuáles son una equívoca aproximación al fenómeno. La mía es pues, una propuesta semántica, es decir, define al populismo por el uso y abuso de ciertos campos de sentido inherentes a las formas discursivas que genera. Así, por ejemplo, considero que sólo puede hablarse propiamente de populismo cuando la experiencia política analizada comparte los siguientes atributos semánticos, independientemente del tipo de régimen en el que se presenta: a) una pulsión simbólicamente construida que coloca al pueblo, gracias a una simbiosis artificial con su líder, por encima de la institucionalidad existente; b) un recurso a disipar las mediaciones institucionales entre el líder y el pueblo, gracias a una supuesta asimilación del primero al segundo; y c) una personalización de la política creada por la ilusión de que el pueblo sólo podría hablar a través de su líder. Huelga decir que cada uno de estos atributos implica una carga antinstitucional más o menos grave dependiendo de cada caso.[2]

Quizá está definición de populismo por sus atributos semánticos no satisfaga a quienes han intentado vestirlo de muchos afeites y adornos. Con todo, creo que el populismo difícilmente puede ser referido en la práctica a partir de una definición más estridente pero al final más distante de sus derivaciones empíricas, como las muchas que se ofertan en la literatura sobre el tema. Es importante considerar igualmente que el populismo, al dar cuenta de realidades muy diferentes y distantes entre sí, no pude definirse como simples formas desviadas o corruptas de la particular ordenación política en la cual enraíza, ya que lo corrosivo de sus formas y lo efímero de sus definiciones, le permiten viajar y asentarse sin gran dificultad en el interior de un régimen tradicional, abierta o soterradamente autoritario, así como en el seno de un régimen declaradamente democrático. Es decir, el tipo de régimen es, en efecto, una condición que nos ayuda a tener un mejor ámbito de entendimiento del fenómeno, pero no una condición sine qua non indispensable para pensarlo o caracterizarlo.

HAY DE POPULISMOS A POPULISMOS

La frecuencia con la que la etiqueta de populista aparece y reaparece en México, al menos en su historia reciente, es una razón más que suficiente para analizar puntualmente el fenómeno e intentar caracterizar con rigor las distintas experiencias presuntamente populistas que se han referido antes. En mi opinión, la presencia recurrente del populismo en México, tanto en el viejo régimen autoritario como en la incipiente democracia postautoritaria, se debe sobre todo a la pobre modernización de su sistema político, la cual se refleja en: a) escasa formalización o reglamentación de la institución presidencial, que abre la puerta al voluntarismo del líder; b) una cultura política propicia para el patrimonialismo, el paternalismo y el victimismo; c) un sistema que fomenta la concentración del poder en el vértice; d) una débil secularización social respecto del Estado; e) ausencia de un Estado de derecho democrático y f) escasa aceptación del valor de la ley erga omines.

En general, el populismo en México goza de mala reputación. A excepción del gobierno de Lázaro Cárdenas, los gobiernos populistas del viejo régimen, como los de Luis Echeverría, José López Portillo y Carlos Salinas de Gortari, y aun los del nuevo, como el de Vicente Fox, han sido desastrosos para el país, tanto por sus resultados concretos (crisis económica, endeudamiento, pauperización, inflación, marginación, etcétera) como por haber postergado en su momento la tan necesaria modernización del sistema político mexicano. De hecho, el populismo en México tiene un origen abiertamente autoritario: cuando el Estado ha interpelado al pueblo con un discurso nacionalista, popular o clasista, se ha hecho más para controlar, manipular y tutelar a la sociedad que para aliviar sus necesidades. Huelga decir que el populismo en México siempre ha mantenido un pie en la premodernidad, pues sus motivaciones son organicistas, patrimonialistas, paternalistas y clientelistas.

A la hora de las clasificaciones, no siempre ha habido consenso. Que Cárdenas representa un populismo clásico es inobjetable, pero con el resto no pasa lo mismo. Para los tiempos de Echeverría y López Portillo, el concepto de populismo se había vuelto tan elástico que comenzó a emplearse para referirse a todo tipo de experiencias políticas a condición de que presentara alguno o algunos de los rasgos con los que solía asociarse tradicionalmente, tales como: un apelo directo al “pueblo” por parte del líder con fines de movilización y/o control; una marcada personalización del poder en la figura de un líder carismático; una política basada en criterios asistencialistas de beneficio popular; un discurso nacionalista y desarrollista exacerbado; una excesiva concentración del poder en manos del líder; etcétera. La cuestión se complica aún más cuando, a partir de los noventa, aparecen en escena líderes con rasgos populistas, pero muy alejados en sus convicciones personales a las reivindicaciones de justicia social enarboladas por sus predecesores, como Salinas de Gortari y Fox. Y si esto no bastara, cada una de estas experiencias populistas corresponde a distintos momentos del régimen político mexicano: el pasaje autoritario con Cárdenas, el pasaje semiautoritario con Echeverría y López Portillo; el pasaje semidemocrático con Salinas de Gortari y el pasaje democrático con Fox. En suma, hay de populismos a populismos…

Por lo que respecta al populismo clásico de Cárdenas, que coincide con los de Getulio Vargas en Brasil o Juan Domingo Perón en Argentina, surge en un contexto abiertamente autoritario y con fines autoritarios, por más que algunos analistas quieran ver en él una fuerza fundamental en la democratización del país gracias a la incorporación simbólica y efectiva de amplios sectores populares que se encontraban excluidos tanto política como económicamente.[3] En realidad, el objetivo no era democratizar, sino integrar al país y sentar las bases del Estado nacional. Para lograrlo, Cárdenas articuló con maestría la noción de soberanía nacional con la de soberanía popular, bajo la potente estructuración ideológica del nacionalismo revolucionario, que sería definitivamente enmarcada en la muy famosa política de masas del cardenismo.[4]

En los hechos, el populismo de Cárdenas significó la cancelación de cualquier atisbo de individualismo, por ello, se presentaba como una creación anti-democrática y anti-liberal.[5] De igual modo, cancelaba el mayor número posible de las formas de disenso, por ende, de las diferencias, ya que al suponer que todo está contenido en la masa, nada por afuera de ella puede tener su razón de ser políticamente hablando. Asimismo, se puede decir que esta confección conllevaba una fuerte virulencia lista a la acción, dispuesta a manifestarse como una pura expresión de fuerza política (por ejemplo, es el caso del llamado para pagar los costos de la expropiación petrolera) o de soporte popular en el gobierno (legitimidad). Por último, se le confiere a la masa un carácter de sujeto político pero sin autonomía, corroborando el enorme lastre que llevaría en las décadas siguientes a la sociedad mexicana hacia el letargo y la heteronomía o, dicho en un lenguaje próximo a la vorágine de aquel tiempo, hacia el corporativismo. Así, tenemos que Cárdenas aterrizó o, más bien, materializó como ninguno, el mix ideológico con el cual se había llegado a la Revolución Mexicana y con el cual se había salido de ella, pero acentuándolo y confundiendo más a la propia sociedad que, al esclarecer su horizonte y el mundo del porvenir que aún no sabía interpretar, la despersonalizaba para volverla un objeto de subjetivación pero también de sujeción.

Por último, en el caso de Cárdenas es innegable que concentró en su persona una excesiva personalización del poder que, al final, conllevaría a un culto “autóctono” y peculiar de su figura y sus capacidades de decidir por encima de las reglas impersonales del juego político, aunado a una legitimidad abiertamente carismática y tradicional. De hecho, debemos en buena medida al estilo personal de gobernar de Cárdenas muchos de los elementos que posteriormente caracterizarían al presidencialismo mexicano, entendido como una forma pervertida de gobierno presidencialista.

En muchas interpretaciones del cardenismo suelen obviarse los varios efectos perniciosos de largo plazo que este gobierno tuvo, por concentrarse en los aspectos positivos de corto plazo, como si esto fuera suficiente para exculpar al General de haber optado por un esquema entre bolchevique y fascista para el Estado mexicano, como si no hubieran entonces otras fórmulas posibles a las cuáles echar mano, como la propia democracia.

A diferencia del populismo clásico de Cárdenas, el populismo de los años setenta, que abarcó dos sexenios y dos presidentes sumamente controversiales —Luis Echeverría (1970-1976) y José López Portillo (1976-1982)—, no constituyó un mecanismo centralmente orientado a integrar a las masas populares al sistema político, pues esto se logró y muy bien desde Cárdenas, sino que se caracterizó por una expansión excesiva del gasto público orientada a asegurar el control político. Sin embargo, más allá de esta diferencia de orientación, la resurrección del populismo en los setenta adoptó prácticamente todos los rasgos definitorios de los populismos clásicos o premodernos. De hecho, se puede decir que se trata de populismos clásicos tardíos.

Por lo que respecta a la estrategia discursiva, el populismo de los años setenta mostró una maleabilidad y oportunismo inusitados. El nuevo eje de la retórica oficial, tanto en Echeverría como en López Portillo, fue la “democratización” del sistema político, con lo cual se ofrecía ante todo una respuesta a las exigencias de participación de las clases medias en expansión y que, por su propia condición, habían adquirido mayor capacidad de cuestionamiento al régimen. Pero los años setenta también estuvieron marcados por la Guerra Fría, por un repunte del internacionalismo comunista, por golpes de Estado en América Latina, pretextando la amenaza roja. En el caso de México, los populismos de Echeverría y López Portillo enarbolaron un discurso con tonos claramente proclives al socialismo y explotaron cada oportunidad que tuvieron a su alcance para mostrar su afinidad con las causas de izquierda: apertura de las fronteras al exilio latinoamericano, encuentros permanentes con Fidel Castro, Salvador Allende y otros líderes socialistas, protagonismo de México en la defensa de las banderas políticas del Tercer Mundo, etcétera. En materia ideológica, por último, habría que añadir que tanto Echeverría como López Portillo fueron decididos promotor del nacionalismo, muy en sintonía con las enseñanzas de Cárdenas.

Huelga decir que ambos gobiernos fueron desastrosos para el país, en términos de crisis económica, rezagos sociales y democratización efectiva, por más que Echeverría promovió una presunta “apertura democrática” y López Portillo, una reforma política en 1977, experiencias que más que catalizar la democracia permitieron al régimen autoritario posponerla indefinidamente con paliativos o liberalizaciones políticas parciales y limitadas.[6]

El último tramo del siglo XX vio emerger en varios países de América Latina fórmulas populistas de nuevo cuño (neopopulismos), a medio camino entre el populismo clásico y un populismo de tendencia liberal, tales como Carlos Salinas de Gortari en México, Carlos Menem en Argentina, Fernando Collor de Mello en Brasil, Alberto Fujimori en Perú y Abdalá Bucaram en Ecuador, cuya particularidad fue haber sido promotores del neoliberalismo y la globalización en sus respectivos países. En el otro extremo, también emergieron líderes populistas abiertamente antiliberales, tales como Carlos Palenque y Max Fernández en Bolivia (que como tales son precursores de los populismos contemporáneos o neopopulismos de Hugo Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia), o López Obrador en México, que sin haber llegado a la presidencia mantiene afinidades ideológicas con este tipo de posicionamientos.

A diferencia de los populismos clásicos y tardíos, estos populismos neoliberales se dan en contextos democráticos o en procesos de democratización, lo que les confiere una legitimidad de origen con la que no contaron los primeros. Por otra parte, sin abandonar una retórica populista o “solidarista” con los marginados, tuvieron que suavizar los contenidos nacionalistas y antiimperialistas de otras épocas, pues les tocó ser promotores de la implantación de modelos neoliberales y que a la larga acarrearon en sus respectivos países enormes costos sociales, después de éxitos momentáneos. Otra característica común de estos populismos radica en sus desenlaces, casi siempre envueltos en el escándalo y la reprobación general, pues amén de impulsar modelos económicos que muy pronto se mostraron como excluyentes para amplios sectores de población y en consecuencia poco prometedores para solucionar los enormes rezagos acumulados, representaron en la mayoría de los casos graves retrocesos en lo que a conquistas democráticas se refiere. Así, por ejemplo, Salinas de Gortari en México supo aprovechar muy bien la legitimidad que le reportaron los éxitos iniciales de su Programa de Solidaridad como la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, pero a costa de reposicionar en el país prácticas y estilos claramente autoritarios que trabajosamente habían comenzado a desandarse en los años precedentes. No deja de ser interesante cómo en América Latina el peso de la tradición terminó imponiéndose en una época que precisamente miraba hacia una nueva era de mundialización económica y liberalización de mercados, con el consiguiente adelgazamiento de los Estados sociales que de manera tan ostensible se edificaron en todos nuestros países. Es decir, la premodernidad de nuestros sistemas políticos pudo más que los impulsos modernizadores; los resabios autoritarios, más que los avances democráticos, condenando nuevamente a nuestros países a la debacle política y económica.

El gobierno de Vicente Fox compartió con el de Salinas de Gortari su talante liberal, con la diferencia de que el primero se da en el contexto de una democratización efectiva del régimen político mexicano. Para comenzar, hay que decir que el sexenio de Fox inició con fuertes expectativas de distintos sectores sociales y políticos, generadas por el llamado “bono democrático de la alternancia”. Es innegable, por ejemplo, el aumento del pluralismo político, junto a las expectativas generadas en torno a un presidente (cuya figura es muy peculiar en la política mexicana), así como la “normalización” del mecanismo electoral, que son algunas expresiones sintomáticas del grado de avance en dirección democrática del país. No obstante, a pesar del terreno ganado, el contexto político mexicano era entonces y sigue siendo ahora el de una insipiente democracia que día con día se esfuerza por no perder los logros, antes que asegurarlos o profundizarlos en el ámbito institucional, espacio que permitiría reflejar toda la congruencia de democratizar realmente el andamiaje neoautoritario que expresan en modo intermitente las instituciones públicas.

De hecho, a pesar de encarnar la alternancia democrática gracias a su oferta de cambio y renovación ampliamente respaldada, Fox dejó grandes pasivos a su paso, pero sobre todo no pudo o no quiso apuntalar la recién conquistada democracia mediante una reforma integral del Estado, lo cual debilitó la construcción de una adecuada governanza democrática en un contexto de pluralismo inédito.

El componente retórico populista de Fox puede establecerse en la negociación y las polémicas que encabezó desde la tribuna mediática, convirtiéndolo en uno de los primeros casos en el país de un político de imagen, que supo interpretar muy bien las potencialidades de los medios de comunicación en la actual situación. Su apuesta como gobierno de la alternancia, independientemente de sus pobres resultados, estuvo supeditado en tres puntos para cuidar su imagen frente a la opinión pública: a) su cercanía con la gente; b) su tolerancia para aceptar errores y críticas; y c) la percepción media ciudadana convencida de su honradez.[7] Precisamente por ello, es un caso que puede definirse como un populismo que discursivamente expresa una extraña mezcla de antipolítica recubierta con un fuerte y legítimo caparazón de democracia.

Finalmente, Fox encarna un tipo de legitimidad de corte carismático, gracias al cual contribuyó a cambiar la rigidez de las formas y las prácticas políticas tradicionales de nuestro país, incluyendo como parte de su personalidad (y de aquí su éxito) algunos rasgos extraordinarios a los ojos del público, al punto de volverse si bien no un traductor de las necesidades sociales, sí un certero interlocutor de la sociedad (por las maneras de hablar y presentarse en público), constituyendo una auténtica escenificación de la política.

LA TESIS DEL PÉNDULO

Según la tesis del péndulo que aventuraba al inicio, “El populismo resurge después de períodos más o menos largos de gobiernos grises y muy impopulares… De ahí que se pueda hablar de una espiral de muerte y resurrección del populismo; o sea que las tentaciones populistas resurgen cuando la impopularidad y mediocridad de las autoridades precedentes toca fondo, y viceversa, la discreción en la forma de gobernar se impone cuando las autoridades precedentes abusaron de una retórica populista que terminó agotándose en el ánimo de la sociedad.”[8]

Si esta tesis es válida, México se encontraría hoy nuevamente en la antesala de un gobierno populista, pues ni duda cabe que el actual sexenio de Felipe Calderón no sólo ha sido incapaz de conectar con la sociedad sino que es percibido por muchos como el principal responsable de la actual debacle que padece el país. Sin embargo, no basta que haya un terreno fértil para el populismo, también se requiere un nuevo caudillo que lo encarne y reposicione, un líder que concite los apoyos necesarios que lo catapulten al poder por la vía electoral. Ese caudillo existe, se llama Andrés Manuel López Obrador, pero a diferencia de seis años, ya no cuenta con el arrastre de entonces. Hoy las tendencias lo colocan en un lejano tercer lugar entre los candidatos que aspiran a la presidencia. Quizá el populismo de López Obrador ha sido más una etiqueta para desacreditarlo que una realidad, a juzgar incluso por su desempeño como Jefe de Gobierno del Distrito Federal, muy alejado del estereotipo populista. No se puede descartar tampoco que la explotación de lo popular en la retórica de López Obrador, que sin duda existe, sea más una estrategia para llegar al poder que un canon para actuar en caso de lograrlo. Quizá nunca lo sepamos. Una cosa es cierta, de todos los candidatos a la presidencia, sólo López Obrador califica hoy como líder populista. Josefina Vázquez Mota, la candidata de Acción Nacional, está en las antípodas de López Obrador, y Enrique Peña Nieto, el abanderado del Revolucionario Institucional, sólo ha capitalizado el malestar hacia el partido en el gobierno, con lugares comunes e insustanciales.

En esa perspectiva, en caso de ganar cualquiera de estos últimos la presidencia, el péndulo se mantendrá por tiempo indefinido en el otro extremo del populismo, ya sea en el improductivo continuismo calderonista, que poco abona al optimismo, o en el reposicionamiento del otrora “partido oficial”, que como tal no se ha desentendido del todo de sus viejos y antidemocráticos estilos de gobernar. Por todo ello, quizá estemos frente a una paradoja. Tan grande es hoy el malestar social hacia la clase política en general, tan evidente el desencanto por las promesas incumplidas por parte de los gobiernos de la alternancia, tan dramática la parálisis nacional inducida por una casta política cínica y corrupta que ha secuestrado al país y que gobierna en el vacío…, que quizá lo que México necesite hoy más que nunca es precisamente una gran sacudida, un vuelco que reposicione a la sociedad como principio y fin del quehacer gubernamental, un terremoto que estremezca a la política institucional por lo mucho que ha dejado de hacer, restituyéndole algo de decoro y legitimidad, un estremecimiento que reconcilie a la sociedad con sus representantes, confrontando lo que haya que confrontar de una muy extraviada institucionalidad democrática… ¿Una sacudida populista? Tal vez.


[1] C. Cansino e I. Covarrubias, En el nombre del pueblo. Muerte y resurrección del populismo en México, México, Cepcom, 2006.

[2] Una perspectiva de este tipo puede encontrarse en G. Olivera, “Revisitando el síntoma del ‘populismo’”, Metapolítica, México, vol. 9, núm. 44, noviembre-diciembre de 2005, pp. 52 y ss.

[3] Véase, por ejemplo, F. Freidenberg, La tentación populista. Una vía al poder en América Latina, Madrid, Síntesis, 2007 y E. Laclau, La razón populista, Buenos Aires, FCE, 2005.

[4] Véase A. Córdova, La política de masas del cardenismo, México, ERA, 1974.

[5] E. Krauze, La presidencia imperial. Ascenso y caída del sistema político mexicano (1940-1996), México, Tusquets, 1997, p. 25. Véase también J.A. Aguilar Rivera, “El liberalismo cuesta arriba, 1920-1950”, Metapolítica, México, vol. 7, núm. 32, noviembre-diciembre de 2003, p. 36.

[6] Véase C. Cansino, La transición mexicana. 1977-2000, México, Cepcom, 2000.

[7] J. A. Aguilar Rivera, “Fox y el estilo personal de gobernar”, en S. Schmidt (coord.), La nueva crisis de México, México, Aguilar, 2003, p. 149.

[8] C. Cansino e I. Covarrubias, cit., pp. 9-10.

“Sólo el caos ilumina el orden”

Ilya Prigogine

 

 

Instrucciones de uso

Muchos creen que la política profesional es una actividad para iniciados, por cuanto la mayoría de lo que acontece en sus entrañas, como negociaciones, pactos, intrigas, rupturas, etcétera, es inaccesible o invisible para los ciudadanos. Digamos que el gran teatro político esconde para los espectadores muchos secretos, y sólo alcanzamos a ver lo que los propios actores políticos quieren que veamos de ellos. Sin embargo, en algunas ocasiones, entre acto y acto, se asoman casualmente algunas imágenes o detalles que modifican de golpe nuestra perspectiva inicial. Se trata de situaciones inesperadas que bien miradas e interpretadas pueden esclarecer lo que antes parecía confuso o fragmentario, son como las piezas faltantes de un rompecabezas que sólo al colocarlas en su lugar le dan sentido a la figura hasta entonces incomprensible y confusa.

Sirva esta imagen para ilustrar lo que aquí sostendré sobre la campaña electoral en curso en México. Hasta hace poco lo que todos veíamos era una contienda normal y sin grandes sobresaltos en la que uno de los candidatos presidenciales había logrado colocarse muy por encima de sus adversarios en las preferencias electorales, y donde estos últimos hacían esfuerzos denodados por remontar sus posiciones de arranque. Sin embargo, había algunos hechos aislados que parecían no tener mucho sentido y que por lo mismo se perdían en la vorágine de noticias y declaraciones. Así, por ejemplo, puestos como interrogantes, ¿quién filtró a los medios una conversación telefónica privada de la candidata de Acción Nacional, Josefina Vázquez Mota, con la que claramente se dañaría su imagen?; ¿por qué Vázquez Mota parece desprotegida por sus propios correligionarios, con un equipo de campaña ineficaz y poco profesional?; ¿por qué se ha deteriorado visiblemente la salud de Vázquez Mota? Y en el caso del candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, ¿por qué aparece tan relajado en su campaña, pese a estar tan abajo en las encuestas?, ¿por qué mantiene su infecundo e intrascendente discurso de la “reconciliación amorosa”, cuando la lógica sugiere que debería retomar cuanto antes los contenidos contestatarios y radicales que lo catapultaron hace seis años?

La pieza que faltaba

A primera vista, estas interrogantes pueden parecer irrelevantes y no tener conexión entre sí. Pero un hecho circunstancial nos obliga a reconsiderarlas y redimensionarlas en una perspectiva distinta. Me refiero al fallecimiento hace unos días del expresidente Miguel de la Madrid, y todo lo que este acontecimiento movió entre la clase política.

En primer lugar, llama la atención que los medios de comunicación más importantes e influyentes del país, ya sean electrónicos como escritos, se hayan sumado unánimemente a los reconocimientos públicos que ensalzaban la trayectoria y el legado del personaje. Así, por ejemplo, la idea que deslizaron, apostando a la desmemoria nacional, es que a De la Madrid le tocó gobernar en un tiempo lleno de complicaciones y adversidades, y que pese a ello lo hizo de manera ejemplar, con valentía y patriotismo. Obviamente, eso es insostenible a menos que se violente a conveniencia la historia. Más aún, no hubo un solo artículo editorial en la prensa nacional lo suficientemente crítico que retratara verazmente la triste realidad de aquel sexenio tan deplorable y nefasto para los mexicanos. Lejos de ello, los articulistas más dóciles a la línea de sus respectivos diarios optaron por eximir al personaje de sus desatinos con argumentos tendenciosos y baladíes. Este es el caso de Ricardo Alemán quien escribió en Excélsior que “El PRI tiene en De la Madrid un símbolo poderoso para apuntalar su victoria”; o de la sentida despedida, en El Universal, de Ricardo Raphael a su tío, “Un hombre limpio y honesto que sirvió con coraje a la patria”; o de Sergio Sarmiento en Reforma, para quien “De la Madrid sólo heredó la irresponsabilidad de sus antecesor en el cargo”; o López Dóriga en Milenio, quien consideró injustas muchas de las acusaciones que se prodigan a De la Madrid; o Mauricio Merino, quien en el colmo del paroxismo afirmó en El Universal que “De la Madrid ha sido el mejor presidente de México”; o el propio Carlos Marín, Director de Milenio, quien para quedar bien con toda la “familia revolucionaria”, no sólo justificó por razones de salud las acusaciones infundadas de De la Madrid hacia Carlos Salinas de Gortari en recordada entrevista concedida a Carmen Aristegui, sino que reivindicó el legado del propio Salinas de Gortari.

Y aún así, es fácil comprender que los medios de comunicación, en función de sus propias apuestas para el futuro, prefieran quedar bien con el o los candidatos que consideran más seguros con tal de no comprometer los financiamientos y canonjías oficiales. Más específicamente, en plena campaña electoral, criticar a De la Madrid implicaba criticar a Peña Nieto, por sus filiaciones priistas, y de paso ganarse innecesariamente el desaire de éste. Bien explotado por sus adversarios, De la Madrid representaría precisamente, todo lo nefasto que Peña Nieto encarna.

Rompecabezas resuelto

Pero si el comportamiento de los medios frente a este acontecimiento tiene sentido por los muchos intereses en juego, que llevan a la sumisión o la lambisconería de los mismos hacia el probable próximo inquilino de Los Pinos, alimentando un juego de simulaciones y engaños lo suficientemente sutil como para no evidenciar sus preferencias y perder credibilidad por ello, el comportamiento de actores políticos clave frente al mismo acontecimiento resulta mucho más difícil de desentrañar, como el hecho de que el presidente de la República, Felipe Calderón, se sumara inexplicablemente al cortejo de elogios hacia De la Madrid, al grado de interrumpir una reunión en el extranjero con mandatarios de Norteamérica, y precipitar su viaje de regreso para estar presente en los funerales. Es inexplicable, porque De la Madrid representa todo lo que el panista Calderón combatió en su juventud como opositor al viejo régimen priista: el autoritarismo, la corrupción, la simulación, la demagogia, el encubrimiento… La pregunta clave aquí es: ¿por qué Calderón se sumó a los elogios a De la Madrid, traicionando sus propias convicciones y biografía, aún a sabiendas de que criticar al expresidente y asociarlo con Peña Nieto podía ser capitalizado por la candidata de su partido, desesperada por remontar su desventaja? Obviamente, esta interrogante está conectada con las otras apuntadas arriba, y su adecuada respuesta nos permitirá completar el rompecabezas del actual proceso electoral.

Sostener que Calderón actuó como lo hizo en razón de su investidura de Jefe de Estado es francamente ridículo, sobre todo porque el presidente no se limitó a hacer una guardia de honor y expresar sus condolencias por el deceso, sino que optó por elogiar públicamente la trayectoria de De la Madrid, aún en contra de sus convicciones de otro tiempo: “Un mexicano ejemplar, creador de instituciones e incansable luchador contra la corrupción”. Tampoco resulta convincente el análisis de quienes sostienen, como Ciro Gómez Leyva en Milenio, que “Calderón prefirió la reconciliación sobre el rencor en un acto de gran calado republicano y democrático”. No convence porque “reconciliar” sólo puede significar en este contexto redimir al autoritarismo de antaño y mancillar la memoria de varias generaciones de panistas que lucharon contra el viejo régimen. De hecho, ningún panista de cepa le siguió el juego a Calderón. Y mucho menos creíble resulta la versión de José Carreño Carlón en El Universal según la cual el presidente quiso simplemente “mandar un mensaje de civilidad para sentar las bases de un armisticio que tanta falta hará después de la elección”. No es creíble porque la reconciliación no ha sido una prioridad de Calderón en todo su sexenio. La explicación hay que buscarla pues, en otra parte.

No hace mucho, 22 mil mexicanos interpusieron una demanda ante la Corte Penal Internacional de la Haya contra el presidente Calderón por crímenes de lesa humanidad. Como era de esperarse, la prensa y los medios cerraron filas entonces con Calderón y criticaron acremente esta iniciativa por “insustancial”, “ridícula” e “infundada”. Hasta el momento, la demanda no ha prosperado y la Corte no se ha pronunciado, pero el hecho reveló intempestivamente a Calderón un escenario trágico más que factible de su propio futuro una vez que abandone Los Pinos. No viene al caso discutir aquí la mayor o menor consistencia o pertinencia de la demanda contra Calderón, pero es un hecho que millones de mexicanos se sienten agraviados por la guerra al narcotráfico emprendida por el presidente, que sólo ha dejado a su paso muerte, violencia y luto; una guerra fallida llena de mentiras y engaños, como el número de muertos reportados oficialmente (40 mil) que contrasta visiblemente con la cifra aportada hace poco por el Departamento de Seguridad de Estados Unidos (150 mil), y que para muchos ha sido más un exterminio indiscriminado que un combate entre el Estado y el crimen organizado. Pero es indudable que Calderón no puede tomar a la ligera las muchas señales de malestar que sus malas decisiones han generado y que hacen que su sexenio sea percibido por millones como funesto y criminal.

En esa perspectiva poco halagüeña, a Calderón no le quedan muchas opciones a no ser que pacte con su sucesor en el cargo inmunidad y protección a cambio de respaldo electoral. Es muy probable a estas alturas que ese pacto ya se haya sellado, y que el affaire De la Madrid haya sido una muestra clara de la voluntad y el compromiso asumido por Calderón. Obviamente, me refiero a un pacto secreto entre Calderón y Peña Nieto, a quien seguramente Calderón, a partir de sus propias encuestas, ya considera su sucesor en el cargo. Hay momentos en la biografía de los líderes en que las convicciones pasan a segundo término para privilegiar pragmáticamente los intereses personales. Calderón terminará su sexenio desacreditado y muy cuestionado, pero por la vía de un pacto con el PRI y Peña Nieto habrá logrado, cuando menos, la inmunidad necesaria para su retiro. ¿Descabellado? Para nada. Si alguien ha mostrado ser pragmático y astuto es precisamente Calderón, un político lo suficientemente hábil y perverso para torcer las cosas a su conveniencia.

Con esta pieza se completa el rompecabezas, y lo que antes aparecía caótico se aclara. Es evidente que Vázquez Mota ha comenzado a padecer en carne propia la traición de Calderón y con ella la de muchos panistas en los que antes confiaba. Hoy es investigada y espiada por el propio gobierno que dice respaldarla, sin apoyo suficiente del PAN para armar un equipo mínimamente competitivo en la actual contienda. No es casual que Vázquez Mota comience a decaer en su estado de salud, por más que ella lo desmienta con valentía y coraje. No es casual tampoco que el candidato de las izquierdas mantenga una campaña bastante relajada y de bajo perfil, con banderas deslavadas e insustanciales. Lo más probable es que también López Obrador se sabe derrotado y ha pactado con los ganadores un retiro digno y tranquilo en “La Chingada”, su apacible quinta en el sureste mexicano. Y finalmente, tampoco es casual que todos los medios de comunicación hayan cerrado filas con el PRI y su candidato. Si alguien tiene clara la película son precisamente los dueños de los medios. De ahí que sólo hay que dejarse llevar tranquilamente por la corriente para llegar a feliz puerto sin sacrificar credibilidad o imagen. Para ello están sus pseudoperiodistas con complejo de estrellas, auténticas comparsas del poder y la mezquindad, y las encuestadoras, auténticas prostitutas que se venden sin reparo al mejor postor.

 Atando cabos

De ser correcto el razonamiento, estaremos atestiguando un hecho insólito en la historia de las transiciones en todo el mundo: una “regresión pactada”, o sea un acuerdo cupular que posibilita el regreso pacífico y ordenado del PRI al poder (mediante la fórmula de una “alternancia de regreso”) por convenir así al presidente en funciones (adquirir de su sucesor el respaldo suficiente para blindarse ante eventuales demandas en su contra). Obviamente, el pacto estaría legitimado por un proceso electoral democrático que definirá a los ganadores y a los perdedores, pero sesgado de origen, y en esa medida violentado o manipulado, por acuerdos entre las elites políticas. Quizá la regresión no aplique al régimen en su conjunto, pues reeditar el autoritarismo de antaño sería a estas alturas poco rentable en términos de legitimidad para la clase política en su conjunto, pero si se estaría volviendo a una situación claramente regresiva en que las elecciones no se resuelven en las urnas sino discrecionalmente en los corrillos del poder. Huelga decir que este desenlace es insólito para cualquier transición, pues las involuciones de la democracia al autoritarismo suelen tener como detonante rupturas y crisis, no ocurren de manera pacífica y mucho menos pactada. Pero si nuestra transición ha sido sui generis por qué no habría de serlo nuestra inminente regresión al priismo, disfrazada de democracia.

Ojalá se tratara simplemente de una especulación descabellada, pues aceptarla sería tanto como reconocer una vez más que los ciudadanos sólo somos testigos pasivos de intrigas palaciegas, que la democracia sólo existe para legitimar los juegos de poder más allá del poder, que al menos en estas elecciones todo está cocinado y lo que hagamos o dejemos de hacer los ciudadanos es irrelevante. Y sin embargo, siempre cabe una alternativa. Quizá llegó la hora de pensar seriamente la anulación del voto o la abstención, para mostrar al menos que cada vez somos más los ciudadanos inconformes con las componendas de los poderosos. Que sepan de una vez los gobernantes que gobernarán en el vacío, para una minoría crédula, porque cada vez somos más quienes los despreciamos.

 

 

Reproduzco aquí el prólogo del libro que con este titulo comenzará a circular en marzo. Es un balance desapacionado del panismo en el poder, 2000-2012

 

El presente libro constituye una suerte de ruptura en mi trayectoria intelectual, pero sobre todo en mis convicciones y expectativas personales acerca de mi país. Hace apenas cinco o seis años simplemente no me visualizaba escribiendo un ensayo tan crítico como éste sobre los pobres resultados alcanzados durante doce años por el Partido Acción Nacional (PAN) al frente del gobierno federal. Hubiera preferido que este libro no llegara, pues eso hubiera significado que el desastre del que se da cuenta en él nunca ocurrió. Pero hoy los hechos ya no se pueden encubrir ni matizar, y están en espera de ser explicados con objetividad. En principio, mi tesis es que el PAN no supo gobernar ni leer adecuadamente el momento político en que le tocó ser protagonista, y si bien es cierto que los dos gobiernos emanados del PAN a partir del año 2000 —el de Vicente Fox Quezada y el de Felipe Calderón Hinojosa— no son los únicos responsables de la ruina del país, sí son los principales.

Pero decía que este libro representa un parteaguas en mis convicciones personales. Me explico. Durante años fui un crítico implacable del viejo régimen, por su condición autoritaria y las muchas simulaciones y engaños que la clase política gobernante y el otrora “partido oficial”, el inefable PRI (Partido Revolucionario Institucional), fabricaron para perpetuarse en el poder, incluida la supuesta apertura política del régimen en dirección democrática inaugurada en 1977. Prueba de ello son mis libros: Construir la democracia. Límites y perspectivas de la transición democrática en México (1994), Después del PRI. Las elecciones de 1977 y los escenarios de la transición en México (1997). En estos libros e innumerables ensayos y artículos pugné por una auténtica democratización del régimen y por una acuerdo incluyente y amplio para refundar al Estado mexicano sobre bases realmente democráticas, o sea para construir un genuino Estado de derecho. Posteriormente, en vísperas de la alternancia del 2000, que para fines prácticos representa el fin de la transición mexicana y del régimen priista así como el inicio de la instauración de un nuevo régimen postautoritario, publiqué un libro en el que además de examinar el largo proceso que nos condujo a ese momento crucial fijaba las tareas para el futuro en la perspectiva de sentar las nuevas reglas y el nuevo andamiaje institucional para el país. El libro se llamó simplemente: La transición mexicana: 1977-2000 (2000). En él no sólo anticipaba el desenlace que todos constatamos, sino que dejaba ver un gran entusiasmo por lo que se avecinaba. Posteriormente, una vez concretada la alternancia en el poder, me sumé a los esfuerzos de muchos mexicanos para reformar al Estado, en especial participé activamente en la Comisión de Estudios para la Reforma del Estado (CERE), cuyos trabajos se resumen en el volumen colectivo: Comisión de Estudios para la Reforma del Estado. Conclusiones y propuestas (2004). La conclusión lógica de estos esfuerzos no podía ser más que insistir en la necesidad de una nueva Constitución para el país o de una reforma integral a la misma, como única vía para concretar el cambio que se había dado en las urnas y encaminar los destinos nacionales hacia un horizonte genuinamente democrático. Cabe señalar que la CERE propuso reformas al 98 por ciento de los artículos de nuestra Carta Magna. En lo personal, mis convicciones sobre esta cuestión quedaron plasmadas en el libro: El desafío democrático. La transformación del Estado en el México postautoritario (2004). Pero todos estos esfuerzos renovadores quedaron muy pronto relegados de la agenda y el interés de la clase política y con ello se fue diluyendo la posibilidad de edificar una nueva normatividad e institucionalidad más congruente con las exigencias y las necesidades de una democracia. Lejos de ello, se mantuvieron intactas las reglas del viejo régimen autoritario con las consecuencias que todos conocemos: parálisis decisionales, afirmación de la partidocracia, desencanto prematuro con la democracia, resurgimiento de prácticas discrecionales, abusos de autoridad, incompetencia para gobernar,  etcétera. Y sin embargo, ante la perspectiva de que un candidato de corte populista se apoderara del gobierno y terminara por aniquilar la maltrecha y frágil institucionalidad democrática que nos habíamos dado, publiqué en vísperas de las elecciones presidenciales de 2006 un libro para desalentar esa opción y seguir apostando por la vía institucional: En el nombre del pueblo. Muerte y resurrección del populismo en México (2006). En la misma línea de inquietudes, apareció un año después mi libro: Por una democracia de calidad. México después de la alternancia (2007). Pero la ilusión democrática que mantuve desde los tiempos de la alternancia se fue convirtiendo paulatinamente en desencanto y molestia conforme la clase política en general, y los gobiernos panistas en particular, se fueron desentendiendo de sus preceptos hasta conducirnos al desastre en el que hoy nos encontramos. Así, ya con este tono menos entusiasta y más pesimista, publiqué los libros: El evangelio de la transición y otras quimeras del presente mexicano (2009) y Política para ciudadanos. Cartografía del presente mexicano (2009), que como tales constituyen los antecedentes directos de este nuevo libro que hoy presento con el propósito de evaluar los saldos del panismo en el poder.

No he querido hacer este recuento de mi trayectoria intelectual para aburrir a los amables lectores sino para mostrar con hechos que el tono crítico del presente libro no es producto de una posición que haya mantenido a ultranza en contra del PAN y los gobiernos panistas, sino que resulta simplemente de la exigencia de explicar con objetividad las razones que llevaron al país a la ruina en la que estamos inmersos. Como muchos mexicanos saludé con entusiasmo y esperanza la llegada del PAN al poder, y como muchos también hoy no puedo más que declararme engañado y traicionado por su falta de visión y compromiso con la nación. Como muchos mexicanos, yo voté por el PAN y por el cambio en el 2000, y como muchos también, frente a la perspectiva de ser gobernados por un populista recalcitrante, refrendé mi voto al PAN en 2006. No tengo problema alguno en reconocerlo, pues además lo hice público en su momento en mis colaboraciones periodísticas en El Universal (“Fox a pesar de Fox”, en el 2000, y “la hora del ciudadano” en el 2006). Más aún, frente a las muchas críticas que el foxismo y el calderonismo fueron alimentando a su paso por el “círculo rojo”, mantuve una posición prudente y cautelosa sin dejar de señalar lo que a mi juicio eran errores graves en su desempeño. Debo confesar incluso que nunca creí que pudiera existir un gobierno peor que el de Fox, pero me equivoqué.

Por lo demás, los saldos del desastre nacional son visibles para todos. A nivel económico, la crisis mundial del capitalismo tomó a México por sorpresa, ahondando dramáticamente los problemas y rezagos ya acumulados. Durante doce años de panismo, la economía no ha podido remontar sus niveles negativos, y hoy estamos a casi diez puntos bajo cero acumulados de crecimiento interno. El desempleo, por su parte, registra cifras históricas, y que han llevado a multiplicar el trabajo informal y la pérdida del poder adquisitivo de los mexicanos. En estas circunstancias, sólo los grandes consorcios y trasnacionales han podido sobrevivir no sin dificultades al deterioro económico generalizado, condenando al quiebre y la desaparición a miles de pequeñas y medianas empresas. En cuanto a las industrias estratégicas del Estado, como Petróleos Mexicanos (PEMEX), las cifras indican que su debacle comenzó con el PAN en el poder. Nadie se explica la razón de ello, considerando que nunca en la historia de la paraestatal, el país había dispuesto de tantos recursos excedentes por la venta del petróleo en una coyuntura internacional particularmente favorable en lo que a los precios del crudo se refiere. Lo mismo puede decirse del sector industrial en general, que a falta de una política responsable los últimos gobiernos, ha conocido sus peores niveles en los años recientes. Y así también, el campo, la ganadería, la manufactura, etcétera, sectores cada vez más olvidados por las autoridades y que sobreviven de milagro. En términos sociales, el deterioro es dramático. La pobreza y la marginalidad han alcanzado niveles similares a los de países africanos, y la descomposición social nos condena cada vez más a vivir bajo la zozobra, secuestrados por la delincuencia y el crimen organizado. México dejó hace tiempo de ser un país seguro y vivible. Asimismo, los signos de la crisis y la ineptitud gubernamental se muestran con crudeza en la educación pública, la salud, la procuración de justicia, la seguridad pública, etcétera, donde las cuentas sólo pueden hacerse en negativo, fracaso tras fracaso. Pero si las crisis económica y social son escandalosas, la crisis política es todavía peor. La ilusión democrática de los tiempos de la alternancia simplemente quedó pulverizada por una casta política insensible, ambiciosa e inescrupulosa, incapaz de anteponer los intereses de la nación a sus intereses de grupo o de partido. Hoy no sólo se ha ahondado el malestar hacia los políticos profesionales sino que los ciudadanos no encontramos por ninguna parte algo parecido a un proyecto de nación para el futuro, que nos permita albergar algún optimismo, antes bien nos encontramos en la total indigencia. Además, el PAN en el poder ha reeditado y consentido prácticas que debieron quedarse en el pasado autoritario y que hoy sólo exhiben a una clase política cada vez más cínica e incongruente: corrupción incontenible, impunidad, abusos de autoridad, negligencia, demagogia, disputas mezquinas, componendas, cruzadas moralinas, etcétera. Y los gobiernos panistas no sólo fueron incapaces de impulsar y promover auténticas reformas estructurales que le dieran viabilidad al país, como las reformas energética, laboral y fiscal, sino que se desentendieron muy pronto de la reforma del Estado, que como tal era indispensable para apuntalar la democracia y dotarla de nuevos contenidos y valores opuestos a los autoritarios que se construyeron durante el viejo régimen. En suma, el PAN en el poder nos queda a deber a todos los mexicanos. El problema es que el desastre al que nos ha condenado es de tal magnitud que resarcir o revertir el daño se antoja imposible en muchos, pero muchos, años.

Por todo ello, afirmar que México está en ruinas, como reza el título del presente libro, no es un juicio de valor sino un juicio de hecho. Con la expresión sólo pretendo levantar acta de una realidad imposible de ocultar, independientemente de nuestras simpatías o antipatías partidistas o políticas. De hecho, al examinar críticamente los saldos del desastre del panismo en el poder no pretendo bajo ninguna circunstancia minimizar o subestimar la responsabilidad de los demás actores políticos en dicho desenlace, ni sobrevalorar o exaltar indirectamente los supuestos logros del pasado antes de la alternancia. Por lo que respecta al primer aspecto, es indudable que la debacle tiene muchos padres. Más aún, ningún actor político o partido o autoridad ha estado a la altura del desafío abierto con la alternancia del poder. Ninguno sin excepción supo leer adecuadamente la importancia histórica del momento y actuar en consecuencia. Lejos de ello, fueron más las tentativas por parte de los adversarios del PAN para golpear, desacreditar y exhibir a los gobiernos panistas en sus incompetencias e incongruencias, que por sumar esfuerzos por el bien de la patria. Además, desde el momento que el pluralismo es una nueva realidad en todo el país, por lo que todos los partidos comparten funciones de gobierno, ya sea a nivel estatal o local, y todos se reparten las posiciones en los congresos estatales, los logros o los fracasos no tienen exclusividad. Y sin embargo, el principal responsable de la debacle no puede ser más que los gobiernos federales emanados del PAN en la medida que les corresponde a ellos por mandato directo encabezar y dirigir los destinos nacionales. En cuanto al segundo aspecto, es muy común desacreditar una gestión o una autoridad para sacar raja de ello. Pienso, por ejemplo, en el libro del expresidente Carlos Salinas de Gortari La década perdida (2008), que al criticar acremente a los gobiernos de sus sucesores en el cargo, los de Ernesto Zedillo y Fox, su propio gobierno quedaba muy bien parado. Obviamente, dicho por Salinas de Gortari, uno de los mandatarios más cuestionados y odiados de la historia moderna del país, el ardid no sólo resultaba tendencioso sino ridículo. Para nada me he propuesto en este libro algo parecido. Por el contrario, criticar los gobiernos del PAN no pretende exaltar a los precedentes gobiernos del PRI, por mera contrastación. Lejos de ello, creo que muy poco, si no es que nada, hay de rescatable del viejo régimen. Mi posición al respecto, por lo demás, la he fijado en innumerables libros y ensayos. Más aún, mi tesis es que mientras el PRI depredó inmisericordemente al país durante siete décadas, el PAN lo arruinó estúpidamente en una. Una tesis, ciertamente, nada optimista para nuestra generación, pero necesaria si aspiramos todavía a cambiar una historia de agravios y desatinos que hoy nos condena trágicamente al naufragio.

Sólo me resta hacer algunas precisiones sobre el contenido del presente libro. En primer lugar, aunque decidí dividirlo de manera muy convencional, o sea según los grandes temas de la agenda nacional (como Economía, Política, Educación, etcétera), el lector no encontrará un tratamiento convencional de cada aspecto, o sea con estadísticas y descripciones monográficas de los avances y retrocesos alcanzados en cada rubro. Lejos de ello, propongo una mirada de autor de uno o más aspectos vinculados con cada tema, a partir de mis propias obsesiones e inquietudes intelectuales. Así, por ejemplo, en el capítulo de Economía, más que un recuento de cifras y datos para documentar el derrumbe de la economía, lo que ofrezco es una reflexión sobre la manera errática y burda como el gobierno de Calderón decidió encarar la crisis mundial del capitalismo, para de ahí extrapolar algunas consideraciones más generales sobre la gestión panista en su conjunto; en el capítulo de justicia, por su parte, más que una panorámica de los muchos déficit y problemáticas que subsisten en la materia, ya sea en la procuración de justicia o en la defensa de los derechos humanos o en la transparencia, me concentro en la justicia electoral, un aspecto con frecuencia desdeñado por los especialistas, pero igualmente importante para evaluar el tema de la justicia bajo los gobiernos panistas; y así por el estilo procedo con el resto de los temas. En virtud de ello, segunda precisión, cada capítulo es independiente y responde a sus propias inquietudes. Sin embargo, sólo visto en conjunto, el lector encontrará las claves necesarias para evaluar la difícil situación que vive el país. Finalmente, dado que el presente libro aparece antes de completarse el segundo gobierno panista, quizá algunas de sus tesis pudieran resultar prematuras. La prudencia sugiere esperar antes de emitir un juicio definitivo. Sin embargo, he optado deliberadamente por adelantar mis conclusiones movido por cuando menos dos razones: a) no vislumbro en el horizonte cercano nada extraordinario que pudiera alterar radicalmente el derrotero del actual gobierno, más bien anticipo una espiral de cada vez mayor ingobernabilidad e inestabilidad; y b) los intelectuales casi siempre reflexionamos sobre nuestra realidad y nuestro tiempo con la esperanza no confesa de poder incidir o influir positivamente en el rumbo de los acontecimientos. El presente estudio no es la excepción. Más que un afán destructivo, lo que me motivó a escribirlo es pensar que puede contribuir de algún modo a modificar las cosas si es que el diagnóstico se valora positivamente. En ese sentido, nada sería más satisfactorio para mí que en los próximos meses ocurriera algo inesperadamente favorable para el país, aunque ello me obligue a corregir o atemperar el pesimismo y la dureza de mis actuales consideraciones sobre el panismo en el poder.

No dudo que las tesis de este libro puedan ser reivindicadas por los adversarios del PAN para capitalizarlo a su favor en futuras contiendas electorales. Lamentablemente, no está en mis manos impedirlo, aunque mi objetivo, como ya externé, está muy lejos de ello. En todo caso, es indudable que el PAN tuvo en sus manos una oportunidad excepcional para cambiar la historia del país y convertirse en el artífice de una nación más democrática, justa y próspera, pero la desperdició por incompetencia y falta de visión. Quizá es tiempo de depositar los destinos de la nación en una fuerza política alternativa, siempre y cuando se comprometa a trabajar en tensión creativa y permanente con la sociedad. El problema es que, por más que busco, no encuentro esa opción por ninguna parte.

En la competencia o carrera por hacerse de un nombre en el diminuto medio intelectual mexicano se da por sentado que es imprescindible publicar artículos en las revistas culturales más conocidas o de mayor circulación en el país. Sin embargo, cualquiera sabe que dichas revistas, amén de escasas, están controladas por grupos o feudos intelectuales cerrados e impermeables, lo que las hace inaccesibles o inalcanzables para la mayoría de los autores, independientemente de sus talentos y buenos oficios. Hasta cierto punto es normal que así sea, pues todos los proyectos culturales son ante todo iniciativas de particulares que están en todo su derecho de imprimir a los mismos su propio sesgo o preferencias. Toca pues, a los interesados esforzarse para congraciarse con ellos y ver cristalizados sus sueños de escribir en sus páginas. El problema es que ello no puede (o no debería) hacerse al margen de ciertas consideraciones de orden profesional, ideológico y hasta moral, si es que nos queda a los escritores algo de integridad y honestidad o le damos algún valor a las convicciones o a la congruencia.

¿De qué revistas estamos hablando? Por increíble que parezca, no más de cinco. En primer lugar están las revistas culturales más famosas: Nexos, Letras libres y Este País; después incluirá a Proceso, el semanario político-periodístico de mayor circulación; y finalmente a la Revista de la Universidad de México, que aunque carezca de los tirajes o el impacto de aquéllas, sigue siendo un referente cultural del país. Después le sigue una lista interminable de revistas de todo tipo francamente irrelevantes. Algunas pueden incluso tener muchos lectores, como Contenido, Impacto o Selecciones, pero no pasa nada con ellas. Otras pretenden hacerle la competencia a Proceso pero siempre fracasan, como Vértigo, Milenio Semanal, Cambio, Siempre!, entre muchas otras. Finalmente están todas aquellas que se mueven entre la academia y la cultura y que simplemente no tienen ningún impacto, como Crítica, Tierra Adentro, La Tempestad, Foraing Affairs en español, etcétera. Es decir que la agenda cultural en nuestro país está definida por tan sólo cinco revistas (o grupos intelectuales), una verdadera pena considerando que somos un país de 120 millones de habitantes o la heterogeneidad de nuestra sociedad. No es este el lugar para desentrañar las razones de esta pasmosa concentración de la cultura en México. Sólo me interesa el dato como un punto de partida para responder a la interrogante que me he colocado al inicio.

Queda claro que si la cultura en México pasa por cinco revistas, publicar en alguna de ellas constituye un escaparate invaluable para cualquier autor, sea académico o escritor. El simple hecho de figurar en sus páginas catapulta a un autor y lo convierte en parte de las élites intelectuales del país. De ahí que sea altamente valorado figurar en ellas. En esa lógica, pocos se cuestionan la ideología de esas revistas, los desvaríos de su pasado, la autoridad moral o intelectual de sus directivos, la congruencia de sus contenidos, los propósitos de la misma o su contribución real a la cultura del país. Lo importante para la mayoría de los autores es publicar en ellas sin ningún reparo, lo cual también es lógico, considerando que son pocas las opciones para trascender. No está dicho que un autor no pueda proyectarse sin escribir en ellas, pues el talento, cuando es genuino, siempre se abre paso, pero sí que el camino para lograrlo es más arduo y azaroso, amén de que muchas veces se queda truncado por falta de oportunidades.

Ante el peso de las circunstancias, poner reparos a la posibilidad de publicar en estas revistas no sólo resulta ocioso en el medio intelectual, sino hasta obsoleto, pues a estas alturas sólo un “desubicado” como yo apelaría a criterios de orden moral o de congruencia para negarse a publicar en alguna de ellas. Claro está que esto no aplica a todas o aplica con distinta magnitud. No es lo mismo, por ejemplo, publicar en Nexos que en la Revista de la Universidad de México. De hecho, como veremos, mis principales reservas están precisamente con Nexos.

Cada una de las revistas mencionadas tiene una historia pública y otra igualmente conocida pero soterrada. Algunas tienen un historial de décadas y otras se posicionaron más recientemente, algunas abrazan abiertamente una ideología explícita y otras se conciben como más plurales, algunas han sufrido muchas metamorfosis y otras han permanecido fieles a su idea germinal, pero todas ellas han sabido mantenerse y adaptarse a los desafíos de su tiempo y entre todas monopolizan buena parte del quehacer cultural del país, ya sea definiendo la agenda cultural o concentrando en sus manos los canales de acceso y promoción de autores y escritores. Como ya se dijo, estas revistas funcionan como auténticos cotos de poder intelectual y contrariamente a lo que pudiera pensarse no debaten entre ellas, pues prefieren evitar una confrontación que las vulnere o desgaste innecesariamente; es decir, estas revistas son culpables en buena medida de que el debate intelectual y la crítica no sean prácticas apreciadas o cultivadas en el medio.

Con todo, haciendo un somero balance de ellas, le reconozco méritos a la revista Letras Libres, por mantener viva una tradición de pensamiento liberal en México, ofreciendo siempre contenidos de calidad, pese a su elitismo exacerbado y blindado o las inconsistencias de su director, el historiador Enrique Krauze, muchas veces señalado por sus vínculos muy convenientes con el poder político o desacreditado por sus colegas por ser un carnicero de la historia. De la revista Este País habría que resaltar su tesón para mantenerse, pese a permanecer en la cuerda floja en varias ocasiones. Más allá de estos imponderables, Este País ha sido fiel a su idea de monitorear el país con análisis y datos duros. Si acaso le cuestionaría su incapacidad para renovarse y oxigenar a su cartera de consejeros y colaboradores, que son los autores y escritores de siempre que figuran en todos lados. De la excelente Revista de la Universidad de México sólo objetaría su incapacidad para salir a la calle y conquistar al gran público, por permanecer atrapada en esquemas francamente rebasados y muy acartonados de lo cultural, aunque sería un despropósito no reconocer que en sus páginas siempre ha habido espacio para todas las corrientes y opiniones. La revista Proceso, por su parte, se cuece aparte. Es tan cerrada y elitista como las demás, pero ofrece información que no se encuentra en ningún otro lado, aunque siempre con ese tono amarillista que la caracteriza. Si acaso percibo que el espíritu crítico y propositivo que le imprimió su fundador Julio Scherer se ha venido relajando en los últimos años, al admitir en sus páginas a intelectuales muy mediáticos pero insustanciales como Denise Dresser. En cuanto a la revista Nexos, el pretexto de estas notas, amerita un comentario más puntual.

La revista Nexos apareció en 1978 bajo los impulsos del historiador Enrique Florescano, a los que se sumaron después otros intelectuales como Carlos Pereyra y Héctor Aguilar Camín. En esos años, la ideología marxista o de izquierda predominaba en los ámbitos académicos y culturales, y Nexos no fue la excepción. Desde la Academia, el filósofo marxista Pereyra había aglutinado a un grupo de discípulos jóvenes y entusiastas que hicieron sus pininos en la revista. Sin embargo, conforme la influencia de Nexos crecía sus integrantes vieron la posibilidad de convertirse en un grupo intelectual con proyección política. En esa perspectiva, la crítica independiente al autoritarismo del viejo régimen cultivada durante sus primeros años de existencia, fue desdibujándose paulatinamente hasta convertir a Nexos, a fines de los ochenta, en un híbrido donde al tiempo que se elogiaba al presidente Salinas de Gortari se empleaba un tono pseudocrítico en los artículos. De hecho, una vez fallecido Pereyra en 1989, quien fue el reservorio moral e ideológico del proyecto, la revista fue dominada por Aguilar Camín, quien no dudó en convertirla en un apéndice del gobierno de Salinas de Gortari a cambio de grandes apoyos y prebendas oficiales. Son éstos los años en que Nexos dio el salto de calidad que le faltaba para posicionarse en el mercado, aunque el costo fue sacrificar su independencia y credibilidad.

Obviamente, Nexos trató de ocultar o matizar a toda costa su fructífero maridaje con Salinas de Gortari por dos vías: hacia dentro del grupo, haciendo creer a sus miembros que este acercamiento con el gobierno era tan sólo estratégico para poder apuntalar al colectivo y proyectarlo en el futuro a posiciones de poder que le permitieran llevar adelante sus genuinas convicciones políticas o ideológicas; y hacia fuera, manteniendo un tono lo suficientemente crítico como para tratar de despistar a los lectores que trabajosamente había conquistado hasta entonces. Huelga decir que ambas tentativas fracasaron. Por una parte, la idea de contribuir a la “transformación” del país desde dentro, o sea colaborando con el régimen, muy pronto se derrumbó, no sólo porque el de Salinas de Gortari fue el gobierno más antidemocrático de todos, sino porque al final del sexenio la prensa filtró la información de los millonarios pagos que recibió Aguilar Camín por los favores prestados al presidente. Por la otra, muchos lectores le dieron la espalda a la revista a la luz de los escándalos referidos. En esta historia, los intelectuales de Nexos estaban tan enlodados que limpiar su imagen resultaba inútil. Por eso, prefirieron jugar a la desmemoria, sin necesidad de romper el vínculo con las autoridades que tan buenos dividendos económicos les había permitido. Asimismo, para neutralizar en parte el descrédito, la revista le dio más juego a las generaciones emergentes bajo la premisa de que había llegado la hora de un recambio generacional. Así, a fines de los noventa, a los nombres de José Woldenberg, Trejo Delarbre, Rolando Cordera, Luis Salazar, se sumaron los de Ricardo Becerra, Jorge Javier Romero, José Antonio Aguilar, entre otros, para oxigenar la revista. Pero esto ha sido sólo aparente, pues Aguilar Camín nunca ha perdido el control de la misma, al grado que hoy ocupa nuevamente la dirección. Huelga decir que gracias a Nexos, Aguilar Camín se ha convertido en un auténtico mandarín de la cultura, un cacique cultural antediluviano, oportunista y cínico, que detenta un enorme poder e influencia en el medio, pese a la consabida mediocridad de su obra intelectual. Si en los ochenta y noventa, Aguilar Camín se equivocó al creer que podía cruzar el pantano sin ensuciarse las alas, supo después regresar por sus fueros. Para ello, amplió el consejo editorial, lo hizo más plural, y por esa vía renovó su sequito de incondicionales y arrastrados, al tiempo que lograba para sí su condición de intocable, según las viejas reglas serviles del elogio a cambio de promoción y proyección.

En suma, Nexos representa mejor que ninguna otra revista toda la podredumbre del medio cultural en México, con sus privilegios y lealtades, con sus prebendas y glorificaciones, con sus oscuridades y vanidades. No dudo que para muchos autores esto es pecata minuta, con tal de figurar en sus páginas y proyectar sus carreras, pero para otros —espero no ser el único—, sería convalidar la podredumbre que representa, hacerle el juego hipócritamente a sus inflados mandarines, traicionar valores como la congruencia y la integridad, y volverse cómplice de la parálisis intelectual que alimentan. Que algunas veces, muy pocas por cierto, esta revista haya ofrecido contenidos y autores originales y novedosos, no alcanza para redimirla de sus excesos y poquedad. Por todo ello, amén de que ellos nunca me invitarían, yo nunca escribiría en Nexos. Prefiero permanecer en los márgenes, pero con independencia, que en los reflectores, pero arrastrado y servil.

 

 

Primicia del libro de C. Cansino, Caja sin Pandora. La clausura del saber en la Universidad (México, Debate, en prensa, cap. 3)*

 
La presión trepadora desemboca en el ascenso de los mediocres […]. Se supone que el darwinismo ferozmente competitivo debería entronizar a los excelentes, no a los incompetentes. Pero las carreras trepadoras están llenas de pruebas supuestamente objetivas cuyos resultados no se miden tan fácilmente […]. Evaluar a una persona para un puesto o premio, evaluar la importancia de una obra, no puede ser exacto. Si, para evitar la discusión, todo se reduce a mediciones mecánicas, el resultado es absurdo. El candidato con más puntos puede ser un mediocre […]. La competencia trepadora no siempre favorece al más competente en esto o en aquello, sino al más competente en competir, acomodarse, administrar sus relaciones públicas, modelarse a sí mismo como producto deseable, pasar exámenes, ganar puntos, descarrilar a los competidores, seducir o presionar a los jurados, conseguir el micrófono y los reflectores, hacerse popular […]. La selección natural en el trepadero favorece el ascenso de una nueva especie darwiniana: el mediocris habilis.

Gabriel Zaid[1]

 I

Nunca las ciencias sociales y las humanidades en México[2] habían producido más obras, más libros, más artículos y más investigaciones de todo tipo como en la actualidad; nunca como ahora las editoriales universitarias le habían dado tanto espacio en sus acervos a la producción proveniente de las ciencias sociales y las humanidades; nunca como ahora habían existido tantos apoyos y recursos estatales para que los investigadores en estas áreas pudieran divulgar sus obras… y nunca como ahora se había publicado tanta chatarra como la que se atreve a publicar la inmensa mayoría de los científicos sociales y humanistas mexicanos, aunque nadie lo reconozca. En efecto, la producción de libros y artículos especializados en ciencias sociales y humanidades parece en la actualidad incontenible, pero muy poco de lo mucho que se publica, si acaso un modesto uno o dos por ciento, es digno de ser publicado, muy poco posee los mínimos indispensables de calidad y rigor como para ir a la imprenta, y muy poco califica como investigación especializada o como contribución original al avance del conocimiento en las ciencias sociales y las humanidades. Lejos de ello, las librerías universitarias y no universitarias están atestadas de libros y revistas especializadas que a nadie le interesan y que nadie compra, a no ser sus autores, libros insulsos y grises cuya única función es garantizar la promoción de sus autores como investigadores en el escalafón de sus respectivas universidades o en alguno de los diversos programas de estímulos a la investigación científica creados al cobijo del Estado, como el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) o el Programa de Mejoramiento del Profesorado (PROMEP).

Como académico con muchos años de experiencia, he podido constatar con tristeza el terrible deterioro que han mostrado las ciencias sociales y las humanidades en el país. A estas alturas he visto de todo: libros colectivos integrados con las versiones estenográficas de las ponencias de un coloquio o seminario; libros de investigadores que sus propios autores se encargan de desaparecer del mercado por vergüenza de lo malos que son; refritos de un libro o un artículo al que su autor sólo le cambia el título o algún capítulo; libros y revistas especializadas ilegibles, plagados de faltas de ortografía, publicados sin el menor respeto por las reglas del estilo y la redacción; libros colectivos de varios artículos sin un eje temático definido que justifique su integración en el mismo volumen; libros y libros que sólo valen por el papel en que están impresos, una vergüenza para todas las editoriales universitarias y muchas no universitarias que con tal de hacer negocio con los investigadores ávidos de publicar le ponen su sello a auténticas baratijas. En ningún caso aplica mejor que en éste la sentencia de que la cantidad arruina la calidad. La actual inflación de libros y artículos especializados en ciencias sociales y humanidades es directamente proporcional a la contracción de las ideas y la ética científica o intelectual. Quizá en el pasado había también pocos trabajos rescatables en las imprentas universitarias, pues los criterios para publicar en ellas, salvo raras excepciones, han sido casi siempre extraacadémicos (relaciones de los investigadores con los directivos universitarios, influencias, palancas, padrinazgos intelectuales, etcétera),[3] pero la abrumadora abundancia de bazofia académica que se publica en la actualidad ha eclipsado los excesos y displicencias que pudieron haberse cometido en otros tiempos. Hoy cualquier investigador puede publicar un libro o artículo en la casa editorial o en las revistas especializadas de su universidad o de otras universidades, con o sin influencias en su medio, con tal de que disponga de los recursos para publicarlo gracias al apoyo otorgado por el Estado, a través del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) o el PROMEP, con la consabida leyenda: “Este trabajo es parte de las actividades realizadas por el Cuerpo Académico tal y se publica con el respaldo de la partida tal…” En suma, nunca como ahora las ciencias sociales y las humanidades en México habían estado peor, tan visiblemente huérfanas de talento y calidad, sin una competencia sana que se traduzca en un real avance científico o humanístico, absolutamente desacreditadas como sus propios cultivadores, auténticos buscadores de “puntos” para promoverse en un medio cada vez más poblado y mediocre y donde todos hacen lo mismo para asegurar su porvenir y seguir viviendo de la academia. Todo ello sin mencionar que las ciencias sociales en general acusan una grave crisis producto de sus propias contradicciones y limitaciones para ofrecer con los métodos existentes saberes realmente científicos.[4] Y por si fuera poco, tampoco es un secreto para nadie que los títulos universitarios se han devaluado enormemente porque cada vez se otorgan de manera más discrecional, flexible y arbitraria, ya sea porque se ha suprimido como requisito la elaboración de tesis o porque los programas educativos, sobre todo los de posgrado, conceden los títulos sin ton ni son con tal de demostrar que cumplen con lo que se ha dado en llamar “eficiencia terminal”, que es un requisito para que dichos programas puedan seguir usufructuando recursos del CONACYT. En efecto, hoy cualquiera puede obtener un Doctorado, basta cursar los créditos respectivos y presentar una monografía o una tesina.

Pero, ¿cómo se ha llegado a esta situación de indefensión en las ciencias sociales y las humanidades en México?, ¿qué explica esta suerte de “chatarrización” sin precedentes en la producción científico social y humanística?, ¿por qué se ha dejado crecer sin control ni medida la mediocridad y la deshonestidad académica en las escuelas y facultades de ciencias sociales y de humanidades en el país? En mi opinión, como trataré de explicar en este ensayo, la respuesta hay que buscarla en el propio sistema de recompensas diseñado y puesto en marcha por el Estado mexicano para estimular la investigación científica y humanística, una política en el campo del desarrollo científico mal concebida e instrumentada que en los últimos treinta años en lugar de promover la investigación de excelencia ha propiciado la sobreproducción, pero de libros y artículos inútiles e insustanciales. Estamos pues, en presencia de una paradoja: la estrategia estatal para estimular la investigación científica, no obstante los recursos destinados al efecto (por lo demás siempre insuficientes), en lugar de lograr su cometido, lo ha inhibido por completo, generando todo tipo de simulaciones y perversiones en lo que a la investigación en ciencias sociales y las humanidades se refiere, una situación por lo demás muy cómoda para los miles de investigadores en estos campos del conocimiento, que con el tiempo han aprendido muy bien a sustituir la investigación seria, esforzada, profesional y de largo aliento, por rollos y maquinazos rústicos y aburridos, un juego perverso al que todos se acomodan y que nadie cuestiona porque siempre será más fácil vivir de la mediocridad que de la exigencia.

Por lo que concierne a este ensayo, me referiré exclusivamente a las ciencias sociales y a las humanidades en México, pues la problemática de las ciencias exactas, igualmente sumidas en el abandono y el retraso en nuestras universidades, es de otro tipo. En este caso, la producción científica tiene sus propias reglas y los resultados de investigación alcanzados sólo cuentan si se publican en las revistas especializadas con reconocimiento internacional en cada disciplina. Aquí la producción no puede ser por definición abundante sino selectiva. Ningún resultado de investigación en el campo de la neurofisiología en México, por poner un ejemplo cualquiera, tendrá valor científico si no aparece publicado en The Journal of Neurophysiology, la revista más reconocida mundialmente en el campo. Todo lo que un neurofisiólogo publique en otro lado no será más que divulgación científica, no investigación original. El problema aquí es que los investigadores en ciencias exactas en países subdesarrollados como el nuestro simplemente no pueden competir con sus pares en los países desarrollados, que les llevan años luz de ventaja. Dicho en otras palabras, los países pobres no producen Premios Nobel en ciencias duras, salvo quizá alguna muy rara excepción. Y pese a que no podemos meter en el mismo saco a las ciencias sociales y a las ciencias exactas, también estas últimas han sido víctimas a su modo del modelo de desarrollo científico estatal, pues los físicos, los biólogos, los químicos y demás científicos duros de nuestro país también han debido subirse al tren de la “puntitis”, publicando a diestra y siniestra, haciendo pasar por investigación científica lo que en realidad es, por las razones apuntadas, mera divulgación de la ciencia, lo cual no deja de ser un derrotero poco estimulante para un investigador científicamente correcto. Obviamente, los mejores talentos, los más honestos, pasarán a engrosar las filas de los cerebros fugados, o sea migrarán a las universidades estadounidenses o europeas. Un desenlace igualmente paradójico de un programa estatal de promoción científica que se propone precisamente retener en el país a nuestros cerebros. Por lo demás, no es casual que en el programa estatal de estímulos a los investigadores del país, el SNI, los investigadores de ciencias sociales y humanidades casi doblen en número a los de las ciencias exactas. Prueba más que evidente de la inflación irracional de las primeras y de la penuria estructural de las segundas.

 II

Hay una realidad que ya no puede ocultarse o minimizarse so riesgo de seguir alimentando un engaño con graves consecuencias para el desarrollo científico en el país. El sistema estatal de promoción de la ciencia en México no sólo ha sido insuficiente sino también contraproducente en relación con sus propios objetivos. Tal y como está concebido, promueve más la mediocridad que la excelencia, más la simulación que la honestidad, más la fuga de cerebros que su retención en el país. La situación ha llegado a niveles tan alarmantes que si no se corrige la estrategia cuanto antes la ciencia y la tecnología nacionales en lugar de coadyuvar al desarrollo de nuestro país serán un reflejo más del desastre y la ruina que hoy padecemos en todos los ámbitos. Para empezar, las estrategias y los programas oficiales de desarrollo científico deben distinguir de manera neta entre las ciencias sociales y las humanidades, por una parte, y las ciencias exactas, por la otra. Los criterios para calificar las aportaciones de los investigadores de unas y otras no pueden ser asimilados. De hecho, colocarlas en el mismo saco es uno de los peores errores cometidos por el SNI y que explica en buena medida los resultados descritos antes.

No voy a entrar aquí a discutir el carácter de cientificidad de las ciencias sociales ni cuál de ellas se ha aproximado o se ha alejado más en los hechos del canon de cientificidad dominante. Para mis fines me basta apuntar que las ciencias sociales en general no han alcanzado aún la “normalidad” que sí han conquistado las ciencias exactas,[5] lo cual se traduce en una pluralidad de paradigmas, enfoques y corrientes en disputa en el seno de cada disciplina social, donde lo que es metodológicamente correcto para algunos es incorrecto para otros. Todo ello se ha traducido en una producción incontenible de investigaciones y obras, sin contar con un rasero compartido por todos para medir su pertinencia metodológica y heurística, por no decir científica. Y con todo, hay obras en el campo de las ciencias sociales que trascienden y otras con las que no pasa nada, lo cual depende del rigor y la seriedad con la que fueron producidas o de la originalidad de sus planteamientos, independientemente del paradigma o la corriente en la que se mueven sus autores. Con ello quiero destacar el hecho de que una política institucional eficaz de promoción de las ciencias sociales lo que debe apoyar, estimular y calificar es la calidad y nunca la cantidad. De nada sirve publicar cinco libros y diez artículos al año si con ellos no pasa absolutamente nada, si no aportan nada relevante para la comunidad de pares. Lo mismo vale para las obras en el campo de las humanidades. Ahora bien, la calidad de una obra de ciencias sociales, por la pluralidad teórica que les es inherente, no puede establecerse en apego a un único criterio de cientificidad con el que comulgan los responsables de calificarla, pues sería un proceso a todos luces arbitrario. Lejos de ello, el mejor criterio es establecer con objetividad si la obra en cuestión ha sido influyente en su campo, si ha sido apreciada por sus pares tanto nacionales como en otros países, si se ha discutido con profusión, si ha sido premiada, si se ha publicado en una editorial seria, de preferencia no universitaria, si ha circulado abundantemente tanto en el país como en el extranjero, si se ha reseñado, si se ha traducido a otros idiomas, etcétera. Aunado a ello, dado que las ciencias sociales atienden o se proponen atender cuestiones que atañen directa o indirectamente a las sociedades actuales, debe ponderarse si las obras en cuestión han traspasado los muros de la universidad y han interesado a un público no lego, lo cual es una virtud que los científicos sociales deberían cultivar más de lo que lo hacen ahora, o sea escribir sus obras de manera clara, fluida y amena. En suma, lo que debe calificarse más que otra cosa es si la obra de un investigador se discute, o sea genera debate, modifica percepciones sobre los asuntos abordados, genera opinión pública, trasciende socialmente, algo muy distinto que en el caso de las ciencias exactas, donde lo que se califica es exclusivamente la contribución científica. Más específicamente, en las ciencias sociales y las humanidades la calidad de una obra no puede establecerse exclusivamente por su mayor o menor apego a los paradigmas científicos dominantes o de moda, lo cual siempre será arbitrario y subjetivo, sino por su mayor o menor trascendencia tanto para los pares como para la sociedad. De algún modo la obra escrita de los científicos sociales y los humanistas puede equipararse a la de los artistas, es decir, una obra es exitosa si logra colocarse en el gusto del público. Lo mismo vale para una canción, una novela, una obra de teatro o un libro especializado. En las ciencias sociales y las humanidades no caben o no deberían caber argumentos en defensa de un elitismo intelectual mal entendido, como decir que la ciencia es sólo para iniciados, por lo que sus cultivadores no deben preocuparse por trascender socialmente. Si los grandes científicos sociales, como Habermas, Adorno, Sartori, Dahl, Easton, Benjamin, Hirschman, Sen, y tantos otros, alcanzaron notoriedad mundial no es porque escribieron para públicos cautivos sino para públicos más amplios, no es exclusivamente por el rigor científico de sus obras sino por la originalidad y repercusión de sus ideas y planteamientos. Se puede ser más o menos riguroso en el empleo de los métodos de búsqueda de conocimientos, pero al final lo que crea escuela y discípulos son las propuestas y soluciones, la claridad argumentativa y la congruencia de los autores. Es el público en general, más que los iniciados, los que conceden y quitan autoridad intelectual y moral a los académicos, una lección nada despreciable para los investigadores empeñados en instalarse en su torre de marfil sin conexión con el mundo real, enclaustrados en sus cubículos como monjas, refugiados en sus elucubraciones hiperespecializadas que a nadie interesan. La ciencia social es social o no es, y las humanidades son humanas o no son.

Por otra parte, debe calificarse la congruencia de una obra, pues hacer pasar un trabajo como científico sin serlo en realidad es una simulación inaceptable. No basta con citar autores, plantear una hipótesis o presentar un marco teórico para que una obra sea científica. De hecho, este es un mal muy frecuente entre los científicos sociales obligados a barnizar sus obras de cientificidad aunque no hayan conducido ninguna investigación empírica rigurosa. Es mejor establecer claramente si una obra es un ensayo, lo cual no le resta mérito alguno, en lugar de revestirla de una cientificidad que no posee. Por lo demás, si lo que los investigadores presentan son resultados de investigaciones científicas empíricas, lo que deberá calificarse es la pertinencia en el empleo de los métodos y la formulación de las hipótesis, la congruencia con la que se mueven en el paradigma teórico de su elección. Pero aun en este caso no puede subestimarse la trascendencia de la obra más allá de los pocos expertos que además de ellos trabajan el tema investigado. Si en las ciencias exactas la especialización ha sido una condición sine qua non para el avance científico, en las ciencias sociales puede conducir a la irrelevancia y la parcialidad, cuestiones muy destacadas por quienes han analizado la crisis actual de las ciencias sociales.[6]

En esta misma línea, publicar artículos en revistas especializadas no debe ser un factor determinante a la hora de calificar la producción de los científicos sociales y los humanistas, no al menos como en el caso de los investigadores de las ciencias exactas, donde una publicación en el Journal más reconocido de su especialidad vale más que cien libros. En las ciencias sociales, por el contrario, los artículos publicados en revistas especializadas no trascienden como los libros, en parte porque tienen una circulación restringida o porque no se consumen más que por los propios especialistas. De hecho, en la mayoría de los casos, las revistas especializadas, por más reconocimiento que tengan, sólo sirven para abultar los curricula de los investigadores y para que estos obtengan puntos para su promoción, pues su receptividad es limitada y prácticamente no se discuten. Además, las revistas especializadas en México, sobre todo las que tienen reconocimiento oficial en el padrón de revistas científicas del CONACYT, se han convertido en auténticos feudos o cotos de poder académico donde siempre publican los mismos autores mediante criterios más de lealtad o de identificación de grupo que de calidad o de rigor.[7] La discrecionalidad con la que se integran los contenidos de estas revistas es tal que nadie confía en sus supuestos niveles de exigencia, como la existencia de arbitrajes neutrales o su cacareada inclusión en los índices internacionales de revistas científicas. Más aún, dada la poca o nula repercusión que tienen, a veces resulta más fructífero para los investigadores publicar sus artículos en revistas no especializadas pero de amplia circulación, revistas totalmente demonizadas o descalificadas por los puristas de la ciencia, quienes se refieren a ellas como publicaciones no académicas y de divulgación. Claro está que si lo que contara realmente es, como debe ser en las ciencias sociales y las humanidades, la repercusión social del trabajo de los investigadores, publicar en estas revistas tan estigmatizadas resulta más gratificante que hacerlo en las elitistas que nadie lee. En virtud de ello, esta diferenciación excluyente y discriminatoria entre artículos publicados en revistas especializadas y los publicados en revistas no especializadas pero masivas no se sostiene a la hora de calificar las publicaciones de los investigadores, sobre todo en las ciencias sociales y las humanidades, pues con frecuencia tiene más mérito publicar en las segundas en lugar de las primeras.[8] Obviamente, eso no significa que publicar artículos en las mejores revistas internacionales especializadas, o sea en revistas no mexicanas inmunes a las perversiones de nuestra maltrecha y contaminada academia, no tenga su mérito. De hecho, dichas revistas —un puñado en cada disciplina social o humanística— tienen niveles de exigencia tan altos que publicar en ellas es un auténtico triunfo y una garantía de que el trabajo publicado en sus páginas es original y valioso. Pero siendo realistas, un científico social sólo podrá publicar, si bien le va, uno o quizá dos artículos al año en revistas especializadas tan prestigiosas. Por lo que, de nuevo, es la calidad y no la cantidad lo que cuenta. Además, la inflación de revistas especializadas no es exclusiva de nuestro país. En todas partes existen revistas igualmente irrelevantes e intrascendentes como las nuestras. Saber discernir entre las revistas de excelencia y las mediocres debe ser pues, el criterio para calificar los artículos que ahí aparecen.

Llegados a este punto es posible hacer una primera recomendación para calificar los productos de investigación en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, y de paso revertir la tendencia dominante de publicación indiscriminada de libros y artículos chatarra. En su evaluación periódica ante el SNI o el PROMEP el investigador podrá reportar cuantas obras quiera pero deberá seleccionar sólo una (libro o artículo) con la que quiera ser evaluado, la que considere fue más influyente en su campo o la más rigurosa y seria producida durante el tiempo en revisión o la que recibió algún o algunos premios o reconocimientos. De entrada, quedan descartados las compilaciones de libros colectivos o los artículos publicados en libros colectivos, pues casi siempre se trata de volúmenes que no aportan nada destinados a inflar el curriculum de sus autores. Es más, ironizando un poco, quien presente obras de este tipo para demostrar su producción científica, debería ser expulsado en automático del SNI. Lo mismo vale para libros o volúmenes colectivos publicados con el auspicio del CONACYT o el PROMEP mediante recursos destinados a los así llamados “Cuerpos Académicos” (CA), una autentica aberración de la que hay que desconfiar, pues esta figura de pésimo gusto, como veremos más adelante, sólo ha alentado la formación de redes de investigadores cuyo único objetivo es publicar cuantas cosas se les ocurra a sus integrantes con el objetivo de promoverse en los escalafones establecidos. Aquí la calidad de las obras es lo que menos cuenta. De igual modo, habrá que reprobar todas las obras que se sometan a evaluación publicadas por imprentas universitarias, tanto públicas como privadas, o que sean publicadas por sellos comerciales en coedición con una universidad, pues si alguien ha alentado la mediocridad en la producción científica y humanística son precisamente las editoriales universitarias.[9] El desprestigio de las imprentas universitarias es tal que sólo con una medida drástica como ésta se puede revertir esta tendencia y obligarlas a ser más responsables y exigentes a la hora de publicar las obras de sus investigadores. Lo mismo vale para todas las tesis que se convierten en libros, pues salvo escasas excepciones, se trata de investigaciones elaboradas para cubrir un requisito formal, no de obras cuyo fin es el avance científico per se. Finalmente, habrá que reprobar también todos los libros que presenten los investigadores publicados en editoriales apócrifas que publican por pedido y a cuenta de los propios autores, pues estas obras, no pasan ningún control. De hecho, cada vez es más frecuente que los académicos publiquen por esta vía sus obras, o sea en ediciones que ellos mismos pagan, y que obliguen a sus alumnos a comprarlos para recuperar la inversión que hicieron. A estos académicos oportunistas y vividores habría que expulsarlos de por vida del SNI. La lista de editoriales fantasma de este tipo es inmensa, pero cualquiera puede identificarlas sin dificultad.[10] En suma, publicar libros de investigación no puede ser una prerrogativa exclusiva de los propios investigadores capaces de allegarse de recursos por los canales institucionales que hoy existen, sino un desafío, pues las editoriales comerciales serias y responsables también se verían obligadas a publicar sólo aquellos trabajos que conjugan calidad y novedad, o sea que sean originales y económicamente rentables, que despierten el interés del público en general y tengan mercado.[11]

Con este criterio de evaluación se desalienta entonces, la dinámica dominante de publicar por publicar para dar paso a la publicación exclusivamente de trabajos de calidad. Además, facilita la tarea de los evaluadores, quienes deberán concentrarse en una sola obra de cada investigador y no en cientos de publicaciones que nunca podrán leer a profundidad. Sería recomendable, asimismo, que el investigador evaluado se entreviste con el comité que lo evalúa para hablar personalmente de la obra que presentó y responda a las inquietudes que surjan, siempre y cuando, como veremos más adelante, se depuren las reglas de integración de dichos comités, los cuales están atravesados en la actualidad por todo tipo de suspicacias. Asimismo, por esta vía se revaloraría el trabajo científico y se depuraría el SNI de académicos oportunistas e inescrupulosos. A la larga, sólo los investigadores cuya obra trascienda y alcance reconocimiento nacional e internacional tendrían cabida en los programas oficiales de estímulos, lo que obligaría a los mismos a colocarse metas más exigentes que las que hoy tienen, a ser más competitivos, y a ser más selectivos a la hora de escoger donde publicar sus obras. No hay que olvidar que el sistema educativo, en general, y el subsistema científico, en particular, son por definición selectivos. Sólo los más capaces, los que demuestren suficiencia y calidad, pueden aspirar a permanecer en él. Suponer lo contrario sólo alienta la mediocridad y la irrelevancia que hoy nos ahoga.

III

En todo caso, lo que los sistemas de estímulos a los investigadores deben premiar o castigar periódicamente es ante todo la calidad de la investigación, o sea la obra escrita. Todo lo demás que hoy se considera consustancial al trabajo académico sólo puede ponderarse de manera complementaria y opcional, como asesorar tesis, coordinar equipos de investigación, impartir conferencias, organizar simposia y seminarios, formar redes de investigadores, pertenecer a CA, asistir a congresos, etcétera. De hecho, al igual que la displicencia con la que se aceptan obras chatarra en las evaluaciones de los investigadores, considerar estos aspectos secundarios a la hora de calificar el trabajo de los investigadores ha conducido a todo tipo de perversiones y simulaciones insostenibles, o sea que ha contribuido al profundo deterioro que hoy acusan las ciencias sociales y las humanidades en México. Para entendernos, pondré a continuación algunos ejemplos.

No cabe duda que asesorar una tesis es una gran responsabilidad para cualquier investigador, de una buena asesoría depende muchas veces que el producto del tesista sea relevante para la disciplina y se generen sinergias de trabajo en el futuro. Sin embargo, esta mística de la asesoría profesional de tesis se ha perdido por completo en los años recientes. Contaminada por las exigencias de la eficiencia terminal, la gran mayoría de los programas de posgrado promueven la titulación expedita sobre la calidad de las tesis. La consigna es titular a cuantos pasantes se pueda sin reparar en el rigor y la originalidad de las tesis presentadas. Así, me ha tocado ver académicos que dirigen semestralmente treinta tesis de posgrado y que todos se titulan con ellas en menos de un año, he visto tesis verdaderamente ilegibles, plagadas de errores de contenido y de estilo pero que alcanzaron honores, he visto tesis de doctorado tan elementales que una monografía escolar de preparatoria resulta infinitamente superior, he visto tesis que constituyen auténticos plagios de otras obras o tesis, y que son aprobadas sin el menor rubor, he visto como los coordinadores de un posgrado les sugieren a los egresados rezagados de su programa que contraten los servicios de un despacho profesional que se ocupa precisamente de ¡hacer tesis! por módicas sumas, mismos que han proliferado de manera incontrolada en todo el país. En casos extremos, cuando la permanencia de un posgrado en el Programa Nacional de Posgrado (PNP) del CONACYT depende de la eficiencia terminal, he visto titulaciones masivas de toda una generación con auténticas monografías escolares, he visto situaciones en las que el propio posgrado le otorga al estudiante becas muy cuantiosas con tal de que termine su tesis en tres meses, he visto como un jurado se traslada al lugar de residencia del tesista con tal de que haga su examen profesional, no importando lo lejos que se encuentre y lo oneroso que pueda resultar para la institución. Obviamente, en estas circunstancias, dirigir tesis ya no puede ser un criterio de evaluación valido para los investigadores, y dirigir muchas tesis al año debe ser más bien un motivo de desconfianza, una razón contundente para dudar de la responsabilidad y seriedad de los investigadores que lo hacen. Lo mismo vale para la participación de los investigadores como jurados en exámenes profesionales, pues lo único que demuestra es que los investigadores que acumulan exámenes de grado mantienen muy buenas relaciones con los grupos de poder que mesen la cuna en su institución.

Tal parece que el criterio prevaleciente para que un tesista elija a su director de tesis es que le asegure que se va a titular rápido y con el menor esfuerzo, una práctica que no sólo devalúa el trabajo de investigación sino que permite a muchos académicos crear auténticas redes clientelares y erigirse en caciques dentro de su universidad. Yo conozco a muchos. La recomendación aquí no puede ser otra más que las asesorías de tesis ya no tengan el peso que ahora tienen a la hora de evaluar a los investigadores. Si acaso, el investigador podrá presentar físicamente y de manera opcional una sola de las tesis que haya asesorado en el periodo a ser evaluado, aquella que considere más seria y original. Y si alguien reporta más de diez tesis asesoradas, para decirlo con un dejo de ironía, deberá ser expulsado de inmediato del SNI o del PROMEP por irresponsable. Por esta vía, se recuperaría la mística de las asesorías de tesis y nunca más se privilegiaría la cantidad de asesorías por sobre la calidad de las mismas. Por su parte, el CONACYT debe revisar seriamente sus criterios para mantener a los Programas de Posgrado dentro de sus programas de excelencia, pues hoy resulta evidente que la socorrida eficiencia terminal ha terminado por matar la investigación de alto nivel.

Formar o coordinar equipos de investigación tampoco puede ser un criterio relevante para evaluar a los investigadores en los campos de las ciencias sociales y las humanidades. Si lo que realmente cuenta son los resultados de la investigación, vale igual o más el trabajo de un investigador a título individual que el de un equipo. Es más, son tantos los engaños que ha conllevado la política de promoción de redes de investigación y de CA que el trabajo en solitario resulta casi siempre más honesto y valioso. Me resulta curioso, por ejemplo, ver a mis colegas angustiados en constituirse en CA, una invención de PROMEP tan absurda como inútil, para solicitar apoyos y recursos para publicar libros, organizar reuniones académicas y financiar sus viajes, y así aceitar el círculo perverso de los estímulos y los puntos. Lo paradójico de estos programas es que convierten a los académicos más en gestores que en investigadores. De hecho, son tantas las horas productivas que implica llenar formas, presentar reportes, hacer proyectos, justificar gastos, solicitar facturas, etcétera, para cumplir con las exigencias formales de estos programas, que a los investigadores les queda muy poco tiempo para investigar. A la larga, lo que termina premiándose son las habilidades de gestión de los investigadores más que sus productos de investigación, que por obvias razones serán casi siempre mediocres. Por lo demás, pertenecer a CA es lo peor que podía pasarle a los investigadores que se toman en serio su trabajo, pues ahora, para mendigar recursos, tienen que hacer de todo menos investigar, llámese asistir a congresos y seminarios, publicar libros colectivos al vapor, crear e integrarse a redes interinstitucionales, participar en comisiones de todo tipo, etcétera. Además, la terminología empleada es tan confusa como absurda (“CA en formación”, “CA en consolidación”, “CA consolidados”, “investigadores con perfil deseable” etcétera), todo diseñado para que no se realice investigación seria y de largo aliento, pues lo que importa es abultar la lista de productos del grupo para consolidarlo y seguir publicando bagatelas y hacer turismo académico con recursos del erario. Además, si a ello sumamos las interminables torturas burocráticas que los investigadores tienen que sortear cotidianamente en sus propias universidades para cumplir con los requisitos para obtener estímulos y allegarse de recursos, parece que todo está diseñado para inhibir lo único que debería contar, o sea la investigación.

Obviamente, no tengo nada contra las investigaciones colectivas. Con frecuencia son la única vía para emprender estudios multidisciplinarios complejos y ambiciosos que de otra manera no sería posible realizar. Pero por lo general, éstas son escasas por onerosas y engorrosas. De hecho, los únicos libros colectivos que deberían publicarse son los que resultan de investigaciones colectivas, donde todos los investigadores involucrados no hacen sino seguir un guión de investigación común, perfectamente definido en sus premisas y objetivos. Por todo ello, al final del día, es entendible porque los estudios que logran trascender son casi siempre trabajos de autor más que trabajos colectivos, razón más que lógica para relevar como criterio de evaluación, salvo a solicitud del investigador, la formación o coordinación de equipos de investigación. Ya es hora de desnudar las inconsistencias y contradicciones de un sistema que por la vía del otorgamiento de recursos premia más la capacidad de los investigadores de formar equipos que la de realizar investigación.

Una reflexión similar vale para criterios de evaluación como impartir conferencias, organizar simposia y seminarios y asistir a congresos. En los hechos, más allá de fomentar el turismo académico y asegurar la formación de redes y grupos de investigación y toda esa parafernalia inútil, la gran mayoría de las reuniones de académicos en eventos de todo tipo no sirve para nada. Hoy cualquier investigador puede organizar un evento y proveerse de ponencias para coordinar un libro, hoy cualquiera puede hacerse invitar a un seminario a cambio de ofrecer lo mismo a su anfitrión, hoy se hacen eventos de todo tipo con auditorios vacíos y audiencias cautivas de estudiantes a los que no les interesa estar ahí. Como académico he visto las cosas más ridículas y bochornosas que se puedan imaginar con respecto a estas reuniones. He visto congresos masivos donde para leer una ponencia te dan cinco minutos y además tienes que pagar 500 dólares, he visto coloquios donde los únicos asistentes son los ponentes, he visto ponentes que repiten la misma ponencia en decenas de reuniones, he visto seminarios donde no se permite la interacción con el auditorio, he visto soliloquios que nadie entiende, he visto ponentes cuyos planteamientos son destrozados por los asistentes, he visto conferencias magistrales en las que el público se sale a la mitad, he visto ponentes que no saben articular una sola idea, y he visto otros capaces de leer su ponencia por más de una hora sin ningún respeto por el público. Por todo ello, reportar cincuenta participaciones al año en reuniones académicas no significa nada, a no ser que constatar que el investigador en cuestión ha invertido mucho tiempo para viajar y poco para investigar seriamente. Lamentablemente, los sistemas actuales de estímulos académicos convierten a los investigadores en coleccionistas de constancias de participación en reuniones de todo tipo, y en acumuladores de millas gratis en las aerolíneas de su preferencia. La recomendación aquí es que los investigadores presenten para ser evaluados a lo sumo tres constancias de participación en reuniones académicas, las más serias y relevantes, aquellas donde el investigador no sólo pudo exponer en profundidad sus ideas ante un público considerable, sino que eventualmente fue remunerado para hacerlo, pues es un indicador adicional de reconocimiento profesional.

Además de los criterios de evaluación examinados, suelen ponderarse otros que de tan ridículos ni siquiera viene al caso revisarlos en detalle. Pienso, por ejemplo, en los puntos que da a un investigador haber ocupado una dirección o una coordinación o cualquier otro puesto burocrático dentro de la universidad, algo totalmente incompatible con lo que se busca calificar, o sea la investigación. Huelga decir que el trabajo burocrático mata al investigador, amén de que el ascenso en las estructuras de poder universitarias no se rige por criterios de excelencia académica sino de lealtades y componendas entre grupos de poder académicos. Es más, si el sistema de estímulos a la investigación fuera racional y congruente, en lugar de premiar a los investigadores-burócratas se debería suspender de forma automática cualquier tipo de apoyo a la investigación o de estímulos a aquellos investigadores que ingresan a la burocracia universitaria en cualquier nivel. Más aún, contrariamente a la lógica imperante, por cada cargo burocrático que haya ocupado un investigador en su trayectoria profesional habría que restarle puntos o se podría establecer una fórmula según la cual un investigador sólo podrá integrarse o reintegrarse al SNI cuando haya dejado la burocracia y cuando su trayectoria como académico sea mayor en años que su trayectoria como burócrata.

Otro criterio de evaluación absurdo son los premios o reconocimientos obtenidos por los investigadores. Obviamente, no me refiero a los premios obtenidos en concurso por obras escritas, sino a los premios y distinciones que otorgan discrecionalmente las universidades u otras dependencias públicas nacionales y que generan todo tipo de suspicacias, como premios al mérito o a la trayectoria, pues es consabido que casi siempre lo que se premian son lealtades de grupo más que la calidad de una obra. Lo mismo vale para muchas cátedras patrimoniales, creadas a modo para alimentar la hoguera de las vanidades y las sociedades de mutuo elogio, sin criterios de excelencia explícitos. Para nadie es un secreto que la meritocracia no es la regla en nuestras universidades, sino las lealtades y componendas entre grupos de poder facciosos. Y si de ser objetivos se trata, también es cierto que muchos de los concursos de obras escritas suelen estar viciados de origen y son concedidos discrecionalmente, lo cual también obliga a los evaluadores a discriminar muy bien el valor real de los premios reportados.

Finalmente, uno de los criterios de evaluación más absurdos es reportar periódicamente las citas o referencias que se hacen a las publicaciones de un investigador. Es absurdo, pensando en las ciencias sociales, porque si de por sí, como ya vimos, publicar artículos en revistas especializadas en México está contaminado por criterios extraacadémicos, como participar de o simpatizar con los grupos cerrados que controlan dichas publicaciones, estos mismos enclaves se encargan de filtrar o censurar cuanto articulo les llegue que cite a autores con los que no comulgan. A final de cuentas, lo que tenemos es una casa de citas selecta donde sólo entran los amigos, un club exclusivo que se reserva el derecho de admisión. En menor proporción, lo mismo ocurre con las revistas internacionales, a excepción de un puñado de ellas cuyo prestigio y posicionamiento en distintas disciplinas sociales les impide reproducir esquemas de selección de contenidos tan rupestres. Obviamente, esto no aplica en las ciencias exactas, donde las citas suelen ser un parámetro infalible para medir la relevancia de una contribución científica, aunque en este caso lo que cuenta no es la cantidad de citas sino la calidad de las mismas, pues por lo general los avances en un campo son tan especializados que sólo interesan a un puñado de investigadores que trabajan los mismos temas en unas cuantas universidades dispersas en el mundo. En efecto, sólo la ciencia supone una acumulación de saberes sobre la base de las investigaciones realizadas, por lo que cada nuevo descubrimiento se conecta con los descubrimientos precedentes, de ahí que los científicos puros sólo citan aquello que representó un avance previo y sin el cual el nuevo descubrimiento simplemente no hubiera tenido lugar. Algo muy distinto que las ciencias sociales, tan heterogéneas en sus paradigmas y tan flexibles en su entendimiento de lo científico, que todo se vale.

 IV

Nada de lo aquí expuesto tendría alguna viabilidad si no se modifican simultáneamente varias características estructurales y de concepción de los programas de estímulos a los académicos e investigadores, como el SNI y el PROMEP. En el caso del SNI, un programa creado en el seno del CONACYT hace treinta años para apoyar económicamente a los investigadores en una época en que se habían depreciado abruptamente los salarios en las universidades, así como para impulsar la investigación de excelencia, el principal problema es la opacidad con la que las comisiones evalúan a los investigadores y deciden mantenerlos o ascenderlos en el escalafón vigente por niveles, lo cual genera todo tipo de injusticias y molestias. El problema es estructural porque tal y como está diseñada la composición de las comisiones, sus integrantes adquieren enormes facultades y prerrogativas, se erigen en feudos cerrados y casi siempre toman sus decisiones de manera discrecional y arbitraria. Basta que en la comisión de un área de conocimiento participe un colega con el cual el investigador que deberá ser evaluado no mantiene una buena relación para que se obstaculice permanentemente su promoción en el sistema. En lo personal conozco cientos de casos de este tipo, absolutamente sorprendentes, considerando la trayectoria impecable de los perjudicados. Yo mismo he sido un damnificado recurrente de este proceso. Y si bien las comisiones se integran por elección de planillas por parte de la propia comunidad de investigadores, los puestos son disputados casi siempre por las elites del SNI (los pertenecientes al nivel III), auténticos mandarines de la academia, para seguir manteniendo o para incrementar sus privilegios e influencia en el medio. Es por ello que en cada evaluación siempre hay fallos absurdos, como ascensos de investigadores que no tienen los méritos suficientes ni siquiera para estar en el sistema, pero que ocupan cargos de dirección en alguna universidad o son amigos de algún miembro de la comisión respectiva, o el mantenimiento de otros en su mismo nivel aunque su obra cuente con reconocimiento internacional o tengan méritos infinitamente superiores a los que ostentan sus pares encargados de evaluarlos. Ridículo e injusto. Además, hasta la fecha no conozco un solo investigador que después de impugnar el fallo de su evaluación haya sido rectificado por las comisiones revisoras. Los argumentos para no hacerlo suelen ser verdaderamente insólitos: desde el “Usted tiene suficientes méritos para ascender, pero si lo hacemos, como es usted tan joven, se devaluarían los reconocimientos del sistema”, hasta los clásicos “Usted cuenta con libros y artículos muy importantes, pero sería recomendable que diversificara las publicaciones periódicas especializadas donde suele publicarlas” o “Usted cuenta con una destacada trayectoria, pero nunca ha dirigido un posgrado ni ha ocupado un cargo en su universidad”. Todos argumentos tan vacíos como contradictorios con lo único que debe reconocerse, la calidad de la investigación. Por todo ello se impone un cambio drástico en la composición de las comisiones. La propuesta es que se integren no por votación sino por insaculación de entre todos los miembros del SNI en cada área (sin distinciones del nivel en el que se encuentren), y que las comisiones se renueven en cada evaluación. Además, considerando las propuestas precedentes que teóricamente facilitan la tarea de evaluación (como la presentación de una sola obra por investigador), sería recomendable que la comisión entreviste personalmente a cada investigador y que en su presencia emita su dictamen. El contacto cara a cara entre pares puede coadyuvar a revertir la opacidad y la discrecionalidad que hoy predominan, considerando sobre todo que en cada disciplina todos los investigadores se conocen. Para el efecto, los criterios a considerar en la evaluación deben cambiar tal y como lo sugerí en los parágrafos precedentes. Un procedimiento similar puede instrumentarse para todas las demás comisiones del SNI, pues también generan mucha inconformidad, sobre todo aquellas responsables de evaluar las solicitudes de apoyo para proyectos de investigación o las que determinan la concesión de becas para estudiar en el extranjero, uno de los rubros más injustos de todos por su alta discrecionalidad. Quizá este procedimiento resulte un poco más oneroso que el vigente, por cuanto habría que movilizar cada año a los investigadores integrantes de comisiones responsables de evaluar a sus pares, pero a la larga se ganaría en confianza y transparencia.

La problemática del PROMEP es totalmente distinta. Como política federal de apoyo a los académicos de excelencia constituye un programa muy loable, pero ha contribuido sin proponérselo a lo que aquí he llamado la “chatarrización” de la ciencia. Además de que ser beneficiario del PROMEP en alguno de sus programas resulta para los investigadores absolutamente tortuoso y engorroso, por la cantidad de documentos que hay que recopilar y entregar periódicamente, ha creado una figura insostenible que ha metido a los investigadores en una dinámica muy absorbente y a la larga poco fructífera en términos de asegurar investigaciones de calidad: el trabajo en equipo mediante redes de investigación o CA. Tal pareciera, según esta concepción, que sólo el trabajo en equipo es relevante y que quien trabaja a título individual es un desadaptado. No viene al caso siquiera comentar una filosofía tan obtusa, pues las grandes obras de todos los tiempos en ciencias sociales y humanidades han sido producidas en solitario. Pero como la academia paga tan mal en México, la gran mayoría de mis colegas investigadores no ha podido sustraerse a los cánones impuestos por el PROMEP, y ahora colaboran en flamantes CA. Al igual que el SNI, este programa de estímulos también contempla niveles para los CA (algo así como “en formación”, “en consolidación” y “consolidados”), pero a diferencia del SNI, los que evalúan el desempeño de los CA y deciden su nivel no son investigadores, o sea pares, sino burócratas de la Secretaría de Educación Pública (SEP), con lo cual los fallos se toman exclusivamente en función de la cantidad de trabajo reportada por cada CA. En esta lógica, poco importa que los artículos o libros publicados sean mediocres, como los que resultan de juntar ponencias de un coloquio (de hecho, se exhorta a los investigadores a que publiquen libros colectivos de este tipo en los que colaboren como autores todos los integrantes del CA), poco importa que sus integrantes organicen o asistan a seminarios y congresos que a nadie interesan, poco importa que realicen investigaciones intrascendentes, poco importa que con sus productos no pase nada relevante en la disciplina en la que se mueven. Con tal que los investigadores trabajen en equipo y presenten muchas constancias o publicaciones que den fe de dicha colaboración, los CA asegurarán su permanencia o promoción en el programa y dispondrán de cada vez más recursos para hacer las mismas cosas inútiles e intrascendentes. Un círculo vicioso que sólo alimenta la mediocridad. En suma, el PROMEP tiene una concepción del quehacer científico viciada de origen. De ahí que mejorar el programa resulta mucho más difícil que en el caso del SNI. Se requiere una cirugía mayor que modifique radicalmente la filosofía del programa. Para empezar, en las ciencias sociales y las humanidades el trabajo en equipo no es garantía de nada. Excluir del programa a los investigadores solitarios es arbitrario e injustificado. En segundo lugar, fomentar la acumulación de constancias y publicaciones es lo peor que se puede hacer al quehacer investigativo serio y responsable. De hecho, la puntitis mata a la investigación de calidad. En tercer lugar, al meter a los investigadores en una búsqueda obsesiva de constancias y papelitos para ser merecedores de apoyos económicos, el PROMEP, en lugar de dignificar el trabajo académico, lo envilece o degrada.

  V

Si los programas oficiales de apoyo a los investigadores y de promoción de la investigación son responsables indirectos de la ruina de la investigación de calidad, el cuadro se completa con la situación endémica que atraviesan en general las instituciones de educación superior del país, sobre todo las públicas, pues es sabido que las privadas, salvo honrosas excepciones, sólo se ocupan de la educación y relegan la investigación.

En México, nuestro largo tránsito de un sistema autoritario de partido hegemónico a un sistema plural y competitivo, no se ha traducido en cambios que nos permitan vislumbrar una espiral virtuosa de progreso y desarrollo sostenido. Por lo general, lo que vemos es estancamiento y desinterés por parte de las autoridades para enfrentar los problemas acumulados. Este es el caso de la educación pública, en general, y de la educación superior, en particular. Las universidades públicas, salvo muy contadas excepciones, siguen pesando en sus entidades más por lo que representan que por los fines superiores que deben perseguir, o sea, son cotos de poder e influencia para los grupos y mafias locales, centros de disputas entre caciques y líderes, trampolín de camarillas políticas, zonas de incertidumbre económicamente muy rentables, en las que la educación y la investigación de excelencia son lo que menos importa, a no ser para que las burocracias universitarias justifiquen su permanencia en el poder con cifras infladas y maquilladas. Asimismo, se trata de instituciones retrogradas donde predominan las mafias cerradas, se castigan las insolencias, se compran lealtades, donde las autoridades no tienen que responder por sus acciones, lo que fomenta el dispendio y el desvío incontrolado de recursos; aquí la transparencia es una palabra vacía, una treta en manos de contadores astutos.

Por otra parte, las universidades públicas han pervertido sus funciones sustantivas. Desde este punto de vista, constituyen instituciones endémicas. El conocimiento ya no se produce en sus aulas y laboratorios. En su seno, la academia y la ciencia no le interesan a nadie. Los premios y promociones se otorgan casi siempre con criterios extraacadémicos; se apoyan investigaciones mediocres por las mismas razones, se publican revistas y libros que nadie lee y que sus autores sólo usan para promoverse en los escalafones de estímulos, para inmediatamente después esconderlos en sus cajones por vergüenza de que alguien los lea. Finalmente, pese a que en algunas universidades públicas existe el sufragio universal como mecanismo para elegir a la máxima autoridad universitaria, todo mundo sabe que lo menos que hay en estas instituciones es democracia, sino una simulación burda en la que son las propias mafias universitarias y políticas las que postulan a los contendientes que han de disputarse la rectoría, y después manipulan las elecciones a su conveniencia. De hecho, la democracia universitaria, ahí donde sobrevive, recuerda las prácticas fraudulentas más vergonzosas del otrora partidazo oficial durante la fase más cínica de nuestra dictadura perfecta.

La gran mayoría de las universidades públicas del país sólo pueden proyectarse mediante   la mentira y el engaño, pues cualquiera que las frecuenta conoce perfectamente sus enormes carencias; son instituciones donde la corrupción recorre todos sus vasos linfáticos, donde se compran auditorías y certificaciones a modo, donde se venden calificaciones y exámenes indiscriminadamente; donde la democracia sólo se utiliza retóricamente, pues en la práctica no hay nada que la sustente. Diariamente se destapa una cloaca de podredumbre donde quedan exhibidos rectores y funcionarios universitarios, como el reciente y escandaloso caso del rector de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), Enrique Agüera Ibáñez, señalado por mantener vínculos con el narcotráfico y por enriquecimiento inexplicable. Por todo ello, edificar universidades a la altura de las exigencias y necesidades de nuestro país parece una tarea imposible. Hay que desmotarlas por completo y volverlas a armar. Eliminar sus zonas de impunidad y sus abusos de autoridad, sus zonas de corrupción y opacidad, sus zonas de conformidad y mediocridad. La tarea es sin duda inmensa y arriesgada, pues tocar intereses tan enquistados en su seno podría desatar tempestades y represalias.

En este recuento de desastres, las universidades de más prestigio, como la UNAM, y los centros de investigación de élite, como el Centro de Investigaciones y Docencia Económicas (CIDE), El Colegio de México (COLMEX), la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y las demás pertenecientes al sistema SEP-CONACYT, tampoco salen bien libradas, pese a recibir los mayores subsidios y canonjías del Estado. La problemática aquí es distinta a la del resto de las instituciones públicas de educación superior, pero igualmente dramática. En el caso de la UNAM resulta inverosímil, por no decir ridículo, sobre todo para su muy vasta comunidad de estudiantes y académicos, colocarla como una de las mejores cien universidades del mundo, según una lista muy curiosa elaborada anualmente por un diario londinense. Es inverosímil porque si hay una institución de educación superior en México metastasiada sin remedio esa es precisamente la UNAM. Víctima de la masificación que alimentó durante décadas, la UNAM dejó hace mucho de ser una institución de calidad en la realización de sus tareas sustantivas. Botín de múltiples grupos de poder ha dilapidado irracionalmente sus recursos, sin planeación ni visión de futuro, al grado de que hoy, salvo pequeños reductos en su interior, como algunos cuantos institutos de investigación, ha dejado de ser competitiva en la enseñanza y en la investigación de alto nivel. Sus egresados son estigmatizados en el mercado laboral y relegados frente a la competencia proveniente de otras universidades, sobre todo privadas, como el Tecnológico de Monterrey (ITESM), el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la Iberoamericana (UIA). En lo personal, trabajé veinte años en la UNAM y cada vez que regreso a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de mi alma mater me duele constatar el estado de abandono en que se encuentra, la mediocridad de su planta docente, la ruindad de sus instalaciones, la ausencia de debate o la sobreideologización del mismo, la irrelevancia de sus publicaciones, el burocratismo que la asfixia, la persistencia de los grupos de poder de siempre y la incompetencia de sus directivos. Una situación que se repite en prácticamente todas las facultades y escuelas que la componen.

Por su parte, el conjunto de instituciones supuestamente de vanguardia dentro del sistema educativo, las pertenecientes al sistema SEP-CONACYT, y que monopolizan los mayores presupuestos federales otorgados en educación e investigación, también terminaron sucumbiendo a los caprichos de mafias oportunistas y ambiciosas. Además, al ser las instituciones consentidas del sistema de educación superior, sus investigadores, programas de enseñanza, revistas y proyectos de investigación suelen ser evaluados y aprobados por fast track, o sea de manera expedita y rápida, por consigna, independientemente de su calidad y relevancia. Algo muy distinto a lo que acontece con el resto de las instituciones de educación superior, donde las evaluaciones de sus investigadores y proyectos por parte del CONACYT o la SEP suelen ser implacables. Más aún, casi siempre las comisiones evaluadoras suelen integrarse por académicos provenientes de las instituciones de elite, lo cual contribuye lógicamente a incrementar la brecha entre éstas y todas las demás. Asimismo, las publicaciones de estas instituciones (libros y revistas), al contar con suficientes recursos para ser promocionadas, suelen estar infladas artificialmente, pues basta hurgar un poco en ellas para ver que son tan irrelevantes e intrascendentes como la mayoría de las que se publican en las universidades públicas y privadas. De hecho, los investigadores realmente destacados adscritos a estas instituciones, un puñado en cada una, no necesitan el espaldarazo de su universidad o centro de investigación, para publicar. Por honestidad intelectual, lo hacen por fuera y sin el patrocinio de su institución, pues sólo cuando una obra es excepcional no requiere el sello institucional para salir a la luz.

No obstante, la principal debilidad de estas instituciones supuestamente de punta hay que buscarla en otra parte: al erigirse en las instituciones educativas de excelencia se han convertido en cotos cerrados, endogámicos y elitistas que prefieren interactuar con sus pares en los países hegemónicos que con sus pares locales, bajo la premisa a todas luces falsa de que todo lo que provenga de Estados Unidos es digno de imitación. Estas instituciones disponen pues, de amplios recursos, pero suelen abrazar paradigmas y enfoques supuestamente de vanguardia pero que no tienen mayor repercusión en el país. Por esta vía, sus investigadores se legitiman pero no hacen sino vender espejitos a los incautos. El resultado, decíamos, es la importación acrítica de los vicios de la academia estadounidense, como el fetichismo con los métodos formales y estadísticos, la especialización en temas cada vez más irrelevantes y que nada tienen que ver con los grandes problemas nacionales, la descalificación por sistema de todo lo que no cumple con sus propios estándares metodológicos. Es obvio que su afán imitador les impide reconocer las desventajas de proceder así. Copiar patrones no es, necesariamente, una buena idea. Por el contrario, como señala el politólogo estadounidense Philippe Schmitter para el caso de la ciencia política, en las periferias la estrategia más exitosa no es la simple imitación sino la especialización en aquello que se hace mejor, “especialmente cuando la comunidad de politólogos es relativamente pequeña y por lo tanto sus productos de ‘nicho’ no amenazan el status o la tajada de mercado del productor hegemónico”.[12] O como diría el politólogo José Antonio Aguilar Rivera: “Hallarse en los márgenes debería significar una mayor oportunidad para la innovación, la experimentación y la diversidad. La tiranía del mercado no siempre es positiva. Sin embargo, en los enclaves lo que reina es un espíritu de conformidad. Imitar es lo que proporciona status. El problema es que al proceder de esta manera corremos el riesgo de adoptar, como criterios infalibles, meras modas teóricas provincianas que pueden resultar irrelevantes al final del día”.[13] En algunos casos, este juego de espejos ha llevado a situaciones ridículas, como exigir a los investigadores que laboran en estos institutos de elite, sobre todo a los más nobeles, a publicar una cuota anual de artículos en un conjunto de revistas especializadas nacionales y extranjeras escogidas previamente y supuestamente afines a los cánones metodológicos y científicos o a las modas teóricas importadas que buscan impulsar por imitación, y a prescindir de publicar en cualquier otra revista que no esté contemplada en la lista. Para esta academia de oropel, poco importa que lo que se publique en esas revistas especializadas tan apreciadas por ellos no lo lea absolutamente nadie. Otra razón para desconfiar de la supuesta excelencia de la que se ufanan estas instituciones. 

Pero las simulaciones no terminan ahí. En un país donde muchos se dejan deslumbrar por la grandeza de su vecino del Norte, estos investigadores sociales supuestamente “duros” saben explotar muy bien sus credenciales académicas y sus escarceos con la academia estadounidense para encumbrase en la administración pública o el gobierno, ya sea como asesores, consejeros electorales o funcionarios, con lo que abandonan en la práctica el quehacer científico. Huelga decir que si este es el destino natural de los científicos sociales puros en México, la ciencia social no sólo pervierte su objetivo primario, o sea contribuir al entendimiento de los fenómenos sociales mediante la investigación especializada, sino que se convierte en una mera “técnica” al servicio del poder. No es que la ciencia social no pueda tener aplicaciones prácticas o deba precaverse de tenerlas, ya sea en la administración pública o en la política profesional, el problema es que se instrumentalice a conveniencia para que ciertos investigadores se erijan en los “expertos” por moverse, precisamente, en las corrientes o paradigmas supuestamente más avanzadas de la ciencia social. Pero este último tema da para otro ensayo.

VI

No me cabe duda que las consideraciones y recomendaciones que he ventilado en este ensayo resulten incómodas para la mayoría de mis colegas y que por lo mismo tengan poca o nula viabilidad. En un medio que como el académico está tan acostumbrado a vivir de la medianía y la autocomplacencia siempre será preferible acomodarse a lo que hay que impulsar grandes transformaciones. Reconocer que las ciencias sociales y las humanidades están moribundas en México no resulta muy gratificante para quienes viven o sobreviven de ellas. Y sin embargo, sólo con medidas drásticas como las que he sugerido aquí u otras similares se puede aspirar a revertir la creciente simulación y deshonestidad que hoy prevalece en la academia mexicana. A grandes males, grandes remedios.

Para concluir, quisiera resumir en tres las paradojas que en mi opinión describen muy bien el estado de indefensión en que se encuentra la ciencia en México y que al mismo tiempo explican por qué resulta tan difícil revertir su deterioro:

1.  La estrategia estatal para estimular la investigación científica en lugar de lograr su cometido lo ha inhibido por completo, generando todo tipo de simulaciones y perversiones en lo que a la investigación se refiere, una situación por lo demás muy cómoda para los miles de investigadores, que con el tiempo han aprendido muy bien a sustituir la investigación seria, esforzada, profesional y de largo aliento, por rollos insustanciales, un juego perverso al que todos se acomodan y que nadie cuestiona porque siempre será más fácil vivir de la mediocridad que de la exigencia.

2. En ese sentido, el principal obstáculo para emprender una trasformación radical del actual sistema de recompensas a la investigación que tan dañino ha resultado al desarrollo científico no proviene de las propias estructuras burocráticas creadas al efecto, sino de las decenas de miles de investigadores generados por el mismo sistema y que han terminado por creerse indispensables para el avance científico nacional. La lógica que lleva a un investigador a abrazar esa conclusión es muy sencilla: “si el sistema me apoya para publicar cuanta estupidez se me ocurra es que mis estupideces son geniales, luego entonces yo soy un gran investigador”. Lo peor es que intentar criticar y exhibir la mediocridad de las investigaciones que se producen en el país te convierte en automático en un desadaptado, un amargado y un presuntuoso, y te condena al ostracismo de por vida por parte de tus colegas. De ahí que aspirar a que se revalore el quehacer científico en un medio tan contaminado por la mediocridad es una batalla en el desierto.

3. Hoy cualquiera en México puede ser investigador, con tal de que desarrolle el hábito de juntar papelitos y escribir todo lo que se le ocurra, o sea que la profesión más noble e ilustre del mundo, la investigación científica, por cuanto requiere de sus practicantes una gran dedicación, una vasta formación y preparación, mucha vocación y sacrificio, y una gran honestidad intelectual, se ha vuelto en México una de las más prostituidas e indignas. Digamos que una mala política de promoción científica terminó produciendo sus propios parásitos, los cuales se alimentan de la podredumbre del sistema. Seamos claros, con nuevas reglas de apoyo a la investigación, reglas más racionales y exigentes, más transparentes y menos contaminadas, sólo sobreviviría un pequeño porcentaje de las decenas de miles de investigadores que hoy avergüenzan y devalúan la profesión.


* Ponencia presentada en el I Congreso de los Miembros del Sistema Nacional de Investigadores, Querétaro, Qro., 5-8 de mayo de 2010. Cabe señalar que esta ponencia fue suprimida misteriosamente del portal del CONACYT donde se reproducen todos los trabajos del Congreso. El autor es Catedrático-investigador de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (todavía).

[1] Gabriel Zaid, El secreto de la fama, México, Lumen, 2010, pp. 136-137.

[2] Para efectos de este ensayo me referiré exclusivamente a las ciencias sociales y las humanidades, aunque varias de sus conclusiones y recomendaciones apliquen también para las ciencias exactas o duras.

[3] El caso de nuestra máxima casa de estudios, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es en este sentido paradigmático. Desde hace años, su editorial publica más libros que cualquier otra en México, incluidas las comerciales, pero ninguna ha publicado más chatarra que ella, auténticos bodrios producto del influyentismo y la corrupción que la han asfixiado desde siempre. La existencia en su acervo de colecciones muy valiosas, no alcanza para eximir a la UNAM de sus excesos por el dispendio de recursos que ha supuesto la publicación indiscriminada de miles de obras de ínfima calidad. Huelga decir que las bodegas de la editorial universitaria están repletas de libros inútiles que terminan regalándose o vendiéndose por kilo. Y si esto ocurre con la UNAM, ya se pueden imaginar lo que pasa con el resto de las universidades públicas del país. Así, por ejemplo, ningún académico honesto puede vanagloriarse de publicar en las editoriales de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), la Universidad de Guadalajara (UdeG), la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG) o la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), por mencionar algunas de las más desacreditadas. Peor aún, si lo hace bajo el sello editorial o el patrocinio de instituciones gubernamentales federales, estatales o paraestatales, como el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CONACULTA), el Instituto Federal Electoral (IFE), el Gobierno de la Ciudad de México o el Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI), y muchas otras, pues todo mundo sabe que los libros publicados así responden a criterios muy alejados a los académicos, tales como justificar presupuestos, impulsar las carreras de investigadores que son parientes o amigos de funcionarios influyentes, etcétera. De ahí que todas estas publicaciones, las publicadas en editoriales universitarias y las publicadas con los auspicios de instituciones políticas no deberían calificar en las evaluaciones del SNI o el PROMEP, sino restarles puntos a sus autores.

[4] Al respecto, véase mi libro: C. Cansino, La muerte de la ciencia política, Buenos Aires, Sudamericana, 2008. 

[5] Dicho esto con la terminología y la orientación introducidas por Thomas S. Kuhn en su famoso ensayo: La estructura de la revolución científica (México, FCE, 1968).

[6] Véase, por ejemplo, C. Lefort, Ensayos sobre lo político, Guadalajara, UdeG, 1988; A. Maestre, La escritura de la política, México, Cepcom, 2000; R. Chartier, El mundo como representación, Barcelona, Gedisa, 1992; G. Balandier, El desorden. La teoría del caos y las ciencias sociales. Elogio de la fecundidad del movimiento, Barcelona, Gedisa, 1997.

[7] En este caso se encuentran revistas muy cuestionadas por los investigadores como Política y Gobierno, Revista Mexicana de Sociología, Perfiles Latinoamericanos, Foro Internacional, Estudios Sociológicos,  entre muchas otras.

[8] Claro está que, dentro de las no especializadas o de divulgación, hay de revistas a revistas. Para empezar, las revistas de este tipo (algunos las llaman “culturales”) de circulación masiva son escasas en México, y dentro de éstas muy pocas son rescatables. Las más conocidas como Nexos o Letras Libres son expresiones o derivaciones de grupos intelectuales cerrados y poderosos que en su tiempo se convirtieron en ideólogos del viejo régimen priista a cambio de todo tipo de privilegios, y que alguna vez acariciaron la idea de hegemonizar la agenda cultural del país. En estas revistas también se practica el exclusivismo y la discriminación de todos los que no participen o simpaticen del clan, por lo que hay que vender el alma al diablo para publicar en ellas. No sorprende entonces que los académicos que colaboran en ellas regularmente pertenezcan a los grupos más poderosos dentro del sistema de educación superior, las mafias académicas que por esta vía establecen intercambios de influencias y beneficios con los grupos intelectuales. Por ello, publicar en estas revistas, en lugar de honrar a los científicos sociales los desacredita, a no ser que aspiren a los reflectores, sacrificando la independencia intelectual. En segundo lugar, hay otro conjunto de revistas de buena circulación más autónomas y menos pretenciosas, si acaso una docena de ellas, como Este País, Istor, Metapolítica, Etcétera y Tierra Adentro, que son cuidadosas en la selección de sus contenidos, plurales y abiertas a diversas corrientes, por lo que publicar en ellas constituye una opción digna para los investigadores. Y luego un montón de revistas de buena circulación pero patrocinadas o financiadas por partidos políticos y grupos de poder, donde publicar desacredita por completo a los investigadores, tales como Examen, Vértigo, Memoria, Bien Común. Otra opción interesante e igualmente digna para los investigadores son algunos suplementos de diarios de circulación nacional o algunos semanarios.

[9] Las coediciones entre universidades y editoriales comerciales de dudosa seriedad se ha convertido en un negocio muy rentable para estas últimas. Los casos más conocidos son los de Plaza y Valdés, Porrúa Hermanos y Miguel Ángel Porrúa, en cuyos acervos es posible encontrar toneladas de chatarra supuestamente científica.

[10] Yo conozco varias, cuyos acervos dan pena ajena, tales como: “Tlamelahua”, “Ariete”, “Soriano”, “Eon”, “Arieli”, “Zenzontle”, “Lunarena” entre muchas otras.

[11] Me temo, sin embargo, que en el caso de las editoriales más conocidas en México suelen existir, más allá de la calidad de las obras sometidas a dictamen, varias aduanas infranqueables para quienes aspiran a publicar en ellas. En algunos casos, como en el Fondo de Cultura Económica (FCE), los comités editoriales están monopolizados por los mismos investigadores de elite que integran los comités dictaminadores del SNI, por lo que casi siempre reproducen aquí las mismas prácticas excluyentes y clientelares que emplean allá. En otros casos, como en la Editorial Siglo XXI, la regla no escrita es presentar obras afines a la línea ideológica que promueve la firma, de tal manera que quedan excluidas a priori todas las propuestas que no comulguen con una cierta tradición de pensamiento socialdemócrata. Finalmente, está el caso de editoriales como Cal y Arena o Clío, donde la condición para publicar es simpatizar o participar del clan o mafia intelectual que las creó, el grupo Nexos y el grupo Vuelta, respectivamente, lo cual no es muy gratificante para quien valora positivamente su independencia intelectual. Ante este panorama desolador, una alternativa más digna para los investigadores es intentar colocar sus obras en editoriales menos contaminadas por los intereses de grupos y facciones intelectuales locales, y más abiertas a las propuestas de todo tipo, como las pertenecientes a las conocidas firmas internacionales Random House Mondadori, Santillana, Planeta, Grupo Editorial Patria, McGraw-Hill, o en editoriales locales igualmente conocidas y más plurales, como Océano, Trillas, Gedisa, entre otras. Asimismo, pueden explorar el mercado editorial de otros países.

[12] P. Schmitter, “Seven (Disputable) Theses Concerning the Future of ‘Transatlanticised’ or ‘Globalised’ Political Science”, European Political Science, vol. 1, núm. 2, 2002, pp. 23-40.

[13] J.A. Aguilar Rivera, “El enclave y el incendio”, Nexos, México, núm. 373, enero, 2009, pp. 79-82.

Sólo desde la pedantería intelectual alguien puede afirmar que ha escrito un libro que “le abrirá los ojos a los mexicanos”. Pues bien, ese es el caso del libro más reciente de Denise Dresser, intitulado El país de uno. Reflexiones para entender y cambiar a México (México, Aguilar, 2011). Ojalá fuera sólo una estrategia de ventas, pero no lo es. Dresser realmente se cree una iluminada capaz de aclararnos el brumoso paisaje mexicano, inaccesible, según la autora, para la mayoría. Sin embargo, a poco andar el lector descubre que el de Dresser no sólo es un ensayo que no aclara nada, sino que termina violentando los hechos que examina con tal de seguir un script preestablecido por ella misma desde el inicio. El resultado es una obra de simplificaciones vulgares, desvaríos explicativos y violencias argumentativas.

Es comprensible que cuando un país entra en desgracia, como el México actual, los intelectuales busquen explicaciones de su postración y planteen soluciones para salir del atolladero. El problema es que muchos de ellos, más allá de sus buenos deseos, se convierten en parte del problema, en cómplices de la tragedia, por cuanto reproducen una visión que se levanta sobre premisas falsas y hasta peligrosas que sólo alimentan la impotencia y la frustración. Ese es el caso del libro de Dresser, que se suma al de otros igualmente superficiales e imprecisos publicados en los últimos 2 o 3 años, como el de Jorge G. Castañeda (Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos), Carlos Elizondo Meyer Serra (Por eso estamos como estamos), Agustín Basave (Mexicanidad y esquizofrenia), entre otros.

Lo que emparenta a esta literatura es una obsesión por descargar en los “mexicanos” todas las desgracias que nos aquejan, ya sea por razones culturales muy arraigadas, como el conformismo, la apatía, el desinterés…, o simplemente usando sustantivos generalizadores que ocultan y engañan, como “México”, “los mexicanos”, “la sociedad”… Decir, por ejemplo, que “Los mexicanos estamos mal porque no hemos hecho las tareas que exige la modernización…” es culpar a una entelequia, es decir, es no culpar a nadie, pues cuando “todos” somos responsables, nadie lo es; al socializarse las culpas con un “nosotros” abstracto, todo queda en el aire. La tesis de toda esta literatura puede resumirse en la siguiente frase: México es un desastre, permanece atrasado, sigue inmerso en la corrupción y la impunidad, con enormes rezagos sociales y económicos, con una democracia hecha trizas, huérfano de un verdadero Estado de derecho, con un Estado rebasado por los poderes fácticos, inmerso en la violencia y la inseguridad… Y si esto es así es porque los mexicanos lo hemos tolerado… Nuestros males endémicos son el espejo de una sociedad instalada en la indolencia, la permisividad y la dejadez. Obviamente, el argumento es altamente persuasivo, pues nadie pondría en duda que nuestras desgracias son ante todo nuestras y de nadie más, o sea de una sociedad mexicana supuestamente disfuncional que arrastra taras desde el momento mismo de su fundación nacional. Sin embargo, aunque es fácil caer en sus redes, no deja de ser una falacia y un ardid bastante conveniente para sacar de foco los problemas y eclipsar las responsabilidades. Por eso, quizá los diagnósticos críticos que se hagan de la problemática actual del país en este conjunto de libros sean más o menos acertados, pero las conclusiones y las propuestas para enfrentarlos terminan siendo paralizantes o asépticas. Ese es, precisamente, el caso de la obra de Dresser que nos ocupa. Veamos

El guión del libro de Dresser transita entre el ser —o sea su diagnóstico del atolladero nacional— y el deber ser —o sea sus sugerencias y recomendaciones para salir del mismo—. Desde el Prólogo se anuncia este derrotero: “El pesimismo, el fracaso, el desencanto y el silencio infectan a México”. Por eso es “Imperativo que los mexicanos evalúen a su país y a sí mismos con más honestidad. Sin las anteojeras de los mitos y los intereses y los lugares comunes que buscan minimizar los problemas… En México mostramos una peligrosa inclinación por ordenar superficialmente la realidad en vez de buscar su transformación profunda… Somos una nación que no logra encarar sus problemas con la suficiente franqueza”. Nada más insubstancial que recurrir hasta la reiteración al “nosotros”, a “los mexicanos”, a “la nación”, a “México” para construir un discurso que se pretende explicativo, pero que no logra desmarcarse en absoluto de los discursos políticos que Dresser tanto crítica. Si el recurso a la idea abstracta y genérica de la nación por parte de un político es demagogia, en un académico es insensatez.

Pero hay un peligro más grave aún en el itinerario propuesto por Dresser: la descalificación o estigmatización a priori de un pueblo o una comunidad para justificar una búsqueda intelectual, la suya, que no es otra que la de “iluminar” a los ciegos, la de prepararlos para la batalla que les restituirá su dignidad perdida. En efecto, la imagen no podía ser más elocuente: “los mexicanos — piensa Dresser— nos quedamos siempre en la superficie, rechazamos la profundidad, preferimos mirar a otra parte, y en esa deshonestidad cobarde nos volvemos cómplices de la barbarie que nos agobia”. Cuánto desprecio a la sociedad encierra esta afirmación, pero sobre todo, cuánta ignorancia. Para empezar, no hay un solo México ni los mexicanos somos un conglomerado monolítico y cerrado. En segundo lugar, decir que los mexicanos minimizamos los problemas es no entender a los mexicanos, es un cliché con el cual los intelectuales se autoerigen como los depositarios de la verdad y el saber superior. Dresser observa desde su torre de marfil y desde ahí pontifica, sin más contacto con los mexicanos que sus libros y periódicos, y sin más referentes que los paisajes de lo popular que observa desde la ventana de su auto reluciente.

Pero las descalificaciones simplistas salpican cada página, en una cadena de clichés que avergonzaría a los mismísimos maestros de la mexicanidad, como Alfonso Reyes, Samuel Ramos, José Gaos y Octavio Paz: “los mexicanos reverenciamos al status quo, lo que nos convierte en espectadores pasivos”, “somos fatalistas, resignados y conformistas”, “la falta de un gobierno competente está en el corazón de nuestra historia”… Se nota a leguas que la politóloga Dresser, marcada por su formación anglosajona, ignora esa literatura tan profusa como inquietante sobre la identidad de lo mexicano. Ignora, por ejemplo, a Reyes, quien afirmó con sabiduría que nuestro estoicismo no es conformismo sino un acto callado de libertad frente a la represión y el sometimiento. Por ello, Dresser comete el mismo error de muchos otros estudiosos de querer leer a México con criterios importados, con raseros ajenos a nuestra idiosincrasia y nuestro ser, dando por resultado contrastaciones inútiles. Por esa vía, por ejemplo, sólo cabe lamentar que los mexicanos no seamos tan emprendedores como los estadounidenses, o tan trabajadores como los japoneses. Ni cómo explicarle a Dresser que los mexicanos simplemente no somos y nunca seremos como los estadounidenses ni como los japoneses… Y con ello no pretendo defender una idea idílica o purista de la mexicanidad para justificar o edulcorar nuestros males endémicos, sino simplemente advertir las inconsistencias de proceder como lo hace Dresser.

Desde el Prólogo, Dresser afirma que los mexicanos hemos sido dejados, somnolientos, conformistas, apáticos, resignados, recipientes vacíos, “ciudadanos vasija”.  Por eso, hemos creado un país estancado, atrasado, sin movilidad social, un país de migrantes. Y de ahí, Dresser pasa a su credo (declaración de fe) que no es otro que “volver a México un país de ciudadanos”, “vivir en la indignación y la inconformidad”, pues si los ciudadanos no despiertan, seguiremos en el atraso. Me pregunto si en verdad Dresser no se ha dado cuenta que su argumento en lugar de mover a una transformación social, a una mayor concientización, reproduce la misma lógica ocultadora y negadora de lo social propia de los discursos políticos que ella supuestamente condena. En efecto, decir que en México no hay ciudadanos, o que los mexicanos estamos aletargados, no sólo no le hace justicia a los hechos, sino que legitima indirectamente los excesos y las incompetencias de los gobernantes. Es el discurso mediante el cual una casta política inescrupulosa y cínica se exime de sus responsabilidades, es la retórica que transfiere a la sociedad los males que la agobian, el ardid perfecto de una élite política que se afirma en sus privilegios, negando a la sociedad. Por eso, el “credo” de Dresser en lugar de ser contestatario o emancipador,  es el que mejor le va a los gobernantes; en lugar de exhibirlos, los cura en salud. Por esa vía, Dresser se vuelve cómplice de lo que critica; un derrotero, por lo demás, muy frecuentado por intelectuales o pseudointelectuales supuestamente críticos, pero que al final del día le hacen el caldo gordo a los políticos, hombres y mujeres de ideas que sólo saben acomodarse a todo, y que han hecho de la crítica un modus vivendi muy rentable. Si los políticos profesionales niegan de facto a la sociedad cada vez que abusan de sus cargos, o actúan impunemente, o violan las leyes a su conveniencia…, o sea actúan a espaldas de la sociedad, los intelectuales también lo hacen cada vez que conciben a la sociedad como apática, ignorante, dejada, conformista. Así como el político justifica sus incompetencias en la supuesta dejadez de la sociedad, los intelectuales justifican su vocación crítica e iluminadora, en la supuesta acriticidad e ignorancia de la sociedad, en un juego de afirmación/negación bastante conveniente para las elites, políticas e intelectuales.

El problema es que muchos de estos pseudointelectuales llegan a ser tan persuasivos, sobre todo cuando gozan de fama mediática, que siempre hay incautos que compran sus argumentos sin chistar, y hasta terminan concibiéndose a sí mismos como parte del problema que aqueja a la nación. Pero la realidad es muy distinta. Si México ha conquistado en tiempos recientes avances democráticos se debe única y exclusivamente a la propia sociedad, si México dejó atrás setenta años de dictadura perfecta fue gracias a sus ciudadanos, si hoy tenemos más derechos y garantías que antes es porque los ciudadanos decidimos luchar por ellos. En México, los ciudadanos hemos tenido que abrirnos paso en nuestras aspiraciones y reivindicaciones con todo en contra, con una casta política corrupta e ineficaz, con poderes fácticos que rebasan al Estado, con partidos instalados en la mezquindad de sus privilegios, con elites políticas e intelectuales que nos siguen “invisibilizando”… Y no se trata de anteponer un discurso idealista de la sociedad frente a la presunta maldad del Estado, sino simplemente de levantar acta de una realidad sistemáticamente negada y ocultada por pseudocríticos mediáticos como Dresser, y que ahí está esperando ser interpretada convenientemente, sin las anteojeras pedantes de académicos de cubículo ni la labia adornada de líderes mediáticos oportunistas, sino desde la experiencia, desde la vida, desde la cotidianidad. Quien no entiende que debajo de esa aparente apatía y conformismo de un pueblo masacrado y doblegado perennemente anida incólume un hambre de justicia, paz y prosperidad, no entiende nada. Quien no entiende que los mexicanos hemos tenido que abrirnos paso trabajosamente con todo en contra, sometidos por siglos de privilegios, oligarquías, castas, partidocracias, populismos, dictaduras… y que aún así no nos han doblegado, no entiende nada. Quien no entiende que las conquistas, grandes o pequeñas, alcanzadas en México han sido exclusivamente conquistas de una sociedad avasallada pero también inconforme, no entiende nada. Quien no entiende que vivir en México, en un país secuestrado por una casta política cínica y voraz, ocupado por poderes fácticos monopólicos, en un país sumido en la violencia, la inseguridad y el saqueo por parte de las élites, convierte a sus ciudadanos en auténticos héroes, héroes por vivir y trabajar honradamente, por migrar para mejorar sus condiciones de vida, por votar apostando por un futuro de paz y leyes…, simplemente no entiende nada… 

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos puede hacerlo cómplice o responsable de su tragedia. Dresser lo hace y eso la pinta de cuerpo entero. No es casual que en su elenco personal de héroes nacionales coloque a políticos trepadores como Javier Corral, a magistrados que en un mes cobran lo que gana toda la nómina de una maquila, como José Ramón Cossío, a ambientalistas en mustang como Andrés Lajous, a periodistas de cabina que navegan con la bandera de críticos para lucrar mejor como Carmen Aristegui, a intelectuales acomodaticios como Sergio Aguayo o Jesús Silva Herzog… Obviamente, en su lista de héroes no hay espacio para los tarahumaras, para la señora que vende tamales para completar el gasto, para los obreros que burlan su infortunio jugando futbol los domingos en canchas de piedras y vidrios, para los feligreses que caminan durante días para arrodillarse ante la Virgen de Guadalupe, para los empleados que sólo llegan a dormir a sus casas dormitorio de sus ciudades dormitorio, después de atravesar durante horas las urbes; a las mujeres y hombres que todos los días se juegan la vida cada vez que salen a sus trabajos o escuelas; para activistas caídos en su lucha por justicia, como Nepomuceno y Maricela…  Para ellos sólo hay el dedo flamígero de la paladina de la justicia, la condena despiadada de la nueva redentora nacional.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que ese pueblo está infectado de pesimismo, de inmovilismo, por lo que sólo sabe victimizarse. Lo que para Dresser es pesimismo y victimización en realidad es coraje, frustración, dolor, por constatar diariamente como los poderosos saquean al país, como actúan impunemente, como tuercen la ley a su conveniencia, como las élites nos mienten y se enriquecen a nuestras costillas. Dresser sostiene que a ese pueblo le falta indignación, siendo que los mexicanos estamos instalados desde hace mucho en la indignación, vivimos en la indignación, comemos indignación… es ya un estado de ánimo permanente. Francamente, no sé que más tiene que hacer este pueblo vapuleado para ser digno a los ojos de esta moderna Torquemada de las Lomas, si sólo vivir y sobrevivir en México es un triunfo diario.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, no puede entender que los mexicanos no queremos más violencia, sino vivir en un país en paz y con justicia; no queremos abusos e impunidad, sino leyes y derechos; no queremos gobernantes corruptos, sino representantes honestos y responsables; no queremos revoluciones ni guerras civiles, sino instituciones y elecciones; no queremos autoritarismos ni dictaduras, sino democracia y libertades; no queremos rezagos sociales y económicos, sino prosperidad y equidad… Y todos los días luchamos por ello, trabajamos para ello. Que no lo hagamos con los cánones que Dresser considera dignos no significa que seamos apáticos o resignados. Los ciudadanos hacemos lo que podemos hacer y lo hacemos con coraje, valentía y esperanza. Pedirle más a una sociedad que como la nuestra, en su gran mayoría, trabaja honestamente, soportando salarios de hambre, lleva a sus hijos a escuelas donde la educación es lo que menos importa, paga impuestos todos los días al consumir bienes básicos, soporta el abandono de gobernantes y partidos que sólo miran por su beneficio, critica todos los días el cinismo y la corrupción de sus gobernantes…  es francamente un despropósito de intelectuales engañabobos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que a los mexicanos somos conformistas, que nos falta participación y ser ciudadanos. Ridículo, en pocos países como México hay tantas marchas y manifestaciones de protesta, tantas huelgas y plantones, tantas movilizaciones de solidaridad con las víctimas de desastres, tanta afluencia a las urnas, tanta discusión en las calles, tanta indignación… Además, los ciudadanos en México somos más ciudadanos que los de muchos otros países, porque aquí nadie nos ha regalado nada, aquí hemos tenido que luchar denodadamente por nuestros derechos, por ser escuchados y tomados en cuenta. Pero Dresser solo ve a “mexicanos [que] les sobra conformismo y les falta descontento”, y como “los ciudadanos conformistas engendran políticos mediocres”, no nos queda más que flagelarnos por nuestra postración. No cabe duda, Dresser vive en un país que no es el de uno, o sea el de la inmensa mayoría de los mexicanos, sino que vive en el México de unos cuantos, de aquellos privilegiados que solazan sus conciencias trepadoras culpando al resto de la pobreza y la marginación, de los abusos y la negligencia de las autoridades, del atraso y el estancamiento…  Allá ellos y su mala conciencia. ¡Fuera máscaras!

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar que los mexicanos vivimos en un país que sentimos ajeno, porque nos ha sido robado por las elites y los dictadores. Cierto, a México se lo han apropiado siempre las elites y los dictadores, pero nunca nos ha sido ajeno. A veces lo abandonamos, cuando la necesidad nos lleva a migrar, pero lo llevamos a todas partes y en todas partes lo reproducimos, con un orgullo y una nostalgia que jamás entenderán los anglosajones. Quizá no anhelemos las frivolidades de Dresser, como “las enchiladas del Sanborns, el cine de Cuarón, los libros de Poniatowska, la casa de Luis Barragán…”, pero sí a la familia, a los vecinos, a la tierra y a los volcanes…

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede  afirmar ilusamente que “Un día habrá un diputado que suba a la tribuna y exija algo en nombre de la gente que lo ha elegido… Y entonces México será otro”. Depositar las soluciones en el origen de los problemas no sólo es insensato sino tendencioso. No Sra. Dresser, los mexicanos creemos en fantasmas y leyendas, pero no somos estúpidos. No se engañe y no engañe a sus lectores.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle el permanecer atrapada en “ideas muertas”, ideas tan arraigadas en nuestra cultura política como lozas de granito imposibles de remover, “ideas atávicas que nos convierte en un país de masoquistas”, como la defensa patriótica sobre nuestros recursos naturales (principalmente el petróleo), la defensa de los monopolios públicos o privados, la idea de que la educación más que mejorarla hay que ampliarla, o suponer que México no está preparado para reformas democráticas, como la reelección legislativa o las candidaturas independientes… Para empezar, el elenco de lo que Dresser llama “ideas muertas” es ridículo y arbitrario, y muy pocos coincidirían con él. En segundo lugar, si perviven ideas atávicas como éstas eso sólo ocurre en el seno de las propias elites políticas, económicas e intelectuales por resultarles rentables o convenientes. No son lastres que comparta la sociedad o que aniden en sus imaginarios como dogmas inquebrantables. Si alguien en México ha exhibido un espíritu de renovación y cambio ha sido precisamente la sociedad mexicana, que en ese sentido camina años luz muy por delante de sus elites.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede endilgarle que vea todo lo podrido que lo rodea como algo normal, como rutinario; que perciba la violencia y el saqueo como inevitables; que vuelva normal lo que es anormal en otras partes; que se resigne a vivir en la inseguridad y los secuestros. Basta Sra. Dresser. No confunda miedo con cobardía, no confunda precaución con ceguera, no confunda silencio con rutina. La inmensa mayoría de los mexicanos no tenemos blindaje integrado y por eso debemos seguir bregando, hacer de la necesidad virtud. Vivir en la zozobra permanente, amenazados, sometidos, secuestrados… no es aceptar la inexorabilidad de nuestra tragedia, es sólo adaptarse a las circunstancias para seguir viviendo, para proteger a nuestros hijos, para evitar desafiar a la suerte en una calle oscura… No Sra. Dresser, aquí no hay nada de normalidad, sólo cautela e indignación, protesta cotidiana para que la autoridad haga su trabajo y termine de una buena vez con la espiral de violencia que padecemos. No se atribuya la exclusiva de reclamos que son de todos, que viven en todos.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede reprocharle que no sea genuinamente multicultural, que acepte dócilmente la discriminación y la marginación, o incluso que alimente en su seno la discriminación y la marginación de manera hipócrita, pues no acepta su propia condición racista y xenófoba. No  Sra. Dresser, no nos mida con sus criterios anglosajones. Dese una vuelta el domingo por la Basílica para que vea en persona una auténtica sociedad multicultural, multiétnica y multirracial, algo simplemente imposible de ver en un país como Estados Unidos donde existen todas las razas pero no se tocan, no se mezclan, no conviven. El multiculturalismo como categoría y obsesión de intelectuales liberals sólo podía surgir en sociedades fragmentadas, divididas, guéticas, como la estadounidense. Es una categoría simplemente insustancial para sociedades mestizas como la mexicana, pero eso es algo que usted no ve ni entiende. Nuestro mestizaje generó otros fantasmas culturales, cierto, pero no el del aislamiento o la incomunicación entre razas, porque el multiculturalismo lo llevamos en la piel. Ese problema lo resolvimos hace quinientos años.

Sólo quien desprecia a un pueblo e ignora sus verdaderos resortes culturales e históricos, puede pensar que los ciudadanos no reaccionan contra los abusos porque “estamos mal educados y no sabemos lo importante que es la educación”. No Sra. Dresser, que la educación en México sea un desastre no significa que los mexicanos la despreciemos o no le demos valor. Usted simplemente ignora las historias cotidianas de sacrificio y esfuerzo de millones de familias mexicanas para que sus niños y jóvenes vayan a la escuela y a la universidad, para que completen sus estudios, aún sabiendo que la educación dejó hace mucho de ser un medio de ascenso social, destinando recursos a ese propósito, pese a que son escasos… 

Basta, podría seguir con esta crítica ad nauseam, pues cada página del libro de Dresser está plagada de errores e imprecisiones. Con lo dicho, creo que el lector se habrá dado cuenta que Dresser no conoce el país de uno, lo boceta con colores llamativos pero sin idea de lo que está pintando. El resultado es un bodegón de principiante, una naturaleza más muerta que su Avatar de redentora que sólo los incautos le compran, un retrato deforme de una realidad que la autora simplemente no entiende, salpicada arbitrariamente de frases y citas forzadas de escritores y académicos que en lugar de aclarar las cosas las emborronan sin remedio. 

Pero si las premisas del libro son endebles, el edificio tampoco se sostiene, empezando por el diagnóstico que sobre nuestro país realiza la autora. Desafío a cualquier lector medianamente informado sobre la realidad mexicana a que me señale al menos un aspecto que ignorara y del cual se haya enterado gracias a la lectura de este libro. Seguramente no hay nada. Veamos.

Que en México hay un “andamiaje de privilegios que aprisiona la economía y la vuelve ineficiente”, no sólo lo sabemos, sino que lo sufrimos todos los días; que en México las elites políticas y económicas actúan para su beneficio y por eso no introducen cambios, como las reformas estructurales, también lo sabemos; que el gobierno funciona como “distribución del botín”, no es nada nuevo; que los legisladores disponen de recursos exorbitantes e injustificados, también; que los partidos sólo actúan para su beneficio, es algo tan sabido que la sociedad los califica con 1.5 de 10 puntos posibles de confianza; que la economía está concentrada en unos cuantos monopolios y que las autoridades no hacen nada para generar mayor competencia, lo lamentamos todos los días… En fin, para qué seguir con tanta nimiedad.

Y si el análisis de Dresser sobre los males del país es insustancial y fatuo, sus críticas a partidos, políticos, líderes sindicales y empresarios con nombres y apellidos raya en el lugar común, una lista de agravios impunes que guardamos los mexicanos en el baúl y que Dresser simplemente desempolva para alimentar con ellos su falsa imagen de crítica implacable de los corruptos, de salvadora nacional. Si al menos sus críticas fueran imparciales o equitativas, pero son todo lo contrario, sesgadas y tendenciosas, propias de alguien que tensa sus juicios hasta donde no representen un riesgo para ella, para su propio juego político, interesado en frenar a toda costa el retorno al poder del PRI (y en particular de Enrique Peña Nieto) o la llegada del PRD (y en particular de Andrés Manuel López Obrador), pues mientras sean oposición su crítica no la compromete sino que la hace aparecer como implacable. Muy distinta es la crítica al PAN y a los dos gobiernos emanados de él, saturados de incompetencias pero que cuentan en su descargo con el hecho de que heredaron un país destrozado muy difícil de recomponer en tan poco tiempo. Lo cual no deja de ser una falacia. Obviamente, cuando la crítica está sesgada o manoseada de origen deja de ser crítica para convertirse en panfleto, en pasquín, que es precisamente lo que hace Dresser.

“Gracias al PRI —señala Dresser— el narcotráfico se infiltra en el Estado y se enquista allí… Fox y Calderón no son responsables del problema”. No Sra. Dresser, tan responsable es el PRI por haber alentado y protegido este negocio durante décadas, como Felipe Calderón por incendiar al país con una guerra fallida, antes que proponer soluciones drásticas, como la legalización de las drogas; una guerra de mentiras ¿A quién quiere engañar? Hoy el país, además de estar sometido por el crimen organizado, está inmerso en una espiral de violencia que simplemente no debió generarse.

Por lo demás, no hay nada en su recuento de daños del PRI que se desconozca: el charrismo sindical de Gamboa Pascoe, la prepotencia de Beatriz Paredes, los excesos de López Portillo, el enriquecimiento ilícito de los Salinas de Gortari, el cinismo del profesor Hank, la corrupción de Elba Esther Gordillo, Roberto Madrazo, Ulises Ruiz, los escándalos de Arturo Montiel y Mario Marín, las mentiras de Peña Nieto… En suma, el PRI del clientelismo, de los abusos de autoridad, de las mafias, del saqueo indiscriminado de recursos, de la corrupción desmedida, del Pemexgate, de la impunidad, de los sobornos, de la cooptación silenciosa de intelectuales, de la represión, de la matanza del 68, de las camarillas… Por Dios, ¿en verdad no tiene nada mejor Sra. Dresser? Le recuerdo que la sociedad mexicana rescindió al PRI en las urnas en 2000 precisamente por esa lista de atropellos. Ni al caso remover escombros. ¿Cuánto malestar e insatisfacción debe haber con los gobiernos del PAN que hoy se asoma desafiante la posibilidad del retorno del PRI?, ¿cuánta desesperación y frustración debe haber en nuestra sociedad que muchos piensan que ese pasado ominoso era menos cruel que nuestro presente truncado? Ese es el dato duro realmente significativo para los tiempos que vienen: el PAN no supo leer el momento histórico que le tocó vivir, no estuvo a la altura de los desafíos de los nuevos tiempos, arruinó al país estúpidamente, traicionó a un pueblo que creyó en su promesa de cambio y renovación. Aquí no caben las justificaciones. Decir que “el gran error del PAN fue creer que podrían practicar mejor el juego diseñado por el PRI, en vez de cambiar sus reglas” suena muy complaciente. En realidad, el PAN sí podía cambiar esas reglas, prometió a la nación hacerlo, tenía todo para hacerlo, pero muy pronto se dio cuenta que mantenerlas intactas era muy rentable para hacer lo mismo que hizo el PRI durante décadas: mentir, robar, ocultar, engañar…

Y para seguir con las necedades, ¿a qué viene a estas alturas enjuiciar a la “famiglia Salinas” y al “Don Corleone” de la política mexicana? Si alguien sabe que Carlos Salinas de Gortari fue un déspota, un tirano, un mafioso, un político perverso y despreciable, somos los mexicanos. Cierto, nunca pagó por sus crímenes, pero la sociedad ya lo juzgó y lo condenó hace tiempo. Ese veredicto es parte de nuestra historia y nadie nos lo puede arrebatar. ¿A quién quiere impresionar Sra. Dresser? ¿En qué momento trasformó su complacencia con el desempeño de Salinas, sus adulaciones al entonces presidente (tal y como lo expone sin rubor en su ensayo de 1993 “Neopopulist Solutions to Neoliberal Problems: Mexico’s National Solidarity Program”) en odio y dardos envenenados? Usted, Sra. Dresser, como sus colegas mercenarios, intelectuales repetidores de la cochambre que sólo saben acomodarse a lo que hay, también ha jugado convenientemente. ¿A quién quiere engañar? Por lo visto, la congruencia no ha sido precisamente una de sus virtudes. Por lo demás, sólo a usted se le ocurriría citar profusamente a Héctor Aguilar Camín, el ideólogo de Salinas, el más arrastrado de los intelectuales de este país, para diseccionar las intenciones ocultas de ¡Salinas! Eso ya no es incongruencia, sino insensatez.

¿Y qué decir de los juicios de Dresser a la clase empresarial, a los oligopolios, a Televisa y a Carlos Slim? Nada, pues no hay nada nuevo en ellos, nada que no se sepa. Pero como la Sra. Dresser reproduce en su libro la crítica que le hizo a Slim en un artículo que le valió el Premio Nacional de Periodismo, me permito reproducir aquí también el comentario que escribí sobre el mismo: “Me acuerdo que cuando leí este artículo en su momento no daba crédito a tanta ‘mala leche’ y perversidad. Quienes lo leyeron se acordarán que Dresser ‘regañaba’ en este artículo al empresario, a quien calificaba de voraz e inescrupuloso, ambicioso y monopólico, insensible y antipatriota, incongruente y mentiroso, colocándose ella, supuestamente, en los zapatos de los ciudadanos, de los agraviados, de los damnificados por la avaricia del hombre más rico del mundo, de los pobres y de las víctimas de la desigualdad y la injusticia social. El artículo de Dresser seduce al gentío más sensiblero porque es el típico discurso que busca solazar de algún modo las conciencias intranquilas y golpeadas por la crisis de millones de mexicanos, buscando un culpable de nuestros males y escupiéndole en la cara todo lo despreciable e insultante que nos resultan él, su riqueza y su éxito como empresario. Como tal, Dresser emplea una vieja estrategia política, consistente en identificar a un enemigo para justificar ciertas acciones y legitimar una posición, da lo mismo que el enemigo sean los judíos, la madre patria, los inmigrantes, los herejes, el imperio, el neoliberalismo o la burguesía, lo importante es exhibirlo y denostarlo hasta generar el deseo colectivo de acabar con él. En este caso, Dresser escogió a Slim, y todo el mundo se identificó de inmediato con el linchamiento público del empresario, como si con ello pudiéramos salvar nuestras almas atormentadas. Por esta vía, además, si bien los agraviados nos curamos en salud fugazmente, no hacemos más que descargar en el enemigo de turno nuestras propias frustraciones y miserias, pues siempre será más cómodo culpar a los demás de nuestras desgracias que reconocer nuestra propia responsabilidad en las mismas. Y no es que no haya nada que reprocharle a Slim, pero de ahí a convertirlo en el principal culpable de nuestra postración nacional es un despropósito a todas luces tendencioso e injustificado. No me sorprende que una periodista sin escrúpulos recurra a estrategias tan perversas y subliminales para ganar lectores y fans, pues el medio se alimenta de ese y otros males, como el ‘amarillismo’, el ‘estrellismo’ y el ‘chayotismo’, pero que los profesionales del periodismo responsables de evaluar el trabajo de sus pares premien este tipo de trabajos tan insustanciales y huecos sólo causa perplejidad. ¿Realmente no se dieron cuenta de lo que estaban premiando? Si el panfleto de Dresser contra Slim fue el mejor artículo del año, entonces nuestro periodismo está para llorar. Por lo demás, que un artículo de opinión sea muy comentado y difundido mediáticamente, como el de Dresser, no significa per se que tenga calidad. Sería bueno entonces, que el Consejo aclarara lo que está premiando: impacto o calidad. Además, si alguien carece por completo de autoridad moral para linchar a los empresarios y a los monopolios es precisamente Dresser, quien ha vivido cómodamente desde hace años trabajando para la clase empresarial, dictando conferencias y cursos muy jugosos a las principales corporaciones empresariales y de hombres de negocios, en contubernio con Televisa y otros monopolios, gracias a lo cual se ha convertido en la ‘intelectual’ mejor pagada de México. Pero la congruencia no es una virtud bien cultivada por nuestros hombres y mujeres de ideas.”

Pero si de simplificaciones se trata, nada hay más simple (y ridículo) que achacar a lo que Dresser llama “Los diez mandamientos del político mexicano” las razones de la “disfuncionalidad” de nuestra democracia: “1. Amarás el hueso sobre todas las cosas… 2. Tomarás el nombre de la democracia en vano… 3. Santificarás las fiestas patrias con puentes vacacionales… 4. Honrarás a los líderes de tu partido…” Disculpará el lector que no siga, pero ya me indigeste de tanta gansada. Y se supone que esta es la parte irónica del libro…ja…ja…ja…

Pero lo peor está al final: las recomendaciones de la ciudadana Dresser para cambiar el país: una auténtica lista de obviedades propia de Perogrullo: ser irreverente frente al poder, concebir al voto como un derecho esencial, estar informados sobre el acontecer nacional, hacer marcaje personal a los diputados, apoyar las reformas, denunciar que la guerra al narco no ha funcionado, denunciar los monopolios, recoger la basura afuera de mi casa, conectarme a las redes sociales… ¿Y para esto tanta tinta? No me cabe la menor duda. El de Dresser es el peor panfleto que he leído en los últimos años. No rescato de él ni una sola coma.

No sé en qué momento Dresser se metamorfoseó en la emisaria de las causas populares, en la redentora de los pobres y los excluidos, en la vocera de los ciudadanos, y tampoco sé si realmente ella se lo cree, pero me queda claro que si hay alguien a quien no le va ese papel es precisamente a ella. Desde el relumbrón de sus trajes de diseñador y la eterna inmutabilidad de su peinado, desde su voz impostada y sus manoteos estudiados, clamar por justicia para los menesterosos resulta tan frívolo como cómico. Tampoco sé cómo la periodista compagina su nuevo rol de Viridiana de las Lomas con sus múltiples y muy rentables “asesorías” a políticos, funcionarios, dependencias públicas y partidos políticos, todo lo cual no hace sino exhibirla de cuerpo entero, comenzando por su poco aprecio por la independencia intelectual. Por todo ello, pero sobre todo por sus escasas contribuciones y el bajo perfil de las mismas, no deja de sorprenderme la creciente influencia y penetración que Dresser ha venido alcanzado en los medios. En realidad, como académica no ha hecho nada relevante (o mejor, no ha hecho nada), a no ser que sumar varias denuncias de plagio por parte de diversos colegas; más allá de sus artículos periodísticos y sus compilaciones de entrevistas a mujeres, no cuenta con obra intelectual alguna. Que ha sido hábil para posicionarse en los medios nadie lo pone en duda, pero que haya llegado a los sets con un trabajo intelectual mediocre y precario, tampoco. Son quizá los resabios de nuestro provincialismo, pues con lo que tiene Dresser nunca hubiera destacado en su país de origen, Estados Unidos, ni como periodista, ni como intelectual, ni como académica, pero aquí en México la premiamos y encumbramos.

 

Tomado del libro: C. Cansino, El evangelio de la transición, México, Debate, 2009

1. Los intelectuales ante el poder

Durante mucho tiempo en nuestro país, la inteligencia y el poder jugaron a aparecer como rivales o como realidades enfrentadas irremediablemente. En muchas ocasiones tal juego de apariencias sirvió no sólo a los intereses de gestión y autopreservación anidados en los circuitos y capillas que nutren ambas esferas, sino que también ocultó eficazmente los frecuentes acuerdos, transacciones e incluso complicidades que se establecían entre estos dos ámbitos a través de una compleja red de apoyos y vasos comunicantes sobre la que se construyó buena parte del edificio de la cultura nacional durante el siglo XX.

El paso de los sexenios conoció a la par los esplendores de la colaboración del intelecto y el talento creador en las tareas de edificación cultural y de la crítica a la homogeneidad monolítica de tal construcción. La dinámica pendular generada por esta y otras contradicciones características de la intrincada relación entre la cultura, el ágora y el poder propició por años una serie de espejismos, compartidos tanto por los actores de esa relación —las elites intelectuales y políticas— como por un público cada vez menos conforme con el tradicional rol de espectador al que los mandarines de la cultura y los burócratas estatales por igual lo quisieron reducir.

Pero tras dichos espejismos, propios de todo ámbito de representación de lo político —el ágora incluida—, que contribuyeron tanto a la legitimación del recientemente fenecido orden secular mexicano como de los principados y cotos detentados por los pontífices culturales, se escondió por años un hecho crucial: que el movimiento pendular señalado, valorado por lo general sólo por los posicionamientos extremos a que daba lugar, era posible porque dichos extremos —y el péndulo mismo de la cultura— pendían en último término del mismo hilo, esto es, de la relación (abierta o soterrada, confesa o no) con el poder constituido, que administraba y repartía prebendas y castigos, abría o cerraba canales de financiamiento, apoyaba o asfixiaba instituciones según criterios de eficacia y funcionalidad a los que intelectuales, creadores y claustros generadores de cultura tenían que adecuarse so pena de enfrentar el desierto de la marginalidad o la obsolescencia, cuando no la franca y abierta persecución.

Así, hemos vivido en México acostumbrados al secuestro del ágora no sólo bajo la égida protectora del ogro filantrópico, sino perpetrado también —más voluntaria que involuntariamente— y en buena medida por aquellos que se decían sus defensores, cuyas batallas por la hegemonía cultural disfrazadas de cruzadas por la “pureza” intelectual, ocultaron durante años una perniciosa regla no escrita: la de practicar la indiferencia y el ninguneo mutuos, escamoteando así la crítica y empobreciendo de hecho el nivel del debate intelectual en México.

El objetivo de este ensayo es reconocer los contenidos y las implicaciones de las principales concepciones que los intelectuales mexicanos más influyentes en el mundo de las ideas construyeron o simplemente abrazaron con respecto a su relación con el poder político a lo largo del siglo XX. Más específicamente, se tratará de identificar las principales posiciones ideológicas que definieron las formas dominantes de relación de los intelectuales con el Estado así como el peso o influencia real que tuvieron cada una de estas representaciones dependiendo de las circunstancias políticas imperantes en el país. En sintonía con ello, se examinarán las tensiones morales que se originaron entre cultura y poder así como la congruencia o no en casos concretos entre representación del intelectual y práctica real. Finalmente, se establecerán las consecuencias que tuvieron tanto para el mundo de las ideas como para el orden político en México el que ciertas representaciones del intelectual hayan imperado sobre otras.

Hay buenas razones para proponerse una búsqueda como la planteada. Así por ejemplo, constituye una manera distinta y complementaria de otras de reconstruir la historia del siglo XX mexicano, a través de sus hombres de ideas y sus vinculaciones con el poder. Asimismo, de este examen pueden extraerse lecciones interesantes sobre el papel desempeñado por los intelectuales mexicanos en las distintas etapas de vida del régimen político posrevolucionario. Así, se pueden establecer tendencias entre determinadas representaciones dominantes del intelectual y los momentos de avance y retroceso en materia de libertades y derechos democráticos en el país. Finalmente, el problema de los intelectuales y su relación con el poder es, sin duda, una de las temáticas clave que nos permite iluminar algunos de los más importantes problemas por los que transitan las sociedades contemporáneas, pues dicha relación nos remite a la discusión acerca de la democracia.

2. Representaciones del intelectual

No existe una sola manera de concebir la relación de los intelectuales con el poder. Por el contrario, existen tantas concepciones como intelectuales que en algún momento incursionaron en esas honduras del pensamiento; es decir, existen múltiples representaciones, incluso antagónicas, sobre el quehacer intelectual y en particular sobre el deber ser de los intelectuales con respecto al poder político. Obviamente, no hay posiciones objetivas o ingenuas sobre el asunto. La mayoría de las veces, los argumentos esgrimidos por los propios intelectuales han buscado justificar una trayectoria —la suya—, o simplemente abrevan de una concepción preexistente en la que creen encontrar el sustento teórico más congruente con su propio quehacer político. Como quiera que sea, se trata de un asunto polémico y que, por obvias razones, interpela constantemente a los intelectuales. En ocasiones, la integración de los hombres de ideas al Estado provoca en ellos una suerte de tensión moral, sobre todo en el contexto de regímenes autoritarios, pues asumen que su inserción en el poder conlleva, se quiera o no, un costo en términos de credibilidad. En otros casos, el rechazo moral a un determinado estado de cosas conduce a algunos intelectuales a adoptar posiciones políticas de carácter disidente o abiertamente contestatarias o revolucionarias. Para otros, participar de los asuntos públicos en algún ámbito del aparato gubernamental es una suerte de misión moral o de compromiso ético para con la nación, sobre todo en los momentos decisivos de génesis y conformación de un nuevo régimen político, que por este hecho de carácter simbólico renueva las esperanzas colectivas de avanzar hacia algo mejor respecto de lo que existe. Finalmente, están los que defienden rabiosamente su independencia intelectual aún a costa de ser excluidos o marginados del mundo cultural por no ceñirse a las reglas no escritas impuestas por la corriente política dominante.

Como quiera que sea, la inteligencia y el poder político siempre han estado emparentados, relacionándose en forma conflictiva e inestable a lo largo de la historia humana. Se trata de una relación marcada por la fascinación, la suspicacia y una suerte de amor-odio recíprocos. Y en este diapasón la toma de posición acerca del quehacer intelectual es también una justificación de lo que los intelectuales son y/o aspiran a ser.

De ahí que he optado por emplear en este ensayo la noción de “representación” para referirme no sólo a una capacidad o facultad para representar, encarnar o articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y a favor de un público, sino también una construcción mental que impele a la acción, a actuar en sintonía con ciertos criterios. De hecho, las representaciones intelectuales son la actividad misma, dependiente de un tipo de toma de conciencia que puede ser escéptica, comprometida, irreverente, etcétera.[1]

No es éste el lugar para discutir en detalle la abundante literatura que sobre el tema de las relaciones entre los intelectuales y el poder se ha producido desde hace mucho tiempo. Baste con mencionar que las posiciones dominantes sobre el particular han mutado constantemente desde que se acuñara el concepto de “intelectual” en Francia, en 1898, en ocasión del affaire Dreyfus. Se debe pues al escritor Émile Zola un primer exhorto para que los hombres de ideas preocupados por la justicia y la verdad adoptaran una actitud crítica e intentaran cambiar la actitud incrédula y desinformada de los ciudadanos, en este caso frente a un hecho cruel que vulneraba los principios más elementales de la convivencia y la igualdad de derechos.[2] Tiempo después, en 1927, en su famoso libro La trahison des clercs, Julien Benda acusa a los intelectuales de abandonarse a las pasiones políticas, perdiendo de vista lo universal: se han vuelto “egoístas y desinteresados” de las grandes causas universales, como la justicia o la humanidad, y han abandonado toda primicia moral. En virtud de ello, Benda hace un exhorto a los intelectuales para que recuperen un sentido moral a la altura de su papel en la sociedad como formadores de opinión.[3] Posteriormente, en el período entreguerras, la emergencia del socialismo y el nacionalsocialismo dividió a los intelectuales europeos y de otras latitudes: socialistas y antisocialistas, fascistas y antifascistas. Sin embargo, algo los unificaba: la condición de “intelectual orgánico” o comprometido teórica y prácticamente con una determinada causa o ideología, y que nadie caracterizó mejor que el italiano Antonio Gramsci.[4] De hecho, la idea del intelectual crítico a la Zola o moralista a la Benda es sustituido por esta nueva representación. Del bando fascista resonaron las voces de intelectuales orgánicos como Carl Schmitt, Oswald Spengler, Ernst Jünger y Martin Heidegger, mientras que del bando socialista destacaron Georg Lukács, Ernest Bloch, Max Adler y el propio Gramsci. Pero como suele suceder, cuando los excesos solapados por ambos bandos quedaron al descubierto —el holocausto nazi y los gulags estalinistas— se produjo una desbandada de los intelectuales hacia otras posiciones. En el seno del marxismo se presentaron largos debates sobre el papel de los intelectuales, y la figura del intelectual comprometido comenzó a tener muchos detractores (como Cornelius Castoriadis, Albert Camus y Claude Lefort) y uno que otro defensor a ultranza (como Jean-Paul Sartre). Como haya sido, empezó entonces a cobrar fuerza una representación distinta, menos aferrada a las ideologías y más comprometida con la verdad y la honestidad. Aquí destaca con luz propia Raymond Aron, quien reivindica para el intelectual un sentido crítico, no ideologizado ni dogmatizado, comprometido solamente con la búsqueda de la verdad.[5] Y de aquí a decretar la muerte de los intelectuales sólo había un paso. La puntilla la quisieron dar con un éxito relativo los partidarios del posmodernismo (Francois Lyotard, Jacques Derrida, Gianni Vattimo): si el intelectual es un producto de la Ilustración y ésta ha sucumbido junto con la modernidad, entonces ya no hay espacio para el intelectual portador de verdades universales.[6] Ya antes, Michel Foucault había despreciado a los “intelectuales-oráculos” —una suerte de sacerdotes modernos capaces de iluminar el destino de la humanidad—, para reivindicar a un intelectual secularizado y todo menos profético.[7] Por esta misma línea se van derrumbando otras certezas acerca del papel de los intelectuales. Así, por ejemplo, Pierre Nora sostiene que más que incitar a la acción, los intelectuales deben interesarse con modestia por hacer más inteligible el mundo en que vivimos: si la famosa onceava tesis marxista de Fauerbach sostenía que lo imparte no es interpretar el mundo sino transformarlo, ahora el verdadero desafío para los intelectuales consiste en explicar al mundo por encima de cualquier otra cosa.[8] Pierre Bourdieu, por su parte, desnuda a los intelectuales y les atribuye una estrategia individual perfectamente calculada cuyo principal finalidad es defender sus intereses, que no son otros que conquistar bienes —materiales o simbólicos—, ya sea consciente o inconscientemente.[9] Asimismo, Alvin W. Gouldner concluye que los intelectuales se han convertido en una nueva clase de especialistas cada vez más distante del gran público y que sólo se comunican entre sí;[10] mientras que Russell Jacoby se refiere a los intelectuales independientes como una generación perdida, pues lo que hay en la actualidad es un grupo de “técnicos del aula”, ininteligibles, alquilados por alguna comisión, deseosos de agradar a diversos patrones y agencias, ufanos de sus credenciales académicas y de una autoridad social que no promueve el debate sino que se limita a establecer reputaciones y a intimidar a los inexpertos.[11] En la misma línea, Richard A. Posner demuestra empíricamente que el intelectual público ha declinado en los últimos años, incluso en términos estrictamente mercantiles: el impacto que alcanza, los libros que vende, la aceptación que recibe, etcétera.[12] Finalmente, Paul Johnson ha puesto de relieve el enorme escepticismo que en la actualidad producen los intelectuales en los públicos a los que se dirigen: “parece generalizarse la creencia de que los intelectuales no son más sabios como mentores ni más respetables como modelos que los hechiceros o sacerdotes de antaño”.[13] Pero el haber llegado a este punto muerto no es responsabilidad más que de los propios intelectuales. La soberbia, la incongruencia o la hipocresía que ha caracterizado a muchos de ellos ha terminado por devaluarlos a los ojos de todos. Y sin embargo, como diría Bourdieu, “si no hay intelectuales, no habrá defensores de las grandes causas”.

Pero si hemos de hablar de un deber ser de los intelectuales en relación con la política que sirva de parámetro para evaluar las diversas representaciones que los propios intelectuales se han hecho y se hacen sobre su actividad, me quedo con la definición de intelectual aportada por el poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid: “el escritor, artista o científico que opina en cosas de interés público con autoridad moral entre las elites”, y que forma parte de “algo así como la inteligencia pública de la sociedad civil”. Así, destacan al menos dos elementos: en primer término, que la intervención de los intelectuales en los asuntos públicos es totalmente independiente del poder político, e incluso contradice posturas y decisiones de éste; en segundo término, que en virtud de que la intervención del intelectual no se da en calidad de especialista, sino de ciudadano, la recepción de su discurso y opiniones no está mediada por un halo de “autoridad intelectual”. Esto es, no son los títulos o reconocimientos —por los que la mayoría de los intelectuales combaten con feroz discreción— otorgados (generalmente) por el poder los que le otorgan autoridad a su discurso, sino la recepción de ese discurso por parte de un público informado, quien por otra parte, es el que concede o niega la calidad de intelectual a alguien.[14]

Cabe señalar que el mundo de los políticos no es ajeno al mundo intelectual o, si se quiere, la política no es algo extraño a los intelectuales. Existen entre ambos un sinnúmero de vasos comunicantes. Pero la política que hacen los intelectuales no debe confundirse con la que realizan los políticos. Para empezar, no hay autoridad intelectual sin independencia respecto del poder. Ser un intelectual disidente y/o militante en un partido de oposición no cambia las cosas. El verdadero poder del intelectual es el de las ideas. La del intelectual es una práctica política distinta a la partidista. La crítica al poder despótico de los gobernantes sólo es creíble desde la independencia y, sobre todo, desde la libertad de quien la ejerce.[15]

En mi opinión, el compromiso de los intelectuales es con la verdad pública, donde quiera que ésta se encuentre. Su herramienta es la crítica, que como tal no es buena o mala, sino correcta o incorrectamente justificada o fundamentada. El intelectual no es un individuo apolítico; hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento sino la simple palabra escrita o hablada, que no es poca cosa. La crítica del poder o el poder de la crítica de los intelectuales radica en su autonomía moral y económica, es decir, en el ejercicio de su libertad. El compromiso del político de oficio, por el contrario, es con el poder, donde quiera que éste se encuentre. No busca entenderlo o cambiarlo sino justificarlo. Su herramienta es la lealtad, que no es buena o mala, simplemente es y punto.

En este juego de espejos, el intelectual no puede quedar subordinado a la lógica de la política partidaria o gubernamental sin traicionarse a sí mismo. Su lealtad no es con el príncipe, sea cual fuere su color u origen, sino con las ideas y el debate públicos.

3. Intelectuales y poder en el México del siglo XX

El tema de la relación entre los intelectuales y el poder en México ha sido objeto de innumerables estudios,[16] polémicas y discusiones: ¿amor u odio?, ¿cercanía o lejanía?, ¿lealtad o independencia? Sin embargo, sólo ahora, después de la caída del viejo régimen priista, es posible aproximarse a este tema con la distancia necesaria como para establecer algunas tendencias que marcaron esta relación durante el siglo XX.

Atendiendo a la definición de intelectual propuesta por Zaid a la que nos referimos antes, ¿qué se puede decir de los intelectuales en México durante el siglo XX?, ¿qué tanto se aproximan o se alejan de sus criterios de valor? Lo primero que hay que decir es que la independencia con respecto al poder no ha sido un valor cultivado por la mayoría de ellos, por más que pretendan aparentar lo contrario. Además, casi siempre han tratado de imponer al público ilustrado del país (antes de esperar a ser reconocidos) su autoridad como especialistas. Por esta vía muchos de ellos se han convertido en auténticos mandarines culturales que medran con el capital intelectual, dictan reglas, protegen a su grey e, incluso, castigan a los “rebeldes” y fustigan a los adversarios. No obstante, como veremos a continuación, muchas de nuestras glorias intelectuales han recurrido a diversas fórmulas retóricas para justificar sus propios devaneos con el poder sin fenecer en el intento.[17]

La historia política de México durante el siglo XX es una de grandes contrastes y transformaciones, de avances y retrocesos. En este período encontramos todas las manifestaciones o etapas posibles de evolución política características de los Estados-nación modernos, desde el fin de una dictadura personalista hasta una transición democrática, pasando por una muy larga y violenta revolución social, y la instauración, consolidación y decadencia de un régimen autoritario de partido único. En ese sentido, es lógico que en el ámbito intelectual también emergieran durante todo este período representaciones o concepciones igualmente diversas y hasta contrastantes sobre el papel de los intelectuales en relación con el poder político, desde las que defienden su incursión en las tareas sustantivas del Estado hasta los que reivindican su plena independencia respecto del mismo.

Si bien en algún momento en la vida política del siglo XX, más específicamente, en el ocaso del porfiriato, durante la Revolución y en los albores del régimen posrevolucionario, prosperó entre los intelectuales un interés y una vocación hasta cierto punto legítimas de integrarse a las labores del Estado por el bien de la nación, ya sea creando instituciones, sobre todo culturales, o generando programas de todo tipo para promover la educación y la cultura en el país, hubo un momento, conforme el régimen político posrevolucionario fue institucionalizándose y afinando sus rasgos autoritarios dominantes, en el que la colaboración con el poder sólo podía hacerse desde una tensión moral o una contradicción imposible de evadir, salvo renunciando a la calidad de intelectual o participando de un juego de simulaciones. (De hecho, muchos intelectuales desencantados de su paso por las entrañas del poder volvieron a los libros o pasaron a la confrontación activa). Sin embargo, frente a la disyuntiva de los intelectuales de colaborar con un Estado autoritario de corte paternalista para mantener ciertos privilegios y hasta su propia promoción y permanencia en el medio o mantener su independencia respecto del Estado, aun a riesgo de ser condenados al ostracismo o hasta perseguidos por no plegarse a las reglas del sistema, terminó imponiéndose para la mayoría de los intelectuales una autorrepresentación de su papel en la sociedad bastante “conveniente” como para no salir raspados en el intento ni confrontados con sus propios fantasmas. Se trata, en suma, de una concepción del trabajo intelectual que no está reñida ni contrapuesta al trabajo político y partidista, a condición de que este encuentro, argumentarán los partidarios de esta concepción, sea creativo y coadyuve a la afirmación de cada vez mayores espacios de libertad y democracia. Para esta posición, poco importa el tema de la mayor o menor independencia intelectual. Por el contrario, se citan y exaltan con frecuencia las experiencias de muchos hombres de ideas que optaron en su momento por colaborar en la creación de instituciones culturales y del propio Estado nacional.

Hasta aquí, el balance resulta terrible: la seducción por el poder ha llevado a la mayoría de los intelectuales mexicanos a sucumbir ante él. La existencia de un puñado de intelectuales a lo largo del siglo XX que han elegido el camino menos rentable y protagónico de la independencia y la crítica al poder —como Zaid, Roger Bartra o Lorenzo Meyer—, no marca una tendencia. Más frecuente ha sido el de los intelectuales cuya fascinación por el poder los llevó a colaborar con el mismo de manera servil —desde Martín Luis Guzmán y Jaime Torres Bodet hasta Héctor Aguilar Camín y el grupo Nexos, pasando por Luis Spota, Jaime Sabines, Jesús Reyes Heroles, Ricardo Garibay y Agustín Yánez—, o incluso el de los intelectuales que han optado por mantenerse en un complejo equilibrio entre la crítica al poder y la connivencia con el mismo a veces con la finalidad de poder emprender su actividad con una cierta dosis de libertad. Ahí están, por ejemplo, un Alfonso Reyes o un José Vasconcelos, en su momento colaboradores del poder pero también críticos del mismo, y, por ello, precursores de las transformaciones revolucionarias de principio de siglo, aunque tampoco comulgaban con la ideología de la Revolución Mexicana. Lo mismo puede decirse de Daniel Cosío Villegas, quien después de colaborar con el poder desde diversos cargos públicos se volvió el crítico más incisivo del mismo. Este es el caso también de Jorge Cuesta, quizá el crítico más agudo del callismo y el cardenismo, lo que le valió la persecución y el denuesto. Y que decir de Manuel Gómez Morin o Vicente Lombardo Toledano, quienes también colaboraron con el poder pero que decidieron en algún momento enfrentarlo mediante la creación de dos partidos de oposición, el Partido Acción Nacional y el Partido Popular, respectivamente. Ahí quedan también las posiciones ambivalentes de José Revueltas y Octavio Paz, uno intelectual radical de izquierda y otro liberal demócrata, pero que también se movieron entre la crítica al poder y la connivencia con el mismo, aunque el desenlace de sus carreras y sus vidas fue diametralmente opuesto. En tiempos más recientes, la inteligencia pareció moverse a conveniencia entre la crítica y la disidencia o la incorporación al gobierno. Ahí quedan las trayectorias igualmente ambivalentes de intelectuales como Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Enrique Krauze o Elena Poniatowska.

No es difícil inferir las intenciones implícitas en estas concepciones largamente dominantes en el México posrevolucionario. Sin embargo, lo realmente significativo es establecer las consecuencias de que en el mundo intelectual haya campeado precisamente esta representación en lugar de otras posibles. El hecho es que terminó imponiéndose en México un juego de simulaciones en el medio intelectual producto de una larga cooptación silenciosa que orilló a la mayoría de los intelectuales a trabajar bajo la tutela del Príncipe. La consecuencia más visible de ello ha sido el estancamiento de este sector, lo cual se manifiesta de muchas maneras: la libertad de pensamiento no ha sido algo apreciado por los intelectuales, los debates de ideas no interesan a nadie y nunca se han fomentado, la promoción de los intelectuales se debe más a compromisos y lealtades con los mandarines de la cultura y los políticos de turno que a las virtudes y méritos exhibidos. Por otra parte, la cultura en general y el debate intelectual han sido monopolizados por el Estado y por un grupo muy estrecho de intelectuales que han sabido jugar muy bien con las reglas corporativas y clientelistas del sistema. El peso de la tradición en este aspecto es tan fuerte que ni el reciente cambio de régimen en México ha podido alterar todavía sus efectos corrosivos. De hecho, la mayoría de los intelectuales no ha estado a la altura de los cambios y el ágora sigue estando secuestrada por los mismos grupos de ayer al tiempo de que se conservan incólumes las mismas reglas corporativas y clientelistas.

4. Nuevas representaciones

El medio intelectual mexicano ha sido más bien refractario a ser confrontado en sus debilidades y flaquezas. Por eso, cuando alguien osa hacerlo lo más seguro es que enfrente la descalificación a ultranza o la indiferencia de sus colegas. No es un secreto que en nuestro país no se tolera el disenso, más aún suele asociarse a asuntos de índole personal o privado. En lugar de la confrontación, el medio intelectual mexicano ha afirmado un sistema que hace de la mediocridad virtud, y donde cualquiera que alza la voz para disentir con sus colegas es odiado y denostado.

Es por ello que la libertad de pensamiento no es algo apreciado por los intelectuales mexicanos. Por el contrario, los debates intelectuales no interesan a nadie. Los intelectuales, salvo honrosas excepciones, más que relacionarse por sus afinidades teóricas con respecto a las principales corrientes o escuelas de pensamiento, lo hacen por criterios de amistad o para aspirar a merecer los favores y prebendas que conceden los mandarines de la cultura y el poder. Éstos a su vez, erigidos en tribunales, monopolizan y controlan a su conveniencia la producción y la divulgación de las ideas en México o censuran o descalifican con lujo inquisitorial a quienes no comparten sus opiniones.

En ese sentido, en un país donde la cultura estuvo largamente monopolizada por una caterva de ideólogos del sistema priista y donde han prevalecido tradicionalmente las formas más abyectas de cooptación silenciosa, no hay nada más difícil que el pensamiento libre. A los intelectuales independientes, por no alinearse a la visión dominante, siempre les ha tocado en respuesta la marginación y el aislamiento. El dogmatismo no duda en estigmatizar a quienes todavía creen en la fuerza de las ideas. Ciertamente, la academia paga mal en México y ello ha obligado a la mayoría de los intelectuales a acomodarse a lo que venga. El problema está en que tales intelectuales no asuman responsablemente los costos de su inserción en los ámbitos políticos y culturales oficiales, es decir, la pérdida inevitable de autonomía y, por consiguiente, de credibilidad y autoridad intelectual.

Los ejemplos al respecto son innumerables, hasta dar lugar a un abanico muy variado de representaciones de los intelectuales en México en el último cuarto del siglo XX, cuyo común denominador es la simulación. En primer lugar están los intelectuales cuyas afinidades electivas los llevó a convertirse en ideólogos del viejo régimen y a coquetear con los poderosos. Sin embargo, al tiempo que obtenían canonjías de todo tipo por los favores prestados a los detentadores del poder político, se esforzaban por mostrarse ante la opinión pública como intelectuales independientes y librepensadores. Este tipo de intelectual, en realidad, representaba dos papeles al mismo tiempo: por una parte era un intelectual servil a los gobernantes en turno y por la otra se presentaba socialmente como un intelectual independiente no contaminado por el poder. ¿Paradoja? No. Cinismo e hipocresía. La premisa de acción de estos intelectuales se alimentaba de un profundo desprecio por la sociedad, pues suponen que sus interlocutores son fácilmente manipulables y se van a tragan sin chistar todo lo que les vendan. Quizá el ejemplo prototípico de este tipo de intelectual lo constituye el poderoso grupo Nexos y en particular el conocido historiador Aguilar Camín, ambos ampliamente reconocidos por sus vínculos con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Hoy el grupo Nexos y el propio Aguilar Camín hacen esfuerzos denodados por sacudirse el estigma de ideólogos de Salinas de Gortari. Quizá lo logren, pero la sociedad no se deja engañar tan fácilmente como ellos suponían. El hecho es que Aguilar Camín constituye uno de los casos más notables de cacicazgo cultural en los años recientes. Como ha señalado Alfredo Echegollen, Aguilar Camín “representa el epítome del intelectual que dejó de serlo, porque pasó no de los libros al renombre, sino de los libros al poder (Zaid dixit), y de ahí a la ignominia”.[18] Además de Aguilar Camín, otros intelectuales muy señalados por apoyar en su momento al gobierno de Luis Echeverría fueron Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes. Algo similar puede decirse de intelectuales como Federico Reyes Heroles y Jesús Silva Herzog-Márquez, convertidos en auténticos aduladores de Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo.

Una segunda representación reciente del intelectual en México es la de aquellos que pasaron de las aulas universitarias o los medios intelectuales a ocupar cargos en la administración pública o a desempeñarse como asesores de funcionarios en distintos niveles, pero sin asumir públicamente los costos de su inserción. Son pocas las excepciones de aquellos intelectuales que al asumir este tipo de responsabilidades decidieron hacer un intervalo prudente en los espacios en los que venían desempeñándose —universidades y medios de comunicación—, para ser consecuentes con sus nuevas responsabilidades y compromisos. Por el contrario, la mayoría de los intelectuales que entran en esta categoría siguen desempeñándose en ambas esferas como si no se tocaran y como si nadie se percatara de su incongruencia. Estos intelectuales no se hacen problemas sobre su ambivalencia electiva, no tienen resentimientos de ningún tipo, son más bien oportunistas y venden su pluma al mejor postor. Algunos de ellos gustan ser llamados eufemísticamente como “consultores”. Por esta razón quizá convenga la expresión “intelectuales que se acomodan a lo que venga” para calificar a este subtipo de intelectuales. No tendría que dar ejemplos de esta representación de intelectual, pues están en todas partes (basta sintonizar la radio para escuchar sus voces impostadas; abrir los periódicos para leer sus artículos vacíos; encender la televisión para toparse con sus debates maquillados y tímidos), sin embargo, para entendernos, ahí van algunos nombres: María Amparo Casar, Jorge Alcocer o Carlos Elizondo Meyer-Serra.

Pero suponer que la pertenencia a las instituciones políticas no condiciona la práctica de los intelectuales parece en el mejor de los casos una ingenuidad. Nadie lo expresó mejor que el maestro Cosío Villegas: “El buen éxito de esta empresa… (la del buen intelectual mexicano), exige mucho más trabajar fuera que dentro del gobierno. De aquí concluiría que lejos de echar desde luego sus cartas, debiera rehusarse a participar en un juego político cuya primera ‘regla de caballeros’ es renunciar a ser intelectual, o sea, pensar por sí mismo, heterodoxamente si es necesario.”[19]

Otra representación del intelectual muy común en los tiempos recientes es la de aquellos que disfrazan o maquillan sus preferencias políticas o vínculos partidistas a conveniencia de las circunstancias. Cuando se presentan como “analistas políticos” nunca hacen explícita su militancia o sus simpatías partidistas, pues saben que hacerlo les restaría objetividad y credibilidad. He conocido a pocos intelectuales militantes que al escribir un artículo o comentar un acontecimiento en algún medio de comunicación hagan explícita sus afinidades políticas. Por el contrario, la mayoría de los intelectuales que entran en esta categoría alternan a su conveniencia su doble vida: la del militante y la del analista político, como si la primera no contaminara a la segunda. ¿Creadores de opinión? No, intelectuales sin escrúpulos y dignidad. Mediocres que no arriesgan nada.

Pero si de intelectuales que no arriesgan nada se trata, la academia ha generado otra categoría de científicos aparentemente neutrales pero que en los hechos le vienen muy bien al sistema político: los intelectuales apolíticos. Quienes en nuestro país mantienen esta perorata comienzan, siguiendo a sus patrones extranjeros, con declaraciones retóricas del tipo: nadie tiene muy claro que es en efecto el sistema democrático. Se eluden así los problemas substanciales por imposibilidad de comprender la razón política moderna. Para estos intelectuales, no cabe posibilidad de legitimación política y, por supuesto, moral. Todo proceso de fundación política es ilegítimo porque está basado, según estos de(s)constructores del vacío, en un “golpe de fuerza”. Lamentablemente, la academia en nuestro país, tan proclive a confundir repetición con creación intelectiva, y algún despistado con complejo de culto por escribir en los suplementos de cultura, seguirán bombardeándonos con estas estupideces.

A este tipo de intelectuales no comprometidos políticamente cabría recordarles una frase de Voltaire: “Es en la práctica donde el hombre debe probar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. La discusión sobre la realidad o irrealidad del pensamiento, aislada de la práctica, es puramente escolástica”.[20]

Mención aparte merecen los intelectuales mediáticos. Aquellos que han llegado a ocupar posiciones de privilegio en los medios como comentaristas, conductores o productores. Al igual que en los demás casos, estos intelectuales se presentan como independientes, pero todo mundo sabe que en México hasta hace poco no había otra manera de escalar posiciones en los medios más que estableciendo compromisos políticos y lealtades con los poderosos o con los dueños de los medios. Obviamente, por esta vía, el pensamiento libre también se vuelve una simulación. Al respecto son conocidos los vínculos entre los intelectuales del grupo Vuelta y Televisa en una época en la que la televisora se declaró abiertamente priista.

He dejado para el final una representación del intelectual mucho más reciente en el tiempo. Se trata de intelectuales que descubrieron que la autonomía intelectual podía ser un recurso muy rentable para su propia promoción personal y hasta política. Se trata de una simulación porque la supuesta “autonomía intelectual” que reivindicaban era en realidad una moneda de cambio para proyectarse políticamente, era un medio para obtener ciertos fines y no un fin en sí mismo. En esta categoría podrían entrar perfectamente algunos ex consejeros electorales del Instituto Federal Electoral (IFE) que después de desempeñarse como ciudadanos “comprometidos” con la democracia, es decir, con imparcialidad, decidieron catapultarse al gobierno en distintos niveles como funcionarios públicos. En consecuencia, descubrimos que su pretendida autonomía sí tenía partido. En esta lógica, debemos aceptar que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tenía razón en su momento cuando criticó la falta de imparcialidad con la que dichos consejeros se desempeñaron. No voy a repetir lo que ya he dicho en varias ocasiones sobre la supuesta independencia de los consejeros electorales del IFE. Baste recordar que todos ellos fueron designados mediante un sistema de cuotas donde cada partido proponía a sus candidatos, lo cual sugiere que cada uno de los consejeros electorales propuestos mantenía alguna relación más o menos directa con alguno de los partidos participantes al grado de haber sido favorecido por él. La relación puede ser de muchos tipos, desde haber sido en algún momento asesores de un partido, haber dirigido o ser miembro de alguna fundación de un partido, haber hecho trabajos para un partido y por ello haber percibido ingresos de un partido, mantener relaciones estrechas con los dirigentes de un partido o simplemente mantener un discurso afín al de un partido, aunque éste se vista con los ropajes de la objetividad y la neutralidad que sólo la academia pueden ofrecer. En cualquiera de estos casos, quedó en entredicho la supuesta independencia de los integrantes del Consejo General del IFE.[21]

Lo más preocupante de este diagnóstico es que muchas veces ni los propios intelectuales mexicanos son conscientes de la simulación que representan. Es como si los usos y las costumbres predominantes se asumieran como naturales, es decir, inevitables, por lo que tales patrones de comportamiento terminan reproduciéndose una y otra vez.

Durante décadas la clase ilustrada del país creció a la sombra del poder. Científicos, periodistas y escritores estuvieron condenados a trabajar bajo la tutela del príncipe so riesgo de ser orillados al anonimato o el ostracismo. El Estado paternalista cubría bajo su manto protector a los creadores intelectuales, quienes por vía de los hechos se convertían en ideólogos del gobernante en turno. Este matrimonio perverso se mantuvo intacto hasta que ambas partes decidieron romper los lazos “afectivos”. La crisis de legitimación del Estado mexicano provocó la ruptura entre los intelectuales y el poder. 1968 fue un año paradigmático al respecto. A partir de entonces, la luna de miel entre políticos e intelectuales derivó en una guerra de baja intensidad que empezó a cobrar sus primeras víctimas. Periódicos y revistas, periodistas e intelectuales fueron testigos de este naufragio. Pero muy pronto, los puentes se volvieron a establecer y, con ellos, numerosos intentos de cooptación y mediatización salieron a la luz pública. Parecía que nuevamente la inteligencia se disputaba la exclusividad de los favores del Político con mayúsculas.

Sin embargo, la espectacularidad de los hechos, la sonoridad de los actores, la profundidad de las heridas y los rencores abiertos, y el escándalo por los favores ofrecidos o recibidos acabaron por desviar la atención sobre el meollo del asunto: ¿cuál debe ser la relación entre los intelectuales y el poder?

Lamentablemente, muy pocos intelectuales en México se han tomado seriamente la independencia respecto del poder y menos aún han estado comprometidos intelectualmente con la creación de espacios políticos abiertos a todos los ciudadanos, espacios sin propietarios específicos, espacios potencialmente de todos y materialmente de nadie. Porque, díganme por favor, ¡cuántos en el actual México podrán decir eso y, sobre todo, demostrar con seriedad, con pruebas y no con “reconstrucciones” ad hoc que estaban contra el PRI!, ¡cuántos intelectuales resistirán la prueba!, ¡cuántos serán los que en el inmediato futuro exhibirán pruebas de autonomía e independencia!

 5. Tres variaciones sobre un mismo tema

 En mi elenco personal de intelectuales mexicanos del siglo XX al menos tres ocupan un lugar destacado como cultivadores explícitos de una cierta concepción del quehacer intelectual con la que me identifico plenamente, más allá de la congruencia o la fidelidad que estos mismos intelectuales pudieron haber tenido en la práctica para con la misma. Me refiero a Cosío Villegas, Paz y Zaid.

Cosío Villegas fue quizá el intelectual más polémico y comentado de su época. Sus obras críticas sobre el régimen posrevolucionario alcanzaron una gran difusión y repercusión en su momento, así como la animadversión de muchos pares intelectuales y personalidades políticas. Fue fundador de importantes instituciones culturales, como el Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica, por lo que colaboró necesariamente con varios gobiernos, pero en sus principales obras dejó constancia de su capacidad crítica como historiador y observador de su presente. Además, Cosío Villegas consideraba que la primera tarea del intelectual que asumía responsabilidades en un gobierno era renunciar a ser intelectual, aunque también sabía que era mucho pedir a sus pares que preferían vivir de la simulación antes que renunciar a los privilegios que supone ser considerado un hombre de letras independiente.

En la mayoría de sus trabajos, como el célebre ensayo “La crisis de México” de 1947,[22] sorprende su tono combativo y por momentos hasta ácido. En unas apretadas páginas, Cosío Villegas discurre filosamente, pero con autoridad, sobre la enfermedad del país en esos aciagos años de extravíos revolucionarios y promesas modernizadoras.

Lo primero que llama la atención de este ensayo y de muchas otras obras de Cosío Villegas es su crudeza y valentía.[23] Tal pareciera que su autor estaba empeñado en no dejar piedra sobre piedra, no importando las consecuencias adversas que su crítica incisiva al régimen pudieran acarrearle en lo personal. En realidad, ningún intelectual mexicano ha sido más congruente que Cosío Villegas en el ejercicio de la crítica independiente. ¡Cuán distante del ejemplo de este hombre están, salvo muy contadas excepciones, los intelectuales mexicanos de hoy! Son éstos los mismos que apuntalaron hasta el final al régimen priista, aún después de que los ciudadanos ya habíamos decidido rescindirlo por la vía de las urnas.

La segunda cuestión que llama la atención del trabajo de Cosío Villegas es lo acertado de su crítica. Hoy es fácil decirlo, porque la distancia transcurrida desde entonces nos permite darle la razón, pero en aquel momento alentó muchas discusiones y cuestionamientos por parte de sus contemporáneos. ¿En qué acertó Cosío Villegas? En que el régimen posrevolucionario, en la práctica, había abandonado sin remedio, ya sea por ineptitud, por insensibilidad o por irresponsabilidad, los principios ideológicos que le daban sustento y legitimidad de origen. En su lugar, las prácticas políticas se contaminaron de pragmatismo y corrupción, al grado de que se perdió por completo la brújula. En esas circunstancias, las metas de la Revolución Mexicana terminaron agotándose y el régimen posrevolucionario entró en una crisis política y moral, de credibilidad y de identidad, que se antojaba desde entonces muy difícil de revertir.

Y justo en este momento, una vez que Cosío Villegas ha bocetado magistralmente las características de la crisis del México de su tiempo, alista la espada para lo que viene, o sea, para la política: “[…] el país está en una crisis política y moral de grave trascendencia, y si no se la reconoce y admite, y si no se hace el mejor de los esfuerzos, para remediarla, México caminará a la deriva, perdiendo un tiempo que un país tan retrasado en su evolución no puede perder, o se hundirá para no rehacerse quizás con una personalidad propia.”[24]

He aquí al escritor que sabe perfectamente que el único compromiso posible de los intelectuales libres es con la verdad pública, que se asume como un individuo político; que hace política pero desde una tribuna que no es la del partido o el parlamento sino la simple palabra escrita o hablada.

Pero Cosío Villegas era también conciente de las dificultades de superar la crisis, aunque no por ello había que cruzarse de brazos. Por el contrario, desde el momento mismo en que se ocupa de estos temas está incidiendo ya, o intentando incidir, en el curso de los acontecimientos: “Quizá no valga la pena especular sobre milagros, pero, si no se reafirman los principios, sino que simplemente se los escamotea; si no se depuran los hombres, sino que simplemente se les adorna con vestidos o títulos, entonces no habrá en México autorregeneración, y, en consecuencia, la regeneración vendrá de fuera y el país perdería mucho de su existencia nacional y a un plazo no muy largo.”[25]

En suma, Cosío Villegas nos ofrece varias claves de lectura tan vigentes entonces como ahora; a saber: a) los ordenamientos políticos mantienen un vínculo estrecho y permanente con los principios e ideales que le dieron origen o le dan sustento, por lo que desentenderse de ellos siempre tiene un costo en términos de legitimidad e identidad y, en casos extremos, puede conducir a su virtual colapso o sustitución por un ordenamiento distinto; b) por más sólidos que sean los principios articuladores de un régimen político, el poder siempre está en vilo, pues también depende de los valores y las expectativas que se definen y redefinen permanentemente en la sociedad; y c) la congruencia entre el discurso del poder y el ejercicio del poder es más importante de lo que suele creerse, por lo que subestimarla siempre tiene costos políticos.

Por lo que se refiere a Paz, el más universal de nuestros intelectuales, el tema de la relación entre inteligencia y poder fue constantemente considerado en su obra ensayística.[26] Defender el valor de la crítica y la independencia fue casi una obsesión en Paz. Vale recordar al respecto su renuncia a la embajada de la India luego de los penosos acontecimientos ocurridos el 2 de octubre de 1968 en la plaza de Tlatelolco; su dimisión del periódico Excélsior después del golpe de mano dado a Julio Scherer y su equipo por el entonces presidente Echeverría; la fundación de la revista Vuelta en 1976.

Para Paz, la política no puede quedar en manos de tiranos o demagogos. Los primeros conducen a gulags, los segundos a “ogros filantrópicos”. La polis, recuerda el Nobel de Literatura, es obra de ciudadanos libres e ilustrados, de individuos antes que masas. Por eso, su simpatía hacia la doctrina liberal y democrática, y su sospecha hacia cualquier discurso organicista que en nombre del paraíso sólo ofrecía el infierno terrenal. Paz asumió en algún momento la crítica del PRI y de su Estado; del dogmatismo e intolerancia de cierta izquierda, y del conservadurismo de la derecha. Sus críticas no siempre fueron bien recibidas. Incluso en momentos fueron abiertamente condenadas. Pero más allá de lo anecdótico, su filo agudo y polémico queda como un valuarte intelectual de nuestro tiempo, como una lectura redonda y dialógica de los actores y los sucesos del siglo pasado.

Sin embargo, Paz se convirtió en el cacique cultural más influyente de la segunda mitad del siglo XX, lo cual supone haberse acogido al poder para obtener de él protección y todo tipo de canonjías. Paz lo sabía y se resignó sin sobresaltos a mantener una relación necesaria y muy conveniente con los poderosos, quizá más para poder trabajar con libertad que por otra cosa. Sin embargo, si alguien fue fiel a sus pasiones y convicciones ese fue precisamente Paz.

Pero si de congruencia intelectual se trata hay que voltear a mirar a Zaid, el más agudo de los críticos culturales en el país. Para él lo que cuenta no es el autor sino lo que escribe, no es el escritor sino sus libros. Todavía más, lo verdaderamente importante es la lectura, es decir, el lector. Cada lector se imagina a su modo a los autores que lee, y en el caso de Zaid incluso más, pues muy pocos lo conocen físicamente. Zaid eligió ocultar su imagen para que hablara su obra, pero el poeta nunca renunció a la Ciudad, es decir, al espacio público, al debate de las ideas, al diálogo permanente con sus habitantes y sus fantasmas.[27]

Nadie como Zaid ha desnudado con su crítica cultural las mediocridades y falsedades de las instituciones oficiales y no oficiales encargadas de promover y preservar la cultura. Nadie como él ha criticado con ironía y autoridad las ambiciones trepadoras de la clase intelectual en su carrera desenfrenada por la fama y el poder. Pero al denunciar las contradicciones del poder de los libros, Zaid lo hizo desde la congruencia, es decir, desde el lugar de los de “afuera”, desde la zona pública de la sociedad, desde la opinión pública independiente, en últimas, desde la Ciudad. Y aquí lo que cuenta es la conversación inteligente y amena, el diálogo de unos lectores con otros, la vida pública que pasa por la imprenta, no la parafernalia de la academia o la universidad, de los intelectuales mercenarios y arrogantes, con sus circunloquios y ceremonias, sus vanidades y banalidades, sus torres de marfil y de Babel.

Zaid es también la contrafigura vital de una resistencia, la del poeta que desobedece el mandato del sabio, se niega a abandonar la ciudad y promueve en ella el nacimiento de una práctica (la poesía) que no está privada del elemento imaginario y una suerte de teoría que no exige el poder como derecho suyo ni rehuye la realidad. Entre el vivir y el pensar, Zaid deja sabiamente la puerta abierta.

Las lecciones que Zaid nos ha brindado a quienes creemos en la congruencia intelectual son invaluables. Nos ha enseñado a defender rabiosamente la independencia intelectual, a rechazar los dogmas, a creer firmemente en la verdad pública tejida entre todos, a reivindicar el ensayo como medio para conectar con nuestra tradición humanista y nuestro presente, con el orgullo de pensar y escribir en español, a salir de la academia para entrar a la calle, a la plaza pública, el lugar de la política, la verdadera política, la política de los deseos y los sueños, de los imaginarios colectivos y las realidades cotidianas que se transparentan mediante la palabra escrita o hablada.

Zaid encuentra su verdadero rostro al ser reconocido como inspirador cultural de varias generaciones de hombres y mujeres de letras, periodistas, académicos, investigadores, polemistas, etcétera, y precisamente por esta virtud, Zaid es en la actualidad el pensador crítico más importante y original en México.

6. Una reflexión final

De acuerdo con lo planteado hasta aquí, salvo contadas excepciones, la codicia ha sido la constante de nuestra intelectualidad, pero a la hora de justificar sus proximidades con el poder, sus contubernios para obtener beneficios del Príncipe, sus discursos deslavados para apoyar a tal o cual político o sus silencios cómplices ante los atropellos de un régimen autoritario como el que padecimos durante décadas, todos ellos estilan ironía y un profundo desprecio por sus denostadores. Siempre encuentran las palabras justas para adornar sus acciones y con extrema habilidad escapan a las críticas o las emplean en su beneficio. Los ejemplos son tantos y tan terroríficos que harían palidecer a cualquiera, pero no a los intelectuales mexicanos, artífices del disfraz, maestros del engaño, cínicos sin escrúpulos, mercenarios de la pluma. Obviamente, optar por criticar y desafiar a los mandarines de la cultura en nuestro país conduce al aislamiento y el ostracismo, un precio que hemos debido pagar todos los que nos negamos a seguir las reglas no escritas del medio intelectual, su lambisconería y zalamería, su hipocresía y falsedad; un derrotero complicado para todos los que preferimos darle algún valor al principio de la independencia intelectual antes que prostituir la pluma y la conciencia.

Ahí quedan los devaneos de Fuentes con el presidente Echeverría, las contradicciones de Paz, las mentiras de Aguilar Camín y el grupo Nexos, el cinismo de Jaime Sabines, Ricardo Garibay y Agustín Yánez, las “buenas intenciones” de Conaculta, las transas de los concursos literarios, los plagios de la Poniatowska, los guiños de Monsiváis a los poderosos y un interminable etcétera de corruptelas y ambiciones. Por fortuna, aunque se podrían contar con los dedos de una sola mano, algunos intelectuales han optado por la congruencia. Este es el caso de Zaid, siempre Zaid, hoy por hoy el único intelectual merecedor de ese calificativo, como en su momento lo fue Cosío Villegas. Pero el cuadro general de la inteligencia mexicana resulta muy poco estimulante. No está demás denunciar y exigir que se limpie la cochambre y la podredumbre del medio intelectual y de las instituciones culturales del país, pues con lo que hay —mentiras y simulaciones, conveniencias y favoritismos, compadrazgos y padrinazgos, feudos y codicias— no puede haber un debate serio y responsable de las ideas, una interlocución madura entre los intelectuales, un compromiso real con la verdad pública.

Durante el siglo XX, México ha exhibido una suerte de dualidad entre el mundo de los políticos y el mundo de las ideas. En el primero, los políticos detentan el poder terrenal de manera discrecional y casi siempre a espaldas de la sociedad civil, mientras que en el segundo, el poder de los intelectuales no radica en un ámbito terrenal sino en cuestiones más bien cercanas al espíritu, esto es, en la identificación de sus miembros con la Razón, la inteligencia, la verdad, etcétera. Ambos universos conocen y asumen la existencia del otro tomando sus respectivas distancias, creando fronteras para evitar que individuos no pertenecientes a su identidad soberana asuman posiciones de poder y, sobre todo, desdeñando de una u otra forma a aquellos que se identifican única y plenamente con el otro. Pero aquí hay una suerte de paradoja que no justifica pero sí explica esta compleja relación: sólo deslindándose tajantemente del poder, y más de un poder autoritario como el que caracterizó a nuestro país, los escritores podían adquirir la legitimidad y la credibilidad hacia su trabajo intelectual, y al mismo tiempo sólo acercándose al poder podían obtener los beneficios económicos y de promoción que requerían para proseguir su tarea. De ahí que la mayoría de los escritores en México optó por aproximarse al Príncipe, convirtiéndose en sus ideólogos o simplemente apoyándolo en situaciones límite, al tiempo que se presentaban en público como pensadores independientes y no contaminados por las garras del poder político. La consecuencia fue un juego de simulaciones y de cooptación silenciosa, mutuamente conveniente para los miembros de ambos mundos, pero que a la larga infectó a los escritores de cinismo e hipocresía, vanidad y codicia.

Sin embargo, los escritores siempre fueron confrontados por otros escritores que cuestionaban la moralidad y la autoridad de quienes se dejaban seducir por el canto de las sirenas del poder. De ahí que nuestra intelectualidad haya producido periódicamente un sinnúmeros de artículos y debates públicos sobre el papel de los intelectuales y sobre la independencia intelectual, para justificar sus devaneos o para deslindarse de cualquier sospecha en su contra por más que fueran consabidos sus favores al Príncipe. Ahí quedan, para citar algunos ejemplos recientes, las posiciones contradictorias que generó entre los escritores el alzamiento armado del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas el primer minuto de 1994, y sobre todo la aparición en la escena pública de un guerrillero escritor, con pipa y rifle, que sedujo a muchos, pero que propició ácidas críticas por parte de la mayoría de los escritores. Y que decir de los juegos de poder del sexenio de Salinas, cuya necesidad de apoyos y legitimidad lo llevó a coquetear con los intelectuales de moda, a lo que estos respondieron con agrado y servilismo. Son los años en que los dos grupos intelectuales más visibles del país, Nexos y Vuelta, se sentían lo suficientemente fuertes y maduros como para disputarse entre sí la hegemonía del proyecto cultural del país. De ahí que Salinas supo jugar con ambos a cambio de privilegios y beneficios, mientras que éstos entraron en una disputa llena de engaños y mentiras, escenificando una de las experiencias más deplorables del mundo de las letras, de la cual salieron totalmente raspados en su credibilidad escritores como Aguilar Camín y Enrique Krauze. Algo similar puede decirse, por último, de las opiniones de los escritores con motivo de la alternancia del 2000 y su significado para la transición democrática. Aquí salen a relucir los subterfugios y las contradicciones de un discurso aparentemente partidario de la democratización por parte de quienes apuntalaron al régimen autoritario durante décadas, por lo que fueron más bien cómplices del régimen autoritario y responsables indirectos de que la democratización haya tardado tanto tiempo en prosperar.[28]

Concluyo con una nota optimista. El hecho de que el tema de los intelectuales y sus relaciones con el poder en México esté siendo analizado cada vez más de manera crítica y valiente por múltiples estudiosos sobre todo jóvenes,[29] sugiere que algo está cambiando, que los feudos construidos por los mandarines de la cultura de antaño comienzan a desplomarse, y que muy pronto entenderemos por fin que el único valor del pensamiento radica en su independencia sin simulaciones y su compromiso con la verdad. Sólo desde este mirador resulta creíble la crítica al poder de los gobernantes.

Criticar el discurso o la acción de la clase gobernante no significa, en principio, estar apoyando a otro grupo político y menos aún pertenecer o estar a merced de las consignas de otra camarilla. Criticar dialógicamente y controlar el poder de los gobernantes no es sino otra forma, aunque fundamental para un demócrata, de hacer política democrática, o sea, de contribuir a formar y conformar un “imaginario social”, un espíritu público, sin el cual la vida de los hombres quedaría reducida a la lucha animal por la mera sobrevivencia. Algo similar puede decirse de la crítica y la confrontación de ideas entre pares y colegas. El disenso, cuando está bien fundamentado, hace prosperar el conocimiento.


[1] Una búsqueda similar puede encontrarse en: E. Said, Representaciones del intelectual, Madrid, Paidós, 1996.

[2] El famoso “J’áccuse” de Zola puede leerse en: Yo acuso, Madrid, El Viejo Topo, 1998.

[3] J. Benda La trahison des clercs, París, Grasset, 1927.

[4] A. Gramsci, Gli intellectuali e l’organizzatione della cultura, Turín, Einaudi, 1949.

[5] R. Aron, L’opium des intellectuels, París, Calmann-Lévy, 1955.

[6] J. F. Lyotard, “Tombeau de l’intellectuel”, Le Monde, París, 8 de octubre de 1983.

[7] M. Foucault, Power/Knowledge. Selected Interviews and Other Writtings, 1972-1977, Hemet Hempstead, Harcester Press, 1981.

[8] P. Nora, “Que peuvent les intellectuels?”, Le Débat, París, núm. 1, mayo de 1980.

[9] P. Bourdieu, Homo academicus, París, Minuit, 1984.

[10] A. W. Gouldner, The Future of Intellectuals and the Rise of the New Class, Londres, The Macmillan Press, 1979.

[11] R. Jacoby, The Last Intellectuals: American Culture in the Age of Academe, Nueva York, Basic Books, 1987.

[12] R. Posner, Public Intellectuals. A Study of Decline, Harvard, Harvard University Press, 2003.

[13] P. Johnson, Intelectualls, Nueva Cork, Haspers and Row, 1988.

[14] G. Zaid, “Intelectuales”, Vuelta, México, núm. 168, noviembre de 1990, pp. 21-23.

[15] Muchos intelectuales en distintas épocas y contextos han defendido teóricamente este tipo de posiciones. Véase, por ejemplo, C. Wrigtt Mills, Power, Politics, and People, Nueva York, Ballantine, 1963; I. Berlin, Russian Thinkers, Londres, Penguin, 1980; N. Bobbio, Politica e cultura, Turín, Einaudi, 1955.

[16] Entre otros estudios, recomendamos los siguientes: J. A. Aguilar Rivera, La sombra de Ulises: ensayos sobre intelectuales mexicanos y norteamericanos, México, cide/M. A. Porrúa, 1998; R. Bartra, La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición postmexicana, México, Océano, 1999; R. Bartra, Oficio mexicano, México, Grijalbo, 1993; R. A. Camp, Los intelectuales y el Estado en el México del siglo xx, México, fce, 1995; P. Jiménez Trejo y A. Toledo, Creación y poder: Nueve retratos de intelectuales, México, Joaquín Mortiz, 1994; E. Krauze, Caudillos culturales en la Revolución Mexicana, México, Siglo xxi, 1976; X. Rodríguez Ledesma, Escritores y poder en México. La dualidad republicana, 1968-1994, México, upn, 2002; M. Tenorio-Trillo, De cómo ignorar, México, cide/fce, 2000; A. Villegas, Autognosis: el pensamiento mexicano en el siglo XX, México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1985; G. Zaid, De los libros al poder, México, Océano, 1998.

[17] El concepto de “mandarín” fue utilizado originalmente por Max Weber en sus estudios sobre la clase intelectual de los grandes funcionarios civiles o militares en el imperio chino. Su equivalente más cercano a nuestra idiosincrasia mexicana sería el de “cacique cultural”.

[18] A. Echegollen, “Las cuitas de Ícaro”, Bucareli 8, México, 12 de febrero de 2006, pp. 12-13.

[19] D. Cosío Villegas, Imprenta y vida pública, México, FCE, 1985.

[20] Voltaire, Opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Alfaguara, 1978, p. 99.

[21] Véase por ejemplo, el capítulo 9 del presente volumen: “Claroscuros de una reforma”.

[22] D. Cossío Villegas, “La crisis de México”, Cuadernos Americanos, México, núm. 32, marzo-abril de 1947, pp. 29-51.

[23] Véase, por ejemplo, D. Cosío Villegas, El estilo personal de gobernar, México, J. Mortiz, 1974; D. Cosío Villegas, El sistema político mexicano. Las posibilidades de cambio, México, J. Mortiz, 1972; D. Cosío Villegas, Memorias, México, J. Mortiz, 1976.

[24] D. Cosío Villegas, “La crisis…”, cit., p. 47.

[25] Idem.

[26] Véase, por ejemplo, O. Paz, El laberinto de la soledad, México, FCE, 1984; O. Paz, El ogro filantrópico. Historia y política, 1971-1978, México, Joaquín Mortiz, 1979; O. Paz, Posdata, México, Siglo XXI, 1983; O. Paz, Tiempo nublado, México, Seix Barral, 1983.

[27] Véase, por ejemplo, G. Zaid, De los libros al poder, México, Grijalbo, 1988.

[28] Véase el capítulo 2 de este volumen: “El evangelio de la transición”.

[29] Véase, por ejemplo, J. A. Aguilar Rivera, La sombra de…, cit.; X. Rodríguez Ledesma, El poder frente a las letras. Vicisitudes republicanas (1994-2001), México, UPN, 2003; J. Ibarguengoitia, Ideas en venta, México, Joaquín Mortiz, 1997; V. Roura, Codicia e intelectualidad, México, Lectorum, 2004; E. Serna, Las caricaturas me hacen llorar, México, Joaquín Mortiz, 1996; M. Tenorio-Trillo, De cómo ignorar, México, cide/fce, 2000. J. Volpi, “El fin de la conjura”, Letras Libres, vol. 2, núm. 22, octubre de 2000, pp. 56-60; C. Cansino, “La crítica del poder o el poder de la crítica”, Bucareli 8, México, 12 de febrero de 2001, pp. 8-11.

¿Y por qué no hablar de los ínferos chilangos? Aquí me tocó nacer y vivir. En esta Ciudad ilimitada, ancha de caderas, vasta, rolliza, exuberante, desparramada, abultada, generosa, inabarcable, extensa, interminable, enorme, infinita, grasosa, gorda. En esta Ciudad caótica, neurótica, histérica, desquiciada, desahuciada, complicada, enferma, insana, delirante, atolondrada, loca. En esta Ciudad entrampada, laberíntica, emboscada, enmarañada, embrollada, revuelta, patas p’arriba, complicada, imposible. En esta Ciudad arruinada, abandonada a su suerte, arrasada, devastada, derrumbada, demolida, decaída, abatida, arrumbada, hundida. En esta Ciudad indefinida, vaga, confusa, imprecisa, borrosa, indeterminada, turbia, enigmática, nebulosa. En esta Ciudad perdida, ambulante, vagabunda, errante, diletante, nómada, inestable, vacilante, insegura. En esta Ciudad pordiosera, miserable, pobre, ruin, indigente, necesitada, limosnera, mendiga, marginada, arrinconada. En esta Ciudad hacinada, aglomerada, amontonada, apilada, agolpada, apiñada, atiborrada. En esta Ciudad subterránea, profunda, recóndita, enterrada, asfixiante, agobiante, extenuante, sofocante, seca. En esta Ciudad transgresiva, transcultural, sacrílega, esotérica, pagana, blasfema, irreverente, condenada. En esta Ciudad criminal, ratera, ladrona, basculeadora, corrupta, secuestradora, traficante, drogada, sicaria, asesina, fatal, moribunda, mortal. En esta Ciudad enigmática, misteriosa, rara, extraña, inaudita, insólita, extravagante, inusitada. En esta Ciudad lánguida, triste, ensimismada, absorta, abstraída, melancólica, taciturna, adolorida, apesadumbrada, abatida. En esta Ciudad soñolienta, cansada, agotada, exhausta, debilitada, desfallecida, abrumada, fastidiada. En esta Ciudad recargada, barroca, atiborrada, churrigueresca, repleta, saturada, llena, embarazada, bizarra. En esta Ciudad indiferente, fría, egoísta, materialista, pasiva, cabrona, aprovechada, altanera, chingaquedito, inhóspita. En esta Ciudad enojada, irritada, molesta, agresiva, malhumorada, hastiada, adusta, fastidiada, brusca, bronca. En esta Ciudad guadalupana, milagrosa, religiosa, beata, mojigata, prodigiosa, santa, bendita, papista. En esta Ciudad pecadora, puta, promiscua, indecente, desvergonzada, callejera, adúltera, resbalosa, descarada. En esta Ciudad abusiva, gandalla, sórdida, peligrosa, violenta, culera, cruel, malvada, perversa, hijadeputa, dura. En esta Ciudad mancillada, maltratada, humillada, ultrajada, desgarrada, violada, apañada, apuñalada, acuchillada, profanada. En esta Ciudad pisoteada, escupida, cagada, miada, sudada, vomitada, excretada. En esta Ciudad olorosa, sucia, pestilente, hedionda, gedionda, maloliente, nauseabunda, apestosa, fétida. En esta Ciudad dividida, fragmentada, partida, cortada,quebrada, rota, quebrantada, fraccionada. En esta Ciudad odiada, envidiada, deseada, amada, extrañada, querida, idealizada, dolida. En esta Ciudad ruidosa, escandalosa, cohetera, vehemente, impulsiva, exagerada, alocada, extrovertida, desbordada, aparatosa. En esta Ciudad corrosiva, ácida, irónica, hipócrita, cínica, virulenta, venenosa, sarcástica, punzante. En esta Ciudad diferente, única, incomparable, majestuosa, chingona, seductora, avasallante, grandilocuente, sorprendente. En esta Ciudad salvaje, bárbara, irracional, brutal, bestial, tosca, ruda, tozuda, atroz, sanguinaria, animal. En esta Ciudad contaminada, infectada, intoxicada, contagiada, grisácea, dañina, nociva. En esta Ciudad atascada, golosa, fritanguera, tortera, taquera, dulcera, pulquera, chelera. En esta Ciudad diabética, sidosa, obesa, cancerosa, anémica, asmática, paralítica, tullida, ciega, coja. En esta Ciudad movediza, escurridiza, evasiva, resbaladiza, temblorosa, variable, imparable, incontenible. En esta Ciudad irresponsable, inconsciente, insensata, imprudente, necia, irreflexiva, enajenada, aturdida. En esta Ciudad creativa, inventiva, original, ingeniosa, dinámica, astuta, ocurrente. En esta Ciudad necia, terca, porfiada, testaruda, cabezadura, pertinaz, obstinada. En esta Ciudad divertida, parrandera, fiestera, bailadora, borracha, chupadora, cojedora, pajera, futbolera, populachera. En esta Ciudad desigual, injusta, intolerante, racista, discriminadora, excluyente, clasista, mestiza, machista, feminista. En esta Ciudad chismosa, metiche, mentirosa, habladora, ofensiva, hiriente, imprudente, borlotera, curiosa, chorera, argüendera. En esta Ciudad naca, corriente, vulgar, malhablada, ignorante, ordinaria, grosera, burlona, vociferante, chilanga. En esta Ciudad conformista, valemadrista, acarreada, perredista, vacilante, dejada, mediocre. En esta Ciudad vanidosa, engreída, fresa, presumida, coqueta, petulante, presuntuosa, frívola, cafetera. En esta Ciudad múltiple, diversa, plural, heterogénea, compleja, híbrida. En esta Ciudad cara, dispendiosa, despilfarradora, consumista, costosa, excesiva, endeudada, empeñada, endrogada. En esta Ciudad hermética, cerrada, enmascarada, disfrazada, camuflada, disimulada, encubierta, desfigurada, oculta, escondida. En esta Ciudad intransitable, multitudinaria, embotellada, masiva, accidentada, profusa. En esta Ciudad inexplicable, incomprensible, impenetrable, inasible, inaccesible, ininteligible, impredecible…  ¿Y por qué no —decía—, si hay tanto que decir?

I
Esto de la independencia intelectual ha terminado por ser en México motivo de mofa y burla entre los intelectuales y los académicos, algo tan escasamente apreciado o cultivado por los creadores intelectuales que parece una broma, un asunto de ilusos o trasnochados y que como tal ha dejado de tener cualquier importancia o valor en la actualidad, suponiendo que algún día lo tuvo. La corriente dominante al respecto es tan abrumadora que a veces me pregunto si no vivo en el error al seguir defendiendo rabiosamente mi independencia intelectual, a sabiendas de que mi intransigencia con ello me cierra permanentemente muchas posibilidades económicas y me aleja de todo tipo de prebendas y mecenas. Hoy en día, lo más cómodo y rentable para quienes trabajamos con las ideas, o sea escribimos libros, impartimos conferencias, damos clases y publicamos artículos y ensayos en publicaciones especializadas o de divulgación, es ofertar nuestros “servicios profesionales” al mejor postor, sea un partido político, un candidato, una dependencia pública, un organismo electoral, un congreso, un funcionario, un diputado, un gobierno, una paraestatal, etcétera. A estas alturas, nadie se cuestiona si con ello se pierde credibilidad como intelectual, pues todo el mundo lo hace. Más aún, en un medio profesional tan acostumbrado a emplearse con los poderosos —ya sea como asesores, consultores, promotores, ideólogos o mercadólogos—, reivindicar la independencia intelectual de cualquier tipo de contacto con el poder, por considerar que es un principio ético inherente al trabajo intelectual, resulta una tarea inútil y hasta frívola. Así, por ejemplo, pretender explicar a mis colegas que el único compromiso plausible de los intelectuales es con las ideas, para lo cual se requiere plena independencia del poder, ha terminado por ser una necedad, pues por lo general ninguno se hace problemas con ello, simplemente se acomodan a lo que pueden, convencidos de que su contacto con el poder (o de plano el convertirse en intelectuales orgánicos) no les resta credibilidad, no los inhibe o compromete a la hora de opinar, ni les resta méritos, cosa que sólo puede creerse desde el autoengaño y la mutua complacencia, o sea donde todos actúan igual y nadie cuestiona ni crítica a nadie.

Quizá en el viejo régimen priista existía entre los intelectuales algún tipo de resquemor o prurito al respecto por cuanto su cercanía con el Príncipe los volvía cómplices voluntarios o involuntarios de un régimen autoritario, motivo por el cual, los más cautelosos, trataban de ocultar en público lo que hacían en privado para el poder, en un juego de simulaciones que tarde o temprano terminaba por descubrirse. Pero ahora que vivimos en democracia, ese tipo de sutilezas simplemente ha desaparecido. Es como si la democracia purificara a los intelectuales y hasta los alentara a relacionarse con el partido o el político de su preferencia, pues colaborar con el poder ya no tiene la carga negativa que tuvo en la era autoritaria. Obviamente, en esas circunstancias, ya nada hay de valor en la independencia intelectual. Lo que hoy se admira y envidia, aunque no se reconozca abiertamente, es más bien la capacidad de los intelectuales para colocarse con los poderosos y obtener de ellos todo tipo de apoyos, o sea entre más un intelectual es capaz de conseguir del poder más hábil y respetado es por sus pares, sin importar que sus ideas están ahora determinadas o condicionadas por su jefe o patrón de turno. Podría hacerse una analogía con el machismo, entre más mujeres conquista un hombre, más respetado y envidiado es por sus amigos, sin importar que el macho engañe a su esposa y a todas las demás mujeres con las que anda. De ahí que insistir con Gabriel Zaid que los intelectuales también hacen política, pero apartidista, alejada del poder, con la fuerza de las ideas y la crítica, sin más compromiso que con la verdad, resulta en la actualidad una ociosidad, una ocurrencia ridícula.

Sobre el reconocimiento social que ha adquirido entre los intelectuales el emplearse como asesores o consultores o ideólogos, permítaseme narrar una experiencia personal. No hace mucho rechacé un salario bastante considerable para asesorar a un magistrado del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF). Cuando se enteraron mis amigos que había resistido la oferta fiel a mis principios de independencia intelectual, de “pendejo” no me bajaron. Luego me enteré, por boca del mismo magistrado, que en el TEPJF trabajaban como asesores prácticamente todos los intelectuales más conocidos del país (no viene al caso nombrarlos, pero son precisamente los que los lectores más perspicaces tienen en mente), y entendí porque nadie había criticado o cuestionado seriamente hasta ahora la labor de esta institución, presa de múltiples inconsistencias, desatinos y excesos, empezando por el millonario salario que perciben los magistrados, sólo comparable a lo que gana un Cristiano Ronaldo o un Kaká. Y esto de las asesorías se repite en todas las dependencias gubernamentales. Hay intelectuales o académicos que asesoran a diez o más instituciones simultáneamente, con lo que sus ingresos personales también se acercan a los de aquellos futbolistas. Obviamente, con tales percepciones la independencia intelectual resulta algo irrisorio.

II
Cuando una nueva manera de pensar o actuar se vuelve común o rutinaria, incluso las palabras otrora referenciales se vacían de los significados que alguna vez tuvieron, se convierten en cascarones huecos que cada quien llena a su conveniencia. Tal es el caso de la expresión “independencia intelectual”, que ha terminado por ser todo y nada al mismo tiempo, al grado de que con frecuencia se emplea para justificar precisamente lo contrario que la acepción original postulaba, algo así como una carta de presentación de la que se ufanan algunos intelectuales para ¡emplearse con algún partido o dependencia pública! o una condición pasajera que hay que sobrellevar con dignidad en las épocas de vacas flacas, o sea cuando no se tiene ningún contrato o chamba con algún político o funcionario. Por ello, conviene hacer algunas precisiones necesarias a la luz de las nuevas connotaciones que la expresión suscita en la actualidad.

1. La independencia intelectual no es una cuestión de grado: no se puede ser poco independiente o ligeramente independiente o muy independiente, simplemente se es independiente o no se es, igual que no se puede estar poco embarazada o ligeramente embarazada o muy embarazada. La independencia intelectual es más bien una condición según la cual los intelectuales no venden bajo ninguna circunstancia su trabajo ni sus ideas a ningún político, funcionario, partido o dependencia pública, ni como asesores o ideólogos o consultores o mercadólogos. Para el efecto, no cabe argumentar que apoyar a un candidato en su campaña compromete menos la independencia intelectual que asesorar a un político en funciones. Ambas son actividades que condicionan las opiniones públicas del intelectual. Tampoco cabe sostener que una consultoría poco remunerada es menos comprometedora que una muy bien pagada, pues la independencia intelectual no es una cuestión de tarifas sino de principios. Quien se toma en serio su trabajo como intelectual, o sea quien no le pone precio a sus ideas ni traiciona su libre albedrio para expresarlas, resistirá siempre el canto de las sirenas de los poderosos. Por lo demás, es sabido que el que paga exige, comenzando por la lealtad o el apoyo de sus empleados, o sea que les solicita una suerte de complicidad no declarada que mata la independencia del intelectual. Por desgracia, muchos intelectuales o académicos ocultan denodadamente sus múltiples asesorías para partidos y políticos, y actúan como si ello no vulnerara sus posiciones públicas ni su congruencia, pero cuando uno escucha o lee sus opiniones deslavadas y timoratas se percata inmediatamente que su pluma tiene mordaza, que aplican la edulcoración para no generar suspicacias en sus patrones o poner en riesgo sus chambas. Quizá por eso es tan difícil encontrar en los medios en general y en la prensa escrita en particular críticas agudas y audaces por parte de los intelectuales, críticas y posicionamientos que por lo demás coincidan de manera natural con lo que la gente común y corriente observa y piensa todos los días respecto de sus autoridades y gobernantes. Si antes, en el viejo régimen, los intelectuales eran por esta vía cómplices del autoritarismo, ahora, en la nueva democracia, son cómplices de la mediocridad, la voracidad y el cinismo de la casta política. Los políticos profesionales, por su parte, saben muy bien que es mejor tener de su lado a los intelectuales que tenerlos en contra, y éstos difícilmente rechazarán —para parafrasear a Álvaro Obregón— un “cañonazo” de muchos miles de pesos. Quienes así procedan podrán insistir que son intelectuales, pero no que son independientes, si acaso —para utilizar la conocida expresión de Antonio Gramsci— “intelectuales orgánicos”.

2. la independencia intelectual no es algo circunstancial o temporal: no se puede decir que antes fui independiente y ahora ya no lo soy, pero mañana lo volveré a ser. El intelectual que alguna vez vendió sus ideas y se autocensuró por ello no tendrá reparo en volverlo a hacer, pero aún en el caso de que un buen día decidiera nunca más emplearse por un político o un partido, difícilmente podrá sacudirse el estigma de haber sido leal o servil en algún momento a algún poderoso. Ciertamente, en el viejo régimen, permanecer independiente era una opción poco rentable para los intelectuales, pues el sistema se encargaba de marginar y aislar a quienes se resistían a ser cooptados, pero en el nuevo régimen democrático la servidumbre de los intelectuales a los poderosos es voluntaria y hasta socialmente aceptada, pero aún así suponer que colaborar con un gobernante o un funcionario no compromete la independencia de los intelectuales es una falacia. Por eso, acomodarse al mejor postor y manejar las lealtades políticas a conveniencia de los intelectuales no puede hacerse como quien se cambia de calcetines, sino que algo siempre permanece en ellos de sus veleidades y debilidades del pasado, así sea el recuerdo de sus pares. Para quienes, en casos extremos, se desempeñaron un tiempo como políticos profesionales, líderes de partido o funcionarios, y después decidieron dedicarse a la academia y cultivar las ideas, sus vínculos políticos del pasado siempre los acompañarán por más que pretendan desenfadarse de ellos para ostentarse como librepensadores. Lo más sano para ellos es asumir públicamente los costos de su inserción orgánica en el poder antes que tejer todo tipo de justificaciones sobre su supuesta nueva condición de independencia intelectual, sobre todo si en el pasado militaron activamente en un partido. Como quiera que sea, nunca podrán remover los escombros del pasado y será inevitable leer sus libros y ensayos en función de lo que defendieron en su momento como políticos profesionales o líderes partidistas. Por el contrario, si el camino es inverso, o sea de la academia al poder, los intelectuales deberán asumir también el costo de su inserción, o sea —como decía Daniel Cosío Villegas— renunciar a ser intelectuales. Aquí entran todo tipo de cargos públicos, desde dependencias gubernamentales hasta el servicio exterior de carrera, pasando por paraestatales como el Instituto Federal Electoral o el Instituto Federal de Acceso a la Información o el Poder Legislativo. Huelga decir que los intelectuales y académicos que se emplean en este tipo de instituciones, ya sea como agregados culturales, consejeros electorales, consejeros ciudadanos, etcétera, lo hacen más por sus vínculos y buenas relaciones con algún partido o político que por sus méritos profesionales, o sea mediante designaciones disfrazadas de transparencia y equidad. Sirvan estas consideraciones como enseñanza para los jóvenes que inician sus carreras en la academia y/o el mundo cultural. A la larga todo abona a su credibilidad y prestigio si es que realmente aspiran a proyectarse como intelectuales genuinos; todo desliz o devaneo con el poder los perseguirá a lo largo de su trayectoria.

3. La independencia intelectual no supone para los intelectuales renunciar a hacer política pero sí a vender su pluma y sus ideas a los políticos profesionales. Desde la independencia, un intelectual puede opinar sobre todo lo que le preocupa sin más límite que su conciencia y sus convicciones; puede incluso hacer públicas sus afinidades ideológicas o partidistas, pero cuando cobra por asesorar a políticos profesionales o para apoyar a un partido o un candidato a algún cargo de representación popular o busca deliberadamente un beneficio personal con ello, sus ideas no sólo pierden autonomía sino también credibilidad, de algún modo se vuelve él mismo un político profesional pues vive de la política. Lejos de ello, las armas de los intelectuales independientes son la crítica, la denuncia y la razón, sin más compromiso que con la verdad; es una forma de hacer política en la medida que, por ejemplo, busca influir en la opinión pública y propiciar un debate que desafíe a los poderosos cuando éstos se extralimitan en sus funciones, abusan de sus cargos o actúan a espaldas de la ciudadanía o por encima de la ley. Ahora bien, no todo contacto o relación con el poder vuelve a los intelectuales en comparsas. No es lo mismo, por ejemplo, cobrar por dar una asesoría o una consultoría, que es una forma eufemística para decir que un intelectual vende sus opiniones a un funcionario o un político a cambio de ciertas lealtades, que hacerlo por dar una conferencia contratada por alguna dependencia pública o un partido. En el primer caso se establece un vínculo profesional que en mayor o menor medida condiciona las opiniones públicas del intelectual si es que pretende mantener la chamba, en el segundo se le contrata ocasionalmente para opinar libremente sobre un tema sin ningún tipo de recomendación o reconvención por parte del contratante. Si acaso, cuando las ideas del conferencista no caen bien o resultan incomodas para los anfitriones, lo más seguro es que éstos no volverán a invitarlo.

4. La independencia intelectual no se pierde en automático por trabajar en algunos sectores del Estado o en algunos medios ideológicamente cercanos a un partido o a una autoridad. Hay quien sostiene, por ejemplo, que desde el momento que un creador intelectual se contrata como profesor por una universidad pública, o sea del Estado, pierde autonomía intelectual, o si trabaja para un medio de comunicación que recibe patrocinios gubernamentales, también la pierde. A lo que hay que aclarar que no es lo mismo contratarse por el Estado que hacerlo por un gobierno o una empresa privada. En el primer caso, las universidades públicas ciertamente reciben subsidios del Estado, pues es una obligación de éste canalizar recursos para la educación y la investigación sin más interés que cumplir con sus responsabilidades constitucionales en materia social. La educación en sí misma no es botín de intereses políticos o partidistas, amén de que las universidades públicas gozan de plena autonomía para desarrollar sus actividades. De ahí que trabajar en ellas no tiene nada que ver con la independencia intelectual de sus cuadros académicos. Algo muy distinto que contratarse por el gobierno en cualquiera de sus niveles o poderes, pues aquí sí los intelectuales mantienen un vínculo profesional con autoridades y funcionarios emanados de una fuerza partidista con una orientación ideológica y/o intereses políticos más o menos definidos en sus contenidos. Pero si trabajar en una universidad pública no incide directamente en la independencia intelectual, tomar partido o participar de un grupo de poder dentro de la misma, como los muchos grupos mafiosos y caciquiles que subsisten en el seno de la gran mayoría de ellas, sí vulnera la independencia intelectual pues condiciona las posiciones públicas de los intelectuales en los asuntos internos de la universidad. En cuanto a trabajar en los medios de comunicación, cualquiera sabe que siguen siendo presa fácil de todo tipo de condicionamientos políticos por cuanto la gran mayoría de ellos depende prácticamente de los patrocinios oficiales para sobrevivir. Y sin embargo, existen algunos medios, muy pocos por cierto, que están plenamente comprometidos con la libertad de expresión. De ahí que un intelectual que aprecia su independencia puede colaborar en ellos siempre y cuando sus opiniones no sean censuradas o tergiversadas por sus directivos, cuyo principal objetivo es conservar el presupuesto oficial. Por lo demás, trabajar en un medio de comunicación coloca a los intelectuales en posición franca para ser sobornados, o sea “contactados” para decir ciertas cosas que convienen a los políticos profesionales. Huelga decir que en estos casos, “chayote” mata no sólo la independencia intelectual, sino al propio intelectual, aunque muchos intelectuales mediáticos se las ingenian para allegarse este tipo de “prestaciones” sin fallecer en el intento.

5. La independencia intelectual no es un medio para obtener ciertos fines sino una cuestión de principios. Suponer que mantenerse al margen del poder es una práctica rentable es un error. Si la academia paga mal, la independencia paga peor. De ahí que la inmensa mayoría de los intelectuales termina acomodándose donde puede sin importar que con ello se conviertan en mercenarios al servicio de un político o un gobierno. Y sin embargo, pésele a quien le pese, lo único que confiere credibilidad a un intelectual es mantenerse al margen del poder. Por esta vía, quizá no se tanga acceso a los reflectores y a los grandes negocios, pero es la única manera de ser congruente con una actividad noble, pero que sus propios cultivadores han terminado por desprestigiar y prostituir. Por ellos, precisamente, ser intelectual ha dejado de tener una estimación social; para los demás, ser intelectual es sinónimo de ser un oportunista o un mercenario, un trepador que se vende al mejor postor, un cómplice del cinismo y la mediocridad de la casta política a la que le sirve con lealtad. Y sin embargo, dejar en claro las cosas no lleva a ningún lado. Lo que yo pueda decir sobre la independencia intelectual no cambiará nada, a no ser que mis colegas me consideren un bicho raro, un iluso sin remedio.

III
Por todo ello, la independencia intelectual es también una elección entre la congruencia que supone el quehacer intelectual y la degradación de nuestro oficio. En lo personal, al final del día, prefiero que mis interlocutores opinen que mis libros y ensayos son insustanciales o irrelevantes a que digan que soy un intelectual vendido. Más vale pobre, pero honrado. Más vale navegar a contracorriente que subirse al barco de la conveniencia. Más vale el ostracismo que la incongruencia. Algo que por lo demás prácticamente ninguno de mis colegas puede decir de sí mismos sin faltar a la verdad, aunque la estulticia lleve a alguno a creerse “ligeramente” independiente.

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