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1. Introducción

El 2011 vio el inicio de un conjunto de revueltas en el Norte de África y Oriente Medio que sorprendió al mundo, pues propició la caída de algunos de los dictadores más temibles y obstinados de esa parte del planeta, como Hosni Mubarak en Egipto, Muamar Gadafi en Libia, Ben Ali en Túnez, además de varias rebeliones en curso contra las dictaduras de los Asad en Siria y los Khalifah en Bahréin. Casi inmediatamente, la prensa mundial bautizó esos movimientos como la “Primavera árabe”, mientras que muchos analistas políticos, con más ignorancia que fortuna, los calificaron como la “Cuarta Ola de democratizaciones en el mundo”,[1] de acuerdo a una conocida terminología elaborada por el politólogo estadounidense Samuel Huntington en su libro La tercera ola. La democratización a finales del siglo XX (1994).

                Como suele ocurrir, la prensa resultó más elocuente y efectiva que la academia a la hora de caracterizar estos movimientos populares, pues en estricto sentido, siguiendo a Huntington con rigor, la Primavera árabe no califica para ser concebida como una cuarta ola de democratizaciones, si acaso como la cola de la tercera ola iniciada a mediados de la década de los setenta del siglo pasado en el Sur de Europa.[2] Y no es que me preocupe preservar la pureza semántica de las categorías de Huntington, pues a final de cuentas las ciencias sociales son y seguirán siendo absolutamente promiscuas y eclécticas en el empleo de sus conceptos y métodos,[3] amén de que ni el libro mencionado ni su autor me merecen alguna consideración intelectual,[4] sino que una caracterización superficial o arbitraria de estos procesos puede llevarnos a descuidar o confundir las verdaderas transformaciones que han experimentado las democracias modernas en los últimos años, y que sí califican como una cuarta ola o ciclo de democratizaciones, si con ello se pretende destacar un proceso totalmente distinto, original y promisorio en el largo camino que nos ha conducido a la mayoría de las naciones del mundo hacia la democracia, una suerte de vuelta de tuerca en la democratización. Me refiero a los movimientos de indignados en varias partes del mundo, como España o Grecia en Europa, y Estados Unidos o México en América, por citar las experiencias más conocidas, y que al igual que los movimientos de la Primavera árabe iniciaron en el 2011.

                De ahí que me propongo en este ensayo examinar la novedad de estos movimientos sociales —tanto la Primavera árabe como los indignados— para la democracia, o sea su aporte simbólico y práctico en lo que llamaré la “democratización de la democracia”, así como desmitificar ciertas caracterizaciones apresuradas sobre dichos movimientos que en lugar de aclarar su significado y alcance lo oscurecen sin remedio. Mi tesis es que por efecto de algunos de estos movimientos sociales nos encontramos en una nueva era u ola de democratizaciones donde el dato realmente relevante es la afirmación o empoderamiento de la ciudadanía con respecto a la política institucional, una fase que cristaliza en ciernes el entendimiento de la democracia como forma de vida, y del espacio público, como el lugar decisivo de la política democrática.

2. La Primavera árabe

Los movimientos de la Primavera árabe no califican como “cuarta ola” porque no ofrecen ninguna novedad respecto a las democratizaciones que se han sucedido en el mundo desde los años setenta, o sea la tercera ola: se trata de transiciones desde dictaduras militares o personalistas, con protestas sociales más o menos consistentes e intermitentes, con fracturas en el grupo de apoyo de los dictadores que les restó centralidad, con la emergencia de nuevos actores políticos y que eventualmente asumen nuevos roles de oposición para promover cambios políticos estructurales, entre otras muchas coincidencias. Si acaso, estas transiciones presentan la particularidad de generarse en el seno de sociedades cruzadas por el clivaje religioso islámico y fundamentalista, ausente en las transiciones democráticas occidentales, el cual ha sido largamente utilizado a conveniencia por los tiranos de la región. Hecho que sin duda inhibirá que estos países transiten de manera inequívoca a regímenes democráticos efectivos y plenamente respetuosos de los derechos individuales, tal y como lo establecen los cánones occidentales. Lejos de ello, lo que veremos en el norte de África y el Medio Oriente en los próximos años serán largos e inciertos experimentos de transformación, cruzados por guerras civiles y conflictos religiosos seguramente violentos, así como intentos de varios países de la zona por interferir en los procesos de apertura iniciados en 2011 para conseguir así aliados frente a lo que los fundamentalistas consideran como sus verdaderos enemigos, como Israel o Estados Unidos.

                Pongamos como ejemplo los casos de Egipto y Libia. En el primero, Mubarak llegó al poder en 1981 mediante un golpe de Estado. Como cualquier tirano en el poder, Mubarak cometió todo tipo de crímenes y excesos, lo que a larga le valdría el repudio de su pueblo, no obstante ciertos logros económicos y diplomáticos alcanzados durante su mandato (como su mediación en 1993  en los acuerdos que llevaron al inicio de la autonomía palestina), gracias a las buenas relaciones que supo mantener con sus vecinos. En 2003 surgió un movimiento disidente, conocido popularmente como Kifaya, que buscaba una vuelta a la democracia y mayores libertades civiles, y que es el antecedente de las revueltas de 2011. Sin embargo, no fue hasta febrero de este año cuando se consiguió derrocar a Mubarak y su régimen mediante dos semanas de manifestaciones. El foco principal y permanente de la rebelión fue la famosa y representativa “Midan Tahrir” (Plaza de la Liberación), en el centro de El Cairo, donde se congregaban a diario varios cientos de miles de manifestantes. Recientemente, el 24 de junio de 2012, Egipto celebró las primeras elecciones presidenciales democráticas con más de un candidato de su historia, aunque sigue pendiente la aprobación de una nueva Constitución. Pese a estos avances indudables nadie podría afirmar todavía que Egipto se encuentra en una sendero democratizador claro e irreversible.

                El caso de Libia es muy similar. A principios del 2011, al calor de la Primavera árabe iniciada en Egipto y Túnez, se produce una serie de protestas y una parte de la población de Libia se manifiesta contra el régimen de Gadafi mientras otro segmento mantiene su apoyo. Mediante comités populares, los opositores lograron controlar varias ciudades, aunque el dictador opuso una férrea resistencia en la capital, con 120 mil leales al régimen. La prensa internacional señaló que Gadafi reprimió con gran dureza las manifestaciones mediante mercenarios y ataques aéreos, y en Bengasi al menos 130 militares fueron asesinados por negarse supuestamente a disparar contra el pueblo desarmado, mientras que varios ministros, embajadores y líderes religiosos abandonaron a Gadafi. La ONU (Organización de las Naciones Unidas) estimó en más de 2 mil los muertos civiles a manos del régimen, por lo que emitió la Resolución 1970 de su Consejo de Seguridad y solicitó una investigación internacional sobre la violenta represión y los crímenes de lesa humanidad de Gadafi.  El día 17 de marzo se aprobó la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, estableciendo una zona de exclusión aérea, mientras que Estados Unidos y el Reino Unido lanzaban misiles Tomahawks sobre objetivos militares libios cerca de Trípoli, según la operación “Odisea al amanecer”. Posteriormente, países como España y Dinamarca se unieron a la ofensiva aliada contra Gadafi. El 22 de agosto, tras la batalla de Trípoli, el régimen de Gadafi se desmorona y el 20 de octubre de 2011 concluye este conflicto armado con la toma de Sirte, el último reducto gadafista en pie, y la muerte del tirano. De entonces a la fecha se han dado diversas tentativas para formar un gobierno provisional y de transición, pero el proceso ha estado atravesado por múltiples conflictos y resistencias.

                Pese a sus particularidades, los movimientos de la Primavera árabe ejemplificados aquí con Egipto y Libia comparten muchas similitudes: más que transiciones pactadas con una idea clara o precisa de la democracia como meta, han sido revueltas o revoluciones en contra de tiranías personalistas o para descabezar al régimen dictatorial; proponen una democratización a todas luces novedosa para las naciones involucradas, pues ninguna de ellas posee experiencias o referentes históricos democráticos que anteponer a sus persistentes tiranías; el deseo de libertad ha sido el impulso de sus protagonistas, aún a costa de arriesgar sus vidas; han tenido como detonante una caída brusca en las expectativas de vida de su población en el actual contexto recesivo mundial; han recurrido en mayor o menor medida a las redes sociales como vehículo para socializar su lucha y conquistar adeptos; han tenido el respaldo decisivo de Estados Unidos y otros países europeos, interesados en contar con países aliados en una zona tan conflictiva como esa; no tienen asegurada la democratización de sus respectivos países aún cuando hayan derrocado a sus respectivos tiranos.

                En suma, contrariamente a lo que afirman muchos despistados, los movimientos de la Primavera árabe no califican como cuarta ola, no sólo porque no presentan nada realmente nuevo en la tendencia democratizadora que arrancó hace ya más de cuarenta años, sino porque, lamentablemente, es difícil que desemboquen en un tiempo razonable en democracias liberales estables y ampliamente respaldadas, salvo quizá uno o dos casos.

                Pero esta no es la única confusión que los politólogos han alimentado al referirse a estos movimientos. Así, por ejemplo, hay quien incluye en la cuarta ola, además de la Primavera árabe, otros procesos democratizadores recientes en países de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), como Georgia (“Revolución de la Rosa”), Ucrania (“Revolución Naranja”), Kirguizistán (“Revolución de los Tulipanes”) o Azerbaiyán (la fallida “Revolución de la Sandía”), amén de incluir otros procesos en Oriente Medio, como la frustrada “Revolución Verde” en Irán o las muchas disputas internas en Líbano.[5] Todo lo cual ya raya en el absurdo, pues como sabe todo el mundo el impulso de la mayoría de estos movimientos no ha sido necesariamente democratizador sino separatista, etnicista o fundamentalista.

                Contrariamente a estas caracterizaciones imprecisas e insustanciales, los movimientos de los así llamados indignados generados a partir de 2011 en España sí tienen suficientes atributos novedosos e inéditos como para establecer que con ellos presenciamos el inicio de un nuevo ciclo en el proceso de democratización en el mundo, y cuyos alcances y posibilidades sólo podremos dimensionar en un futuro no muy lejano.

3. Los Indignados

Para entendernos, el movimiento de los indignados surge en España a raíz del 15 de mayo de 2011 (por lo que ahí se le conoce como el “Movimiento 15-M”) con una serie de protestas pacíficas de millones de ciudadanos con la intención de promover una democracia más participativa alejada del bipartidismo PSOE-PP (Partido Socialista Obrero Español y Partido Popular, respectivamente), percibido como nocivo y estancado, así como una “auténtica división de poderes” y otras medidas para mejorar la democracia. Cabe señalar que se trata de un movimiento apartidista (sin afiliación a ningún partido ni sindicato), pacífico, horizontal, espontáneo y transparente. Su lema constitutivo es “¡Democracia Real Ya!” Uno de los efectos inmediatos de las concentraciones masivas del 15-M a lo largo y ancho del país ibérico fue el adelantamiento de las elecciones generales, las cuales llevaron al poder al PP después de un gobierno de pesadilla del PSOE, agravado por la crisis económica, y aunque este movimiento no ha logrado materializar todas sus reivindicaciones sí ha sembrado una semilla que puede dar frutos en el futuro, pero sobre todo, como trataré de explicar más adelante, ha indicado al mundo un camino posible de la mayor importancia simbólica y práctica para la democratización de la democracia, algo que ni sus propios protagonistas imaginaban o dimensionaban ni remotamente.

                Como era de esperarse, el 15-M ha sido víctima de su propio éxito, pues muchos en el poder político y económico ven con preocupación el despertar y el empoderamiento de la sociedad, lo cual puede amenazar sus intereses y privilegios. De ahí que, no obstante la inmensa base social que apoya al movimiento,  se pueden encontrar en los medios y revistas especializadas españoles muchas críticas y descalificaciones para dividir y confundir a la opinión pública, desde los que sostienen que el movimiento terminó siendo cooptado por ciertos grupos políticos para su propia conveniencia hasta los que ven en estas formas de protesta expresiones arbitrarias y antidemocráticas por cuanto afectan los derechos de terceros, como el de transitar libremente por sus calles o abrir sus comercios. Quizá haya buenos argumentos para concederle a estas críticas el beneficio de la duda, pero también es cierto que el origen del 15-M es auténticamente ciudadano, apartidista y pacífico, y que los grandes movimientos sociales suelen contaminarse, desviarse o incluso pervertirse en el camino, un derrotero tan impredecible como posible, pero no por ello paralizante a priori.

                Este movimiento, como todos los que lo han secundado en el mundo, tiene la particularidad de haberse configurado y potencializado a través de las redes sociales, y en especial Twitter, que por la vía de los hechos se han convertido en la moderna ágora de deliberación pública, en la nueva plaza pública, con la peculiaridad de poder conectar en tiempo real a millones de personas, algo simplemente inconcebible hace unos cuantos años. Otra característica es su espontaneidad, pues surge en torno a una demanda sentida por amplios sectores de la población, los cuales se activan con la esperanza de ser escuchados por las autoridades, en una suerte de democracia deliberativa generadora de nuevos contenidos y valores vinculantes.

                En cuanto a los antecedentes intelectuales del 15-M cabe referir el libro ¡Indignaos! (2004) del escritor y diplomático francés Stéphane Hessel, quien plantea un alzamiento contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica, lo que convirtió su obra en un fenómeno mediático-editorial. Cabe señalar que Hessel fue uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, lo que le da gran autoridad moral para sostener en ¡Indignaos! que: “cuando los gobiernos no escuchan al pueblo la democracia se convierte en oligarquía”, algo que por lo demás habían afirmado varios intelectuales en varias partes desde hacía mucho tiempo, como Hannah Arendt (1958, 1993), Cornelius Castoriadis (1975), Claude Lefort  (1983, 1986), Pierre Rossanvalon (1998), Agapito Maestre (1994), entre otros muchos. Otro antecedente de los indignados, curiosamente, son los movimientos de la Primavera árabe, por cuanto enseñaron e inspiraron a las generaciones actuales más jóvenes, y que componen en su gran mayoría a los movimientos de indignados en todo el mundo, el poder de la resistencia y la protesta sociales, al grado de que pudieron derrocar a dictadores de la peor ralea como Mubarak y Gadafi.

               Bajo el influjo de los indignados en España, también se generó un movimiento similar en Gracia, donde vaya que existen buenas razones para la indignación. Aquí, también en 2011, las protestas han estado  exentas de banderas partidistas (lo han intentado los comunistas y tuvieron que salir corriendo), aunque no se puede negar una fuerte influencia izquierdista y un latente trasfondo de partidos progresistas (como en España), pero insisto, hay indignados de todos los colores e inclusive indignados sin color. La indignación griega tiene su origen en la española y como ésta también está organizada principalmente desde las redes sociales. Entre sus logros, el 31 de mayo de 2011 “encerraron” a sus políticos en el Parlamento, hasta que la policía consiguió crear un pasillo para que pudieran ir saliendo.

                En el caso del continente Americano destacan los movimientos de indignados en Estados Unidos y México. En el primer caso, el detonante fue la crisis económica de 2008 y la victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales de ese mismo año. Primero fue el Tea Party, surgido en 2009, para demandar la reducción del gasto público, los impuestos, la deuda externa y el déficit del presupuesto del gobierno federal. En el otro extremo del abanico político, nació otro movimiento popular, sin liderazgo ni propuestas definidas, unido en torno a una indignación común frente a los abusos de los grupos financieros estadunidenses. Ocupar Wall Street se ha extendido a más de 25 ciudades de la Unión Americana. Siguiendo el esquema de los indignados de España, la revista canadiense Adbusters lanzó un llamado a ocupar Wall Street en protesta contra los abusos del sistema financiero estadunidense que ha provocado alzas en vivienda, salud y educación, así como despidos masivos. El primer día sólo se reunieron menos de 300 jóvenes en el parque Zuccotti, cerca del corazón financiero de Manhattan. Tuvieron muy poca cobertura hasta que lograron la atención de los medios internacionales cuando 700 jóvenes fueron detenidos por la policía neoyorquina por manifestarse sin permiso en el puente Brooklyn y recibieron el apoyo de personalidades como Noam Chomsky, Susan Sarandon, Michael Moore o el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, quien escribió en el New York Times: “Tienen razón al acusar a Wall Street de ser una fuerza destructiva económica y políticamente. El movimiento empieza a verse como un acontecimiento importante con posibilidad de transformarse en un punto de quiebre”. En suma, Ocupar Wall Street es una protesta contra la usura de las corporaciones financieras que ocasionaron la crisis económica mundial hace cinco años y recibieron como “recompensa” un rescate de 2 billones de dólares. Es una condena contra la corrupción entre las élites política y económica, también llamada capitalismo de cuates o de truhanes (crony capitalism), en el cual los altos funcionarios gubernamentales buscan el apoyo financiero de las élites empresariales, y viceversa. Dinero a cambio de favores políticos, como el acceso monopólico a ciertos mercados, acceso preferente a empresas gubernamentales y acercamiento a los detentadores del poder político. Ocupar Wall Street también es un grito contra la creciente desigualdad: 46 millones de estadunidenses viven por debajo de la línea de pobreza y 25 millones no tienen empleo. No está claro hasta dónde llegará este movimiento ni cuáles serán sus consecuencias. A primera vista parecería que la protesta de Occupy Wall Street es afín al reclamo que hizo Obama contra los abusos de la élite financiera estadunidense, pero muy pronto quedó claro que nadie puede contra el imbatible poder del dinero: en su gabinete económico permanecieron los principales artífices del desastre financiero.

                En México, por su parte, las manifestaciones de los indignados han sido más bien esporádicas, poco nutridas, y se han articulado en torno a demandas de diverso tipo. Por una parte está el movimiento de indignados encabezado por el poeta Javier Sicilia en contra de la violencia en que el gobierno de Felipe Calderón ha sumido al país con una guerra inútil por sus resultados al crimen organizado. El movimiento se llama Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, y ha logrado sentar a discutir el asunto de la violencia al presidente de la República, a gobernadores y a partidos en una muestra insólita de influencia y protagonismo ciudadano. Sin embargo, en términos prácticos, es muy poco lo que este movimiento ha logrado, más allá de concientizar a la población de la inutilidad de esta guerra tal y como ha sido desplegada por el Estado mexicano. Por otra parte, está el famoso movimiento estudiantil #YoSoy132 surgido espontáneamente para protestar por la imposición mediática tan burda como insultante del candidato priista a la Presidencia, Enrique Peña Nieto. Poco a poco este movimiento logró modificar las percepciones sociales sobre la democracia en México, al exhibir sus muchas inercias autoritarias y regresivas. Al final no cambiaron la historia, pues aspiraban a que el candidato de las televisoras no se llevara el triunfo, cosa que no lograron, pero mostraron una gran capacidad de organización y movilización, pero sobre todo desnudaron a las instituciones en sus perversiones y ambiciones, un paso de la mayor importancia en la necesaria democratización de la incipiente democracia mexicana.

4. Caracterizando la indignación

En términos teóricos, la novedad que los movimientos de indignados presentan en todo el mundo ya no tiene que ver con la instauración de regímenes democráticos desde dictaduras militares, tradicionales o carismáticas —como la Primavera árabe, al menos en el papel— sino con la profundización o perfeccionamiento de la democracia ahí donde ya se ha conquistado en lo general, es decir como forma de gobierno que regula el acceso al poder mediante el sufragio efectivo y el reconocimiento pleno del pluralismo político. Se trata más bien de movimientos sociales múltiples, masivos y heterogéneos que al expresar y canalizar su indignación hacia la política realmente existente y hacia sus representantes políticos en sus respectivos países visibilizan a la ciudadanía y le restituyen una centralidad política que aquéllos le han negado al gobernar en el vacío o a espaldas de la sociedad. En otras palabras, con su protesta los indignados impulsan un tránsito no sólo necesario sino decisivo para el porvenir de la democracia, desde democracias representativas, donde los políticos y partidos sólo apelan a los ciudadanos para obtener su voto, hacia democracias más participativas, donde los representantes no tendrán más remedio que gobernar cada vez más en tensión creativa con la propia ciudadanía, la cual ya no está dispuesta a seguir siendo ignorada o sacrificada en sus demandas y anhelos. En suma, estamos en presencia de movimientos sociales renovadores que al exigir ser escuchados por sus autoridades contribuyen a democratizar la democracia, o sea a sustraerle centralidad a los políticos profesionales en favor de los ciudadanos, principio y fin de cualquier democracia.

                Poner las cosas en esos términos tiene mucho sentido, pues es evidente para cualquiera que la democracia está en crisis en todas partes, no obstante haberse impuesto desde hace mucho en Occidente y en muchas otras regiones como la única forma de gobierno realmente legítima. Se trata sobre todo de una crisis de representación, pues los ciudadanos nos sentimos cada vez menos representados por nuestros gobernantes y partidos, por más que hayan sido elegidos democráticamente para representarnos y tomar decisiones en nuestro nombre. Lo que vemos en todas partes es un proceso de distanciamiento efectivo entre las élites políticas y la sociedad, una suerte de corto circuito que lleva a aquéllas a ignorar a ésta, a tomar decisiones impopulares, como si detentar el poder político los autorizara a gobernar en el vacío.[6] No por casualidad, uno de los temas más recurrentes de la filosofía política contemporánea ha sido precisamente el de repensar la democracia no sólo como forma de gobierno, sino sobre todo como forma de vida en común, como forma de sociedad, lo que supone concebir a la política democrática como el lugar decisivo de la existencia humana, y al espacio público como el lugar de encuentro de los ciudadanos en condiciones mínimas de igualdad y libertad, el espacio natural donde los individuos transparentan (en el sentido de hacer públicos) sus deseos y anhelos, sus frustraciones y congojas, y por esta vía instituyen con sus opiniones y percepciones los valores que han de regir al todo social, incluidos a los políticos profesionales.

                Según esta concepción, nada preexiste al momento del encuentro de ciudadanos libres, el momento político por antonomasia, sino que es ahí, en el intercambio dialógico incluyente y abierto, donde se llenan de contenido los valores vinculantes, sin más guión que la propia indeterminación; o sea, ahí donde se encuentran individuos radicalmente diferentes (como los que integran a cualquier sociedad plural) pueden generarse consensos, pero también acrecentarse las diferencias. Huelga decir que para esta concepción, todo es politizable, a condición de que sea debatible. En suma, según esta noción, los verdaderos sujetos de la política son los ciudadanos desde el momento que externan sus opiniones y fijan sus posiciones sobre todo aquello que les preocupa e inquieta en su entorno cotidiano.

                Lejos de lo que pudiera pensarse, esta forma de vivir la democracia siempre ha existido en las democracias realmente existentes, desde el momento que sólo este tipo de gobierno puede asegurar condiciones mínimas de igualdad ante la ley y de libertad a los ciudadanos, lo cual resulta indispensable para la expresión espontánea y respetuosa de las ideas. Sin embargo, también es verdad que la esfera del poder institucional suele ser ocupada por gobernantes y representantes que, como decíamos, lejos de gobernar en tensión creativa con la sociedad lo hacen en el vacío. Desde cierta tradición teórica, el fenómeno ha sido explicado como una colonización de la sociedad por los sistemas instrumentales del poder y el dinero que todo lo avasallan a su paso.[7] Otros autores, por su parte, ven en el elitismo de la política profesional, en cualquiera de sus manifestaciones posibles —como la oligarquía o la partidocracia—, el impedimento para que la sociedad sea considerada de manera más incluyente por quienes toman las decisiones en su nombre en una democracia representativa.[8]

                Pero independientemente de las explicaciones, lo interesante es señalar que no obstante los factores reales del poder que merman el impacto de la sociedad en la democracia, confinándola casi siempre a legitimar a los políticos profesionales y a los partidos mediante el sufragio, las sociedades nunca han dejado de expresarse, o sea que siempre, en mayor o menor medida, han condicionado el ejercicio del poder, necesitado siempre de legitimidad para conducirse. Es lo que algunos teóricos han denominado la capacidad instituyente de la sociedad desde sus imaginarios colectivos, o sea todo aquello que de manera simbólica construyen las sociedades desde su tradición, su historia, sus percepciones, sus temores y su interacción con otras sociedades.[9] Con lo que queda mejor ilustrada la concepción de la democracia como modo de vida en común. El impacto de esa capacidad o su intensidad pueden variar de una democracia a otra, pero siempre permanece in nuce, ya sea como acción o reacción, a pesar de lo que muchos políticos profesionales quisieran.

                Y es precisamente aquí donde adquiere sentido el aporte de los indignados a la democracia. Los indignados nos recuerdan que la democracia no puede edificarse en el vacío, sino en contacto permanente con la sociedad. Si la representatividad fue la fórmula que permitió que la democracia como forma de gobierno se concretara en sociedades complejas como las modernas, los indignados son una expresión ciudadana auténtica que restituye a la sociedad su centralidad y protagonismo frente a los déficits de representatividad que acusaba desde hace tiempo. De algún modo, los indignados llenan de contenido esa idea clásica de que el poder está en vilo, me refiero al poder ocupado por los políticos profesionales, pues su permanencia o caída depende siempre de una sociedad cada vez más crítica, informada y participativa.

5. De indignados a indignados

Para fines analíticos, conviene no confundir los movimientos de indignados surgidos a partir de 2011 con otras formas de protesta social precedentes, incluso las más cercanas en el tiempo, aunque compartan alguna o algunas de las características de aquéllas, como pudieran ser el “Movimiento Sin Tierra” brasileño, El Foro Social Mundial de Porto Alegre, los altermundistas, el movimiento “¡Que ser vayan todos!” en Argentina, entre muchos más. Digamos que para ser indignados, los movimientos deben cumplir en su totalidad con los siguientes requisitos: ser masivos, heterogéneos, plurales y populares; ser netamente ciudadanos y apartidistas; no contar con una ideología definida; ser tan espontáneos como las propias redes sociales que vehiculan permanentemente el sentir de sus partidarios; emerger en ordenamientos políticos democráticos, aunque la democracia institucional le quede a deber a sus respectivas ciudadanías; no aspiran a instaurar la democracia sino que la ejercen mediante el debate público entre todos, buscando consensos sin pretensiones dogmáticas; ser pacíficos e institucionales, aunque muchas veces busquen reformar las instituciones; dirigir sus reclamos a la autoridad, por cuanto compete a ella responder y atender las demandas sociales; pueden tener liderazgos sociales, pero casi siempre se dan formas de organización horizontales y colectivas, donde todos participan.

                De acuerdo con esta caracterización, queda claro que movimientos sociales como el Foro Social Mundial de Porto Alegre o los altermundistas, aunque muy influyentes y combativos, no califican como indignados, entre otras cosas porque están articulados en torno a una ideología más o menos precisa en sus contenidos, una ideología marxista o de izquierda, anti-neoliberal y anti-imperialista, o porque no fueron espontáneos sino convocados explícitamente por diversas organizaciones civiles y políticas.

                En términos culturales, los indignados aportan a la democracia un conjunto de valores de la mayor relevancia simbólica, pues son movimientos por principio tolerantes con las diferencias, sumamente incluyentes, horizontales en su organización y en la definición de sus acciones. Quizá por ello el verdadero antecedente de estos movimientos haya que buscarlo en la elección de Estados Unidos que llevó a Obama a la presidencia en 2008, por cuanto este hecho posee una carga simbólica inédita para las democracias del porvenir. En efecto, Obama es la constatación viva de que los pueblos cuando se lo proponen pueden reinventarse y llenar de nuevos contenidos los valores que Occidente ha defendido largamente pero nunca ha podido materializar plenamente, como la tolerancia y el respeto a las diferencias, el reconocimiento e inclusión activa de las minorías, la convivencia y la fraternidad más allá de diferencias étnicas, religiosas o ideológicas.

                El mensaje es simple y complejo a la vez, pero para entenderlo debemos hacer a un lado los resentimientos y resabios históricos, justificados o no, contra Estados Unidos, simplemente por el hecho de ser el país más poderoso del planeta. Si la paz es un ideal largamente anhelado y nunca alcanzado  por la humanidad, Obama representa, pésele a quien le pese (a pesar, incluso, de él mismo), el punto más alto conquistado hasta ahora en la búsqueda de ese ideal, es la constatación práctica, por haber alcanzado la presidencia de Estados Unidos siendo él parte de una minoría étnica histórica y largamente discriminada en su país, de que la humanidad sí puede alcanzar estadios superiores de igualdad y tolerancia impensables hace apenas unos cuantos años. Obama, en suma, es la encarnación viva de los ideales siempre pospuestos a favor del reconocimiento y el respeto entre los individuos y las naciones, independientemente de sus diferencias de cualquier índole. El mérito de ello pertenece al  pueblo estadounidense, el cual, a final de cuentas, es el que ha hecho posible este cambio histórico de mentalidades, el que ha exhibido la madurez que otros pueblos igualmente avanzados y supuestamente más progresistas del mundo no han alcanzado todavía, para reinventarse como nación y dejar atrás siglos de discriminaciones y prejuicios étnicos. De ese tamaño es la herencia (y la lección) de Obama para Estados Unidos y el mundo, y de esa magnitud es la transformación que su llegada a la presidencia ha representado para el pueblo estadounidense. Sin lugar a dudas, la presidencia de Obama marca una nueva era para la democracia en América y más allá.[10]

6. La nueva ágora virtual

Dado que las nuevas tecnologías de la comunicación y en particular las redes sociales constituyen el nuevo espacio público de la indignación ciudadana, conviene avanzar algunas ideas al respecto. 

               Ni duda cabe que las redes sociales constituyen en la actualidad la nueva ágora, el lugar donde se construye cotidianamente la ciudadanía y se definen los valores sociales. Si la representatividad fue la fórmula que permitió que la democracia como forma de gobierno se concretara en sociedades complejas como las modernas, las redes sociales son el vehículo moderno que restituye a la sociedad su centralidad y protagonismo frente a los déficits de representatividad que acusaba desde hace tiempo.

               Además, no podía ser de otra manera, pues si las sociedades modernas se han vuelto cada vez más complejas, es decir más pobladas, plurales, activas y heterogéneas, sus formas de expresión no podían limitarse a lo local, sino que para trascender debían irrumpir en el mundo complejo y global de las comunicaciones que sólo las redes sociales pueden ofrecer. Por eso, si en algún lugar se juega hoy la democracia, entendida como el espacio público donde los ciudadanos deliberan desde su radical diferencia sobre todos los asuntos que les conciernen, es en las redes sociales, un puente poderoso que pone en contacto en tiempo real a millones de individuos.

               Huelga decir que la comunicación que fluye en las redes sociales es abierta y libre, pues es un espacio ocupado por los propios usuarios sin más condicionante o límite que su propia capacidad de expresarse. Y no es que las redes sociales vayan a ocupar el lugar que hoy ocupa la representación política, sino que la complementa, la estimula, por cuanto sus mensajes y contenidos ya no pueden ser ignorados por los gobernantes so riesgo de ser exhibidos y enjuiciados públicamente en estos modernos tribunales virtuales. De hecho, los políticos profesionales están cada vez más preocupados por el impacto de las redes sociales, se saben vigilados, observados, y finalmente intuyen que ya no pueden gobernar a espaldas de la ciudadanía. Muchos quieren entrar en las redes sociales, congraciarse con sus usuarios, ser populares, pero no saben cómo hacerlo, pues los usuarios de las redes no se dejan engañar fácilmente, la crítica puede ser implacable. Los políticos profesionales se han dado cuenta por la irrupción de la sociedad en las redes sociales, que ya no pueden apropiarse arbitrariamente de la política, pues la política está hoy más que nunca en todas partes. En suma, las redes sociales reivindican al ciudadano, lo visibilizan frente a la sordina consuetudinaria de los políticos profesionales.

               ¿Por qué este rol que hoy desempeñan las redes sociales no lo realizaron antes otros medios de comunicación, como la radio y la TV? La pregunta tiene sentido, pues mucho antes que llegaran las redes sociales lo hicieron los medios electrónicos, mismos que nunca pudieron convertirse en un foro auténtico de y para los ciudadanos, pese a que muy pronto invadieron todos los hogares. Ciertamente, tanto los medios tradicionales (la prensa, la radio y la TV), como las redes sociales (Twitter, Facebook y otras), son medios de comunicación, pero sería un error meterlos en el mismo saco.

               La primera diferencia es que los medios tradicionales siempre han sido ajenos a la sociedad, siempre han respondido a los intereses de sus dueños, por lo que la comunicación que emiten es unidireccional, vertical, del medio al receptor, sin posibilidad alguna de interacción o diálogo con la sociedad. La TV y la radio pueden tener públicos cautivos y hasta fieles seguidores o incluso teléfonos en el estudio para retroalimentarse de sus audiencias, pero su razón de ser es comunicar desde los particulares intereses y valores que representan y buscan preservar. Por su parte, las redes sociales surgieron en Internet con la idea de conectar simultáneamente a miles de personas de manera horizontal, desde sus propios intereses y necesidades, sin mayor límite que su creatividad. En ese sentido, aunque Twitter o Facebook tienen dueños y sus acciones cotizan en la bolsa, su éxito reside precisamente en la libertad que aseguran a sus usuarios para comunicarse entre sí, al grado de que son los propios usuarios los que terminan ocupando las redes sociales desde sus propios intereses.

               Desde cierta perspectiva, si los medios tradicionales se convirtieron en el cuarto poder en la era moderna, dada su enorme penetración social y capacidad de influencia; las redes sociales se han convertido repentinamente en un quinto poder, un poder detentado por la ciudadanía por el simple hecho de ejercer ahí de manera directa y masiva su derecho a expresarse, a opinar de todo aquello que le inquieta.

               Por eso, si hay un lugar donde hoy se materializa la así llamada “acción comunicativa” que alguna vez vislumbró el filósofo Habermas, o sea la comunicación no interesada, horizontal, dialógica entre pares y libre del dominio de los sistemas instrumentales, ese es precisamente el que hoy ocupan las redes sociales,[11] aunque aún están en espera de mayores y mejores teorizaciones como las que han concitado durante décadas los medios tradicionales, sobre todo con respecto a su relación con la política y la democracia. Pero la tarea no es fácil. Ni siquiera tratándose de los medios tradicionales existe todavía consenso sobre la manera que impactan o influyen en la democracia.

               Para unos, los apocalípticos, como Giovanni Sartori, la TV llegó muy temprano a la humanidad y se ha vuelto contra ella, no sólo porque marca una involución biológica del homo sapiens al homo videns, sino porque alimentan la ignorancia y la apatía de una sociedad, lo cual es aprovechado por los políticos para manipularla de acuerdo a sus propios intereses.[12]

               Para otros, algunos posmodernos y culturalistas, como Gianni Vattimo, la TV amplió el espectro de la mirada de los ciudadanos, por lo que acercó a los políticos a la sociedad, los volvió más humanos y en consecuencia susceptibles de crítica y juicio, amén de que ofreció a los espectadores nuevos referentes provenientes de otras realidades, lo que les permitió, por simple contrastación, reconocer los límites y deficiencias de la suya.[13]

               Como quiera que sea, las preocupaciones intelectuales de lo que hoy se conoce como “videopolítica” o “teledemocracia” no son las de las redes sociales. Más aún, estos debates se volverán obsoletos conforme las redes sociales se vayan imponiendo en el gusto y el interés de las sociedades contemporáneas. No digo que los medios tradicionales desaparecerán o dejarán de tener súbitamente el impacto que hoy tienen, pero sí es un hecho que las redes sociales, por sus características intrínsecas asociadas a la libre expresión de las ideas, terminarán impactando y hasta colonizando a los medios tradicionales. De hecho ya lo hacen, con frecuencia éstos aluden a lo que se dice en Twitter o Facebook para tener una idea más precisa de lo que interesa y preocupa a la sociedad, y saben que permanecer al margen de las redes sociales los aislará sin remedio.

               No olvidemos además, que lo que se dice en los medios tradicionales también es motivo de deliberación pública para las propias redes sociales. Por ello, si hay una problemática a dilucidar asociada con el extraordinario avance de las redes sociales en las democracias modernas, no es si éstas “manipulan” o “desinforman” o no lo hacen, como se discute a propósito de los medios tradicionales, sino hasta qué punto podrán desarrollarse como espejos de la sociedad, como tribunales de la política institucional, antes que los poderes fácticos busquen minimizar su impacto mediante regulaciones y controles de todo tipo. De ese tamaño es el desafío que las redes sociales han abierto casi silenciosamente para los intereses de los poderosos, así como los riesgos que entraña su inusitado crecimiento.

7. A manera de conclusión

Si la democracia ha de ser concebida como algo más que una forma de gobierno, o sea como una forma de sociedad, de vida social, entonces los cambios en su seno, los más profundos y trascendentes, son los que acontecen en las percepciones y los imaginarios colectivos de los ciudadanos, o sea en sus valores. Sólo en la democracia, es decir en condiciones mínimas de libertad e igualdad, toca a los ciudadanos instituir desde el debate público y el diálogo permanente entre pares, los valores (y los contenidos de esos valores) que han de regir el todo social, incluida no sólo la ciudadanía sino sobre todo la autoridad.

                Esta perspectiva no sólo le hace justicia a la idea de soberanía popular inherente a la democracia sino que permite aprehender de manera más realista que otros enfoques, como los meramente institucionalistas, las verdaderas transformaciones que acontecen en las democracias modernas. Cambios en el sistema de partidos o en la composición de los poderes o incluso reformas constitucionales más o menos amplias son cambios morfológicos inherentes a todo régimen democrático, pero los verdaderos cambios de fondo son siempre los cambios culturales, los que tienen lugar en las mentalidades de los pueblos, en sus percepciones y anhelos. Y es precisamente aquí donde podemos reconocer lo verdaderamente “nuevo” de la democracia y el aporte de los indignados.

                Más precisamente, si no hace mucho parecía que con la democracia representativa no pasaba nada nuevo, en menos de una década muchas de estas convicciones se tambalearon aparatosamente y en su lugar han aparecido nuevas esperanzas. Y en este diapasón entre lo que comenzó a resquebrajarse y lo que en su lugar podía reconstruirse terminó por emerger lo nuevo, lo diferente, lo distinto, o sea algo que no estaba antes y que ya no puede soslayarse al hablar de la democracia.

Referencias

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Arendt, H. (1958), The Human Condition, Chicago, Chicago University Press [trad. esp.: La condición humana, Barcelona, Paidós, 1974].

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Habermas, J. (1981), Theorie des kommunikativen Handelns, Frankfurt a.M., Suhrkamp [trad. esp.: Teoría de la acción comunicativa, 2 vols., Madrid, Taurus, 1987].

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Huntington, S. (1994): La Tercera Ola. La democratización a finales del Siglo XX, Barcelona, Paidós.

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Priego Moreno, A. (2011), La primavera árabe: ¿una cuarta ola de democratizaciones?, UNISCI, Discussion Papers, núm. 26, mayo (http://dx.doi.org/10.5209/rev_UNIS.2011.v26.37765).

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Vattimo, G. (1988), “Pero el Apocalipsis no llegará por los mass-media”, Topodrilo, México, UAM-Iztapalapa, núm. 3, julio, pp. 23-25.


[1] Véase, por ejemplo, Priego Moreno (2011), Gil Calvo (2011) y Sahagún (2011).

[2] Huntington falleció en 2008, pero en vida seguramente hubiera reaccionado frente al uso arbitrario de sus categorías.

[3] No por casualidad están en punto muerto: Cansino (2008).

[4] Véase mi crítica a Huntington en: Cansino (1998).

[5] Véase, por ejemplo, Priego Moreno (2011).

[6] Véase, por ejemplo, Cansino (2000).

[7] Me refiero a Habermas (1981).

[8] Agamben (2002), De Souza Santos (2002a, 2002b).

[9] Castoriadis (1975). Véase también Cansino (2010).

[10] Sobre este tema véase Cansino (2012).

[11] Habermas (1981).

[12] Sartori (1997).

[13] Vattimo (1988).

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