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[Comentario al libro de Sara Sefchovich, Librería Profética, Puebla, Pue., 26 de noviembre de 2011]

La Academia puede ofrecer a sus cultivadores grandes sinsabores pero también grandes satisfacciones. Ahora tengo una gran satisfacción por compartir esta mesa con una escritora que admiro mucho, Sara Sefchovich, y por haber sido invitado por ella a comentar su libro más reciente ¿Son mejores las mujeres? (México, Paidós/Debate Feminista, 2011). Obviamente, se trata de un libro sobre el feminismo o los feminismos, un tema en el que Sara brilla desde hace muchos años.

 En primer lugar, debo admitir que soy un outsider en esta temática, y no por una cuestión de “género”, sino simplemente porque no ha sido una de mis inquietudes intelectuales. Con todo, como “observador comprometido”, a la Raymond Aron, creo que algo puedo aportar a la discusión del mismo, no sin antes señalar que considero a Sara una de las pensadoras más agudas y sugerentes que ha dado este país. La sigo con fidelidad, ya sea en sus libros o colaboraciones periodísticas, pues hay mucho que aprender de ella. Podría referir, por ejemplo, lo bien que me la pasé leyendo La suerte de la consorte o País de mentiras, dos obras admirables e imprescindibles para quien quiera entender mejor nuestro país.

Pero aquí estamos para hablar de las mujeres y del movimiento que desde hace décadas hizo de los rezagos de las mujeres una fuente de luchas y reivindicaciones: el feminismo. No tengo que decir que ¿Son mejores las mujeres? es un libro esclarecedor, sugerente y provocativo, pues son las marcas de la casa, o sea de Sara, pero sí diré que los interesados en estos temas podrán encontrar en esta obra una visión muy crítica de los logros y los pasivos de las reivindicaciones feministas, así como una visión autocrítica del propio movimiento feminista, de sus convicciones, contradicciones y derroteros. En cada página sale a relucir una Sara que duda de todo, que desconfía de credos y dogmas, que interroga a las perspectivas ortodoxas, y que, incluso, incomoda a sus colegas con la simple duda, con el cuestionamiento de los fundamentos del movimiento feminista. Y lo curioso es que Sara habla desde el único lugar posible para desandar los nudos ideológicos del feminismo: desde la mera experiencia, desde lo cotidiano, desde la cultura, desde la sociedad. Las grandes preguntas sobre las mujeres, sobre sus sueños y anhelos, sobre sus miedos y temores… están en la calle, en la casa, en las redes sociales… No se requieren grandes elaboraciones teóricas para entenderlo. Esa es, a mi juicio, la principal virtud de este libro: no hay en él la pedantería de la pose académica, sino sólo el deseo genuino de entender mejor, de no quedarse con lo que dicen los teóricos, de contar una historia…

¿Por dónde empezar la crítica? Empecemos por el título: con él, Sara logra una paradoja, con una pregunta esencialista, incluso retórica (¿son mejores las mujeres?), muestra las contradicciones del esencialismo, pues es obvio que las mujeres no son esencialmente mejores o peores que los hombres, sino simplemente diferentes. Y sin embargo, este tipo de esencialismo ha resultado largamente atractivo para ciertas feministas, que sin asomo de duda afirman que las mujeres son superiores por muchas razones, como el poder embarazarse, la maternidad, el tener que compaginar el trabajo doméstico con actividades profesionales…, sin darse cuenta que pensar así nos instala en una suerte de “mujerismo” o “hembrismo” igual de perverso que el machismo o la tan socorrida idea de lo patriarcal…

Y es precisamente a partir de aquí que Sara empieza a tejer su argumento. La lucha de las mujeres no puede desembocar en un esencialismo porque de ser así se desdibuja el feminismo, pierde su razón de ser. El mujerismo es algo así como un síntoma de una enfermedad que acusa el feminismo. Y aquí también empiezan mis preguntas, con el mejor ánimo de enriquecer el debate…

1. Si bien el mujerismo se torna conservador en la práctica, y contradice los principios libertarios del feminismo, ¿acaso el “mujerismo” no es una hija del propio feminismo, una hija bastarda si se quiere, pero nacida de los propios excesos del feminismo? Yo recuerdo que en una época del feminismo, muy dogmatica, se pensaba incluso en la necesidad de construir una “epistemología feminista”, una “antropología feminista”, una “sociología feminista” (como si la ciencia tuviera género)… ¿Acaso no estaban las feministas de entonces contribuyendo al esencialismo con ese tipo de despropósitos?

2. Que el mujerismo (por sus implicaciones esencialistas) sea un síntoma de una enfermedad del feminismo es obvio, pero ¿será el peor de sus síntomas? En un intento de autocrítica del feminismo, creo que las feministas deberían ponderar otros síntomas igualmente preocupantes. Veamos algunos aspectos:

a) ¿Se puede hablar todavía de feminismo? ¿No será mejor hablar de feminismos, considerando que no hay en el seno de este movimiento un eje que homogeneicé las posiciones, las cuales muchas veces son contradictorias entre sí? Y no hablo de las así llamadas “olas” del feminismo, sino de los tipos de feminismo: feminismo de la igualdad, feminismo de la diferencia, feminismo postcolonialista (Benhabib), ciberfeminismo, feminismo marxista, feminismo libertario, la visión queer del feminismo, el posfeminismo…? Sin excluir a las propias feministas que sostienen que hay que hacer un alto en el feminismo (Take a Break from Feminism) como Janet Halley.

b) ¿Hasta dónde se quedó atrapado el feminismo —dicho de manera general— en una concepción de género dicotómica tradicional, hombre-mujer, misma que la propia realidad se encargó de rebasar? Ciertamente, como dice Sara, ya no se puede hablar hoy de la mujer, sino de las mujeres, reconociendo las radicales diferencias que podemos encontrar entre ellas, pero ¿qué significa hoy exactamente ser mujer? ¿Se puede definir? Van unos ejemplos: ¿dónde entra esa persona que teniendo pene se implanta senos porque tiene cierta afección por ellos?, ¿dónde queda esa mujer que se inyecta hormonas masculinas y en las noches se trasviste de mujer porque siente admiración por los travestis?, ¿dónde entra ese hombre transgénero que para efectos prácticos es toda una mujer?… En fin, podría citar decenas de ejemplos más, pero con estos creo que queda claro que quizá llegó el tiempo de repensar seriamente la noción de género. Y me pregunto, ¿no tendrán razón quienes piensan que el género no es una condición sino un modo de vida, y que la performatividad (Judit Botler) hace al género y no al revés? Hoy se habla de una realidad postgénero, pero las feministas no se han percatado de ello, por lo que su discurso aparece un tanto viejo y acartonado.

c)  Por las razones anteriores, ¿no será también que el discurso del feminismo ya no conecta con las nuevas generaciones, que muchas mujeres no hacen click con sus reclamos o incluso se mueven hacia los esencialismos? ¿No le faltará al feminismo actualizarse en clave de los cambios generacionales…? ¿Hasta dónde responde realmente a las nuevas inquietudes de las mujeres jóvenes portadoras de nuevos estilos y formas de estar en el mundo y de conectarse con los demás, tanto sexuales, reproductivas, morales, políticas…?

d)  Al parecer el feminismo se volvió demasiado académico, se perdió en discusiones muy elaboradas, mientras la realidad de las mujeres mutaba hacia derroteros insospechados, lo que generó desencuentros entre la teoría feminista y el mundo simbólico de la cotidianeidad de las mujeres. ¿No será que al volverse tan académico el discurso del feminismo terminó convirtiéndose en un monopolio cada vez más distante de la calle, un monólogo sin público?

e) Asimismo, por ese monopolio real del “saber” feminista, el feminismo no ha sabido convivir con las nuevas expresiones teóricas, sexuales, tecnológicas… que también impactan a las mujeres en su cotidianeidad, como las teorías queer, las teorías cyber, entre muchas otras.

En fin, muchas interrogantes se quedan en el camino, pero no quiero robar más tiempo a la intervención de la autora. Sólo una cosa más. No puede hablarse hoy de feminismo y de las mujeres en México sin denunciar la feroz cruzada conservadora y retrógrada que está imponiéndose en todo el país para no despenalizar el aborto. Si a las mujeres se les prohíbe decidir sobre sus propios cuerpos, pierden las mujeres, pierde el feminismo, pierde México. Hoy más que nunca las mujeres, las feministas, necesitan retomar esas luchas, esos déficits terribles en sus derechos más elementales. Para eso se necesitan mejores elementos que los del pasado, más claridad y autocrítica. Ahí radica, precisamente, la importancia del libro de Sara. Su lectura es imprescindible para apuntalar la causa. Enhorabuena.

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