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Reproduzco aquí el prólogo del libro que con este titulo comenzará a circular en marzo. Es un balance desapacionado del panismo en el poder, 2000-2012

 

El presente libro constituye una suerte de ruptura en mi trayectoria intelectual, pero sobre todo en mis convicciones y expectativas personales acerca de mi país. Hace apenas cinco o seis años simplemente no me visualizaba escribiendo un ensayo tan crítico como éste sobre los pobres resultados alcanzados durante doce años por el Partido Acción Nacional (PAN) al frente del gobierno federal. Hubiera preferido que este libro no llegara, pues eso hubiera significado que el desastre del que se da cuenta en él nunca ocurrió. Pero hoy los hechos ya no se pueden encubrir ni matizar, y están en espera de ser explicados con objetividad. En principio, mi tesis es que el PAN no supo gobernar ni leer adecuadamente el momento político en que le tocó ser protagonista, y si bien es cierto que los dos gobiernos emanados del PAN a partir del año 2000 —el de Vicente Fox Quezada y el de Felipe Calderón Hinojosa— no son los únicos responsables de la ruina del país, sí son los principales.

Pero decía que este libro representa un parteaguas en mis convicciones personales. Me explico. Durante años fui un crítico implacable del viejo régimen, por su condición autoritaria y las muchas simulaciones y engaños que la clase política gobernante y el otrora “partido oficial”, el inefable PRI (Partido Revolucionario Institucional), fabricaron para perpetuarse en el poder, incluida la supuesta apertura política del régimen en dirección democrática inaugurada en 1977. Prueba de ello son mis libros: Construir la democracia. Límites y perspectivas de la transición democrática en México (1994), Después del PRI. Las elecciones de 1977 y los escenarios de la transición en México (1997). En estos libros e innumerables ensayos y artículos pugné por una auténtica democratización del régimen y por una acuerdo incluyente y amplio para refundar al Estado mexicano sobre bases realmente democráticas, o sea para construir un genuino Estado de derecho. Posteriormente, en vísperas de la alternancia del 2000, que para fines prácticos representa el fin de la transición mexicana y del régimen priista así como el inicio de la instauración de un nuevo régimen postautoritario, publiqué un libro en el que además de examinar el largo proceso que nos condujo a ese momento crucial fijaba las tareas para el futuro en la perspectiva de sentar las nuevas reglas y el nuevo andamiaje institucional para el país. El libro se llamó simplemente: La transición mexicana: 1977-2000 (2000). En él no sólo anticipaba el desenlace que todos constatamos, sino que dejaba ver un gran entusiasmo por lo que se avecinaba. Posteriormente, una vez concretada la alternancia en el poder, me sumé a los esfuerzos de muchos mexicanos para reformar al Estado, en especial participé activamente en la Comisión de Estudios para la Reforma del Estado (CERE), cuyos trabajos se resumen en el volumen colectivo: Comisión de Estudios para la Reforma del Estado. Conclusiones y propuestas (2004). La conclusión lógica de estos esfuerzos no podía ser más que insistir en la necesidad de una nueva Constitución para el país o de una reforma integral a la misma, como única vía para concretar el cambio que se había dado en las urnas y encaminar los destinos nacionales hacia un horizonte genuinamente democrático. Cabe señalar que la CERE propuso reformas al 98 por ciento de los artículos de nuestra Carta Magna. En lo personal, mis convicciones sobre esta cuestión quedaron plasmadas en el libro: El desafío democrático. La transformación del Estado en el México postautoritario (2004). Pero todos estos esfuerzos renovadores quedaron muy pronto relegados de la agenda y el interés de la clase política y con ello se fue diluyendo la posibilidad de edificar una nueva normatividad e institucionalidad más congruente con las exigencias y las necesidades de una democracia. Lejos de ello, se mantuvieron intactas las reglas del viejo régimen autoritario con las consecuencias que todos conocemos: parálisis decisionales, afirmación de la partidocracia, desencanto prematuro con la democracia, resurgimiento de prácticas discrecionales, abusos de autoridad, incompetencia para gobernar,  etcétera. Y sin embargo, ante la perspectiva de que un candidato de corte populista se apoderara del gobierno y terminara por aniquilar la maltrecha y frágil institucionalidad democrática que nos habíamos dado, publiqué en vísperas de las elecciones presidenciales de 2006 un libro para desalentar esa opción y seguir apostando por la vía institucional: En el nombre del pueblo. Muerte y resurrección del populismo en México (2006). En la misma línea de inquietudes, apareció un año después mi libro: Por una democracia de calidad. México después de la alternancia (2007). Pero la ilusión democrática que mantuve desde los tiempos de la alternancia se fue convirtiendo paulatinamente en desencanto y molestia conforme la clase política en general, y los gobiernos panistas en particular, se fueron desentendiendo de sus preceptos hasta conducirnos al desastre en el que hoy nos encontramos. Así, ya con este tono menos entusiasta y más pesimista, publiqué los libros: El evangelio de la transición y otras quimeras del presente mexicano (2009) y Política para ciudadanos. Cartografía del presente mexicano (2009), que como tales constituyen los antecedentes directos de este nuevo libro que hoy presento con el propósito de evaluar los saldos del panismo en el poder.

No he querido hacer este recuento de mi trayectoria intelectual para aburrir a los amables lectores sino para mostrar con hechos que el tono crítico del presente libro no es producto de una posición que haya mantenido a ultranza en contra del PAN y los gobiernos panistas, sino que resulta simplemente de la exigencia de explicar con objetividad las razones que llevaron al país a la ruina en la que estamos inmersos. Como muchos mexicanos saludé con entusiasmo y esperanza la llegada del PAN al poder, y como muchos también hoy no puedo más que declararme engañado y traicionado por su falta de visión y compromiso con la nación. Como muchos mexicanos, yo voté por el PAN y por el cambio en el 2000, y como muchos también, frente a la perspectiva de ser gobernados por un populista recalcitrante, refrendé mi voto al PAN en 2006. No tengo problema alguno en reconocerlo, pues además lo hice público en su momento en mis colaboraciones periodísticas en El Universal (“Fox a pesar de Fox”, en el 2000, y “la hora del ciudadano” en el 2006). Más aún, frente a las muchas críticas que el foxismo y el calderonismo fueron alimentando a su paso por el “círculo rojo”, mantuve una posición prudente y cautelosa sin dejar de señalar lo que a mi juicio eran errores graves en su desempeño. Debo confesar incluso que nunca creí que pudiera existir un gobierno peor que el de Fox, pero me equivoqué.

Por lo demás, los saldos del desastre nacional son visibles para todos. A nivel económico, la crisis mundial del capitalismo tomó a México por sorpresa, ahondando dramáticamente los problemas y rezagos ya acumulados. Durante doce años de panismo, la economía no ha podido remontar sus niveles negativos, y hoy estamos a casi diez puntos bajo cero acumulados de crecimiento interno. El desempleo, por su parte, registra cifras históricas, y que han llevado a multiplicar el trabajo informal y la pérdida del poder adquisitivo de los mexicanos. En estas circunstancias, sólo los grandes consorcios y trasnacionales han podido sobrevivir no sin dificultades al deterioro económico generalizado, condenando al quiebre y la desaparición a miles de pequeñas y medianas empresas. En cuanto a las industrias estratégicas del Estado, como Petróleos Mexicanos (PEMEX), las cifras indican que su debacle comenzó con el PAN en el poder. Nadie se explica la razón de ello, considerando que nunca en la historia de la paraestatal, el país había dispuesto de tantos recursos excedentes por la venta del petróleo en una coyuntura internacional particularmente favorable en lo que a los precios del crudo se refiere. Lo mismo puede decirse del sector industrial en general, que a falta de una política responsable los últimos gobiernos, ha conocido sus peores niveles en los años recientes. Y así también, el campo, la ganadería, la manufactura, etcétera, sectores cada vez más olvidados por las autoridades y que sobreviven de milagro. En términos sociales, el deterioro es dramático. La pobreza y la marginalidad han alcanzado niveles similares a los de países africanos, y la descomposición social nos condena cada vez más a vivir bajo la zozobra, secuestrados por la delincuencia y el crimen organizado. México dejó hace tiempo de ser un país seguro y vivible. Asimismo, los signos de la crisis y la ineptitud gubernamental se muestran con crudeza en la educación pública, la salud, la procuración de justicia, la seguridad pública, etcétera, donde las cuentas sólo pueden hacerse en negativo, fracaso tras fracaso. Pero si las crisis económica y social son escandalosas, la crisis política es todavía peor. La ilusión democrática de los tiempos de la alternancia simplemente quedó pulverizada por una casta política insensible, ambiciosa e inescrupulosa, incapaz de anteponer los intereses de la nación a sus intereses de grupo o de partido. Hoy no sólo se ha ahondado el malestar hacia los políticos profesionales sino que los ciudadanos no encontramos por ninguna parte algo parecido a un proyecto de nación para el futuro, que nos permita albergar algún optimismo, antes bien nos encontramos en la total indigencia. Además, el PAN en el poder ha reeditado y consentido prácticas que debieron quedarse en el pasado autoritario y que hoy sólo exhiben a una clase política cada vez más cínica e incongruente: corrupción incontenible, impunidad, abusos de autoridad, negligencia, demagogia, disputas mezquinas, componendas, cruzadas moralinas, etcétera. Y los gobiernos panistas no sólo fueron incapaces de impulsar y promover auténticas reformas estructurales que le dieran viabilidad al país, como las reformas energética, laboral y fiscal, sino que se desentendieron muy pronto de la reforma del Estado, que como tal era indispensable para apuntalar la democracia y dotarla de nuevos contenidos y valores opuestos a los autoritarios que se construyeron durante el viejo régimen. En suma, el PAN en el poder nos queda a deber a todos los mexicanos. El problema es que el desastre al que nos ha condenado es de tal magnitud que resarcir o revertir el daño se antoja imposible en muchos, pero muchos, años.

Por todo ello, afirmar que México está en ruinas, como reza el título del presente libro, no es un juicio de valor sino un juicio de hecho. Con la expresión sólo pretendo levantar acta de una realidad imposible de ocultar, independientemente de nuestras simpatías o antipatías partidistas o políticas. De hecho, al examinar críticamente los saldos del desastre del panismo en el poder no pretendo bajo ninguna circunstancia minimizar o subestimar la responsabilidad de los demás actores políticos en dicho desenlace, ni sobrevalorar o exaltar indirectamente los supuestos logros del pasado antes de la alternancia. Por lo que respecta al primer aspecto, es indudable que la debacle tiene muchos padres. Más aún, ningún actor político o partido o autoridad ha estado a la altura del desafío abierto con la alternancia del poder. Ninguno sin excepción supo leer adecuadamente la importancia histórica del momento y actuar en consecuencia. Lejos de ello, fueron más las tentativas por parte de los adversarios del PAN para golpear, desacreditar y exhibir a los gobiernos panistas en sus incompetencias e incongruencias, que por sumar esfuerzos por el bien de la patria. Además, desde el momento que el pluralismo es una nueva realidad en todo el país, por lo que todos los partidos comparten funciones de gobierno, ya sea a nivel estatal o local, y todos se reparten las posiciones en los congresos estatales, los logros o los fracasos no tienen exclusividad. Y sin embargo, el principal responsable de la debacle no puede ser más que los gobiernos federales emanados del PAN en la medida que les corresponde a ellos por mandato directo encabezar y dirigir los destinos nacionales. En cuanto al segundo aspecto, es muy común desacreditar una gestión o una autoridad para sacar raja de ello. Pienso, por ejemplo, en el libro del expresidente Carlos Salinas de Gortari La década perdida (2008), que al criticar acremente a los gobiernos de sus sucesores en el cargo, los de Ernesto Zedillo y Fox, su propio gobierno quedaba muy bien parado. Obviamente, dicho por Salinas de Gortari, uno de los mandatarios más cuestionados y odiados de la historia moderna del país, el ardid no sólo resultaba tendencioso sino ridículo. Para nada me he propuesto en este libro algo parecido. Por el contrario, criticar los gobiernos del PAN no pretende exaltar a los precedentes gobiernos del PRI, por mera contrastación. Lejos de ello, creo que muy poco, si no es que nada, hay de rescatable del viejo régimen. Mi posición al respecto, por lo demás, la he fijado en innumerables libros y ensayos. Más aún, mi tesis es que mientras el PRI depredó inmisericordemente al país durante siete décadas, el PAN lo arruinó estúpidamente en una. Una tesis, ciertamente, nada optimista para nuestra generación, pero necesaria si aspiramos todavía a cambiar una historia de agravios y desatinos que hoy nos condena trágicamente al naufragio.

Sólo me resta hacer algunas precisiones sobre el contenido del presente libro. En primer lugar, aunque decidí dividirlo de manera muy convencional, o sea según los grandes temas de la agenda nacional (como Economía, Política, Educación, etcétera), el lector no encontrará un tratamiento convencional de cada aspecto, o sea con estadísticas y descripciones monográficas de los avances y retrocesos alcanzados en cada rubro. Lejos de ello, propongo una mirada de autor de uno o más aspectos vinculados con cada tema, a partir de mis propias obsesiones e inquietudes intelectuales. Así, por ejemplo, en el capítulo de Economía, más que un recuento de cifras y datos para documentar el derrumbe de la economía, lo que ofrezco es una reflexión sobre la manera errática y burda como el gobierno de Calderón decidió encarar la crisis mundial del capitalismo, para de ahí extrapolar algunas consideraciones más generales sobre la gestión panista en su conjunto; en el capítulo de justicia, por su parte, más que una panorámica de los muchos déficit y problemáticas que subsisten en la materia, ya sea en la procuración de justicia o en la defensa de los derechos humanos o en la transparencia, me concentro en la justicia electoral, un aspecto con frecuencia desdeñado por los especialistas, pero igualmente importante para evaluar el tema de la justicia bajo los gobiernos panistas; y así por el estilo procedo con el resto de los temas. En virtud de ello, segunda precisión, cada capítulo es independiente y responde a sus propias inquietudes. Sin embargo, sólo visto en conjunto, el lector encontrará las claves necesarias para evaluar la difícil situación que vive el país. Finalmente, dado que el presente libro aparece antes de completarse el segundo gobierno panista, quizá algunas de sus tesis pudieran resultar prematuras. La prudencia sugiere esperar antes de emitir un juicio definitivo. Sin embargo, he optado deliberadamente por adelantar mis conclusiones movido por cuando menos dos razones: a) no vislumbro en el horizonte cercano nada extraordinario que pudiera alterar radicalmente el derrotero del actual gobierno, más bien anticipo una espiral de cada vez mayor ingobernabilidad e inestabilidad; y b) los intelectuales casi siempre reflexionamos sobre nuestra realidad y nuestro tiempo con la esperanza no confesa de poder incidir o influir positivamente en el rumbo de los acontecimientos. El presente estudio no es la excepción. Más que un afán destructivo, lo que me motivó a escribirlo es pensar que puede contribuir de algún modo a modificar las cosas si es que el diagnóstico se valora positivamente. En ese sentido, nada sería más satisfactorio para mí que en los próximos meses ocurriera algo inesperadamente favorable para el país, aunque ello me obligue a corregir o atemperar el pesimismo y la dureza de mis actuales consideraciones sobre el panismo en el poder.

No dudo que las tesis de este libro puedan ser reivindicadas por los adversarios del PAN para capitalizarlo a su favor en futuras contiendas electorales. Lamentablemente, no está en mis manos impedirlo, aunque mi objetivo, como ya externé, está muy lejos de ello. En todo caso, es indudable que el PAN tuvo en sus manos una oportunidad excepcional para cambiar la historia del país y convertirse en el artífice de una nación más democrática, justa y próspera, pero la desperdició por incompetencia y falta de visión. Quizá es tiempo de depositar los destinos de la nación en una fuerza política alternativa, siempre y cuando se comprometa a trabajar en tensión creativa y permanente con la sociedad. El problema es que, por más que busco, no encuentro esa opción por ninguna parte.

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