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El presente artículo es una versión larga del que apareció con el mismo título en la revista Letras Libres del mes de abril de 2012

EL POPULISMO NUNCA SE HA IDO…

La categoría “populismo” ha sido adoptada desde hace mucho para describir y caracterizar una amplia gama de experiencias políticas en todo el mundo, pero existe un puñado de países donde su uso ha sido más recurrente y constante. México es uno de ellos. De hecho, el gobierno de Lázaro Cárdenas en los años treinta del siglo pasado —la primera gran experiencia populista en México—, inspiró muchos de los criterios hoy aceptados por la teoría para caracterizar el fenómeno. No es exagerado decir que analizar actores y prácticas populistas prescindiendo de dichos criterios sería arbitrario y poco ortodoxo, incluso en la actualidad. Quizá por ello, el populismo en México, desde el cardenismo hasta las experiencias más cercanas, ha sido objeto de innumerables estudios. Yo mismo ofrecí mi interpretación del tema en un libro relativamente reciente, en el cual adoptaba un modelo de análisis para clasificar las distintas experiencias populistas que hemos tenido en México a lo largo del siglo XX y a principios del XXI.[1] ¿Por qué entonces, volver al asunto? Por una sencilla razón: porque la tentación populista permanece latente en el México actual, aparece y reaparece con nuevos nombres y siglas, guarecida en los proyectos salvadores o redentores de nuevos caudillos, sobre todo en tiempos de desastre y desasosiego, como los actuales. De hecho, el populismo nunca se ha ido.

En lo que sigue retomaré algunos elementos de mi incursión precedente en el tema y actualizaré otros que me permitan no sólo clasificar las distintas experiencias populistas en México sino también evaluarlas por sus resultados concretos, asumiendo que el populismo tiene poco de virtuoso y sí mucho de peligroso por sus excesos retóricos y evidentes implicaciones subversivas antiinstitucionales. Al menos en México, más allá de sus resortes discursivos altamente persuasivos en tiempos de crisis, los costos del populismo han sido muy altos, y lejos de apuntalar el desarrollo, la democracia y la justicia social, los ha inhibido o retardado, pese a constituir sus banderas de lucha. Empero, en descargo del populismo, casi siempre se ha recurrido a él después de gobiernos grises y mediocres en su desempeño. Tal parece que el populismo aparece y reaparece pendularmente, impulsado por experiencias precedentes apagadas o deslucidas, pues bien empleado constituye un poderoso instrumento retórico para reavivar el interés social, reponer las bases de apoyo de los gobernantes y neutralizar las demandas populares. Así sucedió, por ejemplo, con los populismos de Luis Echeverría y José López Portillo, después de la muy desafortunada gestión de Gustavo Díaz Ordaz, o con el populismo de Carlos Salinas de Gortari, posterior al deslucido gobierno de Miguel de la Madrid, o más recientemente, con Vicente Fox, respecto de Ernesto Zedillo.

Para fines de análisis, consideraré en este ensayo cuatro momentos del populismo en México: a) el populismo clásico (Cárdenas), interesado sobre todo en incorporar a las masas al Estado en un esquema autoritario; b) el populismo de los setenta (Echeverría y López Portillo), caracterizado sobre todo por un excesivo gasto público combinado con un fuerte control político; c) el neopopulismo (Salinas de Gortari), caracterizado por una dinámica de inclusión de las masas, pero para la promoción de políticas de ajuste liberal; y d) el populismo de la alternancia (con un Fox más próximo a Salinas de Gortari, por sus resultados, y muy distante de Echeverría y López Portillo, por su discurso) obligado a coexistir con la democracia tanto discursiva como prácticamente.

LA SEMÁNTICA POPULISTA

Como un ave fénix, la categoría “populismo” resurge permanentemente en las ciencias sociales para caracterizar ciertas experiencias políticas difíciles de ubicar con las tipologías convencionales de regímenes o formas de gobierno. Hasta cierto punto, constituye el último recurso explicativo cuando todos los demás han fallado. No es casual que la literatura sobre el populismo se haya referido al mismo como un “fantasma” o “espectro” que recorre al mundo, pues alude a una realidad de contornos imprecisos y elusivos a primera vista. Y sin embargo, a fuerza de la costumbre, ha terminado por conquistar su derecho de piso en las ciencias sociales. Si acaso, la diversidad de acepciones producidas sobre el mismo, exige de sus adeptos una toma de partido explícita y precisa sobre cómo ha de entenderse.

En lo personal, para efectos de este ensayo, más que factores institucionales o decisionales, adoptaré una definición del populismo por sus características semánticas, o sea sus atributos discursivos constates, que me permitan decir qué experiencias aparentemente muy asimétricas entre sí son realmente populistas y cuáles son una equívoca aproximación al fenómeno. La mía es pues, una propuesta semántica, es decir, define al populismo por el uso y abuso de ciertos campos de sentido inherentes a las formas discursivas que genera. Así, por ejemplo, considero que sólo puede hablarse propiamente de populismo cuando la experiencia política analizada comparte los siguientes atributos semánticos, independientemente del tipo de régimen en el que se presenta: a) una pulsión simbólicamente construida que coloca al pueblo, gracias a una simbiosis artificial con su líder, por encima de la institucionalidad existente; b) un recurso a disipar las mediaciones institucionales entre el líder y el pueblo, gracias a una supuesta asimilación del primero al segundo; y c) una personalización de la política creada por la ilusión de que el pueblo sólo podría hablar a través de su líder. Huelga decir que cada uno de estos atributos implica una carga antinstitucional más o menos grave dependiendo de cada caso.[2]

Quizá está definición de populismo por sus atributos semánticos no satisfaga a quienes han intentado vestirlo de muchos afeites y adornos. Con todo, creo que el populismo difícilmente puede ser referido en la práctica a partir de una definición más estridente pero al final más distante de sus derivaciones empíricas, como las muchas que se ofertan en la literatura sobre el tema. Es importante considerar igualmente que el populismo, al dar cuenta de realidades muy diferentes y distantes entre sí, no pude definirse como simples formas desviadas o corruptas de la particular ordenación política en la cual enraíza, ya que lo corrosivo de sus formas y lo efímero de sus definiciones, le permiten viajar y asentarse sin gran dificultad en el interior de un régimen tradicional, abierta o soterradamente autoritario, así como en el seno de un régimen declaradamente democrático. Es decir, el tipo de régimen es, en efecto, una condición que nos ayuda a tener un mejor ámbito de entendimiento del fenómeno, pero no una condición sine qua non indispensable para pensarlo o caracterizarlo.

HAY DE POPULISMOS A POPULISMOS

La frecuencia con la que la etiqueta de populista aparece y reaparece en México, al menos en su historia reciente, es una razón más que suficiente para analizar puntualmente el fenómeno e intentar caracterizar con rigor las distintas experiencias presuntamente populistas que se han referido antes. En mi opinión, la presencia recurrente del populismo en México, tanto en el viejo régimen autoritario como en la incipiente democracia postautoritaria, se debe sobre todo a la pobre modernización de su sistema político, la cual se refleja en: a) escasa formalización o reglamentación de la institución presidencial, que abre la puerta al voluntarismo del líder; b) una cultura política propicia para el patrimonialismo, el paternalismo y el victimismo; c) un sistema que fomenta la concentración del poder en el vértice; d) una débil secularización social respecto del Estado; e) ausencia de un Estado de derecho democrático y f) escasa aceptación del valor de la ley erga omines.

En general, el populismo en México goza de mala reputación. A excepción del gobierno de Lázaro Cárdenas, los gobiernos populistas del viejo régimen, como los de Luis Echeverría, José López Portillo y Carlos Salinas de Gortari, y aun los del nuevo, como el de Vicente Fox, han sido desastrosos para el país, tanto por sus resultados concretos (crisis económica, endeudamiento, pauperización, inflación, marginación, etcétera) como por haber postergado en su momento la tan necesaria modernización del sistema político mexicano. De hecho, el populismo en México tiene un origen abiertamente autoritario: cuando el Estado ha interpelado al pueblo con un discurso nacionalista, popular o clasista, se ha hecho más para controlar, manipular y tutelar a la sociedad que para aliviar sus necesidades. Huelga decir que el populismo en México siempre ha mantenido un pie en la premodernidad, pues sus motivaciones son organicistas, patrimonialistas, paternalistas y clientelistas.

A la hora de las clasificaciones, no siempre ha habido consenso. Que Cárdenas representa un populismo clásico es inobjetable, pero con el resto no pasa lo mismo. Para los tiempos de Echeverría y López Portillo, el concepto de populismo se había vuelto tan elástico que comenzó a emplearse para referirse a todo tipo de experiencias políticas a condición de que presentara alguno o algunos de los rasgos con los que solía asociarse tradicionalmente, tales como: un apelo directo al “pueblo” por parte del líder con fines de movilización y/o control; una marcada personalización del poder en la figura de un líder carismático; una política basada en criterios asistencialistas de beneficio popular; un discurso nacionalista y desarrollista exacerbado; una excesiva concentración del poder en manos del líder; etcétera. La cuestión se complica aún más cuando, a partir de los noventa, aparecen en escena líderes con rasgos populistas, pero muy alejados en sus convicciones personales a las reivindicaciones de justicia social enarboladas por sus predecesores, como Salinas de Gortari y Fox. Y si esto no bastara, cada una de estas experiencias populistas corresponde a distintos momentos del régimen político mexicano: el pasaje autoritario con Cárdenas, el pasaje semiautoritario con Echeverría y López Portillo; el pasaje semidemocrático con Salinas de Gortari y el pasaje democrático con Fox. En suma, hay de populismos a populismos…

Por lo que respecta al populismo clásico de Cárdenas, que coincide con los de Getulio Vargas en Brasil o Juan Domingo Perón en Argentina, surge en un contexto abiertamente autoritario y con fines autoritarios, por más que algunos analistas quieran ver en él una fuerza fundamental en la democratización del país gracias a la incorporación simbólica y efectiva de amplios sectores populares que se encontraban excluidos tanto política como económicamente.[3] En realidad, el objetivo no era democratizar, sino integrar al país y sentar las bases del Estado nacional. Para lograrlo, Cárdenas articuló con maestría la noción de soberanía nacional con la de soberanía popular, bajo la potente estructuración ideológica del nacionalismo revolucionario, que sería definitivamente enmarcada en la muy famosa política de masas del cardenismo.[4]

En los hechos, el populismo de Cárdenas significó la cancelación de cualquier atisbo de individualismo, por ello, se presentaba como una creación anti-democrática y anti-liberal.[5] De igual modo, cancelaba el mayor número posible de las formas de disenso, por ende, de las diferencias, ya que al suponer que todo está contenido en la masa, nada por afuera de ella puede tener su razón de ser políticamente hablando. Asimismo, se puede decir que esta confección conllevaba una fuerte virulencia lista a la acción, dispuesta a manifestarse como una pura expresión de fuerza política (por ejemplo, es el caso del llamado para pagar los costos de la expropiación petrolera) o de soporte popular en el gobierno (legitimidad). Por último, se le confiere a la masa un carácter de sujeto político pero sin autonomía, corroborando el enorme lastre que llevaría en las décadas siguientes a la sociedad mexicana hacia el letargo y la heteronomía o, dicho en un lenguaje próximo a la vorágine de aquel tiempo, hacia el corporativismo. Así, tenemos que Cárdenas aterrizó o, más bien, materializó como ninguno, el mix ideológico con el cual se había llegado a la Revolución Mexicana y con el cual se había salido de ella, pero acentuándolo y confundiendo más a la propia sociedad que, al esclarecer su horizonte y el mundo del porvenir que aún no sabía interpretar, la despersonalizaba para volverla un objeto de subjetivación pero también de sujeción.

Por último, en el caso de Cárdenas es innegable que concentró en su persona una excesiva personalización del poder que, al final, conllevaría a un culto “autóctono” y peculiar de su figura y sus capacidades de decidir por encima de las reglas impersonales del juego político, aunado a una legitimidad abiertamente carismática y tradicional. De hecho, debemos en buena medida al estilo personal de gobernar de Cárdenas muchos de los elementos que posteriormente caracterizarían al presidencialismo mexicano, entendido como una forma pervertida de gobierno presidencialista.

En muchas interpretaciones del cardenismo suelen obviarse los varios efectos perniciosos de largo plazo que este gobierno tuvo, por concentrarse en los aspectos positivos de corto plazo, como si esto fuera suficiente para exculpar al General de haber optado por un esquema entre bolchevique y fascista para el Estado mexicano, como si no hubieran entonces otras fórmulas posibles a las cuáles echar mano, como la propia democracia.

A diferencia del populismo clásico de Cárdenas, el populismo de los años setenta, que abarcó dos sexenios y dos presidentes sumamente controversiales —Luis Echeverría (1970-1976) y José López Portillo (1976-1982)—, no constituyó un mecanismo centralmente orientado a integrar a las masas populares al sistema político, pues esto se logró y muy bien desde Cárdenas, sino que se caracterizó por una expansión excesiva del gasto público orientada a asegurar el control político. Sin embargo, más allá de esta diferencia de orientación, la resurrección del populismo en los setenta adoptó prácticamente todos los rasgos definitorios de los populismos clásicos o premodernos. De hecho, se puede decir que se trata de populismos clásicos tardíos.

Por lo que respecta a la estrategia discursiva, el populismo de los años setenta mostró una maleabilidad y oportunismo inusitados. El nuevo eje de la retórica oficial, tanto en Echeverría como en López Portillo, fue la “democratización” del sistema político, con lo cual se ofrecía ante todo una respuesta a las exigencias de participación de las clases medias en expansión y que, por su propia condición, habían adquirido mayor capacidad de cuestionamiento al régimen. Pero los años setenta también estuvieron marcados por la Guerra Fría, por un repunte del internacionalismo comunista, por golpes de Estado en América Latina, pretextando la amenaza roja. En el caso de México, los populismos de Echeverría y López Portillo enarbolaron un discurso con tonos claramente proclives al socialismo y explotaron cada oportunidad que tuvieron a su alcance para mostrar su afinidad con las causas de izquierda: apertura de las fronteras al exilio latinoamericano, encuentros permanentes con Fidel Castro, Salvador Allende y otros líderes socialistas, protagonismo de México en la defensa de las banderas políticas del Tercer Mundo, etcétera. En materia ideológica, por último, habría que añadir que tanto Echeverría como López Portillo fueron decididos promotor del nacionalismo, muy en sintonía con las enseñanzas de Cárdenas.

Huelga decir que ambos gobiernos fueron desastrosos para el país, en términos de crisis económica, rezagos sociales y democratización efectiva, por más que Echeverría promovió una presunta “apertura democrática” y López Portillo, una reforma política en 1977, experiencias que más que catalizar la democracia permitieron al régimen autoritario posponerla indefinidamente con paliativos o liberalizaciones políticas parciales y limitadas.[6]

El último tramo del siglo XX vio emerger en varios países de América Latina fórmulas populistas de nuevo cuño (neopopulismos), a medio camino entre el populismo clásico y un populismo de tendencia liberal, tales como Carlos Salinas de Gortari en México, Carlos Menem en Argentina, Fernando Collor de Mello en Brasil, Alberto Fujimori en Perú y Abdalá Bucaram en Ecuador, cuya particularidad fue haber sido promotores del neoliberalismo y la globalización en sus respectivos países. En el otro extremo, también emergieron líderes populistas abiertamente antiliberales, tales como Carlos Palenque y Max Fernández en Bolivia (que como tales son precursores de los populismos contemporáneos o neopopulismos de Hugo Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia), o López Obrador en México, que sin haber llegado a la presidencia mantiene afinidades ideológicas con este tipo de posicionamientos.

A diferencia de los populismos clásicos y tardíos, estos populismos neoliberales se dan en contextos democráticos o en procesos de democratización, lo que les confiere una legitimidad de origen con la que no contaron los primeros. Por otra parte, sin abandonar una retórica populista o “solidarista” con los marginados, tuvieron que suavizar los contenidos nacionalistas y antiimperialistas de otras épocas, pues les tocó ser promotores de la implantación de modelos neoliberales y que a la larga acarrearon en sus respectivos países enormes costos sociales, después de éxitos momentáneos. Otra característica común de estos populismos radica en sus desenlaces, casi siempre envueltos en el escándalo y la reprobación general, pues amén de impulsar modelos económicos que muy pronto se mostraron como excluyentes para amplios sectores de población y en consecuencia poco prometedores para solucionar los enormes rezagos acumulados, representaron en la mayoría de los casos graves retrocesos en lo que a conquistas democráticas se refiere. Así, por ejemplo, Salinas de Gortari en México supo aprovechar muy bien la legitimidad que le reportaron los éxitos iniciales de su Programa de Solidaridad como la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, pero a costa de reposicionar en el país prácticas y estilos claramente autoritarios que trabajosamente habían comenzado a desandarse en los años precedentes. No deja de ser interesante cómo en América Latina el peso de la tradición terminó imponiéndose en una época que precisamente miraba hacia una nueva era de mundialización económica y liberalización de mercados, con el consiguiente adelgazamiento de los Estados sociales que de manera tan ostensible se edificaron en todos nuestros países. Es decir, la premodernidad de nuestros sistemas políticos pudo más que los impulsos modernizadores; los resabios autoritarios, más que los avances democráticos, condenando nuevamente a nuestros países a la debacle política y económica.

El gobierno de Vicente Fox compartió con el de Salinas de Gortari su talante liberal, con la diferencia de que el primero se da en el contexto de una democratización efectiva del régimen político mexicano. Para comenzar, hay que decir que el sexenio de Fox inició con fuertes expectativas de distintos sectores sociales y políticos, generadas por el llamado “bono democrático de la alternancia”. Es innegable, por ejemplo, el aumento del pluralismo político, junto a las expectativas generadas en torno a un presidente (cuya figura es muy peculiar en la política mexicana), así como la “normalización” del mecanismo electoral, que son algunas expresiones sintomáticas del grado de avance en dirección democrática del país. No obstante, a pesar del terreno ganado, el contexto político mexicano era entonces y sigue siendo ahora el de una insipiente democracia que día con día se esfuerza por no perder los logros, antes que asegurarlos o profundizarlos en el ámbito institucional, espacio que permitiría reflejar toda la congruencia de democratizar realmente el andamiaje neoautoritario que expresan en modo intermitente las instituciones públicas.

De hecho, a pesar de encarnar la alternancia democrática gracias a su oferta de cambio y renovación ampliamente respaldada, Fox dejó grandes pasivos a su paso, pero sobre todo no pudo o no quiso apuntalar la recién conquistada democracia mediante una reforma integral del Estado, lo cual debilitó la construcción de una adecuada governanza democrática en un contexto de pluralismo inédito.

El componente retórico populista de Fox puede establecerse en la negociación y las polémicas que encabezó desde la tribuna mediática, convirtiéndolo en uno de los primeros casos en el país de un político de imagen, que supo interpretar muy bien las potencialidades de los medios de comunicación en la actual situación. Su apuesta como gobierno de la alternancia, independientemente de sus pobres resultados, estuvo supeditado en tres puntos para cuidar su imagen frente a la opinión pública: a) su cercanía con la gente; b) su tolerancia para aceptar errores y críticas; y c) la percepción media ciudadana convencida de su honradez.[7] Precisamente por ello, es un caso que puede definirse como un populismo que discursivamente expresa una extraña mezcla de antipolítica recubierta con un fuerte y legítimo caparazón de democracia.

Finalmente, Fox encarna un tipo de legitimidad de corte carismático, gracias al cual contribuyó a cambiar la rigidez de las formas y las prácticas políticas tradicionales de nuestro país, incluyendo como parte de su personalidad (y de aquí su éxito) algunos rasgos extraordinarios a los ojos del público, al punto de volverse si bien no un traductor de las necesidades sociales, sí un certero interlocutor de la sociedad (por las maneras de hablar y presentarse en público), constituyendo una auténtica escenificación de la política.

LA TESIS DEL PÉNDULO

Según la tesis del péndulo que aventuraba al inicio, “El populismo resurge después de períodos más o menos largos de gobiernos grises y muy impopulares… De ahí que se pueda hablar de una espiral de muerte y resurrección del populismo; o sea que las tentaciones populistas resurgen cuando la impopularidad y mediocridad de las autoridades precedentes toca fondo, y viceversa, la discreción en la forma de gobernar se impone cuando las autoridades precedentes abusaron de una retórica populista que terminó agotándose en el ánimo de la sociedad.”[8]

Si esta tesis es válida, México se encontraría hoy nuevamente en la antesala de un gobierno populista, pues ni duda cabe que el actual sexenio de Felipe Calderón no sólo ha sido incapaz de conectar con la sociedad sino que es percibido por muchos como el principal responsable de la actual debacle que padece el país. Sin embargo, no basta que haya un terreno fértil para el populismo, también se requiere un nuevo caudillo que lo encarne y reposicione, un líder que concite los apoyos necesarios que lo catapulten al poder por la vía electoral. Ese caudillo existe, se llama Andrés Manuel López Obrador, pero a diferencia de seis años, ya no cuenta con el arrastre de entonces. Hoy las tendencias lo colocan en un lejano tercer lugar entre los candidatos que aspiran a la presidencia. Quizá el populismo de López Obrador ha sido más una etiqueta para desacreditarlo que una realidad, a juzgar incluso por su desempeño como Jefe de Gobierno del Distrito Federal, muy alejado del estereotipo populista. No se puede descartar tampoco que la explotación de lo popular en la retórica de López Obrador, que sin duda existe, sea más una estrategia para llegar al poder que un canon para actuar en caso de lograrlo. Quizá nunca lo sepamos. Una cosa es cierta, de todos los candidatos a la presidencia, sólo López Obrador califica hoy como líder populista. Josefina Vázquez Mota, la candidata de Acción Nacional, está en las antípodas de López Obrador, y Enrique Peña Nieto, el abanderado del Revolucionario Institucional, sólo ha capitalizado el malestar hacia el partido en el gobierno, con lugares comunes e insustanciales.

En esa perspectiva, en caso de ganar cualquiera de estos últimos la presidencia, el péndulo se mantendrá por tiempo indefinido en el otro extremo del populismo, ya sea en el improductivo continuismo calderonista, que poco abona al optimismo, o en el reposicionamiento del otrora “partido oficial”, que como tal no se ha desentendido del todo de sus viejos y antidemocráticos estilos de gobernar. Por todo ello, quizá estemos frente a una paradoja. Tan grande es hoy el malestar social hacia la clase política en general, tan evidente el desencanto por las promesas incumplidas por parte de los gobiernos de la alternancia, tan dramática la parálisis nacional inducida por una casta política cínica y corrupta que ha secuestrado al país y que gobierna en el vacío…, que quizá lo que México necesite hoy más que nunca es precisamente una gran sacudida, un vuelco que reposicione a la sociedad como principio y fin del quehacer gubernamental, un terremoto que estremezca a la política institucional por lo mucho que ha dejado de hacer, restituyéndole algo de decoro y legitimidad, un estremecimiento que reconcilie a la sociedad con sus representantes, confrontando lo que haya que confrontar de una muy extraviada institucionalidad democrática… ¿Una sacudida populista? Tal vez.


[1] C. Cansino e I. Covarrubias, En el nombre del pueblo. Muerte y resurrección del populismo en México, México, Cepcom, 2006.

[2] Una perspectiva de este tipo puede encontrarse en G. Olivera, “Revisitando el síntoma del ‘populismo’”, Metapolítica, México, vol. 9, núm. 44, noviembre-diciembre de 2005, pp. 52 y ss.

[3] Véase, por ejemplo, F. Freidenberg, La tentación populista. Una vía al poder en América Latina, Madrid, Síntesis, 2007 y E. Laclau, La razón populista, Buenos Aires, FCE, 2005.

[4] Véase A. Córdova, La política de masas del cardenismo, México, ERA, 1974.

[5] E. Krauze, La presidencia imperial. Ascenso y caída del sistema político mexicano (1940-1996), México, Tusquets, 1997, p. 25. Véase también J.A. Aguilar Rivera, “El liberalismo cuesta arriba, 1920-1950”, Metapolítica, México, vol. 7, núm. 32, noviembre-diciembre de 2003, p. 36.

[6] Véase C. Cansino, La transición mexicana. 1977-2000, México, Cepcom, 2000.

[7] J. A. Aguilar Rivera, “Fox y el estilo personal de gobernar”, en S. Schmidt (coord.), La nueva crisis de México, México, Aguilar, 2003, p. 149.

[8] C. Cansino e I. Covarrubias, cit., pp. 9-10.

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